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viernes, 31 de marzo de 2017

Nos quieren prohibir soñar

A voz ahogada nos recuerda la dignidad de los presos políticos en las cárceles franquistas


Miércoles 29 de marzo de 2017. Teatro del Barrio. Madrid

Cartel de la obra de teatro A voz ahogada
Cartel de la obra de teatro A voz ahogada
¿Por qué? Porque nos va a tocar volver a luchar por lo principal: la libertad y la democracia.
En 1960, en el penal de Burgos, el poeta Marcos Ana organizó una obra de teatro para homenajear a Miguel Hernández. Se tituló Sino sangriento. Todo se hizo clandestinamente: el libreto, los ensayos, el vestuario, la escenografía y hasta la propia representación ante el resto de compañeros sin que ningún guardia de la prisión llegara a enterarse. La historia de aquella representación es el germen sobre el que se desarrolla la obra A voz ahogada de la compañía Apunta Teatro que está de gira por Madrid en el Teatro del Barrio. El texto nos va contando la vida en la prisión, el compañerismo, la fuerza y el compromiso de unos hombres moralmente invencibles. Para ello, Iván Campillo, su autor, director y uno de los actores del elenco, se ha basado en el testimonio de Marcos Ana, de Lluís Martí Bielsa y Enric Pubill, ambos presos políticos que compartieron prisión con el poeta, y de Antònia Jover, que nació en la cárcel siendo hija de presos políticos.

A voz ahogada está llena de pequeñas heroicidades que parecen intrascendentes pero que aún hoy nos siguen erizando la piel de emoción porque nos hacen recuperar una mezcla de inocencia y necesidad absoluta de una justicia que está por encima de las leyes torcidas. Son las historias de quienes fueron encarcelados por defender la libertad, la democracia y un gobierno legítimo. La suya fue una adversidad impuesta por el régimen franquista que les castigó por sus ideas con saña, que buscaba su deshumanización y su doblegamiento. Pasaron hambre, frío y sufrimiento físico. El penal de Burgos, durante la dictadura, se llenó de historias de supervivencia y de superación, historias de lucha contra el franquismo desde dentro de la cárcel, historias de personas con valores. Son la solidaridad, la dignidad y la fraternidad comunista las que se pasean por el escenario, las que dan sentido de esperanza a una condena injusta. Poco a poco, frente al sufrimiento, la injustica, el esconderse, la voz baja y los susurros, se van imponiendo las palabras, pues con ellas, bajo su manto, se va construyendo el ideario de la lucha y la camaradería. De pronto la cárcel es una escuela de formación, en conocimiento y en valores, cada cual con sus obligaciones, pequeñas hormigas que conforman un hormiguero con funcionamiento de reloj suizo.

En aquellas cárceles, el amor por la libertad está por encima de la propia vida. Esa es la generosidad que vemos desarrollarse en el escenario con el trabajo de sus intérpretes. Frente a la barbarie fascista, el arte y la cultura se convierten en los únicos caminos para continuar siendo personas bajo aquella situación indigna. En la cultura brilla la esperanza de un futuro. El arte será el motor del cambio. El texto está salpicado con versos de Miguel Hernández y de Marcos Ana que cobran sentido y dan fuerza a la representación. No es extraño que la poesía, pero sobre todo la palabra, sean el armazón de A voz ahogada.

Fotografía promocional de la obra de teatro A voz ahogada
Fotografía promocional de la obra de teatro A voz ahogada
El texto es una maravilla y está muy bien defendido sobre el escenario, con respeto, cercanía y complicidad. A la palabra, sus protagonistas, la acompañan con miradas de ilusión, gestos de cariño y la fuerza que tiene la vida por muy encerrada que se encuentre. El trabajo de Iván Campillo, Mireia Clemente, Ramón Godino, Jordi Martí y Raül Tortosa es excelente.

Viendo la obra, me veo escuchando a Marcos Ana. Su parlamento estaba siempre lleno de esperanza y futuro, sin huir de su realidad, sin revanchas. Ahora, sobre el escenario, aquellas palabras con las que él contaba su vida se van materializando. Puedo sentir que aún le tengo cerca, que su ejemplo comunista y humano va dando fruto.

Camino a casa no puedo dejar de pensar que, como entonces, hoy también nos quieren prohibir soñar. Pero el presente no es tan digno, los vencedores nos han convertido a su religión del egoísmo y hemos agachado la cabeza. Seguimos con hambre, frío e injusticias, pero no somos ni tan solidarios ni tan justos. Ese es el dolor que me queda. Busco la esperanza en aquella generación de luchadores y pienso que mientras podamos seguir creando y conmoviéndonos, aún podemos seguir siendo libres. Hacer cultura es luchar por la libertad y la democracia.

La República Cultural

jueves, 2 de marzo de 2017

El arte de hacer un teatro sencillo

La Belloch lleva al teatro Español Vientos de levante


Sábado 25 de febrero de 2015. Teatro Español. Madrid

Cartel de la obra de teatro Vientos de levante
Cartel de la obra de teatro Vientos de levante
¿Por qué? Porque es un teatro que humaniza a quien lo ve.
La Belloch Teatro es una compañía formada por mujeres. El nombre es un homenaje a la actriz Carmen Belloch, que comenzó con ellas los ensayos de Verano en diciembre, pero que no pudo llegar a representarla en los escenarios. Aquella obra fue premio Calderón de la Barca 2012 y estuvo nominada a los Max 2014. Con aquella pieza, Carolina África, su autora y una de las intérpretes, nos mostró su forma de entender el teatro. Vientos de levante viene gobernada siguiendo esa misma estela, la de un teatro vivo y humano.

Para escribir el texto de Vientos de levante, Carolina África se fue a Cádiz. Allí vive su amiga María José Torres, psicóloga que compagina su trabajo en dos lugares: la planta de paliativos del Hospital Puerta del Mar de Cádiz y un psiquiátrico de San Fernando. Sobre esos dos mundos tan conocidos por su amiga gira la obra.

Si algo destaca en Carolina África es la capacidad de decir con sencillez, sin aspavientos, con una naturalidad rotunda. Su trabajo es quitar, podar y limpiar de todo artificio. Se aleja de estereotipos y esa distancia produce un hermoso efecto de humanización, como si Mary Poppins hubiese pasado su mano para convertir lo inanimado en vital. Ella sopla y es la vida la que se sube al escenario, la que va hilando el texto, la que mueve las personas que hay dentro de los personajes. Casi todo nos podría ocurrir porque nada de lo que vemos, de lo que se dice o de lo que se hace, está lejos de nuestra cotidianidad. Su teatro está en los detalles, las risas sinceras y en las punzadas que nos da el corazón. El resultado es que el público descubre un mundo tan sencillo como próximo, respira y se llena de esperanza.

Vientos de levante habla de las vacaciones de Ainhoa en la bahía de Cádiz. Nada más llegar, busca a su amiga Pepa, psicóloga, que reparte su trabajo entre una planta de paliativos y un hospital mental. De la mano de ella, los personajes del entorno y las casualidades, Ainhoa vivirá en primera persona ese levante que empuja, sacude o revuelve. Le tocará sentir todos esos revuelos que producen los vientos de la vida y entender que cuando sopla el levante, se hace necesario agarrarse con fuerza a quienes tenemos más cerca.

Entre los pacientes de Pepa, en la planta de paliativos, está Sebas. Padece una enfermedad degenerativa, Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), que en breve se mostrará en su fase más virulenta. Sabe que no hay vuelta atrás. Con serenidad mira la muerte en el horizonte. Irá perdiendo capacidades y apagándose. Pero el futuro inapelable y cruel no le impide vivir. Quiere cumplir sus sueños, beberse la vida hasta el último instante porque tiene derecho a ser feliz.


Teaser promocional de la obra de teatro Vientos de levante
Locura y cordura son dos polos presentes en el texto. Hay cordura, una especie de sentido común innato, en los locos y locura pasajera, el levante que rompe los nervios, en los cuerdos. Y unos miran a los otros sin extrañeza, con la normalidad de lo cotidiano, sin sobresaltos, con dulzura. Cada uno se enfrenta a la enfermedad o a la muerte con su fuerza.

Estupendas la interpretaciones de todo el elenco que destacan por su sobriedad, sin acentuar en ningún momento el dramatismo. Se hacen cercanos y su mensaje llega nítido. También es hermosa la música que suena, especialmente las piezas de Silvia Pérez Cruz, que nos envuelve con su terciopelo.

Es innegable la mirada femenina en Vientos de levante y sorprende porque habitualmente falta sobre nuestros escenarios. La participación de las mujeres en nuestra dramaturgia ha estado muy limitada y esa ausencia ha obligado a varias generaciones a ir envejeciendo sin referentes. Es hora de que eso cambie.

La República Cultural

lunes, 30 de enero de 2017

El paraíso de Eva y Toño

Eroski Paraíso, la primera producción de la compañía Chévere tras recibir el Premio Nacional de teatro en 2014, llega al Matadero-Naves del Español de Madrid


Jueves 26 de enero de 2017. Matadero - Naves del Español. Madrid

Cartel de la obra de teatro Eroski Paraíso
Cartel de la obra de teatro Eroski Paraíso
¿Por qué? Porque es divertida y tiene conciencia social.
Disfruté viendo Eroski Paraíso. Me reí a carcajadas, con satisfacción, enamorado de la forma tan humana de hacer teatro que tienen en Chévere. Huyen de senderos trillados y apuestan por algo nuevo, una especie de «teatro pop». Vienen contentos a enseñarnos lo que hay en nuestro interior, lo que somos y lo que fuimos; sin revancha, pero con la conciencia clara de que en algún momento nos cambiaron las cartas y empezamos a perder la partida.

