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miércoles, 20 de marzo de 2013

«La movida» que nos queda

María Velasco construye y estrena La ceremonia de la confusión en el Centro Dramático Nacional, un diálogo intergeneracional a través del que podemos realizar un análisis crítico de la cultura de los ochenta


Miércoles 20 de marzo de 2013. Centro Dramático Nacional. Teatro Valle Inclán. Madrid

Cartel de la obra de teatro La ceremonia de la confusión
Cartel de la obra de teatro La ceremonia de la confusión
¿Por qué? Porque es un buen ejemplo de teatro emergente, innovador, creativo y con ideas
«Escritos en la escena» es un proyecto del Centro Dramático Nacional que busca un modelo de escritura dramática a pie de escenario y donde el joven autor desarrolle su texto en el propio ámbito escénico, trabajando estrechamente con un director y un grupo de intérpretes durante un plazo de tiempo determinado de 45 días. Es por tanto un concepto de exploración y ensayos para construir un texto dramático a representar. María Velasco participó con un borrador de su obra La ceremonia de la confusión y fue elegida para desarrollarlo siguiendo este proceso. Se muestra feliz de ello y satisfecha con el resultado. Llegó desde el primer día con la idea clara de la obra, su forma y su discurso y hoy su proyecto es una realidad, un teatro de ideas consumadas. Se confirman las buenas sensaciones que María Velasco ya había dejado con piezas como Perros en danza y el suyo comienza a ser un teatro emergente, visible, con una dialéctica nueva, la de los jóvenes que reivindican su lugar y que quieren escribir el teatro de los próximos años. Es creativa, e innovadora, y sobre todo una luchadora; de eso queda traza en cada palabra que escribe.

La ceremonia de la confusión arranca con un monólogo de Olga (Camen del Valle), una mujer que no abandonó los ochenta. Ella ha pasado de los cuarenta, pero cada noche sigue intentando que sea como las de entonces. Viaja borracha en el «buho» y busca el último bar que queda abierto para tomarse la penúltima. Sabe que el del tanatorio de la M-30 no cierra nunca. Cuando llega desconoce que allí está el cuerpo sin vida de «el Negro» (Richard Collins-Moore), líder carismático de aquellos años y de un grupo musical del que ella también formó parte. En la barra del bar se encuentra con Pau (Julio Rojas). Ella toma un sol y sombra, él pide una tila. Pau es joven. Lleva muchos años viviendo con el «el Negro». Es su pareja y quien le ha cuidado todos estos años de descenso. Al velatorio acuden el resto de los miembros del grupo, con su pasado a cuestas y la opción de presente que han elegido. Roberta (Miquel Insua) se ha cambiado de sexo para ser la mujer que sentía, pero aún le quedan heridas abiertas, muchos remordimientos. Fabio (Juan Calot) se subió al carro de los nuevos tiempos y parece un triunfador, pero la vida no siempre es lo que parece sino lo que se calla y la verdad es que arrastra con cierta dignidad sus fracasos personales y profesionales. Éstos, con el apoyo de Julian Ortega que va interpretando otros personajes menores, son los mimbres con los que María Velasco construye esta excelente reflexión sobre los ochenta y establece el diálogo entre dos generaciones que permite comparar los sueños de quienes tuvieron veinte años entonces y los que los tienen ahora.

Desarrollar una obra sobre los ochenta hace obvio incluir música de la época. «El Negro», entre otros temas, interpreta Obediencia y nada más de Gabinete Caligari, ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este? de Burning, Groenlandia de Los Zombies, Adictos a la lujuria de Parálisis Permanente o Lola de Cicatriz. Olga se luce con No, rien de rien de Edith Piaf. Así, La ceremonia de la confusión, en realidad se convierte en un pseudomusical donde la música es una especie de marcador fluorescente de lo que pasó. Son versiones que mantienen la misma letra -salvo una excepción- pero que contienen una cierta interpretación, un tono, que nos hace mirar hacia atrás con una especie de poso que se ha ido acumulando por el tiempo y por tanto con una sensación diferente. El tema de Burning se transforma brillantemente, y sin variar una palabra, en una conversación, un primer coqueteo entre dos hombres. Groenlandia encierra la curiosa emoción de toda una generación despidiéndose. Son canciones trilladas, pero que aquí logran despertar unos sentimientos contradictorios. No saben a nuevas, pero sí a otra cosa diferente difícil de explicar, como a contar una cierta parte de nosotros que ha cambiado con las letras de esas canciones.

En la obra, el fantasma de «la movida», circula por el escenario, como una presencia de la que ninguno de los demás personajes puede desprenderse. Sin embargo, el mensaje que nos lanza la autora es que necesitamos enterrar esa época para poder pasar a encarar un nuevo futuro cultural, algo que es obligación de la juventud de ahora. Así, La ceremonia de la confusión presenta la estructura de un proceso de duelo que nos reconcilia con ese pasado y que derrota un limbo enfermizo que no nos permitía progresar. En realidad, el tanatorio en el que sus amigos velan el cuerpo del líder en sus última horas es un purgatorio en el que los ochenta rinden cuentas. «El Negro», como los ochenta, tampoco tuvo el final épico que le hubiera gustado. Un día se acabó, dejo de respirar, sin la menor poesía.

Pero el principal discurso viene de la distancia generacional de Pau que sirve para plantear el conflicto. Parte de que «esto es lo que hay, lo que nos habéis dejado» para desde hay enfocar la necesidad de volver a tomar las calles, de dar un vuelco a esta cultura mitificada que se ha anquilosado y que nos ha dejado dormidos en el salón frente a la televisión. Pau, por edad, no participó en los ochenta, y sin embargo toda su vida se ha visto obligado a soportar lo que aquellos años dejaron atrás. Ha cuidado de su pareja y todo lo que simbolizaba, pero «en la vida real, los malditos son inaguantables», lo absorben todo, como si no hubiera otra alternativa, y no dejan un espacio propio. Pau siente que le han negado otra posibilidad de cultura diferente a la que estableció «la movida madrileña», como si nada hubiera vuelto a brillar desde entonces, como si todo se quedase pequeño a su lado. La voz de Pau representa a nuestra juventud, esos veinteañeros que cada vez que inician algo creativo se encuentran como barrera con la comparación respecto a aquél fenómeno social. Los ochenta construyeron todo el entramado cultural y dieron la medida. Están cansados y se preguntan hasta cuándo este país va a seguir viviendo aprisionado por lo que hicieron entonces. Han pasado treinta años y su vigencia sigue pesando sobre nuestros jóvenes.

Pau no es el único con dudas, los miembros del grupo miran hacia los ochenta de diferente forma y en cada uno de ellos se nota una cierta nostalgia de aquella revolución que propusieron y tras la que luego ya no vino nada más que volviera a sonar interesante. A todos les dejó huellas profundas, angustias, claroscuros y una vida marcada. Es a través de esas miradas, de sus nostalgias, cuando la autora va construyendo un discurso revulsivo que nos sirve para indagar sobre la trayectoria que recorrimos con aquellos mitos y nos permite a la vez reflexionar sobre el presente.

Los ochenta fueron frenesí en estado puro, el despertar a la libertad después de cuarenta años de una cruel y asesina dictadura. La sociedad cambió y aprovechó los primeros instantes de confusión tras la muerte en la cama de Franco. Esos pequeños aires aperturistas que se colaban sirvieron para que la juventud se lanzara a la calle a vivir la noche, a explorar, a probar y a experimentar; porque de pronto las prohibiciones habían desaparecido y todo valía. Así se fueron educando culturalmente y emocionalmente en un mundo por construir aquellos jóvenes que consiguieron sentirse piezas importantes de lo que estaba ocurriendo. Ellos cambiaron España.

Julio Rojas y Richard Collins-Moore en una escena de la obra La ceremonia de la confusión
Julio Rojas y Richard Collins-Moore en una escena de la obra La ceremonia de la confusión
La autora no vivió «la movida» en primera persona, pero dice que todos hemos convivido con esa generación, con sus errores y sus aciertos. Eso no la desacredita para escribir sobre aquella época, la Historia se escribe de esta misma forma, mirando hacia un pasado y analizando cada uno de sus elementos. Se queja de que en este país no tuvimos modernidad, pasamos del franquismo a la post-modernidad. Confiesa que su intención es establecer un sano diálogo intergeneracional que nos lleve a algún sitio. Para ello ha primado la dialéctica de los personajes por encima incluso de su consistencia. Esa confrontación, en cierta forma, nos permite a la vez valorar y cuestionar el fenómeno de «la movida» y sus consecuencias. El director, Jesús Cracio, sí participó de aquellos años. Explica que en realidad fue un movimiento que ya existía en las casas y que salió a las calles cuando murió Franco. Sirvió para dar colorido a ese pueblo triste y aburrido que éramos entonces. Generó vida y libertad y se convirtió en una explosión maravillosa en la que de pronto todos nos convertimos en artistas. Las noches eran de fiestas y copas, pero también de trabajo. Cosas que entonces se consideraban de lo más normales, ahora se han vuelto pecado. Parece que vamos hacia atrás.

Respecto al proyecto «escritos en la escena» con el que se ha terminado de construir La ceremonia de la confusión, la autora, el director, los actores y la actriz coinciden en destacar el periodo de improvisaciones, lo que les han permitido construir los personajes y asentarlos en su situación más que sacar frases. Toda interpretación es un proceso de crisis y de grandes hallazgos. Explica María Velasco que en toda escritura dramática, cuando conoces el casting, se producen reajustes. La cercanía que establece este proyecto ha facilitado esa reescritura. Sin embargo aclara que no se trata de una escritura colectiva, que dar forma al texto es obligación de la autora. Ésta debe mantener la visión externa y encargarse de organizar lo que quiere decir con la obra. El comportamiento de los personajes, su discurso, es siempre una elección de quien escribe. Confiesa que antes de empezar ese era su mayor miedo, que el proceso llevase al equívoco de pensar en convertir su borrador en una escritura entre todos.

