sábado, 17 de noviembre de 2012

Un cine que nos muestra distintas posturas de autodefensa

Sábado 17 de noviembre de 2012. Festival Internacional de Cine de Gijón

Syngué Sabour / The patience stone, Teddy Bear y Después de Lucía son tres películas sobre la introversión

Aprovechando ese afán de buscar diferencias que a uno le sobreviene cada vez que hay un cambio de etapa voy a contar algunas diferencias de la edición 49 y la 50 del FICXixón. Centrándome exclusivamente en las ruedas de prensa señalaré dos. La primera que aprecio es por mi manía de fotografiar nada más entrar las placas con los nombres de las personas que van a intervenir y así tenerlos presentes a la hora de escribir la reseña. Este año no las hay. La segunda es que se ha eliminado la traducción simultánea, ahora en la mesa, al lado del director, se sienta el traductor.

Atiq Rahimi, director de la película Syngué Sabour / The patience stone durante la rueda de prensa de presentación
Atiq Rahimi, director de la película Syngué Sabour / The patience stone durante la rueda de prensa de presentación
Sección oficial. Syngué Sabour / The patience stone. Una mirada en femenino

Hay en Syngué Sabour / The patience stone algo que me resulta artificial, construido quizá desde una gran literatura acostumbrada a la carga simbólica, donde las palabras se han convertido en el armazón de la historia. Arranca haciendo visibles los desastres de una guerra en la población civil y los desmanes de los soldados que intervienen. Ambos elementos, sin embargo, se van convirtiendo en anecdóticos porque de lo que quiere hablar Atiq Rahimi, director de la película y autor de la novela que la inspira, es de los secretos que guarda una mujer. La guerra pasa a un segundo plano para explorar esas intimidades inconfesables. La película se despliega entonces con una clara mirada desde lo femenino en la que al hombre, al no poder ser compañero, solo le quedan dos roles: todo violencia o un simple vegetal, inexperto y ajeno, una piedra en la que descargar todo lo que nos hace daño, lo que hemos guardado sobre el dolor de nuestro silencio. Ese hombre convertido en piedra de la paciencia es el confesor perfecto al que entregar las confidencias no compartidas de diez años de matrimonio. Sobre esa imagen un tanto metafórica se articula la película que gana en intensidad según avanza, cuando los secretos se van desbocando y percibimos su realidad como necesidad terapéutica.

Hay personajes que me resultan artificiosos y teatrales en demasía, como la tía de la protagonista convertida en una especie de cuna de la sabiduría. Otros están desdibujados para que el autor pueda moverlos a su antojo. Los únicos que me resultan necesarios son sus dos protagonistas: la mujer con una excelente interpretación que sostiene toda la cinta y el marido en estado inconsciente convertido en un cadáver que respira.

En la rueda de prensa posterior a la proyección, Rahimi, con un dulce francés, explica el origen de la novela cuando en 2005 fue invitado para dar una conferencia en Afganistán. No se celebró pues aquel día fue asesinada una poetisa afgana a manos de su marido. El novelista y director se planteó qué es lo que hubiera sentido si él mismo hubiese sido una mujer. De esa cuestión surge la novela. Cuando después se plantea llevarla a la pantalla le surgen los problemas para convertir una situación teatral en cinematográfica. La historia transcurría en una habitación, a puerta cerrada así que debe establecer cómo hacer que la cámara abandonase el dormitorio. La respuesta es que vaya siguiendo a la mujer, lo que le lleva a su vez a plantear la relación adecuada entre la cámara y la actriz. Dice Rahimi que el cine es sobre todo grabar la cara, la voz y leer la ambigüedad que se establece entre las dos. El cine permite analizar muchos actos que se escriben de forma inconsciente y dar respuestas a preguntas oscuras sobre el libro. Cuando hace una película se siente como un niño con todos los juguetes a su disposición. Escribir es un arte en soledad, mientras que el cine es colectivo.