Estamos frente a un decorado, las estanterías de un supermercado, y asistimos al rodaje de una película documental. Alejandra, la directora, quiere reconstruir el día en que sus padres, Eva y Toño, se conocieron y en el que además ella fue concebida. Ocurrió en el Paraíso, una sala de fiestas que con el paso del tiempo se ha convertido en un supermercado Eroski. El padre de Eva tomó una fotografía de la pareja aquella noche. La descripción de aquella imagen y el deseo de encontrar su arraigo impulsó a Alejandra a emprender el proyecto de su película: Eroski Paraíso.

La obra mezcla castellano y gallego. Lo hace sin ningún trauma, con la misma naturalidad que se da en Galicia. No hay detalles que se pierdan por ello, nada que deje de entenderse. Y el público lo agradece porque sale enriquecido.

De Eroski Paraíso me gusta especialmente la capacidad que tiene la obra para ir siempre por donde nunca iría el pensamiento único que impera. El texto es inteligente. Se ha construido con ladrillos muy diversos: un poco de poesía, una simbología muy directa, algunas metáforas, memoria, diálogo intergeneracional, respeto y admiración por quienes cuentan sus historias en primera persona, mucho sentimiento de desarraigo, crudeza, recuerdos, conciencia social, sentido del humor, mucha frescura… El resultado es una obra llena de vitalidad, divertida, que nos obliga con naturalidad a pararnos sin prisas y profundizar en el dónde estamos. Miramos alrededor y la realidad es que el paraíso prometido se esfumó.

Acierta con el tono para hacer de una pequeña historia personal un gran reflejo universal en el que vernos. La obra va pintando una geografía local, la de la comarca de Muros en Galicia, con sus laderas y su arquitectura. Respiramos el mar, sudamos con el trabajo en el campo, descansamos con los sueños y miramos el presente huidizo, de desengaño, de viviendas comenzadas y nunca terminadas, de crisis profunda. Hay una identidad que se pierde y con ella algo nuestro.


Teaser promocional de la obra de teatro Eroski Paraíso
Otro de los pilares de Eroski Paraíso es la naturalidad. En eso tienen mucho que ver la actriz Patricia de Lorenzo y el actor Miguel de Lira y la frescura de sus interpretaciones. Son maravillosos. Ellos nos trasladan desde nuestro presente de supermercado al interior de un paraíso. Su verdad se hace sencilla y real. Escuchando a sus intérpretes la vida se cuela en el escenario, se va impregnado del alma que dejan sus historias, de un pasado y un presente que se miran. Nos resulta fácil entrar en el paraíso de Eva y Toño, recuperando los olores de cuando fuimos felices o aquellas anécdotas tan nítidas y vividas que casi nos pertenecen. Los recuerdos que deja una vida dura son a veces dulces y otras amargos. En ese camino de memoria colectiva, vamos recorriendo un rastro, el de una transformación social que ha ido convirtiendo los espacios de socialización en simples espacios de consumo. El capitalismo era eso.

A modo de pequeño anecdotario: Uno de los personajes de esta obra es Avelino, el abuelo de Alejandra, que tomó aquella foto a Eva y Toño en el Paraíso. Para interpretar este personaje en Madrid, Chévere realizó un taller con mayores de 65 años y después escogió a quien mejor se adaptaba al perfil del personaje y lo incorporó al elenco de la compañía para estas funciones. Es una forma de vincular la obra a la comunidad en la que se representa.

La República Cultural

domingo, 15 de enero de 2017

Culpas por pagar

Mala praxis inaugura el ciclo de teatro argentino en El umbral de Primavera


Viernes 13 de enero de 2017. El umbral de Primavera. Madrid

Cartel de la obra de teatro Sótano
Cartel de la obra de teatro Mala praxis
¿Por qué? Porque es pronto, aún le falta rodaje.
Llegar a una sala de teatro alternativo siempre abre interrogantes, supone apuestas, riesgos y el inicio de un camino. El umbral de Primavera ha conseguido un ambiente acogedor que estimula una buena sensación de comodidad, acerca a lo cotidiano el mundo del teatro y amansa todas esas incertidumbres de partida. En el amplio espacio del recibidor se combinan una galería de arte con exposición, la taquilla, el bar y un patio interior con mesas donde conversar amigablemente. Es un lugar agradable en el que el tiempo deja de pesar, una antesala donde descargar los prejuicios que se traen de fuera, una especie de limbo.

El umbral de Primavera ha programado un ciclo de teatro argentino que se inaugura con la obra Mala praxis de la compañía G.A.T.O. (Grupo argentino de teatro off). Se trata del estreno de esta obra, incluso antes de que se represente en Argentina. Lisandro Fiks es el autor, director y uno de sus tres intérpretes. Le acompañan sobre el escenario Romina Fernandes y Juan Luppi.

El término «mala praxis» lo utilizamos para referirnos a la responsabilidad profesional por los actos realizados con negligencia. Cuando se habla de mala praxis pensamos en médicos, y por ahí arranca la obra: en un despacho de un abogado que ha demandado a un prometedor cirujano por la muerte de la señora Duarte ocurrida cinco días después de una operación. Es hora de dirimir una culpabilidad, de asumir una responsabilidad por aquello que no hacemos bien.

Los médicos no nos caen bien. A menudo se les ve como seres altaneros y distantes. Así que intentamos que en nuestras vidas tengamos que verlos lo menos posible porque acudir a su consulta es señal de que nuestra salud no va bien, de que algo en nosotros se ha roto. Y entonces, cuando nuestra mala salud nos pone frente a ellos, les entregamos toda nuestra confianza. En sus manos depositamos también las esperanzas. El precio es que no fallen.

Mala praxis no sigue ese camino, se adentra en la búsqueda de la raíz que lleva al abogado a perseguir todas estas negligencias médicas. Nos va desnudando al letrado, su mundo, sus orígenes, tan en las antípodas del cirujano y sin embargo estableciendo una conexión entre ellos. Sobre el escenario se van esparciendo resentimientos, venganzas y el hundimiento del pilar sobre el que nos asentamos. Subyace un enfrentamiento entre desfavorecidos y privilegiados, entre los que nacen con apellido y los que nacen en la más absoluta soledad.

La obra juega a escarbar para ir ahondando en verdades construidas tal vez sobre barro. Nuestras verdades no suelen ser verdades universales y un viento puede hacerlas tambalearse porque debajo de toda realidad hay demasiadas posibilidades escondidas que hemos querido pasar por alto. En nuestras verdades abundan las justificaciones. Repartimos culpas y a veces nos conformamos con tasarlas poniéndoles precio y llegar a un acuerdo con la otra parte. 
 
La interpretación de los personajes llega con fuerza. Se asienta en ese antagonismo que los enfrenta, tanto en lo mental como en lo físico, y en trasladar sus estados de ánimo para que veamos todo el arco por el que van pasando los dos protagonistas. Es una pelea entre ellos y consigo mismo, entre lo que quieren y lo que deben hacer.

Reconozco que una primera representación no es la mejor función sobre la que hacer una crítica. La obra aún tiene que rodar, que encontrarse a sí misma y afinarse, algo que el tiempo y el trabajo va dando. No es extraño que aún le falte redondear el texto, encontrar el tiempo y el ritmo de los personajes para coger el empaque que necesita.

La República Cultural

sábado, 6 de septiembre de 2014

Acostumbrados a perder

Pau Miró escribe y dirige Jugadores, una historia de cuatro hombres en estado de shock


Viernes 22 de agosto de 2014. Teatro Palacio Valdés. Avilés. Asturias

Cartel de la obra de teatro Jugadores
Cartel de la obra de teatro Jugadores
¿Por qué? Por el placer de arañarle una partida a la vida
Jugadores es una comedia negra hecha de vidas anodinas. Por tanto no presenta mucha sustancia. Y sin embargo, a poco que se escarba, uno se tropieza con un buen trasfondo de nuestra pobre realidad. El gris de las vidas rotas de los personajes hace tiempo que les situó en un absoluto conformismo con el que admitir su fracaso. Nada esperan, ni siquiera ese golpe de suerte imposible en el que también han dejado de confiar. Se han acostumbrado a perder, a que todo vaya rodando cuesta abajo. Ya no tienen capacidad de reacción ni de sorpresa. El tiempo lo resolverá todo o los problemas se quedarán como están. Y mientras pasan los días a ver si llega esa solución, los cuatro personajes se limitan a encajar los golpes intentado descomponer su vida lo menos posible. Son un barbero, un enterrador, un actor y un profesor de matemáticas. Cuatro hombres que dejaron atrás los cincuenta hace algunos años y que no entienden el presente; se quedaron desfasados y ahora se ahogan sin intentar al menos bracear. El dinero se fue; ya solo ven el agujero que dejó y las deudas que hay que pagar. Ese vacío es todo lo que les queda. Han tocado fondo y hasta las situaciones humillantes a las que llegan parecen haberlas aceptado.