A mí me gusta La ceremonia de la confusión porque es una obra fresca y sin embargo cargada de literatura y de personajes a la vez eruditos y borrachos que vivieron la vida de un trago, con libertad y sin medida. Personajes que son de una generación enfrentada a sus contradicciones. El tiempo cambió y sin embargo, en cierta manera, ellos se quedaron parados, colapsados por una época, la de los ochenta, que les absorbió. Tienen que volver a caminar, salir de aquel estado, ponerse en marcha, pero la inercia que se lo impide es fuerte pues carga con el peso de muchos iconos, de demasiadas noches imborrables que no se van a repetir. El movimiento está descrito como una ley física y se explica como el cambio de posición que experimentan los cuerpos en el espacio, con respecto a un tiempo y un punto de referencia. Para moverse hay que recorrer una distancia, por pequeña que sea, y para ello hace falta un impulso, una acción. En realidad, se precisan las mismas ganas y necesidades que impulsaron los tiempos de «la movida». Es nuestra juventud la que tiene que liberarse, soltar lastre, huir de las comparaciones, moverse de nuevo y crear la nueva contracultura que este momento necesita. Son ellos los que deben marcar los nuevos tiempos que vendrán y nadie les podrá parar.

sábado, 9 de marzo de 2013

La Manifestación del «Todo es verdad»

Manifestación es el nuevo espectáculo de Albert Pla


Sábado 9 de marzo de 2013. Teatro Fernando de Rojas Círculo de Bellas Artes. Madrid

Cartel del monólogo musical de Albert Pla Manifestación
Cartel del monólogo musical de Albert Pla Manifestación
¿Por qué? Porque no verás otra cosa igual.
Catalogar a Albert Pla es una tarea imposible. Él no es alguien que se deje poner etiquetas. Parece que le da igual casi todo. Va a lo suyo y lo demás no le importa. ¿O sí? No sabría responder. En el escenario se muestra hierático, como si hubiera perdido los sentimientos, igual que un extraterrestre recién aterrizado en nuestro planeta e incapaz de entender lo que hacemos los seres humanos. Pero los medios siempre se empeñan en etiquetarlo todo. Me imagino la conversación entre el jefe de sección y el redactor: «Oye, ¿dónde ponemos la reseña del espectáculo Manifestación?». «Ponlo en cultura y no especifiques. Es Albert Pla». «¿Bueno, pero en conciertos o en teatro?». «Donde quieras entonces. En realidad se trata de un monólogo musical». «De eso no tenemos nada, vamos que ésta inaugura la sección y en veinte años no nos llega otra, así que cuéntame algo más a ver si así doy con el mejor sitio donde pueda encajarlo». Entonces el redactor irá describiendo lo que vio, que será algo parecido a lo que me encontré yo.

Llegas, te sientas y ves un escenario sucio, revuelto, desordenado, con los restos que han quedado en la calle tras una manifestación: latas, pancartas, hojas, neumáticos, cubos… En el medio, de un cable cuelga una sábana blanca a medio recoger. Delimitando el escenario se puede ver una cinta amarilla y negra, de ésas que se usan para precintar el lugar de un crimen. También una guitarra abandonada. Cuando es la hora, un humo sin olor va llenado el lugar. Entonces aparece un hombre vestido con una túnica que lleva una máscara antigás. Recorre el escenario y despliega el resto de la sábana en la que se lee en letras rojas «Tú vida es una puta mierda y lo sabes». Toda una declaración de principios. Va revisando los restos con una voz apocalíptica.

Cuando se quita la máscara se convierte en un hombre al que un día le llamó una chica para ir juntos a una manifestación. No es que él estuviera de acuerdo con el lema de la manifestación, ni que no lo estuviera tampoco. Ni siquiera había pensado en ello. Pero el amor, que es ciego, le guía. Así que responde con un sí y quedan en verse allí. Dice que se viste usando una camiseta roja con consigna y se lanza a la calle a manifestarse por el «Todo es verdad», pero se equivoca de manifestación. ¡Son todas tan parecidas! Escapa y se cruza con otra, y con otra, y con otra, y con otra… La ciudad es un hervidero de manifestantes. Quiere volver a casa y no puede. Es un hombre atrapado en una manifestación eterna, que ya no sabe ni por qué protesta, pero al que le resulta imposible escapar. En medio de este caos, reflexiona sobre su situación, cómo llegó a ella y qué soluciones puede tener.

¿Por qué me he detenido en contar los detalles? Porque son como fotografías que todos hemos visto en algún momento, pero que sin querer las tenemos abandonadas. En realidad es que no importa conocer de antemano la historia, la sorpresa consiste en vivirlo en directo, en experimentarlo. Narrada por un amigo no es igual que ver interpretarla a Albert Pla ya que el espectáculo es él mismo, su forma de mirar la vida y lo que nos rodea desde ese punto de vista peculiar, distante y marciano. La mirada es limpia y en cierta manera de inocencia personificada. El artista simplemente se pregunta por qué repetimos las cosas que hacemos cuando hemos visto que ya no funcionan. Quizá ese interrogante lanzado al aire sea la esencia de Manifestación, lo que hay debajo del artificio y sujeta el espectáculo. Visible ante nuestros ojos durante toda la función se mantiene el lema «Tú vida es una puta mierda y lo sabes» como un recordatorio al espectador. Puede producir una conmoción al principio, pero te vas conformando. En cierta manera el aviso nos está obligando a reconocer que hace tiempo que asumimos la derrota. Ya estamos comprados. No tenemos remedio. Y sin embargo Pla se revuelve para hacer una llamada a la acción, a la rebeldía, a que cada uno dé sentido a su vida por sí mismo, para que al menos podamos sentirnos alguna noche satisfechos de nosotros.

Albert Pla va pasando por cada manifestación con distancia, sin demasiado apego a ninguna, carente de ilusión, como si transitara por un concepto vacío. Nos enseña que la repetición de pautas se convierte en un sinsentido y que lo pacífico se asienta sobre un cierto aire pusilánime. Está claro que las protestas pacíficas no cumplen su objetivo. Ésa es la crítica que nos lanza. ¿Qué hacemos entonces? No responde porque cada cual debe hacer examen de conciencia y encontrar su solución. Cada uno debe resolver su propio deseo de cambiar su mundo, de solventar sus problemas personales. Pla solo nos avisa para que dejemos de ser conformistas. Lo hace a través de un humor que es a la vez provocador y abstracto.

El protagonista de Manifestación es un hombre con buenas intenciones, pacífico. Pero a veces tiene malos pensamientos. A través de ellos aparece la única llamada a la acción que se hace al público. Es una insinuación de que quizá no sea tan malo dejar desbordar esas ideas alocadas que nos asaltan. Al menos deberíamos protestar de otra forma y dejar de ser tan cándidos si queremos que nuestra vida deje de ser una puta mierda. Pla es irreverente porque es un creador libre que busca que sus espectáculos nos agiten, aunque no pretenda que sus propias reflexiones se conviertan en bandera de nada.

Albert Pla en una escena de Manifestación (Por cortesía de Albert Pla)
Albert Pla en una escena de Manifestación (Por cortesía de Albert Pla)
Hay también ironía, o al menos una cierta sorna. Así lo hace cuando habla de nuestra indignación, pero en las redes sociales que están que arden: un millón de personas apalancadas en su casa tecleando en el móvil «estoy indignado» y dando negocio con su indignación a las «telefónicas». Así está el patio y así lo cuenta. Tampoco perdona a los periodistas y a sus frases manidas, a los policías, a los banqueros y a tantos otros que han hecho del sistema «su sistema», eso sí, con nuestro consentimiento.

Manifestación tiene mucho más texto que música. Dice el propio autor que «hay alguna cancioncilla, pero muy poquitas y medio rotas». Entre lo que canta está Todo es mentira, No quiero hablar de mi pero yo, Teófilo Garrido, No te hagas policía o A veces tengo malos pensamientos. El bis, tras los aplausos, es musical, el tema Adiós terrícolas, una despedida sarcástica de quien deja por propia voluntad esta planeta sin solución.

La primera parte está llena de risas y resulta corrosiva, pero el final, desde que se viste con pantalón y chaqueta, va decayendo, como si no terminara de encajar del todo en el espectáculo. Ese es quizá el punto débil a limar, lo que hace que no sea un espectáculo totalmente redondo.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Teatro de resistencia

Ha llegado a Madrid el neocabaret de La barraca del zurdo


Viernes 14 de diciembre de 2012. Sala Cuarta Pared. Madrid

Cartel de la obra de teatro La barraca del zurdo
Cartel de la obra de teatro La barraca del zurdo
¿Por qué? Un musical con ideología y emoción.
La compañía granadina Laví e Bel se ha empeñado en dotar al cabaret de una nueva identidad, modernizándolo, renovando el lenguaje artístico y creando un «neocabaret» propio. Llevan para ello veinte años subiéndose a los escenarios con esa revolución siempre a cuestas. Su última producción, La barraca del zurdo, demuestra que se puede hacer un excelente teatro musical que también contenga una carga ideológica profunda. El espectáculo ha conseguido un Premio Max 2012 a la Mejor Dirección Musical que se llevó su músico Alejandro Cruz Benavides.

