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viernes, 6 de junio de 2014

Volver a la vida

Todos están muertos, la ópera prima de Beatriz Sanchís

Cartel de la película Todos están muertos
Cartel de la película Todos están muertos
¿Por qué? Porque te engancha lentamente.
Todos están muertos es una estupenda película, existencialista, pequeña, sin pretensiones y que, como el buen vino, va entrando poco a poco, atrapándote sin remedio en su universo. Todos están muertos habla de una familia destruida y de intentar o no un proceso de reconstrucción personal. La pregunta es si resulta posible una vuelta a la vida desde el vacío en que ésta se ha convertido, de si le importa a alguien o si sirve para algo. Habla de soledades, de deudas, de deberes, de responsabilidades, de silencios, de angustias, de una felicidad imposible, de unas ganas que se perdieron. Lupe fue una estrella del poprock de los 80, pero de ella no queda nada. Se quebró un día. Se puso la bata y las zapatillas, comenzó a hacer tartas siempre de manzana y dejó de salir de casa, incapaz de poner un pie en el exterior. Madrid se ha vuelto fea y ella ha claudicado, vencida por su agorafobia. Nunca tuvo una vida fácil y terminó dejándose derrotar por tanta adversidad, abandonando toda responsabilidad. Su madre la suplió, ocupó esa responsabilidad desatendida y la convirtió en dependiente. Su hijo es ya un adolescente que ha crecido en ese panorama, abocado hacia una falta de sociabilidad, y que ahora quiere respuestas que le permitan entender el por qué de su mundo.

El espacio en el que cohabitan los personajes es un ambiente opresivo, de familia atormentada, e irrespirable. Su universo cerrado tiene que tambalearse. La única manera de que ocurra es que sean fuerzas del exterior de la casa las que irrumpan para que los personajes puedan confrontar sus problemas. Si se hace bien, tal vez se dé la posibilidad de que se abran las ventanas para que corra otro aire nuevo. Quizá aún se pueda por fin establecer una comunicación entre ellos a través de la que anudar los lazos familiares deshechos.

En Todos están muertos perviven los elementos sobrenaturales con la realidad, algo que podría lastrar la verosimilitud de la película. Sin embargo esos elementos están tratados con tanta naturalidad que se terminan integrando completamente hasta no parecer extraños. Son una excepción a la normalidad integrada en el folclore, como esa día de los muertos que celebran los mexicanos y que supone una puerta de comunicación entre los dos lados. La creencia o no en fantasmas no es importante para lo que la película quiere contar. Que un muerto tome cuerpo es una estrategia para ir desvelando los secretos que se esconden en lo más profundo del corazón y la cabeza, la forma inteligente que decide la directora Beatriz Sanchís para que el espectador entienda el interior de sus personajes de carne y hueso y el camino a través del que empatizar con esa mujer que está destruida por dentro y que se muestra ajena al presente. La presencia de la muerte también funciona como un símil para decirnos que hay muertos de verdad y otros sepultados en vida por su pasado, cargando con culpas que les atormentan.


Trailer promocional de la película Todos están muertos
Parte de la fuerza de la película radica en conseguir que el espectador se identifique con los personajes, algo difícil que requiere una gran habilidad para construir desde los pequeños detalles. No es fácil comprender la cabeza de una persona que sufre de agorafobia, ni volver a sentirse un adolescente cargado de problemas y al que ni siquiera su madre muestra el más mínimo afecto. Todos están muertos es una «película cebolla», llena de capas, que va enriqueciéndose cada vez que profundizamos en ellas. Ese es quizá su secreto, esa capacidad de sorprender al ir adentrándonos en la trama para descubrir el pasado, su conexión con el presente y valorar si puede darse un camino que permita a los personajes salir adelante de otra forma.

Otra buena parte de su secreto está en la banda sonora y esa vuelta a la música de los ochenta. Con lo que suena se establecen vínculos y complicidades. Con esa música se construye el pasado y la certeza de unos recuerdos compartidos, a los que hay querencia porque mantienen una conexión llena de nostalgias. La música es como esa habitación de ensayo que se había sellado escondiéndola tras un electrodomésticos y que vuelve a abrirse avanzada la película. En esa habitación descubrimos que se apila desordenadamente lo que fuimos y que guarda aquello que sentimos antes y que aún no hemos podido abandonar. La música rompe el silencio, hace que las conversaciones se produzcan, nos conduce con dulzura y nos permite hablar de lo que duele sin ahogarnos.

Soberbio es el manejo del ritmo y la historia que realiza Beatriz Sanchís y tremenda la interpretación de Elena Anaya que elabora un personaje memorable y muy difícil de dar vida y sostener. Ella lo hace con sencillez, como si construir ese universo interior tan atormentado fuera lo más simple del mundo. Sabias son también las elecciones de los actores con los que se ella va enfrentándose a lo largo de la película en sus diferentes duelos: Cristian Bernal, Nahuel Pérez Biscayart y sobre todo Patrick Criado quien desde la timidez saca toda la pasión para sostener una mirada demoledora, como un desgarro de guitarra que no se va apartar. El reparto principal lo completa Angélica Aragón, esa madre invencible que les cobija a todos.

jueves, 6 de febrero de 2014

Aprendiendo a luchar para salvar lo poco que nos queda

La plaga, de Neus Ballús, una excelente película a caballo entre la ficción y el documental

Cartel de la película La plaga
Cartel de la película La plaga
¿Por qué? Porque nos enseña a luchar.
Aunque no lo parezca a priori, La plaga es una gran película. Sorprende por los sentimientos que despierta, pero sobre todo por las múltiples lecturas que permite. En apariencia tiene la sencillez de un documental; sin embargo, desde que empieza, el espectador percibe que hay algo más, como si le fueran saliendo raíces por todos los sitios a cada paso que avanza. Y eso se debe a que la película sabe explotar con maestría la frontera que existe entre la ficción y la realidad. Lo que nos pone enfrente sabe a verdad porque lo es y además no tiene ninguna trampa. No es extraño que haya sido la triunfadora de los pasados Premios Gaudí del cine catalán donde ha ganado como mejor película, directora, guion y montaje.

Se trata de las vidas cruzadas de una serie de personajes, cada cual más diferente, pero que todas juntas terminan dibujando una comunidad. Allí se mezclan un payés cowboy, un deportista moldavo de lucha libre que tiene que trabajar la tierra como peón para poder comer, una lúcida anciana nonagenaria que debe dejar su casa para irse a vivir a una residencia de mayores, una enfermera filipina que no quiere sufrir con el dolor de lo que ve y una prostituta a la que ya no le quedan clientes. Cada una de estas personas tiene sus aspiraciones que en nada coinciden con las del resto. No piensan de igual forma. Pero sin embargo se crean dependencias y las vidas de unas van afectando a las de otras por el simple hecho de formar parte del mismo terruño. Ante una situación prolongada, difícil y dura de crisis, hay que buscar el factor aglutinador por encima de las diferencias: lo común aquí es la proximidad, la tierra que pisan, y eso las une a estas cinco personas, las hace semejantes con sus peculiaridades. Todos estos personajes son excepcionales, y a pesar de ello, nos describen y nos representan.

No son actores, así que los personajes se interpretan a sí mismos. Neus Ballús, la directora, ha filmado sus vidas como si fuera una ficción. Ballús viene del documental y de la comarca que retrata, así que conoce muy bien por dónde se mueve. Explica que su película la ha cocido a fuego lento durante casi cinco años en los que no ha dejado de trabajar con sus protagonistas, lo que le ha permitido entender a sus personajes, provocarlos y sacar a la superficie toda la realidad que hay en ellos. Añade que «ese largo proceso le ha servido para mostrar la incertidumbre y el espíritu de rebeldía que caracteriza la España de la crisis».

Sí, La plaga habla de la crisis sin nombrarla y lo hace de forma metafórica. Pero su sombra no deja nunca de estar presente, atenazándonos en forma de plaga de la mosca blanca que destruye nuestra cosecha, que hace inútil nuestro trabajo y que nos arruina. La crisis nos atonta, dejándonos sin capacidad de reacción. Surge esa sensación de fin de ciclo, de vacío que nos consume, y empieza una espera de la que no sabemos salir, que nos consume. Sabemos que nos hundimos y también que estamos perdiendo nuestra identidad. Nos toca superar la soledad y la incertidumbre y para ello habrá que arrimar el hombro; pero vamos a hacerlo entre nosotros y nosotras, desde abajo, cimentando la comunidad, sirviendo las unas de protección a los otros, cuidándonos y protegiéndonos.


Trailer promocional de la película La plaga
Ballús nos plantea la película en el extrarradio de una gran ciudad como Barcelona, ese punto límite e intermedio donde se termina la periferia de las grandes ciudades, pero que aún mantiene una entidad diferenciadora, propia y rural. Las cosas han cambiado y esos lugares ya no son útiles para el funcionamiento de las urbes pues su producción no les resulta imprescindible en la cadena distributiva de cada día, una cadena que se rige por otros criterios económicos donde el de la proximidad no resulta importante. Las ciudades crecen y en su extensión, por pura inercia, absorben a estas comarcas de las que solo necesitan su suelo. Para que salga barato las empobrecen primero. ¿Y qué pasa con las personas? Lo limítrofe siempre plantea problemas de identidad, a caballo entre dos sitios y en ninguno de ellos. A dos pasos de una gran ciudad la vida se marchita; las costumbres, el sentido de pertenencia a una comunidad agrícola y ese modelo de vida que valió para las generaciones anteriores se extingue porque ese mundo se pierde irremediablemente. Las personas que habitan estas comarcas se van vaciando y convirtiéndose en pequeñas hormigas perdidas sin posibilidad de encontrar su hormiguero.

