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domingo, 9 de octubre de 2011

El teatro pedagógico del gota a gota

Himmelweg. El camino del cielo, una obra de Juan Mayorga, dirigida por Paco Macià y producida por la Compañía Ferroviaria


Domingo 9 de octubre de 2011. Teatro Fernando de Rojas Círculo de Bellas Artes. Madrid


Cartel de la obra Himmelweg. El camino del cielo
Cartel de la obra Himmelweg. El camino del cielo
A la XVI Edición de la Muestra de Teatro de las Autonomías llega desde Valencia la Compañía Ferroviaria para representar Himmelweg. El camino del cielo. Una obra con muchos planos y unas cuantas lecturas, construida sobre una estructura de cierta complejidad por uno de nuestros más celebrados dramaturgos contemporáneos: Juan Mayorga. Parte de un hecho real, la visita a un campo de concentración civil nazi de un delegado de la Cruz Roja en medio de la II Guerra Mundial. Arranca con el monólogo de este delegado al que el presente le hace daño por lo que no fue capaz de ver entonces. Se justifica para no mortificarse más. Es un hombre normal, como casi todos, que quiere ayudar y que siente el dolor ajeno con la misma fuerza que el propio.

El planteamiento con el que arranca nos hace pensar que estamos ante una obra del llamado teatro histórico, que nos va a contar un pasado cercano y un tanto doloroso, para acercarnos al exterminio de los judíos por los nazis. Terminada esta primera parte la cabeza se llena de dudas, ¿cómo fue capaz aquel hombre de dejarse engañar con una burda mentira?, ¿hacia dónde miró?, ¿por qué no se atrevió a ir más allá?, ¿por qué no desconfió?, ¿qué nos hubiera pasado a nosotros en su caso?

Los hilos del teatro llegan y vemos el ensayo y la repetición de tres escenas: unos muchachos jugando con una peonza, una pareja discutiendo y una niña con su muñeca. Los textos suenan irreales, tienen la voz del teatro. No salen bien y se van repitiendo, se van perfeccionando. Es el primer aviso de la manipulación alrededor de nosotros. La luz se apaga y el foco se dirige al final del patio de butacas, allí vemos al comandante alemán que se levanta y nos cuenta su historia, la de cómo se tejió aquella mentira: con el ensayo y la repetición.

El comandante nos habla seductor de una Europa en construcción, multicultural como nos señala al enseñarnos una estantería de libros con autores de diferentes países y épocas con los que quiere representarnos esa diversidad. Nos habla del odio como estrategia para generar un amor más fuerte, nos habla de una guerra necesaria para fortalecer aún más esa imagen de Europa, como camino para alcanzar esa paz perfecta que nos espera al final de ella. Es un hombre culto, viajado, que usa metáforas, sin llamar a las cosas por su nombre, con un lenguaje cargado de falsos símiles para que no nos demos cuenta de donde está lo real. Es un hombre que a la rampa que sube hacia la cámara de gas la llama Himmelweg, el camino del cielo.

Una escena de la obra Himmelweg. El camino del cielo
Una escena de la obra Himmelweg. El camino del cielo
Tras este monólogo arranca la última parte, donde vemos la trama urdida con detalle. El comandante se convierte en un director de escena, ambicioso y manipulador, del que vamos viendo que no le queda la menor gota de compasión en sus venas. Para llevar a cabo sus planes es necesaria la colaboración de los judíos. Se nos presenta aquí el último lado de este triángulo, el jefe de la comunidad judía, un hombre gris, apocado, al que el comandante asigna el papel de ser su traductor con el resto de personajes. Duda, se muestra indeciso, quiere saber la verdad de unos trenes que les atormentan a todos cada noche, pero termina cooperando con los verdugos.

¿Por qué aceptan los judíos? La obra explica que lo hacen porque mientras estén ensayando, mientras no haya llegado el hombre ante el que tienen que hacer su representación, no estarán viajando en uno de esos trenes hacia la cámara de gas. Aceptan participar por ganar tiempo, por seguir con vida, por salvar la de otros que son sus familiares, sus hijos, sus amigos, sus conocidos... ¿Aceptaríamos también nosotros?

Sin embargo, no hay en la representación que realizan ante el delegado de la Cruz Roja un gesto que delate su impostura sobre la realidad, no huyen, no avisan, como mucho una niña que juega y una frase un tanto más filosófica para compararse con unos barcos que van llegando a un puerto cargado de minas. Asumen su derrota, convertidos en parte del entramado, aceptan que han llegado a un final de trayecto que no les sirve de salvación. Ellos también subirán esa rampa que es el camino del cielo.