La barraca del zurdo está hecha sobre números musicales, de variedades, de clown moderno, con coreografías… En ella treinta y siete personajes desfilan por el escenario para contarnos un siglo XX convulso en el que ganó más veces la barbarie que la razón. Nos habla del poso que deja en el corazón el dolor de ese tiempo, el totalitarismo que expulsa lo diferente, los anhelos aplazados, la asunción de aquello que resulta imposible de realizar, el compromiso con el género humano derrotado pero inquebrantable y también nos ofrece un pequeño ramillete de breves instantes plenos de felicidad individual. Para todo esto les basta con dos actores, dos actrices, un músico en directo y dos técnicos para la iluminación y el sonido.

Lo hacen arriesgado en las formas, con los actores intercambiándose los personajes, cruzando los diálogos, mezclando generaciones y con un lenguaje propio construido que sin embargo resulta natural. Ese riesgo que asumen funciona, principalmente por dos motivos. El primero es el trabajo intenso y constante que logra en todo el equipo una técnica perfecta. El segundo de los secretos está en establecer un vínculo emocionalmente intenso con el público, algo que consiguen cuidando un texto y una historia que mantiene la misma tensión desde el principio hasta el final.

La barraca del zurdo es una historia de amor, la de Aurora y «El zurdo», y la de una familia consagrada al mundo del espectáculo y comprometida con una forma de pensar. Participaron en las Misiones Pedagógicas porque la cultura pertenece y debe llegar al pueblo; actuaron en el frente para dar moral, apoyo y una sonrisa a los soldados republicanos; se exiliaron en América porque aquí nos quedamos sin futuro; volvieron a Europa sin poder pisar España; y regresaron al fin para culminar el siglo y la vida. Este espectáculo transmite un sentido homenaje a todos aquellos artistas de variedades con conciencia que mantuvieron su compromiso político cada día de su vida a través del trabajo y el desarrollo de su oficio. Dieron la cara y resistieron sin darse nunca por vencidos. Pero a su vez, la función también sirve como punto de reflexión sobre nuestro presente. Intenciones no le faltan.

Cuenta Emilio Goyanes, autor y director, que, entre otras muchas opciones, quizás escribió La barraca del zurdo por «la necesidad de decir, de gritar con una paz espasmódica que éste es nuestro oficio, que nadie nos va a desalojar de él, que vivimos en la resistencia, una resistencia alegre, jodida e inamovible, justo en este momento que la apisonadora de esta crisis fabricada a la medida del sistema nos pasa por encima».

«El zurdo» es anarquista y su ideología le acompaña en todo lo que emprende, pues el ser humano no puede dejar atrás su conciencia. Todo en la vida es política, cada detalle, por pequeño que sea, nos concierne y no sirve cruzarse de brazos y esperar que sean otros los que decidan y diseñen por nosotros el futuro. Siempre hay que pelear. Y la bandera republicana que aparece en una de las escenas nos lo recuerda al simbolizar esa democracia que nos quitaron por la fuerza entonces y que ahora, inertes, nos estamos dejando arrebatar de nuevo. Pero sin duda, lo que más me impresiona de la obra es el excelente tratamiento de la Memoria Histórica, con un sentido emotivo y revolucionario, que nos obliga a emprender un camino a través del exilio, un viaje que arranca y que quizá no encuentre nunca su final, en esa búsqueda de asentar la vida con las raíces perdidas, o robadas en este caso, en otro lugar que siempre será de paso.

Antonio Ramos Leiva, Larisa Ramos, Nerea Cordero y Piñaki Gómez en una escena de la obra de teatro La barraca del zurdo
Antonio Ramos Leiva, Larisa Ramos, Nerea Cordero y Piñaki Gómez en una escena de la obra de teatro La barraca del zurdo
Una historia coherente que hace que los números no sean estampas, sino que formen parte del todo que es la La barraca del zurdo. Me gusta esa estética de cabaret moderno, de luces y negros, de ropas oscuras que mezclan dos tiempos con sus pequeños detalles, de mirada nostálgica y de riesgos, que cuida la plasticidad. Me gustan los momentos cómicos, los números variados que rompen el tono y que nos dicen que en una misma vida caben muchas cosas. Me gustan los números musicales, los distintos estilos de cada uno de ellos, las voces hermosas, sus coreografías y la emoción que transmiten.

Increíble el trabajo de los cuatro intérpretes, Piñaki Gómez, Larisa Ramos, Nerea Cordero y Antonio Ramos Leiva, tanto por su versatilidad como por la capacidad de desdoblamiento que tienen durante cada instante de la función; pero sobre todo por la manera tan preciosa que tienen de transmitir todo el sentimiento que la obra atesora y que ellos y ellas regalan al público tan generosamente.

La barraca del zurdo es un obra estupenda, de las que difícilmente se olvidan, y que tiene un trabajo soberbio detrás. Además de encontrar un nuevo lenguaje la compañía Laví e Bel ha sabido dar con el espíritu de la Memoria y acercarlo al público. Una lástima que solo se hayan programado seis funciones en la Sala Cuarta Pared.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Follies, la despedida de Mario Gas

El musical de Stephen Sondheim reúne, entre otros, a Carlos Hipólito, Vicky Peña, Asunción Balaguer, Massiel y Mario Gas


Miércoles 21 de marzo de 2012. Teatro Español. Madrid

Cartel de la obra de teatro Follies
Cartel del musical Follies
Todo en Follies sabe a despedida. Mario Gas dejará la dirección del Teatro Español el 30 de julio, después de haber pactado con el nuevo equipo de gobierno de Ana Botella, dice que de una forma civilizada, su salida para esa fecha. Dejará atrás ocho años maravillosos, donde, con su esmerada programación, ha sabido levantar al madrileño Teatro Español, un teatro que Gas recogió caído en «la caspa» bochornosa de unas comedietas tan vacías como simples. Él supo cambiar el rumbo, elegir lo novedoso y combinar todos los gustos, le añadió conciertos a la programación, mucho coraje y compromiso. Nunca se olvidó del público. Tampoco dejó de lado su estilo personal con el que impregnó su programación. El resultado es que acertó de pleno. Así que bien se merecía elegir cómo irse.

Eligió a Stephen Sondheim y su obra Follies, una obra que nunca se había producido en nuestro país con una compañía de aquí. Mario Gas es un enamorado de los musicales del neoyorquino, pues con éste suman ya cuatro los que ha dirigido en su carrera. Pero, en este caso, también ha querido participar desde la interpretación; se ha reservado el papel del promotor Dimitri Weissmann para divertirse sobre el escenario interpretando y haciendo coros en algunos de los temas musicales. Pasearse ante el público con el smoking, una copa de cava entre las manos, el porte majestuoso, el aire interesante de hombre de mundo, diciendo más de una sentencia para el recuerdo, la barba recortada y la coleta aún por cortar.

La historia de Follies se desarrolla en una reunión de despedida antes de que un legendario teatro sea derruido para dar paso a la construcción del progreso simbolizada en un parking. Esa noche, sobre el escenario, se reúnen los artistas que dieron esplendor a aquel teatro de variedades. En realidad, la obra no pasa de ser un libreto aburrido, que cuenta un instante irrelevante desde el que mirar hacia atrás y preguntarse por si mereció la pena la trayectoria vivida. Una historia fútil que lo único que consigue es hacer sentirse al espectador como un invitado de segunda en una fiesta de etiqueta, ese que está apartado en una esquina con una copa de vino en ristre, vestido con la ropa menos apropiada, gastando el tiempo muy despacio mientras va mirando a los demás -a los que en realidad no conoce- y sin participar en las conversaciones que le pillan todas entre lejanas y muy poco interesantes. Supongo que Mario Gas quería irse con elegancia y que además le apetecía dejar caer que él es un hombre que sabe cuando terminan las cosas, así que eligió la obra que le permitiera decir esa frase sobre el escenario sin desentonar.

Una escena del musical Follies
Una escena del musical Follies
Mario Gas eligió la vistosidad con un gran despliegue de medios. Llenó el escenario de bailarinas. Gastó en vestuario. Recuperó figuras míticas de los escenarios (Asunción Balaguer, Mamen García y Lorenzo Valverde), la canción ligera (Massiel), los musicales (Muntsa Rius, Pep Molina, Teresa Vallicrosa, Mónica López y Ángel Ruiz), la ópera (Linda Mirabal, Nelson Toledo y Josep Ruiz), el baile (Lluís Mendez) y la intepretación (Vicky Peña y Carlos Hipólito). Pintó unos tiempos pasados esplendorosos que han dejado de serlo y que amenazan con no volver nunca más. Jugó con las luces, el polvo y la memoria para dejar el teatro lleno de fantasmas e ilusiones que nunca fueron tan mágicas como cuando se soñaron. Para ello tira de la memoria, pero no de la nuestra, sino de esa que siempre vamos copiando en el mundo del entretenimiento: la de los estadounidenses.

Follies no es otra cosa que una revista cargada de números que no trabajan para la historia, sino para el puro entretenimiento. Los hay muy lucidos por su coreografía y por la gran cantidad de artistas que participan en ellos, como el tema de los espejos; cómicos, como el blues de Buddy; cargados de emotividad y ternura, como el que interpreta Asunción Balaguer; y de mucha fuerza como ocurre con el tema de Massiel. Pero poco más se puede decir de la obra. Tal vez que la de sus personajes es la historia de cuatro personas un tanto rotas y perdidas, que miran con una nostalgia amarga hacia atrás para ver cómo fueron, cómo pensaban que iban a ser y encontrar que el espejo les devuelve lo que que han sido y todo lo que han ido perdiendo por el camino.

Se puede hablar de la elección de Carlos Hipólito y Vicky Peña, dos grandes interpretes, y decir que es una de las decisiones de Gas sobre la que se puede leer entre líneas. Supone una apuesta por lo dramático dentro del musical que también debe incorporar un trabajo actoral de nivel alto. Vicky Peña ya había trabajado en musicales, pero para Carlos Hipólito el reto ha sido aún mayor. En lo musical no desentonan ninguno de los dos, sin duda es un aspecto que han trabajado muchísimas horas.