Preguntado por la elección de la película para representar a Afganistán en los Óscars reconoce que fue toda una sorpresa. El autor explica que la novela comienza con la frase «En algún lugar de Afganistán o del mundo». Con eso quiere decir que escribió una historia individual, no de un país, para todas las mujeres que sufren, algo que no deberíamos tolerar. Es afgano y conoce las glorias y las penas de allí. No todos los afganos son talibanes, ni todos los talibanes son afganos, ni todos los hombres atroces. En Afganistán hay cineclubs que proyectan allí las películas como las suyas y que interesan a una juventud con otra mirada, pero siempre habrá cretinos que intenten evitar en los jóvenes esas ilusiones e inquietudes. Conseguir evitar esa intromisión será un trabajo a largo plazo. Añade que no necesitan una revolución política sino cultural. Si no pueden acabar con esos cretinos que alteran la situación del país, por lo menos podrán quitarles el sueño.

Rahimi dice tajante que no es un experto en política y que la suya es una observación personal, una mirada propia. La historia de su país ha tenido momentos buenos y malos, pero al menos no han tenido dos guerras mundiales como Europa. Tras la intervención norteamericana no han podido reconstruir Afganistán. Les impusieron un gobierno corrupto. El origen del problema radica en la situación geopolítica del país, lo que hace que los de fuera se aprovechen. Que el suyo es un país que no quiere la paz es algo que solo se puede decir en un contexto de broma pues no responde a ninguna realidad. Cada vez que le preguntan por su país siempre responde contando la historia de un viajero europeo que atravesando el desierto se encuentra con un afgano mirando por el agujero de una piedra. El viajero se va, sigue su camino, pero vuelve diez años después y allí sigue el afgano mirando por el mismo agujero de la piedra. El europeo le pide que le deje mirar a él y el otro le responde: «llevo diez años mirando y no encuentro nada, ¿de verdad cree usted que con un vistazo de unos pocos segundos puede encontrar algo?».

Cartel de la película Teddy Bear de Mads Matthiesen
Cartel de la película Teddy Bear de Mads Matthiesen
Sección oficial. Teddy Bear. La mentira tiene las patas cortas

Teddy Bear arranca con una escena ya iniciada, como si fuera cosa de azar. Es una cita a ciegas que no está saliendo bien. El hombre es grande, un culturista de 38 años que parece ser demasiado tímido con las mujeres. En su casa está la respuesta, una madre posesiva, manipuladora y tiránica que le espera despierta a la hora de volver, sea la que sea, y dispuesta a prepararle la cena. Esa escena, en la que aparece la madre por primera vez, marca el tono y su conversación nos da la pauta de la relación. Él miente porque no se atreve a contradecirla, piensa que un engaño pequeño le salva del mal rato de una discusión. Del otro lado, tampoco puede resultar normal la intromisión de la madre que se produce hasta en lo más íntimo del hijo, incluso en el cuarto de baño. La relación entre madre e hijo hace aguas se mire por donde se mire.

El pulso de Mads Matthiesen en este su primer largo consigue mantener el interés de la película, entrando a analizar las razones de lo anodino. De pronto ese grandullón simple e inocente, atrapado en el culto a su propio cuerpo, nos llega a parecer un protagonista de película interesante para observar, eso sí, no por sus dotes de conversación. Le entendemos y esperamos que tenga suerte en la aventura que emprende. En el fondo queremos que se haga maduro y que alcance la independencia que a sus años se debería dar por supuesta. No le resulta fácil, pues hasta cuando decide sincerarse vuelve a salir derrotado ante esa madre castradora que le hace volver a las sendas de la mentira. La solución cobarde y sencilla, pero que no tienen vuelta atrás. Aquello que construimos con engaños no tiene futuro.