Solo comportándose como vecinos los cinco personajes encuentran una entidad común y una fuerza subterránea que les permite enfrentar con sentido el futuro. No encuentran grandes ideas, pero sí apoyo y juntos, los problemas individuales se pueden abordar desde una nueva perspectiva. Eso ocurre hasta cuando toca pelear con la tozudez de la naturaleza, que con sus normas, sus tiempos y sus contratiempos, impone su dureza. Pero siempre se puede cambiar la mirada hacia ella, hacerlo con confianza, esperando su propia solución, esa lluvia que lo limpie todo de una vez.

Si hay que hablar del secreto de La plaga, de ese motivo por el que tanto me enganchó, diré que en realidad fueron tres: El primero, la atmósfera que dibujan los cinco personajes, que trabajan como una parte de un todo que nos incluye; el segundo, el nivel de autenticidad y verdad que se respira dentro de esa atmósfera; y el último, la enorme emotividad que produce, pues a fin de cuentas la película va desnudando al género humano. La plaga es un hermoso aprendizaje de una lucha emprendida para salvar lo poco que nos queda, lo nuestro.

lunes, 3 de febrero de 2014

La hora de recoger la cosecha madura de nuestro cine

Las mejores películas del año según la Academia

Cinco largometrajes compiten este año por el Goya a la Mejor Película. De dos de ellos, La herida y Vivir es fácil con los ojos cerrados, ya hemos hablado en estas páginas. A estos hay que sumar tres más: Caníbal, La gran familia española y 15 años y un día. No es este un año de grandes títulos, ni de películas arrebatadoras que levanten pasiones entre el público. Es más bien tiempo de un cine laborioso y discreto que se construye a fuerza de ganas y paciencia. Se trata de dos comedias y tres dramas, cada cual diferente, con más o menos intenciones y todas hijas de nuestro presente, un tiempo lleno de recortes.

Se pueden argumentar méritos en las cinco películas sobre los que defender que cualquiera de ellas se convierta en la triunfadora el próximo domingo. Yo con la que más disfruté fue con Vivir es fácil con los ojos cerrados. Confieso que me tocó la historia porque me resultó ilusionante y además me pareció una gran reconstrucción moral de aquella época. Pero también veo debajo sus pequeños trucos para que funcione mejor. La herida presenta méritos suficientes y quizá sea de estas cinco la que más se merezca el premio. Es social por encima del resto y eso hay que aplaudirlo. Caníbal y 15 años y un día también pueden ganar el Goya, ambas son dos películas muy correctas, pero demasiado frías para mi gusto. A La gran familia española le queda también una oportunidad, la de que dejemos de lado tanto drama y apoyemos una comedia-comedia.

La realidad es que este año la cosecha madura que vamos a recoger se ha quedado un tanto floja, como si a la uva no le hubiera dado suficiente el sol para ahora tener el azúcar necesario. Sin duda algo en lo que tiene que ver la política del ministro Wert y sus sacrosantas tijeretazos dados a un cine que ha respondido agarrotándose. Nos espera un cambio de ciclo en nuestra cinematografía, pero va a ser demasiado doloroso.

Caníbal, el psicópata pulcro

Cartel de la película Caníbal
Cartel de la película Caníbal
¿Por qué? Porque le falta acción.
En Caníbal Martín Cuenca nos trata de contar que un psicópata se puede ablandar por amor, hasta el punto de empezar a cuestionarse su propio esquema de monstruosidad. Martín Cuenca quiere que seamos conscientes de que un psicópata que se alimenta de carne humana no deja de ser una persona como las demás, con sus ratos de ternura, y a la que posiblemente no podríamos descubrir en una rueda de reconocimiento. Su rostro no tiene una característica especial y su comportamiento de cara a la sociedad tampoco. A veces son seres modélicos. En esa esencia se mueve la película y por ello su protagonista es un hombre que pasa desapercibido, del que nadie podría sospechar. El retrato que se nos hace nos muestra a un hombre pulcro, que trabaja de sastre, y que ha construido su vida con orden, mesura y minuciosidad. Ha asumido su soledad y ya no espera nada, solo que vayan pasando los días con la misma rutina que los anteriores. Sabe que la vida y la muerte son método, que ambos se construyen y se quiebran por pura voluntad. Y de pronto, a ese convencimiento le salen unas grietas que desmoronan su construcción mental.

La idea es buena, pero su realización no tanto, pues la película se deshincha. El pecado de Caníbal es la contención. El universo del protagonista se agota en su propia lentitud y el espectador se aburre esperando que ocurra algo. No hay verdadero terror porque le falta sangre y espíritu. Y eso lo termina pagando la película.

Lo que resulta fascinante es la fotografía impecable. Vemos Granada preciosa bajo la lluvia, desde una ventana, y unos hermosos paisajes nevados de Sierra Nevada que producen paz y que sirven de contrapeso con la crueldad para, en cierta forma, mecanizarla y deshumanizarla como si asesinar fuese una tarea más de un proceso en la cadena alimentaria del caníbal. Soberbia, de nuevo, es la interpretación de Antonio de la Torre, en un registro nuevo de hombre desapasionado que borda con una sabia economía gestual.

La gran familia española, una comedia como las norteamericanas

Cartel de la película La gran familia española
Cartel de la película La gran familia española
¿Por qué? Porque no sorprende.
Me gusta mucho el cine de Daniel Sánchez Arévalo, creo que es atrevido y que él tiene una cabeza muy lúcida. Pero, aunque entretiene y cumple con sus objetivos, La gran familia española no es su mejor película. Sánchez Arévalo ha hecho un largometraje al estilo de las comedias románticas que se hacen en Hollywood, pero con la idiosincrasia española, sustituyendo sus tópicos por los nuestros. Se podría decir que es yanqui en las formas y nacional en el contenido. Sánchez Arévalo demuestra que podemos hacer ese cine con el que los norteamericanos inundan las pantallas de todo el mundo igual que ellos, incluso hasta con una calidad similar. El problema es que adolece del mismo defecto que el modelo original: la falta de sustancia y profundidad. Ya lo sé, no es justo pedirle hondura a una película de puro entretenimiento, pero creo que debemos planteárnoslo si esperamos que estos films puedan ser algo más que productos intrascendentes, que perduren en el tiempo y que vayan más allá de unas risas con palomitas. Insisto, La gran familia española no es mejor ni peor que la mayoría de las comedias románticas que nos llegan de Hollywood y se deja ver igual que ellas. El problema es que está construida basándose en un género repetido y agostado que ha perdido toda su capacidad para sorprendernos. Ya sabemos que habrá malentendidos, escucharemos medias verdades y saldrán a la luz los viejos secretos callados para que sean perdonados.

La gran familia española es una película coral que nos explica que el amor no sale bien nunca, pero que eso no es causa suficiente para no seguir intentándolo. Nos equivocamos al elegir porque preferimos el capricho a la razón inteligente y además no somos capaces de leer las señales. En realidad el concepto de familia esconde una felicidad irreal, falsa, pues las familias están llenas de imperfecciones y no alimentan una buena y verdadera comunicación entres sus miembros. Los vínculos de sangre no sirven para evitar las heridas, solo para coserlas.

No son solo las familias las que sufren una crítica soterrada, la película también lo hace con nuestra sociedad anestesiada, obsesionada con el fútbol, que no se complica en tomar decisiones, rutinaria y admiradora incansable de una sociedad estereotipada y consumista como lo es la estadounidense.

15 años y un día suena a condena

Cartel de la película 15 años y un día
Cartel de la película 15 años y un día
¿Por qué? Porque le falta coraje.
15 años y un día promete mucho en su arranque como si tuviera una gran historia que desvelar al espectador. Las miradas expresivas de sus personajes nos dicen que detrás de ellas esconden todo un universo al que sin embargo la película no llega. Por eso defrauda en ese intento de contar el proceso de aprendizaje y responsabilización de un adolescente un tanto conflictivo. Digo intenta porque antes de conseguirlo se detiene para quedarse en un retrato del entorno familiar del que no consigue avanzar. Allí nos encontramos con el mismo dibujo que nos pintó La gran familia española, con idéntico esquema familiar lleno de secretos, de mentiras a medias y de mucho silencio porque las cosas que duelen se esconden y no se airean. Y sin ventilar, se van pudriendo sin remedio. La elección de cruzar la puerta hacia el interior cerrado de la familia con su historia no contada impide seguir detrás del joven adolescente problemático, terminar de concretar esa historia que solo se ha bosquejado, quedarnos sin ahondar en sus sentimientos que nos podrían haber permitido comprenderle, ayudarle a enderezarse y llevarle por la senda correcta de los mayores, si es que solo hay un camino. Y de ese mundo prometido al principio no quedan más que unos pocos sucesos anecdóticos. Al descartar esta opción, la película se atasca para quedarse en un nudo de relaciones familiares fallidas y de autoinculpaciones. Se convierte en una película fría, llena de corrección, pero totalmente desapasionada. Tampoco ayuda el hecho de que en realidad no explote un conflicto generacional real, pues no hay un verdadero enfrentamiento entre el chico y su abuelo, quedándose en un dejarles hacer, en dos condenas que se expían por separado sin la menor conexión.

Esa sensación de falta de pasión que lastra la película se acentúa con su final. Resulta previsible porque ya se ha anticipado con un detalle hacia la mitad de la película que desbarata otra solución y que evita la sorpresa.