Queda entonces recurrir a las intenciones, a lo no dicho pero latente. La primera es que ese teatro que va a ser derruido tal vez simbolice el que se nos viene encima los próximos años, que será decadente y vacío, alejado del público y sin el menor contenido político, como tal vez sea el que empiece a pasar sobre las tablas del Teatro Español cuando Mario Gas se vaya. O quizá el director recuerde mediante esta obra el polvo rancio que pisó al llegar aquí, se obligue a hacer un repaso a sus sueños y un planteamiento personal de si de verdad los alcanzó y si realmente era esto lo que quería haber hecho.

La salida de Mario Gas del Español es una lástima y un motivo para llenar de incertidumbres la escena madrileña que controla el ayuntamiento. ¿Querrán copiar el modelo de Esperanza Aguirre con el Teatro del Canal o se seguirá la línea que ha llevado estos ocho años? ¿Como público, tendremos interés por lo que se represente en sus escenarios a partir de ahora o lentamente empezaremos a dejar de venir?

Son muchas dudas las que me quedan tras el espectáculo de esta noche, aunque de Follies no haya sacado demasiado provecho, pues es una historia aburrida, atrapada en un sabor amargo que se queda en la boca como un reflejo de un resto pero que no llega a bajar al estómago.

A modo de pequeño anecdotario: Dicen que Stephen Sondheim es un autor de referencia y un renovador del género musical. Inició su carrera como letrista para Leonard Bernstein en West Side Story, mítico musical que se estrenó el 26 de septiembre en 1957. Desde entonces hasta ahora ha ganado siete Premios Tony, un Oscar y un Premio Pullitzer.

La versión de Mario Gas supone la primera producción española de Follies, pero es ya el cuarto musical que el director realiza de Sondheim en su carrera, después de Golfus de Roma, Sweeney Todd y A Little Night Music.

El elenco también tiene bastante experiencia en obras de Sondheim: Vicky Peña (Golfus de Roma, Sweeney Todd y A Little Night Music), Muntsa Rius (Sweeney Todd, A Little Night Music y Company), Pep Molina (Golfus de Roma y Sweeney Todd), Teresa Vallicros (Sweeney Todd), Mónica López (A Little Night Music, Company y Golfus de Roma), Lorenzo Valverde (Golfus de Roma), Joana Estebanell Milian (Sweeney Todd), Antonio Villa (Sweeney Todd) y María Cirici (A Little Night Music). Finalmente, también dentro del elenco, Marisa Gerardi ha participado Sondheim-Déus del teatre somrieu, una pieza inspirada en Sondheim y Diego Rodríguez dirigió el concierto Broadway baby: ocho décadas de Stephen Sondheim.

domingo, 26 de febrero de 2012

La maleta de los nervios, la descarnada realidad de las amas de casa

La compañía Chirigóticas presenta su segundo montaje, un nuevo carnaval sobre los escenarios


Domingo 26 de febrero de 2011. Teatro Alfil. Madrid

Cartel de la obra de teatro La maleta de los nervios
Cartel de la obra de teatro La maleta de los nervios
Las chicas de Chirigóticas se han quedado este año sin su carnaval de Cádiz, centradas en su segundo montaje teatral La maleta de los nervios que se ha despedido del teatro Alfil de Madrid. Lo sienten, pero están trabajando mucho, asentándose en los escenarios con una pieza curiosa y muy divertida, de las que se cuentan entre carcajadas.

Soy un hombre frío del norte, de carácter taciturno, un tanto desapegado, de leve sonrisa más que de risas y al que le cuesta apreciar la «gracia y el salero andaluces». Pero viendo La maleta de los nervios, en algunos momentos, se me olvidó todo esto. No es que me haya reído siempre, ni tanto como muchas otras personas que estaban en la sala, es que me ha gustado lo que he visto, sobre todo esa capacidad de diseccionar una parte de nuestra sociedad y hacerlo sin perder el pulso incluso cuando se lo tomaban con humor. Habla de situaciones muy duras (soledad, miseria, depresión, drogas, enfermedades, inmigración, abusos…) y lo hace de una forma directa y sin menospreciar ni edulcorar las circunstancias. Y el lenguaje con el que nos lo cuenta es fuerte, pero entra con facilidad, camuflado con coplillas y letras divertidas e irónicas, a la manera de las chirigotas de Cádiz. Son las penas y los quehaceres de tres amas de casa, una especie numerosa pero que sin embargo pasa desapercibida como si fueran un sobrante de nuestra sociedad.

Cuando arranca la obra, lo primero que pienso es «Una obra divertida sobre las relaciones entre tres vecinas. Una de esas que juega con el doble sentido, que está llena de envidias, ingenio y mucha malicia. Una historia de egoísmo con humor y saña. Un puro entretenimiento». Pero pronto descubro que lo divertido no esconde la miseria, que las vecinas se ayudan más que se estorban y que lo hacen con mucha ternura por encima de rivalidades, que todas tiemblan asustadas de sus propias vidas intentando salir hacia delante. Son mujeres fuertes, amas de casa capaces de echarse a la espalda lo que sea y sin embargo La maleta de los nervios nos muestra la parte de atrás, esa que se esconde siempre, la que se queda dentro de la casa cuando marido e hijos se han ido al tajo y a la escuela.

Ana López Segovia, Alejandra López y Teresa Quintero en una escena de la obra La maleta de los nervios
Ana López Segovia, Alejandra López y Teresa Quintero en una escena de la obra La maleta de los nervios
Cuando esa puerta se cierra es la soledad quien las atenaza. Su vida pasa por delante para repetirse una y otra vez, llena de rutinas, de manías y de contrariedades que hoy tampoco se van a resolver. Parece que ellas no hacen nada y lo pensamos por el hecho de que no reciben una remuneración económica por su trabajo. Y sin embargo son ellas las que soportan todo el peso de los problemas del hogar, esos que siempre nos parecen demasiado sencillos y terminan convertidos en lo más importante porque son el pegamento de la vida. Son amas de casa que cargan con las culpas de la familia de una forma estoica y silenciosa, sin un reproche, sin la menor recompensa. El de ellas es un oficio sin horarios, sin bajas laborales y sin el menor de los derechos sociales. Ni siquiera sueñan con una pensión de jubilación, ni con una jubilación tampoco, pues hasta sus vacaciones se las han pasado toda la vida trabajando. No forman parte de la cadena productiva y por tanto están excluidas, al margen.

Las tres amas de casa de La maleta de los nervios son mujeres abnegadas, pero también insatisfechas, incomprendidas, cansadas de soportar el peso de la familia, de vivir en segundo plano los sinsabores de la vida mientras se sacrifican por los demás. Las tres están pagando el peaje en sus carnes, viendo venirse abajo su ánimo y hundiéndose más cada día en lo psicológico. Así están ellas antes de pasar por el filtro surrealista de las Chirigóticas, ese que les añade humor, cercanía y una pizca de ternura. Un filtro que también les pone la música, al estilo de Cádiz, con sarcasmo, retranca e ironía, con esas coplillas que le sacan punta a la descarnada realidad, sin afearla, ni embellecerla, pero con gracia, socarronería y mucho desparpajo. Con ese aire de carnaval sobre el escenario, que se mantiene también cuando los personajes hablan, vamos asistiendo a esas vidas de sufrimiento y lo hacemos entre carcajada y carcajada.

Divertida resulta Marisa (Ana López) el ama de casa perfecta, la que tiene la casa siempre limpia porque no ensucia y porque le dedica todas sus horas, la que su marido es un santo que no protesta por nada porque ni sangre tiene, la que compra más barato porque se lo sabe todo. Y trágico es el camino que emprende hacia la depresión al no encontrar sustancia a su vida. Dura es la vida de Macarena (Teresa Quintero), con un marido en paro que ahora se dedica al suministro de droga, con una hija con cierto retraso mental y otro traficante más que se ha venido a vivir a su casa. Nerviosa es la vida que le ha tocado vivir a Milagri (Alejandra López), una que nunca eligió pero en la que se ha tenido que embarcar con una hija que le estorba.

Así son las Chirigóticas, una compañía de raíces gaditanas, del barrio de la Viña, con tres actrices maravillosas que tienen gracia y buenas voces, pero sobre todo mucho humor. Ana López se encarga de las letras y el dramaturgo Antonio Álamo de los textos y de dirigirlas sobre el escenario. El resultado es estupendo pues los personajes construidos resultan sólidos, reales y cotidianos, cargados de una fuerza misteriosa, de la dureza de las mujeres que llevan peleando toda la vida por la felicidad de los que tienen cerca. Y eso, claro, llega al público que aplaude con ganas.

Para mí, hay dos números excepcionales. El primero es cuando el personaje de Teresa Quintero le pide a la ex-ministra de Igualdad Bibiana Aído una paga extra más, a ver si ella pueda hacer algo, que con las que ya tiene no le alcanza para casi nada. El segundo deja un sabor de boca amargo, fruto del encuentro entre el personaje de Ana López y la rumana Klaudyna (Teresa Quintero) que está lleno de humanidad, de profundidad y de una ternura intensa, la que nos acerca a unas personas con otras, la que nos dice que no hay diferencias, que nosotros también fuimos inmigrantes en otros países y que sus derechos y los nuestros son los mismos. Emociona el diálogo, la fuerza de la interpretación de ambas actrices. Solo por ese instante ya merece la pena haber visto la función.

