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lunes, 1 de agosto de 2016

Hace calor


Ilustración: Artsenal
Ilustración: Artsenal
Tengo que buscar con quien hacer un pacto estable que nos permita a los populares, y a mí en primera persona, seguir mandando, pero hace calor, mucho calor. Con Rivera sumamos un poquito más, pero se nos va a quedar corto y eso de gobernar en minoría sé que no me va a gustar. Debería descolgar el teléfono, marcar un par de números y ponerme a negociar con los socialistas. Primero llamo a Felipe González, que seguro que me da ideas, y después que me pase con la que manda en Sevilla, que siempre se me olvida su nombre. En el fondo pensamos lo mismo. Después no me va a quedar otra que llamar a Pedro Sánchez. ¿Y qué le cuento? Que estos cuatro años voy a hacer lo mismo, pero sin que sea lo mismo. Si es que esto es sota, caballo y rey, que no se puede elegir mucho. Me va a pedir que le hable de la política económica que voy a aplicar, que le cuente cosas de las reformas… ¡Qué calor, Dios mío! Casi le digo a Cospedal si no le importa llamar a ella, que tiene manga ancha, que pacte lo que quiera, que seguro que está bien. Yo mientras me saco un helado del congelador y lo chupo un poco. Así muy despacio, aplicando la lengua por los bordes y mordiendo de vez en cuando. Lo importante es que no se derrita.

Se me olvidaba, que sigo siendo el presidente en funciones y que tengo que gobernar. Se me ha ocurrido congelar el gasto en julio, que la administración no contrate más hasta el 2017 y así no me crece el agujero. Me dicen que aún queda leche que ordeñar en el fondo de pensiones por si quiero hacer algún apaño más. ¡No aguanto este calor, ni pensar puedo ya! Menos mal que tengo a Sorayita. ¡Que tome decisiones, que para eso la puse de vicepresidenta! Sí, casi espero a ver que dice ella. Yo firmo y ya está.

¡Puff, tengo que ponerme a eso de elegir ministros! De momento los mismos, que ya sé cómo son y luego si eso voy cambiando alguno que se me haya quemado mucho. A Pastor la he mandado a la presidencia del congreso, así que al menos tengo que pensar en una mujer. Debería ponerme, pero ¡qué calor que hace! Y sin fútbol en la tele. Esto del verano es un rollo.

Tengo unas cosillas que me mandó Ángela, unos deberes me dijo, para que no se me olvide lo aprendido durante el curso. Tendré que echarle un ojo. Pero no ahora, qué hace mucho calor. No sé dónde dejé el memorándum que me dio. Bueno, ya le digo a de Guindos que si tiene un ratito para que se ponga él. Lo hace en un momento, da gusto verle trabajar. Es que ni se fatiga. No sé de donde habrá salido. Y esos trajes que se gasta y esas corbatas. Tengo que salir un día con él de compras.

Y ahora el teléfono. Es Jorge. No se lo cojo, que cada vez que me llaman de Interior es para meterme en un marrón. Que lo arregle solo, o con Marcelo, algunos comisarios de su cuerda y con los fiscales, que para eso los tenemos. Lo cojo, no lo cojo, lo cojo, no lo cojo… No. ¡Vaya calor que hace! Me bajo a la piscinita un rato. Es que tendría que levantarme de la silla. Casi que no.

Y de las cosas importantes de España. Bueno, esas ya se irán arreglando solas. Eso sí, cuando pase este calor.

Revista Gurb

miércoles, 13 de julio de 2016

La piel de toda mentira


Ilustración: Artsenal
Ilustración: Artsenal
Explica Trillo que «España no estuvo en guerra, no envió combatientes a Irak». Lo dice seguro, con rotundidad, empleando ese tono imperativo de quien está acostumbrado a mandar, del que desprecia la inteligencia de los demás, del único que tiene la verdad de su parte aunque sepa a ciencia cierta que esa verdad que cuenta es mentira. No se ríe. Es radio, no se le puede ver la cara, pero estoy seguro de que no se le mueve un músculo, ni enrojece de vergüenza. Mantiene el tipo con arrogancia y la cara dura de piedra.

Y lo cierto es que me entran dudas porque no puedo olvidar que Federico Trillo entonces, en aquel momento del 2003 del que habla, era el Ministro de Defensa de España. No fuimos a la guerra, ya está, no hay más que hablar. ¡No lo va a saber él que era el que firmaba! Dice que mandamos unas pocas personas, militares todas, eso sí, a Irak, lo que se dice un «paquete de ayuda humanitaria». De pegar tiros nada. ¡Pobres, que ni balas se debieron llevar! Así que no seamos tiquismiquis. Rotundamente, no fuimos a la guerra de Irak. Lo repite varias veces. Afirma también que el gobierno del que formaba parte no empleó un doble lenguaje y que no mintió.

Nos hemos acostumbrado a esas frases imposible, a comulgar con ruedas de molino. Los ejércitos modernos ahora se dedican a salvar el mundo, a echar una ayudita por aquí y otra por allá. Ya no se les forma e instruye para la guerra, pero como es una pena desaprovechar esa fuerza joven tan obediente, donde haya que cavar hasta encontrar agua, construir un hospital… allí estarán ellos y ellas: valientes soldados de la paz. Va a resultar que a las guerras mandaremos a médicos, cooperantes y pacifistas para que terminen siendo incruentas.

Hace tiempo que la derecha nos robó el lenguaje, que lo manipula y lo ensucia, empleándolo en su beneficio, para construir con él la mentira que quiere, la que le interesa. Banaliza las palabras para mentir endulzando una falsa realidad en la que no se decrece sino que se mantiene un «crecimiento negativo», donde los despidos son «en diferido». Hace tiempo que la derecha dibuja un contexto tergiversado sin el menor pudor. No le importa dejar a la ciudadanía por el camino, en las cunetas. Lucha por sus intereses, los de una clase dominante y poderosa de la que son su ariete, con un mensaje construido por personas expertas en marketing. Esas frases inocentes dichas con esas palabras robadas a las que han vaciado de significado son la piel de toda mentira, la que casi es verdad, la que hay que rasgar para encontrar el mundo podrido y corrupto que hay debajo.

Me viene a la cabeza el cuento del traje del emperador: por mucho que nos hablen de las telas más suaves e innovadoras, de los dones especiales con la que está tejido el vestido que solo se hace visible a las personas inteligentes, lo cierto es que el emperador caminaba desnudo. Un niño inocente le gritó la verdad y se nos cayó la venda, nos atrevimos a dejar atrás toda nuestra tontería.

En este presente, alguien señalará con el dedo, se reirá y dirá «el presidente está desnudo». Ha ganado, pero no ha ganado. Debe formar gobierno, pero será un gobierno débil que deberá buscar el consenso y el bien común de la ciudadanía, porque si no sus leyes no progresarán, caerán una tras otra. Debemos enseñarles a ver la realidad, contarles que sus decisiones tienen consecuencias, que los delitos se pagan en la cárcel, que solo aprobaremos leyes justas.

Revista Gurb

lunes, 14 de septiembre de 2015

Los otros, nosotros


Ilustración: Artsenal
Ilustración: Artsenal
Dice la RAE que Xenofobia es el odio, la repugnancia o la hostilidad hacia los extranjeros. De lo que no habla la RAE es de la cura. Sanar de xenofobia es bien sencillo, basta con viajar, con ver mundo, con querer conocer otras culturas. Ya va para dieciocho años que vivo en Lavapiés, un barrio que estos últimos tiempos se ha ido rehaciendo así mismo, enriqueciéndose con la mezcla de todas las personas que se han establecido aquí. Lo distinto, lo diferente, nos hace tomar nuevos puntos de vistas, comprender, aprender y superarnos. Precisamente ha sido la heterogeneidad el motor que ha impulsado el barrio y tanto lo ha hecho que ha despertado el interés de gentes con economías más ricas que han tomado la decisión de trasladarse a vivir aquí. No sé cómo saldrá Lavapiés de este proceso de gentrificación que la golpea, pero esa es otra historia.

Mientras le doy vueltas a todo esto de la xenofobia, me siento en alguna de las terrazas de la calle Argumosa y pido una caña. En la mesa de al lado una chica le pide a su compañero un bolígrafo para firmar. Este abre su bolso y saca un puñado de bolígrafos; una docena calculo a simple vista entre los que no hay dos iguales. Ante la mirada de ella, a él no le queda otra que explicarse: «De cubrir ruedas de prensa, el miedo a que alguna vez se te acaben dos bolígrafos seguidos te hace ser previsor». «Quería uno negro», dice ella. Él hace un gesto de extrañeza: «¿y qué más te da? Todos sirven para lo mismo, para escribir». «No queda bien firmar en rojo», se justifica ella, «el rojo es para señalar o para corregir». Se ríen.