Pero 15 años y un día también tiene cosas buenas. La primera es el pulso firme de su directora, Gracia Querejeta, que siempre nos trae un cine diferente con el que explicar las razones de los sentimientos. Sus películas se desviven por ser humanas y artísticas a una misma vez. Cada imagen que pasa se va llenando de cine. A sus personajes les va insuflando vida para hacerlos reales. Juega con sus miradas, con lo que no se dice. Algo que aquí funciona por el excelente trabajo interpretativo de sus actores. Tito Valverde con sobriedad, sin malgastar esfuerzos, y Maribel Verdú con mucha solvencia, sacando las fuerzas de la impotencia de una vida rota que arrastra su personaje.

sábado, 1 de febrero de 2014

La mujer autodestructiva

La herida, de Fernando Franco, la sorpresa cinematográfica del año

Cartel de la película La herida
Cartel de la película La herida
¿Por qué? Para entendernos un poquito mejor.
La herida no es un película fácil de digerir, sobre todo debido a su dureza emocional. Sin embargo ha logrado sobrevivir y destacar en un panorama cinematográfico del que se ha convertido en la sorpresa del año. Casi nadie esperaba que un largometraje de producción española que se estrenó a principios de octubre de 2013 siguiera aún dando guerra. Más aún tratándose de un proyecto pequeño sobre una historia un tanto intimista. Avisó el Festival de San Sebastián convirtiéndola en una de las triunfadoras y ahora los Goya pueden convertirse en la confirmación definitiva. De momento con mejor Película, Montaje, Dirección Novel, Guion Original, Interpretación Femenina Protagonista y Sonido son seis las nominaciones que tiene, y no olvidemos que entre ellas se encuentran algunas de las grandes. Veremos hasta dónde llega el domingo 9 de febrero.

Lo que cuenta es una historia claustrofóbica, la de una mujer que sufre una enfermedad psíquica que le impide relacionarse con los demás de una manera normal. Tiene altibajos que la llevan de un extremo a otro, interpretaciones mentales de la realidad que solo ella comparte y una baja autoestima que la lleva incluso a causarse lesiones. Esas heridas que van quedando sobre su piel son un reflejo de su incapacidad de socializar con los otros. A su alrededor se va formando un vacío doloroso del que no puede salir porque no consigue controlar sus sentimientos, ni sus emociones, como si su adolescencia se hubiese alargado para siempre. Es una vida que convierte a quien la vive en una pistola siempre a punto de dispararse.

La herida es una película de derrotas, la de Ana, su protagonista, pero también la de su madre a la que la situación la supera y va quebrando poco a poco su vida sin remedio. Así ocurre en general con la mayoría de su entorno, todos se van sintiendo impotentes y no encuentran qué hacer para ayudar.

Sorprende el tratamiento aséptico y con una cierta distancia en el que se coloca la película con respecto a su protagonista. Quiere que sea el espectador el que perciba todo de primera mano, que mire lo mismo que mira ella y que la observe obsesivamente pues la protagonista no desaparece nunca de escena. La cámara la va siguiendo de un día para otro, en lo cotidiano y también en esos pocos minutos al día que resumen su forma de ver la vida que tiene enfrente. Su comportamiento de inicio resulta confuso, aleja al espectador que se topa con ella de golpe sin saben nada ni poder entenderla. Y luego la va siguiendo, a veces con curiosidad, pero a menudo con hastío, como si de una obligación se tratase. Para mantener esa sensación de seguimiento e intromisión, Fernando Franco, su director, construye la película a través de planos-secuencia.


Trailer promocional de la película La herida
¿Dónde está entonces el secreto de La herida? El primero de todas es que esa distancia aséptica en la que se sitúa el espectador se va rompiendo y la historia va consiguiendo implicarle, generando en él una empatía sin la que la película no funcionaría. Esa angustia vital, esa imposibilidad de ser persona, esa soledad inhumana, se va pegando al espectador y lo hace de tal forma que va sintiendo el mismo dolor que su protagonista porque reconoce esas sensaciones que han dejado ya de resultarle extrañas. Ese mérito se debe a la forma en que la película nos conduce, pero sobre todo por la maravillosa interpretación de Marian Álvarez, infatigable, siempre en pantalla, y magnética. Ella es quien lo sostiene todo y la película va todo lo lejos que ella nos lleva. Marian Álvarez nos obliga a recorrer un camino doloroso y a sentir su propia herida.

Fernando Franco, su director, es un reputado montador y un buen profesor de cine en la ECAM. Ha montado películas como Blancanieves, No tengas miedo, Alacrán enamorado o Bon Appétit. También ha hecho varios cortos, algunos de ellos con bastantes galardones y muchos reconocimientos. De Fernando Franco todo el mundo de la profesión habla bien, con mucho cariño. Y sin embargo le costó levantar los 908.000€ de presupuesto que necesitaba. No hay dinero para cine en nuestro país. Pero nuestros cineastas no se rinden, se empeñan en hacer sus películas y lo consiguen a pesar de todo. Es el cine que nos queda, el de la constancia, el que regresa a los medios artesanales y se va haciendo cada vez más al margen de la industria. Es un cine épico, pero no por las historias que cuenta sino por el modo en que se construye.

domingo, 26 de enero de 2014

¿Mezclados o puros?

Argentina principal favorita al Goya a mejor película Iberoamericana con El médico alemán de Lucía Puenzo

Cartel de la película El médico alemán
Cartel de la película El médico alemán
¿Por qué? Porque es imposible mirarla sin cierta inquietud.
Lucía Puenzo empezó como guionista, carrera que pronto combinó con la escritura de sus primeras novelas. Cuando se sintió segura y se ganó una oportunidad se pasó a la dirección. Desde allí, detrás de la cámara, con constancia y manteniéndose fiel a su propio estilo, ha logrado conseguir un cierto prestigio. Con cada una de sus películas ha ido dando pasos hacia adelante. En todas ha buscando que prevalezcan las historias humanas y que prime el peso personal de los personajes, sus dudas y las decisiones que toman condicionados por el universo cercano que les rodea, que suele ser inhóspito y poco receptivo. En cada una de sus tres películas se explora una parte psicológica en esos personajes que, en cierta forma, les atormenta y les impiden la felicidad consciente. En realidad cargan con un peso a cuestas del que es muy difícil, sino imposible, desembarazarse. Son historias de vidas condicionadas e impuestas, de reglas sociales, de dominación, de cosas de familia, de idiosincrasias… elementos todos contra los que hay que rebelarse, pero contra los que nunca resulta fácil hacerlo.

Su última película, El médico alemán, se ha llevado la mayoría de los Premios Sur que entrega la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina y se ha convertido en la principal favorita en muchas quinielas para alzarse con el Goya a la mejor película Iberoamericana el próximo día 9 de febrero. Tiene méritos suficientes para hacerlo. Si finalmente lo gana, no será el primer Goya que levante Puenzo como directora, pues ya se lo llevó en 2007 con su opera prima XXY.

El médico alemán no es otro que Josef Mengele, con otra identidad y huyendo de los servicios secretos israelíes que le persiguen para secuestrarlo y juzgarlo en Israel como estaban haciendo con otros criminales nazis en esa época. No llega a ser una película de espías, aunque a ratos lo intenta. Lo cierto es que ese hecho, el de no serlo, es porque la película apuesta a ser más inquietante aún, enseñándonos la vida cotidiana del monstruo. Mengele es minucioso, frío, soberbio y feroz; pero también educado, cautivador e inquietante. El Mengele que recorre la película está humanizado, tratado como una persona y no como un mero personaje, y eso es lo que más miedo nos da, porque, sin perder su dimensión humana, sigue siendo igual de sanguinario en sus decisiones. Los grandes criminales de la humanidad están dominados por un fin que los imposibilita a sentir la menor empatía con aquellos semejantes que no forman parte de la misma élite o condición. Usan y toman lo que necesitan, carecen de remordimientos, son despiadados, les falta humanidad. Y sin embargo viven entre los demás, se comportan como todos en lo cotidiano, a menudo resultan indistinguibles…

Mengele experimenta y las vidas que se cruzan en su camino no valen nada, o solo en la medida que le sirven a sus experimentos y mientras le son útiles. Va plasmando sus ideas, las hipótesis, las conclusiones alcanzadas, sus estudios y experimentos en un cuaderno que resulta cruel y que recoge el fondo de su alma, esa parte despiadada de una ciencia trastornada y sin corazón, esa ley que el fin está por encima de los medios que se utilicen para consguirlo. Ese cuaderno, sus textos y sus dibujos, es uno de los grandes aciertos artísticos de la película que sirve para darle a Mengele sus dos dimensiones y hacerlo ganándonos por su estética.


Trailer promocional de El médico alemán
Mengele está lleno de poder. Sabe que casi todo se puede comprar con dinero, que solo hace falta encontrar la cantidad justa y así actúa. Frente al monstruo, Lucía Puenzo nos coloca la candidez de la familia argentina a la que se acerca Mengele por puro interés: una niña con problemas de crecimiento y una madre embarazada de gemelos, dos de sus elementos fundamentales sobre los que más le gusta experimentar. A ambas se las gana; a la madre por usar con ella ese trato europeo que tanto echa de menos ella y a la hija porque se siente deslumbrada por una persona mayor que la trata presuponiéndole cierta inteligencia y dándole confianza. El engaño está servido y el universo cinematográfico perfectamente dibujado y al servicio de crearnos dudas y colarse entre nuestras grietas hasta hacer temblar los cimientos. Pero somos listos, notaremos el tufillo enseguida, distinguiremos al monstruo y aborreceremos al malo. A eso también juega con maestría la directora.

Esa relación que se establece siempre entre el que engaña y quien es engañado se convierte en el eje central de la película y lo que más valor tiene en ella. Pero hay más elementos, El médico alemán saca a la superficie otro debate importante sobre la construcción de las sociedades, se pregunta si tienen sentido pequeñas colonias donde se mantiene de una forma enfermiza la pureza racial generación tras generación como una forma de mantener unas costumbres anquilosadas de unos antepasados sobrevalorados. O por el contrario, es la mezcla racial la que produce enriquecimiento cultural, diversidad y nueva vida.

El médico alemán está basado en la novela Wakolda de la propia directora. En Argentina, y en los países latinoamericanos que se ha estrenado, la película ha mantenido el mismo título de la novela, algo que en España no se ha respetado, colocando en el centro al personaje que interpreta Álex Brendemühl en lugar de mantener el simbolismo de un nombre de una muñeca. No es la primera vez que Puenzo lleva al cine la adaptación de una de sus novelas, ya lo hizo en su anterior película, El niño pez.

