jueves, 28 de febrero de 2013

8 años y…

…705 entradas después


Mi televisor de ahora
Mi televisor de ahora
Hace ocho años, un 27 de febrero como ayer, se estropeó mi televisor. Era un nokia totalmente analógico y algo gordito; pero eso sí, con muy buena calidad de imagen.

¿Qué por qué me acuerdo ahora de aquello? Porque aquella circunstancia sirvió para que al día siguiente, un 28 de febrero como hoy, naciera La Isla Inexistente.

Mucho ha llovido desde aquella primera entrada titulada La televisión se rompió. No es que no me reconozca, pero sí encuentro en aquellos tiempos una búsqueda por dar con la voz propia de la Isla, la que unificara el blog y marcara su sentido. Probé diferentes caminos, pero siempre intenté hablar con franqueza desde estas líneas. Mirando hacia atrás creo que terminé tropezando con el lugar y ese cascarón vacío e inexistente se fue llenando de restos del naufragio hasta convertirse en ese estado imaginario, eliminado de toda geografía, donde se practica la crítica cultural.

Han pasado 8 años y 705 entradas -si contamos también ésta- y el blog sigue activo. Es cierto que muchas cosas han cambiado, sin ir muy lejos mi televisor es otro, el de la foto de arriba, un samsung flaquito y más acorde con los tiempos. No es lo único que ha adelgazado, el mueble que lo sujeta también, vino un día de lejos, creo recordar que de Malasia. El sofá que no sale en la foto es diferente, algo más largo. Incluso la orientación del salón es la contraria a la de entonces. La cámara de fotos que toma la imagen es distinta. Las cosas hoy en día no duran, están construidas con su obsolescencia programada, la actualidad pasa página muy rápido y el olvido gobierna. Son ocho años y ya apenas queda nada de entonces.

La televisión volvió a los cuatro días reparada y duró aún algún tiempo hasta que un día se rompió de verdad y dos técnicos que se encargaban de arreglar televisores me dijeron que me iba a salir mucho más barato comprar una nueva que repararla. Aquellos cuatro días sin televisión en casa fueron un pretexto. Hoy solo quería recordarlo.

martes, 26 de febrero de 2013

Chile, la alegría ya viene

No, la película de Pablo Larraín que recupera la campaña que derrocó a Pinochet


Cartel de la película No
Cartel de la película No
¿Por qué? Porque forma y emociona.
No fue la película ganadora en el festival de La Habana y también en Cannes dentro de la la Quincena de Realizadores, pasó por San Sebastián dentro de la sección de Zabaltegi Perlas y además estuvo nominada a los Oscars representando a Chile. Y sin embargo reconozco que me dio algo de injustificada pereza el ir a verla. Iba dejándola pasar, pero la película resultó ser persistente, se mantenía en cartelera y con cabezonería cada viernes volvía a encararse para decirme que ahí seguía, esperándome, que algo especial debía tener, ¿no?. Al final cedí, dejé ganar a la razón y me fui a los Cines Paz, en Fuencarral. En la sala de al lado ponían Blancanieves, arriba Amor y también estaban en el mismo cine Argo y Blue Valentine: una ramillete de películas de festivales, en cierta manera extrañas y más bien alejadas de lo que se suele llamar cine comercial, aunque dos de ellas se hayan llevado el Oscar como mejor película el pasado domingo y otra unos cuantos Goyas el fin de semana anterior. Aunque hacen una selección que me suele interesar, el Paz no tiene las mejores salas de Madrid, es como si el tiempo se hubiera detenido en ellas, sus butacas han envejecido más de lo deseado y ni siquiera cuidan demasiado la proyección al deformar el 4:3 en un raro trapecio que incluso me hizo dudar si habría sido una decisión del director y no del proyeccionista. Y sin embargo de todo ello me olvidé en cinco minutos porque me di cuenta de que estaba sentado viendo una gran película, de esas que no abundan, de las que te sacan de tu realidad y te hacen viajar a otros lugares, a otros tiempos.