Van llegando mis amistades y van pidiendo sus consumiciones. Empezamos a hablar de la gentrificación. Va pasando la tarde y pedimos otra ronda de lo mismo a la camarera. «Lo homogéneo solo nos lleva a ser más conservadores», nos espeta mientras se vuelve a la barra sin saber si lo ha dicho por la conversación o por lo pedido.

Siguiendo los titulares del día, hablamos de racismo. Hemos dejado de contar los muertos, de escandalizarnos por las cuchillas de las vallas, de repudiar las expulsiones, de hablar del maltrato en los CIES… como si todo se hubiera normalizado y hubiéramos olvidado el drama humano que hay detrás de cada persona. Nos hemos creído esos falsos mensajes de nuestros gobernantes que dicen que aquí no caben más extranjeros pobres. Laura nos habla de Miguel, la pareja de su hermana. Dice que se fue a hacer el MIR a Londres, que la vida era cara y que se puso a hacer camas en un hotel. Cuenta que una noche, al salir, en el callejón, dos racistas le dieron una paliza, simplemente por su aspecto de español. Nos escandalizamos y siento en ello una cierta hipocresía porque sabemos que aquí también ocurren ese tipo de agresiones, lo único que las víctimas son otras, las personas que tienen otros rasgos, otro color de piel diferente al nuestro.

Revista Gurb

lunes, 20 de julio de 2015

Puñetera austeridad


Ilustración: Artsenal
Ilustración: Artsenal
Nombrar a Ángela Merkel es lo mismo que decirle a la austeridad que pase. Si la austeridad se sienta en una de nuestras sillas del comedor, no volverá a levantarse nunca más de allí. Se hará fuerte y se quedará con pereza a vivir a nuestra cuenta. Nos dará órdenes sobre la comida que le servimos y sobre la nuestra, que por supuesto no puede ser la misma; las proteínas caerán del lado de su dieta y para la nuestra nos conformaremos con pan y cebolla. Nos dirá, desde la teoría y nunca desde la experiencia, en qué postura debemos dormir e incluso con quién y cuántas veces. Nos criticará si ponemos un poco más fuerte el aire acondicionado porque, aunque fuera haga un calor infernal, nos recordará que debemos ahorrar ese dinero para pagarle al banco la hipoteca que tenemos pendiente antes que despilfarrarlo en la electricidad que consume de más bajar ese grado. Soltará frases lapidarias, sacrificará nuestro presente e intentará sobornarnos con un crecimiento económico tan futuro como hipotético y falso. Pero al final, nuestros euros nos habrán desaparecido de los bolsillos y estarán bajo su manga por el arte de birlibirloque.

Alguien dirá que exagero al personificar la austeridad de una forma tiránica, la realidad es que convivimos a diario con ella. También es cierto que aprieta hasta ahogarnos. La RAE viene a darme la razón en esto, en su segunda y última acepción, define literalmente la austeridad como una «mortificación de los sentidos y pasiones».

Entonces, si solo trae dolor, ¿por qué ha venido para convertirse en el centro de todas nuestras políticas? ¿Por qué soportamos esas tijeras de podar los derechos sociales de las personas? Dicen los que más saben, que como somos un país serio, tenemos que aplicarnos la austeridad, así en general. Pero es mentira, la austeridad solo viaja en un sentido, solo la carga una parte de la población: la parte obrera y asalariada, la que no sabe lo que es un privilegio, la que ha trabajado cada día de su vida.

Es falso que nuestros políticos del bipartidismo se hayan aplicado a sí mismos esa austeridad. La llegada de Ahora Madrid al Ayuntamiento de la capital ha sacado a la luz los privilegios de los concejales: palcos y pases en el Teatro Real, en el Santiago Bernabeu, en las Ventas, en la Caja Mágica, en el Club de Campo, en Ifema, en los teatros municipales... Con la renuncia del equipo de Manuela Carmena a todos ellos se han hecho números y sumando todas estas partidas, 20minutos calcula que supondría una cantidad cercana a los 350.000 €, lo que nos dan una idea muy clara de la distancia que existe entre los gobernados y sus gobernantes.

Revista Gurb

martes, 23 de junio de 2015

Sin gracia ni perdón


Viñeta: El Koko Parrilla
Viñeta: El Koko Parrilla
A mí, lo confieso, «Los Morancos» no me hacen gracia. Mi límite del humor lo marcan ellos, bueno, y «Chiquito de la Calzada», pero eso ya es otro cantar. Ni siquiera entiendo que alguien pueda reírse con sus chistes. Reconozco que me ofenden un poquito por esa gracia que no les encuentro y por el reflejo chabacano que hacen de nuestra inmadurez. Sin embargo nunca se me ha ocurrido pedir pena de prisión para ellos, que les quiten su programa o que los inhabiliten para presentarse a cargo público alguno. Si alguien les vota, sabrá por qué. Su humor no les deshumaniza por mucho que no lo comparta.

Bien, conozco mis límites del humor, no me costó mucho encontrármelos, ¿pero, la libertad de expresión, tiene fronteras?

Con los tuits sacados de contexto de Guillermo Zapata me he dado cuenta de que vivo en un país que ha puesto cotas a la libertad de expresión y que además no atiende a explicaciones. El nuestro es un país dominado por una «derechona» que se comporta como un niño mal criado, que se tapa los ojos, los oídos y chilla para no escuchar a los demás. Se burlan de nosotros. Somos tontos si les seguimos haciendo caso.

Si la derecha no gobierna, crispa para que nadie pueda hacerlo, para que nada cambie, para que todo siga atado y bien atado. No quieren un Madrid mejor, pues siguen defendiendo los intereses de sus amistades, de las élites empresariales y económicas. Para la derecha, lo público no es otra cosa que un saco de dinero donde meter la mano.

Con los tuits sacados de contexto de Guillermo Zapata me he dado de bruces con la estupidez; no la de Zapata, sino la de quienes escarban con odio buscando desprestigiar al rival político, la estupidez de los que van detrás, de los que se hacen eco, de los ofendidos porque no saben perder y también de los que hacen caso sin informarse.

De nuevo tenemos a la derecha diciéndonos lo que está bien y lo que está mal, con sus dos varas de medir que igualan la viga en su ojo, con la brizna en el nuestro. Lo peor es que se han empeñado en seguir marcando la agenda política y nosotros hemos picado y se lo hemos permitido. Nos entretienen, nos desvían y nos enfrentan. ¡Basta ya! Respeten un poquito y dejen trabajar a los nuevos gobiernos municipales y autonómicos. Gentes del PP, hagan el favor de sentarse y pónganse a aprender del ejemplo político que la ciudanía va a darles.

A Guillermo Zapata -activista político, guionista, director de cortos y novelista- no le han dejado demostrar su capacidad y me duele porque hubiese sido un estupendo concejal del área de Cultura en el Ayuntamiento de Madrid. No tengo la menor duda de ello, por eso le voté. Y también porque quiero que Madrid cambie, que sea la cuidad que los madrileños nos merecemos. Ha llegado el momento de la ciudadanía, de poner en pie una gestión pública que se preocupe de las personas y una nueva forma más justa de distribuir la riqueza.

Revista Gurb

sábado, 23 de mayo de 2015

Jugando en casa


Ilustración: Jorge Alaminos
Ilustración: Jorge Alaminos
Telemadrid es una cadena pública de televisión manipulada, que sirve a unos intereses políticos muy concretos y no a la ciudadanía madrileña. Ideológicamente es un «cortijo», así que nada bueno, ni digno, sale de allí. Su programación, pobre en casi todo, me produce, como a la mayoría, falta de interés, así que la he ido relegando en mi dial y me costó un buen rato encontrarla el otro día. Por lo de las municipales y lo de servicio público, emitían un debate en directo entre Manuela y Esperanza, una de ellas será la próxima alcaldesa de Madrid. En la cadena, se han inventado un modelo nuevo de debate, una especie de cara a cara en tres bloques, donde a cada candidata le tocan tres minutos y medio a repartir como quiera, se entiende que para hablar sobre su programa con respecto a la temática de ese bloque. Estos cara a cara se celebran de dos en dos y entre los candidatos de los partidos mayoritarios, entre los que han incluido también a VOX. No hay más reglas, así que mientras el reloj va descontando segundos, vale todo, porque de lo que se trata es de hacer un espectáculo y para informarse hay otros sitios. Aquí solo se trataba de llenar media hora de televisión con lucha en el barro. Tres minutos y medio para hablar de un tema no da para hilar un discurso político coherente.

