viernes, 22 de junio de 2012

Nuestro «cine de barrio», el del compromiso y la multiculturalidad

Gdeim Izik: Detonante de la primavera árabe es la película documental que inaugura la Muestra de Cine de Lavapiés

Cartel de la 9ª Muestra de Cine de Lavapiés
Cartel de la 9ª Muestra de Cine de Lavapiés
Arrancó en el Cine Doré la 9ª Muestra de Cine de Lavapiés. A los pies de la pantalla, organizadores y cineastas la presentan. Es un momento difícil para mantener un festival, sin embargo sus organizadores nos dicen que esta Muestra siempre ha sido autogestionada y que precisamente esa independencia les hace subsistir en estos tiempos, pues no han necesitado de ayudas públicas para desarrollarla durante todos estos años. ¿Por qué la hacen? Porque quieren debatir lo que les ocurre a los vecinos del madrileño barrio de Lavapiés y por extensión a todos los vecinos del mundo. Es una forma de acercar el cine a quienes viven allí y también de hacer barrio. En realidad es un reflejo de aquellos que mantienen la actitud de entender la cultura como un eje político y social. Implicados en el barrio, hablan de la desmesura en la detención de los activistas del Metro de Madrid y también muestran su apoyo a los mineros que caminan hacia aquí para defender el futuro de sus comarcas.

La Muestra de Cine de Lavapiés apuesta por las licencias libres en los trabajos que proyectan. Explican que paradójicamente este cine que podría verse en todas partes no cuenta con muchas oportunidades de mostrarse en las salas tradicionales, lo que hace que al final no se vea. Hablando de licencias, la tradición del festival es comenzar con la película ganadora del FISHARA. Esta año le correspondía a Hijos de las nubes pero como aún están en cartel no han podido conseguir los permisos para proyectarla. Así que han optado por Gdeim Izik: Detonante de la primavera árabe, el documental del colectivo Thawra que también se mostró en el Festival del Sahara de este año y comparte temática saharaui. Pero antes se proyectarán dos pequeños cortos que sus directores definen como trabajos a un nivel íntimo y familiar.

... y no nos dieron malvas, de Javier Serrano Fayos, recoge las conversaciones entre un abuelo y su nieto. Son historias que les han pasado a muchas familias, las de los vencidos. Por su parte El primer día del resto de tu vida, de Jan Codina, es una especie de símil entre la felicidad que le produce el parto a una madre y el arranque del 15-M como circunstancia que el director considera que nos nació a muchos de nuevo.

Cartel de la película Gdeim Izik: Detonante de la primavera árabe
Cartel de la película documental Gdeim Izik: Detonante de la primavera árabe
El documental Gdeim Izik: Detonante de la primavera árabe está dividido en cuatro partes. La primera nos habla de cómo surgió el campamento saharaui en la zona ocupada por Marruecos de Gdeim Izik en otoño de 2010. Nos cuenta la forma de organizarse de los saharauis para levantar en un lugar vacío las jaimas que les sirvieron de hogar durante aquellos meses a 20.000 saharauis. Aquel campamento de esperanza, de lucha ante un régimen, fue un claro antecedente de la Primavera árabe, pero ningún medio lo cita en ese sentido, todos han silenciado esta referencia y nos hablan siempre de las revueltas en Túnez como detonante. La segunda parte nos enseña la entrada policial marroquí para arrasar el campamento. Vemos imágenes desde dentro que nos permiten hacernos una idea de la desmesura del ataque de Marruecos en el desalojo y de la violencia que emplearon. La tercera nos muestra las protestas que con motivo de dicho desalojo realizaron los saharauis en la ciudad de El Aaíun y la forma en que fueron reprimidos de nuevo por el ejército marroquí y sus colonos. La cuarta utiliza imágenes de las televisiones en las que nuestros políticos hablan del tema.

Es sin duda esta última parte la más interesante, pues nos señala las contradicciones de nuestros gobernantes respecto al asunto del Sahara. Hace especial hincapié en la forma en que va ganando peso el motivo económico -los intereses de los acuerdos con Marruecos- antes que los Derechos Humanos. Es una parte que muestra a las claras el conformismo de nuestra clase política, hablándonos de su cinismo con respecto al tema y eseñándonos cada una de las contradicciones de un discurso que no son capaces de llevar a la práctica vencidos por la conveniencia.

Tras la proyección se realizó un debate. El colectivo Thawra se definió así mismo como un grupo de personas que trabajan para acercar la voz del pueblo saharaui. Llevan dos años de vida en las zonas ocupadas. Cuando se inició el campamento de Gdeim Izik se incorporaron a él. Algunos compañeros entraban y salían. No había prensa, pero tras la muerte del niño de 14 años, Hamadi Lambarki, a manos de la policía marroquí, muchos periodistas se interesaron por ese lugar. Marruecos domina el territorio y lo controla, no permite la presencia de la prensa, así que su opinión se convierte en la oficial de facto. Marruecos impidió una vez más que los periodistas internacionales llegaran al campamento, así que la única manera de poner en contacto a esa prensa con la realidad que estaba ocurriendo dentro aquellos días fue a través del Colectivo, que se encargó de difundir las imágenes de lo que allí ocurría.