No, tras los títulos de crédito, arranca de una forma extraña, con una campaña publicitaria que se ve interrumpida por una visita que quiere hablar con el publicista. A ese corte le sigue una misma conversación en tres momentos diferentes, en tres lugares distintos pero sin perder el diálogo. Luego una larga galopada en monopatín entre el tráfico. Y después otra conversación, troceada como la anterior. En realidad es un cebo, una forma de situar con rapidez al espectador dentro de un falso documental enmarcado en el contexto social del Chile de 1988 cuando se convoca el plebiscito que el régimen de Pinochet se vio obligado a realizar por la presión de la comunidad internacional. En unos pocos minutos, la película se ha llevado al espectador hacia atrás a un tiempo diferente, pero del que quedan reminiscencias en su cabeza, puntos con los que enganchar, y a la vez ha despertado su curiosidad. Y a partir de ahí, ya no te suelta, te ha atrapado en apenas diez minutos y sin que sepas explicar por qué. Así es el marketing y la publicidad, juega con nuestros sentidos, con nuestros recuerdos, con nuestros sueños.

Pablo Larraín recupera las texturas del cine y la televisión de aquel tiempo rodando con cámaras de vídeo analógicas. Lo hace para integrar las imágenes de archivo sin que ese trabajo se note y que no tengamos la sensación de estar yendo y viniendo. Así que su apuesta porque todo sea 1988 y lo estemos viviendo en directo, funciona al hacerse imposible una separación entre el rodaje nuevo de las imágenes recuperadas de entonces. Los colores ocres, azulados y más básicos de entonces, donde se sentía hasta el peso del aire en la imagen, que producían aquellas cámaras de 1983 con tubo Ikegami se extienden a toda la película combinando una mezcla perfecta entre documental y construcción, algo que se impregna como cierto porque nos muestra una realidad auténtica. Y sin embargo, a pesar de ese viaje hacia el pasado con sus mismas herramientas, No se aleja de ser un rancio documental.

Pinochet cayó porque perdió un referéndum democrático que sirvió para acabar con una dictadura, un plebiscito que le impuso la comunidad internacional como condición para legitimar su régimen desde el exterior. Pero en realidad su derrota fue el trabajo de despertar la esperanza con la campaña del «NO», un movimiento que supo unir y aprovechar la pequeña oportunidad que tuvieron los chilenos para decidir. Como un milagro, a sus manos vino la opción del cambio, de caminar con optimismo hacia la felicidad. Fue un trabajo difícil, pues había que salir del pozo del dolor y de las consecuencias políticas de un gobierno militar impuesto por la fuerza y que dejó torturados, muertos, desaparecidos y exiliados, que acabó con las libertades civiles de un país controlado con mano dura por la poderosa minoría de la derecha y los militares. No olvidemos que la de Pinochet fue una de las dictaduras más sangrientas.

Las armas para este combate, de un lado y otro, son desiguales. La campaña del «SÍ» es la campaña de los dueños de las empresas. La del «NO», la de los empleados. El «SÍ» está al servicio del poder y maneja todas las estructuras del sistema, vigila a sus oponentes, les amedrenta si es necesario y se comporta de forma despótica porque siente que tiene la victoria en su mano. Pero ese plebiscito y los 15 minutos diarios en la televisión para cada una de las dos opciones, son un espacio por el que se cuela la esperanza. Defender la opción del «NO» permitió el derecho a una información libre durante ese cuarto de hora diario que duraba su franja. Ese derecho fue el primer paso, el que sirvió para que muchos dieran la cara y otros decidieran no rendirse. Ese «NO» rotundo a Pinochet tuvo que diseñarse como una campaña creativa más, que pudiese llegar a todos los ciudadanos y romper las barreras represivas que el régimen había colocado durante todos aquellos años. Sin resentimiento y sin complejos, frente a dictadura se ofreció el mensaje de que «la alegría estaba en marcha» un eslogan que sirvió para aunar bajo la misma bandera a disidentes, temerosos e indecisos a través de unos sentimientos que resultaron imparables. Una emoción que la película sabe contagiar.

El uso de técnicas publicitarias y de marketing para la defensa de una idea política genera controversia. Dice Pablo Larraín que en su opinión «la campaña del NO es el primer nivel de consolidación del capitalismo como único sistema posible en Chile. No se trata de una metáfora, es exactamente eso: publicidad pura y dura llevada a la política». Larraín quiere sembrar dudas, que haya una revisión crítica de aquella etapa que fue la transición chilena de la dictadura a la democracia, porque en el fondo, igual que aquí, el resultado del proceso no modificó lo sustancial del sistema instaurado por Pinochet y mantuvo detrás del poder a las mismas familias. Así lo refleja tras la victoria la mirada de su protagonista que ha vivido un despertar político pero que siente que sin embargo las cosas no han cambiado demasiado, que faltó algo más.