La obra habla de la manipulación, la mentira y el falseamiento de la realidad. La estructura de Himmelweg. El camino del cielo es compleja y novedosa, hasta tenemos un trío de músicos en directo. La obra se construye a través de la repetición para resultar más pedagógica, utilizando la misma técnica con la que los medios siguen construyendo hoy en día la realidad de nuestro entorno. Es como si nos contara la historia de un vaso sobre el que rítmicamente va cayendo una gota desde un grifo que no se ha cerrado del todo, para que vayamos viendo el proceso completo. Ninguna gota nos parece más importante que las demás, todas por separado son tan poca cosa que ni siquiera debemos preocuparnos por ellas, y aún así sabemos que al final el agua terminará desbordando el vaso.

Hay un conformismo en nuestra sociedad para quedarnos con las imágenes que los medios nos ofrecen, con las realidades que nos pintan los políticos a través de sus bonitas palabras cargadas de corrección, esas mismas que van destruyendo el significado de los términos más duros, camuflando de perfume nuestra vida. Vivimos sin oponernos ni enfrentarnos a las mentiras aceptables que nos cuentan, desde un cómodo sofá, con una mando a distancia, anestesiados. Esa vocación de comparar nuestra inacción que permite los mayores horrores nos acerca la obra hasta el presente, a preguntarnos a dónde nos lleva nuestra pasividad, a decirnos que no habrá vuelta atrás si no actuamos, a señalarnos como culpables de los genocidios presentes y futuros.

Las reflexiones que produce Himmelweg. El camino del cielo son importantes, tanto como las imágenes que se van quedando en nuestra retina. Sin embargo hay dos obstáculos que no logra levantar la obra. El primero es el exceso de repeticiones, de vueltas al mismo punto, de regresos una y otra vez. El segundo, el pecado que nuestros tiempos no perdona: la lentitud.

A modo de pequeño anecdotario: Himmelweg. El camino del cielo es una obra que escribió Juan Mayorga en 2003 y que varias compañías han paseado por los escenarios mundiales. El dramaturgo madrileño imparte clases en la RESAD de Madrid, donde no sólo ensaña Dramaturgia, sino su relación con la Filosofía. Es licenciado en Filosofía y en Matemáticas, habiendo ampliado sus estudios en estas materias en Münster, Berlín y París. Cuenta con un doctorado en Filosofía. Imparte el Seminario Memoria y pensamiento en el teatro contemporáneo en el Instituto de Filosofía del CSIC.

viernes, 7 de octubre de 2011

Política-ficción con mucho ingenio

Hendaya. Cuando Adolfo encontró a Paco, una disparatada y divertida comedia musical de una historia entre Franco y Hitler que quizá no pasó nunca


Viernes 7 de octubre de 2011. Teatro Fernando de Rojas Círculo de Bellas Artes. Madrid


Cartel de la obra Hendaya. Cuando Adolfo encontró a Paco
Cartel de la obra Hendaya. Cuando Adolfo encontró a Paco
La de este año es ya la XVI Edición de la Muestra de Teatro de las Autonomías, un espacio que busca, entre la diversidad escénica de nuestro país, compañías que hacen un teatro de calidad pero que se desenvuelven en otras comunidades autonómicas. Son compañías, que a pesar de su valía, no les resulta sencillo darse a conocer y llegar a estrenarse en las salas madrileñas. La Muestra se celebra en el Teatro Fernando de Rojas del Círculo de Bellas Artes del 4 al 16 de octubre y este año nos trae media docena de obras de tres comunidades autónomas: Asturias, Murcia y Valencia.

De Murcia, nos llega Hendaya. Cuando Adolfo encontró a Paco una producción de Ribalta Teatro. Se trata de una obra singular en muchos aspectos, heterogénea en esencia, que además sabe aportar mucha frescura escénica. Y todo parte de un hecho histórico, aquel 23 de octubre de 1940 en el que tuvo lugar el encuentro de Adolf Hitler y Francisco Franco en la estación de Hendaya. De aquella reunión de siete horas en un vagón de tren poco se sabe, han quedado algunas fotos y muchos secretos que la Historia (con mayúsculas) no nos ha querido desvelar. Con aquellos silencios, que pusieron a trabajar la imaginación de Pepe Macías y Carla Guimarães, les dio para hacer política-ficción de aquel encuentro. Lo resolvieron con el planteamiento más absurdo que se les ocurrió, sin dejar de lado la historia profunda de nuestro país. Ironía, disparate, desparpajo, naturalidad y mucha diversión, son los elementos que mezclan. No es algo nuevo lo de buscar la comedia con estos personajes cuya imagen física da para esto y para mucho más. Convertirlos en protagonistas de un musical fue el siguiente paso.