A destacar dos momentos, cuando se prueba la chaqueta ridículamente pequeña que le ha hecho a medida un sastre y la escena de celos de la madre con la nuera. El final es clásico, atado y bien atado

Cartel de la película Después de Lucía de Michel Franco
Cartel de la película Después de Lucía de Michel Franco
Esbilla. Después de Lucía. Un infierno insospechado

Después de Lucía, la película que México envía a los Óscars, es cine directo y de denuncia, del que ata un nudo en la garganta. Algo que uno no se espera, pues está rodada con la técnica de cámara testigo, lo que supone inicialmente un cierto distanciamiento del espectador hacia la historia, como si la estuviese contemplando desde lejos y con cierta desgana. Parte de un enigma: un hombre que recupera arreglado su coche del taller, que circula unos kilómetros y que se baja de él para dejarlo abandonado con las llaves puestas y ocupando un carril del tráfico. Después un cambio de ciudad, un restaurante nuevo para el padre y otro instituto para la hija. Encontrar una pandilla de niños bien como ella y en la que encaje no le va a resultar difícil pues se ve que es una muchacha decidida. Cuando la película entra en esos derroteros uno piensa que ya está toda la carne en el asador. Y sin embargo todo acaba de empezar. Sorprende especialmente cuando pensamos que se va a introducir en un camino trillado y en realidad lo que hace es girar para mostrarnos una cara no sospechada. El ser humano es una fuente inagotable de comportamientos inesperados.

Hay momentos que ponen la piel de gallina como el egoísmo de los más jóvenes y por la crueldad con la que unos adolescentes tratan a otros. Observamos intranquilos lo fácil que resulta hacer daño. Vemos una docilidad de los que se sienten derrotados que nos duele. De pronto nos hacemos frágiles a la misma velocidad que padre e hija y se instaura en nosotros una sensación molesta de que una historia similar a la que estamos viendo nos puede pasar a todos. Ese es el mayor poder de la película de Michel Franco que consigue alterarnos, sacarnos de ese espacio de comodidad en el que nos hemos instalado y hacernos sentir un poco de frío en el corazón.

Después de Lucía es una película tan dura como necesaria.

viernes, 16 de noviembre de 2012

El Festival Internacional de Cine de Gijón cumple 50 ediciones

Viernes 16 de noviembre de 2012. Festival Internacional de Cine de Gijón

Fogo y După dealuri / Beyond the hills, dos películas construidas sobre paisajes helados

Anoche Gijón terminaba de engalanarse. Hoy se abre la cincuenta edición del FICXixón. Un número redondo, un cumpleaños de medio siglo, de un festival de cine que en los últimos años había logrado convertirse en un excelente escaparate del nuevo cine de cualquier parte del mundo. Para el aniversario, estrena nuevo director; ahora las riendas las lleva Nacho Carballo, quien intenta no hablar de una nueva etapa sino de continuación. La norma no escrita, el mensaje transmitido, se resume en la frase más escuchada «igual que el año pasado».

Luis San Narciso durante la rueda de prensa del Premio Nacional de Cinematografía Nacho Martínez
Luis San Narciso durante la rueda de prensa del Premio Nacional de Cinematografía Nacho Martínez
Premio Nacho Martínez para el director de casting Luis San Narciso

Nacho Martínez fue un actor asturiano, de Mieres, que tuvo una presencia destacada en el cine que se hacía en nuestro país en los años ochenta. Comenzó en el teatro universitario independiente, cuando aún era muy joven y en los tiempos finales del franquismo. Se fue a Madrid y empezó a ganarse la vida como doblador poniendo voz a artistas como Richard Chamberlain en El pájaro espino, Richard Gere, Sylvester Stallone... Consigue un papel en Tasio y ya no pararía hasta el final de su carrera. 17 películas y una cuantas series como Los pazos de Ulloa, Los jinetes del alba o protagonizar El olivar de Atocha. Trabajó a las órdenes de directores como Manuel Gutiérrez Aragón, Gonzalo Suárez, José Luis Cuerda, Fernando Fernán Gómez, Vicente Aranda, Inmanol Uribe, Eduardo Campoy, Miguel Picazo o Montxo Armendáriz, pero sin duda siempre será recordado por sus papeles en las películas de Pedro Almodóvar, especialmente por su interpretación del torero de Matador.