No es cuestión de mala suerte, de que nos haya caído encima una mano de malos naipes, se trata de una racha eterna que nos consume. Jugadores pinta un momento que nos retrata como sociedad y nos vemos reflejados porque conocemos esas mismas sensaciones. No lo puedo evitar, a mí todo esto me sabe a años de derrota sin el menor triunfo, a pensamiento único, a personas engañadas y estafadas, a país golpeado y doblegado, a ciudadanía en estado de shock… Ese runrún que oigo y veo en el texto de la obra me suena igual que la crisis que padecemos y sus consecuencias en el estado de ánimo de las personas. Una crisis que parece que nos ha dejado exhaustos, sin fuerzas y debilitados para ejercer cualquier tipo de rebeldía, para enfrentar nuevas decisiones.

Jugadores no habla de cambiar el sistema, sino de asumirlo y tejer cada cual sus propias soluciones, aunque estén fuera de la legalidad. No es la sociedad la que debe garantizar el bienestar de la ciudadanía a través de sus leyes. Ese es quizá el punto débil de la función, que su solución no va más allá de ser un parche temporal y personal, que nos sigue tocando seguir sufriendo y conformándonos, contentos de estar sentados ante la mesa cuando se vuelva a repartir el mazo de cartas en una nueva partida de póquer.

Nos queda el humor como válvula de escape y lo absurdo, terrenos por los que la obra transita sin dejar de tener los pies sobre el suelo. Te ríes encerrado en cuatro tragedias, en cuatro formas de ver la vida siempre en gris.


Trailer promocional de la obra de teatro Jugadores
El escenario de la obra es una cocina vieja, algo destartalada y en cierta manera abandonada porque ha perdido su función original. Ya no se cocina en ella. Como mucho se prepara algún café y se sirven abundantes vasos de ginebra. El decorado encaja bien dentro del mensaje y sirve al espectador para que desde el primer vistazo sepa dónde se encuentra y lo que puede esperar. No hay triunfo, todo lo que hay delante es pura derrota y fracaso. A Jesús Castejón, Luis Bermejo, Ginés García Millán y Miguel Rellán les toca sostener a estos cuatro personajes acostumbrados a perder y les obliga a lidiar con la apatía en la que se han instalado sus vidas y de la que necesitan salir. Lo hacen con solvencia, resaltando cada uno sus contrastes con el resto, sus matices, sus diferencias, sin dejar de formar un grupo. Todos tienen su «solo», ese instante en el que cada cual explica su pequeña historia de la que no se ha podido despegar.

El texto y la dirección son de Pau Miró, quien ya había conseguido llevar la obra con otro elenco a los teatros catalanes en 2011. Els jugadors tuvo cierto recorrido en Cataluña, lo que le sirvió para ser traducida al italiano, representarse en los escenarios de aquel país bajo el título Jucatùre y reconocerse su éxito con el Premio Ubu 2013 a la mejor novedad extranjera. Ahora, con una versión en castellano y un nuevo reparto recorrerá los teatros españoles. Su estreno tuvo lugar el 22 de agosto en el avilesino teatro Palacio Valdés con un lleno absoluto.

La producción ha dedicado la obra al actor Álex Angulo, que formó parte del elenco, pero que falleció en un accidente de tráfico antes de que la obra pudiera ser estrenada.

La República Cultural

lunes, 9 de junio de 2014

Lo que ocultamos en el Sótano

Juan Codina y Víctor Clavijo representan Sótano, una obra de Josep Maria Benet i Jornet que dirige Israel Elejalde


Miércoles 4 de junio de 2014. La pensión de las pulgas. Madrid

Cartel de la obra de teatro Sótano
Cartel de la obra de teatro Sótano
¿Por qué? Por la forma cautivadora de ir revelando la trama.
Es difícil hablar del Sótano porque lo que vemos es el juego de esconder la verdad, el de ir desentrañándola tirando del hilo, el de obligar a contar al otro lo que le falta por decir. La obra está construida de una forma robusta, a la manera de una partida de ajedrez dialéctica que enfrenta a dos personajes que quizá no sean lo que aparentan. Con cada movimiento se van sacando a la luz las verdades, pero éstas son un premio que cada participante debe ganar con su esfuerzo, sin que el contrario le haya regalado nada. Cada jugada nos abre una perspectiva sobre la que va avanzando la trama. La apertura, sin embargo, la ha hecho el autor, Josep Maria Benet i Jornet, con el gesto taimado de hacernos escuchar antes de que nada empiece y como si tal cosa el tema Sufre como yo que interpreta Albert Plá en su versión musicada del poema de José María Fonollosa. Esa es la canción de fondo que se detiene cuando arranca el encuentro entre dos desconocidos, dos personas que no se han visto con anterioridad.

Decía antes que la obra es una especie de partida de ajedrez dialéctica que enfrenta a dos personajes que quizá no sean lo que aparentan. A primera vista resultan dos personas corrientes: una está un tanto nerviosa, tratando de explicar la situación excepcional que le ha alterado, sacando de dentro hacia afuera todo ese nerviosismo, y a la otra, más sosegada, le toca ser la tranquilizadora. Hay por tanto una apariencia de normalidad que el paso de la conversación va a romper de una forma contundente. Porque, desengañémonos, nadie es normal. La normalidad es una máscara con la que cada uno esconde su propio sótano hecho con las malas decisiones de nuestros peores momentos, ese rincón oscuro e inconfesable de lo que somos y callamos, aterrados de compartirlo, angustiados de que los demás lo conozcan porque nos ha corrompido. Por esos recovecos del alma se mueve con asombroso manejo el texto de Sótano.

Los seres humanos nos hacemos daño. Es ley de vida. Ocurre por el simple hecho de relacionarnos. Una decisión propia termina afectando a los demás más de lo que quisiéramos. A algunos los arrastramos camino de nuestra misma deriva. Nos sentimos responsables cuando ya no tiene remedio. A menudo la culpa nos muerde por dentro. Hay quien necesita que le juzguen y para ello siente la necesidad de justificarse. El dolor es el precio que uno siempre está dispuesto a pagar para expiar una culpa, por conseguir dejar atrás todo lo atroz que ha cometido, para limpiar de su conciencia los «cadáveres» que ha dejado. ¿Puede un dolor cruel hacerse necesario, tanto incluso como para convertirse en el único alivio? Reflexionar sobre los mecanismos del dolor en el ser humano es quizá la propuesta central que el autor traslada al espectador a través de una trama que va tejiendo muy despacio, con pulso, para llevarnos a un lugar espeluznante de la mano y soltarnos allí porque ya somos mayores para tomar nuestras decisiones.

Víctor Clavijo y Juan Codina, protagonistas de Sótano
Víctor Clavijo y Juan Codina, protagonistas de Sótano
La obra toca al público, va impregnando a quienes observan de un miedo psicológico propio de la violencia irracional; un miedo que va tomando forma, pesando y haciéndose desagradable por consentido, por vergonzoso y por vergonzante; un miedo que se pega a la piel, que molesta y del que no puede desprenderse. De pronto, el sótano que no vemos y que imaginamos nos asfixia porque tiene un aire enrarecido que sin embargo reconocemos. Sótano es una balanza entre víctima y verdugo a la que tenemos que mirar con atención porque a menudo no se distinguen los unos de otros, porque los papeles se intercambian dependiendo del momento, de los demás, de la fuerza que nos queda, de unos sentimientos que nos dominan…

Ese temor lo transmite el texto usando la amabilidad y con la más absoluta normalidad. Víctor Clavijo y Juan Codina, con sus redondas interpretaciones, son los encargados de llevar ese miedo hasta la frontera de lo aterrador. Los dos juegan a esconder, a disfrazar. A Codina le toca el papel de no hacer nada, de dejar hablar, de llamar a las cosas por su verdadero nombre, de dar cuerda, de transformar en repulsiva tanta amabilidad. Lo resuelve con sobresaliente, de una manera efectiva, sin el menor aspaviento, recayendo en sus controladoras manos hacernos sentir angustia. A Clavijo le toca el papel atormentado de quien no ha asimilado su lugar, el que siempre está a punto de estallar, el que nunca encuentra el mismo cauce que los demás. Lo hace con verdadera solvencia.

Israel Elejalde dirige la obra. La conoce en profundidad, no en vano él había interpretado uno de los dos personajes de la obra con anterioridad, cuando en 2009 la paseó con Ramón Langa de compañero por los teatros de nuestro país.

lunes, 12 de mayo de 2014

Un hombre solo, armado de sinceridad

Miguel del Arco firma una excelente adaptación de Molière en Misántropo


Jueves 8 de mayo de 2014. Teatro Español. Madrid

Cartel de la obra de teatro Misántropo
Cartel de la obra de teatro Misántropo
¿Por qué? Porque se trata de una adaptación sublime.
En cierta manera, cuando me senté en mi butaca para ver Misántropo, pensaba echar una mirada nostálgica al pasado, a un Molière que aprecié en mi adolescencia con más amor que a Shakespeare y del que luego me fui alejando. Bastaron unos minutos para saber que me había equivocado en ambas cosas, tanto en lo que iba a ver en el escenario como en haberme alejado del maestro. Miguel del Arco ha ido mucho más allá del original, hilando una obra maestra, que pasada por su mano, resulta estremecedora y sublime a la vez. No solo ha limpiado el polvo de casi cuatrocientos años, sino que ha salido con ahínco a buscar en nuestro presente a los personajes de Molière. Les encontró y les ha dado una nueva carne. Han crecido, han vivido y siguen siendo ellos, con la misma esencia que llevan dentro. Son tan reales que hasta nos los podríamos cruzar en la calle o en ese callejón donde se va abandonando toda la mierda de nuestra sociedad.

