Mostrando entradas con la etiqueta Reseñas de libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reseñas de libros. Mostrar todas las entradas

domingo, 5 de octubre de 2014

Cuando debemos elegir entre ley o justicia

Alejandro M. Gallo regresa con una nueva entrega del inspector Trinidad Ramalho Da Costa en Oración sangrienta en Vallekas

Portada de la novela Oración sangrienta en Vallekas, de Alejandro Gallo
Portada de la novela Oración sangrienta en Vallekas, de Alejandro Gallo
¿Por qué? Por tener la satisfacción de no perder sin luchar.
Leo porque me gusta que me cuenten buenas historias. Cuando me enganchan, disfruto recorriendo el camino que el autor ha construido, enredado en cada uno de los vericuetos con los que ha salpicado esa trama e intentado anticiparme a las sorpresas que nos tiene preparadas. Me doy cuenta que en todas esas novelas que me enganchan, además de esa parte literaria de estructura y estilo que teje la senda, siempre encuentro que llevan añadido un plus, un algo que consigue hacerme sentir, pensar y tomar partido. Agradezco también cuando en ellas reflejan sin tapujos una sociedad de la que soy parte, con sus pocas virtudes y sus muchos defectos, porque esa sinceridad sirve como punto de partida para obligarnos a construir otro modelo de sociedad y ciudadanía con más ética, coherencia y justicia. Sé que no quiero novelas conformistas. Confieso que me he devorado la mayoría de Oración sangrienta en Vallekas, la novela de Alejandro M. Gallo, en una tarde de sábado y que he sentido todo eso de lo que estaba hablando en este párrafo. Es una novela de lucha sin descanso en el mundo torcido que nos toca vivir, donde la mayoría, la de los débiles, carece de la menor defensa.

El eje principal de Oración sangrienta en Vallekas es la iglesia católica y la pugna entre sus diversas facciones y corrientes; desde las que tienen lazos con el fascismo hasta las de la Teoría de la Liberación y los curas obreros. En esta novela regresa el inspector Trinidad Ramalho Da Costa que ha vuelto a Vallekas. Está de baja, pero eso no impide que siga investigando. Han matado a su vecino, un cura, y el crimen se lo cuelgan a un inocente poeta argentino que también vive en el mismo edificio. Están también las muertes que va dejando un justiciero, una especie de Robin Hood de nuestros días, cuyas balas van acabando con aquellos que han sido acusados de corrupción. Se cruzan los asesinatos de un trío de poetas falangistas y el caso de un violador de menores en el barrio al que ya han identificado pero no consiguen atrapar. Mucha tela que cortar para ofrecernos una imagen fidedigna de cómo es la vida en nuestros barrios obreros, donde la cacareada recuperación de Rajoy aún no ha hecho el menor acto de presencia. Esos barrios son una contraposición a la decadencia social en la que vivimos porque en ellos aún sobrevive una moral inquebrantable que confía en que volvamos a tener justicia.

Cada día nos despertamos con nuevos escándalos que colocan el nivel de corrupción un peldaño más arriba. No hay coto al poder y con frecuencia se salen con la suya sin pagar. Nos hemos acostumbrado a ver que los apellidos y su dinero gozan de impunidad. Mientras los ciudadanos nos sentimos a diario engañados, estafados y robados. Que ley y lo que entendemos por justicia coincidieran y fueran lo mismo sería lo perfecto. Pero en nuestra sociedad, las leyes y la justicia a menudo no están ni siquiera alineadas. Gallo utiliza Oración sangrienta en Vallekas para que, al descubrir esa falta de alineamiento, nos tengamos que poner en la tesitura de elegir entre ley o justicia. Ramalho decide tomar el camino de lo justo.

No. Los métodos de Ramalho no son siempre los correctos. No son la solución, pero nos sirven de desahogo en la ficción mientras preparamos la batalla en la realidad. Nos motivan para empezar a cambiar las leyes y nos muestran las contradicciones que deberemos enfrentar. Las batallas de hoy las seguiremos perdiendo, por todos esos caminos subterráneos por los que se escapan los poderosos, pero le agradezco al inspector la satisfacción de no dejarse derrotar sin luchar, de levantar la cabeza con la dignidad de quien hace todo lo que puede para que las cosas sean un poquito mejor.

Alejandro Gallo en la Semana Negra de Gijón
Alejandro Gallo en la Semana Negra de Gijón
Ramalho está del lado de los débiles. Es el dolor de las víctimas lo que le motiva a investigar, a aclarar y resolver los crímenes a los que se enfrenta. En ellos pone su empeño y toda su energía, hasta la extenuación si hace falta. Se entrega para darle voz a esa parte de la sociedad que los medios ignoran y abandonan. Esa misma empatía con las víctimas es la médula espinal por la que se transmite al lector los impulsos que le llevan a actuar y a través de la que logra que el lector empatice a su vez con él y por tanto con la víctima. Esa transferencia compleja la logra Gallo escribiendo desde las tripas, de una forma directa, sin ambigüedades. Lo hace desde una tercera persona que va narrando la historia, pero que siempre está pegada al inspector, no recuerdo ahora en la novela un solo párrafo que se narre sin que el inspector esté presente. La voz de esa tercera persona tiene un tono neutro, en contraste con las sentencias con las que se expresa Ramalho. Y sin embargo se percibe una cierta admiración, un respeto ganado en cada decisión y una cierta identificación.

El título predice un baño de sangre que se cumple en la escena de película que la cierra. La novela palpita y está cargada de acción; pero Gallo aprovecha el camino de Oración sangrienta en Vallekas para mucho más. Por ejemplo, despliega algunas pequeñas lecciones sobre las teorías policiales de investigación o le sirve para hacer metaliteratura e ilustrarnos con la teoría evolutiva de la novela negra que la ha llevado hasta abordar principalmente la temática social dejando en segundo plano el asunto criminal. Nos habla también de cómo han cambiado con ella los prototipos de detectives, primero puros seres deductivos y luego unos canallas perdidos para la sociedad. En la novela actual, sin embargo, dominan los investigadores complejos, que esconden muchas capas y siempre se quedan a medio camino entre canallas y llorones y a los que un personaje de la novela define como «gominolos». No le deben gustar demasiado al autor, por eso Ramalho es un tipo duro, cargado de ética, «sin trampa ni cartón». Gallo también salpica la novela de guiños a las anteriores entregas de la saga y como siempre nos obliga a recorrer esa parte de nuestra historia que nos han escamoteado desde el poder. Siempre pone su granito por ver si germina. Además, esta vez nos ayuda a hacer turismo por su Astorga natal y advertirnos sobre unos medios de comunicación que esconden a la ciudadanía la información.

La novela también guarda una promesa entrelíneas, la de una futura entrega donde compartirán trama el comisario Gorgonio y el inspector Ramalho, dos de los investigadores principales de Gallo. Nos toca esperar para ver ese choque de trenes.

La República Cultural

miércoles, 3 de octubre de 2012

Republicanos españoles, soldados luchando por la libertad

Alejandro M. Gallo presenta su novela épica Morir bajo dos banderas


Portada de la novela Morir bajo dos banderas
Portada de la novela Morir bajo dos banderas
Hace algunos años, de cañas con los compañeros de trabajo, nos pusimos a charlar de la II República y de la Guerra Civil que acabó ilícitamente con ella. La mayoría de nosotros estaba con los valores del progresismo social que representó la República. Éramos jóvenes y, aunque muy tecnificados, obreros al fin y al cabo, así que apoyar a los que se sublevaron y defender el retroceso que impusieron a este país terratenientes, poder financiero, militares e iglesia no estaba en los esquemas de ninguno. Sin embargo uno de mis compañeros se mostró violento y nos dijo: «No me habléis de ideales, lo único que sé es que mi abuelo se fue a luchar por ellos y lo que consiguió es dejar una viuda con ocho hijos y sin ninguna paga». Todos nos quedamos cayados ante la cruda realidad que nos había expuesto, sin saber que decir después de aquello. En realidad mi compañero estaba utilizando el mismo discurso que aquellos que defienden la opción asumida de vivir de rodillas ante el poderoso aún por injusto que éste se muestre, los que dicen que el camino correcto es la sumisión y lo irremediable de la situación que tocó en suerte, los que se niegan a intentar soluciones por si los que mandan injustamente toman represalias contra su entorno. Las decisiones que tomamos afectan a los demás, a los que más queremos primero, y no solo cambian nuestra vida. Es así. Mi compañero nos decía que nadie tiene derecho a defender lo que piensa si eso pone en riesgo la vida y que cada quien carga con la responsabilidad de mantener a su familia por encima de todo lo demás. Aquella frase me dolió y no supe muy bien discutirla. Lo que sabía entonces es que quien así pensaba estaba totalmente equivocado, que habrá que pelear siempre por defender las ideas de progreso si es que una vez queremos vivir en un mundo más justo y humano.

Es difícil rebatir experiencias personales que a otro le afectan de lleno y ha estado rumiando toda su vida. Hoy tengo argumentos para responder, los he encontrado leyendo Morir bajo dos banderas, la novela de Alejandro Gallo. En ella un puñado de hombres, vencidos por el franquismo, siguieron luchando por la libertad y para acabar con cualquier fascismo. Salieron de España hacia un exilio miserable y eligieron volver a tomar las armas regresando a las trincheras. Incansables les llegó la gloria en su pelea cuando derrotaron al Mariscal Rommel, liberaron París, Estrasburgo… y hasta entraron los primeros al mismísimo Nido del Águila en el que se refugiaba Hitler. Franceses, ingleses y norteamericanos les colmaron de medallas y ellos soñaron entonces que los mismos tanques, con el apoyo de los aliados, seguirían hasta Madrid para acabar con Franco y derrotar por completo el fascismo. Pero no fue así, cada uno de los países con los que, en las mismas filas, habían combatido les fueron dando la espalda y el camino de la liberación para España se truncó. De la gloria ya solo pudieron emprender rumbo hacia la tumba que les sirviera de descanso.