Pero sin duda la obra tiene muchos más secretos para colarse en el corazón del espectador. El fundamental, su mayor gracia, consiste en reírse de uno mismo, aunque para ello haya que mirar muy dentro, sin ningún pudor. Esa honestidad descarnada es su mayor virtud, ese deseo de no esconder los trapos sucios, ni de engañar llamando las cosas por otros nombres. La maleta de los nervios es directa, no rehuye lo verdadero ni cuando usa elementos cómicos que simplemente lo distorsiona para despegarlo del suelo. Tiene mérito hacernos mirar con profundidad allí donde no queríamos poner la vista.

A modo de pequeño anecdotario: Antonio Álamo, escritor, dramaturgo y director teatral, es un hombre vinculado al teatro andaluz y con muchos premios a sus espaldas: en 1991 el Premio Marqués de Bradomín por La oreja izquierda de Van Gogh, en 1993 el Premio Tirso de Molina por Los borrachos -montaje que también obtuvo el Premio Ercilla al mejor montaje (1996) y finalista del Premio Nacional de Literatura (1994)-, en 1996 el Premio Born de Teatro por su obra Los enfermos, en 2000 el Premio Caja de España de Teatro Breve por Grande como una tumba y de nuevo, en 2005, el Premio Born de Teatro por su obra El Instructor. Recientemente ha estrenado Veinticinco años menos un día (The tea is ready). También ha dirigido el Teatro Lope de Vega de Sevilla desde el 2004 hasta mediados del 2011 y se ha forjado una amplia carrera literaria con varias novelas, libros de cuentos y otros tantos premios.

Ana López Segovia es la letrista y principal impulsora de La Chirigota de las Niñas, una chirigota «ilegal», de las que, por Carnavales, se apoderan anárquicamente de las calles de Cádiz y, al margen del Teatro Falla, no participan en el concurso oficial. Antonio Álamo la escuchó por primera vez en un bar de Cádiz, se quedó impresionado. Así que le propuso una aventura que se llamó Chirogóticas y en la que también entraron Alejandra López, Teresa Quintero y Pepa Rus. Aquel primer espectáculo se llamo como ellas: Chirogóticas y era el año 2006.

En este segundo montaje, La maleta de los nervios, ya no está en la compañía Pepa Rus, que ahora es más conocida por el personaje televisivo de la Macu en Aida.

miércoles, 20 de julio de 2011

Ti:me al tiempo, tomárselo con humor

La compañía Ron Lalá estrena su nuevo espectáculo bajo su fórmula que combina humor, música y teatro


Domingo 17 de julio de 2011. Teatro Alfil. Madrid

Cartel de la obra de teatro Time al tiempo
Cartel de la obra de teatro Ti:me al tiempo
Antes de ir a ver Ti:me al tiempo, la nueva función de Ron Lalá, estaba seguro de que el título tenía que ver con eso de «darle tiempo al tiempo» pero medio en inglés. Nunca pensé que el juego de palabras fuese otro y que sirviera para pedirnos sin disimulos «timar al tiempo» de la misma forma que él nos tima a nosotros. La sociedad nos hace sentir que nos falta tiempo para la cantidad de actividades que tenemos que hacer a diario. ¿Cuál es la solución: sacarlo de donde no lo hay o utilizarlo mejor, de una manera más racional que nos permita elegir aquello que nos pueda hacer más felices? ¿Dejarnos engañar o ser nosotros los tramposos? No hay respuestas, ¿o sí?

Ti:me al tiempo se articula entorno a diferentes formas de percibir el concepto del tiempo en cualquier de sus escalas, con excepción de la climatológica. Tiempos hay muchos: cotidiano, dimensional, por venir, secular, verbal, cósmico, ancestral, el que corre corrió o correrá... Sí, algo de filosofía hay en la obra, pero por debajo, como pretexto, asentándola. Luego viene una capa importante de humor crítico, un sentido inteligente con el que pisan el escenario los cinco actores de la compañía. Después, no ponerse límites a la hora de contar sus historias. Siguen fieles a un estilo propio, a sus receta de mezclar el humor con el teatro y la música. Sus obras resultan siempre originales, frescas, pues con cada una de ellas logran superarse de nuevo.

El frenesí de las historias, la forma de contarlas con ironía, de elaborarlas sobre un sólido texto y de montarlas con muchísima agilidad son el punto fuerte de la obra. Los chicos de Ron Lalá se divierten sobre el escenario, hacen lo que les gusta, y ese buen humor se transmite al público que no para de reír en la función. La parodia es su fuerte y en ella no dejan títere con cabeza. El espectador se ve representado en muchos de los personajes con los que comparte demasiadas características y es la carcajada que produce verse a sí mismo desde fuera, y un tanto caricaturizado, la catarsis deseada, la que permite salir de la función con una sensación agradable, de tiempo ganado.

Daniel Rovalher «Boli», Álvaro Tato, Miguel Magdalena «Perilla de la Villa», Íñigo Echevarría y Juan Cañas en una escena de la obra Time al tiempo
Daniel Rovalher «Boli», Álvaro Tato, Miguel Magdalena «Perilla de la Villa», Íñigo Echevarría y Juan Cañas en una escena de la obra Ti:me al tiempo
Con respecto al espectáculo, arranca con fuerza y mucho ritmo, al estilo de una «big band», con tambores guitarras y también con una fina capa de ironía en la letra. Es el tema de presentación, el momento de marcar las intenciones. Luego vienen varios números de una excelente reflexión irónica, que hablan de lo insaciable que es el ser humano con la necesidad -o deseo según se mire- infinita de tiempo, algo que sin duda convertiría a un banco que traficase con esa mercancía en un negocio muy rentable. ¿A quién no le preocupa el tiempo? Cambiamos horas por dinero en el mercado laboral y entramos así en un círculo que nos mantiene tiranizados. El trabajo exige las mejores de nuestras horas, por eso fija nuestros horarios productivos. Nos deja el resto, pero también nos «ayuda» a que no pensemos demasiado ni nos agobiemos dándole vueltas sobre en qué ocuparlo, pone a nuestro alcance demasiados objetos y aparatitos con los que gastarlo. Y la tortilla se da la vuelta, gastamos nuestro dinero, el que nos hemos ganado con nuestro trabajo, para comprar el tiempo que necesitamos y en ese ciclo lo que perdemos es nuestra salud. Convertidos en un ser humano siempre al borde del estrés, que es capaz de irse hasta la India para salvarse y descubrir allí el sinsentido en que su vida se ha transformado.

Un número imaginativo es la historia de la flor y la mariposa, que nos habla con dulzura de los tiempos efímeros, con nostalgia, desde una memoria del corto plazo, de un solo día, de lo eterno e intenso de un solo instante. Hay mucha intención de contarnos cuentos con un lenguaje diferente, con otro estética, así ocurre con otro de los números que en tres tiempos, a tres ritmos, nos cuenta el mismo cuento. Revisamos en él la influencia del presente, el pasado y el futuro, los puntos divergentes de vista que cada uno de ellos ofrece. Algo sobre lo que se volverá a incidir en otro de los números con base musical de hip-hop. Genial esa plataforma para la modernización de los musicales.

El tiempo, cuando queda poco, nos pide ser sintéticos. Tal vez así les haya surgido la idea para el sketch del condenado a muerte, a quien según se va acercando la hora le bastan menos palabras para hablarnos.

No todo van a ser ataques, también el tiempo se defiende, no quiere seguir siendo una excusa, y así surge un número estupendo, el que podíamos llamar el monólogo a varias voces de «no es mi problema». Con un lenguaje directo, entre el público y mirándole cara a cara.

Al final, tal vez la mejor de las parodias, la que profundiza en las raíces del flamenco para que podamos asistir a los primeros cantes de la humanidad, allá por el tiempo de las cavernas. Vemos su evolución a lo largo de la historia. Nuca falta el flamenco en los espectáculos de Ron Lalá, pues Miguel Magdalena «Perilla de la Villa», miembro de la compañía, es todo un estudioso de la relación que existe entre el flamenco y la armonía moderna, dos de sus mayores pasiones.

Los cinco actores se lucen en conjunto y con sus números, preparados a la medida de cada uno. Ninguno desentona y todos juntos logran que Ti:me al tiempo sea una obra redonda en la que se ríe desde el minuto cero al noventa.

A modo de pequeño anecdotario: Ron Lalá lleva bastante tiempo sobre los escenarios, pero tienen un pasado previo de café teatro donde dieron sus primeros pasos: en el 2002 montaron su espectáculo Si dentro de un limón metes un gorrión el limón vuela. De aquella época se mantiene la acidez de su humor y la idea del logotipo de la compañía. No es ésta la única curiosidad que me parece reseñable. Revisando la notas sobre los actores de Ron Lalá me encontré con que la mayoría de ellos, además de formarse en interpretación y música, habían pasado por la universidad. Juan Cañas es licenciado en Pedagogía, Íñigo Echevarría estudió Económicas, Miguel Magdalena «Perilla de la Villa» es licenciado en Filosofía y Álvaro Tato es licenciado en Filología Hispánica. Sólo Daniel Rovalher «Boli» lo tenía claro desde el principio y sus estudios siempre han estado relacionados con su profesión (Interpretación, Música, Teatro y Teatro de Calle).

lunes, 27 de junio de 2011

StradivariaS, tomarse la música con humor

Un espectáculo musical diferente que explora, combina y fusiona


Viernes 24 de junio de 2011. Teatro Alfil. Madrid

Cartel de la obra de teatro StradivariaS
Cartel de la obra de teatro StradivariaS
Triunfar haciendo música es difícil y más aún si la parcela elegida cae dentro del terreno de lo clásico. Formar parte de una gran orquesta sinfónica parece convertirse entonces en la meta que se ve al final de horizonte, el sueño único. También hay pequeñas formaciones tríos, cuartetos, quintetos... donde desarrollan su talento algunos de los más virtuosos y que con mucho tiempo y gran trabajo pueden llegar a lograr un cierto reconocimiento entre un pequeño y selecto público. Colaborar en grabaciones de otros artistas, por supuesto. Y si se puede, dar clases en un conservatorio. Un mundo reducido para quien ama la música, para quien decide explorar más allá de límites y convencionalismos.