Esa pretendida pluralidad se queda en pura teoría, estos debates son solo un espacio pensado para la demagogia y dirigido hacia un público que no quiere pensar, el de la audiencia de televidentes que han ido construyendo todos estos años con desinformación, tergiversaciones y mentiras, si son necesarias. La presentadora del debate se niega a hacer un papel de periodista, está para saludar al principio, presentar a las personas que van a intervenir y decir «se ha terminado su tiempo». Vale, no quiere hacer periodismo, pero ni siquiera busca ser imparcial. No le es cuando resume un curriculum impecable con un detalle tendencioso, ni cuando pide a una candidata que responda a una cuestión plantada por su adversaria y no lo hace en el caso contrario. Como careo resultó decepcionante. Manuela y Esperanza no tenían las mismas armas. Esperanza estaba en su televisión, jugando en casa, mandando con la misma prepotencia y altanería de siempre. No mostró una rivalidad sana y sí una inmoralidad corrupta, como la de su partido.

Esperanza, marrullera ella, no habló de Madrid, ni quiso responder a lo que Manuela le preguntaba sobre los resultados de su gestión al frente de la Comunidad. Se centró en ETA, en interrumpir a su oponente y en agitar una hoja donde cabía todo el programa del PP para la capital. Le bastó con enseñar esa hoja, decir que hay programa, pero sin entrar en él, total para qué, con lo bien que les funciona la improvisación para qué comprometerse en nada.

Últimamente me he aficionado a una serie de la televisión danesa que se llama «Borgen». Trata de política y de periodismo. Es una serie excelente que habla de una normalidad que aquí falta. En comparación con aquello, a menudo siento envida de lo sana que es su democracia, de sus niveles de transparencia, de la importancia de los principios, de la asunción de que pactar leyes es lo más natural, de esa humanidad que hay en sus políticos y políticas. Pensando en «Borgen» y mirando el nivel rancio que ofrecía Telemadrid, mis expectativas fueron bajando.

Con ese sabor de amaño en la boca que me estaba produciendo el cara a cara, apagué la tele enfadado. ¡Mira que soy estúpido pretendiendo ver un buen debate en Telemadrid! Hace tiempo que abandonaron todo periodismo.

Revista Gurb

miércoles, 29 de abril de 2015

Un pobre hombre con una vida pobre


Ilustración: Artsenal
Ilustración: Artsenal
Estoy pensando seriamente en cambiar de rumbo e iniciar otra vida. Si de pronto pudiera comenzar de cero, elegiría ser escritor de boleros. Nuestro país da para eso, pues está lleno de vidas de sufrimiento, de malvados con almas negras que nos llevan a los callejones más oscuros, de abandonos, de lágrimas, de vidas arruinadas, de una última copa para ahogar en una borrachera infinita el destino quebrado, lo que pudo ser y ya no será. En tres minutos y medio, los boleros siempre nos cuentan un amor apasionado que se ha convertido en un desamor insuperable, un infierno personal. Los boleros nos obligan a transitar ese camino que une dos fotos: la del antes y la del después, donde, al revés de los anuncios de dietas, el antes siempre fue mejor. Nos hablan de nostalgia, de otro tiempo que fue feliz.

Para mi primer bolero estoy pensando en hablar de un pobre hombre con una vida pobre; tan necesitado estaba que todo el dinero el mundo se le hacía poco. El agujero de insatisfacción de su corazón no se llenaba nunca. Vamos, la historia de un infeliz, de alguien como Rato, que cuánto más robaba más triste estaba. No hablo de escribir una especie de narco-corrido que engrandezca su figura de ladrón, sino de contar la historia personal de su fracaso, la angustia que le viene, su corazón roto.

Intento canturrear la primera estrofa y se me cae al suelo sin remedio recordando su sonrisa cínica. Mal intento.

…

Llevo dos horas emborronando papeles y me doy cuenta de que no encuentro la menor hebra épica de la que tirar. Es verle tocando la campana en Wall Street y ponerme a llorar. Le miro y no encuentro otra cosa que al clasista que es, subido en su pedestal, por encima de los demás, importándole un bledo cada uno de nosotros, los pobres mortales. Él tiene apellidos y se siente inmune bajo ese sombrero panamá, trajinando con maletines llenos de dinero en paraísos fiscales. Se ríe de nosotros a carcajadas.

Rato es un hombre malo, avaricioso, egoísta e inhumano que no merece la menor compasión. Así que me da por probar con un tango canalla, pero tampoco encuentro la historia del perdedor con la que sentirme identificado. Es un estafador que no tiene ni escrúpulos ni honor y esos sinvergüenzas no sirven para protagonizar un tango.

…

Tres horas más y lo mismo. Yo no puede escribir esa canción. Ahora sé que podría pasarme el resto de mi vida intentándolo sin el menor éxito.

«¿Por qué nos robaste?» le pregunta un hombre mayor a Rato cuando sale de los juzgados. No hay respuesta. Ese mismo silencio cobarde y deshonesto es quizá lo que mejor le describe. Ese silencio cobarde y deshonesto nunca podrán ser los versos de una canción.

Revista Gurb

miércoles, 15 de abril de 2015

Un país secuestrado


Ilustración: Jorge Alaminos
Ilustración: Jorge Alaminos
No hace demasiadas semanas contaba Rajoy historias de un país inventado al que le puso el nombre de España. Allí las cosas iban bien. Quizá tiene una perspectiva un tanto particular, algo interesada y clasista. Quizá sólo le importan los pocos que sacan beneficio y no el dolor creciente de los demás a quienes ya ha dado por desahuciados. Muchas personas no piensan como él. Yo no siento la menor mejoría, al contrario. Los que no nos hemos dejado engañar nos hemos convertido en el problema, así que para mantener esa mentira, esa idealización partidista, necesita que no hagamos ruido. Su desgobierno no duda, con decisión elige tapar la boca a quienes protestan, a quienes se salen de su pensamiento único, a quienes vamos a enseñar la realidad, esa misma que no sale en los telediarios, pero que se ve con solo asomarse a cualquiera de las calles.

A Rajoy y a su ministro del Interior, ese señor tan de derechas y tan religioso, les ofendemos. Así que para proteger su mentira ha forjado alrededor de ella una legislación regresiva con la que secuestrarnos. No les queda ya ninguna vergüenza, les da lo mismo el calado de las nuevas leyes tan represivas que hasta la ONU ha tenido que mostrar su preocupación. Dicen cinco relatores de la ONU, expertos en derechos humanos e independientes, que la «ley mordaza» amenaza con violar derechos y libertades fundamentales de los individuos, socavando los derechos de manifestación y expresión. No pasamos la conformidad con los estándares internacionales, con esta ley no somos una sociedad libre y democrática. Estamos secuestrados y a todo secuestrado, lo he visto en el cine con frecuencia, lo primero que le hacen es ponerle un trozo de cinta americana en la boca. Luego vendrá lo de apagarle cigarrillos en el cuerpo, arrancarle las uñas y otros tormentos si se tarda en pagar el rescate, pero lo primero es el silencio para que no se desmonte el tinglado.

No han podido pasarse casa por casa, ni les ha parecido correcto mandarnos por correo ordinario nuestro propio pedazo de cinta-mordaza; pero nos han secuestrado igual. Cada noche oigo el helicóptero que me dice que me tienen «controlado», cada mañana me cruzo con las furgonetas policiales de turno amenazantes que me avisan de los peligros de salirse del «camino recto», a mediodía veo policías con chalecos antibalas y ametralladoras que me enseñan dónde han puesto los límites de mi «seguridad», a la tarde veo en las noticias que han detenido «otra peligrosa red» y de nuevo lo han hecho preventivamente, sin ningún delito cometido y solo por la palabra acusadora del ministro.

Ese señor de derechas y tan religioso quiere darme miedo, no tengo duda. Me está diciendo que mi país está amenazado, que debería temblar y sacrificarlo todo por el concepto que tanto le gusta de «seguridad». Pero no, no es así, sé que podríamos vivir tranquilos sin esa sobreprotección, seguros y felices, expresando nuestras opiniones, quejándonos por lo que no se hace bien, denunciando la corrupción. Pienso que el ministro sufre delirios y que nosotros pagamos las consecuencias. No es extraño, le hacen vivir dentro del ministerio, rodeado de medidas de seguridad, secuestrado también.

Revista Gurb

jueves, 12 de marzo de 2015

Esa España no es la nuestra


Viñeta: Bohigues
Viñeta: Bohigues
No vi el Debate del Estado de la Nación: La razón no tiene ningún misterio: ya no me queda paciencia para escuchar las perogrulladas de esa persona que gobierna el país. Oír hablar a ese hombre tan insulso es siempre una pérdida de tiempo, se mire por donde se mire. Ni para dar titulares sirve. Si hay algo divertido en él es esa tensión de estar siempre en ese espacio que queda entre la verdad y la mentira, a punto de ser descubierto y resoplando en último momento con la sensación de haberse vuelto a escapar por los pelos. Me rio viéndole en esa especie de cuerda floja, haciendo equilibrios con las frases que otros le escriben. A esos asesores les está dando por las estadísticas, que deforman y retuercen hasta sacarles un dato que pueda parecer aceptable. Le han cogido el gusto, y a veces, sin querer, se les va la mano a esos asesores. El país que el Presidente dibujó en el Debate mola, lástima que no sea éste.