No soy aficionado a la literatura bélica, y sin embargo reconozco que he leído Morir bajo dos banderas con gusto, pues circula en ella una marea subterránea de principios básicos y humanos que nos adentra en el libro y con los que se establece un fuerte vínculo. Quizá sea la forma sencilla de su autor la que nos va transmitiendo una emoción que hace latir más fuerte el corazón. Gallo nos cuenta a través de la familia Ardura la historia épica de los soldados republicanos en la Segunda Guerra Mundial. Lo hace con una novela extensa en la que abundan batallas y triunfos, pero también comportamientos silenciosos de héroes callados y en cierta forma anónimos; las mismas actitudes que surgen en las situaciones límites, las que son difícilmente soportables fuera de ese marco, las que marcan que no hay vida sin dignidad. El dolor es el motor que agita a los personajes y el sueño de que un día cese para todos, la esperanza que les hace invulnerables.

A Nico y Fran, los hermanos Ardura, les toca estar en todas las batallas importantes de la Segunda Guerra Mundial. Su madre y su hermana viven el exilio tras las alambradas de un campo de prisioneros en Orán. Su padre está prisionero en un campo de trabajo en las minas de wolframio del Bierzo, del que le permiten salir para alistarse en la División Azul y que él acepta tomándolo como una posibilidad de desertar y poder unirse a las tropas antifascistas de la Unión Soviética para seguir peleando. La novia de Fran nos adentra en la resistencia francesa y nos une con el maquis español. No queda un escenario sin visitar en sus duras vidas de soldados por la libertad, las de aquellos que cerraron la puerta al fascismo en Europa.

Alejandro Gallo durante una de las presentaciones de la Semana Negra 2012
Alejandro Gallo durante una de las presentaciones de la Semana Negra 2012
Francia reconstruyó su historia y difuminó a los soldados españoles que fueron los primeros en entrar a liberar París. Lo mismo hicieron norteamericanos e ingleses. En cierta manera, nuestros soldados republicanos, por su nacionalidad, han pasado al olvido de esa Historia vivida en Europa. Morir bajo dos banderas es un homenaje a esos luchadores que combatieron al fascismo en todos sus frentes y una manera de contribuir a que se pueda escuchar también nuestra Historia, recuperar sus gestas, su memoria, su honor y su dignidad y hacer que perdure. En España batallaron durante tres años enfrentándose a los ejércitos fascistas de Franco, Hitler y Mussolini. Perdieron, pero ningún otro ejército les resistió tanto. Luego, en los frentes africanos y europeos, con lo que aquí aprendieron, se volvieron colosos, soldados invencibles que se mandaban solos, con una ética infranqueable y por encima de cualquier orden.

Se convirtieron en los mejores soldados del siglo y Alejandro Gallo se ha preocupado de señalar al lector una otra vez por qué lo fueron. Nuestros compatriotas exigieron mandos valientes, que no pidieran a sus tropas lo que ellos mismos no se ofrecían a hacer, y a cambio se dejaron la piel en el campo de batalla, más allá de cualquier fatiga, venciendo cada obstáculo. Luchaban y mientras se fueron haciendo camaradas por encima de todo. Combatían y a la vez fueron forjando un deber honesto de borrar a Franco y su régimen del presente para que volviera la República que nunca debieron arrebatarnos. Les dividieron en diferentes unidades para que no pudieran estar juntos, pero así, cada vez que les cambiaban de destino volvían a coincidir con otros compatriotas que atesoraban las mismas ilusiones como una necesidad. Eligieron nunca más derramar la sangre de un hermano, de ningún otro español.

Su compromiso ante el fascismo fue firme y nunca vacilaron en ese camino hacia la libertad, anteponiéndola a todo, incluso a su vida. Un convencimiento que en Morir bajo dos banderas pone la emoción a flor de piel, especialmente con la leyenda que los niños crean en un campo de exterminio judío sobre el soldado de las chocolatinas. No hay demasiado pasajes de nuestra literatura que puedan resultar tan sentidos y llegar tanto al corazón.

Pero a aquellos soldados un tanto anárquicos, a aquel ejército de ratas como les llamaba Pétain, no les entendieron, ni quisieron hacerlo, y cuando cumplieron la última misión les apartaron. Morir bajo dos banderas también es una historia de traiciones, las de una Europa sorda que tras la guerra admitió y reconoció la dictadura de Franco como gobierno legítimo, la que dio la espalda a los españoles que quisieron entrar por el Valle de Arán y la que desarmó un pequeño ejército que tras terminar la guerra tomó el camino directo hacia la frontera de España.

Aquellos soldados españoles defendieron dos banderas con el mismo orgullo, la tricolor de la república y la francesa con la cruz de Lorena. A veces la dignidad está por encima y la vida es un precio aceptable para que los que queden puedan seguir manteniéndola.

A modo de pequeño anecdotario: En la Semana Negra del 2009, Evelyn Mesquida presentaba su libro La nueve, un trabajo de investigación de muchos años apoyado en los testimonios de aquellos republicanos españoles que liberaron París. Alejandro Gallo compartía mesa con la autora en aquella ocasión y se mostraba impresionado por el libro. Fruto de aquella pasión es el trabajo que comenzó entonces para novelar aquel momento histórico y que hoy culmina con la presentación de su novela Morir bajo dos banderas.

jueves, 20 de octubre de 2011

La mano invisible aborda el mundo del trabajo con precisión

Isaac Rosa utiliza la ficción para desgranar los mecanismos del trabajo y la alienación de los trabajadores


Portada de la novela La mano invisible
Portada de la novela La mano invisible
Isaac Rosa se ganó un merecido prestigio dentro del mundo literario tras publicar su segunda novela, El vano ayer; un libro impactante, tanto por su contenido como por la estructura con la que el autor envolvió la novela. Su presencia, entonces, trajo un aire limpio, nuevo, de un escritor comprometido con la sociedad que ejerce su profesión con una militancia activa desde la izquierda y que habla sin tapujos. Seguramente le obsesiona el mundo el trabajo, no en vano su columna diaria en Público se llama Trabajar Cansa. Con su nueva novela, La mano invisible encuentra un terreno que siempre ha estado ahí, a nuestro lado, sin que se haya explotado casi nunca en la literatura. Isaac Rosa pone el foco sobre los trabajadores en los que no solemos reparar y nos da una oportunidad de observarlos mientras están trabajando. Vemos el deterioro del mundo laboral y a la vez de los que trabajan, su sufrimiento. No nos engañemos, la belleza del trabajo no existe. En La mano invisible no hay trabajadores felices, todos encaran sus jornadas laborales con tristeza.

Vivimos un tiempo donde triunfan los mercados sobre las personas, en el que los libros de «autoayuda» y «management» se han puesto de moda, donde el capitalismo feroz se ha convertido en el único sistema posible y en el que se sigue soñando con el falso sueño americano que «trae progreso y riqueza a quien se esfuerza». La mano invisible no les gustará a esos que aclaman la mercantilización de la vida, los que miran el trabajo como beneficio, los que buscan medrar a costa de los demás, los que piensan como quieren los empresarios que piensen. No, no es una novela para ellos, porque no aprecian que les digan las verdades con profunda sinceridad.

Isaac Rosa nos presenta a un grupo de trabajadores que aceptan que les miren mientras trabajan, que desconocen para qué sirve lo que hacen, que no saben quiénes son sus jefes, que creen participar en un experimento social. Con maestría nos va describiendo a cada uno de ellos, inseparable del trabajo que realiza, casi sin rostro, como personajes anónimos que representan una profesión. Nos cuentan sus pensamientos mientras va transcurriendo sus jornadas y lo hacen a la vez que va pasando una historia que les afecta a todos, que nos afecta a todos. Cuando vemos trabajar desde fuera lo hacemos como si contempláramos a una orquesta interpretando una sinfonía, desde dentro es otra cosa.

Lo primero son esos pensamientos que surgen mientras ejecutamos un trabajo mecánico, los que nos sirven para ocupar la mente, los que nos permiten no preguntarnos por lo que estamos haciendo y seguir adelante, los que nos hacen soportable lo repetitivo, lo monótono del trabajo. Son las cadenas de montaje las que nos deshumanizan, las que proponen una planificación y una mecanización por encima de las personas que se utilizan como piezas, las que alejan al ser humano del resultado de su trabajo. Van surgiendo miles de pensamientos, uno tras otros que nos acercan a cada trabajador, pues piensan como cualquiera de nosotros, con las mismas ideas.