Resulta una satisfacción ver que Alcestes, Filinto, Celimena, Oronte, Arsinoé, Clitandro y Elianta siguen vivos; saber que no se quedaron anclados en 1666, que han crecido al ritmo de los tiempos y que conviven con nosotros en 2014. Los que aún no son clase alta se han convertido en mandos intermedios venidos a más que creen que controlan empresas, que ostentan el poder político, que son artistas emergentes o que dirigen los «mercados» hacia su propio beneficio. Son la clase alta que observa y la media que busca trepar en el tablero de juego donde la vanidad y la adulación se emplean como armas. Filinto y Elianta se casaron como era de esperar. Él se ha hecho más cínico y ella aún mantiene la llama de un amor no correspondido. Alcestes sigue estando solo, incapaz de entender esta sociedad estúpida cuyos valores no comparte. Confía en la justicia y en la sinceridad, pero ya no en el ser humano que se ha vuelto inmoral. Aún hoy sigue siendo el inadaptado, el raro, el que tendrá que emprender el exilio hacia el desierto. Y lo más curioso es que lo que dijo Molière por la boca de todos ellos sigue vigente. Su retrato de una sociedad que se rige por la doble moral, donde es más importante parecer que ser, sigue siendo actual.

Misántropo supone una denuncia social sobre la sociedad que hemos construido, de consumo rápido, fatua, mentirosa… ¿Dónde está el valor de las personas?, ¿en el poder que alcanzan?, ¿en los métodos que utilizan?, ¿en lo que tienen?, ¿en lo que pueden comprar?, ¿en lo que deciden? Miguel del Arco nos lleva a la parte trasera de una discoteca, ese callejón sucio al que se saca la basura, el mismo lugar donde la sociedad esconde sus mayores defectos. Y así nos hace sentir que lo que impera, lo que hay dentro de la fiesta a la que el espectador no está invitado, es la hipocresía y la corrupción. No hay esperanza. Se hace palpable que sin verdad no hay decencia posible. Frente a esa situación hay un hombre solo, defendiendo la sinceridad, armado con su palabra. Si no quieres escuchar la verdad, si solo buscas el halago que te satisfaga, no le preguntes a Alcestes. Él es el único que no se ha dejado vencer por lo políticamente correcto.

En ese punto es donde sobresale este Misántropo, en la lucha de Alcestes, incapaz de entender por qué los demás no son igual de francos que él. De esa incomprensión mutua nace su misantropía, lo que le aparta de esta sociedad que no puede compartir. Ése es su drama, el que le lleva a estar hastiado, insatisfecho y arrastrando un profundo malestar. Esa falta de sinceridad se ha extendido haciéndose fuerte en cualquier relación humana: amistad, amor… Alcestes se ha quedado solo y aún así quiere quedarse. Es de esos que prefiere aplicar la lógica para encontrar las soluciones, que hace lo que le dicta la razón y al que le asusta que lo que triunfa esté siempre en el otro extremo, sostenido por la mentira, la vanidad y los intereses caprichosos y maledicentes de los poderosos.


Teaser promocional de la obra de teatro Misántropo
Alcestes es el hombre decente, en sus manos, en su forma de ser, está la salvación para el género humano. Pero su camino de sinceridad es un suicido en este momento. Seguimos viviendo en un mundo hipócrita y cortés dentro del que no tiene cabida una sociedad en la que las personas siempre dijeran la verdad. Parece que no estamos preparados para soportarlo, que aún somos niños a los que hay que defender siempre de la realidad. Entre elegir un camino o el otro queda tomar la desviación del cinismo, pero igual que no existen misántropos felices tampoco hay cínicos dichosos. Como la paradoja no tiene solución ahora, me gusta ese final de derrota que se propone porque abre con una pequeña puerta a que dentro de otros cuatrocientos años alguien vuelva a desempolvar a Alcestes, vea que no se ha rendido y que ha llegado su tiempo.

Si en Misántropo el texto es el centro, no por ello se ha descuidado ninguno los elementos que construyen un espectáculo teatral. Todos suman en un trabajo multidisciplinar que refuerza el mensaje con coherencia. Hay un uso acertado y comedido de la multimedia. La escenografía es efectiva. Se incorporan dos temas musicales que profundizan aún más el componente artístico de la representación, sobre todo el segundo de ellos, Quédate quieto, que interpreta Asier Etxeandia. Destaca una coreografía minuciosa que articula una hermosa plasticidad y rige cada uno de los movimientos de los personajes, de sus gestos, de su sentido. Y brilla el extraordinario elenco de Kamikaze Producciones: Israel Elejalde, Raúl Prieto, Bárbara Lennie, Cristóbal Suárez, Manuela Paso, José Luis Martínez y Miriam Montilla. Cada uno de ellos aprovecha su tiempo para dejar su impronta, su maestría, y construir a la vez una función coral. Los actores y actrices se encargan de marcar la velocidad, la urgencia y la tensión de un combate permanente que trata de dejar sin pulso a sus adversarios y sin aliento al espectador, incapaz de separarse de lo que ocurre en el escenario.

Uno siente, se rebela y aplaude porque percibe el trabajo bien hecho que sabe llegar al corazón y a la cabeza. Misántropo me impresionó. No necesito decir nada más, solo lanzar el consejo de que lo que hay que hacer es ir al teatro a ver la obra.

jueves, 24 de abril de 2014

El autoengaño como antídoto a la derrota

Llega a Madrid la esperada obra Sé de un lugar, de Iván Morales


Miércoles 23 de abril de 2014. Sala Cuarta Pared. Madrid

Cartel de la obra de teatro Sé de un lugar
Cartel de la obra de teatro Sé de un lugar
¿Por qué? Porque rompe todas las fronteras
Ha funcionado el boca-oreja creando expectativas y, pese a que juegan el Madrid con el Bayern, hay un lleno en la Cuarta Pared para el estreno madrileño de Sé de un lugar. Se respira en el ambiente la sensación de que asistimos a un espectáculo diferente, otra concepción desde la que celebrar el teatro. Es más directo, con esa idea de mezclar al público en el escenario, de que los actores utilicen la platea también como espacio de representación y se muevan con libertad por toda la sala, incluso fuera de ella si es necesario. El espectador los percibe cerca porque le toca convivir con ellos como un elemento más, está obligado a girarse en el asiento, a responderles, a asentir, a cruzar su mirada con otras personas ajenas a la obra, a elegir a quien seguir. Estamos avisados, es un teatro desde dentro, que trabaja con los tres elementos básicos: el actor, el texto y el público. Su intención es participar de los vínculos -los enlaces- que se establezcan entre la terna, en estado puro, convirtiéndose en una experiencia vital. En cierta manera lo consigue, la función es rompedora y resultará imposible olvidarla. La conversación al salir volverá una y otra vez a las interpretaciones que se hagan de lo visto, a sus matices.

El arranque resulta revolucionario, desde una afirmación políticamente incorrecta, todo un reconocimiento implícito que supone un punto de partida que nos obliga a mirar moralmente con reticencia a Simó, el protagonista. Y sin embargo es solo una estrategia, una forma de dar credibilidad a un acto teatral, de decirnos que el texto va a hablar con sinceridad y en un ambiente de cierta intimidad que hemos traspasado al llegar. Esa afirmación inicial ni avanza ni molesta más, pues es un mero pretexto para contar una anécdota desde la que captar la atención y no vertebra al personaje. Simó no es un provocador, simplemente está roto, inventándose una forma de vivir desconocida, ahora que ha perdido el amor que tuvo.

Sí, Sé de un lugar es una historia de amor, o de desamor, o de ambos asuntos a una misma vez. Pero sobre todo es un retrato generacional, de hombres y mujeres de treinta y muchos de clase media. Forman parte de esa pequeña burguesía de la que su propio discurso reniega. El mundo es una mierda, pero saben que son privilegiados y modernos y en el fondo no quieren perder esa comodidad en la que viven instalados. A su autor, Iván Morales, no le interesa quedarse en lo formal, tiene cierta prisa en saltarse lo convencional porque busca escarbar bajo la piel para pulsar los sentimientos hasta que se desborden, haciendo tangibles las sensaciones. Ese ir más allá de lo simbólico siempre es un bumerán, pues a la larga de lo que aquí se discute es de ideas, de posturas, de caminos, de filosofía, de iconos culturales… La cultura moderna no nos cuenta la realidad sino una representación. Los autores referencia también nos llevan a esa visión inútil y simbólica de la realidad. Esa es una parte de la crítica que lanza la obra, que la vida difiere de los libros, que los retratos sociales son estereotipos a enfrentar, que vivir es un esfuerzo constante.