Los miembros del colectivo Thawra vivieron el desalojo en primera persona. Comentan que los propios saharauis sabían que cuando entró el ejército marroquí el campamento estaba perdido, pero que aún así actuaron para ralentizar el desalojo y permitir así que ancianos, niños y mujeres tuvieran tiempo para salir. No es fácil obtener testimonio de las verdaderas víctimas. La presión que ejerce Marruecos hace que las familias que tienen desaparecidos no lo denuncien por miedo a las represalias hacia ellos mismos. La tortura existe y se aplica. Ahora hay 22 presos políticos saharauis en cárceles marroquíes, siete de ellos han reconocido que han sido violados con objetos de metal. Lo que ocurrió en el campamento de Gdeim Izik no es algo nuevo, es una situación que se repite cada cinco o seis años: la represión marroquí sube, el pueblo saharuai explota y se llega a un nivel que termina en enfrentamientos. Sin embargo los medios no lo cuentan.

Los saharauis preguntados sobre Gdeim Izik dicen que el mejor recuerdo que les ha quedado ha sido descubrir que han conseguido la convivencia de 20.000 personas y que todos participaran para lograrla. Se unieron y se organizaron. Muchos trabajaban en las ciudades y volvían cada noche a dormir al campamento. No había jueces, ni policías. Descubrieron que no necesitaban políticos. Dicen también que la convivencia hoy está igual que en 1975, en el punto cero. Ningún saharaui piensa que se pueda convivir con un marroquí. Dicen que los colonos les llaman polisarios porque los consideran terroristas y que por tanto no hay manera de compartir nada. A los saharauis no les queda otra opción que salir de su tierra hasta que acabe todo. Dicen que la población ha perdido la esperanza.

Comentan los miembros del colectivo que el principal problema es que los acuerdos y resoluciones internacionales no son vinculantes para el gobierno de Marruecos y que éste actúa, por tanto, con total impunidad. La misión de la ONU en el Sahara, la MINURSO, es la única de sus misiones que no tiene competencias sobre Derechos Humanos. Además EE.UU. y Francia apoyan a Marruecos y se encargan de estancar cualquier intento internacional de avanzar en la resolución del conflicto. España es bastante responsable pues no cumplió con sus deberes al abandonar el Sahara.

Sobre sus investigaciones, Thawra ha reflexionado que Marruecos, tras 37 años, sigue sin saber quién es su enemigo y contra qué está luchando, sin darles el valor que tienen, sin entender la dignidad y la paciencia de un pueblo que quiere conseguir su autoderminación. La vida de los pueblos es más larga que la de los dictadores que les oprimen. Esa es su arma. Unos luchan por su tierra y otros están ahí por un sueldo. La vida en los territorios ocupados del Sahara no es fácil, cuando salen por la mañana no saben si volverán. Con esa mentalidad todo es válido porque, cuando no estás seguro de seguir vivo al final del día, no tienes nada que perder.

miércoles, 20 de junio de 2012

Viejos tiempos, memoria y realidad así pasen veinte años

Ariadna Gil, Emma Suárez y José Luis García-Pérez, un reparto de lujo para la obra de Pinter que dirige Ricardo Moya en la sala pequeña del Teatro Español


Miércoles 20 de junio de 2012. Teatro Español. Madrid

Cartel de la obra de teatro Viejos tiempos
Cartel de la obra de teatro Viejos tiempos
Confiesa Harold Pinter que cuando escribió Viejos tiempos, allá por 1970, todo empezó por una sola palabra: «Oscuro». Dice el autor que de ella nació el resto, que todo lo demás vino luego llamado por la fuerza de esas letras. De la misma forma arranca la función, la palabra «Oscuro» sale de la boca de Kate (Ariadna Gil) que se encuentra ensimismada sentada sobre un sofá. A su izquierda, en un cómodo sillón, su marido, Deelay (José Luis García-Pérez), le pregunta entonces si es gorda o delgada. Hablan de Anna (Emma Suárez) el tercer personaje, una vieja amiga, en verdad la única que tuvo Kate, pero de la que nunca habían hablado. Surge una conversación muy despacio, en la que cada palabra está medida y en la que las frases son un preámbulo, un buscar datos de un pasado, un imaginar un presente posible y a la vez una simple manera de pasar el rato. A través de las preguntas el espectador asiste a un interrogatorio fragmentando que más bien suena a intrascendente, a la vida misma de cada día, a colarse en salón tan aburrido como todos. Pinter es un autor difícil que lanza las piezas sin instrucciones, sin otra aparente intención de la que sea el propio espectador quien construya la obra con esos retazos, pues el teatro es una comunión que se establece en el momento de la representación entre unos intérpretes y unos espectadores. Sus obras son una especie de estímulo lanzado a quien observa para ver como se comportan ambos: obra e individuo que la contempla.