StradivariaS tiene algo que ver con esto, pero supone sobre lo dicho una superación, una novedad, un espectáculo musical diferente, algo inesperado. Se trata de un cuarteto de cuerda formado por Irene Rouco (violonchelo), Lila Horovitz (contrabajo), Maite Olmedilla (viola) y Ana Hernández (violín). Todas ellas mujeres y divas capaces de hacer un recital con un repertorio que fusiona la música clásica con la popular. Ellas son cuatro maestras del «cóctel» que mezclan en escena, en la misma copa, lo más clásico con tango, soul, jazz, blues, pop y hasta copla. Pero lo más maravilloso, lo sorprendente, es que la música no la interpretan al uso, sentadas con sus instrumentos y concentradas en la partitura, sino que la combinan con la pantomima en una genial comedia musical. Las cuatro divas virtuosas que hacen música y que a la vez son actrices que conviven y luchan sobre un escenario, llenas de celos, de sensualidad, de deseo y de tan mala leche como buen humor.

Entretener es el secreto del éxito. Parece algo sencillo, pero detrás hay demasiadas horas dedicadas a que cada sketch funcione a la perfección. Interpretar con el gesto preciso otra historia paralela a lo que suena en sus instrumentos y fundir ambas haciendo que converjan, que dibujen una sonrisa dulce en la boca del espectador. Hacer divertida la música con la pequeña magia que supone el teatro con la que se envuelve. Lo musical podría ser una excusa, pero en el fondo es la materia principal con la que se ha construido el espectáculo, la que hace que todo sea maravilloso. Sin duda es el talento de las chicas de StradivariaS lo que hace al público sentirse a gusto y le dan el toque redondo a la representación.

Ana Hernández, Irene Rouco, Maite Olmedilla y Lila Horovitz en una escena de la obra StradivariaS
Ana Hernández, Irene Rouco, Maite Olmedilla y Lila Horovitz en una escena de la obra StradivariaS
Schubert, Beethoven y Mozart suenan milimétricos, pero dentro de ellos se cuela, entre sus silencios, otro tipo de arte. Lo mismo con Piazzolla y su tango. Una nota alargada, un orgasmo al ritmo de la música, el éxtasis alcanzado, las rencillas que explotan porque hay quien insinúa que el público la quiere más a ella que a las otras, envidias de artistas y un montón de imprevistos que nos cambian el contexto alterando cualquier orden establecido. Y fusión, mucha fusión en lo que tocan.

Comparten el escenario las cuatro en muchos de los números, cada una en su sitio, con sus diferencias para que el espectador sienta lo individual encauzado dentro de lo colectivo, el todo hecho de partes. Son buenos números, donde el empuje de cada una de ellas suma porque tienen especialidades distintas que todas ponen en común para que el número crezca. También funciona lo individual, y todas tienen su momento reservado donde brillan en solitario, digamos que haciendo su «solo». Así van añadiendo variedad y una espontaneidad que enriquece aún más la actuación.

Además de tocar, también cantan y soplan y silban para acompañar el repertorio, para sorprender con algo novedoso siempre. Se agradece esa inquietud que han tomado como camino. Tienen buenas voces como demuestra Maite Olmedilla interpretando Bésame mucho, voces casi negras que tiñen de soul algunos de los temas. Una hermosa sorpresa es la que ofrece Irene Rouco en la pieza que interpreta con las manos y su silbido. Igual que el trabajo de Lila Horovitz con El día que me quieras. La copla no se libra, con Campanera se luce Ana Hernández, en uno de los números más divertidos e ingeniosos.

Interpretan la música, e interpretan sus personajes dentro del cuarteto. Profundizan en lo gestual, lo descarado. Juegan con la sensualidad tanto como la torpeza. Son fieras en celo, competitivas y a punto de explotar. Mujeres con determinación, llenas de talento, cargadas de coraje y, sobre todo, con una capacidad infinita para contagiar su bendita locura al patio de butacas al que hacen partícipe y con el que incluso juegan en varias ocasiones. Tal vez el escenario se les queda pequeño. Las risas no cesan durante el recital que, a pesar de que el reloj diga otra cosa, se hace muy corto.

Pero tras los aplausos, cuando uno cree que lo ha visto todo, llega lo mejor: los bises se abren interpretando, con un contrabajo y ocho manos sobre él, un tema de Police, Every breath you take. Algo impresionante que demuestra dos cosas: compenetración y buen gusto. Es un broche precioso para cualquier noche.

De StradivariaS puedo decir que es un espectáculo diferente que me ha encantado.

A modo de pequeño anecdotario: StradivariaS participó en la EXPO SHANGAI 2010 celebrada en China. Allí, dentro del Pabellón España, se las pudo ver, desde el 11 de julio al 9 de agosto, realizando dos actuaciones diarias del espectáculo.

miércoles, 21 de julio de 2010

Bienvenidos al Cabaret del Price

Una gran variedad de artistas y números en el espectáculo de cabaret ¿Pasión sin Puñales?


Martes 20 de julio de 2010. Teatro Circo Price. Madrid


Cartel del cabaret ¿Pasión sin puñales?
Cartel del cabaret ¿Pasión sin puñales?
No soy aficionado al cabaret. La imagen previa que tenía es la de un lugar semioscuro, con muchas mujeres y poca ropa. Un espacio bohemio, procaz, transgresor, insinuante, lleno de posturas estilizadas a la manera de una buena pose y cargado de un humo irrespirable producido por cigarros al final de largas boquillas. Donde el público lo forman artistas, bohemios también, que ríen a carcajadas, hablan a gritos y beben para olvidar todo aquello que no quieren recordar. Un submundo que permite convivir con lo prohibido y que ofrece una vida efímera, que se acaba con la noche, pero plena, instintiva y superficial.

Algo de todo ello hay en ¿Pasión sin puñales?, pues el mito del cabaret se presenta como un cebo del que si vas siguiendo el sedal encontrarás un espectáculo de circo moderno. Los números, en general, son buenos y se ha conseguido ya ese punto de engrasado en todo espectáculo circense requiere, que se hace con los roces entre los artistas y que consigue que el trabajo tenga cierta complicidad y luzca mucho más.

La pista está perfectamente organizada: sobre el escenario se desarrollan algunos números y sirve para los músicas; en la pista, otro escenario circular aproxima a público y artistas para que ambos pudieran tocarse si extendieran el brazo; el resto de la pista lo ocupan mesas para el público que puede ir tomando copas durante el espectáculo; al principio de las gradas, a la altura de la última fila de mesas, un piano; el resto del público sentado en butacas alrededor de la pista. Del cielo cuelgan unas formas que son una especie de estalactitas. Las luces son discretas, cambian de color y saben mantener el ambiente en penumbra cuando el artista lo requiere.

Gala Troschenco en su número de Poledance
Gala Troschenco en su número de Poledance
Hay un payaso en Aitor Basuari más que un maestro de ceremonias. No tiene chistes demasiado acertados, ni logra conectar con el público y no sé siquiera si lo intenta. Hace también algo de magia cómica y un número a medio camino entre el striptease y lo grotesco. Parece que como si le faltaran tablas, látigo incluso, y cuando habla con los artistas no entabla un verdadero diálogo pues todo lo que va a ocurrir en la conversación resulta previsible. Le acompañan las Pussycats, seis mujeres gatunas que apenas esconden sus pechos tras unas leves transparencias. Ellas, además de servir de comparsa a Basauri, realizan un número de sillas muy aplaudido que sirve para calentar la primera parte del espectáculo.

Natalie Enterlines es una artista del bastón y el sombrero como demuestra en su número de acrobacias y danza con ambos elementos. Después tenemos la magia visual de Sergi Buka en su actuación llamada Lumen, ilusionismo futurista construido en torno a un haz de luz verde.

El cable es el elemento de Molly Saudek. Un excelente equilibrio el suyo transmitido desde la fragilidad de su cuerpo que va y viene sobre el alambre; se lanza, se tira, se apoya como si toda su vida se hubiera movido encima de él. Es un número impresionante que me dejó boquiabierto. Alfonso Vilallonga se hace apodar El Rey del Cabaret. Realiza varias actuaciones en las que canta, toca el acordeón y el piano. Transgresor en estilo, pero no tanto en letras, e hilo conductor del cabaret. Es él quien va aunando con su sombra aquiescente el trabajo de sus compañeros. Resulta un buen descanso de Aitor Basauri.

El hecho de que haya orquesta en directo ofrece un encanto especial a las actuaciones, hacen que todo parezca más espontáneo e irrepetible. Germán Díaz Guerrero, además de tocar el trombón, se encarga de dirigir al resto de músicos: Juan Sánchez al piano y sintetizadores, Javier Sánchez a la guitarra, Pedro Esparza al saxo y flauta, Valentín Iturat a la batería, José Ramón Jr Abella al bajo, Leonardo Federico Hoyos al violín y Guillermo Lancelotti a la trompeta. Suenan bien y aprovechan su experiencia para que su música sea una parte más de todo lo que vemos y oímos sobre los escenarios. Sin duda su vitalismo es un acierto para el espectáculo.

Strahlemann & Shöne con su número de malabares Passing
Strahlemann & Shöne con su número de malabares Passing
Strahlemann & Shöne con su número de malabares Passing sorprenden y encandilan al público. Se corea la música para jalearles mientras se van pasando las mazas y la ropa sin que toquen nunca el suelo los objetos. Divertidos, acelerados y perfectos en la ejecución, llegando incluso a intercambiarse la ropa el uno con el otro en un alarde de técnica y trabajo. Otro de los números más impresionantes llega de la mano de Gala que practica Poledance, una especialidad sobre barra fija vertical. Sus lanzamientos vertiginosos desde arriba y el frenar a unos dedos del escenario su cabeza pone los pelos de punta.