La historia de amor se traza con un camino de derrotas, de ausencias y necesidades. Los deseos son más fuertes que las ideas, las vencen, y la razón nada puede oponer. Los personajes se hacen daño, pero no pueden estar lejos, ir contra el vínculo creado. En Simó produce soledad, abandono e incluso deja de cubrir las necesidades más primarias. Prefiere encerrarse en el mundo interior porque es incapaz de controlar lo que pasa en el exterior. Sin amor sueña con anularse, con desaparecer. En Béré toda la esperanza está en que la solución venga de fuera, en probar lo que sea, en seguir, en alejarse para poner distancia, en viajar. Eligen distintas formas de estar solos: dentro y lejos; posturas antagónicas que sin embargo son las dos caras de una misma moneda.


Trailer promocional de la obra de teatro Sé de un lugar
He estado dando vueltas sin enfrentar lo que para mí es el tema principal de Sé de un lugar, la historia de los autoengaños que usamos para seguir viviendo cuando la realidad se empeña en ir contra nosotros. A veces esas mentiras con las que miramos nuestra vida se convierten en antídotos, otras en tormentos, en largas enfermedades que debemos cruzar como si se tratase de desiertos agotadores que nos harán más fuertes si logramos llegar al otro lado, a un oasis que ahora desconocemos y no podemos imaginar y por tanto no deseamos ahora. Sé de un lugar habla de la derrota y también de la forma de levantarse tras ella y volver a estructurar nuestra prioridades para quedarnos con lo esencial. Ese camino hacia lo básico rige el texto, lo convierte en su economía.

La obra se sostiene con soltura en el texto, en lo innovador de la forma y también en la estupenda labor de interpretación de los dos actores: Anna Alarcón y Xavier Sàez que realizan un trabajo incansable, de brega y de pelea rotunda. Y lo hacen tanto en los diálogos como en los monólogos que utilizan para explicar sus personajes, contando por qué son así, los caminos que fueron eligiendo. Logran llevar al espectador a su terreno y atraparlo en un puño.

No conté toda la verdad, la anécdota inicial de la que hablé hace unos párrafos minimizándola tiene otra lectura que se va completando durante la obra y que en cierta manera se convierte en uno de los símbolos principales. Esa pequeña historia nos dice que la música une mejor que el cemento más fuerte, que nos salva de la soledad porque nos aproxima a los otros, los de fuera, que se convierte en ese punto en común donde se crean las relaciones verdaderas, las que no mueren nunca por mucho que cambien. Para contarnos esta idea de que lo mayor unión que se puede dar entre dos personas se produce por una canción, Iván Morales elige un tema de Triana, el que da título a la obra. Si hay que elegir Triana, decir que hubiese preferido Tu frialdad. Quizá por ahí va mi primera desavenencia. El texto también tiene algún punto débil. El principal es que, aunque huye de los lugares comunes, hay un pensamiento asumido y convencional que late y va creciendo. El tratamiento de la relación es extremo, pero el sentimiento que lo sostiene asume con naturalidad lo tópico, lo normal. Es decir, la obra se recubre de un envoltorio muy grandioso para terminar desentrañando un elemento trivial, lo que en cierto sentido puede defraudar.

Un pequeño spoiler para terminar que no lo es tanto, al final llegan a ese lugar que saben, pero es un sitio tan abierto, que será el espectador el que tenga que decidir cuál es y dónde están.

domingo, 20 de abril de 2014

Huyendo siempre hacia el mismo desastre

En construcción nos cuenta cómo se deshizo el sueño europeo


Sábado 19 de abril de 2014. Centro de Nuevos Creadores. Sala Mirador. Madrid

Cartel de la obra de teatro En construcción
Cartel de la obra de teatro En construcción
¿Por qué? Por el viaje hacia el interior que emprende.
Si intentase describir lo que he visto en la función de En construcción con unos pocos adjetivos diría que se trata de una obra con conciencia, social y humana. Si además me preguntasen por cómo me sentí respondería que profundamente emocionado. Y es que sus autores e intérpretes, Carolina Román y Nelson Dante, construyen su teatro con la misma materia de que están hechas las sensaciones. No se puede escapar de En construcción sin sentir que algo se ha roto por dentro porque nos obliga a mirar hacia esa sociedad que hemos construido y en la que los dos personajes tratan de subsistir. Nos rompe sobre todo porque ni como espectadores nos permite ser indiferentes al drama de la inmigración. No nos señala, pero somos culpables de que existan ciudadanos de primera y de segunda en nuestros países.

El «corralito» de Argentina empezó en 2001. Las cosas se pusieron feas allá. Huir de aquello significaba emigrar, venirse hacia una Europa ilusionante donde todo parecía posible, o al menos más esperanzador. No era, sin embargo, una decisión fácil de tomar. Se dejaba demasiado atrás, entre otras cosas un pasado que se hacía imposible de recuperar. Ese cambio de continente que se emprende con la idea de mejorar para tener un futuro es también un viaje hacia el interior, para descubrir de que estamos hechos y lo que aguantamos. Nos permite tomar conciencia de nuestra realidad, como por ejemplo que vamos perdiendo una parte de nuestras raíces, que nos hemos quedado solos o que estamos en construcción permanente como personas.

Sole y Pablo, los dos protagonistas, lo dejaron todo atrás y se vinieron para acá con su bebé. Esperaban prosperar, tener una vida más fácil. Pero nada se cumplió. En 2008, a España llegó la misma estafa solo que aquí se llamó la «crisis». Las cosas se pusieron igual de feas. Ya no hay trabajo, ni estabilidad. Es el mismo desastre. Así resulta imposible avanzar y si miran solo ven lo que han perdido. La realidad es que aquí tampoco se sostienen los sueños, que se deshacen a la misma velocidad y con el mismo dolor que allí. De pronto todo se hace provisional y se crea una telaraña que les envuelve.

En construcción encierra una emoción contenida, enrabietada y cargada de la más inútil impotencia a la que sin embargo hay que enfrentarse. Ese es su secreto, una lucha sin cuartel por la vida en los arrabales de nuestra ciudad. Es esa pelea, su resolución tácita de no rendirse ante una guerra perdida, lo que me mantuvo durante toda la representación embelesado, fascinado, sin poder escapar a un texto envolvente, lúcido y certero.


Teaser promocional de la obra de teatro En construcción
Es imposible no ponerse del lado de Sole y Pablo. Siento lo mismo que ellos en mis carnes y pierdo las mismas batallas, una tras otra. Esa empatía se ha construido con complicidades a lo largo de la función. Para ello han servido los monólogos a través de los que se me han venido acercando los dos protagonistas y con los que van dibujando sus vidas, sus relaciones y sus sentimientos. Allí están sus familias y sus pensamientos que quedaron atrás, en otro país diferente a éste. En las palabras con las que se expresan vive lo que fueron y que ahora se mantiene como un sustrato sobre el que seguir construyéndose en otro lugar distinto y hostil. La soledad se hace gigante. Cada problema se agranda hasta convertirse en un abismo difícil de sortear. Y la esencia se diluye si nos descuidamos. Los monólogos son también una metáfora de la incomunicación, de esa enorme soledad de la que hablaba y que en cierta manera se hace insoportable.

En construcción presenta otros muchos elementos enriquecedores como la mano de Tristán Ulloa en la dirección; los preámbulos audiovisuales que nos hacen caminar por las calles y nos llevan de un lugar a otro de la ciudad; las dos canciones en directo que sintetizan los estados de ánimo y la derrota; y el tango final que dice que ahí siguen los dos personajes.

No podía ser de otra forma, tras la función lo que suena es una ovación cerrada, unánime y sentida de un público agradecido.

sábado, 19 de abril de 2014

El disparate dentro de lo cotidiano

Continuidad de los parques es una divertida obra de Jaime Pujol que dirige Sergio Peris-Mencheta


Martes 8 de abril de 2014. Naves del español. Matadero. Madrid

Cartel de la obra de teatro Continuidad de los parques
Cartel de la obra de teatro Continuidad de los parques
¿Por qué? Porque lo corriente se mezcla con lo extraordinario.
Quizá lo que más me gusta de Continuidad de los parques es ese deseo por desentrañar lo extraordinario que tiene cada acción cotidiana, como si éstas llevaran escondido un código que nos abre otro mundo, el de la imaginación. La participación del espectador que mira no construye la realidad, ni siquiera la constata; sino que son factores como una nueva perspectiva, el corazón de un personaje o su punto de vista los que transforman nuestra mirada, nuestra forma de asimilar lo que vemos. En los parques uno abandona la ciudad, la deja atrás con todas sus normas y maneras de medir. Son esos lugares a los que vamos a pasar desapercibidos cuando nos sentimos solos o simplemente a pensar un rato para encontrar la solución a tantos problemas que nos acucian a diario. Esos parques terminan convirtiéndose en una tierra de nadie gobernada por lo real y lo absurdo a la vez, en un tablero de juego donde desarrollar nuestras hipótesis para probarlas y ver si se sostienen solas, en ese espacio donde lo imposible mantiene aún un poco de esperanza. Solo allí una historia que empieza en lo cotidiano puede encontrar una variante en su desenlace para que gane lo inesperado, lo imprevisto. La sorpresa que se esconde y que nos está esperando es el caramelo que nos va abriendo la coraza de los días de diario en que toca ser serios. En esos parques, si nos vamos dejando llevar, empezaremos a disfrutar y celebrar la vida como se merece.