A pesar de esa dificultad, la de hacer sentir a quien asiste como si se hubiera quedado a medias, sin terminar de entender todo lo que ocurre, ni siquiera por qué suscede, parece que los teatros madrileños se están saturando de sus obras en los últimos tiempos. Raro es el mes en que no hay una de sus piezas en cartelera. Como si aquí todo el mundo estuviese descubriendo al autor ahora y la curiosidad por él fuera inmensa. Me he preguntado muchas veces si esa obsesión no estará en los directores e intérpretes y en el reto personal que supone llevar a Pinter a un escenario. Tal vez simplemente sea el momento y que esta situación crítica que atraviesa Europa resulta que se parece demasiado al vacío en el que se mueven los personajes de Pinter. Es quizá que ya no tenemos motivos heroicos para vivir, que somos una sociedad agotada y derrochadora, que todo pasó hace veinte años y desde entonces solo esperamos, solo nos consumimos.

Dice Anna que «hay cosas que uno recuerda aunque nunca hayan ocurrido». En los Viejos tiempos se abunda en los temas de la realidad y la memoria; se investiga a través de la función ese proceso en el que vamos descubriendo que no hay una realidad, sino que existe aquello que recordamos; pero que el recuerdo va variando, construyéndose desde el presente. Los tres personajes se cuentan historias que vivieron entre ellos hace veinte años, que les involucran. En cierta manera, cada uno de ellos las escucha como si le hubieran ocurrido a otros, incapaces los tres de coincidir nunca en un instante del recuerdo que han ido transformando una y otra vez, hasta que parece como si nunca hubiera tenido lugar. Son puntos de vista que difieren y que va alejando irremisiblemente a los personajes unos de otros. La realidad no es lo que ocurrió, es lo que recordamos. Ese recuerdo convertido en «verdad» es el motivo de los conflictos y a la vez el arma que cada uno despliega sobre el tablero del presente.

Emma Suárez, Ariadna Gil y José Luis García-Pérez en una escena de la obra Viejos tiempos
Emma Suárez, Ariadna Gil y José Luis García-Pérez en una escena de la obra Viejos tiempos
Anna y Deelay compiten por demostrar quien ha ejercido una mayor posesión sobre la persona de Kate. Cada uno va desvelando sus parcelas íntimas con ella, restregándoselas al otro y haciendole ver que las suyas son más importantes en la biografía de la mujer. Es como si trataran de adueñarse de ella a través de lo que vivieron juntos, de los recuerdos que cada uno va imponiendo. Esa lucha es otro de los ejes de la función. Pinter nos muestra los celos, tanto los que puede sentir un marido por el círculo de amigos de su mujer, como los que suscita en una amistad la irrupción de una pareja. Cada cual crea nudos propios y desenlaza los ajenos en una especie de triángulo complejo desarrollado con profunda amargura.

El cinismo y la ironía se van desenvolviendo sobre el escenario, con la típica cortesía y corrección de los ingleses, con el regusto que tienen por el uso exquisito de las palabras y por esconder bajo ellas un puñal con el que atravesar al enemigo. Las conversaciones se convierten en una especie de juego, muchas veces de tenis, donde abunda una trivialidad sobre la que camuflar los instintos y los deseos, contenidos, sin dejar que afloren del todo, cociéndolos en su propio caldo y a punto de explotar.

Entre las dos mujeres, el hombre siempre parece estar al margen, en otro plano. Por mucho que lo intente no logra acercarse. Solo confía en la suerte y el ingenio, en hacer algo que se interprete desde el otro lado como una gran hazaña. Pero no sabe qué. No le sirven sus palabras, no le valen sus historias. Anna está por encima de todo, nada la hiere, solo quiere recordar el pasado en este presente, saber lo importante que fue en los mejores años de su vida, donde pasó todo. Kate no se define, está encerrada en sí misma, obsesionada con la soledad y la limpieza. Dice que le eligió a él hace veinte años porque sabía que no iba a dejar que ella estuviera sucia. Gira de uno a otro ajena a la propia pelea.

Explica Ricardo Moya, director de la función, que Viejos tiempos fluye primero de atrás y luego de dentro. Parece un galimatías, pero describe muy bien una función en la que presente y pasado confluyen en el ahora que es único tiempo que vale. Los personajes tienen un pasado que recrean a su completo interés, lo construyen en el momento desde su interior y al hacerlo ellos mismos también se transforman.

Los actores van desnudando su alma para construir sus personajes y lo hacen sobre un texto que no se explica, que simplemente pasa en el momento de la representación para que alguien lo mire, sin otro objetivo. En la obra abundan los silencios, molestos en cualquier conversación, con los que se incomoda al espectador. Son tiempos muertos de espera en los que quien observa debe darle vueltas a dónde está, preguntándose que hace allí y qué le importa todo esto que se ha parado a ver. Es ese momento que sirve para el análisis y también para crear las expectativas. Es un teatro humano, de gestos, de intenciones por descubrir, de proximidad con el espectador para que pueda participar. Solo en un sala pequeña se pueden establecer los lazos entre las dos partes, un lugar en el que desde cualquier butaca se pueda percibir con el mayor detalle todo lo que pasa sobre el escenario. Sino toda complicidad se pierde.