Murió joven, en 1996, con 44 años de edad, de un cáncer de pulmón. En su recuerdo, el Festival Internacional de Cine de Gijón otorga el Premio Nacional de Cinematografía Nacho Martínez y que esta edición recae en el director de casting Luis San Narciso, en reconocimiento a su labor profesional y humana dentro de la industria cinematográfica española.

San Narciso cuenta en rueda de prensa que nació en Mieres al igual que Nacho Martínez, a unos pocos metros, pero que sin embargo donde se conocieron fue en Madrid, en los años ochenta. De Martínez explica que tuvo una carrera bestial, pero que se truncó muy pronto. Hoy sería un Fernando Fernán Gómez. Habla de Nacho Martínez con cariño; eran amigos, y recuerda una anécdota, que una vez incluso le prestó dinero para un viaje a Londres y recuerda como el actor le dijo que «estaba apuntado en la libretona de los deudores». Martínez era un hombre lleno de talento, de una categoría descomunal como actor e impresionante como persona. Esa amistad hace que recibir este premio le resulte algo muy especial para Luis San Narciso, «como tener un trozo de Nacho de nuevo». Reconoce que le da cierta vergüenza por el honor que supone. De Gijón dice que es la ciudad en la que quiere retirarse. De sí mismo explica que es «un currante, no más listo de lo normal, un apasionado de lo mío».

Cartel de la película Fogo
Cartel de la película Fogo
Llendes. Fogo. Una tierra inhóspita que forja un carácter recio

Cuando alguien me pide que recomiende una película le suelo hablar de Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo, una pieza excepcional que señala otra forma de adentrarse para contar una historia. Aquella película la dirigió Yulene Olaizola, la misma directora que en Gijón presenta Fogo.

La isla de Fogo, en Canadá, es un lugar en declive del que muchos de sus habitantes están huyendo. Ya no es fácil subsistir allí, apenas quedan medios para ganarse la vida. Sin embargo algunos vecinos deciden quedarse. Allí está su arraigo, los recuerdos que tiñen su presente y les da sentido. No entienden otra vida diferente a la que han llevado siempre. Les basta con mirar su tierra o al cielo, ver caer la nieve y jugar con sus perros para sentirse en casa. Las tareas se alargan, ir a por agua o cortar leña pueden ser actividades que ocupen toda una tarde, pues tiempo es lo que sobra. Ese tratamiento del tiempo es el sello y la forma personal de la directora: detenerse en unas manos a las que les falta un dedo mientras tamborilean sobre una mesa o mantener un plano fijo de un rostro ensimismado y surcado de arrugas que nos hace ver a un hombre de carácter norteño, duro y recio. Son esos instantes en los que parece que no ocurre nada los que sirven al espectador para hilar la película, pero sobre todo para comprender a unas personas taciturnas que apenas si necesitan ya hablar. Tres son los diálogos que aparecen en la película y los tres pudieran parecer intrascendentales por el contenido, pero cada uno de ellos nos cuenta un mundo: un pasado que fue mejor, un presente que hay que decidir y una botella compartida al calor del hogar que va produciendo una lenta borrachera como la propia vida que llevan.

Ser directora es mucho más que saber colocar la cámara en el mejor lugar para rodar una escena, es saber contar una historia y dotarla del ritmo que necesita. Olaizola lo hace utilizando cuatro conceptos. El primero parte del respeto por escuchar a los mayores para aprender de ellos. El segundo es su deseo de buscar la mejor forma de presentar a cada uno de los personajes con el tiempo que necesita para que el espectador llegue a ellos. El tercero bien podría ser la utilización de los sonidos cotidianos que sirven como argamasa de la cinta a la vez que la impregnan de un sentimiento especial. La última es la técnica tan próxima al documental empleada.