Continuidad de los parques son ocho historias, con más de veinte personajes, que pasan en uno de esos parques, frente a un banco, en lo que podría ser un día cualquiera que sin embargo atravesase las cuatro estaciones de un año. Lo dicho, lo excepcional convertido en cotidiano. Se juega con las palabras y con las situaciones, rozando el engaño, los malos entendidos a los que dan pie pequeños equívocos y alguna que otra trampa inocente. Descubrimos que nos equivocamos al mirar porque lo hacemos desde un punto de vista determinado, conducidos por nuestra educación, porque esperamos que ocurra lo habitual y nos conformamos con una mirada parcial, la que obtenemos de un vistazo. Y esa es la dulce sorpresa de la obra, que aquí caben muchos más elementos. Sí, son historias distorsionadas, contadas desde la mirada de los personajes, con su punto de vista que a veces roza la locura o lo insensato. Las cosas no son iguales contempladas desde el exterior que viviéndolas desde el interior de su protagonista. Cuando enfocamos las dos miradas tenemos una visión de la realidad extraña, a otra velocidad.

Continuidad de los parques está llena de humanidad y de aciertos. Tal vez el mayor de todos sea que no le falta sentido del humor. Se trata de reírse, de ser feliz por un rato contemplando lo que podría ser nuestra vida o no, en lo que nos parecemos a los demás y en aquello que nos diferenciamos, buscando complicidades y antagonismos, viendo como lo individual solo tiene sentido si se utiliza para construir lo colectivo, comprendiendo que necesitamos del otro para ser nosotros mismos. La obra sirve para encontrar la proximidad entre las personas por muy distantes que nos encontremos. Su secreto es que nos enseña a mirar con otros ojos porque siempre hay otro camino que también es posible y que nos hace más abiertos, más creativos y más libres.

Fele Martínez y Gorka Otxoa en una escena de la obra Continuidad de los parques
Fele Martínez y Gorka Otxoa en una escena de la obra
Continuidad de los parques
El texto de Jaime Pujol tiene un pequeño trasfondo metafísico en el sentido que nos anima a que nos preguntemos cuál es la verdad, la de quién prevalecerá cuando nos encontramos con versiones contrapuestas. Por eso se juega con la apariencia y el engaño, con el desconcierto y la extravagancia, con la casualidad y el destino… Un texto que bordea la realidad, que podría ser un sueño, o un espejismo. La vida está entre lo vano y lo fútil y es al ser humano a quien le toca arañarle su valor.

Si el texto es excelente, la dirección de Sergio Peris-Mencheta lo mejora aún más. Suyo es el ritmo endiablado, el aire que se respira, la melancolía y esos momentos en que el tiempo se detiene en el parque para que tomemos una instantánea. Lo ha medido todo, solo así puede existir la frescura y la agilidad con la que se desarrolla.

La tercera de las patas de este banco son las notables actuaciones del cuarteto principal compuesto por los actores Roberto Álvarez, Fele Martínez, Luis Zahera y Gorka Otxoa. Les toca dejarse la piel, cambiar y descambiar de registro para tocarnos con sus dedos dentro. Lo hacen a la perfección subiendo y bajando escalas, intensificando y aflojando, dramatizando, ridiculizando o simplemente dejándose llevar por el personaje travieso con el que se cruzan para mostrarnos hasta el alma que lleva. Les ayudan Xabier Murúa y Marta Solaz. Esta última nos recibió al llegar con una sonrisa dulce. Haciendo el trabajo de acomodadora nos va sentando, estableciendo las primeras complicidades entre el público. No es su única labor en la función, es la maestra de ceremonias, corre, canta y se encarga del «loop electrónico» que acompaña y separa cada una de las piezas.

El cuento más breve de Julio Cortázar se titula también «Continuidad de los parques», pero nada tiene que ver con esta obra de teatro. Ese es quizá el juego; prejuzgamos, nos dejamos llevar por un titular y nos abandonamos a lo habitual. Nos negamos a leer el contenido porque creemos que nos basta con el extracto de una frase. Nos equivocamos de nuevo. La sorpresa es fruto del ingenio, del pensamiento construido con trabajo, que mantiene el disparate dentro de la línea que marca lo que aún resulta verosímil. No debemos bajar la guardia, debemos estar siempre atentos.

sábado, 12 de abril de 2014

El mercenario de la violencia

Félix Estaire quiere entender como funciona un agente de las unidades de intervención policial con El antidistubios


Domingo 6 de abril de 2014. Teatro del barrio. Madrid

Cartel de la obra de teatro El antidistubios
Cartel de la obra de teatro El antidistubios
¿Por qué? Por la intención de crear debate.
Si escribo hoy de El antidistubios es por obligación. En la última escena de la representación a la que acudí, me lo pidió mirándome directamente a los ojos su protagonista, Eugenio Gómez. Me pasó el testigo para que la historia siguiera y que el debate tuviera una continuidad más allá de la sala de teatro. La interacción se produjo por casualidad, sin que ninguno conociera al otro, por pura exigencia del texto dramático, porque elegí esa butaca y no otra.

Hay en la sociedad instalado un debate sobre la violencia con el que andamos a vueltas. Callan los medios que el Estado ejerce violencia cuando va contra el pueblo que lo sustenta, cuando recorta, cuando desahucia, cuando despide, cuando empobrece, cuando deja de educar, cuando deniega una atención médica que termina en una muerte… Dicen los medios, sin embargo, que el problema de la violencia es otro, que está en las manifestaciones en las que los grupos radicales atacan a las fuerzas del orden. Señalan que el descontento de la ciudadanía pacífica que se expresa en la calle está cargado de ira, que no tienen nunca la razón porque el único álgebra que vale es la cuenta de sumar votos tras unas elecciones, que está todo atado y bien atado. Y por si tuviéramos la menor duda el Estado se va blindado cada día con medidas más represivas y que aplica sin la menor contemplación. Cuentan que es una cuestión de ley y orden. La represión se ha instalado en nuestras vidas, solo hace falta mirar la estampa de los poderosos antidisturbios disfrazados de crueles represores con sus cascos, sus botas, sus porras, sus chalecos, sus escudos, sus escopetas laza pelotas de goma o de botes de humo… Les vemos a diario. Son el brazo ejecutor de una violencia física que el estado emplea contra el pueblo con intención de amedrentarlo y hacerle callar, para que cesen las protestas, para que seamos dóciles súbditos. Nos intimidan para que nos quedemos en casa porque si se nos ocurre salir nos están esperando con la «multita y porrita». A los agentes de las unidades de intervención policial les toca hacer de muro sobre el que sostener por la fuerza una razón de estado que no es otra cosa que el estatus superior de unas clases dominantes que no quieren mancharse sus manos, pero sí seguir manteniendo su privilegio. ¿Saben ellos en realidad qué o a quién defienden?, ¿por qué lo hacen?, ¿les pudo llevar a vestir ese uniforme algún sentimiento noble?, ¿no tienen dudas?, ¿son capaces de sentir?, ¿les queda humanidad debajo de sus uniformes? Eso es lo que se pregunta Félix Estaire y quiere hacerlo desde un punto intermedio, sin tomar partido.

Para ello nos coloca frente a su personaje, un hombre que se gana la vida como policía de antidisturbios. Es grandote, algo desgarbado -como si no fuese capaz de controlar toda su fuerza-, rudo y mal encarado. Pero tiene otro lado, con una cierta ternura incluso, cuando ejerce de padre. Ahora está grabando un vídeo, su testimonio, donde repasa el sentido de su vida, lo que ha hecho y lo que no ha dejado de hacer. Lo hace porque hay algo que ya no le gusta, porque de pronto tiene motivos para sentirse excluido del sistema que ha defendido y que le pagaba para hacerlo. Su código, interiorizado como dogma de fe y sobre el que había asentado la honestidad de su vida, muestra fisuras.

El antidistubios habla de violencia, de impunidad, de democracia, de poder, de obediencia, de justicia y de trazar una línea con la que separar, si hablamos de colores, a un lado lo blanco y al otro lo negro. ¡Todo sería más sencillo! Hay una obsesión en el personaje en justificarse, en explicar que lo que hace se ajusta a lo que es correcto, que su función es necesaria, que son las leyes de su trabajo. Si se atiene a la definición que da el diccionario, es un mercenario, pero él añade que no más que los demás. Argumenta que a todos nos compran en el trabajo y siempre nos toca hacer algo que no nos gusta, que está en el límite de lo ético. Es mejor no cuestionárselo, así ha hecho siempre. A él le bastaba considerar que lo que hacía era justo, sin preguntarse si el poder le utilizaba como una herramienta. Se consolaba pensando que el fin justifica los medios y él dignificaba ese fin idealizado porque daba sentido a todo lo que su trabajo le obligaba. La bondad del fin minimizaba el uso de los golpes, diluía toda responsabilidad personal en el ejecutor. También expresa que la misma sociedad tiene una necesidad de esa función de orden.