La Perla Preciosa es una espigada joven que se dedica a tragar sables. Escucho a Pere Pinyol, director del Price, que no hay truco, que esa espada de tamaño medio entra directamente por su garganta. Sólo hay otras dos mujeres que realicen esta especialidad. Jazz es el número de Marina Bouglione sobre cuerda lisa, una mujer elegante que sin ningún esfuerzo aparente realiza un número trabajado que arrancó gritos entre el público. La de Bouglione, sin duda es otra de las actuaciones más vistosas y espectaculares de la noche.

Es la plasticidad el objetivo principal de los artistas de este cabaret, conseguir la estampa perfecta, en la que parezca fácil lo imposible, como si no hicieran ningún esfuerzo, todo fluyera de manera natural y sus cuerpos fueran etéreos. Y lo consiguen. Uno mira a los artistas y se sobrecoge impresionado, ellos impasibles dibujan en sus caras una sonrisa que esconde un trabajo físico portentoso realizado con una técnica ensayada miles de veces para que todo salga impecable.

Jacobo Espina asienta su número sobre lo ambiguo, realiza una danza del vientre con la que hace temblar cada uno de los músculos de su cuerpo. Es un joven alto, muy delgado y atractivo que luce su figura mientras baila. Las Aerialistas, que sospecho son también las Pussycats, realizan su espectáculo Cupcakes de aros sincronizados. Es un número original, difícil y muy plástico. Son seis chicas y tres aros, así que toca repartirse de dos en dos para hacer sus bonitas acrobacias.

Cerró Catherine D’Lish con The bird un desnudo Burlesque lleno de plumas, jaulas y una muy larga ducha. No tiene un cuerpo esbelto, todo lo contrario, recuerda a las pin-ups de los años 20 que destacan por la exuberancia de sus formas con grandes pechos, muchas curvas y un culo tamaño enorme.

Al final todos los artistas vuelven a la pista en un baile de despedida que sirve para recibir los calurosos aplausos del público que en gran medida se puso en pie para ovacionar su trabajo.

A modo de pequeño anecdotario: La dirección artística del espectáculo corre a cargo de Andrew Watson, quien durante diez años fue acróbata del Cirque du Soleil. En 1990 deja la pista, pero no la compañía, y comienza a encargarse de los castings de acróbatas, de la formación de los artistas y de la coordinación y dirección de varias producciones como Saltimbanco, Alegría y Quidam. Es también director creativo del espectáculo Varekai y dirigió el cabaret erótico Zumanity, ambos aún representándose por Cirque du Soleil.

martes, 6 de julio de 2010

Ojos verdes, dignidad de republicano y homosexual

Marc Vilavella rinde un homenaje personal a Miguel de Molina y a una época, en un viaje musical que cruza España a través de su crónica para reivindicar la copla y la canción popular como una parte esencial de nuestra historia


Sábado 3 de julio de 2010. Sala Triángulo. Madrid


Cartel de la obra Ojos verdes
Cartel de la obra Ojos verdes
Miguel de Molina vivió la guerra y luego, con la llegada del Franquismo, tiempos de explotación, miedo, prejuicios, tortura y huida. Escapó de un gobierno que se cebó con su persona por republicano y homosexual y cayó en Argentina donde con el paso de los años se repetiría la misma historia con otro golpe de los militares. La suya es una historia de dolor, desde su infancia, entre pobreza y analfabetismo, pero cargada con una ilusión propia, la de triunfar sobre un escenario. En su voz la copla tomó cuerpo y se convirtió en un género grande que llenaba los teatros. Ojos verdes se ha construido como un espectáculo para honrar su memoria. En él encontraremos sus palabras, sus gestos, sus canciones y también sus sentimientos.

Miguel de Molina y la copla forma parte esencial de nuestra música. Cuenta Manuel Vázquez Montalbán en Crónica Sentimental de España que la copla nace en la República, entre color y alegría, que después llegó Franco y se la apropió. La barnizó, la encogió cambiando las letras y contando otras historias. Pasó a convertirse en un símbolo de la derecha más rancia que sostenía al régimen. Perdió entonces su luz, diluyó su alegría y los jóvenes huyeron de ella porque había adquirido ese tinte fuertemente franquista, algo que fue alejándola y borrándola de sus aficiones. Las nuevas generaciones se encontraron con la asociación hecha, la despreciaron y no sintieron ganas de rebuscar para encontrar los orígenes, lo verdaderamente popular. Algo que empieza a corregirse y recuperarse con voces como las de Martirio, Pasión Vega o Miguel Poveda.

Ojos verdes nos trae esa otra copla, la primera, la unida a un pueblo republicano feliz y orgulloso que admiraba el arte porque era capaz de sentirlo profundamente. Tiempos alegres de cafés cantantes, de fiestas flamencas, de lunares, donde la calle y lo espontáneo se colaba por todos los lugares. Un instante de esperanza. El espectáculo arranca, a modo de presentación, con un monólogo que es un texto extraído de las primeras páginas de su autobiografía. Nos cuenta con certeras pinceladas su infancia, en un barrio humilde. Son momentos emotivos que tocan al corazón, logrando dibujar el ambiente de la obra y predisponiendo al espectador en unos pocos segundos.

Marc Pociello, Patricia Paisal, Marc Vilavella y Gracia Fernández en una escena de Ojos verdes (Foto: Mar Plaza Bayarri)
Marc Pociello, Patricia Paisal, Marc Vilavella y Gracia Fernández en una escena de Ojos verdes (Foto: Mar Plaza Bayarri)
Luego vienen sus canciones que se van intercalando en la historia, profundizando en ella. Miguel de Molina se convierte en la figura que llena el escenario, con trabajo y arte, para crear la imagen de un cantante de copla que no necesita travestirse de mujer. Optó por un pantalón ajustado, camisa blanca, toreras, fajín rojo rodeándole la cintura y el sombrero cordobés coronándole. O por las blusas de lunares cuando se trataba de temas más festivos y dicharacheros.

La obra tiene muy buenos momentos, ingenio y un corazón, el de Marc Vilavella -director, autor y protagonista-, a flor de piel. Nos presenta un Miguel de Molina lleno de matices mientras va recorriendo su vida. Lo interpreta y lo canta, como el torbellino que fue. La bien pagá hacia el final, para contar cuando le concedieron la medalla de la Orden de Isabel la Católica en 1992. Un gesto, después de diecisiete años de democracia que para él no significaba ninguna reparación válida viendo ya tan cerca su muerte. El día que nací yo hacia el principio. Compuesto y sin novia y Ojos verdes para pintar su etapa de esplendor y los números del espectáculo con los que el artista y su compañía se recorrían España.

La voz de Marc Vilavella, como la de los otros tres componentes del grupo, no son las voces de entonces, vienen de nuestros días añadiendo otra tonalidad, pues no se trata de una copia, sino de aportar su propia personalidad a la historia, de convertirla en propia y real. Destaca Gracia Fernández con el chotis chulapo y picantón de La tupinera, y luego en su dulce versión de Ojos verdes. Su compañera Patricia Paisal se luce con Suspiros de España. Pero sobre todo sobresalen con las canciones en que funden sus cuatro voces, como son los temas republicanos y especialmente con la versión que han preparado del ¡Ay, Carmela! Escuchárselo a ellos, levantando el puño derecho mientras sostienen la bandera republicana y el reflejo de otra bandera republicana se proyecta sobre el cortinón del fondo del escenario, eriza toda la piel que se ve recorrida por un hermoso escalofrío. Es un número especial, lleno de fuerza y coraje, que habla de quien teniendo la razón y la legalidad de su parte perdió la guerra y se quedó temblando. Algo que merece la pena revivirlo y que llena el instante de una emotividad infinita que el público termina rompiendo con fuertes y emotivos aplausos.

El suyo es un valor que no falta en ningún momento de la obra, textos que van directos y que explotan certeros en quien se sienta en las butacas. Hay ideología política, la libertad por un lado y la represión por el otro. Como cuando Marc Pociello, vestido de alto mando militar franquista, lee las consideraciones como enfermedad patológica de la homosexualidad. Son los tiempos de los prejuicios, la guerra ha condenado el progreso para introducirnos en un túnel negro de desazón. Y tras la guerra más negrura. Torturas y vejaciones que vemos en un teatrillo con tres marionetas. Crueldad desmedida que a Miguel de Molina ya no le permitirá la menor posibilidad de seguir ganándose la vida con su trabajo. Algunos ganaron la guerra, como fue el caso de Concha Piquer, que se quedó con el repertorio de Molina. A él, sin embargo, con mayor valía, se le trató mal, muy mal, se le persiguió y se le acosó, tanto que sólo regresó a España una única vez.

La música en directo corre a cargo de Marc Sambola que toca la guitarra, el oboe y que además se encarga de la dirección musical y Eduard Tenas al piano. Con ellos dos, con la radio en la que suenan noticiarios o alguna copla y con la voz en off de Quim Dalmau en dos cortos momentos se completa el elenco. Destaca el dinamismo de la compañía y de la obra, como una de sus grandes virtudes. Los actores se muestran hábiles para trasmitir la ternura con su interpretación y la emotividad que brota desde su sensibilidad.

Ojos verdes llegó a Madrid desde las salas de Barcelona por iniciativa del festival gay Visible. Fueron sólo tres cortos días, espero que vuelvan pronto porque su esfuerzo merece la pena.