Ese mundo fantástico que ven los amigos de Rajoy no es el que nos toca a la ciudadanía. Leo en Público que «El 80% de los españoles no cree en la recuperación de Rajoy». No es que lo digan ellos, lo dicen los españoles y así lo refleja la encuesta CIS. Quizá Rajoy hablaba para ese otro 20%, el que se ha recuperado y al que le va bien. Quizá el otro 80% no contamos, no somos importantes y además nos estamos haciendo invisibles. La distribución de la riqueza de nuestro país que practica el PP, la de llenar el bolsillo de unos pocos con el dinero de todos, nos hunde sin paliativos. Contar que hemos empezado la recuperación económica es mentir, pero esta vez no nos lo hemos creído.

Rajoy esquiva la realidad porque no le gusta explicarla, así que la maquilla hasta que presenta el aspecto que le conviene. Echo otra mirada a la prensa, esta vez es a La Vanguardia. El titular con el que me encuentro dice «Aumentan las ofertas de trabajo a cambio de comida y un techo, pero sin sueldo». Está claro que el modelo de empleo que idealiza la derecha se sostiene sobre el trabajo esclavo. Esa es la España que se recupera, la de los empresarios caritativos, los que dan lo que les sobra, pero esa España no es la nuestra.

Releo el Diario Octubre, me he cruzado con una noticia dura, de las que te quiebran por dentro: «Blanca y Jacinto: La muerte por hambre de ancianos en la “democracia” española». La España que oculta el Presidente está llena de pobreza, de personas que sufren.

Revista Gurb

miércoles, 11 de febrero de 2015

España no es Grecia, ¡pero se parece tanto!


Ilustración: Jorge Alaminos
Ilustración: Jorge Alaminos
En 2010 viajé a Atenas. Parte de culpa la tuvo Markaris y sus novelas del comisario Jaritos que me atraparon desde la primera línea. Cuando el comisario se vio obligado a cambiar de coche porque el anterior se había quedado inservible, se pensó mucho la elección que tomar. Terminó comprando un Seat Ibiza. Explica que lo hizo por solidaridad entre los pobres, entre países que pasan los mismos problemas y que tienen la obligación moral de ayudarse entre ellos porque si no lo hacemos nosotros mismos, nadie más lo va a hacer. Me gustaría decir que, por el mismo motivo, yo también elegí consciente y solidariamente irme aquellos días a Grecia, pero lo cierto es que la novela de la que hablo se publicó en 2011.

Buscaba la cuna de la democracia, encontrarme con la cultura milenaria que impulsó occidente y descubrir unas gentes muy parecidas a nosotros mismos. Físicamente somos idénticos, nuestros idiomas se parecen fonéticamente y hasta el clima es similar. Me gustaron sus calles llenas de recovecos, los ancianos jugando al tavli al atardecer en las puertas de sus negocios, los cafés largos tomados dejando pasar el tiempo, las comidas sencillas y una copita reposada de ouzo en una terraza antes de irme a dormir.

Descubrí que el pueblo griego estaba bajo una losa, anquilosado, noqueado, incapaz de levantarse. Vi tristeza. Vi soledad. Vi un mundo preparado para el desplome. Aquellas mismas sensaciones las he ido encontrando también en España. En este mundo globalizado donde el capital elige, nos ha tocado estar al mismo lado del tablero. Los griegos, los portugueses, los irlandeses, los italianos y los españoles hemos ido recorriendo el mismo camino que nos ha despojado hasta del estado de bienestar que teníamos. Hemos elegido ser gobernado por políticos al servicio del poder que se olvidaron de la ciudadanía a la que deberían representar. Sus políticas de austeridad nos quitan el trabajo, nos acercan a la pobreza y el hambre, nos conducen a situaciones dramáticas e inhumanas y nos roban el futuro. Es la macroeconomía lo que importa, no los seres humanos. Las cifras hace tiempo que nos dejan de lado.

Dicen, sin embargo, nuestros políticos que nuestras realidades como países no son comparables, que España no es Grecia, que nosotros somos la cuarta economía de la zona euro. No quieren que hagamos las mismas cuentas y salga el mismo resultado en las elecciones.

Ahora que gobierna Syriza, Grecia es una esperanza. Ganó una izquierda seria, responsable y renovadora que va a partirse el alma por su pueblo.

Aquí tampoco se puede continuar dentro de un bipartidismo enfermo y corrupto. Es hora de terminar con las políticas de austeridad porque solo producen mayor enriquecimiento a los que más tienen a costa de empobrecer al resto. Esa diferencia entre ricos y pobres se ha convertido en un abismo que nos fagocita. Es el momento de redistribuir los recursos públicos. Grecia empieza a hacerlo. Sabe que tendrá que librar una batalla durísima, que arranca en absoluta soledad y a la que espero que pronto nos podamos unir.

En España, a las televisiones al servicio de sus amos, a los partidos que se alternan en el poder y a los bancos que mandan les han empezado a temblar las piernas. Se han visto en el espejo griego y les ha faltado tiempo para lanzar el mensaje de que es una insensatez cualquier política diferente al pensamiento único neoliberal, capitalista y conservador con el que tan bien nos va. Lo insensato es quedarnos sentados esperando que la tempestad pase. Es hora de empezar una revolución.

Revista Gurb

martes, 27 de enero de 2015

Es el Estado quien nos ha fallado


Ilustración: Jorge Alaminos
Ilustración: Jorge Alaminos
El tratamiento en los medios del atentado terrorista en la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo y del asalto al supermercado judío de París ha sido unánime. Ambos sucesos se han calificado como actos desarrollados por el terrorismo yihadista contra el mundo occidente y la libertad de expresión. Una vez puesto ese sello, no se ha presentado otra reflexión. A su vez el atentado les ha servido a nuestros medios para convertirse en altavoces del Ministerio de Interior español con su pesado discurso del peligro de «los retornados» y la falta de seguridad en las fronteras de muchos países europeos que han llamado «coladeros». Se trata de endurecer las medidas de seguridad, aunque estas limiten nuestras libertades ciudadanas, la de expresión incluida.

Los gobiernos europeos que llevan adelante políticas conservadoras, el nuestro incluido, sacarán rédito de los atentados con nuevas legislaciones más restrictivas porque vivimos una guerra, y en las guerras vale todo. Para que lo creamos basta con que estemos lo suficientemente asustados. Los niveles de alerta en los países de nuestro entorno han subido y eso significa disminuir las garantías judiciales. Los hermanos Kouachi, autores del atentado, y Amedy Coulibaly, el asaltante del supermercado, fueron abatidos a tiros. Después asistimos a lo de Bélgica, donde la policía federal de aquel país también abatió a tiros a dos jóvenes belgas de origen sirio. Fue una acción preventiva (antes de que se cometiera el delito) para evitar un Charlie Hebdo en Bélgica, dicen los mandos policiales.

Todos los medios coinciden y a la vez se equivocan en ese simplismo que ha consistido en asumir como único el componente fundamentalista. Se han negado a profundizar, a escarbar, a ser críticos, a hacer periodismo. No digo que trabajen desde un punto de vista imparcial, pero sí que nos muestren perspectivas alejadas al pensamiento único de quienes nos gobiernan.

Sentimos empatía por quienes son iguales o similares. Cualquiera de los doce franceses que murieron asesinados en la redacción del Charlie Hebdo podríamos haber sido nosotros. Nos parecemos física y culturalmente, compramos los mismos productos en tiendas parejas, fumamos el mismo tabaco, conducimos los mismos coches y hasta nos gustan las mismas bebidas. También los hermanos Kouachi, Amedy Coulibaly y los dos jóvenes de Verviers fueron así. Hijos de la inmigración argelina y siria, pero nacidos en Europa, los tres primeros en Francia o los otros dos en Bélgica. En esos países se han educado y han crecido. No podemos olvidar que son europeos, que su formación como personas ha sido producto de la educación «europea» recibida y que han tenido las oportunidades que nuestra sociedad «europea» les ha permitido.

La realidad es que son europeos de segunda, marginados en barrios periféricos y señalados. Sin una verdadera política de integración, no hay empleos para ellos y el mejor fututo que pueden soñar va de la mano de la delincuencia. Eso es lo que ven cada día, lo que viven, lo que sienten.

Hemos mirado hacia otro lado como sociedad, no hemos presionado a nuestros gobiernos para que realicen una política efectiva de integración, hemos permitido una degradación continua en los sistemas educativos y hemos admitido no pedir responsabilidades a nuestros gobernantes. Es el Estado quien nos ha fallado.