La novela va pasando y nos percatamos de la necesidad que tienen los personajes de aprovechar el tiempo, un tiempo escaso, pues las obligaciones profesionales merman la vida privada. Por si fuera poco, vemos que cada vez se respetan menos los derechos de los trabajadores, que se les ataca constantemente y que ellos no son capaces de ponerse de acuerdo para encontrar un remedio, descubren que el compañerismo es fingido, que les falta un sentimiento de clase que les una y que todo aquello del sindicalismo se quedó atrás, abandonado sin sentido. «La sociedad es así», asumen sin apenas pelear, «siempre habrá otro que esté peor y quiera hacer mi trabajo en unas condiciones aún más ínfimas». Pasan los trabajos precarios, los trabajadores que sirven para hacer cualquier cosa, lo intercambiable de unos y otros. Somos sustituibles. Así que nos dejamos apretar constantemente para producir más. La mano invisible se va convirtiendo según avanza en una apología de la explotación y a la vez en la conciencia del obrero para que éste pueda percibir la verdadera magnitud de su situación, la injusticia que conlleva.

Narra muchas historias, cada perfil -cada profesión- le sirve al autor para destapar más problemáticas. Por ejemplo que cuando se dejan los estudios, los caminos se empequeñecen, las oportunidades son escasas y se elige la única alternativa: los peores trabajos, esos que nos hacen sentir vergüenza porque sentimos que los demás los desprecian. En esos casos se empieza por lo que se conoce, ayudando a algún familiar en su trabajo, continuando la saga sin remedio para sumar una nueva generación. Pronto se asume la falta de cualificación y se pierden la perspectiva de un trabajo mejor, sin que nuestra vergüenza por ello descienda nunca.

También están los vocacionales, esos que dicen disfrutar con lo que hacen y que lo seguirían haciendo aunque no les pagasen. Quienes tienen sueños de nuevos emprendedores y serán capaces de explotar a sus compañeros con tal de prosperar ellos. Esos que siempre se muestran dispuestos a aprovecharse de la bondad de los demás con el fin de ascender ellos. Hay obreros que se hacen autónomos y comienzan una vida de sacrificios. Es humano sentirse tentado por el dinero, querer vivir sin trabajar, darle la vuelta a la humillación y aspirar a estar en el lugar del otro, pensar que todo valdrá para conseguirlo, en ser capaz de perder los escrúpulos y aguantar a los clientes para conseguir sus migas, pensar en el esfuerzo por encima de los horarios y ofenderse con una juventud que está en otra cosa, pensando egoístamente en sí mismos, que no quieren ser aprendices. Engañarse en el fondo, entrado en una espiral de consumismo y pensando que ese es el único camino por el que llegar a la felicidad. Estar dispuesto, a poco que se tenga, a pagar para que otros limpien la mierda de uno mismo. Y así aceptamos los despidos, nos volvemos más cobardes, estamos dispuestos a pisar al de más abajo, nos hacemos serviles y tragamos con todo. Hemos convertido el dinero en el centro de todo, y asumimos que trabajamos por dinero, para tener todo eso de más.

Isaac Rosa en una foto de archivo
Isaac Rosa en una foto de archivo realizada por Marta Velasco
Desengañémonos, no hacer un trabajo manual, no implica pasar a otro nivel, ni ser más independiente, ni dejar de estar dominado por los medios de producción. Supone la misma explotación con idéntica carga pesada. Si vendemos nos adiestran para mentir, para fijar una sonrisa en nuestra cara y aprovecharnos de las debilidades del que está delante, aunque sea con engaños. A estar al servicio del marketing y las técnicas de venta también lo llamamos trabajar.

Ocurre con los informáticos, esos bichos raros que nadie sabe lo que hacen pero que se asume la necesidad de tenerlos en plantilla. La tecnología se utiliza como elemento de control y también como herramienta para elevar la capacidad de producción. Con ella se acabó con el trabajo tal y como lo conocían nuestros padres, tal vez ellos pensarían que lo que hacemos ahora es simular que trabajamos. Los informáticos se entregan a un trabajo intelectual que absorbe, que muchas veces les hace ir más allá de él, buscando un perfeccionamiento en todo lo que desarrollan. Parece una labor entretenida que permite aportar un cierto componente subjetivo, incluso para añadir también lo que piensan que querrá quien les ha pedido el trabajo sin apenas haber detallado lo que necesita. Siempre pensamos que la tecnología permite el sueño de pasar del garaje al parque tecnológico más lustroso, al no va más, que cada uno de ellos terminará enriqueciéndose con la idea de una aplicación que todos necesitábamos más que el comer sin saberlo. Y así se van desnudando de su condición de trabajador, sintiéndose príncipes llamados a gobernar un nuevo mundo, y entonces, por esta idea mítica, asumen trabajar en una oficina moderna, agradable que van convirtiendo en su casa, en la que producirán nuevas ideas en jornadas infinitas, descartando cualquier modelo y patrón de trabajo. Sin darse cuenta, un día se percatan de que llevan años en lo que lo único que han hecho ha sido pensar en los problemas profesionales pendientes y en cómo encontrar la solución. Han gastado cada hora de los días y de las noches en ello. Sin embargo no es cierto que sean los elegidos de la nueva economía, los asalariados privilegiados que desarrollan su pasión y afición como un trabajo. El informático es un obrero más, uno que no desconecta nunca, que arrastra por su profesión un agotamiento físico y mental.

No hay trabajador que no se haya sentido espiado alguna vez, que no sienta que debe recuperar algo de lo que entrega con su trabajo y quiera llevarse unos bolígrafos de la oficina, que no acepte que le den un móvil de empresa desde el que podrá hacer llamadas personales como un mejora en su estatus laboral, que no convierta su mesa en una extensión de su casa -con fotos de sus hijos y demás personalizaciones-, que deseche coger una copia de las llaves de la oficina para cuando tenga que seguir trabajando fuera de horario, que no termine alargando sus jornadas, que no invente una justificación cuando no quiere aceptar un trabajo extra al que se siente injustamente obligado. Vivimos los falsos gestos de confianza en el trabajo con orgullo. Nos engañamos con una camaradería imaginada, que en realidad esconde una competencia atroz entre los empleados que termina funcionando como una presión grupal, la misma que nos convierte en gregarios dispuestos a hacer más horas porque los demás también se quedan, por el qué dirán. Y hacemos tantas que asumimos debilitar la vida personal siempre en aras de la profesional. A cambio nos retribuyen con compensaciones arbitrarias e individuales, que nos dicen que no todos somos iguales, que nosotros somos mejores. Compensaciones que recibimos a modo de premio y no nos damos cuenta que aceptarlas supone socavar lo colectivo. Nos sumamos a participar en esos engranajes creados desde la dirección en prejuicio del obrero y no protestamos por las rotaciones de personal, se caen los débiles. Nos mentimos con falsas oportunidades y nos cargamos con deudas psicológicas hacia el patrón porque se muestra paternalista con sus empleados. No somos capaces de cruzarnos de brazos y exigir que no haya esfuerzos por encima de lo imprescindible, que se cumplan los horarios estipulados en los contratos sin sobrepasarse un solo minuto de más, ser escrupulosos con el trabajo por el que se nos paga. Despreciar un ascenso o no aceptar los falsos beneficios de forma individual nos hace sospechosos. Esos planteamientos podrían ser las primeras grietas en la fábrica pero solo los vemos como causa de despido. A cambio queremos tener ambición, no conformarnos con el trabajo que tenemos, y así asumimos la presión por llegar más arriba. Si todos quisiéramos ser tropa en lugar de oficialidad no calaría tanto ese espíritu de la cultura de empresa que hace al empleado defenderla como algo propio. No percibimos las relaciones de poder en el trabajo, entre el que cobra y el que paga, como el sistema perverso que es, simplemente lo asumimos como algo natural. ¡Ah, si nos atreviésemos a dejar de participar en el juego del mando y la obediencia!

Hay una dignidad del trabajo que viene aprendida de la propia familia, un orgullo de hacer bien el trabajo por pura decencia. Vendrá la escuela después, donde desde pequeño se nos domará a los futuros trabajadores para someternos al modo de producción de los dueños del trabajo. Se condenará la ociosidad como un vicio malvado y en los malos tiempos se entenderá que el patrón, el dueño, el empresario, dejarán de cubrir las bajas y asumiremos el trabajo de los demás como una bendición porque seguimos en plantilla. Haremos como que no sentimos la dureza del trabajo y no nos preguntaremos ¿por qué son necesarias ocho, nueve o diez horas diarias de trabajo para vivir de él?, ¿por qué tanta desproporción para lo que obtenemos a cambio? Si encontramos respuestas nos vendrán nuevas preguntas ¿De qué va todo esto?, ¿para qué lo hacemos?, ¿quién está verdaderamente detrás? ¿Los sabemos?, ¿queremos saberlo?

La mano invisible es una gran novela, que además nos despierta, nos hace plantearnos con dolor el mundo del trabajo y nos sirve de preámbulo para que cada uno escriba el siguiente capítulo, el suyo propio, pues todos tenemos nuestra historia del trabajo, todos sabemos los pensamientos que nos pasan cada día por la cabeza mientras trabajamos.