El médico alemán es una película que duele, porque está hecha desde un punto que no permitirá al espectador levantarse de la butaca al terminar sin que se lleve cierta inquietud a su casa.

sábado, 18 de enero de 2014

El nuevo cine que viene de Venezuela

Miguel Ferrari coloca a Venezuela como finalista en los Goya con su ópera prima Azul y no tan rosa

Cartel de la película Azul y no tan rosa
Cartel de la película Azul y no tan rosa
¿Por qué? Porque es divertida pero con sustancia.
Venezuela es un país que apenas cuenta para las pantallas españolas y europeas, así que no suelen llegarnos películas de allí. Sin embargo algo ha cambiado. Al hacer un repaso de lo que he visto en los últimos meses me encuentro con dos trabajos excepcionales que vienen de aquel país: La distancia más larga (Premio del público en el último Festival de cine Iberoamericano de Huelva) y Pelo malo (Concha de oro en el último Festival de San Sebastián). Sin duda, el pasado ha sido un gran año para el cine venezolano. Han crecido y han ganado en calidad, lo que les ha permitido dar un salto espectacular, hasta el punto de colocarse como la cinematografía iberoamericana más emergente en este momento. No se trata de un hecho puntual, ni de una mera casualidad, sino que responde a un largo proceso nacido de una apuesta seria por la cultura y el cine. No podemos obviar que una gran parte de ese éxito se debe a la estupenda ley del cine que llevan años desarrollando y que promueve el apoyo con fondos públicos al talento. Aquí también tuvimos apuestas similares que permitieron a nuestro cine crecer y forjar una buena industria cinematográfica. Pero inexplicablemente nuestros políticos prefirieron abandonar ese camino. El triunfo del cine venezolano resulta de seguir el camino inverso al que quiere imponer el ministro Wert en España. Mientras el cine que se hace en Venezuela se impulsa, el nuestro, salvo honrosas excepciones, se está vaciando. Detrás de ambos modelos hay una decisión política. Lástima que nuestro ministro busque aplicar una política a su imagen y semejanza, la de la ignorancia, la soberbia y la incultura.

Otra prueba de ese cambio de ciclo en su cinematografía, otro ejemplo más de que allí se están haciendo las cosas bien, es que este año, después de 15 sin conseguirlo, Venezuela vuelve a estar nominada para los premios Goya a Mejor película iberoamericana. Lo ha logrado Miguel Ferrari con su ópera prima Azul y no tan rosa, una película de sentimientos y llena de vida que contagia al público. No esconde grandes secretos, nos habla de lo cotidiano, de lo que dicta el sentido común. Y lo hace con una naturalidad que desborda la pantalla.

Decía en el párrafo anterior que la película no esconde grandes secretos, y aunque es así no puedo ocultar que sí encierra un truco que es el que la hace tan contagiosa. Ese secreto se encuentra en el grupo de personajes protagonistas; son buenas personas y esa bondad que encierran deshace cualquier muro del espectador. Podremos estar más cerca o más lejos de la forma de actuar de cada uno de ellos y de ellas, de lo que representan, y sin embargo les comprendemos por su humanidad, porque intentan siempre actuar de la forma correcta, de la misma que deberíamos elegir siempre. A veces se equivocan, pero errar también es humano.

La vida es una aprendizaje y lo que más nos enseña es el ejemplo de los que están cerca, de quienes de verdad nos importan. De lo que habla sobre todo Azul y no tan rosa es de la verdad y la mentira. Elegimos una cosa o la otra y eso afecta a nuestras relaciones. La mentira suele ser más fácil, sirve para esconder lo que no queremos mostrar, pero tiene la vida más corta. Nos va enredando hasta el punto en el que ya no nos deja salida y nos termina complicando más. Ejercer la sinceridad es más difícil porque a menudo hiere.


Trailer promocional de la película Azul y no tan rosa
Dice Miguel Ferrari, su director, que para gustos hay colores y lo dice en todos los sentidos, hablando de diversidad y tolerancia, y también de estética, de opiniones… En la vida hay cosas que nos gustan y otras que nos horrorizan, pero ambas forman parte del día a día. Lo duro es que aunque queramos vivir en una comedia, la realidad nos terminará salpicando con tragedias. Vivir es saber encajar esos momentos con los otros, asumir las dificultades tomando las decisiones más correctas para resolverlas y no perder nuestra esencia en ese camino. Poco importa para ello la sexualidad que hayamos elegido porque eso no es más que un rasgo y pesa lo mismo que cualquier otro elemento de todos los que usamos para construir nuestra personalidad. La homosexualidad o la heterosexualidad no son factores más diferenciadores que las preferencias por un color u otro. Esa tesis sustenta con acierto Azul y no tan rosa. Los problemas importantes son siempre otros: la asunción de la paternidad, la aceptación de nuestra imagen, la relación con los demás, la pérdida injusta de lo que más queremos, el dolor que no se sabemos curar… En todas estas cuestiones vitales no importa más que nuestra humanidad.

Para la Historia quedan los símbolos, pero lo cierto es que la sociedad cambia sin grandes rupturas, con pequeños pasos que van construyendo la nueva normalidad, por puro sentido común. Así, porque evolucionamos, vamos aceptando la realidad y descartando aquellos prejuicios que ya no pueden sustentarse en sociedades justas. Los prejuicios se caen solos y aquellos que se empeñan en mantenerlos aún respirando no podrán hacerlo durante mucho tiempo, pues no les queda futuro. El progreso que avanza se hace irreversible y esa fragilidad inicial de todo lo que empieza un día se muestra irrompible. Cada cual debe tener derecho a vivir su propia vida, haciéndolo a su manera y con las opciones que decida. Los límites solo puede marcarlos la ley, y si la ley es injusta y se queda atrás habrá que cambiarla.

Azul y no tan rosa es una coprodución entre Venezuela y España, con buenas interpretaciones y excelentes planos que me recuerdan la forma de mirar del cine cubano. Me gusta sobre todo ese dar tiempo al tiempo, sin efectismos y con humildad, para que el espectador entre en la historia y vaya sintiéndose parte de ella.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Seductores y seducidos

Rodrigo Sorogoyen estrena su película Stockholm

Cartel de la película Stockholm
Cartel de la película Stockholm
¿Por qué? Porque es un cine fresco y sin complejos.
Stockholm participó en el pasado Festival de Málaga, siendo una de sus películas revelación. Se llevó tres biznagas de plata (mejor dirección, actriz ex-aequo y guionista novel) y también una mención especial del jurado de la crítica. Su paso por Málaga creó muchas expectativas, y sin embargo ha tenido que pasar medio año para que por fin logre estrenarse en las salas comerciales. Lo ha hecho en 15 salas de once capitales, un número muy discreto que no se corresponde con la calidad de la película.

Cuenta Rodrigo Sorogoyen, su director, que empezó a darle vueltas a la idea en 2007, que después consiguió convencer a Isabel Peña para escribir juntos el guion de lo que pensaban iba a ser un cortometraje que les sirviera para contar en escasos veinte minutos un ligue de una noche que termina convirtiéndose en un secuestro. La idea maduró, fue girando con la incorporación de nuevas personas y creciendo. El equipo decidió formar una cooperativa, trabajando sin cobrar y capitalizando sus sueldos en la producción, es decir aventurarse a posponerlos hasta que la película se estrenara en cines y obtuviese beneficios. La ilusión y la falta de financiación les llevó a la plataforma Verkami y a través del crowdfunding lograron 13.050 € para financiar la película. El dinero se aprovechó bien y resultó suficiente.

Stockholm se divide en dos partes bien diferenciadas. La primera tiene que ver con el cortejo y el juego de la seducción. El espectador asiste al despliegue masculino de un conjunto de armas con las que conquistar y encandilar a una mujer. El camino empieza con el desinterés absoluto de ella, pero es la seguridad de él, su insistencia y la verborrea que emplea las que van tirando muros, primero los pequeños como la aceptación de caminar en el mismo sentido por la misma calle, de compartir ese pequeño trayecto hasta la siguiente esquina que poco a poco se va alargando. El amor es un juego divertido lleno de provocación. Hasta aquí la película no deja de ser como cualquier otra comedia romántica, aunque haya marcado pequeñas diferencias: la asunción implícita de la mentira como herramienta válida de seducción, la sensación de estar entre la víctima y el verdugo sin saber muy bien quién es quién, la separación entre la idea de lo femenino y de lo masculino con intereses profundamente contrapuestos y el establecimiento de los límites entre lo que quiere uno y no la otra para determinar quien acaba venciendo.


Trailer promocional de Stockholm
La segunda parte tiene que ver con el despertar a la mañana siguiente, cuando la conquista queda atrás para reincorporarnos a la vida diaria. Esa mañana todo cambia y lo idílico va camino de vivirse como una pesadilla. Desde que abren los ojos los protagonistas, el espectador sabe que asiste a otra película, la de las diferencias, la de la imposibilidad de amar, la que dice que todo se termina con la noche… Con la luz del día las grandes palabras pierden todo su brillo. Las intenciones se hacen subterráneas y el juego ya no resulta divertido ni apetecible, sino que se va haciendo amargo. Stockholm deriva en este parte hacia un thriller psicológico que funciona igual de bien que la comedia romántica del principio porque ha sabido conseguir la implicación del espectador, que le importe lo que va a pasar porque se siente ya parte de la historia. El espectador, que siempre es un vouyer en la cuerda floja, va sintiendo un cierto síndrome de Estocolmo que le lleva a posicionarse eligiendo con qué protagonista se queda.

La cultura hipster está integrada en la película, tanto por su estética como por la sensibilidad o el estilo de vida que plasma. El nihilismo de sus personajes es el mensaje más directo de Stockholm, pero no un nihilismo profundo, de libro, sino dulcificado y transmitido bajo un cinismo simpático y cómplice de lo cotidiano. Lo que nos dice es que en realidad toda relación establece un duelo de egoísmos en busca de satisfacer las propias necesidades de cada cual, en le que las aparentes cesiones ocultan otras jugadas. Los personajes guardan sus cartas para esa única jugada que esperan sentencie la partida. Ese esconder, representar, atraer, engañar, seducir y salirse siempre con la suya forman parte del secreto de la película, donde las cosas pocas veces son lo que parecen.