Leticia Dolera presentando la gala
Leticia Dolera presentando la gala
Gala de inauguración. Humor, música en directo y la emoción de quien recibe un premio en su casa

La gala de inauguración arrancó con una voz en off presentando lo que vendría a continuación: una serie de imágenes de lo que han dado de sí estos cincuenta años de festival ocupando toda la pantalla. Como banda sonora bien sirvió el tema de David Bowie Space Oddity interpretado en acústico y en directo, porque hubo una banda para acompañar toda la gala, un grupo creado para la ocasión que incluso lucía camisetas negras con el logo del FICXixón. Ellos se encargaron del ritmo y de darle más agilidad a la gala.

Presentó Leticia Dolera con un guion con mucha base local y que a ratos se iba por lo humorístico lo que le permitía a la actriz sacar su vis más cómica. Dolera fue haciendo un repaso de cada sección apoyándose en el ojo de un objetivo gigante sobre el que se proyectaban las secuencias de soporte y presentando a los dos jurados de películas en competición y a algunos de los invitados. Alejo Sauras y María León fueron los encargados de entregar a Luis San Narciso el Premio Nacional de Cinematografía Nacho Martínez. La cercanía que le unía con el desaparecido Nacho Martínez cuyo recuerdo da nombre el premio y el hecho de recibirlo en la ciudad de Gijón llenaron sus ojos de emoción, lo que sin duda fue el momento más reseñable de toda la gala.

Cristian Mungiu presentando su película După dealuri / Beyond the hills durante la gala
Cristian Mungiu presentando su película După dealuri / Beyond the hills durante la gala
Sección oficial. După dealuri / Beyond the hills. ¿Es posible salir del camino de la negación?

Tras la gala de inauguración se proyectó la película del rumano Cristian Mungiu După dealuri / Beyond the hills. El propio director presentó el film y utilizó para ello los adjetivos largo, difícil y duro. Lo de largo, con dos horas y medias de metraje, no es discutible. Es cierto que es una historia complicada que trata de un sentimiento entre dos mujeres que fueron compañeras en el orfelinato y que ahora, con veinticinco años, vuelven a rencontrarse. El amor que una sentía por la otra es el principio sobre el que quiere edificar el resto de su vida, por eso Alina regresa a buscar a Woichita para llevarla consigo. Sin embargo la otra ha encontrado un nuevo camino al convertirse en monja, una vida de la que ya no quiere salir pues ha descubierto en ella, en ese comportamiento estrictamente reglado y en la obediencia absoluta, la forma de huir de la soledad para siempre. La película se adentra en la actitud que toma Alina para hacer regresar a su compañera hacia su misma realidad y el peso que ejerce Woichita sobre Alina justo en la dirección contraria. Se trata de celos que en Alina explotan con violencia y que los demás intentan interpretar desde esos comportamientos visibles exclusivamente, al ser su relación pasada velada y sin confesar. La congregación realiza una visión religiosa del asunto y arranca un proceso de curación del alma para sacar el mal del interior. Los médicos, en esas actitudes, ven un trastorno psiquiátrico y señalan la existencia de una enfermedad difícil de sanar. Cuando la policía llega lo que ven son hechos a los que la balanza de la justicia colocará el peso de la responsabilidad. Esas formas de ver siempre culpa, pecado o enfermedad en todo lo desconocido obligarán a Woichita a avanzar y sobre esas miradas sesgadas replantearse dónde está lo correcto y si puede seguir después de esto sin distanciarse, asumiendo los mismos principios que venía acatando. Es el tic tac del despertador de su celda quien marca el tiempo e influye en señalar que ella debe tomar una decisión que la mantenga en el camino de la negación o la saque de él.