A modo de pequeño anecdotario: El término de La mano invisible lo acuñó por primera vez el filósofo político escocés Adam Smith en Teoría de los sentimientos morales (1759) y lo volvió a utilizar en La riqueza de las naciones (1776). Lo empleaba, en términos económicos, como una metáfora a través de la que expresar la capacidad autorreguladora del mercado libre, capacidad en la que la ideología liberal coloca uno de sus fundamentos. La teoría parte del egoísmo psicológico del ser humano que le lleva a elegir siempre en cualquier situación el mayor beneficio para sí mismo, un egoísmo que si generalizamos, es decir lo colocamos en un mundo donde todos buscamos lo mejor, y además le unimos la competencia como sistema para evitar los desmanes, entonces los liberales dicen que lo mejor para uno produce lo mejor para todos. Sus teorías hablan de este egoísmo racional como un término positivo. La mano invisible no es otra cosa que este proceso explicado y que, según los economistas liberales, conduce a una configuración social de bienestar general. Esa mano invisible es la que compensa las acciones y regula las conformaciones sociales, es, en el fondo y según ellos, una garantía de justicia social de la actividad económica.

lunes, 20 de junio de 2011

Jugadores de billar, jugamos como vivimos

José Avello retrata con maestría la cerrada sociedad ovetense


Portada de la novela Jugadores de billar
Portada de la novela Jugadores de billar
Jugadores de billar se publicó en 2001. Se trata de una novela densa, de 633 páginas, uno de esos libros que da pereza sacar de casa. Sin embargo se lee con voracidad, con deseo. Alrededor de la mesa de billar, tres hombres que hace años dejaron atrás la juventud y un omnisciente cuarto jugador convertido en narrador -que da fe de lo que ocurre y que indaga buscando desentrañar los motivos-, despliegan la vida. Es un juego, pero con la estrategia de cada tacada van desvelando la forma de comportarse en la realidad. Hay quien es cauteloso, quien resulta metódico y quien se comporta con arrogancia. La vida son carambolas, cada uno las planifica o deja de hacerlo como quiere o sabe. La vida se contagia de la forma de jugar, de los tiempos muertos de espera y de la conversación que se fabrica para entretenerlos. La mesa es una metáfora de lo que ocurre dentro de la ciudad, con sus márgenes fuera de los cuales las bolas no corren. El billar no se hace aburrido, pues se queda en anécdota dentro de la novela, un punto de confluencia de lo «mejor» de una sociedad enquistada por la falta de un viento nuevo.

La ciudad de Oviedo, al igual que en La Regenta, es un personaje más que el lector siente con su aire pesado, su sociedad cerrada, su ambiente un tanto opresor a la vez que conservador, dónde parece que todo lo que tenía que ocurrir en ella ya pasó hace mucho tiempo y el reloj se detuvo. Del tiempo sólo quedan en la memoria las campanadas que van sonando con las horas, el mismo rutinario sonido que se repite durante toda la vida.

La minuciosidad con la que se plasma ese ambiente provinciano y elitista es sin duda uno de los principales valores de la novela. La otra gran virtud, el excelente dominio del lenguaje. Jugadores de billar es una novela estupendamente bien escrita, como pocas, de las que da gusto leer. Las páginas se van pasado con sumo placer ante tan magnífica prosa, donde la historia va surgiendo entre las palabras y fundiéndose con ellas.

El autor se mueve en una geografía que se va haciendo cercana, donde el lector puede unirse a los personajes y caminar tras ellos por las calles, escuchando de soslayo las conversaciones cotidianas y los más oscuros secretos. Al leer Jugadores de billar tengo la sensación de moverme entre gentes de las que voy conociendo hasta cómo respiran, a los que puedo sentir latir a pesar de la enorme distancia social y vital que nos separan. ¿Quién no ha oído historias de señoritos que tienen la vida resuelta? ¿Quién no sabe lo que pesa un apellido en una ciudad pequeña?

José Avelló en una foto de archivo
José Avelló en una foto de archivo
Son personajes contradictorios, acostumbrados a otro tipo de responsabilidades, llenos de una complejidad que con diferentes luces va produciendo distintos matices. En ellos confluye el pasado y el presente, pues la novela habla de la maldad en tiempos pasados que sigue flotando en éstos, de enfrentar la generación de los padres frente a la de los hijos que tanto han odiado la forma de comportarse de sus progenitores. Pero en el fondo casi todo se repite como sin querer, pues nadie rehuye de las ventajas sobre las que acondiciona su vida holgada. Nada puede cambiar. Los menos favorecidos se buscan la vida alrededor de ellos, entre sus negocios y con sus asuntos. Y así todos van pasando para retratar esta sociedad entumecida.

Es cierto que hay pasajes un tanto desmesurados, que ocurren circunstancias increíbles que no decrecen sino que se acrecientan cada vez más disparadas. Pero al final forman parte de una historia imposible que se va haciendo verosímil de tanto insistir sobre ella. Avello acude al humor con frecuencia tanto como a la caricatura, algo que se agradece en la lectura.

Otro factor importante en Jugadores de billar es lo libidinoso, la recreación de historias que incluyen el sexo como parte de otro juego, como forma de relacionarse o dominar o entregarse o simplemente compartir. Sin ellas el libro sería otra cosa, perdería peso, en el fondo nos hacen entender el mundo recreado por el autor, son el origen de todos los desvelos y la solución a lanzarse hacia delante para cambiar lo que se tiene por un futuro diferente y desconocido, donde no todo parezca ya escrito.

El último de los elementos que utiliza Avello en la novela es la intriga. Va salpicando la historia con pequeños asuntillos que van despertando nuestra curiosidad. De pronto queremos saber por qué ocurrieron las cosas que nos han traído a este presente, las que han marcado el carácter de los personajes, las que determinan sus relaciones. A veces creemos adelantarnos y saber qué camino vendrá luego, pero siempre nos quedamos cortos.

La sensación con la que me he quedado tras finalizar la lectura de Jugadores de billar es que he pasado un tiempo aprendiendo a vivir y a contar. Avelló escribe con una maestría envidiable, siendo capaz de contar los sentimientos que la vida produce con el lenguaje más próximo a ellos, para transmitir esas sensaciones que alguna vez yo también quise escribir.

A modo de pequeño anecdotario: José Avello fue finalista del premio Nadal en 1933 con la novela La subversión de Beti García. Es licenciado en Derecho y profesor titular emérito de Sociología de la Cultura en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. En la década de los setenta publicó cuentos y relatos en revistas literarias y codirigió la revista de literatura Estaciones.

Con su segunda novela Jugadores de billar, obtuvo en 2002 el «Villa de Madrid» de narrativa y el «Premio de la Crítica de Asturias». Según las malas lenguas, la novela se ha construido desde el materialismo filosófico de Gustavo Bueno, de quien Avelló fue alumno. También se afirma que el personaje de Floro Santerbás está inspirado en el asturiano José Ignacio Gracia Noriega (narrador, ensayista, articulista, gastrónomo, crítico literario y cinematográfico, autor de libros de viajes, y cronista oficial de Llanes).

lunes, 21 de junio de 2010

El humo en la botella, una novela sumergida en el mundo de la locura

Juan Ramón Biedma ambienta la novela en una catastrófica Sevilla imaginada donde las calles se han convertido en los nuevos manicomios


Portada de la novela El humo en la botella
Portada de la novela El humo en la botella
Al empezar a leer El humo en la botella uno se percata de que Juan Ramón Biedma juega con el lenguaje, utiliza construcciones en las que invierte el orden o cambia las palabras previstas por sus contrarias en las expresiones cotidianas. Resulta chocante e inteligente, porque no abusa de ello, lo deja caer para que se sepa que su escritura tiene algo diferente, algo novedoso. El humo en la botella es una novela policíaca que contiene otros muchos géneros dentro. Hay algo de cómic, un cierto ambiente gótico, mucho del propio bagaje cultural de su autor y además grandes dosis de una realidad que no lo parece. En la trama, dos investigadores trabajan en paralelo para resolver un enigma. Ambos lo hacen con cierta desgana, el primero por dinero y el segundo porque se ha visto abocado a ello sin buscarlo. Ninguno de los dos tiene interés en adentrarse en el tinglado, pero ambos van siendo llevados por caminos extraños a consecuencias ni buscadas ni deseadas, lo que va permitiendo al autor ir descubriendo al lector los hilos subterráneos.

Sus protagonistas tienen algo de monstruosos, incapaces de encajar en los parámetros de la normalidad. Los hay que están locos, luego los que tienen enfermedades muy complejas y dolorosas y, los pocos que quedan, muestran un cierto desequilibrio mental. Además las relaciones que se establecen entre ellos abundan en lo patológico. Hablar de locura suele resultar un tema tabú y esta novela lo afronta con naturalidad, construyendo una historia interesante y absorbente.

La primera impresión es que Biedma ha soltado a estos personajes sobre un mapa y les ha dejado jugar a los dados, para ver hasta dónde pueden llegar. Los ha abandonado sobre un espacio geográfico concreto, la ciudad de Sevilla, pero que a la vez es una creación del propio autor superpuesta sobre el mismo callejero, oculta, una visión oscura y retorcida que añade lluvia, penumbra, apagones y una atmósfera violenta y amenazante. Y entonces la novela se convierte en un laberinto a través del cual los protagonistas buscan su salida. Ellos se sienten aprisionados y necesitan escapar de ese mundo porque saben que si dejan pasar más tiempo estarán demasiado sonados y ya no podrán salir de su confinamiento.

Juan Ramón Biedma durante la presentación de su novela el pasado 11 de julio de 2010 en la Casa del Libro de Madrid
Juan Ramón Biedma durante la presentación de su novela el pasado 11 de julio de 2010 en la Casa del Libro de Madrid
Desde los años sesenta los manicomios convencionales se han abolido, así que las calles han pasado a convertirse en los nuevos manicomios. Defectos de nuestra Sanidad y de nuestros políticos. No hay cuidado para estos enfermos, sólo rechazo y penumbra. No es extraño que ocurra lo más atroz, que se pierda el sentido o el camino, pero que en el fondo todo tenga una explicación coherente, que en los desheredados haya una chispa de humanidad que nos iguala.