Stockholm es una buena película, dinámica y que engancha. Raro es que a alguien no le guste.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Las primeras libertades

David Trueba retrata la España de 1966 en Vivir es fácil con los ojos cerrados

Cartel de la película Vivir es fácil con los ojos cerrados
Cartel de la película Vivir es fácil con los ojos cerrados
¿Por qué? Por el retrato de una época con un enfoque distinto.
John Lennon se vino a Almería en 1966 a rodar la película Cómo gané la guerra. Dicen que atravesaba un momento crítico y existencialista, que en sus canciones pedía «ayuda» y que los Beatles se rompían. En Almería compuso Strawberry Fields Forever y los primeros versos de esta canción le sirven a David Trueba para dar título a su película: Vivir es fácil con los ojos cerrados. Que Lennon estuviera en Almería motivó el intrépido viaje del profesor Juan Carrión para conocerle con un firme propósito y esa es la anécdota que inspira el guion de la película. La presencia del beatle en nuestro país es un telón de fondo en la película. David Trueba le utiliza como una bisagra en torno a la cual articular la división en dos de la ciudadanía de la España de entonces y mostrarnos a una juventud oprimida cuya rebeldía no encontraba su cauce en medio de una dictadura. Un viaje ingenuo e imposible es el camino que elige el director para llevarnos hasta ese pasado y que nos consigue hacer sentir como si fuéramos dentro del seat 850 con los propios personajes.

Vivir es fácil con los ojos cerrados, el problema suele darse luego, al abrirlos y toparnos con la realidad. La España de 1966 que retrata David Trueba en su película tenía mucho de soportable con los ojos cerrados del conformismo y de irrespirable a poco que se tuvieran inquietudes. El de entonces, y no sé si en eso se ha cambiado mucho, era un país dicotómico, de aire enrarecido, donde se trataba de dar una imagen de una España aperturista sin perder a la vez el menor ápice del rancio conservadurismo de un estado fascista con mano de hierro. Esa incorporación a «lo moderno» que nos abriera las puertas a Europa se convertía en una prioridad política, pero al régimen le ofendían esos mínimos gestos de progreso, así que todo intento terminaba convertido en otra falsedad. Un ejemplo claro se puede observar con los dos conciertos que dieron en España los Beatles un año antes y el tratamiento que le dio la prensa nacional, o las cargas policiales de los grises en los alrededores y a las horas previas, las detenciones de todo el que les pareciera sospechoso o los uniformes que pueblan cualquier imagen de esos conciertos.

Ese aire cargado en lo ideológico y lo moral lo dibuja magistralmente David Trueba en cuatro pinceladas de su película: un profesor impartiendo la materia de inglés, la comida dominical de la familia de un policía nacional, un internado de monjas para niñas embarazadas y un bar en la Almería más rural. Lo sorprendente es que no lo hace desde la oscuridad, sino llenando de luz y luminosidad esas estampas y el resto de la cinta. Hay una cierta blancura también en el tratamiento, pues no nos habla de la búsqueda de una libertad política, sino individual, blancura que se extiende también hacia una evocación dulcificada y generosa del pasado para hacérselo entrañable al espectador y colocarlo a favor de la historia. No hay, sin embargo, una condescendencia con el público, pues no escatima gestos, ni intenciones y Trueba es claro en su opinión sobre aquellos años. No hay medias tintas, y la película está cargada de guiños políticos antifranquistas imposibles de no ver.


Trailer promocional de la película Vivir es fácil con los ojos cerrados
A pesar de la nostalgia y melancolía con los que se nos presenta Vivir es fácil con los ojos cerrados, hay en la película una visión clara del atraso que arrastraba España y del hambre y la pobreza tan dolorosa con la que se vivía. No abunda en ello su director porque le bastan un par de planos para hundir al espectador en la profunda necesidad que había y que éste ya no pueda mantenerse indiferente. No son las mejores escenas, pero todas hacen agachar la mirada por vergüenza hacia nuestro pasado.

Pero no todo es drama y tragedia, más bien al contrario, Vivir es fácil con los ojos cerrados destila un humor fresco que la hace hasta divertida en muchos de sus momentos. Con ese humor se crean complicidades y se marca esa visión nostálgica que no pasa desapercibida para nadie. Es una película optimista, que cree en el ser humano. Trueba no busca grandes héroes con los que contar su película, sino que tira de gente corriente, de personajes ingenuos, tranquilos y sencillos. Son idealistas que están abriendo los ojos, que descubren su desamparo y que quieren salir de su frustración que es la misma que vive el país. Les salva su tozudez que les permite no rendirse nunca y mantener esa postura de apuesta por la justicia y la tolerancia con dignidad.

Hay en toda la película una llamada a vencer el miedo que nos paraliza y tomar lo que nos corresponde, algo que encaja perfectamente con nuestros tiempos. Es imposible salir de la película y no comparar.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Encontrándose a sí misma

Todos queremos lo mejor para ella, la confirmación de la directora Mar Coll

Cartel de la película Todos queremos lo mejor para ella
Cartel de la película Todos queremos lo mejor para ella
¿Por qué? Porque es un cine que toca el corazón y la cabeza.
Mar Coll fue toda una revelación cuando estrenó su primera película, Tres días con la familia, un largometraje que se movía dentro de un asfixiante espacio familiar convertido en una losa de hipocresía y ocultaciones. La joven directora no ha cambiado en estos años, sigue apostando por radiografiar el espectro de la familia y sus relaciones. Quizá, con su nueva película Todos queremos lo mejor para ella ha perdido algo de fuerza con respecto a la primera, pero ha mantenido su elección por el camino intimista de desnudar el alma de sus personajes, de sacar a la vista y ofrecernos lo que hay dentro de ellos cuando emprenden la búsqueda de la libertad personal. Lo suyo es romper la barrera de la intimidad emocional para abrir una ventana con normalidad a todo aquello que se queda de puertas adentro en las familias. Y lo hace con un realismo pasmoso. No hay acción, de la misma forma que ocurre en la vida diaria de la mayoría de las personas normales. ¿Pero dónde está la medida que marca la normalidad de la que no debemos salirnos? La sociedad nos hace como somos y nuestras decisiones personales, por lo general, no lo son tanto porque descubrimos que vienen condicionadas desde fuera, desde nuestro entorno más cercano, empeñado en cuidarnos y sobreprotegernos, en querer lo mejor para nosotros y nosotras. ¿Pero quién establece qué es lo mejor para una persona?, ¿no debería depender de cada individuo?

Romper esa madeja, salir de la parálisis de un mundo encerrado en el hogar para vivir el que hay en el exterior, recuperar las riendas de la propia vida son los temas que aborda Todos queremos lo mejor para ella. Los demás, en especial la familia con su exceso de cuidados, se convierten en obstáculos al construir el modelo que debemos seguir. Si lo asumimos, los resultados terminan siendo el acomodo, la falta de expectativas, la rutina y la pérdida de la capacidad para sentir emociones. Vivir se convierte en un letargo donde descubrimos que la vida ha dejado de merecer la pena vivir, que somos lo que otros nos han dicho que seamos. Cuando caemos es difícil levantarse, pues la caída nos hizo débiles y vulnerables. Sin embargo ese periodo en el que decidir ponernos en pie nos sirve para reflexionar sobre a dónde habíamos llegado, dónde queremos volver y si algo de todo eso merece la pena.

A Mar Coll le gusta construir un cine que viaja con igual fuerza al corazón que a la cabeza. Ella no es una directora que dé respuestas, por eso no dice que las decisiones libres de cada cual sean mejores, ni más satisfactorias que las bienintencionadas de quienes nos rodean. Esa paradoja está viva en la película, pero a pesar de las estupideces que se puedan emprender por iniciativa propia, en el público siempre está latente ese deseo de que no sean otros los que tomen las decisiones por ella. La protagonista, para recuperar su vida recurre a su época de juventud, a retomar los sueños que no pudo realizar, insinuando que toda la etapa de madurez que vino después no sirvió para nada, que estuvo lastrada de una insatisfacción no cumplida. El tiempo pasa y regresar atrás no es posible. Volver a ver a las amistades de entonces, tratar de repetir el camino de la imitación a quienes idealizamos en el pasado para compartir su presente no sirve. La vida no puede ser como antes.

Una parte de ese agobio vital tiene un trasfondo social, el de la una burguesía catalana clasista en proceso de reconversión y que también busca su lugar haciéndolo desde el mismo punto de partida inmovilista del que arranca la protagonista como «hija y mujer de». Le bastaría con usar los beneficios de clase, de nacimiento, para resolver su situación. Hay en toda la película una mirada de casta muy cerrada y estancada, donde se ocultan los fracasos como norma, y que sirve de elemento claustrofóbico de la misma manera que la familia. Esa pertenencia a la rancia burguesía y la manera de mirar cuando se forma parte de ella son otros condicionantes igual de pesados en el proceso que emprende la protagonista.


Trailer de Todos queremos lo mejor para ella
Lo que descubrimos es que la libertad es posible, pero que se encuentra condicionada y cuando la ejercemos trae consecuencias. Vemos que el mundo cambia cada día sin remedio y que esa movilidad produce distancias y diferencias. Observamos que no es sencillo ser sinceros, que hay prejuicios, sobreentendidos que preferimos no aclarar, dificultades en la comunicación y divergencias insalvables. Sabemos que en el fondo todos estamos solos porque nos cuesta transmitir las emociones más hondas. Así, vivir se transforma en un formalismo marcado entre límites sociales y las personas se van haciendo más calladas y taciturnas, asumiendo un rol que las sustituye.