El director va sembrando la cinta de elementos a interpretar y los va resolviendo con detalles que los van haciendo más nítidos y comprensibles, aunque la incertidumbre de alguno de ellos no desaparece del todo y queda abierta. La película combate la seriedad de su propia reflexión con ciertos toques de ironía que se agradecen. Encuentro sin embargo, por la forma de estar narrada, una cierta barrera emocional con ella, no sé si es el aire antiguo y de atraso que se respira en ella o esa distancia aséptica tan europea entre la cámara y los sentimientos.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Ciudadanos hartos de los recortes, policías que protegen el vacío

Una crónica de cómo viví la Huelga General del 14N


Miércoles 14 de noviembre de 2012. Calles de Madrid

Europa contra la Troika (Foto: Toni Gutiérrez)
Europa contra la Troika (Foto: Toni Gutiérrez)
Que esta Huelga General iba a ser un éxito era un hecho seguro, aunque haya quien prefiera mirar para otro sitio, hacia una «normalidad» que hace tiempo dejó de existir en nuestro país. Era nuestra obligación salir a la calle para mostrar a un gobierno indigno y mentiroso dónde están los ciudadanos y qué piensan de sus políticas. Mariano Rajoy y sus ministros tienen que rectificar, desandar el camino de los recortes y la reforma laboral, preocuparse más por las personas que por el dinero de unos pocos. Es demasiado grande el malestar general como para que puedan seguir campando inmunes con el soniquete gastado de una mayoría absoluta que ha perdido el apoyo de la calle y por tanto su legitimidad social.

La noche del martes, en twitter se veía ambiente de huelga. Piquetes informativos en los turnos de noche señalaban que el paro en la industria, la recogida de basuras y el transporte se estaba produciendo. El consumo eléctrico bajaba de manera perceptible. Las fotos que recibía de Asturias indicaban que el seguimiento allí iba a ser masivo. Mis amigos de León me señalaban que la ciudad secundaba con fuerza la convocatoria de la Huelga General.

Después puse la televisión para ver un ratito de La noche en 24 horas. Hace tiempo que el programa ha perdido todo interés para mí, pues han desaparecido de él todas aquellas voces que han expresado la más mínima crítica hacia las políticas del gobierno. Lo han convertido en una tertulia más, de tinte monocromático, y en un programa de becarios agradecidos y tertulianos con la bandera de España y el logo del PP tatuados en su piel. No me parecen ni objetivos, ni imparciales y les falta todo signo de periodismo. Los tertulianos hablaban de que la huelga era un mecanismo arcaico, de que no la iba a secundar nadie y que además tampoco serviría para nada. Andaban alegando esto y lo hacían con prisa, pues aunque habitualmente finalizan hacia las doce y cuarto o y veinte, decidieron no sobrepasar la medianoche, no vaya a ser que esa huelga que tanto minimizan les fuera a afectar. Así fue, a las doce en punto pasaron a emitir espacios enlatados y ya emitidos en el propio canal. Telemadrid se fue a negro (entiéndase, a una foto fija) y yo me fui a dormir porque los días de huelga siempre terminan siendo muy cansados.

Policía Nacional protegiendo el Corte Inglés de Preciados y el tráfico en Cibeles (Foto: Toni Gutiérrez)
Policía Nacional protegiendo el Corte Inglés de Preciados y el tráfico en Cibeles (Foto: Toni Gutiérrez)
Ya por la mañana esperé a las diez para salir de casa y así ver que había hecho el comercio de mi barrio. Los chinos de Ribera de Curtidores habían cerrado. El comercio de ropa de aventura abría con cierta incertidumbre, manteniendo sus trapas echadas. El Santander de Cascorro había perdido algunas letras y ahora se llamaba Satán. En Sol la estampa policial: cada calle que conducía al Corte Inglés de Preciados está custodiada por muchos policías, probablemente en número mayor que el de los compradores. Esa es la verdadera libertad que nuestra sociedad nos ofrece, la de poder comprar en el Corte Inglés. Subí por la calle del Carmen hacia la plaza de Callao. Un grupo de policías había detenido a un hombre porque un piquete había intentado cortar la Gran Vía, también sabemos que el circular con un vehículo es otro de los derechos inalienables. Si los comercios en Sol estaban abiertos, siguiendo por Gran Vía hacia Cibeles se veían cerrados, incluso las grandes cadenas. En la Red de San Luis la policía evita una sentada. Son muchos, y codo con codo van empujando a los manifestantes hacia las aceras. Se respira una tensión injustificada pues un ciudadano no debería tener miedo de su policía, pero sus rostros, sus gestos, sus chalecos, sus cascos y sus porras dicen lo contrario, que no son empleados públicos a nuestro servicio.