La atmósfera tiene un peso importante, pues ella misma se convierte con su densidad en un monstruo más de la obra. Está creada a conciencia, para ofrecer el clima interior y exterior que necesitan sus personajes. En ella la locura se presenta con una cierta dualidad: un síntoma del horror y a su vez una señal de santidad. Sin duda Biedma plantea grandes cuestiones sobre este entorno porque quizá sus monstruos, que reflejan una maldad incipiente asomando, no sean otra cosa que el retrato de nuestras propias almas. Es la catadura moral de los personajes la que funciona como un imán y además el autor se adentra valiente para meterse en la piel de cada uno de ellos. Feos, deformes, enfermos y no por ellos malos, y siempre humanos. Tal vez a dibujar estos retratos le ayuden sus propias experiencias cuando trabajó con personas que presentaban problemas mentales.

Una temática dibujada en El humo en la botella es la de los experimentos con enfermos que son realizados por las órdenes religiosas que dirigen los sanatorios mentales. En la novela, la Iglesia se presenta como pervertidor paradigma del mal. Confiesa Biedma que siempre que trata un tema de manipulación social o psicológica necesita ver un culpable que él mismo se pueda creer y al final, el que aparece, siempre tiene que ver con la Iglesia. El papel que durante los años han desarrollado los religiosos en estas instituciones mentales, termina siendo muy oscuro y traumático porque se aprovechan de los momentos frágiles de las personas, así que no es extraño que el autor los convierta en personajes perversos como contrapartida.

Uno se siente inseguro, como vigilado durante todo el trayecto de la novela. Son los poderosos y los curas -los que resultan realmente inhumanos- quienes siguen nuestros pasos. Y eso nos acerca a los otros, a los diferentes. Esa es otra de las virtudes del autor, que va humanizando lo horrible hasta dejarlo a la puerta de nuestra casa, sobre nuestro felpudo para que podamos mirarlo de frente o de reojo, como elijamos.

Los novelistas Alfonso Mateo-Sagasta y Juan Ramón Biedma y el editor Pablo Mazo durante la presentación de la novela El humo en la botella realizada el pasado 11 de julio de 2010 en la Casa del Libro de Madrid
Los novelistas Alfonso Mateo-Sagasta y Juan Ramón Biedma y el editor Pablo Mazo durante la presentación de la novela El humo en la botella realizada el pasado 11 de julio de 2010 en la Casa del Libro de Madrid
Biedma hace varios guiños en su obra, como utilizar el apellido Menguele para uno de sus personajes o que el propio Ygor, el famoso ayudante del doctor Frankenstein, se pasee por sus páginas, envejecido, pero aún con buena salud. Como habitual de la Semana Negra no se ha olvidado en incluir un retrato colgado en una pared de Paco Ignacio Taibo II o darle el nombre a uno de sus personajes de la escritora Mercedes Castro. Es un autor juguetón, amigo de sus amigos, que escribe porque se divierte y además sabe entretener con sus invenciones.

Al recomendar la novela, explicó muy bien su amigo el escritor Alfonso Mateo-Sagasta lo que se va a encontrar el lector en esta novela: «Te verás dentro de un paisaje opresivo, con un ambiente tétrico y personajes monstruosos. Después tendrás la sensación de que nadie sabe lo que va a pasar en el siguiente minuto, algo que se contagia y que crea en el lector una necesidad de seguir leyendo hasta el final. Te guste o no, quieres saber que hay en la siguiente página. Compartes el dolor y la angustia de los personajes. Y todo ello manteniendo siempre una sensación fresca de novedad».

Yo me quedo con una frase de la novela porque creo que representa la idea, o el motivo, de escritura que tiene Biedma en su cabeza: «Y al final se perdió en el interior de una feria ambulante desierta que nadie podía ver más que él».

A modo de pequeño anecdotario: Juan Ramón Biedma trabajó en un servicio de gestión de emergencias, en la atención al llamante. Allí escuchó muchas historias que seguramente han dejado huella en él, pues a menudo se trataba de situaciones límite. Recuerda que hablaba a diario con gente que llamaba porque se iba a morir y que finalmente se moría. Sin embargo, Biedma no utiliza ninguna de esas historias en sus libros.

viernes, 5 de febrero de 2010

Asesinato de un troskista, una novela que sorprende

Alejandro M. Gallo nos describe en Asesinato de un troskista el oficio de investigar


Portada de la novela Asesinato de un trotskista
Portada de la novela Asesinato de un trotskista
De Alejandro M. Gallo me gusta su tono directo y franco. Aún no había leído su primera novela, así que estos días pasados me puse manos a la obra. Asesinato de un troskista fue publicado en el 2004, desde entonces ha pasado el tiempo y, al ritmo de novela por año, ahora son cinco las que han visto la luz.

Es una novela negra, donde Gallo nos introduce en los entresijos del oficio de investigar. El periodista Héctor Montoya es herido en Basora. Durante su estancia en un hospital de Madrid, es tentado para escribir sobre el asesinato de Víctor Leroux, algo que ocurrió muchos años atrás, cuando él empezaba sus prácticas de policía local. Con este arranque, va tramando el autor una historia valiente que le sirve para denunciar todo aquello que va viendo y no es justo.

Héctor es joven e inexperto, pero con ganas de aprender y su maestro va a ser Simón Martín, un jefe de policía con un pasado político y un presente tenaz. En mi opinión dos personajes que pueden ser dos alter ego del propio autor. El uno tiene la fuerza del impulso que nos lleva paso a paso hacia la meta; el otro la mirada completa que surge de una reflexión pausada, esa mirada que indaga y se pregunta constantemente hasta dar con la clave perfecta. Simón es un viejo amigo del padre de Héctor, de las épocas difíciles en la minas del Bierzo, compañeros de actividad sindical clandestina, de izquierdas, de compromiso y de lucha. La tercera pata de aquellos tiempos era Leroux, el que ahora ha aparecido asesinado.

Héctor aprende de Simón los métodos de investigación, y algo más: la necesidad de cuestionarse cada indicio. Se debe buscar una explicación clara que resuelva todas las anomalías que el caso presenta. Pero hay que estar despiertos, porque siempre vamos a tener tendencia a interpretar las pruebas según nuestras propias creencias. Resolver un caso es encontrar todas las piezas del rompecabezas y colocarlas en su sitio.

Alejandro M. Gallo durante la Semana Negra de Gijón 2009 (foto: Toni Gutiérrez)
Alejandro M. Gallo durante la Semana Negra de Gijón 2009 (foto: Toni Gutiérrez)
Gallo no sólo nos da una clase práctica de investigación criminal, sino que utiliza la novela para destapar asuntos turbios de corrupción. Por un lado se encuentra con las mafias que controlan a las chicas de un club de alterne y por otro se adentra en las cloacas del estado para hablar de la Brigada K, un grupo policial de incógnito que se dedicaba a introducir droga en los barrios de izquierda para frenar la actividad política que ocurre en ellos y convertir en inútil a la siguiente generación. Para ambos casos encuentra soluciones diferentes, ese punto de justicia poética que humaniza la historia.

Como vara de medir, como ejemplo de conducta, nos habla de los S.I.R., personas que se comportan como Subjetividades de Imposible Reducción. Gallo lo explica mejor en su novela: «Personas que han sacrificado su vida y la de los suyos para mejorar la condición del resto de la humanidad. Gente que nunca se dejó atrapar por el discurso del poder». «Los que luchan siempre a través de los siglos contra todo tipo de injusticia». «Un S.I.R. quiere un mundo más justo, dedica su vida entera a ella y su actuación nunca se aleja de la realidad, lucha por lo posible y a veces por lo que los demás ven imposible». Son estos pasajes los que llaman a reflexionar entre la influencia de lo individual para mover lo colectivo en aras de una causa justa.

Es ésta una novela llena de lealtad, un deber con los vencidos y un camino señalado para los que vienen detrás.

A modo de pequeño anecdotario: Alejandro M. Gallo fue finalista del premio internacional Umbriel de novela negra con Asesinato de un trotskista. Sin embargo, al estar publicada en una editorial pequeña no tuvo gran difusión en su momento. El autor lleva bastante tiempo negociando con la editorial Madu para que le permita poder sacar una nueva edición de ésta su primera novela, ya que la tirada anterior se agotó hace mucho tiempo y resulta imposible de encontrar en las librerías.

lunes, 1 de febrero de 2010

¿Crisis? ¿Qué crisis? España en busca de su camino

¿Crisis? ¿Qué crisis? España en busca de su camino es un análisis multidisciplinar sobre la situación actual de España dentro del contexto de la crisis económica internacional


Portada del libro ¿Crisis? ¿Qué crisis? España en busca de su camino
Portada del libro ¿Crisis? ¿Qué crisis? España en busca de su camino
La Editorial Iberoamericana / Vervuert edita el libro ¿Crisis? ¿Qué crisis? España en busca de su camino en el que recoge diez de los artículos presentados y discutidos en el Congreso Internacional del mismo nombre. Dicho congreso se organizó en Berlín, durante el mes de abril de 2009, en el Instituto Alemán de Política Internacional y Seguridad (SWP). El libro trata de ofrecer una visión de la actual España a través de un análisis multidisciplinar. Para ello revisa factores de diversa índole (económicos, políticos, judiciales, culturales, históricos, agentes sociales...) con la intención de que puedan aporten el conocimiento para conseguir una visión general desde la que poder realizar una valoración del impacto de la crisis en nuestra sociedad. No es éste un libro de recetas, ni que aporte soluciones. Su misión es testimoniar el estado de las cosas, encender una luz que permita distinguir cuales de nuestros problemas son debidos a la crisis económica internacional que arrancó en 2008 y cuales, aunque tratemos de esconderlos bajo el paraguas de una dependencia internacional con la crisis, forman parte de nuestra idiosincrasia y veníamos ya arrastrando durante las últimas décadas.