Quien destaca es Nara Novas. Su sólida interpretación es el gran sostén de la película. Ella sola consigue la credibilidad y el realismo que el largometraje necesita. Algo le ayuda su contraposición con Valeria Bertuccelli en una especie de duelo interpretativo convertido en juego. El trabajo del resto de los personajes es el de acompañar y sobre todo obligarla a enfrentarse para poder encontrarse a sí misma.

Todos queremos lo mejor para ella es, como la primera de Mar Coll, una película pequeña, intimista, que circula por lo cotidiano, sin aspavientos. Y sin embargo resulta más profunda, más cargada de monotonía y mucho más triste. Esa losa de la hipocresía familiar de su primera película, en cierta forma, está superada en este segundo largometraje para dar paso a la etapa del tedio de una vida aparentemente resuelta pero que solo ha producido insatisfacciones por habernos negado a vivir nuestra propia vida y elegido la que nos traía el destino.

viernes, 8 de noviembre de 2013

El sistema quiere trabajadores que solo coman, duerman y mueran

Come, duerme, muere, la película que Suecia enviará a los Oscar

Cartel de la película Come, duerme, muere
Cartel de la película Come, duerme, muere
¿Por qué? Por la denuncia social.
Sería bueno que nos preguntásemos como afecta esta crisis a los ciudadanos suecos. Lo más probable es pensar que apenas les debe preocupar porque forman parte de un país rico con un estado del bienestar muy consolidado. Al menos, eso nos quieren dar a entender aquí, donde a menudo nos ponen a Suecia como ejemplo del paraíso hacia el que debemos encaminar nuestros pasos. Pero la realidad siempre resulta ser otra. Vivimos en un mundo globalizado que mira mucho los números y muy poco a las personas, ya sea en Somalia, la India, México, la república de Zambia, China, España o Suecia. Lo cierto es que sobramos muchos en ese universo ideal de cifras y competitividad, todos esos que no queremos «adaptarnos» para ser «útiles» al sistema en el grado que el sistema quiere, convirtiéndonos en inadaptados que se van quedando por el camino.

Gabriela Pichler, nacida en Suecia de padre austriaco y madre bosnia, nos acerca con su ópera prima Come, duerme, muere a esa realidad que ni sospechábamos. Su trabajo le ha valido llevarse los premios de la Academia Sueca de Cine a mejor directora, guion, película e interpretación (para Nermina Lukac en este caso). Además la película ha sido elegida para ser enviada a los Oscar representando a Suecia y ha ganado la Semana de la Crítica en Venecia y el Festival de Cine Europeo de Sevilla 2012. Algo que ni siquiera le ha garantizado una buena distribución en nuestro país.

La protagonista de Come, duerme, muere es una joven sueca de origen balcánico, musulmana y que vive con su padre, afectado por unos dolores de espalda que apenas le permiten trabajar. Así que con el dinero que gana ella subsisten los dos. Es buena en su trabajo, pues tiene una asombrosa rapidez que le permite ser capaz de empaquetar más hojas de rúcula que nadie, algo que debería servirle para mantener su puesto de trabajo en la pequeña fábrica local de envasado de productos vegetales, si alguna vez llegasen al pueblo los tiempos de los recortes. Aunque estamos en Suecia, los despidos llegan. No hay un patrón entre los que son despedidos, no depende de sus edades, ni del sexo, ni siquiera de sus capacidades o el puesto que desempeñan. Se quedan los que cobran menos. Esa es la cruda realidad. La ley de la competitividad, la de la oferta y la demanda aplicada a los puestos de trabajo, dicta que se obtiene un mayor beneficio con la mano de obra que aportan aquellos trabajadores con salarios más bajos, independientemente de su experiencia o su eficiencia. Todos y todas podemos estar en la calle mañana y no hay una garantía de justicia en la decisión.


Trailer promocional de la película Come, duerme, muere
En el pueblo no hay trabajo, ni lugar para la iniciativa. Está muerto laboralmente hablando. Las oportunidades habrá que buscarlas emigrando hacia las ciudades grandes que aún pueden ofrecer trabajos no cualificados o a otros países más ricos. Pero lo curioso es que estamos hablando de Suecia y descubrimos que está igual de carcomida por el neoliberalismo que los pobres países del sur de Europa. Pichler hace una película de denuncia a todo un sistema económico, sin levantar la voz, muy despacio, dando mucho tiempo a reflexionar, a establecer las relaciones, a comparar las situaciones, a ver hacia dónde nos llevan a las clases trabajadoras y las capas populares. El propio título de la cinta nos da una pista, el sistema quiere trabajadores que solo vivan para el trabajo: que coman, que duerman y que mueran, sin otra inquietud. El objetivo es convertirlos en esclavos totalmente dependientes de quien les ofrece un trabajo, tan a su merced que se vean obligados a aceptar cualquier condición para mantenerlo. El neoliberalismo lo degrada todo porque quiere regresar al comienzo de los tiempos de la revolución industrial con relación a la mano de obra.

El modelo que busca el capitalismo es el de la precariedad laboral, el de la incertidumbre, el de los favores sustituyendo a la justicia social. El sistema nos quiere inútiles para vivir, desmemoriados, sin iniciativa y sobre todos doblegados para que seamos trabajadores obedientes, flexibles y con mucha disposición a la movilidad. La experiencia o la eficacia se quedaron por el camino. La vida y el concepto de personas también se perdieron pues no reportan beneficio alguno al empresario que gobierna nuestras vidas.

El gran valor de Come, duerme, muere es el de humanizar los deshumanizado, obligando a mirar hacia las personas, a lo que son y en lo que se van convirtiendo.

jueves, 7 de noviembre de 2013

La vida como una sucesión de hechos intrascendentes

El tiempo de Plácido Meana es el primer largometraje de ficción de Kike Narcea

Cartel de la película El tiempo de Plácido Meana
Cartel de la película El tiempo de Plácido Meana
¿Por qué? Porque hay un cine diferente e imprevisible.
Cada día es más difícil estrenar una película en este país. El tiempo de Plácido Meana lo hizo al comienzo del verano, en dos salas, una de Madrid y otra en el Ferrol. Aguantó como pudo y desapareció. Apenas hay oportunidades para el cine pequeño, el que no tiene una gran distribuidora detrás. Les tocó salir a buscar los espectadores ya que no cuentan con esas gigantescas campañas de marketing que emplea la gran industria cinematográfica de los Estados Unidos. Aquí muy pocos cineastas se lo pueden permitir. Bastante complicado resulta conseguir una sala en la que estrenar. Es una pena que mucho de nuestro cine no llegue a proyectarse o que lo haga durante tan poco tiempo porque somos los espectadores quienes estamos perdiendo con esta situación.

El tiempo de Plácido Meana es de esas películas que merecía haberse visto mucho más. Kike Narcea ha hecho una buena comedia, un tanto disparatada y algo flipada, pero tan llena de ingenio como de dificultad para catalogarla. La película tiene un punto de naturalidad, por encima de la ingenuidad, que enamora. Y es que la vida no es otra cosa que una sucesión de hechos intrascendentes, y la mayoría de las veces, además, insatisfactorios. Asumir esa máxima y emplearla como materia prima para un largometraje es algo arriesgado. Sin embargo le sale bien, el espectador se entrega de primeras, venciendo todas sus reservas, y comienza a compartir el viaje de los protagonistas de la historia, unos personajes pasados que sin embargo no han perdido la capacidad de absorber lo que ocurre a su alrededor sin «despeinarse», por muy loco que sea lo que les cae encima. Ese aguante engancha.

La película es una gran mezcla en la que cabe de todo: un corto, un documental, el monólogo sobre Don Pinpón, una disertación en una librería de cómics alrededor de un personaje de la Guerra de las galaxias, contar un acoso, las charlas de café entre la camarera y una mujer cartero… Cada una de estas piezas encaja. Es cierto que podría haber ido por otros caminos, detenerse en otros instantes, pero la historia está al servicio del universo que se crea y para conformarlo de manera tan irreverente hay que dejar «trotar» con libertad a sus habitantes. Fuman, charlan, ven la tele, nos dan sus puntos de vista, su filosofía… y todo desde otra forma de contar, con otro ritmo.

Me gusta de El tiempo de Plácido Meana que está contado con historias convergentes, cotidianas y familiares. Algo que, en el fondo, nos permite entender las excentricidades y dejar lugar para que siempre se pueda resolver cada situación desde el lado más inesperado y de la manera más imprevisible. El espectador viaja de sorpresa en sorpresa, lejos de lo trillado, engañado por la magia de un buen contador de anécdotas.


Trailer de El tiempo de Plácido Meana
Su mensaje de la película es muy claro: quizá no deberíamos tomarnos las vida tan en serio. Su guion es tanto alucinado, con momentos que rozan lo absurdo y bastante friquismo. Y sin embargo sus diálogos entran bien, son directos y dicen lo que quieren decir sin la menor ambigüedad. Narcea juega a dar tiempo al tiempo, a construir con imágenes su mundo sin prisa. Cuando lo tiene, lo carga con acierto de crítica, de buen cine y de homenajes. La estructura crece por sí sola, dejando atrás la anécdota con la que arranca todo la historia. Son los personajes, los actores y actrices que hay tras ellos, quienes la asientan con solidez, cada uno haciendo su parte, enfocando hacia donde está la vida como único argumento. Lo demás son «macguffins».

El tiempo de Plácido Meana no deja títere con cabeza. Por reírse, la película llega a criticarse a sí misma, algo de agradecer y que denota una buena chispa de humor ácido. Sabe también huir de tópicos y si decide abordarlos lo hace poniendo la cámara en otro lugar, para que sintamos la diferencia.