Trailer promocional de la obra de teatro El antidistubios
Principalmente de la obra me gusta la fuerza dramática que tiene. Eugenio Gómez y Lucía Barrado, sus actores, logran transmitir el mundo de sus personajes, creando conciencia y debate. La lucha que ambos establecen desde trincheras diferentes y su coraje enriquecen el texto. Lo simbólico juega sus cartas, pero son ellos los que logran llevar la obra al terreno de una cierta realidad, o al menos la acercan a nuestra propia cotidianidad. También me parece un acierto el uso de elementos audiovisuales integrados a la perfección con la propia historia y ese esquema que nos obliga a asistir a la representación como si se tratase de la grabación de un último testimonio. Es un método que permite repasar el pasado de una vida, colocar al espectador en un lugar privilegiado y enriquecer su mirada hacia el texto.

Pero hay un punto que no puedo compartir. Para que un acto, una decisión o una reflexión sean justos es necesario que partan de una situación universal. La justicia no puede venir de acontecimientos personales que nos influencian. Lo explican muy bien las películas del oeste en las que se retrata un pueblo sometido por el mal. Quien resuelve la situación porque toma la decisión justa es siempre el forastero. Solo él tiene la independencia necesaria para juzgar de la forma correcta. Sino que se lo pregunten a Lucía Figar, consejera de educación de la Comunidad de Madrid, que propone unas ayudas autonómicas de guardería y que luego cobra una de ellas para su propia hija, a pesar de que los ingresos de su unidad familiar superen los 125.000 euros anuales. Así ocurre en el El antidistubios, su conciencia se despierta por una situación personal, algo que en realidad invalida el razonamiento como universal y justo. Y sin ese carácter toda la obra se queda en una mera anécdota.

Tampoco me gusta la respuesta final del personaje porque no se corresponde a esos principios de justicia de los que hablaba en el párrafo anterior. Es cierto que no puede ser otra, que su solución siempre va a estar llena de violencia y de ira porque eso es lo que ha mamando en toda una vida dedicada a ejercer como antidisturbios, reprimiendo a los demás.

sábado, 15 de febrero de 2014

Cuando dejamos de ser un país para convertirnos en un eslogan

Marca España, nuestro teatro, el del barrio


Jueves 13 de febrero de 2014. Teatro del barrio. Madrid

Cartel de la obra de teatro Marca España
Cartel de la obra de teatro Marca España
¿Por qué? Por el estupendo repaso a lo que la marca España esconde.
Dicen en la Guía del Ocio que el espectáculo Marca España es una sátira. A mí, la verdad, es que no me lo parece. Más bien al contrario. Sería como decir que un documental es satírico por mostrarnos la realidad tal y como es. En todo caso, la que sería satírica es la realidad, ¿no? Ella es la que se ríe de nosotros, quien se burla. Marca España no se inventa nada, recrea con absoluta literalidad una serie de sucesos recientes, del año pasado en su mayoría. Basta acudir a youtube para darse cuenta de lo ciertas y exactas que son cada una de las escenas a través de las que se representan los hechos. Un notario, y algún que otro registrador de la propiedad, podrían dar fe de su exactitud. Lo que ha hecho Alberto San Juan, encargado de la dramaturgia y la puesta en escena, ha sido una excelente selección que nos debe hacer sonrojar por los políticos que hemos elegido como gobernantes, por las barbaridades que dicen delante de nuestras narices y sin ningún respeto. En el fondo se trata de hacer una hemeroteca que deje para el futuro cómo fuimos, una colección que reúna los momentos estelares de quienes nos gobiernan y una radiografía que ratifique nuestra mansedumbre irremediable de rebaño. Y todo ello sin dejar de ser también una patada donde más nos duele.

La sátira, en realidad, la hace el propio gobierno desde esa web que ha creado y que llama marca España. En ella explican que esa entelequia mercantil es una política de estado con el objetivo de mejorar la imagen de nuestro país, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Estas políticas se debe llevar adelante mediante un planteamiento en el que deben primar los términos económicos porque solo así nos beneficiaremos todos. Y se hace porque estamos en un mundo global que funciona así, fiándose de una buena imagen-país como la que tenemos y que sin duda es nuestro mejor activo. Avisan también de que solo puede ser eficaz esta política si se se aborda a largo plazo. Me imagino a Mariano Rajoy dentro de veinte años tomando el sol en el jardín del asilo con otros ancianos y que uno le pregunta: «y tú, Marianito, cuándo gobernaste, ¿qué hiciste que ya no me acuerdo?». Y Marianito le responde poniendo cara de que va a decir algo trascendente: «la marca España». Ya escucho las carcajadas que vienen del futuro.

Dice Alberto San Juan que el texto de la obra «nace de la necesidad de cambiar un modelo social que no hemos elegido y que nos hace infelices». El trabajo empezó hace un año, en un taller de actores que conectó sus preocupaciones personales con la realidad social del presente. Se dieron cuenta de la relación directa entre ambos elementos y comenzaron a trabajar diferentes escenas. Aquello le sirvió a Alberto San Juan para construir este espectáculo que se ha convertido en la primera obra de producción propia que estrena el Teatro del barrio. Lleva por subtítulo «cuando las ovejas miran al horizonte» quizá como algo premonitorio de ese cambio y ese despertar lento pero seguro. Por la obra pasan los tipos y tipas que deberían ser los más respetables del país y, sin embargo, con sus palabras se convierten en lo contrario, en verdaderos impresentables. Y frente a ellos suenan las voces de la calle, de los que sufren y de los que ponen el dedo en la llaga para que sintamos de una vez el dolor. No hay color entre unos y otros.

Logotipo del Teatro del barrio
Logotipo del Teatro del barrio
Un espectador cualquiera debe ser capaz de construir el rompecabezas de España con los pedazos de realidad mostrados en el espectáculo. Lo que verá es que nos gobierna la derecha desvergonzada, la que esta sirviendo a los intereses de los poderes financieros y de las grandes empresas, la que cuida solo de que a los suyos, los que llevan los apellidos de su casta, no les pase nada por muy culpables que sean. Hemos dado autoridad a un gobierno que ha colocado la economía como centro del universo y el precio lo pagamos a diario las personas con sufrimiento y dolor. Todo se ha mercantilizado, los estados, los seres humanos… Necesitamos más que nunca un verdadero gobierno de los ciudadanos y para ello se hace preciso que tengamos una buena información. En internet hay medios alternativos, blogs y redes sociales que están realizando esa labor y que nos ayudan a despertar. La cultura también debe realizar ese servicio informativo, sirviendo para crear conciencia. En Marca España no hay nada nuevo que una persona informada desconozca y sin embargo cada uno los fragmentos con los que está confeccionada es necesario difundirlo y hacerlo desde un filtro artístico para que llegue aún más lejos. Es hora de perder el miedo. No vamos a permitir que sigan engañándonos más.

Marca España nos dice que hay dos bandos, el que controla el poder económico y el de la ciudadanía. Estamos en guerra y hay que elegir trinchera, así que no valen respuestas tibias. Sin embargo resulta fácil saber de que lado está cada quien, basta preguntarse si en medio de esta crisis gana o pierde y responder con sinceridad. Yo soy de la mayoría, de los que en esta lucha desigual vamos perdiendo. Asumo pues que hay dos lados y me pongo del mío, con los que son como yo, el de aquellas personas que forman barrio conmigo, de quienes no vamos a dejarnos ganar sin oponer resistencia, de esa ciudadanía a la que una mañana, cuando tengamos fuerzas suficientes, nos tocará arreglar lo que éstos que nos gobiernan han roto. No voy a ser imparcial. Este es mi teatro, el que quiero, el que me identifica. Miro Marca España con mis ojos, los de un obrero, y como tal lo interpreto. Me sulfuro con las palabras que escucho usar a la derecha, con las intenciones que esconden. Me molesta su desvergüenza vestida de falsa simpleza a la que no le preocupa deshacer y «desastrar» este país si a cambio logran su propio beneficio.

Me pregunto con qué ojos mirará Marca España alguien del otro bando, qué razones argumentará para defender las políticas de este gobierno. Me imagino que tomarán cada frase como un axioma cierto, que las encontrarán justificadas, que dirán que no nos quedaba otra posibilidad porque era el único camino… En realidad admiten la imposición, el bien de unos pocos como derecho suficiente. Aplauden los discursos de los suyos y cuando llegan los de nuestras filas cierran los oídos, o simplemente se van. Esta historia no les importa lo más mínimo, así que solo la verán a medias como si no fuese con ellos.

En Marca España no hay burla, ni mala leche, esas cosas le tocará ponerlas al espectador y hacer su propia interpretación del mundo que le rodea y de lo que le han dicho sobre él. Por mucho que ese espectador rasque en la obra no encontrará irreverencia. Verá también que no falta a la verdad, que cada personaje -el de la vida real- hizo sus propios méritos para ser retratado tal y como es. Nada se esconde, todo queda al aire, de manera visible. Eso busca y consigue este espectáculo de nuestra realidad.

viernes, 14 de febrero de 2014

¿Qué nos quedará cuando nos lo hayan quitado todo?