Sigo con un piquete pequeño que se dirige a Cibeles. No me gusta lo que veo, muchos furgones policiales y demasiados policías. Pasan un grupo numeroso de ciclistas reivindicativos que cortan la plaza, los que estamos en las aceras intentamos secundarles y unirnos, pero la policía se da prisa para desalojar a los que han bajado de la acera. Nos cogen del brazo entre los ciclistas y no llevan a nuestro lugar. Miran mal, con agresividad. De nuevo codo a codo hacen un cordón policial y todos cruzan los brazos en un gesto aprendido para tapar su identificación. Uno de ellos busca a quien provocar. Empuja a una mujer, el hombre que hay a su lado le recrimina el gesto. El policía le propina un cabezazo y el hombre reacciona forcejeando e intentado quitarse al policía de encima. Resultado, también se lo llevan detenido y al policía provocador le sale una sonrisilla mientras vuelve a ocupar su sitio en la fila. Veo que se siente orgulloso de empujar mujeres y provocar, supongo que piensa que le pagan para eso y no para que baje el índice de delincuencia en nuestras calles. Allí no hay nada que hacer, es evidente la orden que tienen de evitar a toda costa una posible instantánea del tráfico cortado en Cibeles por la Huelga, que no haya imágenes que contradigan su sacrosanta «normalidad». Esa es su única prioridad, ganar una guerra de símbolos, aunque tenga que ser aplicando una violencia tan injustificada como desproporcionada.

Vuelvo a Sol con otro grupo, pero nos detenemos en Alcalá, a la altura del Ministerio de Educación donde unos cuantos padres y madres juegan en el suelo con sus hijos pequeños. Han desplegado sus juguetes y varias tiendas de campaña. Así con lo más cotidiano reivindican una educación pública de todos y para todos. Hay un oficial de policía al que no le gusta la imagen, sabe que no va a poder desalojarles porque teme que si lo intenta pueda haber después unas fotos atestiguándolo y que estas lleguen a la prensa no domesticada o que circulen libremente por internet. No aguanta más y agarra un cochecito vacío utilizado para llevar los juguetes y lo lanza unos metros más allá con verdadera repulsión. Así se lame su impotencia de perro servil. Los ciudadanos le piden educación porque se ve que no tiene ninguna. El oficial se encara, sus compañeros se apartan, es el jefe del grupo pero se ve que no apoyan su actitud. Un ciudadano le pide que le muestra su número de identificación porque va a denunciarle. El oficial muestra su lado más chulesco y responde pidiéndole a su vez la documentación. El ciudadano se la muestra tranquilo mientras anota el número. El oficial pasa el D.N.I. a uno de los policías pidiéndole que tome nota él, que quede claro ante todo quién manda allí. Esperamos a ver que hace. Parece que se ha calmado y que las cosas no van a ir a más. Es curioso como les duele esa forma pacífica que tiene el pueblo de enfrentarse a ellos y lo que les cuesta tragarse un orgullo vacuo.