Hendaya. Cuando Adolfo encontró a Paco es una comedia musical, de pequeño formato, como dicen ellos, con ocho números musicales, cuatro actores y un texto escrito con mucho humor. Nada escapa del ridículo, de la exageración, de lo hipotético, pero aún así es encantadora. Todo está permitido en la representación, desde parar, rebobinar, cambiar el idioma, o hacer otra versión. Es teatro y juega con las posibilidades que esto le da, sabiendo explotarlas a su favor.

Rafael Galán, Miguel Ángel Jiménez, Juan Carlos Mestre y Luis Yagüe en una escena de Hendaya. Cuando Adolfo encontró a Paco
Rafael Galán, Miguel Ángel Jiménez, Juan Carlos Mestre y Luis Yagüe en una escena de Hendaya. Cuando Adolfo encontró a Paco
Al aparecer Franco, gesto perfecto y una imitación excelente de su voz, figura y paso, no es extraño que se escape la risa. Sin duda es un personaje esperpéntico, al igual que el recuerdo que nos deja el nodo en nuestros días del Franco real, pero hacer que sea el más cuerdo de todos los personajes sobre el escenario, el único al que parece quedarle un poco de sentido común, es un gran acierto. Tomarle como comparación nos da la medida de la genialidad de la obra. Y desde ese punto explota los mejores momentos, sus pensamientos mesiánicos, su discurso tan dormitivo como vacío, su simplismo y su catolicismo a ultranza convertido en único valor que guía su camino. Se apoya en su cuñado, Serrano Suñer, y juntos esquematizan el sistema arbitrario de toma de decisiones de su dictadura.

El paso de ser el Generalísimo a convertirse en el Caudillísimo es la oferta que le presenta Hitler y esta petición le resulta a nuestro dictador patrio en sus propias palabras «La cosa más absurda que me han propuesto estando vestido». Sin embargo, a pesar de lo impropio, es cierto que se siente tentado por los superlativos aplicados a su persona, que se relame de gusto con la idea de volver a desplegar su capacidad de estratega militar y que se siente llamado a emprender una nueva cruzada moral. Su estupidez no tiene límites.

El extremismo cristiano de la iglesia española de la época también da para unas cuantas bromas. Franco vive su religión por encima de todo, con sus señas claras de católico, apostólico y romano. Y el tufo que nos da es el de su olor a rancio, como el de la mano incorrupta de Santa Teresa que le acompaña siempre como una de sus mejores consejeras. Con este tema empezamos a jugar a las diferencias de dos dictadores bajitos y con bigote que comparten la misma ideología fascista. Las parejas de ambos, Eva Braun y Carmen Polo, también resultan fácilmente distinguibles. Y las velocidades que toman cada uno de los países puede ser otra, nosotros vamos enfilando un cierto atraso en todas las materias y ellos están en la cresta de la ola. Que aquí nos vestimos de sabio provincianismo y allí de cierta arrogancia y ferocidad…

Hablando de diferencias se vuelve a caer en los parecidos, y esta vez nos traen a Aznar a escena para que nos amenice con unos chistes de los suyos, esos que tan bien hace sobre las copas de vino. Y sus tonterías, su bigote y el deje de su voz nos recuerdan a Franco sin querer.

Los números musicales resultan divertidos, son variados, están bien encajados y ayudan a explicar la historia profundizando en lo hilarante. Los actores hacen un papel extraordinario, pues luchan contra grandes estereotipos y salen airosos. Saben hacerse simpáticos, tiernos incluso, y algunas veces parodian utilizando con maestría el estilo de los hermanos Marx.

Disfruté viendo el espectáculo, me reí y salí contento. Lo demás fue un pretexto, pero uno tan ingenioso como bien construido.