Mientras sigamos sin decidir el modelo de cine en España, desojando esa margarita del patrocinio, el número de películas realizadas ha bajado. Parece que ese modelo político que la derecha nos quiere traer solo podrá llevarnos a dos tipos de películas; unas con abundante financiación privada, amparada por el dinero que van a desgravar las grandes empresas y el capital circulante que van a crear entre sus compañías subsidiarias, y el otras de bajísimo presupuesto. Para ese cine emergente que ahora se llama de «low cost», hecho con pocos medios, con mucho ingenio y con la ayuda de quienes forman el equipo volcados en conseguir llevar adelante su película, El tiempo de Plácido Meana tiene mucho que contarles.

viernes, 10 de mayo de 2013

Corazón de izquierdas

Finalmente se estrena La mula sin un director que la firme

Cartel de la película La mula
Cartel de la película La mula
¿Por qué? Porque entretiene enseñando.
Dice el protagonista de La mula que «estamos como estábamos». Lo suelta cuando al final de la guerra vuelve a la finca en Andújar para seguir trabajando de jornalero. Es cierto que regresa sin nada en las manos, ni en los bolsillos, igual que cuando se fue, con la misma pobreza de solemnidad. Pero la frase resulta falsa: Juan no es el que era. El que ha vuelto ya no es aquel muchacho que se pasó al bando nacional para defender los valores de su señorito, los únicos en los que creía, los de que quienes le daban un sustento a cambio de su trabajo y su vida. Quien no conoce otra cosa, solo puede pensar que si a los ricos les iba bien, a los pobres también, que todo funcionaba perfectamente. Sin embargo, en las trincheras ha vivido un camino de aprendizaje donde ha ido descubriendo un concepto que desconocía, el de la libertad, y termina comprendiendo que es preferible morir antes que vivir sin ella. La guerra es un buen lugar para entender al ser humano en su esencia. Ese mismo camino, el de comprender la justicia de unos principios republicanos frente a la barbarie de una clase dominante que impone por la fuerza, es el que la película propone al espectador. Lo hace con sutiliza, desde un cierto mensaje de equidistancia y mostrando que en los dos bandos había gente buena. Pero los discursos sentidos, los que llegan al corazón, son republicanos y frente a ellos, la derechona no despliega otra razón que la supremacía de sus balas y ametralladoras; sus argumentos tienen la misma debilidad que el timbre de voz de Franco y se asientan en pilares tan absurdos como la creencia absoluta del Caudillo sobre que la mano incorrupta de Santa Teresa le guiaba siempre por el camino correcto. Saben que van a ganar y para ellos su victoria justifica su sublevación frente al legítimo régimen que los españoles habían elegido mayoritariamente en las urnas. Derrotada la República tienen las puertas abiertas y pueden volver a levantar una España de privilegios para unos poco y hambre para los demás.

La mula es una película de hombres buenos, de corazón, donde la amistad está por encima de las ideas que nos separan. Presenta un buen retrato del campo andaluz en el siglo pasado y las condiciones de trabajo, de sol a sol, de los jornaleros que se dejaban la piel para que los señores tuvieran una vida de lujo en Madrid. Son hombres y mujeres con pocos estudios porque apenas si pudieron ir a la escuela. Es la incultura de vivir encerrados en la finca del patrón y a voluntad de éste, lo que no les ha dejado crecer como personas. Sus sueños son sencillos, una mula de su propiedad con la que ayudarse en el trabajo, un pedazo de pan y una pareja con la que tener toda la descendencia que les llegue. Su vida es eso y no deja espacio a otras inquietudes. Solo hay dueños y siervos, y cada uno asume el lado de la balanza en el que le tocó vivir y además, dentro de esa incultura, el más esclavo da las gracias por ello. Es el mundo de la caridad el que se ha impuesto al de la justa distribución.

Esa vida cuadriculada, hecha de costumbres, heredada, sin aspiraciones, va cumpliendo sus hitos, haciendo siempre lo que toca hacer cuando toca hacerlo. Al protagonista le ha caído la guerra cuando debía estar preocupándose de formar su familia. A un mismo tiempo le llueve del cielo una mula y de otro lado se topa con una mujer que le gusta. La mula es silenciosa, obediente y solo pide hierba que comer. Las mujeres son otra cosa, tienen aspiraciones. Por encima del amor está el futuro y para quien ha tenido algo de educación esa vida de jornalero resulta una condena que ningún amor vale. Hay una cierta mirada desde ese punto de vista hacia el amor interesado en la película y a decirnos que una relación sentimental construida sobre mentiras solo puede acabar como un fracaso.

La guerra se muestra en La mula con un cierto subrrealismo, apostando por una visión antiheróica en todo los aspectos. Hombres matando hombres. Casualidades. Verdades construidas con mentiras, por interés. Personas sobreviviendo. Hay, sin embargo, en la guerra un lugar de descanso al que cruzan desde los dos bandos y fuman juntos. Se encuentran y charlan, sin acritud, mostrando a las personas que hay debajo de los uniformes. Cada cual habla de lo suyo, pero escucha al otro sin interrumpirle, dejándole razonar en su discurso, dirimiendo los conflictos como personas. También destaca la fuerte presencia de la verdad pura de los sentimientos que representa la figura del joven alférez, un idealista que sufre por estar en el lado equivocado de la vida y al que le falta el valor para cambiar esa circustancia.

Mario Casas ganó por su interpretación en esta película la Biznaga de Plata al Mejor Actor en el Festival de Málaga. Es un premio merecido, pues el actor hace un excelente trabajo y aprovecha la oportunidad de lucirse en un papel diferente, demostrando que tiene un largo recorrido más allá del cine para adolescentes en el que se le ha encasillado. No es la única interpretación sobresaliente, María Valverde, especialmente verosimil con su acento andaluz atropellado, se luce, igual que lo hacen Secun de la Rosa, Luis Callejo, Eduardo Velasco, Jorge Suquet y todo el largo elenco coral que les arropa.

Cuenta Juan Eslava Galán, autor de la novela del mismo título en la que se basa la película y guionista del film, que lo que se narra en una historia real que le pasó a su padre. Dice que la adaptación le ha dejado satisfecho y también que se ha implicado mucho en ella. Añade que es fiel a como fueron las cosas, especialmente al fondo histórico en el que se desarrolló la Guerra Civil. Señala que ha tratado de mostrar a los bandos iguales, porque en ambos hubo cosas malas. Eslava se ha convertido en protagonista accidental, en parte porque en los títulos de crédito de La mula no aparece un director, pues Michael Radford abandonó pocos días antes de terminar el rodaje y rechazó su autoría final. Han sido años de polémicas y juicios que hicieron pensar que la película no se vería nunca en la gran pantalla. Cuando al novelista le preguntan sobre ese asunto huye de hacer un juicio de valor y resume su postura en un «está bien lo que bien acaba», contento de que al final la película se estrene en las salas comerciales.

martes, 19 de marzo de 2013

El garabato de una película estrellándose

Los amantes pasajeros es la nueva película de Pedro Almodóvar

Cartel de la película Los amantes pasajeros
Cartel de la película Los amantes pasajeros
¿Por qué? Porque no pasa de esperpento.
En cierta manera Los amantes pasajeros es un tributo de Almodóvar a su propio cine y para ello realiza, como en la alta cocina, una especie de «deconstrucción» de una comedia. A mí no me gustó. Me explico: lo primero es que a la historia le falta una mínima profundidad, vamos, que la película vaya de algo, por tonto que esto sea. No sé por qué, pero el director ha hecho de la anécdota y el cameo el principal objetivo en la película. Y es una lástima, pues medios artísticos y técnicos tenía, esos mismos que muchos no logran conseguir. Y eso es lo que da rabia, lo que te deja cara de idiota, el hecho de que los malgaste por pura excentricidad. Al terminar, cuando aparecieron los títulos de crédito del final me quedé callado como si aún no pudiera creérmelo. Los miré con atención y en ellos figuraba lo mejor de esta profesión en cada especialidad y sin embargo lo que había visto no era otra cosa que un garabato. Cuando me levanté de la butaca aún tenía la misma cara de tristeza y salí de la sala diciéndome ¡qué pena más grande!

Hacer reír es un arte. Almodóvar lo logró en el pasado y debería recordar lo trabajoso que resulta construir una comedia, lo complicado que es hacer que lo sencillo no sea difícil, lo que hay que andar y desandar para que lo artificioso no ensombrezca lo natural. Y luego la infinita paciencia que se necesita para ir labrando aquello que se convertirá en risas durante la proyección, limando cada frase hasta que sea perfecta. Almodóvar, en Los amantes pasajeros, se ha olvidado de realizar su trabajo de director y así no se hacen las grandes comedias; lo único que puede salir es una película floja, de las que no vas a recomendar ver a nadie que aprecies. A los grandes directores hay que exigirles siempre mucho.

La película chirría por muchos puntos, uno de ellos es el propio avión, su interior resulta falso porque no tiene vida propia y hace que sintamos que lo que estamos viendo ocurre en un decorado. También sucede con las historias colaterales de los que están fuera del avión. Parece que solo tienen lugar para el cameo de turno, lo que hace que la película pierda interés narrativo y se vaya acercando por su construcción a una especie de desfile de «amiguetes» como suele hacer Torrente. Ninguna de esas escenas tiene la menor importancia ni nos aclara nada. Las historias que nos van contando los pasajeros, para que vayamos construyendo el rompecabezas de España, no se desarrollan lo suficiente y todas se quedan cojas, como en el aire. Algunas por superficiales, otras por absurdas, o inconexas o porque tratan de ser provocativas sin conseguirlo, los ochenta ya pasaron y escandalizarse no es lo que era. En el fondo todas ellas se quedan en una mera presentación, como ocurre en las series con el capítulo piloto. Esos capítulos iniciales nunca van a ningún sitio y solo sirven para ponernos delante a una serie de personajes para que el público vaya estableciendo lazos y se pueda ir comparando con unos y otros mientras se sitúa y espera que las cosas ocurran. Son pinceladas que se irán trabajando y cerrando en los capítulos posteriores, pero con el problema de que aquí no hay continuación la semana que viene.