Viejos tiempos le muestra al observador lo cotidiano para que se haga sus propias preguntas. Al salir, cada cual habrá visto una obra diferente, y eso ocurre porque el autor entrega muy poco al espectador, y es éste quien debe poner de su parte, tanto que al final buscará hilos de los que tirar y lo hará basándose en su propia experiencia. Son nuestras situaciones, nuestras ideas, nuestros miedos los que cada uno va poniendo en lo que ve sobre el escenario, mecido y arrullado por lo que va escuchando decir a los personajes. Es un teatro en el que de unas coincidencias personales cada uno construirá otras conclusiones.

Tal vez Pinter, mientras escribía esta obra, se preguntaba qué ocurre con los demás y qué queda de la realidad tras el paso del tiempo. Quiza Kate nos conteste por el autor: «Él me preguntó una vez, sobre esa época, quién había dormido en esa cama antes que él. Yo le dije que nadie. Nadie en absoluto».

A modo de pequeño anecdotario: Además de dramaturgo, Harold Pinter fue director de teatro, poeta y activista político que hizo pública su oposición a la política exterior de Estados Unidos y del Reino Unido. En los inicios de su carrera llegó a actuar en varias compañías de teatro de repertorio, en una de ellas lo hizo bajo el seudónimo de David Baron.

Respecto a Viejos tiempos, en España se representó por primera vez en 1974, tres años después de que la Royal Shakespeare Company la estrenara en el teatro Aldwych de Londres. Aquí fue en el Teatro Eslava de Madrid. La obra la dirigía Luis Escobar y estuvo interpretada por Irene Gutiérrez Caba, Lola Cardona y Paco Rabal.

sábado, 16 de junio de 2012

Iván-Off, un Chejov en nuestros días

La casa de la portera, un nuevo espacio para el teatro de máxima cercanía con el espectador


Sábado 16 de junio de 2012. La casa de la portera. Madrid

Cartel de la obra de teatro Iván-Off
Cartel de la obra de teatro Iván-Off
El teatro, o mejor dicho el espacio teatral, está viviendo una positiva readaptación que pretende una mayor proximidad con su público. Primero fue el teatro en la calle, después las salas alternativas, público en el escenario, los espacios de microteatro… y un sin fin más de nuevas propuestas que se han ido consolidando durante estos años. Incluso las grandes salas del Centro Dramático Nacional han querido participar abriendo pequeños espacios en sus teatros para este tipo de obras. La casa de la portera es un espacio creado por el escenógrafo Alberto Puraenvidia y el actor y director José Martret en la zona del rastro. Para ello han rehabilitado lo que durante muchos años fue la casa de una portera de este barrio. Abrieron hace cuatro meses y, a través del boca a boca, están llenando a diario. Las reservas se hacen llamando a un número de teléfono móvil en el que te atiende el propio Alberto. La lista de espera hace que haya que solicitarlas con casi un mes de antelación. Es normal que cuando llega el día se tenga una cierta impaciencia ante tanta expectación creada.

Lo cierto es que sorprende. Probablemente, con su aire retro, sea la sala de teatro más chic de Madrid. Tras la puerta, el tiempo se detuvo hace años en sus lámparas, en los papeles pintados, en el acolchado de la puerta, en los espejos y en cada uno de los pequeños detalles que muestran sus paredes. Es una sensación falsa, pues todo es nuevo y efecto del mucho y cuidadoso trabajo invertido en la rehabilitación. Ese viaje hacia atrás del espacio que representa la casa nos dice al oído que el pasado aún guarda historias que contar, que debemos mirar el presente, nuestra situación de hoy, con modelos de ayer de los que aprender. No es que cualquier tiempo pasado hubiese sido mejor, sino que las sociedades que carecen de memoria están obligadas a repetir su Historia. Aparte de filosofía, también nos dicen que existe una necesidad imperiosa de dejarnos llevar a otros lugares que nos saquen de este momento actual, al menos que nos lo dejen olvidar. El teatro siempre ha sabido comportarse como esa válvula de escape y ser esa mirilla desde la que observar la vida sin dolor.

Un pequeño recibidor, detrás del que se encuentra Alberto, sirve tanto para recoger las entradas como para realizar la función de guardarropía. Luego vienen los largos pasillos que nos llevan a dos salas. En la segunda de ellas comienza la función de Iván-Off. Iván (Raúl Tejón) se encuentra sentado es un sillón leyendo un grueso tratado, los pies apoyados sobre una silla y cubierto con una manta de lana blanca que le protege de un frío hipotético. Mientras, los 22 espectadores que como máximo admite cada representación se van sentando alrededor de la habitación, en un banco tapizado pegado a las cuatro paredes. Los pies se apoyan sobre un saliente de madera. Un instante para que todos se acomoden y comienzan a escucharse ruidos en la casa, sonidos que ya estaban desde la entrada pero que ahora parecen las notas de quien está aprendiendo a interpretar música y las correcciones de su maestro. Entra Miguel (David González), escopeta en mano, con sigilo, y todo arranca.