Revista Gurb

lunes, 19 de enero de 2015

Por ser vos quien sois


Ilustración: Juan Ramón Carneros
Ilustración: Juan Ramón Carneros
España es un país atrasado, tan feudalista como inmovilista y en el que por sus huesos circula un tuétano anclado en plena Edad Media. Cuarenta años de dictadura, una transición blanda que no cambió las élites y un bipartidismo adormecedor han sido las herramientas con las que se ha construido este reino inmutable. Desde su sala de máquinas, las mismas personas de entonces y sus descendientes dan órdenes que son caprichos. Nos hemos dejado imponer el pensamiento único y, lo que es peor, siempre pedimos ayuda al lobo del cuento de Caperucita a quien confundimos con la abuelita. Después nos quejamos, nos exaltamos y no hacemos más que desahogarnos. No es que estemos conformes con que todo siga igual, es que hemos venido con las manos atadas.

Nos queda la Justicia. A menudo, como casi todo en esta España azul, la mayoría de las veces va a dos velocidades, hay clases y no es igual para toda la ciudadanía. Sin embargo, el 22 de diciembre de 2014, el juzgado de instrucción número tres de Palma de Mallorca dictó un auto de apertura de juicio oral para que la Audiencia Provincial juzgue a Cristina Federica de Borbón y Grecia como presunta cooperadora en dos delitos fiscales, pudiéndose enfrentar a un máximo de cuatro años de prisión y reclamando a la Infanta el pago de 2,6 millones en responsabilidades civiles. Cuando un juez nos trata de igual manera surgen las divisiones. Los de la marca «buena familia» se quejan y dicen que el juez es injusto porque a la que señala es la hija de un rey, que eso no es igualdad, que hay intereses. Lo más rancio se ofende y grita que todo tiene un límite y que saltárselo es una vergüenza, que nos convierte en un país de pandereta, en un sindiós. «No te quieras comparar a la hija de un rey», insinúan y se quedan tan anchos. Cristina Federica de Borbón y Grecia nos recuerda esa condición de súbditos sin decir palabra, con sus olvidos y «nomeacuerdos», con una indiferencia mamada en la cuna y con esa distancia que hace resonar nuestra condición de plebeyos que nunca pueden exigir cuentas a sus señores. Y la miramos sin percibir el menor rubor por reconocer que pagaba a sus empleados domésticos en negro porque ella hacía como todo el mundo. No le avergüenza confesar que firmaba documentos porque se lo decía su marido, sin hacer preguntas y sin leerlos, como sin querer, como sin saber, con la irresponsabilidad como bandera.

Nos dicen que no hay clases, pero los de rancio abolengo repiten sus mantras: por ser Cristina Federica de Borbón y Grecia no deberá sentarse en un juzgado pues su presencia inmaculada se mancillaría; por ser Infanta de España no deberá tener culpa alguna. Detrás estará toda la estructura del poder para defenderla. Nos dirán que en realidad las ilegalidades fiscales cometidas por ella no son importantes, que el malo era su marido porque se aprovechaba de la posición de su familia política para vivir sin trabajar. Urdangarín fue quien engañó. Lo de ella era solo amor. Cada una de las excepciones que se cometen o cada privilegio que se otorga se hace «por ser vos quien sois».

Esa misma letanía, la de «por ser vos quien sois», que hoy se me ha metido en la cabeza, la recitaba de pequeño a pie juntillas. Lo que tuvo la educación católica y de irrenunciable elección de mi generación es que nos machacaron con las oraciones, el fervor, la sumisión y la resignación. «Por ser vos quien sois» forma parte del acto de contrición y es un texto con el mismo espíritu atrasado en el que también se presentan dos planos desiguales. No quisiera yo meterme en camisa de once varas, ni en teologías, pero releída ahora le encuentro su gracia con respecto al caso. Es más, creo que un par de retoques le puede servir para un discurso de contrición al estilo del de su padre. Cristina no pierdas más el tiempo, baja al portal de tu casa, ponte ante una de las cámaras y repite con cierta cara de arrepentimiento: «por ser YO quien soy, bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido. También me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno (aquí haz el favor de no reírte). Animada con tu divina gracia (la de tu padre, claro, que fue el pionero en este tipo de disculpas), propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta para el perdón de mis pecados». ¡Ves lo fácil que era!

Revista Gurb

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Una conversación de mus entre la grande y la chica


Ilustración: Artsenal
Ilustración: Artsenal
–Mus

–No hay mus, porque no me da la gana.

–Ya estamos, cortándolo todo. ¡Que no nos dejas ni respirar!

–A grande, paso.

–Que lo diga mi compañero.

–Envido.

–Dos más.

–Se ve.

–Y de lo de Pablo Iglesias, ¿qué me dices?

–Que ni tanto, ni tan calvo.

–Explícate un poco más, Marcos.

–Ni es dios, ni el diablo. ¡Qué ya se verá! Parece «colorao» y eso me gusta. Pero que esto cambie si saca algo está por ver.

–Venga, venga. Dice el «coletas» que su referente es Chávez. Así que si gana, aquí se monta una Venezuela. Te lo digo yo. Y todos a ser pobres. A pegarnos cuatro tiros.

–No simplifiques, Juan. Lo de Venezuela es una revolución del pueblo, el motor de cambio de una nueva Latinoamérica que está poniendo punto final a un modelo oligarca de opresión. Se han liberado del capitalismo yanqui y lo están haciendo con un nuevo modelo, más social, de igual a igual.

–Una dictadura, o no lees la prensa, eso es lo que es.

–Pero qué dices, si votan más que nosotros.

–Ya, pero todo amañado.

–Pues a mí, a quien me recuerda es a Felipe González. Tan guapetón, con tanta labia, y con un mensaje fortísimo de cambio. ¡A ver quién no le vota!

–¡Hombre, Lucas, con el carisma del «Marianito», este no tiene nada que hacer!

–No sé, me da a mí que nos vamos a llevar la misma decepción que con Felipe. El poder económico lo tiene todo atado y bien atado. Aquí siguen mandando los de la «camisa vieja», como entonces.

–Pensé que lo decías por lo del marketing y la televisión, no por lo de prestidigitador.

–¿Os habéis fijado la caña que le dan ahora en la prensa?

–A mí ese rasgar de vestiduras al que estamos asistiendo, donde se nos advierte que con «Pablito» viene un infierno en el que arderemos todos y todas, me encanta. Me parece un buen síntoma. Hay muchas caretas en los partidos que tendrán que empezar a quitarse, porque las grietas del bipartidismo demuestran que el edificio de la alternancia entre la derecha y la socialdemocracia no va a sostenerse ya más.

–Mira, en eso de que necesitamos construir un edificio nuevo estoy de acuerdo contigo. No sé si pondremos ladrillos que vienen de Venezuela o estará planificando un edificio ilusionante pero irreal, como el que se negó a hacer Felipe González.

–Y tú, Mateo, ¿no tienes opinión? No has dicho nada.

–No hay perspectiva suficiente, así que todo se queda en estimaciones, sueños, ilusiones… Iglesias tiene un pasado, ha militado, nos ha enseñado su conciencia política a través de la televisión, es combativo, con punch, profesor de universidad, habla bien…

–Vamos, que te tiene enamorado.

–No tanto, pero frente al panorama que tenemos prefiero darle un margen de confianza y una oportunidad. Reconozco que me ha alegrado su irrupción, y la de Podemos, en el escenario de la «gran política» porque supone un cambio, un empezar a subir esa escalera por la que Rajoy lleva toda la legislatura obligándonos a descender, y eso, en estos momentos, me parece bastante. Los cambios son lentos, lo sé, y se tardará en ver los resultados. Lo que creo es que Pablo Iglesias no es Hugo Chávez, ni Felipe González, y ya se encargará él de hacer su propio camino con tiempo. No sé si traerá un cambio o no, y si se produce tampoco sé si será pequeño o grande, pero de momento me da unas esperanzas que ya creía haber perdido.

–¡Buah! ¡Ya se nos puso sentimental! Habrá que seguir con la partida. A chica, órdago.

–Jugador de chica, perdedor de mus.

Revista Gurb

lunes, 24 de noviembre de 2014

La justicia y John Wayne


Ilustración: Artsenal
Ilustración: Artsenal
Cuando me hablan de justicia siempre imagino a John Wayne subido a un caballo. Alguien le cuenta la injusticia que le toca. Wayne le mira con esa expresión de quien está de vuelta de todo y que te hace sentir un poco estúpido. Masca una hierba y escucha con paciencia para al final soltar su discurso, decir lo que moralmente es correcto y enseñar esa línea tan clara que él ve entre el bien y el mal. Habla con palabras escritas en mayúscula, pero sin levantar el tono.

John Wayne interpreta a ese extranjero que llega a un pueblo del oeste abrasado por sus corruptelas, desequilibrado y básicamente injusto. De un vistazo sabe dónde están todos los problemas que desde dentro son imposibles de resolver. Ésa es la primera ley de la justicia: la distancia. Debemos juzgar con esa mirada del que viene de fuera, del que está de paso, del que no se va a quedar. Esa distancia nos permite reconocer lo correcto, porque lo correcto lo es siempre, lo encontremos en nuestra casa o en la ópera de Melbourne. Lo que nos pasa a menudo es que con lo cercano somos más tolerantes. Terminar disculpando al vecino es una tendencia habitual. En esos pueblos parecen todos unos cobardes, incapaces de levantarse ante la injusticia. Eso pasa cuando la justicia se sustituye por la costumbre y las costumbres las dicta el poderoso.