A modo de pequeño anecdotario: Pepe Macías y Carla Guimarães son los autores de Hendaya. Cuando Adolfo encontró a Paco. Antes de pasar por los teatros y convertirse en un musical, los dos autores ya habían rodado la historia en un cortometraje del mismo título realizado en el 2007. Aquel corto obtuvo varios premios (público, guion y mejor corto) entre los que destaca el de Mejor Corto Nacional en el Festival de Jóvenes Realizadores de Zaragoza. En aquella ocasión el propio Pepe Macías interpretaba a Franco y el papel de Hitler lo representaba Íñigo Núñez. Los papeles de Suñer y Ribbentrop, al igual que ahora, los interpretaron Rafael Galán y Luis Yagüe.

jueves, 28 de enero de 2010

Vía Dolorosa, piedras o ideas

David Hare utiliza Vía Dolorosa para covertirse en un testigo de las desigualdades existentes en el conflicto entre Israel y Palestina


Miércoles 27 de enero de 2010. Sala de protocolo Sabatini del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Madrid


Cartel de la obra Vía Dolorosa (foto: Vicente León)
Cartel de la obra Vía Dolorosa (foto: Vicente León)
La 10ª edición del Festival Escena Contemporánea presenta varios Ciclos de Autor. Dentro de ellos ha programado uno dedicado a David Hare, dramaturgo inglés, militante de izquierdas, que se cuestiona el sistema establecido a través de sus obras convertidas a menudo en un termómetro con el que medir la temperatura moral de nuestra cultura.

La representación de Vía Dolorosa tiene lugar en un espacio poco habitual. En la sala de protocolo Sabatini del Museo Nacional de Arte Reina Sofía. Es un salón pequeño para el teatro, pero a la vez con mucho encanto. Para el público se han colocado cincuenta sillas desiguales. Lo primero en que uno se fija es en la bonita escalera de caracol que será utilizada en la obra. El escenario está dividido en tres pequeñas plataformas, la central muestra un sillón, una mesa camilla con un vaso de agua, el texto de la obra y unas gafas olvidadas sobre él. Las otras dos plataformas se encuentran vacías.

Vía Dolorosa cuenta el viaje que David Hare, el autor, realizó a Israel y Palestina en 1997. Durante tres semanas recorre Tel Aviv, Hebrón, Gaza, Cisjordania y Jerusalén; visita un asentamiento donde pasa dos días con una familia de colonos judíos; se entrevista con políticos, artistas e historiadores tanto de Israel como de los territorios ocupados de Palestina. Y todo esto lo convierte en una crónica dinámica y audaz.

Francisco Vidal en una escena de la obra Vía Dolorosa
Francisco Vidal en una escena de la obra Vía Dolorosa (foto: Gerardo Sanz)
Vía Dolorosa es un texto complicado para realizar en un monólogo, no solo por su extensión que supera la hora y media sino también por estar plagado de nombres (personas, calles, ciudades…) de diferentes culturas y referencias varias. De manera inteligente el autor traza el texto como una charla en la que relata su crónica del viaje a un espectador que bien podría estar sentado frente a él tomando un café. Con desparpajo revive las conversaciones que va manteniendo y que él mismo va interpretando en el tono apasionado con el que recuerda a su interlocutor. El papel de David Hare es el de un testigo que escucha e interfiere poco, aunque siempre les plantea una pregunta que a él le inquieta, les solicita a sus interlocutores que le digan cómo se puede salir del conflicto; pregunta para la que ninguno puede ofrecerle una respuesta viable y que algunos le contestan encogiendo los hombros y diciéndole «no lo sé».

Si algo destaca en la crónica es la desigualdad, con unos israelíes viviendo holgadamente frente a unos palestinos que malviven. Muestra estas dos culturas como idiosincrasias lejanas, separadas e incapaces del mínimo gesto de convivencia. Habla de fanatismo, de lo que les separa a unos y a otros de tal forma que hace imposible una reconciliación en este presente. Oye voces de todos los sectores, se encuentra a menudo con personas radicalizadas que solo ven el futuro como avance continuado del presente porque su postura es la correcta y la del de enfrente la equivocada. Hare señala con el dedo la irracionalidad de las posturas y la desesperanza que le producen. Ramala es una ciudad que le gusta, lo dice después de haber visitado la atormentada zona de Gaza, dice que tiene una vida que no ha encontrado en otras partes del viaje. Habla del origen de la intifada como de una oportunidad perdida en la que los jóvenes espontáneamente mostraron interés por cambiar el sistema, pero a la que llegaron los dirigentes para asumirla y transformarla en otra vía muerta.