Es esa habitación de Iván nos encontramos con un hombre aburrido que sufre, que se ha hartado de la vida y del amor, casado con una mujer enferma a la que le queda poco tiempo. Está cargado de deudas y de una decisión del pasado que atormenta su relación ya enfriada por el tiempo. Miguel es lo contrario, ese embaucador que siempre está haciendo cuentas de la lechera, el que anima cualquier fiesta solo con su presencia y con sacarse una historia de su chistera. Por la habitación pasan el Conde Mateo (Javier Delgado «Tocho»), el «más que honrado» doctor Constan (Roberto Correcher) y Ana (María Salama), la esposa de Iván. Pasados 30 minutos de representación el público cambia de sala, desplazado a la casa de los Leyva, la habitación de al lado, en cuyo salón se da una fiesta. El público ahora se sienta en sillas tapizadas que bordean las cuatro paredes del salón. La señora de la casa Silvia Leyva (Maribel Luis) rompe definitivamente la cuarta pared ofreciendo unos sandwiches de jamón y queso a los asistentes. Tras el aperitivo entran nuevos personajes que se ganan al público con un gesto, con una mirada, con el brillo de unos ojos, con la forma de cerrar con ímpetu su abanico. Son Doña Bárbara (Rocío Calvo), Carlos Leyva (Germán Torres) y Sara Leyva (Cristina Alarcón). Con ellos se puede observar la vida insustancial y las cuitas de los más ricos. Este cambio de escenario se volverá a producir otras dos veces entre la habitación de Iván y el salón de los Leyva, siempre con puntualidad y cada media hora.

El reparto completo de la obra Iván-Off
El reparto completo de la obra Iván-Off
El efecto lupa que hace estar tan cerca de quienes actúan permite que los detalles en la interpretación recuperen su valor y brillen por sí mismos. Quizá esa cercanía exige a los actores y actrices un plus, un esfuerzo extra de concentración y naturalidad, a la vez que facilita la empatía del público hacia los personajes a los que ve como seres humanos que, como decía el propio Chejov, aman, lloran, piensan y ríen. Y pasan de una situación a otra constantemente, como ocurre en la vida diaria, donde las penas le dan el relevo a las alegrías y al revés. El texto elegido ayuda a potenciar esta idea.

Es un texto de personajes atormentados que piensan y hablan, mostrando todo una psicología interior que se potencia en los enfrentamientos y en las discusiones con el resto de personajes, como la brillante escena entre Iván y su esposa Ana. José Martret lo ha versionado, adaptándolo estupendamente a nuestra tierra y a un pasado cercano de terratenientes, bodas, dinero, títulos y poder, haciendo una fuerte crítica a cada una de esas instituciones para hablarnos de vivir la vida según nos llega, con nuestros propios principios. La felicidad es el objetivo de los personajes, cada cual la busca en lugares diferentes que van desde atesorar dinero hasta la satisfacción que produce una copa más de vodka. Hay quien la persigue en el amor y quien la ve como un negocio en el que cada parte tiene su valor en la transacción. Cada uno de estos caminos emprendidos se va llenando de reproches y amargura, teñido por la discapacidad de asumir que la infelicidad va surgiendo de las decisiones tomadas cuando anteponemos en nuestra vida muchos otros valores que terminan atenazándonos y convirtiéndonos en frías personas al borde de la insensibilidad.

Cada elemento de la decoración de las habitaciones de la casa es utilizado en la representación, integrándose así, de la misma forma que el público, en el interior de la propia obra y formando un todo que está a la misma altura del propio texto. En el fondo se trata de convertir el teatro en una experiencia, dar novedad a una forma de contemplar. Esa quizá sea la clave de la casa de la portera.

A modo de pequeño anecdotario: La casa de la portera se inauguró el día 8 de marzo de 2012 con la representación de esta misma obra de teatro, Iván-Off. Es una versión actualizada de la obra de Antón Chejov titulada Ivanov, una de sus primeras obras de teatro en cuatro actos que escribió el dramaturgo ruso.

viernes, 15 de junio de 2012

Las chicas de la 6ª planta, la buena voluntad

Philippe Le Guay cuenta que las criadas españolas llenaron de vida el París de los años sesenta