El primero de los artículos corresponde al catedrático de Historia contemporánea Walther L. Bernecker. En él realiza un repaso político a nuestros años de democracia para revisar los hitos que se han alcanzado y preguntarse qué nos mantiene unidos si somos tan diferentes en cada una de nuestras Autonomías. Por su parte Antonio Elorza, catedrático de Ciencia Política, analiza las distintas identidades que conviven dentro de España, haciendo especial hincapié sobre el País Vasco y la particular opinión que su autor mantiene sobre la política del PNV. Diego Íñiguez Hernández, funcionario del Cuerpo Superior de Administraciones Civiles del Estado, cierra este primer bloque con un interesante e instructivo artículo sobre la política judicial y las claves que la instrumentalizan.

Si los tres artículos anteriores se agrupaban bajo el título de «La crisis y el consenso nacional: ¿nuevas bases para la convivencia?», el segundo bloque aborda «La redefinición de los actores en la sociedad española». Ángel Estrada, jefe de Unidad del Servicio de Estudios del Banco de España, abre este segundo grupo con un artículo que revisa los indicadores económicos del país desde los años 90. El profesor titular de Derecho Constitucional, Miguel Ángel Presno Linera, nos presenta su visión sobre la evolución del sistema de partidos en España para realizar una interesante advertencia sobre la forma en que el partido en el gobierno somete su política a las decisiones del gobierno, perdiendo su fuerza de partido para fortalecer la imagen de su líder; es decir, «la acción de gobierno» se impone a la «la acción del partido en el gobierno». Por su parte Ludger Mees, catedrático de Historia Contemporánea, nos muestra la gestión que viene realizando el nacionalismo vasco democrático desde 1998 a través de datos, cifras y opiniones. Cierra este bloque el catedrático de Sociología, Víctor Urrutia, con un brillante análisis sobre la influencia de la Iglesia en la política y el recelo que ésta muestra hacia el camino emprendido en España que pretende formar una sociedad laica en la que la Iglesia vaya dejando de jugar un papel decisorio.

El último bloque lleva por título «Espacios de crisis, espacios de consenso, espacios de convivencia». En él, Elena Hernández Sandoica, catedrática de Historia Contemporánea, revisa los problemas a los que se enfrente nuestra Universidad, con un especial enfoque hacia el plan Bolonia y los entresijos de su adaptación en el camino de convergencia que el plan propone. Por su parte, Axel Kreienbrink, jefe de sección en la Oficina Federal de Migración y Refugiados (Alemania), en su breve artículo, analiza las políticas migratorias en nuestro país, comentando, a su vez, el desarrollo de la regulación y sus líneas de acción propuestos en la cuarta reforma de la Ley de Extranjería. Cierra el libro el subdirector del Instituto Alemán para la Política Internacional y Seguridad (SWP, Alemania), Günther Maihold, con un clara explicación de las políticas internacionales que nuestro país está ejerciendo, realizando una excelente explicación de las posibilidades abiertas y del actual posicionamiento que refleja los temas estrella en los que España quiere decir algo a nivel internacional.

Si bien, la visión que ofrece el libro resulta bastante académica, sí que es cierto que a mí logró hacerme reflexionar sobre algunos aspectos. Me ofreció alguna visión enriquecedora y diferente en varios de los sectores que describe. ¿Cuál es ese camino propio que busca España? Sin duda eliminar los prejuicios que nos bloquean y emprender reformas que aborden los problemas pendientes de nuestra democracia.

A modo de pequeño anecdotario: Jugando estadísticamente con los curricula de los autores podemos obtener varios datos que reflejan el perfil general del libro. Predominan abrumadoramente los hombres, pues entre las firmas de los diez artículos solo figura una mujer. Un cincuenta por ciento de los autores son catedráticos, siéndolo tres de ellos en la especialidad de Historia Contemporánea. Siete de los autores dan clases en alguna Universidad y los otros tres ejercen sus labores en la Administración Pública.

viernes, 13 de noviembre de 2009

La Iglesia que impone sus principios por la fuerza

«A la sombra del Granado», del escritor paquistaní Tariq Alí, refleja la España inquisitorial de los prejuicios y la sangre derramada


Portada de la novela
Portada de la novela
Tariq Alí es un gran pensador que desde la izquierda nos muestra su visión del mundo. Una persona que aboga por los frutos que producen la mezcla y la integración a través de una convivencia natural y sin fundamentalismos. Con una apuesta firme porque el impulso de América latina, con sus propuestas nuevas por un socialismo del siglo XXI, sea exportable como modelo para el resto de mundo. Tuve el placer de escucharle durante la Semana Negra de Gijón de este año y desde entonces traía la cuenta pendiente de leerme una de sus novelas. Elegí «A la sombra del Granado» que se publicó por primera vez en 1992 tal vez porque transcurre sobre tierras españolas y la sentí más cercana.

Arranca con la trágica imagen de la quema de libros andalusís en la plaza Bib-Rambla de Granada. Con esta acción ocurrida en la fecha del 23 de febrero de 1502, el Cardenal Cisneros, apoyado por los Reyes Católicos, ejerce la fuerza de la sinrazón para que todos los habitantes del reino se conviertan al catolicismo o abandonen las tierras que habían habitado sus antepasados durante ocho siglos. Es el fin de toda convivencia.

«A la sombra del Granado» es una novela que coloca a sus protagonistas sobre un precipicio y, desde él, les exige tomar una decisión vital. Situados en un momento crucial en el que se lo jueguen todo, donde valoren el pasado, el presente y el futuro, donde midan las tradiciones y las sopesen con sus creencias. Donde repasen, contabilicen, rindan cuentas, pidan explicaciones, luchen o desistan. La Iglesia, con afán inquisitorial, con ansia de acumulación de poder, con su equivocada certeza de mantener la razón a ultranza, es quien ha tendido el precipicio. Una Iglesia despreciable y vil, que ve en la «limpieza de sangre» una forma de expoliar bienes y cultura, de borrar esa parte de la historia construida a pulso entre todos, sin distinciones por creencias. Una Iglesia borracha y, aún sedienta, que precisa la humillación del otro, que las piernas tiemblen y se tambaleen, para su propia fortaleza, para que «su verdad» sea la única. La verdad marcada con la fuerza de la espada, el oscurantismo, el miedo siempre presente levantado por el fundamentalismo católico a su alrededor.

Tariq Alí en la Semana Negra de Gijón 2009 (foto: Toni Gutiérrez)
Tariq Alí en la Semana Negra de Gijón 2009
(foto: Toni Gutiérrez)
Es una novela cargada de injusticias, en la que los prejuicios traerán sangre e incapacidad. Sangre de los que no entienden que de la noche a la mañana se trate de expulsarles de sus casas. Incapacidad e impotencia de mantenerse con vida, sabiéndose de antemano condenados.

Los musulmanes se ven ante la disyuntiva de tomar su decisión entre tres posibles, someterse y aceptar el catolicismo como religión única abandonando sus preceptos musulmanes, irse de su casa hacia el Norte de África para empezar de nuevo o plantar cara en una batalla ya perdida. Da lo mismo la decisión que tomen, ninguna será la buena. Los primeros perderán el alma que viene atada a sus costumbres, los segundos se quedarán sin raíces y los terceros morirán. Cada uno tomará individualmente su camino, usando en unos casos la experiencia o el ímpetu de la juventud en otros, a veces escuchando a los demás, con espíritu colectivo, o explorando en sus antepasados, en filósofos de la tradición y de lo contrario, indagando. Muchos no son especialmente creyentes, pero saben que no sólo es un asunto de religión.

Lo más triste de la novela, independientemente de las propias tragedias o la falta de esperanza, me resultó al cerrar el libro y realizar entonces una mirada a nuestra propia actualidad para darme cuenta de que en cinco siglos apenas hemos cambiado nada, las discusiones y los métodos de resolver la propia vida, siguen siendo muy parecidos. Hay odio en las plazas que se tiñen a menudo de la misma xenofobia de entonces, de pánico al diferente lanzado desde tribunas por políticos y eclesiásticos. Mirando al hoy, no me siento muy contento de los caminos que hemos tomado, ni del punto que hemos alcanzado. Mirando al libro descubro que Tariq Alí me presenta aquí las causas de esta barbarie, el momento en el que se rompió la esperanza de una convivencia entre iguales, gentes libres, que se abrazan fraternalmente para construir un futuro de paz. Me da que sin nuestros pasado no seremos capaces de fabricar nuestro presente.

A modo de pequeño anecdotario: Sobre Tariq Alí decir que se convirtió en el año 1965 en el primer paquistaní elegido presidente del Sindicato de Estudiantes de Oxford (Oxford Union). Sobre la propia novela, decir que se ha documentado el número de libros que el propio Cisneros eximió de la quema en 4.000.

viernes, 14 de agosto de 2009

El realismo social de «La mina»

Vidas forjadas para el trabajo, sin descanso, de las que Armando López Salinas muestra su realidad y valor.