Una escena de la película No
Una escena de la película No
En España hay dos niveles para extrapolar. En primero preguntarse por qué, tras la Segunda Guerra Mundial, la comunidad internacional no presionó a Franco con un plebescito que determinara su continuidad. Al contrario, el mundo poco a poco fue tolerando primero lo que aquí pasaba y abriendo la mano después. El resultado fue que la dictadura se mantuvo cuarenta años y terminó simplemente porque Franco murió en su cama. El segundo de los niveles comparables es esa ilusionante Transición construida como un camino de felicidad pero que no sirvió para cambiar las estructuras. Nuestra Transición se diseñó para aparentar ser brillante, pero en el fondo no pasó de haber sido una falsedad construida, una puesta en escena de una nueva España que seguía en las manos de los mismos.

Extrapolable de la película a nuestra realidad del año 2013 en España es también el mecanismo de la derecha para desacreditar los mensajes de la izquierda. Las mismas falacias y construcciones del «SÍ» atacando al «NO» las podemos ver hoy en el ABC, La Razón, Intereconomía o en los telediarios de TVE. También Rajoy hoy hace el mismo uso de las fuerzas represivas contra el pueblo que emplean todas las dictaduras. Cuando no se tiene la razón, queda la fuerza.

Hay demasiadas referencias de nuestra propia sociedad con las que vincular la película como para que ésta pueda pasar inadvertida. Forma y emociona a la vez y uno se va de la sala agradecido porque haya cineastas capaces de contarnos las grandes historias que nos interesan.

viernes, 22 de febrero de 2013

Marea ciudadana #23F

Que se escuche la voz de la ciudadanía


Mañana me toca ser marea, por responsabilidad y porque no hay otra forma de entender el concepto de ciudadanía.

Mañana hay que salir a la calle, a la pelea pacífica de la honestidad, para volver atrás los recortes, para que no se venda lo público a los intereses económicos de unos pocos, para que se vayan los corruptos, para que tengamos una verdadera democracia… ¡Hay tantos motivos para no quedarnos callados en casa!

Despidiendo que es gerundio (Fotos: Coque Couto)
Marea ciudadana #23F. Cartel de la convocatoria

Manifiesto: Marea Ciudadana Unida contra los recortes y por una verdadera Democracia

La presión de los mercados financieros, la deuda ilegítima creada por el propio sistema financiero especulativo y las brutales políticas de ajuste dirigidas contra la mayoría de la sociedad, junto con la corrupción y la pérdida de legitimidad de las instituciones, están causando en nuestro país la mayor crisis de la democracia de las últimas décadas.

El creciente desempleo, el ataque a la Sanidad y la Educación públicas, a los derechos laborales y sociales, al medio ambiente, nos ha hecho confluir en las calles, en las mareas ciudadanas, blanca, verde, roja, naranja, amarilla, negra, azul, violeta… defendiendo nuestros derechos.

Una sociedad justa y viable sólo será posible si la ciudadanía se une para defender los derechos sociales por encima de los mercados y la política honesta y la justicia social por encima de los intereses de las élites financieras.

La reforma del artículo 135 de la Constitución española, sin consulta alguna a la ciudadanía, supedita todos los recursos del Estado al pago de esta deuda ilegítima a costa de recortar todos los servicios públicos y de subastar a precio de saldo el patrimonio del Estado. Esta reforma supuso un «golpe de estado financiero», primando el pago de los intereses frente a las obligaciones propias de un Estado Social y de Derecho.

En 1981, tras el golpe militar, la ciudadanía se manifestó masivamente en defensa de la Libertad y la Democracia. Ahora, 32 años después, llamamos a toda la ciudadanía, a todas las mareas, asambleas, organizaciones y colectivos a confluir en una jornada de movilización el próximo 23 de febrero.

Por la Democracia, la Libertad y los Derechos sociales.

No al golpe de estado financiero. No debemos, no pagamos.