A modo de pequeño anecdotario: Ojos verdes nació como un trabajo de fin de carrera de Marc Vilavella en el Institute de Teatre. Se construyó una obra a medida, encargándose de la dramaturgia, de la dirección e interpretando a Miguel de Molina. La obra obtuvo dos nominaciones en la pasada edición de los Premis Butaca, en las categorías de mejor musical y mejor actor de musical.

lunes, 24 de mayo de 2010

¿Y si dios fuera mujer?: canciones, poesía y humor

La obra de Marina Skell continúa en cartel en la sala Plotpoint desde que se estrenara en el año 2003


Viernes 21 de mayo de 2010. ArtEspacio Plotpoint. Madrid


Cartel de la obra ¿Y si dios fuera mujer?
Cartel de la obra ¿Y si dios fuera mujer?
A veces, para levantar una comedia musical no hace falta grandes inversiones, la imaginación suple con frecuencia casi cualquier necesidad. Aunque en escena son solamente dos mujeres y el atrezzo se quede en un banco, una caja de maquillaje, dos boas de plumas, un contenedor, una sartén y poco más, ¿Y si dios fuera mujer? es un musical porque se canta en directo varios números y es una comedia porque a través del humor nos hace reflexionar sobre la vida.

Sus protagonistas son mujeres sencillas, cotidianas, que cargan a sus espaldas pesos similares al resto de la especie humana. La directora Marina Skell ha jugado con ellas como si de abrir la caja de Pandora se tratase, para que salgan y exploren cada uno de los personajes que Maida Larraín y Azucena Ribas van poniendo en escena. No hay heroínas, sino puro esfuerzo de supervivencia, de adaptación en una sociedad poco femenina pero intentando no perder sus rasgos de género. Una investigadora que se hace preguntas, una buscona que sabe de vidas solitarias y de parejas típicas, dos mujeres diferentes que esperan a su marido encerrado en prisión, dos barrenderas sacadas de una novela de Elvira Lindo, Eva en el paraíso... Y muchas voces más que tal vez van enseñando puntos en común y distancias insalvables más que entre sexos entre personas, porque la obra, en realidad, no es un alegato feminista. Refleja a la mujer, cierto, nos habla de sus cuitas, pensamientos, sentimientos y respuestas.

Azucena Ribas y Maida Larraín, las actrices de ¿Y si dios fuera mujer?
Azucena Ribas y Maida Larraín, las actrices de ¿Y si dios fuera mujer?
¿Y el hombre?, ¿dónde queda? La verdad es que no es importante para el texto. Tal vez un poco más en las partes interactivas de la obra, cuando las actrices se acercan al hombre de hoy en día, sentado frente a ellas viendo la actuación, para convertirlo durante un instante en comparsa. No llega la sangre al río, pues no tratan de atacar, más bien de compartir, de que todos riamos juntos aunque sea de algún tópico. No tenemos los del sexo masculino mucha oportunidad para salirnos de un guión bien dirigido por las actrices a través de preguntas concretas. Asentimos, decimos sí, hacemos un gesto con la cabeza para negar, abrimos los ojos, nos encojemos de hombros y respondemos con nuestro nombre. Somos pasivos frente a la actividad que ellas muestran.

Además de las escenas y la intercomunicación por la vía directa con el público, el texto incluye una parte lírica en la que se mezcla la poesía con la narración de vivencias y experiencias de mujeres en varias épocas históricas. Es una parte más profunda que compensa la comedia y que dramatiza posturas ejemplares, como es el caso de la bailarina Isadora Duncan. Son momentos que empujan a la emoción y a la comparación, con una única voz que rompe el silencio.

Entre medias de unas cosas y otras que van surgiendo repentinamente para apagarse y dar paso a la siguiente escena, destacan las canciones como una de las partes fuertes de la función. Larraín se lleva la mejor parte interpretando con suma dulzura Alfonsina y el mar, mientras que Ribas se luce especialmente con Ojos verdes. Los temas cantados en directo son de lo más variado: Lía, Maquíllate, Summer time, Esos locos bajitos, No me importa nada y Color esperanza.

Me queda un poso que es un «pero» que le pongo a la función y es que no tiene una continuidad mínima, que va saltando de un punto a otro de una forma inquieta, como dibujando un collage para ver de lejos. Resulta frío el paso de una escena a otra, tal vez necesitaría un hilo conductor o una estrategia que permitiera darle un sentido de unidad, que acompañara y que hiciera perder al espectador el concepto de estar viendo historias en forma de amalgama.

Las actrices están bien, además logran con solvencia el objetivo marcado que no es más, ni menos tampoco, que el divertimento del público. Tienen recursos en escena que a mí me llevan a pensar en que practican un estilo próximo al cabaret. Sigo viendo los grandes ojos magnéticos de Maida que van cambiando con cada interpretación, la pícara sonrisa de Azucena, el contraste de ambas, sus acentos que van y vienen por toda la geografía...

A modo de pequeño anecdotario: La actriz Maida Larraín continúa representando esta obra de Marina Skell desde la primera representación en la sala ArtEstpacio Plotpoint. Ahora comparte escenario con Azucena Ribas que ha sustituido a Edith Sierra en la obra. Las tres juntas forman parte de la compañía Plotpoint con otras tres funciones en cartel en las que coincide que ellas actúan en pareja: Larraín y Skell representan juntas Mi madre, Serrat y yo; Larraín y Ribas lo hacen en ¿Y si dios fuera mujer? y ¡¡Diosas divinas y peligrosas!!.

jueves, 9 de abril de 2009

A, un musical de Nacho Cano

Domingo 5 de abril de 2009. En el Teatro Häagen-Dazs Calderón. Madrid

Cartel de la obra«A» es un musical de Nacho Cano con intención de utilizar la tecnología y convertirse en un espectáculo multidisciplinar. Incorpora vídeo que integra en la función para mostrar números bajo el agua (grabados en el Oceanográfico de Valencia) o para formar parte del escenario. Utiliza grúas en los números acrobáticos.

Si por algo destaca es por la fuerza de sus números musicales que consiguen que el suelo del teatro retumbe. Las coreografías que los acompañan resultan espectaculares, especialmente las acrobáticas, cargadas de una estética y plasticidad sorprendente. La escenografía resulta vistosa y limpia, lo que permite el uso de todo el espacio posible.

El autor se ha preocupado de crear una historia coherente que se integre con la parte musical, lo que es de agradecer porque no suele ser demasiado habitual en los musicales. Sin embargo el textos se han construido alrededor de varios tópicos y puede resultar un tanto mesiánico, sobre todo con los alegatos sobre la naturaleza y los valores femeninos. Aplaudo la intención social de algunos de sus mensajes, ya que se atreve a criticar el sistema actual que prima la codicia o incluso la virtualidad como concepto detrás del que se esconde el vacío. El libreto se completa con paparruchas para lograr medias sonrisas, dichos de la abuela filósofa que nos advierten de los peligros y muchas explicaciones de libro para anticipar o cerrar las tramas.

Sobre la interpretación, dirigida por Javier Navares, decir que se observa un buen resultado, destacando José Troncoso (el leyes), Ángel Padilla (Frankfurt y el traductor de catalán) y Berta Hernández (la madre). A corregir sólo encuentro lo acelerado en la dicción de Luis Lorenzo Crespo (el doctor).

Buenas voces, fuerza musical, estupendos bailarines y números visuales espectaculares, aunque a Nacho Cano no le gusta mucho poner letra a las canciones, yo creo que no es por pereza, sino que mantiene una opinión de supremacía hacia la música que le hace despreciar un tanto a la palabra, por lo que en muchos números la parte vocal es un simple tarareo.

A modo anecdótico: El elenco se nutre básicamente de dos musicales anteriores «Hoy no me puedo levantar» y «Jesucristo Superstar». Los coreógrafos también son conocidos, Rubén Nsue fue profesor de baile en Supermodelos 2007, coreógrafo de Locomía, Marta Sánchez... y Antonio Martos era como conocido por Ony del grupo D’Nash.

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Cartel de la obraDirector, música y libreto: Nacho Cano
Director de actores: Javier Navares
Coreógrafo aéreo: Hansel Cereza
Coreógrafos: Antonio Martos y Rubén Nsue
Producción: José Manuel Lorenzo y Teatro del Agua (Grupo Boomerang)
Diseño y realización de vesturario: Jorgina García Cruz
Diseño de iluminación: Luis Pastor
Diseño de sonido: Gugu Martínez
Escenografía: Sergio Villegas y Dinora Villegas
Fotógrafo: Roberto Azcona
 Reparto: Javier Godino, Javier Navares, Berta Hernández, Cristina Llorente, José Troncoso, David Freire, Eduardo Morlans, Ángel Padilla, Cecilia Regino (Titi), Luis Lorenzo Crespo, Gonzalo Alcaín, Sonia Reig, Noemí Calumarte, Alejandro Argüelles, Jaime Jordán de Urries, Antonio Zulueta, Paula Argüelles, Isabel Fariñas e Isabel Medina
Bailarines y Acróbatas: Leonte Bordanea, Álvaro Colom, Orietta De la Peña, Laia Filella, Melanie Foster, Stephie Martínez English, Jennifer Martínez English, Antonio Martos, Sara Mejía, Brisa Méndez, Irene Mingorance, Rubén Nsue, Sergio Pérez, Ana Rabanal y Else Topfer
Músicos: Javier Edo «Xef» (Piano / Dirección Banda / Coord. Vocal), Daniel Gómez (Guitarra Eléctrica), Vicente James Monrabal Cook (Guitarra Acústica), Javier Morgado (Batería), Óscar Morgado (Bajo), Sergio R. Del Val (Teclados / Programación), Teresa Olmedilla (Viola), Tatiana Komer (Viola), Iván del Castillo (Trompeta), Alexander Pantchenko «Sasha» (Clarinete), Ana Hernández (Violín) y Mónica Fuentefría (Violín)