Armando López Salinas autor de «La mina»
Armando López Salinas autor de «La mina»
Ésta es una novela en la que por sus páginas pasan personas cuyas vidas se cuentan en apenas unas líneas, pero sobre todo, de lo que habla de verdad, es de sus sueños frente a una realidad taciturna que les doblega y hunde. Sobrecogedor resulta mirar sin tapujos y de frente hacia estos hombres y mujeres, forjados para el trabajo. Seres humanos cuya aspiración se queda en disfrutar de simples espacios largos de tiempo durante los que se puedan ganar la vida, con la dignidad de su esfuerzo y sin que les ocurran desgracias. Es, a su vez, una historia sobre el desconsuelo que producen el desarraigo y la injusticia.

Joaquín, un hombre de campo, casado, con dos hijos, de un pueblecito granadino, no encuentra futuro. El cacique escatima el trabajo y la tierra de labranza. Las gentes del pueblo sobreviven con pequeñas tareas mal pagadas. Su alimentación es deficiente, la mayoría de las veces se resume en agua y algún que otro tomate. A los jóvenes no les queda otro camino que irse. Con su familia a cuestas, Joaquín sigue los pasos de otros buscando una salida que le conduce a una cuenca minera manchega. Piensa en el viaje que así su subsistencia no dependerá de los caprichos y decisiones de un hombre como ocurría en el pueblo. Sin embargo lo que descubre es que las fatigas son similares, pues la compañía minera la dirigen hombres poderosos -y por tanto despiadados- cuya única preocupación es la de conseguir más dinero a costa de lo que sea. Con el mundo dividido en dos sociedades separadas y alejadas, no bastan unos brazos fuertes para ganarse la vida honradamente. El jornal que reciben por su trabajo a duras penas compensa el sufrimiento y la pérdida de la salud. Alrededor de Joaquín y su mujer Angustias hay muchas vidas como las suyas, con pequeños matices que las diferencian, vidas que permiten al autor dibujar un tapiz completo de la realidad.

López Salinas retrata con maestría aquella sociedad que sale del campo hacia el mundo desconocido de la industrialización. Lo hace a través de descripciones perfectas que traen a la retina la imagen precisa a cada instante: los duros paisajes, las viviendas, el vestir, los oficios... Ninguna ventana deja el autor sin abrir, contando todo aquello que pueda servir al lector para ponerse en el centro de aquello a comprender y formarse una opinión al respecto. Desentraña a los que se comprometen en un lucha por mejorar las condiciones, a los que se apartan e incluso a los chivatos. Y en todos ellos queda la suficiente humanidad como para ser entendidos. El lenguaje que utiliza el autor es tan sencillo como directo, sin recurrir a vericuetos, plasmando la pura realidad para congelar en tiempo en sus páginas. Adentrarse en este libro es vivir aquellos tiempos que apenas si se han logrado superar para traer a la cabeza una forma de vida sin derechos y cargada de obligaciones, escuchando sus pensamientos sembrados de lo más cotidiano. Su lectura produce angustia, dolor y rabia, tal vez los mismos sentimientos que roen a los personajes y de los que no logran en ningún momento arrancarse.

Incomprensiblemente éste es un libro desaparecido de los catálogos de las editoriales, al que para encontrarlo hay que recurrir a las librerías de segunda mano y aún así no resultará sencillo hacerse con él. Su valía pide a gritos que sea reeditado de nuevo.

Portada de «La mina»
Portada de «La mina»
Fragmento seleccionado: «Después, se borró el recuerdo del hijo y quedó mirando con tristeza a la noche que entraba por la ventana del dormitorio. López dormía ruidosamente. Le miró con gesto amistoso, con cariño. Recordaba al hombre que conociera veintiséis -¿o eran veintisiete?- años atrás. Pero más que al hombre recordaba su juventud, la juventud de las muchachas de la cuenca minera. La juventud perdida entre hambres y sufrimientos y trabajos. Apenas con la alegría de un domingo irremediablemente corto, de un vestido barato, de un agarrado con los mozos. Y de esperanza, de mucha esperanza. Eran veintisiete años ya. Le miró de nuevo como al buen compañero de las horas alegres y de las horas amargas. Compañero al que esperaba inquieta todos los días, temerosa siempre de la tragedia que como un ángel malo acecha a todos los mineros.»

A modo de pequeño anecdotario: Armando López Salinas es militante del P.C.E., partido del que llegó a ser miembro de su Comité Central. Además de novelista y de persona comprometida con su sociedad, en la clandestinidad trabajó como subdirector del «Mundo Obrero» y corresponsal en Madrid de «Radio España Independiente» («Radio Pirenaica»).


Título: La mina
Autor: Armando López Salinas
Editorial: Destino
Colección: Destinolibro
Género: Realismo social
ISBN: 84-233-0678-X
Año de publicación: 1960
Páginas: 231
Distinciones: Finalista del Premio Nadal (1959)

lunes, 27 de julio de 2009

Marcos Ana, el ejemplo del comunista reconciliador

«Decidme cómo es un árbol», biografía que funde la heroicidad y nobleza de un revolucionario con la sencillez de la persona humana que la sostiene.

No es fácil leer un libro tan cargado de emoción como éste, obliga a buscar un momento adecuado para su lectura porque en él se va a dibujar el perfil de un poeta que se ha forjado «en el sacrificio de la lucha, en una entrega total, sin reservas ni cálculos personales». A sus 89 años de dignidad, Marcos Ana sigue peleando como el primer día por un mundo más justo. Tras unas pocas páginas, ya tuve la sensación de estar sentado frente a Marcos Ana, al que sin conocerle escucho contarme su vida. Es entonces cuando, sin querer, se me encoge el corazón con lo que oigo. Se trata de una vida heroica, narrada con la sencillez de quien, sin embargo, no se siente protagonista.

En su adolescencia llegó a formar parte de una asociación infantil de la parroquia. Entre sus tareas estaba la de repartir propaganda religiosa a la salida de los mítines políticos de las organizaciones juveniles de izquierdas. Así, una de estas veces, escuchó el discurso de Federico Melchor, dirigente de las Juventudes Socialistas. «Parecía que hablaba de mí, de los problemas de mi casa, de las vicisitudes de mi familia. Quedé muy impresionado y comprendí que yo pertenecía a aquella clase de desheredados a la que él [Federico Melchor] se refería y que mi familia, sin saberlo, integraba ese mundo de sudor y miseria». En este punto de su biografía, apenas comenzado el libro, comprendí que iba a compartir conmigo asuntos muy cercanos y que yo no iba a ser capaz de despegar la nariz de las páginas.

Luego la guerra, su deseo de luchar en ella defendiendo los valores de la libertad. Marcos Ana la cuenta en toda su crueldad, a través de los ojos de un muchacho que descubre el cuerpo de su padre muerto en un bombardeo y deteniéndose en el injusto final, lleno de dolor, que le lleva, confinado, al interior de los humillantes campos de los Almendros y Albatera.

Vienen las condenas a pena de muerte y las cárceles que le robaron 23 años consecutivos de su vida, encerrado por sus ideas políticas toda su juventud. Conforma esta parte la más extensa del libro. Son sus recuerdos, las anécdotas y la memoria de sus compañeros, lo que obligan a la piel a erizarse. No guarda rencor, ni se atisba en el libro la menor intención de revancha. Al contrario, es una biografía de un hombre conciliador, incapaz de albergar un minuto de odio, cargado de obligaciones autoimpuestas hacia los que quedaban en la cárcel cuando el salió y a los que murieron en ellas. Memoria viva que lucha por la memoria colectiva, ante el olvido y a favor de las causas justas, esas que son de sentido común.

Marcos Ana y otros presos políticos en el penal de Burgos«Hay momentos tan tremendos en la vida que el corazón no puede desahogarse con el llanto sino con la acción y la solidaridad». Tiene 42 años cuando sale de prisión y por decisión propia inicia entonces un camino irreversible que le lleva a usar su voz en representación de los presos políticos españoles, buscando solidaridad, esperanza y futuro. Narra en la biografía los años de exilio en Francia y las giras por todo el mundo, con especial atención a las de Latinoamérica. Países que le acogen multitudinariamente y a los que acude como invitado para explicar la situación que pervive en la España franquista. Son muchas las conferencias a las que asiste y el cariño con el que se recibe en cada una de ellas queda bien reflejado.

Breves páginas las siguientes para esbozar lo que pasó tras la muerte de Franco y apenas si le quedan cuatro al final para sus propias reflexiones de las que recojo dos perlas. «He vivido la vida que he preferido vivir, la vida dura pero noble de un revolucionario. Y a pesar de los naufragios sufridos y las decepciones que la lucha y la vida a veces nos deparan, si mil veces naciera mil veces volvería a ser lo que soy y a pensar como pienso». «Confío en las nuevas generaciones, en cuyos surcos hemos sembrado nuestra historia. Ellas proseguirán nuestra lucha por un mundo más justo y humano, un mundo sin hambres y sin guerras, sin desigualdades sociales, donde el sol salga y caliente para todos».

A modo de pequeño anecdotario: El libro contiene muchísimas anécdotas, así que resulta mejor leerse el libro. Lo que sí voy a señalar es la existencia de la Plataforma por la concesión del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2009 a Marcos Ana que ha comenzado recientemente una campaña recogiendo firmas para apoyar esta iniciativa.