Hay alternativas. Hay soluciones:

  • Por la Justicia social y ambiental.
  • Por la Transparencia y la Democracia participativa.
  • En defensa de unos Servicios Públicos y Universales.
  • Por una Auditoria Ciudadana de la Deuda. Contra la Deuda ilegítima.

jueves, 21 de febrero de 2013

Cuando se juntaron un ser humano destructor y un dios que no escucha

El Centro Dramático Nacional pone en escena El malentendido, un texto de Albert Camus


Miércoles 20 de febrero de 2013. Teatro Valle Inclán. Madrid

Cartel de la obra de teatro El malentendido
Cartel de la obra de teatro El malentendido
¿Por qué? Por las preguntas que lanza Camus al ser humano.
Quizá sea Albert Camus uno de los escritores fundamentales que nos dejó el existencialismo del siglo pasado, de los que mejor supo describir ese desasosiego tan doloroso que acompaña al ser humano. Vivió la Segunda Guerra Mundial que convirtió a Europa en un páramo yermo. Sintió a su alrededor la destrucción que había provocado la falta de humanidad de las personas. Las guerras traen lo peor, lo más despreciable de nuestra esencia, sacan afuera los instintos más bajos, los más salvajes. No es fácil sobreponerse a todo esto, pero el escritor tiene un deber con la sociedad en la que vive. Debe retratarla y también está obligado a hacerla pensar, a no dar nada por sentado. El malentendido es fruto de ese compromiso de Camus, a su intención de cumplir con su parte. Utiliza para ello un hecho real que le conmovió profundamente y que leyó en la prensa. A través de esa historia, de lo particular, nos representa lo general, nuestro universo.

Cuenta Cayetana Guillén Cuervo, la protagonista e impulsora de este proyecto, que lo abordó como un homenaje a su padre cuando éste aún se encontraba enfermo. Quería llevar al teatro una obra que le conmoviera y que pudiera servir para rendir un cierto homenaje a sus progenitores, Gemma Cuervo y Fernando Guillén. Escogió El malentendido, una obra que ellos habían producido e interpretado en 1969. La estrenaron en Barcelona, en el teatro Poliorama, dirigidos por Adolfo Marsillach y con un reparto en el que también estaban María Luisa Ponte y Alicia Hermida.

Se trata de una historia sencilla, sembrada de símbolos y que busca provocar la reflexión en el espectador sobre su presente. Los diálogos están envenenados, los silencios respiran angustiosos el aire de una era muerta que nos asfixia sin remedio. En la historia, un hombre regresa a su casa después de veinte años. Se fue siendo un adolescente. Como la vida se ha portado bien con él, ahora quiere que el dinero que ha ganado sirva para hacer felices a su familia. Su madre y su hermana, regentan el mismo hostal del que se marchó y que sin embargo ha cambiado. Ellas no le reconocen, él no encuentra las palabras, y entre una cosa y otra surge el malentendido que da nombre a la obra. Lo que va a pasar lo deduce con rapidez el espectador tras las primeras escenas, atando dos cabos evidentes. No hay sorpresa y sí una cierta predestinación, la de un ser humano deshumanizado.

A pesar de esa sencillez, muchos son los temas que están latentes en la representación. El principal es la presencia de una Europa inhóspita convertida en páramo y el anhelo de huir hacia un lugar añorado en el sur, con mar y sol. Pensamos que escapando de nuestras ruinas podemos ser felices, porque la felicidad debe anteponerse a todo. Ese egoísmo es la primera pieza que sirve para socavar nuestra sociedad, para hacer que la ética colectiva se subordine a los intereses propios. Surge así ese «yo tengo derecho» con el que se justifica lo más atroz. Hay un retrato del capitalismo que nos va haciendo inhumanos porque en nuestros días la felicidad solo llega con el dinero y para conseguir éste todo sirve, incluso matar. El capitalismo no tiene valores y si ese es el sistema elegido por nuestra sociedad, nuestra sociedad se irá haciendo inmoral. Lo cierto es que ya nos hemos convertido en ese mundo sin valores del que la moral ha desaparecido.