John Wayne es un pistolero solitario. A su personaje habitual no se le conocen mujer, ni hijos. Esa es la segunda ley: la igualdad. Como no hay lazos afectivos, las decisiones se aplican igual para unos que para otros. A todos se les juzgará por los mismos patrones, sin favoritismos y con la misma distancia.

Como el pistolero viene de fuera no suele tener intereses en el propio pueblo. Me refiero a que sus decisiones no le van a hacer ni más rico ni más pobre. Enfrentarse al cacique para que devuelva los grandes pastos a sus legítimos dueños es de justicia y no busca el beneficio propio. A esto lo podíamos llamar imparcialidad.

Decía que se enfrenta al cacique. Eso lo hace porque tiene fuerza, porque la propia justicia puede recuperar el cauce de un río si se lo propone. No hay otra firmeza mayor que la justicia cayendo a peso. Solo así se podría levantar la mano contra los que se vanaglorian de su impunidad, detenerlos, juzgarlos y encarcelarlos.

Hay otro tema que me gusta en las películas del oeste: la empatía del pistolero hacia los débiles. Enternece ver cómo el hombre bregado en mil batallas, que ha perdido la confianza en el ser humano, de pronto es capaz de dejar su frialdad y ponerse del lado de la víctima. Se trata de saber lo que siente el otro, de entenderlo. Ese conocimiento le permite posicionarse del lado de lo que es justo y ser ecuánime.

Ahora toca transitar el camino en que Wayne se desvía. Si nos da por pensar un poco, lo que vemos es que el personaje resulta ser un justiciero. Tiene coraje y un arma. Son sus balas las que dictan sentencia. No hace verdadera justicia, sino que se la toma por su mano. De niños es fácil confundirnos, pensar que necesitamos justicieros en lugar de justicia. De mayores, no se sostiene. Sabemos que la potencia de la justicia está en el cumplimiento de las leyes y que nuestra sociedad será más justa si sus leyes lo son. En nuestra mano como sociedad está tomar las decisiones correctas, responsabilizarnos de nuestras leyes y cambiar aquellas que moralmente no son sostenibles. Legislar no tiene fin, cada día hay nuevos comportamientos, métodos de delincuencia, explotación e injusticia.

Y sí, nuestro país tiene un atraso en la justicia y en la legislación. Sobre todo porque no es capaz de mostrar que todos somos iguales, porque unos pesan más que otros y porque a los delitos de los poderosos no se les aplica la misma dureza que al resto de ciudadanos medios.

Revista Gurb

martes, 18 de noviembre de 2014

¡Moncloa, dígame!


Ilustración: Artsenal
Ilustración: Artsenal
–¿Es ahí la casa del presidente del Gobierno del Reino de España?… ¿Se puede poner?… De parte de Pedro… Sí, me conoce, hemos coincidido en unas cuantas reuniones y hasta hemos comido juntos alguna que otra vez. Yo también me dedico a la política… Pues dígale que tiene una llamada, que es muy importante… Sí, para mí lo es, y para él también, seguro… Un asunto de estado, cuéntele… Sí espero…

(diez minutos después, con siete canciones tarareadas y un gin tonic premium a medias)

–Mariano, ¿no te acuerdas de mí?… ¡No!, ¡pues anda que no habremos jugado juntos al tabú con la Merkel, el Matteo y el Françoise! Ahora no podemos decir recortes, tampoco crisis, ni paro. ¡Anda que no nos reíamos ni nada!… ¿Qué no caes?… Soy Pedro Passos Coelho… Sí, precisamente como el escritor de «El alquimista»… No, no, no soy familia suya… ¿Qué no te suena mi nombre entonces?… No, el acento que tengo no es de Murcia, es portugués… Uso gafas y me peino con raya a la izquierda… ¿Ni aun así?… Mariano, soy el primer ministro de Portugal… ¿Ya me ubicas entonces aunque sea ligeramente? ¡Menos mal!… Te llamaba para una cosilla… A lo mejor te da la risa y todo. A mí la primera vez que me lo contaron mis asesores me chocó un poco, ya te aviso… Verás es que aquí nos hemos cansado de ser independientes. Eso de tener un país está muy bien, pero luego tienes que gobernarlo, que tomar decisiones, que hacer cosas, ¿qué te voy a contar que no sepas?… Eso, que es muy cansado y que como no hay dinero para tantos países, a los asesores se les ha ocurrido que la República de Portugal ingrese en el Reino de España… Como una autonomía más, eso sí tiene que ser con rango de Comunidad Histórica… ¿A ti qué te parece?… Entonces lo ves bien. Me alegro… Sí, sí, nos estamos apoyando en que venimos de un tronco común y en aquello de que en un tiempo pasado fuimos un único país… No, no, lo de pedir perdón por habernos separado en su momento no lo vamos a hacer… Sí, estamos dispuestos a admitir a vuestro Felipe como soberano… Bueno, yo no usaría eso de «una, grande y libre» en la televisión para explicarlo… Para eslóganes ya tendremos tiempo… Lo del reparto, si te parece, lo decidimos luego, ahora hay que centrarnos en dar los primeros pasos… Sí, lo primero será dar una rueda de prensa conjunta… No, no, en directo, nada de plasmas… Vale, nosotros te escribimos lo que tienes que decir… De acuerdo, sin paréntesis, ni citas, ni nada de eso… Sí, eso ya lo tenemos pensado: vamos a hacer una consulta soberanista… Sí, sí, dejar que el pueblo vote… Sí, sí, queremos tener a la ciudadanía en cuenta, que se exprese… Que sí, que no lo podemos arreglar al margen de la gente… Ya, que vosotros lo del referéndum en España no lo veis… Que no lo recoge la Constitución… Que tenéis que preguntarlo al Constitucional y que se puede hacer muy largo el asunto… ¿Se os ha ocurrido reformar la Constitución?… No, no, tan sagrada no es, que ya os pusisteis de acuerdo con lo del artículo 135… No, no tenemos prisa, somos de esos que piensan que a camino largo paso corto… ¿Me estás dando largas?, ¿pero si hace un momento me has dicho que te entusiasmaba la idea?… Ya, que te viene a la cabeza Gibraltar… No, pero esto es otra cosa… Ya sé que es algo de lío lo de unirnos, pero es una buena idea para los dos… Ya, que lo de tener que preguntar a la gente te da sarpullido… Que prefieres no hacer nada y que las cosas se arreglen solas… De acuerdo, pues lo dejamos así, cada uno con su país… Venga, otro abrazo para ti y un beso para tu mujer.

(A la memoria de Miguel Gila y que me perdone por la torpeza de tratar de sacar punta al tema de la consulta soberanista a su manera)

Revista Gurb

lunes, 27 de octubre de 2014

Las redacciones más plurales


Ilustración: Jorge Alaminos
Ilustración: Jorge Alaminos
Dicen que toda crónica periodística debe responder a las preguntas qué, quién, cuándo, dónde, por qué y cómo. Así lo explica el manual del buen periodista. También cuentan que la prensa es el cuarto poder. Pero lo cierto es que al auténtico poder no le gustan las verdades, así que los medios de nuestros días están como están. Hay una ley no escrita que enuncia que a mayor fuerza del poder, menor calidad del periodismo. Si al presidente de RTVE lo elige Mariano Rajoy y viene de hundir Telemadrid, no parece sensato pensar que los tiempos de la manipulación, la desinformación y la propaganda en la cadena pública se acabaron.

Cuando era un adolescente hubo un curso en que el profesor nos pedía todas las semanas una redacción sobre un asunto diferente. Yo siempre seguí el mismo patrón. Para tomar una postura sobre el tema planteado simulaba que no tenía opinión propia. Encerrado ante el folio y un tanto agobiado por no avanzar hacía como que salía a la calle para despejarme. Encontraba siempre la solución escuchando a la gente. Utilizaba tres o cuatro personajes que por casualidad estaban charlando del mismo asunto del planteamiento. Cada quien iba opinando de forma distinta y yo me limitaba a recoger aquellas ideas que eran otros los que me transmitían. Parece que quería contar que la verdad no es monolítica, que siempre hay distintos puntos de vista y que para hablar de algo con propiedad es necesario informarse primero y ser objetivo después.

Apuntaba quizás maneras de periodista. Pero en realidad no era cierto, me movía en el mundo de la ficción: las opiniones que no compartía las exageraba y ridiculizaba y aquellas otras en las que creía las fortalecía y complementaba con distintas voces, como si al ser defendidas por una mayoría tuvieran necesariamente mayor peso o validez. Lo cierto es que empleaba esa pluralidad de la misma forma que la usaría un manipulador.