Francisco Vidal en otra escena de la obra Vía Dolorosa
Francisco Vidal en otra escena de la obra Vía Dolorosa (foto: Gerardo Sanz)
Al volver a casa, resuenan en su cabeza las frases escuchadas en el viaje, es el punto en el que comienza su propia reflexión. Recuerda que al terminar una guerra se regresa «desde la pequeña batalla, para continuar la gran lucha del alma». Pero es otra de las frases la que le atormenta: «Piedras o ideas».

Francisco Vidal es el actor que da vida a la obra. Su interpretación está cargada de ricos matices, jugando con los tonos que les pone a sus interlocutores. Destaca su ritmo y la capacidad de transmitir la pasión que el viaje le ha ocasionado. No se encuentra solo, para explicitar y acompañar a lo largo de la representación se van mostrando cinco grandes paneles, el primero de ellos con una fotografía en blanco y negro de Tel Aviv, al que seguirán instantáneas de un asentamiento judío, de Gaza, de Ramala y de Jerusalén que van desvelando la óptica desde la que plantear el conflicto. El actor utiliza cada una de las tres plataformas para realizar una separación geográfica de la historia. Sobre la central tendrá lugar lo que acontezca en la parte que se podría llamar occidental, es decir su casa de Inglaterra y el mundo judío (las ciudades de Israel y sus asentamientos). Mientras que en las laterales, las que se presentan vacías, nos llevará a los territorios palestinos.

Al finalizar el aplauso es unánime y premia tanto el texto de David Hare, como la estupenda dirección de Vicente León y la gran actuación de Francisco Vidal.

A modo de pequeño anecdotario: En 1968, David Hare con Tony Bîcat funda la compañía Portable Theater con la que propone un teatro alternativo e itinerante. En 1975 se une al director Max Staford-Clarck para fundar la Joint Stock Theatre. Entre los años 1984 y 1997 se convirtió en director asociado del National Theatre. En 1998 fue nombrado caballero de la Orden del Imperio Británico. También es miembro de la Royal Society of Literature, posee varios premios entre los que figuran el BAFTA, el del New York Drama Critics Circle, el Olivier y el London Theater Critics. También ha trabajado como guionista y director de cine. Su película Wetherby obtuvo el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 1985.

viernes, 22 de enero de 2010

Actos de juventud un desencanto por el paso vacío del tiempo

El 10 Festival Escena Contemporánea estrenó anoche la obra de la Compañía La Tristura


Jueves 21 de enero de 2010. Sala Cuarta Pared. Madrid


Cartel del 10 Festival Escena Contemporánea
Cartel del 10 Festival Escena Contemporánea
La 10ª edición del Festival Escena Contemporánea que organiza la Asociación Cultural Escena Contemporánea se celebra en Madrid entre el 19 de enero y el 15 de febrero de 2010. Su programación cuenta con más de 80 actuaciones de 23 compañías de teatro experimental, acciones de calle, danza, performance y arte sonoro de todo el mundo. El Festival se interesa por las propuestas escénicas más arriesgadas, el teatro no convencional, las nuevas dramaturgias y las piezas multidisciplinares, con el fin de convertirse un reflejo de la creación contemporánea, tanto nacional como internacional. Este año ha centrado sus objetivos bajo el eslogan «la mirada hacia el otro», buscando que todas las piezas partan de la alteridad: la posibilidad de cambiar la propia perspectiva por la del «otro», considerando otros puntos de vista, intereses o ideologías.

Dentro de dicha programación la Compañía La Tristura presenta Actos de juventud. Se trata de una pieza difícil de catalogar y más aún de expresar lo que produce. Respecto a la estructura, la obra arranca con un pequeño preámbulo que da paso a las cuatro partes de un día (amanecer, mediodía, atardecer y noche).

En el prólogo nos encontramos con un actor (Celso Giménez) tumbado sobre el suelo y de espaldas al público, mientras oímos su voz que va desgranando los pensamientos oníricos de su estado. Luego comienza la acción que supone un derroche físico que envidio. Los cuatro actores corren, juegan -incluso un partido de fútbol-, brincan, se mezclan. Muestran una actividad desmesurada y llena de contacto físico, tal como la juventud es.