El ser humano está solo ante la tragedia de esta vida, así que debe enfrentarla por sí mismo, con esa pesadumbre y esa angustia a cuestas. No hay quien nos descargue y por tanto tampoco tenemos a quien echar las culpas. No hay dios y si lo hubiera no sería otra cosa que un silencio cómplice, como esa presencia cumplidora y servicial que hay en la obra, un ser que sabe, pero que no interviene para al final poder señalar con el dedo y que sea nuestra propia conciencia la que nos remuerda. Cuando dios, cualquier dios, habla solo dice sabe decir «no», su monosílabo solo sirve para negar hasta la más mínima piedad. Entonces sabemos que estamos condenados, que lo estábamos desde siempre, que es imposible no vivir arrastrando las cadenas de nuestra condición. El ser humano se encuentra solo, perdido y sin rumbo. Viéndolo así, quizá la locura no sea una mala solución.

El tercero de los temas en los que profundiza El malentendido sirve para completar la descripción de nuestro mundo hostil: solo podemos continuar viviendo si logramos paralizar cualquier sentimiento, es decir dotarnos de medidas de inmunidad ante la crueldad propia del ser humano. Así nos adormecemos, fingimos, hablamos de vaguedades… Esa no profundización a la que tiende nuestra sociedad y que nos convierte en tontos está presente en la obra y hace que no consigamos, como el protagonista, encontrar las palabras que describan la realidad y nuestro interior, que expliquen cómo nos sentimos y hacia dónde vamos irremediablemente.

Nuestro destino, no cabe otro remedio, ha de ser trágico porque somos seres impotentes, incapaces de moverlo. Albert Camus no nos da respuestas, simplemente nos muestra la barbarie de lo que somos para ver si así podemos ser capaces de pararnos a pensar y no repetir los mismos errores cometidos en el pasado.

Cayetana Guillén Cuervo y Julieta Serrano en una escena de la obra de teatro El malentendido
Cayetana Guillén Cuervo y Julieta Serrano en una escena de la obra de teatro El malentendido (Foto: David Ruano; por cortesía del CDN)
Dejando a un lado lo filosófico para entrar en lo más tangible de la función destaco algún elemento más. El primero es la distribución del espacio que ha obligado a colocar las butacas del teatro Valle Inclán de otra forma, incluso variando su orientación. El escenario es un largo rectángulo, transversal a una parte de los espectadores, con sonora tarima de madera. Dos bancos, una mesa grande y una especie de atril-aparador, todos ellos de aspecto sólido y también de madera, completan el atrezo. Es difícil de llenar un espacio tan grande y eso sirve para representar la soledad del ser humano, tanto como la distancia entre unos y otros. En las primeras escenas, a propósito, los personajes están muy alejados, no permitiendo contemplar a ambos en un mismo plano, el espectador debe girar la cabeza para ir de uno a otro. Es el primer esfuerzo que se le pide, el segundo es una decisión, que tenga que elegir a quién seguir con sus ojos, qué detalles no perderse mientras sucede la escena.

Otro elemento distorsionador es la música. Una viola y un acordeón suenan en directo como banda sonora. Emiten sonidos agudos, lastimeros, como si fueran quejidos unas veces y otras viento. Son plegarias que nadie escucha, las voces perdidas de la desolación. No es una música agradable, solo inquietud. Para el descanso de los ojos, el sosiego, tenemos los paisajes que aparecen sobre la pantalla del fondo, como esa grabación fija de un río por el que corre el agua, o las olas soñadas llegando a la playa…

Para el final he dejado las interpretaciones. Son intensas, cargadas de pesadumbre y predestinación. Sus parlamentos no pueden resultan extraños, a pesar de ser complejos y estar vestidos de distancia. Después llega la furia y la rabia porque todo se ha hecho añicos. El malentendido requiere mucha fuerza anímica para transitar por los diferentes estadios y sus personajes brillan con la luz que el elenco les da. Julieta Serrano arrastra el cansancio de la madre de una manera sentida. Lara Grube nos muestra el ímpetu de una joven enamorada, pero también sabe lucirse cuando le toca el dolor de cerca. Juan Reguilón inquieta con su presencia silenciosa y con su cruzar rápido, brusco, siempre atareado. Ernesto Arias transmite con soltura un personaje comido por las dudas y por un presente complicado que se le desborda. Y Cayetana Guillén Cuervo marca con el ritmo de sus deseos, con la entonación de su voz, la escena.