Ese falso periodismo que practicaba en mis redacciones me aportó muchas ventajas. Me sirvió para aprender a empezar a escribir, el profesor me calificaba alto y mis compañeros, absortos y entretenidos, me escuchaban contar mis historias con devoción. Tenía trece años y un público. ¡Qué más podía pedir!

El presente es un tanto así, como aquel curso de mis redacciones, una construcción que sirve a unos intereses. Vivimos ante la creencia de que es posible elegir entre lo dispar, que no nos falta de nada, que pensamos libremente y que estamos bien informados porque todo está a un click de google. Tenemos medios de todos los colores, periodistas profesionales que hacen investigaciones, periodismo ciudadano para contrastar las informaciones de los medios oficiales, instrumentos con capacidad de enseñarnos lo que ocurre lejos y libertad de expresión por encima de todo. La paradoja es que, al contrario, nos encontramos inmersos dentro de la sociedad del pensamiento único. Ocurre como mis redacciones, la pluralidad no es otra cosa que un recurso literario con el que envolver el mismo mensaje machacón del poder. Sobre esa pluralidad se asientan las comparaciones que favorecen las variantes del mismo mensaje promovido por el sistema. Nos abocan a que no hay alternativa, que todo lo diferente del capitalismo y el consumismo es un suicidio, que ya elegimos el camino correcto y no tenemos que estar volviendo a replantearnos nada. Nuestro periodismo se ha movido hasta colocarse al servicio de las falacias del poder y va siguiendo un modelo simplista del pensamiento. Siento que una gran parte ha abandonado la profundidad, el análisis, la crítica, la conexión y el seguimiento informativo de la conclusión. Y sin esos elementos no hay periodismo.

Revista Gurb

miércoles, 1 de octubre de 2014

Viajes con tiempo y espacio


Ilustración: Jorge Alaminos
Ilustración: Jorge Alaminos
Por el intercomunicador de la nave escuché la voz del director de operaciones de la base indicando que las comprobaciones se habían terminado con éxito y que iniciaba la cuenta atrás para el despegue. Miré a mi izquierda, hacia la tripulante italiana. La vi santiguándose. Pensé en mi madre y en sus supersticiones; siempre repetía ese gesto al salir de viaje. Sonreí sin poder evitarlo, la ciencia no deja espacio para creencias, solo caben certezas. Yo soy un descreído, así que cada vez que nos vemos terminamos discutiendo de lo divino. No entiendo como con el paso de los años se ha terminado convirtiendo en una devota. Cuando le pregunto es incapaz de responderme con argumentos lógicos, se conforma con los «por si acaso», los «no cuesta nada» o sobre todo el «tanta gente no puede estar equivocada».

Quise olvidar la imagen que me había venido a la cabeza a intenté pensar en mi primer viaje espacial. Unos recuerdos me fueron llevando a otros… Me vi retrocediendo mucho más atrás de lo calculado, a mi infancia. Nací en un pueblecito de la ribera del Órbigo donde pasé mis primeros años de vida hasta que mi padre encontró otro trabajo en un lugar distinto y con él nos movimos toda la familia. Recuerdo que el parvulario lo empecé en Madrid. Los años que siguen son un batiburrillo de imágenes que no soy capaz de terminar de descifrar. Lo que sé es que al final terminamos en León capital, a 23 kilómetros del sitio en el que nací. Estábamos tan cerca, que el pan se lo comprábamos al panadero de mi pueblo. Hacía dos repartos a la semana, miércoles y sábados, con su furgoneta dos caballos. El panadero de mi pueblo se llamaba Antón y era el mejor amigo de mi abuelo materno, Elías.

Cuando cumplí seis o siete años Antón pasó a desempeñar un papel tan importante como lleno de ilusión en mi vida que se repetiría hasta los doce o trece años. Muchos sábados, cuando llegaba la primavera, venía con él mi abuelo Elías. Recuerdo aquellas mañanas en las que Antón tocaba el timbre, gritaba «el panadero» y yo bajaba corriendo las escaleras, incluso empujando a mi madre para llegar primero a la calle y poder resolver el enigma de si había venido mi abuelo o no. Cuando estaba significaba que venía a buscarme para llevarme al pueblo. Todos hacíamos un poco el paripé, mi abuelo le decía «siento haber venido sin avisarte, pero me gustaría llevarme a Javi el fin de semana». Mi madre en principio se negaba, para que yo rogase un poco. Al final cedía y yo me iba con ellos dos. Si todavía tenía colegio mis padres irían el domingo a recogerme, si por el contrario, estaba de vacaciones esas estancias se prolongaban durante varias semanas y algunos años incluso todo el verano.

Recuerdo con añoranza esos viajes en los que me tocaba sentarme atrás, entre todo el pan, e íbamos recorriendo el resto de la ruta. Cada poco nos deteníamos, bajaba una cliente, Antón abría la puerta de atrás y, después de intercambiar un par de frases con la mujer, me pedía hogazas o barras de pan que yo iba escogiendo y entregándole. «Una barra de pan que esté muy cocida» y me lanzaba al cesto a buscar la que mejor cumplía el requisito. Las señoras me hacían mimos y carantoñas, «que buen ayudante te has echado» decían. Mientras mi abuelo me miraba y yo me reía. Creo que en aquellos momentos los ojos de mi abuelo me hacían sentirme importante y querido; me decían que yo podía ser feliz y llegar a donde quisiera, incluso a las nubes como así terminó siendo.

Cuando terminaba la venta, arrancábamos de nuevo. Ellos seguían con sus conversaciones, a las que yo no atendía. Pocas veces ha visto amistades como la que se tenían Antón y mi abuelo Elías. Charlaban casi siempre de política, aunque en aquellos tiempos fuera algo prohibido con lo que había que tener cuidado. Eran así, hombres empeñados en cambiar la sociedad que nos había tocado. Entre sus voces yo jugaba imaginando mis cosas, sosegado y tranquilo mientras recorríamos la ruta. De los viajes recuerdo el olor a harina, las manos manchadas de blanco y algún que otro currusco de pan que terminaba en mi boca a iniciativa del panadero.

La Luna, Marte o Saturno, con sus paisajes únicos, no pueden sin embargo competir con aquellas primeras experiencias y el sabor inolvidable que fueron grabando en mi corazón. Nunca he vuelto a disfrutar tanto en un viaje, ni del tiempo, ni del espacio, como lo hacía entonces, en mi infancia, sentado en la parte de atrás del dos caballos de Antón.

Revista Gurb

viernes, 19 de septiembre de 2014

El espectáculo de la guerra


Ilustración: Jorge Alaminos
Ilustración: Adrián Palmas
- ¿De qué va a ir el siguiente monográfico de la Revista Gurb? –me preguntó ella.

- De las guerras –respondí y como vi que dudaba añadí los nombres de las más actuales, las que su dolor aún está reciente en nuestras retinas– Gaza, Ucrania…

- Pues ya sabes, cógete un avión.

Su contestación me pilló por sorpresa, sin saber por dónde debía continuar y con la desagradable sensación de haberme quedado desarmado. En realidad había dado con el quid de la cuestión: ¿Qué se yo de guerras que todas las he visto sentado en mi sofá? Podría defenderme contando que he leído mucho sobre el tema, que he escuchado a varios reporteros y reporteras que han trabajado en lugares de conflicto contar sus experiencias y analizar con su conocimiento las raíces que empujaron a esa determinada guerra, que me he informado lo mejor que he podido, que he visto una cantidad ingente de imágenes por la televisión e incluso algunas películas y documentales que nos muestran otras guerras. Podría terminar diciendo que todas las guerras son iguales y que por tanto puedo ser una voz autorizada para hablar del asunto. Pero me callé porque me di cuenta que lo que podía construir era una opinión, pero que carezco de verdadera capacidad informativa. Informar es lo que mi amiga me pedía: ver la realidad y contarla de primera mano. Lo demás no va más allá de conjeturar. No es que diga que esté mal tener opinión y expresarla, pero cuando falta la vivencia, hablamos de otra cosa.

Puse en cuarentena todos mis argumentos. Busqué el punto desde el que abordar el asunto. Di muchas vueltas alrededor. Me pregunté si los medios de comunicación nos informan bien de estos conflictos y si nuestro gobierno tiene interés real en que estemos bien informados. Pensé que lo justo, a menudo, se queda en un segundo plano, detrás de la conveniencia, de lo estratégico, de nuestras amistades. Los políticos que ejercen el poder se vanaglorian de ser buenos amigos de los yanquis y asumir su óptica mundial perjudica sobremanera cualquier imparcialidad en política exterior. Los grandes medios españoles tienen lo suyo también, controlados desde su propiedad por unos intereses económicos y políticos que piensan con exclusividad en su propio beneficio. Difícil panorama para entender y saber.