Se trata de materializar una abstracción, tal vez por eso no haya diálogos en la obra y apenas palabras. Pablo Fidalgo lee dos cartas escritas desde la distancia sobre los rescoldos de un viejo amor y además cada uno de los actores construye un pequeño monólogo. Lo demás es interpretación corporal, representaciones poéticas y dos secuencias de texto que se proyectan sobre una de las paredes del escenario para que el público lea en silencio.

Celso Giménez, Violeta Gil, Pablo Fidalgo e Itsaso Arana en una escena de la obra Actos de juventud
Celso Giménez, Violeta Gil, Pablo Fidalgo e Itsaso Arana en una escena de la obra Actos de juventud (foto: Gerardo Sanz)
Hablan del arte y se revuelcan para esparcir entre sus cuerpos mezclados el blanco y el negro. Arte efímero e instantáneo que se va con el agua de una manguera sobre el propio escenario, pero que queda en la retina como una apuesta más del grupo por lo visual en la obra. Así, utilizando granos de arroz, Violeta Gil construye la maqueta de una colina blanca que la noche, o tal vez el odio, teñirá de rojo mientras Itsaso Arana convertida en una Caperucita abandonada la observa desde el final de una escalera. Y la luna arderá consumida sobre la maqueta.

El sonido se cuela a través de una radio encendida que tienen sintonizada Intereconomía. Se escucha entonces hablar de las dos Españas desde la demagogia de unos contertulios de derechas que buscan un motivo para culpabilizar a ambos bandos por igual y ensalzar un espíritu de «la Transición» sobre el valor del olvido. Poner una emisora exagerada es una clara provocación, tal vez un mensaje al público, un aviso de que a la juventud le da lo mismo pasar de los vientos de un lado que los del otro. También se cuelan piezas instrumentales de piano y de guitarra española e incluso alguna canción para representar los actos de juventud de la noche.

Sin duda el tema recurrente de la obra es el amor como reflejo de la amistad y el acto de compartir dentro de un grupo reducido. Forjan un espíritu colectivo en el que diluirse y que a su vez les sirva para protegerse y alejarse del mundo. Enfrentan la confusión acudiendo al otro y confiando plenamente, incluso en los ejercicios más arriesgados y autodestructivos que también son actos propios de la juventud.

Violeta Gil e Itsaso Arana en una escena de la obra Actos de juventud (foto: Gerardo Sanz)
Violeta Gil e Itsaso Arana en una escena de la obra Actos de juventud (foto: Gerardo Sanz)
Luego se produce al abandono, el derrumbe de una juventud vencida, desencantada e insatisfecha por los modelos que la sociedad le ofrece. Perdida la esperanza, sin ideales, sólo flota el nihilismo, algo que sirve de ancla al pasar vacío del tiempo, a la repetición de un día que termina con el desayuno del siguiente, sin diferencias, con la muerte al fondo como meta. No hay el menor atisbo de optimismo.

En los monólogos se acentúa esta desesperanza. Lo hace Itsaso Arana explicando con las palabras de una joven tímida lo que la juventud le hace sentir, con sus dudas, con sus percepciones. Lo hace Violeta Gil describiendo una lámina que representa el inicio del Apocalipsis. Lo hace Celso Giménez explicando sus orígenes del desencanto en la comuna que sus padres organizaron y dentro de la que nació. Lo hace Pablo Fidalgo en la despedida explicando el abandono como solución.

El resultado final es un tanto ambiguo, ya que si bien hubo varios grupos de espectadores que abandonaron la sala, también es cierto que se escucharon fuertes aplausos al final desde varios sectores de la grada.

En esta reseña no he pretendido otra cosa que realizar un conjunto de interpretaciones sobre las imágenes que la representación muestra. En mi opinión la obra peca de excesivo simbolismo que casi siempre permite a los actores huir de lo concreto. En una obra tan larga debería haber existido tiempo para todo, lo general y una pequeña historia narrativa que hubiese servido de hilo a través del que explicar el resto, pero claro supondría abandonar la postura nihilista.

A modo de pequeño anecdotario: Itsaso Arana, Pablo Fidalgo, Violeta Gil y Celso Giménez son cuatro jóvenes que coinciden en la Resad (Real Escuela Superior de Arte Dramático). Todos ellos nacieron en los 80 y como dicen no comprender la escuela, ni el teatro , ni la capital, decidieron formar la Compañía La Tristura para explicarse. Desde 2004 comen, trabajan, duermen y escriben juntos.