Cartel de la película Las chicas de la 6ª planta
Cartel de la película Las chicas de la 6ª planta
Las chicas de la 6ª planta se sitúa en el París de 1962, al terminar la guerra de Argelia, en la Francia que dirigía Charles de Gaulle, para mostrar las relaciones entre una clase social alta que no sabe llevar una casa sin servicio y las invisibles mujeres que se encargan de ello. Detrás de su elegancia, el francés acomodado de los años sesenta escondía una vida llena de monotonía, dedicada al negocio y a la familia, y con apenas algún aliciente más que podía proporcionarle una pequeña y obligada vida social. Una existencia apacible, tranquila y sin el menor sobresalto. Nada que ver con el impulso vital con el que se movían constantemente las criadas españolas que emigraron a Francia, las que tenían por delante una vida de complicaciones y sacrificios con la que intentar ayudar a sostener la economía familiar a través de un empleo que en España no podían conseguir. Fueron muchas las españolas que se marcharon a Francia a servir, para ganarse la vida con su honradez y su trabajo. Aquellos eran tiempos de esfuerzo, ¿pero cuándo no lo han sido?, ¿es que alguna vez hay épocas de holganza para la clase obrera? A veces, por muchos años que pasen, nos levantamos dándonos cuenta de que todo sigue por hacer en cuanto a las diferencias, que el ser humano apenas si ha progresado sobre la faz de la tierra, que se mantienen en vigor los mismos esquemas de siempre.

La sexta planta, el lugar de los trasteros, es donde viven las criadas españolas, en pequeños habitáculos de unos pocos metros cuadrados, con un camastro y un baño común para todas que no funciona como les gustaría. No tienen agua corriente, así que cada mañana recurren a llenar una palangana con agua fría para asearse. Y todo ello a unos metros de sus patrones, que viven abajo, en los lujosos pisos del mismo edificio. Y sin embargo la distancia entre unos y otros es casi infinita, la misma que nos separa de la luna, el mismo imposible de dos mundos en las antípodas que se pudieran rozar.

Sin embargo, Las chicas de la 6ª planta no es en esencia una película social, aunque juegue cerca y se deje arrastrar en algunos momentos por un mensaje un punto más comprometido. La película es ante todo una comedia romántica y un despertar hacia un mundo desconocido y lejano que, paradojas de la vida, se encuentra dentro del mismo hogar. Habla de la sorpresa de toparse con unas personas con las que no se comparte nada, a las que se les da órdenes y solo se espera de ellas que las cumplan, porque en el fondo se supone que no tienen vida fuera de este trabajo. Y sin embargo esas rotundas españolas son capaces de enseñarle a su protagonista lo fundamental de la vida, la esencia de saberla compartir. Es la historia de una alegría contagiosa, del talante de quienes menos tienen y más dan.

Natalia Verbeke y Fabrice Luchini en una escena de la película Las chicas de la 6ª planta
Natalia Verbeke y Fabrice Luchini en una escena de la película Las chicas de la 6ª planta
Philippe Le Guay logra dotar a su película de un aire festivo que traspasa la pantalla con la vitalidad que desprende el estupendo elenco de actrices elegidas. Juntas todas ellas forman un remolino arrebatador de alegría, sentimientos y emociones. Ese aire es lo más potente de la película, más que el dudoso camino de salvación por el que se va deslizando su protagonista a través de su proceso de enamoramiento que le lleva a una cierta idiotización un tanto divertida, pero intrascendente en el fondo. Las chicas de la 6ª planta frivoliza y juega con el choque cultural que le produce a la clase acomodada descubrir a quienes habitan esa sexta planta, a esas mujeres que forman otra comunidad, que hablan muy deprisa en castellano, que comen tortilla y paella, que van a misa a diario, que pasaron una guerra y la dictadura fascista del general Franco después, pero que aún así tiran para delante y le sacan el jugo a la vida sin perder una sonrisa, sin dejar de agacharse a socorrer a una compatriota que lo necesita. Un grupo de mujeres solidarias, que entienden que lo que le pasa a cada una de ellas les ocurre a todas y que si no se ayudan entre sí, estarán totalmente perdidas y solas en una ciudad que no es la suya, ni nada tiene que ver con ella.

A Monsieur Joubert (Fabrice Luchini), con una vida un tanto hastiada donde su mayor preocupación era que en el desayuno le sirvieran los huevos con una cocción en agua de tres minutos exactos, le venía haciendo falta encontrar la libertad de salirse del camino marcado. Así, dejarse seducir por el descubrimiento de un nuevo mundo al que no había ni mirado, le supone una emoción que le agita y le empuja a buscarse a sí mismo, fuera de estereotipos, en lo que aún mantiene de humanidad. Se vuelve bondadoso y se va sintiendo feliz con las elecciones que va tomando. Libre por primera vez.

En la protagonista, María (Natalia Verbeke), no está tan claro el motor de sus decisiones. Es impulsiva, descarada, pero sobre todo hacendosa y buena cumplidora. El perejil lo encuentra en la satisfacción de haber seducido. El resto de las criadas españolas buscan cada una su sueño. Concepción (Carmen Maura) ganar lo suficiente para terminar de construir una casa en el pueblo. Carmen (Lola Dueñas) dar con la sociedad justa para el ser humano. Dolores (Berta Ojea) vivir sin preocupaciones mirando siempre hacia España, sin perder sus raíces para quizá volver un día allí en una situación mejor. Teresa (Nuria Sole) en encontrar un marido francés. Pilar (Concha Galán) no quiere sufrir más. Todas ellas son mujeres que llegaron sin nada, que estuvieron aisladas en una ciudad desconocida con otro idioma y costumbres diferentes, cargando con el sufrimiento que produce estar lejos de sus familias y del hogar, pero llenas de un coraje decisivo.