Medio puntoPuntoPuntoPuntoPunto


Título: Decidme cómo es un árbol. Memoria de la prisión y la vida
Autor: Marcos Ana
Editoriales: Umbriel y Tabla Rasa
Colección: Testimonios
Género: Memorias
ISBN: 978-84-89367-40-1
Año de publicación: 2007
Páginas: 384
Prólogo: José Saramago

martes, 30 de junio de 2009

¿Se puede ser a la vez torero y republicano?

«José Tomás, una hipótesis republicana» repasa la temporada taurina del 2008

José Tomás, una hipótesis republicana. Liturgia del dolor y feria de la política. Javier VillánUno se va marcando retos en la vida. Los hay que se ponen delante de un toro. En mi caso me sirvió una decisión más sencilla, la de leerme un libro cuyo eje central son los toreros y lo que hacen dentro de una plaza. No soy aficionado a los toros, es más, me desagrada encontrármelos en alguna televisión mientras voy pasando de cadena en cadena. Pero algo me llamó la atención vivamente en la portada del libro. Tal vez pensar que podía existir un torero republicano, o fue quizá revisar el mito de la rica escritura preciosista, metafórica y rebosante de los críticos taurinos, o la simplicidad de la foto de un rostro cargado de cicatrices. Lo cierto es que me atreví.

Javier Villán es todo un maestro de la escritura. Usa el lenguaje con precisión, recreándose y agigantando las situaciones, como si todas ellas fuesen únicas e irrepetibles. Tirando de memoria unas veces y otras de libreta, viene y va con orden o desconcierto según le apetezca, pero sin perder el hilo de lo que quiere contar; parando algunas pocas veces para tomar impulso o como dando un reposo al lector, un aviso que luego completará.

El libro se divide en tres partes y se añade una cuarta que más bien resulta un apéndice para señalar lo que ha transcurrido en el tiempo que va desde la finalización de la escritura hasta la entrada en imprenta. La primera parte describe la farándula que se junta en estos mentideros y saraos. Para ello se ampara en el premio Paquiro que se le entrega a José Tomás. Con detalle recorre las mesas llenas de aristócratas y políticos. Lo hace con su mirada, para situar los antecedentes. Sube al estrado, charla, recuerda y sobre todo cuenta. Supone una acertada forma de arrancar. La segunda parte semeja un libro de viajes, los que realiza para seguir la temporada taurina que resta. Recurre a las crónicas de sus compañeros y a las suyas propias, mientras señala con sus manos indicando que al final vendrá la corrida sobre la que deposita sus expectativas. Esa corrida queda para la tercera parte, donde se describe el triunfo de José Tomás en Barcelona.

Parte del libro se dedica también a describir a los seguidores de José Tomás, que el autor divide básicamente en dos corrientes, los tomasistas que son aquellos aficionado a los que les gusta el diestro y los tomistas, que han hecho del torero su dios particular. Surge también como contraposición tanto la de aquellos aficionados indiferentes y como la descripción de sus rivales antagónicos, su temporada y la lucha por gobernar el escalafón.

Respecto a la hipótesis republicana, desde el inicio, el autor la trata como un juego, ya que lo natural es que los toreros sean -o se hayan hecho- de derechas. No por ello pierde interés el libro. Dice Villán que la hipótesis no se sustenta sobre ninguna declaración política y concreta de José Tomás, más bien en que no brindó un toro al rey, haciéndolo en su lugar al público y en algún comentario posterior de Joaquín Sabina. El mismo juego trato de hacer yo con el autor, si escribe en «El Mundo» mayor posibilidad tiene de ser monárquico y del «PP». No se descubre su orientación, ni permite que se intuya tampoco, hasta casi al final dónde textualmente dice: «Cuando se discute la taurofilia de los actuales Borbones, siempre acabo diciendo lo mismo: que vayan o no a los toros me da igual. A mí lo que me gustaría es que no hubiese reyes, pero, si ha de haberlos, que, al menos, sean justos y benéficos».

Para cerrar la reseña me gustaría citar lo que hecho en falta. Es cierto que se habla mucho del dolor de los toreros, pero nada del sufrimiento y la agonía. El libro pinta estampas donde la estética taurina manda. Evoca imágenes gobernadas por el torero, su figura y el plante que presenta, sobre las que sitúa al toro en un segundo plano.

A modo de pequeño anecdotario: Destacar lo polifacético del autor. En «El Mundo» se dedica tanto a la crítica de toros como a las de teatro. En la escritura abarca tanto el ensayo, como la novela y la poesía.

Sin puntoSin puntoSin puntoPuntoPunto


Título: José Tomás, una hipótesis republicana. Liturgia del dolor y feria de la política
Autor: Javier Villán
Editorial: Ediciones Akal
Colección: Foca Investigación
Género: Ensayo (Sociedad)
ISBN: 978-84-96797-31-4
Año de publicación: 2009
Páginas: 160

viernes, 26 de junio de 2009

Sentido homenaje a los luchadores por la libertad y contra el franquismo

«Operación Exterminio» una novela de Alejandro M. Gallo

El pasado 10 de junio de 2009 llegó a las librerías la quinta novela de Alejandro M. Gallo con el título de «Operación Exterminio» en la que se narran los crueles sucesos de la guerra sucia contra la guerrilla republicana durante la represión franquista. No utiliza «paños calientes» mientras nos conduce a un final trágico cargado de la desesperanza que suponen los hechos ciertos de nuestra historia.

Se trata de una obra necesaria, imprescindible incluso, con gran agilidad en su ritmo y de buena calidad literaria. Cargada de tensión, a la vez que avivada por la emoción y los sentimientos de sus personajes, rinde tributo a todas aquellas personas que lucharon por la libertad contra el franquismo. Se narra a través de la voz de una mujer, dando a conocer la parte activa que ellas mantuvieron durante esos años; su callada y precisa labor de enlaces, de informadoras, de colaboradoras y de afectivas amantes con sus hombres las pocas veces que podían bajar desde el monte. Sus luchas por ser reconocidas como iguales y también el sufrimiento diario con el que cumplían sus tareas están presentes en el libro, así como las torturas difícilmente soportables, tanto por su dureza como por la humillación que suponían, a las que las fuerzas represoras, como brazo ejecutor de la dictadura, recurrían para obtener información de ellas una veces y otras para saciar sus frustraciones.

En la cárcel de Carabanchel, entre los presos políticos, Falange introduce a Don Carlos, el «francesito», con el objeto de infiltrase en la guerrilla, para obtener información de sus posiciones y campamentos con el fin de acabar con ella y aumentar su prestigio. La acción recibe el nombre en clave de «Operación Exterminio». En paralelo, el autor va repasando la vida de dos hermanas, enlaces con los del monte, y su entorno. Ambas historias confluyen en un punto y entonces los más negros presagios del lector van tomando forma.

Los lugares elegidos por Gallo resultan cinco escenarios trazados con maestría. La cárcel, mostrada con la crudeza despiadada, que va hundiendo el orgullo con represión y fuerza bruta. Los cuarteles como tranquilas balsas desde las que se conspira, inmunes a la sangre y las acciones que se determinan. Los pueblos asustados y gobernados por la derecha reaccionaria y los curas que oprimen a sus habitantes hasta ahogarlos. Las ciudades algo más independientes y que permiten una vida más licenciosa -hasta ciertos límites-, pero que sus calles son vigiladas y recorridas por supervisores. El monte, donde la supervivencia y la militancia con sus acciones políticas deben fundirse, se convierte en el único lugar en el que las ideas de justicia social resultan principios sobre los que regirse.

Muy acertado resulta el haber plasmado sobre la novela la lucha que existe entre las diferentes fuerzas, cómo la Guardia Civil y la Falange que compiten por llevarse los favores del Caudillo, aún a cambio de ensuciarse hasta entrometerse. Esta lucha política que se establece enriquece la lectura y avisa de las bajezas que se van a cometer, desmanes propios de quién busca su beneficio y su satisfacción personal, donde el rencor flota entre los mandos y los que pertenecen al último escalafón.

Alejandro M. GalloEl autor logra dibujar los personajes con tal maestría que se pegan a la piel. Unos resultan entrañables, otros deleznables. La línea de sus comportamientos los separa con nitidez según su calaña sea buena o mala. Frente a la épica lucha de los guerrilleros se presentan las vergonzantes acciones del poder, que son matizadas en varios tonos de grises que van entre el ciego deber cumplido hasta el regocijo por un escarnio salvaje y desmedido.

Gallo advierte desde la primera línea que «la novela está basada en hechos reales, por lo que todo parecido con la realidad no es fortuito». Esta realidad se palpa con rotundidad por el buen y extenso trabajo de documentación del autor, así como por su integración dentro de la novela, a la que se incorpora con naturalidad, resultando totalmente transparente para el lector y formando parte del propio argumento.

A modo de pequeño anecdotario: Al finalizar la novela se abre la incógnita sobre el verdadero nombre de la poetisa que narra toda la historia. El enigma no se desvela basándose en el principio inquebrantable de los poemas épicos de la guerrilla antifranquista por el que sólo se citan por su verdadero nombre o seudónimo a los muertos y a aquellos vivos que dieron su consentimiento.

Medio puntoPuntoPuntoPuntoPunto


Título: Operación Exterminio
Autor: Alejandro M. Gallo
Editorial: Ediciones B
Colección: LaTrama
Género: Novela histórica
ISBN: 978-84-666-4166-1
Año de publicación: 2009
Páginas: 442