Contar una guerra exige dinero, tiempo, valor y mucho trabajo de periodistas. Y cada vez hay menos de todo eso. Las imágenes llegan a las televisiones desde agencias internacionales, los comentarios llegan desde la zona segura más allá de la frontera y las explicaciones a menudos son sesgadas y orientadas, incluso, con frecuencia, se infantilizan simplificando en una parte buena con la que ir y otra mala contra la que lanzar nuestra ira. Vemos edificios derruidos, niños que portan subfusiles, hospitales donde ver los estragos de una guerra, víctimas, gritos, horror… Las guerras se han convertido en un espectáculo y ese es el tratamiento que le dan nuestras televisiones. Y la ciudadanía desde el sofá las contempla para olvidarlas con rapidez, indistinguibles unas de otras, lejanas, sin mancharnos. No estará lejos cuando escuchemos con voz de comentarista deportivo:

«El soldado prorruso avanza por el flanco derecho, abandona la trinchera y se lanza directo disparando hacia el enemigo. Un sargento israelí sale del área dispuesto a interceptarle. Le lanza una granada y le derriba en una impactante jugada que termina con una gran explosión. Vemos volar los fragmentos del soldado prorruso. El teniente de los casos azules mira para otro lado, ante los gritos que se escuchan y las protestas internacionales, descuelga su móvil y realiza una llamada al centro de operaciones. Le responden que todo está bien, que el israelí estaba en su derecho de defenderse y que lo ha hecho de forma proporcionada. La guerra sigue, pero un instante, vamos a la publicidad, a escuchar el mensaje de nuestro patrocinador».

Revista Gurb

lunes, 1 de septiembre de 2014

…Pero mi primo supongo que sabrá…


Viñeta: LaRataGris
Viñeta: LaRataGris
Dicen Cambio Climático y lo primero que me viene a la cabeza es a Don Mariano Rajoy, ese hombre parco en opiniones y despreocupado desconocedor de casi todo que hoy nos gobierna. Me acuerdo de él porque ya le preguntaron sobre este tema hace algún tiempo, para ser exactos el 22 de octubre de 2007, en Palma de Mallorca, tras una conferencia que allí impartía Al Gore. Rajoy aún no era presidente y se estaba trabajando ese asunto de ser el líder indiscutible de la oposición, así que aunque hablar con la prensa le molestaba lo mismo sin embargo se encontraba con la obligación de tener que disimularlo más que ahora. Eran aquellos tiempos en los que si Zapatero decía blanco, él respondía negro; y si el del PSOE elegía blanco y negro a la vez, Rajoy contestaba lo contrario. Recuerdo con una media sonrisa de perplejidad su respuesta de entonces porque nos habló de un primo suyo, catedrático de Física en la Universidad de Sevilla. Rajoy dijo: “Yo sé poco de este asunto, pero mi primo supongo que sabrá. Y entonces dijo: He traído aquí a diez de los más importantes científicos del mundo y ninguno me ha garantizado el tiempo que hará mañana en Sevilla. ¿Cómo alguien puede decir lo que va a pasar en el mundo dentro de 300 años?”. Después se quedó tan ancho, como siempre.

Mariano es un hombre muy conservador al que no le gustan los cambios, salvo los que supongan un retroceso a un pasado glorioso con el que aún debe soñar. No lo digo porque me lo haya contado, pero lo intuyo por su forma de comportarse. Es una persona fría, que no tiene nada que decir y al que no le gusta hacer, le basta con dejar pasar el tiempo. Aplica concienzudamente una filosofía de si no lo miras no está ahí, que a primera vista parece estúpida, pero que a él le funciona de maravilla. Sus enemigos políticos han ido cayendo uno detrás de otro, le bastó con sentarse a esperar. Terminó ganando unas elecciones y gobernando un país por el mismo proceder de aguantar más que el resto, convencido con que le bastaba quedarse esperando a que los demás se desgastaran.

De sus ideas poco se puede decir. Ninguna de las medidas que aplican los ministros de su gobierno parece dirigida por él, ni siquiera que las indicase o las empujase. Pocas veces da la cara y cuando lo hace suele leer de corrido y mal. Si no lee y tiene que hablar en directo sin papeles, hace muecas, y sus guiños delatan sus mentiras. Solo se siente cómodo hablando de cuestiones de Perogrullo y apoyándose en falsas muletillas como «todos los españoles saben…». No es una persona profunda y sin embargo parece imposible saber lo que piensa o si al menos lo hace.

¿Qué tiene que ver todo esto con el cambio el climático? Muy sencillo, no solo está variando nuestra climatología y nuestro entorno ecológico. Las personas también hemos mutado de naturaleza, solo así me explico que un ser como Mariano Rajoy pueda haber llegado a ser el presidente de un país. No sé cómo se lo explicaría a Gurb. Quizá me encogería de brazos y con cierto titubeo diría que ha tenido que ser porque nos ha dejado de importar todo, lo fundamental y lo más vano también. Nos da igual porque nos hemos convertido en seres indolentes, sin empatía y carentes ya de la menor posibilidad de rebelión.

Tengo una buena noticia. Decía que Rajoy gana porque espera, sin hacer nada más. Pero no es invencible, hay un caso en el que tiempo irá contra él, esa norma de Aznar de no gobernar más de ocho años. Rajoy tiene fecha de caducidad y se irá.

La única pena es que quizá tengamos que aguantarle otra legislatura más.

Revista Gurb

viernes, 29 de agosto de 2014

El más bondadoso, el mejor


Ilustración: Jorge Alaminos
Ilustración: Jorge Alaminos
No hay nada que eche más de menos que el mar enfurecido visto desde una barandilla del paseo, su golpear inquieto sin pautas establecidas, rompiendo contra un acantilado, usando toda su fuerza. Del mar me gusta su sonido, sobre todo en esos días en los que más ruge. Ahora que el que miro es un mar calmado, sin ninguna bravura, me da tiempo a releer la prensa y a ver una foto del Papa Francisco acompañando un titular de los suyos, de los que acostumbra a construir con un mensaje transformador que contagia esperanza. Lo leo y me alegro, como si no fuera solo una intención y ya estuviera todo hecho.

Pero lo pienso un poco más, recuerdo también el titular de la semana pasada, y el de la anterior y otro más… Me doy cuenta de que el tiempo pasa y la Iglesia no termina de decidirse a comenzar a aplicar esos cambios prometidos, que todo se queda en un enunciado voluntarioso y que nada se ha movido. Me molesta ese «marketing» que llamo de «decir sin hacer» que se gasta el papa Francisco porque es como el de un mar manso, encerrado en una botella.

De mis amistades aprecio las conversaciones que mantenemos, ese buscar un punto impreciso donde no cabe el equilibrio de las medias tintas. Reconozco que jugamos con la misma violencia del mar, a arriesgar el tipo y a llevarnos por delante a los demás con nuestras historias. Mirando a los ojos al retrato del Papa no pude evitar recordar una de esas conversaciones. Me confesó una de mis amigas que cuando era una niña, en su pueblo, había un cura muy bueno, tanto que pensaba que quizá era el mejor del mundo. Contaba que se preocupaba por los demás, que lo que ahorraba en calefacción, pasando frío por su cuenta, lo usaba para ayudar a las familias que lo necesitaban. Me explicaba que se preocupó de los jóvenes para que se educaran y fueran inquietos, que no dieran nada por sentado y metieran siempre los dedos dentro de las llagas.

Me decía que aquel fue un cura que practicó con el ejemplo. Mi amiga se alegraba por su suerte, pero en el fondo sentía una cierta tristeza. Contaba ella que de niña pensaba que la bondad era el mayor mérito de una persona y suponía que la Iglesia se regía por los mismos principios que predicaba. Creía entonces que el mundo funcionaba correctamente, que a cada cual se le medía siempre por sus méritos y llegaba tan arriba como sus capacidades le permitían. Así que estaba segura de que cuando creciera no iban a poder contar con el cura, pues en pocos años ya no estaría en la parroquia porque se lo habrían llevado a Roma, a ocupar el lugar que le correspondía, el de Papa.

Lo cierto es que no ocurrió nada de aquello. Aquel hombre se murió diez años después siendo el párroco de la misma iglesia, sin haber subido un solo peldaño más en el escalafón eclesiástico. La niña creció y se topó con la realidad descubriendo que la meritocracia, por mucho sentido común que la sustente, no es algo que se aplique con frecuencia.

El mérito y la bondad no sirven para dirigir la Iglesia. Pero los tiempos están cambiando, ahora que se habla de transparencia, seguro que estarán pensando en un nuevo mecanismo para poner en práctica y acercar la forma de gobernar su institución a la ciudadanía. Será un procedimiento que la ventile y traiga aires de democracia a su seno. No sé, a lo mejor ya están ellos dándole vueltas a unas primarias abiertas.

Revista Gurb