Suzanne (Sandrine Kiberlain), la esposa de Joubert, por contraste, es una mujer un tanto superficial que se ha acostumbrado a una agotadora vida de compromisos sociales y partidas de cartas con las amigas. Apenas sabe ya comunicarse con su marido. Tienen dos niños repelentes, sabiondillos y metemeentodo. Los tres, madre e hijos, sirven para medir la magnitud de la sorpresa y hacer de contrapeso de lo aburrido en la vida de Joubert, aunque ellos tampoco tengan la culpa de las decisiones que no se toman.

Un factor importante en todo ese mundo de las criadas españolas es la iglesia como centro cultural y punto de encuentro de cualquier actividad. En la calle de la Pompe se encontraba la Iglesia española de París dirigida por el Padre Chuecan. Allí se rezaba y también se reunían las mujeres para hablar de sus cosas, para vivir con solidaridad y como no, para hacer las entrevistas de trabajo. Si alguien buscaba una chica española, debía pasar por aquella iglesia. En la película aparece retratada con sus misas a primerísima hora de la mañana, para que no interfiriera nunca con el trabajo, y los cánticos religiosos en español.

La verdad es que si solo buscase entretenimiento, en Las chicas de la 6ª planta lo encontraría y tendría suficientes motivos para valorar el lado positivo de la vida. Pero pienso que el cine que carece de un cierto contenido de mayor profundidad se me queda cojo. No me gustan las comedias dulces. Es cierto que agradezco las risas que me provocan, y en este caso fueron muchas, pero cuando vuelvo a casa, me duelen; me supera ese conformismo con la vida tal y como está, ese mensaje de silencio y sacrificio para aceptar el mundo sin querer cambiarlo. Me horrorizan esos mensajes que nos llaman a asumir la pirámide social porque entre los que mandan hay individuos caritativos, que es natural el dominio de unas clases sobre otras por el hecho de tener más capital, que vivimos sometidos a un sistema que se considera «el más justo» y que por tanto no hay motivos ni para mejorarlo ni para rebelarnos. Hablo de esas películas con un nivel de reivindicación que calma conciencias pero que termina diciendo que cada cuál debe seguir en su lugar, las que escriben aquellos que vienen de una clase acomodada y que ven la vida desde arriba, con sus pequeñas frivolidades.

Y a pesar de mis quejas por la falta de implicación social en un tema que me parece que se merece un tratamiento más directo, recomiendo Las chicas de la 6ª planta. Lo hago por su frescura, por el divertido juego que en pantalla surge con las conversaciones que empiezan en francés y terminan en castellano, por la vitalidad y por la ternura de unas cuantas miradas demasiado inocentes. Por mirar un poco hacia atrás con inocencia.

Eso sí, hay que elegir verla en versión original subtitulada.

A modo de pequeño anecdotario: Confiesa Philippe Le Guay, el director de Las chicas de la 6ª planta, que el proyecto surgió a partir de un recuerdo de infancia. Sus padres emplearon a una criada española llamada Lourdes, y pasó sus primeros años de vida con ella, con quien compartió la mayoría del tiempo, más incluso que con su propia madre. No es extraño que terminase hablando un revoltijo entre el francés y el español. Le Guay dice no tener recuerdos concretos de aquellos años, pero que su madre siempre le ha hablado de ellos. Más tarde, viajando por España, algo le encajó de repente al conocer a una mujer que le contó cómo había vivido durante los años 60 en París. Se apoderó de él la idea de hacer una película sobre la comunidad de criadas españolas. Escribió una versión inicial del guion con Jérôme Tonnerre en la que se narraba la historia de un adolescente descuidado por sus padres que encuentra refugio y protección entre las criadas de su edificio. Al no conseguir hacer la película cambió el punto de vista e imaginó al padre introduciéndose en el mundo de la sexta planta. Salió una película distinta.

domingo, 10 de junio de 2012

Se celebró en Madrid un año más el Festival de Cine Alemán

Una buena oportunidad para ver el cine de aquel país que no suele llegar a nuestras carteleras