Ejecución Hipotecaria nos obliga a preguntarnos por quiénes son de verdad los culpables


Viernes 7 de febrero de 2014. Centro de Nuevos Creadores. Sala Mirador. Madrid

Cartel de la obra de teatro Ejecución Hipotecaria
Cartel de la obra de teatro Ejecución Hipotecaria
¿Por qué? Porque dice las verdades a la cara
Cada vez es más difícil poder ver un teatro que te rompa el alma. La mayoría del teatro que se representa en las salas y espacios de programación se conforma con lo meramente contemplativo. Es cierto que en los últimos años se han buscado experiencias de cercanía del espectador con los actores, pero sólo han servido para apreciar mejor los detalles interpretativos y aproximar la técnica actoral. Sin embargo no ha existido una preocupación real por mejorar su contenido. El teatro burgués, el más habitual en nuestros teatros, no nos sirve, pues su discurso ha perdido la capacidad para contar la realidad que preocupa a la ciudadanía. Hace tiempo que se quedó en un concepto puramente formal, construido con anécdotas y sin profundidad. Es un teatro por el que público pasa sin que se le pegue nada a la piel. El arte es otra cosa, debe mover conciencias y convertirse en un elemento superador de la realidad a través de un conocimiento efectivo del mundo que nos rodea y de los engranajes que lo atraviesan por debajo. Arte, por ejemplo, es Ejecución Hipotecaria, un teatro verdadero con responsabilidad y de utilidad pública. Se trata de una obra excepcional, que coloca al espectador en una tensión permanente y le obliga a mirar hacia su sociedad para juzgarla. Nada es blanco ni negro, todo tiene sus matices y en ellos nos basamos para eludir culpas propias, para decir que las decisiones las toman otros y nosotros estamos «obligados por nuestras circunstancias» a obedecer. Nos olvidamos que el sistema está engrasado y que cada botón que apretamos tiene sus consecuencias, que no podemos diluir la responsabilidad ética de haber pulsado la tecla.

Voy a contar una historia real: en el verano de 2012, en Karlsruhe, una de las seis ciudades más ricas de Alemania, un hombre de 53 años retuvo a punta de pistola a los encargados de ejecutar la orden de desahucio, incluyendo al nuevo propietario que se había adjudicado el ático en la subasta pública. Liberó a uno y mató al resto de los rehenes. Después se suicidó. La prensa le llamó «el asesino de Karlsruhe» y lo que ocurrió durante aquellas dos horas sigue siendo confuso porque solo tenemos la versión de la policía (masacre planeada, delincuente extremadamente violento, ejecución sin miramientos…). Sabemos que participaron más de 200 policías en el operativo. Sabemos que la hipoteca estaba a nombre de su pareja y que ésta había dejado de pagar las facturas. Sabemos que los dos llevaban mucho tiempo en paro, que no tenían ingresos, que habían agotado sus ahorros, que el futuro que les quedaba por delante se reducía a poder elegir si pasar la noche en un cajero automático o en un albergue. En esa misma historia que acabo de contar se basa Ejecución Hipotecaria. Lo hace introduciendo múltiples cambios porque no quiere quedarse en una anécdota puntual sino extraer conclusiones. Su intención es la de indagar en los motivos que dispararon la situación, analizar el concepto de culpabilidad y, para que no podamos cerrar los ojos porque nos sintamos implicados, trasladar el fondo del asunto a nuestro país dentro del contexto actual.

Ejecución Hipotecaria nos plantea preguntas que la sociedad al completo debería estar haciéndose a diario, dudas morales que no tenemos resueltas y que exigen un postura clara de la ciudadanía. Miguel Ángel Sánchez, su autor, da el paso al frente y nos trae a escena el problema. Se posiciona y también obliga a posicionarse al espectador. Muchas de estas situaciones se resolverían si nuestros estados tuvieran una verdadera justicia, así que deberíamos trabajar por crear leyes justas y eliminar aquellas que no lo son.


Trailer promocional de la obra de teatro Ejecución hipotecaria
Ejecución Hipotecaria nos habla del sufrimiento de un hombre normal, sin trabajo. Una persona de la que en realidad nos separa muy poco. No es distinto, él mismo lo explicita con una frase en la obra después de animar a los otros personajes a que le digan la verdadera característica que les diferencia a ellos de él: «La única diferencia es que vosotros tenéis trabajo y yo no». Esa es la frontera que les divide y cruzarla es algo sencillo, que a menudo se escapa de lo que una persona puede controlar. Estar de un lado o de otro puede cambiar de un día para otro, sin avisar. Con una tasa superior al 25% de desempleo en nuestro país, de pronto, esa tragedia de la que creíamos ser ajenos nos toca de lleno; ya no son cosas que les suceden a los demás, a los que no se preocuparon, a los que en el fondo se merecen su mala suerte.

Charly, el protagonista, no es un psicópata. Es un hombre desesperado al que solo le han dejado su rabia porque le han quitado todo lo demás. Se siente acorralado por una sociedad deshumanizada. Ha sido un trabajador impecable instalando calentadores en los pisos nuevos que se construyeron durante la burbuja inmobiliaria. Ahora ya no se construye; no le necesitan; siente que le han «aparcado» contra su voluntad. No hay trabajo, ni posibilidades de que lo haya en un futuro cercano. En su juventud fue rebelde, pero terminó aceptando los dos principios básicos del capitalismo: vivir para trabajar y consumir. Cuando esa comitiva que viene a desahuciarle entra por la puerta de su casa, sabe que todo se acabó, que no tiene nada más que perder, que ya le han dejado sin nada.

Charly se carga de razones, pero es un parado y por lo tanto un ciudadano que ha perdido los derechos más elementales, una persona a la que la sociedad ha anulado y ha hecho invisible. Su impotencia solo encuentra una salida, pero la violencia no es la solución, no resuelve esta situación más allá de un desahogo. Sin embargo ese desahogo se hace necesario pues cambia las tornas por un rato, hasta que nos damos cuenta de su inutilidad. ¿En qué momento empieza la violencia?, ¿no ha sido antes favorecida por el sistema que premia la ambición y lo económico aún a costa de sacrificar a las personas? Muchos contamos muy poco, mientras unos pocos deciden demasiado. Son los poderes financieros los que anteponen su beneficio a los ciudadanos. Y los estados, vencidos o comprados, se encargan de cuadrar el círculo dictando las leyes que legitiman el robo. Y sin embargo apenas si nos revelamos aunque las condiciones objetivas para el estallido social se hayan dado. Con Charly el espectador empuña la escopeta para ver el mismo camino negro sin solución que nos espera si nada cambiamos. Y lo cierto es que tienta apretar el gatillo, tener una pequeña satisfacción inútil.

Juan Codina y Sonia Almarcha en una escena de Ejecución hipotecaria
Juan Codina y Sonia Almarcha en una escena de Ejecución Hipotecaria
Miguel Ángel Sánchez escribe discursos rotundos que no presentan puntos débiles, bien trabajados y que en ningún momento permiten al espectador escapar de la realidad que llevan. La vida es como él la cuenta, arrastra ese mismo dolor. Su descripción psicológica de un desempleado y el abatimiento que arrastran sus palabras sobrecogen por la sinceridad que encierran. Perfecto el camino cuesta abajo que nos hace vivir a los espectadores. Sánchez es directo, sabe usar la razón, dar argumentos a todos y hacernos sentir a quienes miramos. Nos lleva hacia un carrusel destructivo que el autor humaniza con esplendor a través de las escenas de amor de la pareja desahuciada. El uso que hace ellas en la estructura de la obra es magistral, funcionando de bisagras que rompen tensiones, crean otras, nos emocionan y van explicando los detalles que los informes policiales suelen olvidar. Son esas pocas escenas de sinceridad extrema el punto más fuerte de la función, lo que de verdad da sentido a toda la representación.

Pero nada de eso funcionaría si detrás no estuviera el soberbio trabajo del elenco. Destacan Juan Codina y Sonia Almarcha que le dan toda la fuerza interpretativa y humana que sus papeles necesitan y lo hacen con absoluta sencillez, con la mayor naturalidad que se les puede pedir. Su trabajo es impresionante, de quitarse el sombrero y aplaudir a rabiar. Ambos están bien secundados por Rafael Martín, Susana Abaitua, Ismael Martínez y Adolfo Fernández, que además de interpretar al policía se ha encargado de dirigir la obra para llevarla por un buen camino.

En la obra, todos los personajes se justifican, ofrecen sus razones en esta especie de juicio rápido. De un lado del cañón de la escopeta solo está Charly, del otro queda el resto. Tal vez ellos no le hayan llevado hasta este punto, pero están aquí ahora para completar el trabajo del sistema. Charly sabe que está condenado. Los demás quieren ser reconocidos como inocentes. No les importa saber que el trabajo que realizan es sucio, pero quieren que se les exima de cualquier responsabilidad en sus actos. Nos miran y nos dicen que simplemente cumplen órdenes y que además no pueden hacer otra cosa. Yo no les absuelvo. En sus manos está ponerse en el lado correcto, aunque sea el de los que pierden. ¿A dónde nos llevaría si supiéramos tener un momento de insubordinación y nos negásemos a cumplir obedientemente las órdenes injustas?, ¿qué ocurriría si en un deshaucio el cerrajero se niega a abrir la puerta, o si la secretaria judicial decide no personarse, o, ya sé que es mucho imaginar, que los mandos policiales cambien sus prioridades y no destinen efectivos a proteger los intereses de la banca para dedicarlos a hacer su trabajo persiguiendo a los malos?