viernes, 15 de febrero de 2013

El aburrido cuento de Blancanieves

Blancanieves acapara el mayor número de candidaturas a los premios Goya


Cartel de la película Blancanieves
Cartel de la película Blancanieves
¿Por qué? Porque te vas a aburrir.
Hubiera preferido que Blancanieves me gustase, pero no ocurrió así. Lo que me resultó fue aburrida, tanto que preferí no escribir reseña de ella en aquel momento, dejarla pasar. Los motivos que me obligan a ceder y terminar dedicándole unas líneas son la actualidad de los premios Goya el próximo domingo y esas numerosas apuestas que la dan como clamorosa vencedora. Lo hago un poco a regañadientes conmigo mismo, lo reconozco. No niego que el largometraje tenga algunos buenos valores cinematográficos, faltaría más, ni que cada cual tenga derecho a hacer de su capa un sayo, pero la verdad es que no es para tanto como se ha escrito. Eso que llaman cine con mayúsculas, de modernidad deslumbrante, a menudo no pasa de ser un divertimento snob. Las ínfulas de nueva experiencia sensorial no son más que una etiqueta marketiniana que se utiliza con la intención de vender entradas y de competir en el mismo terreno que otra marca cercana, la del 3D, pero que en realidad es una frase que no significa nada. El cine en sí mismo es esa fábrica de sueños.

Blancanieves no me conmueve, por mucho silencio, fotografía en blanco y negro y musicalidad de que se la rodee. No lo hacen tampoco esa mirada triste de huérfana que mantiene Macarena García, ni la redención del atormentado padre-torero que interpreta Daniel Giménez Cacho, ni la madre salerosa de Inma Cuesta, ni la abuela sentida de Ángela Molina, ni el pelele con el que le toca bailar a Pere Ponce, ni siquiera la mala-malísima que hace Maribel Verdú. Quiero explicarme para que se me entienda. Verdú aquí destila maldad por los cuatro costados, su trabajo en la película es soberbio y nada malo se puede decir de él, hace una gran intepretación. Al resto del equipo artístico le ocurre lo mismo; todas las interpretaciones son maravillosas, es cierto, pero están encajadas en el contexto de la película y por tanto impregnadas de la falsedad y la manipulación. Caminan para enseñarnos un ejemplo ético, así que se colocan a un lado o a otro de la línea, sin grises, como puros arquetipos.

Que en el mundo conviven buenos y malos ya se sabe, que los malos son muy malos y los que sufren son los inocentes también. El amor por dinero y los braguetazos tampoco resultan novedosos. Sí, de tópicos se alimenta esta Blancanieves de Pablo Berger. El director llena de españolidad andaluza el cuento de los hermanos Grimm, la huerfanita que con esfuerzo, tesón y genes se convierte en una gran mujer torera.

Supongo que hay mucha metáfora debajo de esta mirada al sur. Por un lado tenemos el retrato de esa España en blanco y negro que bien podía ser la de Franco aunque la película esté ambientada en los años 20. Una España de pobreza para muchos, de rosario, fe y sangre, pero que no pierde la alegría en unas pocas celebraciones. Una España pasada que recuerda a este presente en crisis económica y moral. Una España taurina que se ríe de los que trabajan porque son enanos. Una España de envidias y de trepas. Una España tutelada por una madrastra mala. Puestos a interpretar la imaginación es libre, basta unas pocas imágenes y que el espectador hile, que vea lo que quiere ver.

Para eso, para que se pueda no decir y sugerir, la estética está muy cuidada y se ha mimado la plasticidad con esos fotogramas que dan pie a reminiscencias oníricas y unos primeros planos para que los gestos sustituyan a las palabras. Hay un cierto toque gótico en la fotografía y un homenaje al cine mudo y en blanco y negro. Uno se puede detener a mirar una imagen y encontrar el parecido con nuestro cine más clásico. En realidad sirve para traernos recuerdos que rememoran la niñez de los que crecimos en el babyboom. A mí por ejemplo, cuando Blancanieves viajaba en el carromato y miraba por el pequeño ventanuco, me acordaba de las películas de Rocío Durcal, algunas de ellas también haciendo de huérfana y saliendo adelante sin perder la sonrisa ni la inocencia.

Pero la película es un cuento y por tanto tiene un final feliz y una moraleja. Los buenos triunfan por el mérito de su trabajo porque el esfuerzo es redentor. Es decir, no debemos preocuparnos de los malos que viven sin sudar porque tarde o temprano les llegará su condena. Y ni una cosa, ni la otra son ciertas en esta España real. No lo son y pocas veces lo han sido.