Cartel de la película Kriegerin
Cartel de la película Kriegerin (La guerrera)
Lo del rescate debía ser algo cantado para Esperanza Aguirre, tanto que para esta semana que termina, en Madrid se ha celebrado el 14 Festival de Cine Alemán. Ya, ya sé que no aparece financiación alguna de la Comunidad en este evento, pero es por lo que ya sabemos, que por mucho que le demos vuelta a los bolsillos, el dinero madrileño no aparecerá, se fue con Bankia, con muchos contratos a dedo y con unas fabulosas campañas de marketing. Así que se lo tiene que pagar el propio German Films con la ayuda de algunas empresas de aquel país. Ya sabemos lo discretos que suelen ser en casi todo los alemanes, tanto que dejan a nuestros políticos llamar a las cosas con otros nombres sin contradecirles. Yo por si acaso fui el sábado a ver dos películas seguidas, para ponerme al día e ir aprendiendo sus costumbres. Ahora que los españoles vamos a ser alemanes, o les hemos terminado de ceder la poca soberanía que nos quedaba, no se puede desaprovechar este tipo de ocasiones para contemplar su cultura y los temas que de verdad les inquietan. Del cine siempre se aprende pues en el fondo cuenta cómo somos y a dónde queremos llegar. No soy un experto en su filmografía, pero noto siempre un toque más frío, más seco, más directo, con menos sentido del humor -en general, que buenas excepciones tienen- y con mucha más preocupación existencial. Nuestra filmografía, poco tiene que envidiar a la suya, yo me quedo con la nuestra.

Kriegerin (La guerrera) es una película sobre el avance de los grupos de extrema derecha en Alemania y en toda Europa. La ideología neonazi es simplista, no se preocupa de la complejidad. Le basta decir somos los mejores y esto es una guerra contra los otros. Crece sobre todo en épocas de crisis, cuando se trata de repartir entre menos (si hay poco todo nuestro), pero al final no deja de ser un callejón sin salida. Así nos lo cuenta su director, David Wnendt, en la película, preocupado por cómo se están extendiendo estos grupos en las zonas rurales y entre los más jóvenes, en lugares en los que apenas hay inmigración.

Para hablar de las causas Kriegerin (La guerrera) apunta en dos sentidos. El primero es el hastiazgo social de nuestros jóvenes, convertidos en nihilistas y sin ninguna esperanza puesta en su vida futura: no nos espera otra cosa que más de lo mismo porque no hay solución. Descontento y malestar son un excelente germen para echar la culpa al diferente. La segunda de las causas está ligada a un sistema educativo en el que no aparece la política como un elemento importante. Los padres y madres no quieren hablar a sus hijos de esos temas porque sienten el fracaso de su generación en las ideas políticas que alimentaron pero que no implantaron.

Es una película interesante, bien intencionada, que se deja ver y en la que su iconografía resulta tremendamente realista. Pero la ficción que narra es poca cosa. Tal vez se deba tomar como un aviso ante el fascismo que está volviendo y una manera de señalar a los jóvenes que no hay vuelta atrás cuando se elije ese camino, que es una senda llena de acciones malas y de remordimientos de conciencia que nos invalidan como personas. El mal camino siempre es más corto, pero debemos trabajar para que nuestra sociedad prefiera el más complejo, el que nos tiene a todos en cuenta por igual, sin privilegios tan absurdos como el país en el que uno ha nacido. No hay razas superiores.

Cartel de la película Halt auf freier Strecke
Cartel de la película Halt auf freier Strecke (Stopped on Track)
A Andreas Dresen el festival le dedica una retrospectiva. Halt auf freier Strecke (Stopped on Track), una de sus películas, ha sido la elegida para clausurar este festival. Se trata de una historia muy triste que obliga al espectador a viajar al hogar de una familia en la que al padre le han diagnosticado una enfermedad incurable y que está ya en un estadio terminal. No le ahorra el menor sufrimiento al estar rodado como un falso documental.

Asistimos impertérritos al lento hundimiento de toda una familia condensado en dos horas, a una cierta emotividad difícil de expresar y a la angustia de enfrentarse a la muerte sin esperanzas. La enfermedad siempre gana con su duro proceso donde los síntomas van anulando al protagonista como persona. Utiliza como memoria unos pequeños vídeos que va grabando en su iphone a modo de diario y como único sustento racional de lo que fue y de lo que está perdiendo.

La vida se para ante una tragedia, cada uno de los planes se abandona y una patina gris lo va envolviendo todo. Silencios, gritos, angustia y desolación. Los días pasan y no traen nada nuevo, solo la desesperanza de ir descubriendo los estragos de la enfermedad, de perder el control de las ideas, las palabras, los movimientos y hasta del propio cuerpo que ha dejado de responder. Nada funciona.

Es interesante en Halt auf freier Strecke (Stopped on Track) el tratamiento que se utiliza de los demás frente a la enfermedad, esa forma indirecta de padecer con el paciente y ese agotamiento diario hasta no poder más. Cada uno intenta abordarlo como puede, preguntándose cuál es la mejor manera de actuar ante el enfermo, esforzándose por comunicar no sabe qué, transmitiendo unos ánimos que no se mantienen con el paso de los días y descubriendo que el cariño no es suficiente para soportar lo que ocurre. Lo más doloroso es sin duda ese camino hacia un quedarse solo entre los demás, aquellos que más te quieren y que no saben cómo ayudar, ni pueden hacerlo.