Hay tanto énfasis en esa fragmentación que se pierde el objetivo de mostrar ese mosaico de nuestra situación actual y con él su valor de la visión en conjunto. Nosotros no podemos ser esos viajeros de clase preferente que viven por encima de sus posibilidades y con los que la ciudadanía no tiene otros vínculos que la mala televisión que se hace aquí y que convierte en arquetipos y paradigmas del triunfo a una vidente apocada, una antigua amante del rey que fue actriz en el cine de destape y ahora dirige una red de mujeres dominatrix, un banquero corrupto al que le late el corazón, una pareja de novios en su noche de bodas pasados de drogas y alcohol, un asesino a sueldo o un actor que se busca una salida en un culebrón mexicano. Sí somos, sin embargo, ese avión descontrolado que manejan dos profesionales de lo suyo, cargados de vicios y deseos, que nos gobiernan desde lejos y encerrados en un despacho, con una tripulación de políticos por debajo y a su servicio que es quien tiene que dar explicaciones. Sí somos esa clase turista a la que han servido un somnífero para que no se entere de nada y duerma tranquila, a la que solo se avisa unos momentos antes del caos para que se aprendan el procedimiento de emergencia que se va a aplicar. Sí, nosotros somos esos de quienes abusan los que mandan.

Almodóvar ha hecho lo que ha querido, y eso lo defiendo. A quien no le encuentro explicación es a su entorno, ¿nadie se atrevió a decirle que el emperador estaba desnudo? Me gustaría poder contar maravillas de Los amantes pasajeros, pero la verdad es que apenas si encuentro algo positivo que destacar, quizá solo dos cosas que me han gustado. La primera las estupendas interpretaciones de los tres azafatos (Javier Cámara, Carlos Areces y Raúl Arévalo) y la segunda el numerito que se montan ellos tres con su coreografía del tema musical I’m so excited de The pointer sisters para entretener al pasaje. Ese videoclip insertado tiene frescura y atrevimiento. Por lo demás, no creo que Los amantes pasajeros quede en el recuerdo de nadie.

martes, 26 de febrero de 2013

Chile, la alegría ya viene

No, la película de Pablo Larraín que recupera la campaña que derrocó a Pinochet


Cartel de la película No
Cartel de la película No
¿Por qué? Porque forma y emociona.
No fue la película ganadora en el festival de La Habana y también en Cannes dentro de la la Quincena de Realizadores, pasó por San Sebastián dentro de la sección de Zabaltegi Perlas y además estuvo nominada a los Oscars representando a Chile. Y sin embargo reconozco que me dio algo de injustificada pereza el ir a verla. Iba dejándola pasar, pero la película resultó ser persistente, se mantenía en cartelera y con cabezonería cada viernes volvía a encararse para decirme que ahí seguía, esperándome, que algo especial debía tener, ¿no?. Al final cedí, dejé ganar a la razón y me fui a los Cines Paz, en Fuencarral. En la sala de al lado ponían Blancanieves, arriba Amor y también estaban en el mismo cine Argo y Blue Valentine: una ramillete de películas de festivales, en cierta manera extrañas y más bien alejadas de lo que se suele llamar cine comercial, aunque dos de ellas se hayan llevado el Oscar como mejor película el pasado domingo y otra unos cuantos Goyas el fin de semana anterior. Aunque hacen una selección que me suele interesar, el Paz no tiene las mejores salas de Madrid, es como si el tiempo se hubiera detenido en ellas, sus butacas han envejecido más de lo deseado y ni siquiera cuidan demasiado la proyección al deformar el 4:3 en un raro trapecio que incluso me hizo dudar si habría sido una decisión del director y no del proyeccionista. Y sin embargo de todo ello me olvidé en cinco minutos porque me di cuenta de que estaba sentado viendo una gran película, de esas que no abundan, de las que te sacan de tu realidad y te hacen viajar a otros lugares, a otros tiempos.

No, tras los títulos de crédito, arranca de una forma extraña, con una campaña publicitaria que se ve interrumpida por una visita que quiere hablar con el publicista. A ese corte le sigue una misma conversación en tres momentos diferentes, en tres lugares distintos pero sin perder el diálogo. Luego una larga galopada en monopatín entre el tráfico. Y después otra conversación, troceada como la anterior. En realidad es un cebo, una forma de situar con rapidez al espectador dentro de un falso documental enmarcado en el contexto social del Chile de 1988 cuando se convoca el plebiscito que el régimen de Pinochet se vio obligado a realizar por la presión de la comunidad internacional. En unos pocos minutos, la película se ha llevado al espectador hacia atrás a un tiempo diferente, pero del que quedan reminiscencias en su cabeza, puntos con los que enganchar, y a la vez ha despertado su curiosidad. Y a partir de ahí, ya no te suelta, te ha atrapado en apenas diez minutos y sin que sepas explicar por qué. Así es el marketing y la publicidad, juega con nuestros sentidos, con nuestros recuerdos, con nuestros sueños.

Pablo Larraín recupera las texturas del cine y la televisión de aquel tiempo rodando con cámaras de vídeo analógicas. Lo hace para integrar las imágenes de archivo sin que ese trabajo se note y que no tengamos la sensación de estar yendo y viniendo. Así que su apuesta porque todo sea 1988 y lo estemos viviendo en directo, funciona al hacerse imposible una separación entre el rodaje nuevo de las imágenes recuperadas de entonces. Los colores ocres, azulados y más básicos de entonces, donde se sentía hasta el peso del aire en la imagen, que producían aquellas cámaras de 1983 con tubo Ikegami se extienden a toda la película combinando una mezcla perfecta entre documental y construcción, algo que se impregna como cierto porque nos muestra una realidad auténtica. Y sin embargo, a pesar de ese viaje hacia el pasado con sus mismas herramientas, No se aleja de ser un rancio documental.

Pinochet cayó porque perdió un referéndum democrático que sirvió para acabar con una dictadura, un plebiscito que le impuso la comunidad internacional como condición para legitimar su régimen desde el exterior. Pero en realidad su derrota fue el trabajo de despertar la esperanza con la campaña del «NO», un movimiento que supo unir y aprovechar la pequeña oportunidad que tuvieron los chilenos para decidir. Como un milagro, a sus manos vino la opción del cambio, de caminar con optimismo hacia la felicidad. Fue un trabajo difícil, pues había que salir del pozo del dolor y de las consecuencias políticas de un gobierno militar impuesto por la fuerza y que dejó torturados, muertos, desaparecidos y exiliados, que acabó con las libertades civiles de un país controlado con mano dura por la poderosa minoría de la derecha y los militares. No olvidemos que la de Pinochet fue una de las dictaduras más sangrientas.

Las armas para este combate, de un lado y otro, son desiguales. La campaña del «SÍ» es la campaña de los dueños de las empresas. La del «NO», la de los empleados. El «SÍ» está al servicio del poder y maneja todas las estructuras del sistema, vigila a sus oponentes, les amedrenta si es necesario y se comporta de forma despótica porque siente que tiene la victoria en su mano. Pero ese plebiscito y los 15 minutos diarios en la televisión para cada una de las dos opciones, son un espacio por el que se cuela la esperanza. Defender la opción del «NO» permitió el derecho a una información libre durante ese cuarto de hora diario que duraba su franja. Ese derecho fue el primer paso, el que sirvió para que muchos dieran la cara y otros decidieran no rendirse. Ese «NO» rotundo a Pinochet tuvo que diseñarse como una campaña creativa más, que pudiese llegar a todos los ciudadanos y romper las barreras represivas que el régimen había colocado durante todos aquellos años. Sin resentimiento y sin complejos, frente a dictadura se ofreció el mensaje de que «la alegría estaba en marcha» un eslogan que sirvió para aunar bajo la misma bandera a disidentes, temerosos e indecisos a través de unos sentimientos que resultaron imparables. Una emoción que la película sabe contagiar.

El uso de técnicas publicitarias y de marketing para la defensa de una idea política genera controversia. Dice Pablo Larraín que en su opinión «la campaña del NO es el primer nivel de consolidación del capitalismo como único sistema posible en Chile. No se trata de una metáfora, es exactamente eso: publicidad pura y dura llevada a la política». Larraín quiere sembrar dudas, que haya una revisión crítica de aquella etapa que fue la transición chilena de la dictadura a la democracia, porque en el fondo, igual que aquí, el resultado del proceso no modificó lo sustancial del sistema instaurado por Pinochet y mantuvo detrás del poder a las mismas familias. Así lo refleja tras la victoria la mirada de su protagonista que ha vivido un despertar político pero que siente que sin embargo las cosas no han cambiado demasiado, que faltó algo más.

Una escena de la película No
Una escena de la película No
En España hay dos niveles para extrapolar. En primero preguntarse por qué, tras la Segunda Guerra Mundial, la comunidad internacional no presionó a Franco con un plebescito que determinara su continuidad. Al contrario, el mundo poco a poco fue tolerando primero lo que aquí pasaba y abriendo la mano después. El resultado fue que la dictadura se mantuvo cuarenta años y terminó simplemente porque Franco murió en su cama. El segundo de los niveles comparables es esa ilusionante Transición construida como un camino de felicidad pero que no sirvió para cambiar las estructuras. Nuestra Transición se diseñó para aparentar ser brillante, pero en el fondo no pasó de haber sido una falsedad construida, una puesta en escena de una nueva España que seguía en las manos de los mismos.

Extrapolable de la película a nuestra realidad del año 2013 en España es también el mecanismo de la derecha para desacreditar los mensajes de la izquierda. Las mismas falacias y construcciones del «SÍ» atacando al «NO» las podemos ver hoy en el ABC, La Razón, Intereconomía o en los telediarios de TVE. También Rajoy hoy hace el mismo uso de las fuerzas represivas contra el pueblo que emplean todas las dictaduras. Cuando no se tiene la razón, queda la fuerza.

Hay demasiadas referencias de nuestra propia sociedad con las que vincular la película como para que ésta pueda pasar inadvertida. Forma y emociona a la vez y uno se va de la sala agradecido porque haya cineastas capaces de contarnos las grandes historias que nos interesan.