Cerrado por Huelga General
Cerrado por Huelga General
En Sol nos unimos al piquete joven para emprender la marcha hacia el Hospital de la Princesa. Subimos Montera donde lo único abierto es un Sex Shop. En Gran Vía somos muchos, así que tomamos aceras y calzadas. Al principio la policía trata de evitarlo y parece que lo consiguen en un instante, pero somos demasiados y se terminan rindiendo. Ya nos esperarán en otro sitio. Llegamos a Cibeles. Miro hacia atrás y veo gente que aún no ha doblado la esquina con Gran Vía. La policía se empeña en que no podemos pasar. La cabeza del piquete sigue de frente y cuando han pasado los primeros la policía carga con saña y de una manera totalmente injustificada. Hay carreras, golpes y una dispersión generalizada. En la Puerta de Alcalá se ve la otra España, la imperturbable, la neoliberal, la que apoya a Rajoy y que parece que no sabían que había Huelga General. Volvemos a Cibeles y vemos que está cortada por la propia policía. Hay tensión. Así que es buen momento para volver a casa, comer y recuperar fuerzas para la manifestación de la tarde. Pero queremos pasar primero por la plaza de Santa Ana donde se han encerrado un grupo de personas del mundo de la cultura. Allí, en el balcón del Teatro Español vemos a Willy Toledo, Petra Martínez, Juan Margallo… La Cultura también está en Huelga, ciudadanos con los mismos motivos y las mismas críticas que el resto de obreros de este país.

El telediario de TVE hace un seguimiento de la huelga con una equidistancia de libro que deja en los márgenes demasiadas cosas importantes. Lo que más me sorprende es que muestran algunas cargas policiales, pero que todas son en Cataluña y están protagonizadas por los Mossos d'Esquadra.

A las seis de la tarde Atocha y Madrid están llenas de gente que se va uniendo a la manifestación. Hace mucho tiempo que no hay un clamor tan grande en la calle, pero el gobierno ha dicho que le da lo mismo, que no va a cambiar su política económica. Le importamos poco los ciudadanos, seamos 35.000 o más de un millón. Ahora no hay policía y lo cierto es que no se respira la mínima tensión. Caminamos todos, cantamos, coreamos eslóganes y sabemos que si peleamos puede haber una esperanza. Circulamos despacio, pacíficamente, sabiendo que estamos en nuestro derecho de reclamar otras políticas diferentes con las que salir de esta crisis generada por el propio sistema capitalista. Somos conscientes de que el camino es difícil, pero no podemos dejar en la cuneta ni la dignidad, ni los valores, ni los principios con los que lucharon nuestros padres y abuelos… Preferimos comprar menos en el Corte Inglés, o que el tráfico en Cibeles pueda estar cortado en un día de Huelga General porque creemos que esa no es la libertad que mide la calidad de una Democracia. Queremos un estado del bienestar justo, que se preocupe de que sus ciudadanos puedan tener un empleo, vivir en una casa, educar a sus hijos, informarse a través de una televisión pública, desarrollar una cultura con la que se siente identificado y disponer de una sanidad universal que nos trate y nos cure cuando caemos enfermos. Para eso pagamos impuestos. No lo hacemos para enriquecer a especuladores, banqueros y políticos. Por eso pedimos que quien gestiona el dinero público, nuestro dinero, tenga claras nuestras prioridades y las aplique. También queremos que paguen más los que más tienen.

Foto de la Plaza de Colón durante la Manifestación en Madrid
Foto de la Plaza de Colón durante la Manifestación en Madrid
Así transcurre la manifestación, entre iguales. A paso lento, pero firme, y sin el menor incidente llegamos a Colón cuando Méndez se despide para ceder la palabra a Toxo. Mientras le escuchamos miramos hacia atrás y vemos mucha gente que viene aún caminando, tanta como la que hay delante llenado la plaza. Al terminar nos vamos a casa, tranquilos por el éxito y sabiendo que somos muchos.

En las noticias de Telecinco informan con mayor detalle de la huelga. Televisión Española sigue repitiendo la misma pieza de la mañana a la que ha añadido algún detalle de las manifestaciones. En twitter empiezo a enterarme de las cargas de la policía en Neptuno y Atocha. Sé que estas imágenes son las que han esperado muchos durante todo el día, las que utilizarán para justificar una «normalidad» en el beneficio de unos pocos. Yo lo que veo en ellas es la violencia desmedida de la policía que reprime la voz de un pueblo.

Releo la crónica antes de subirla. Quería hablar de una jornada de huelga y sin embargo la policía se ha hecho la protagonista. Mal va el país en que sus dirigentes, para esconder sus miserias, acuden a la fuerza para proteger una razón que no tienen.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

jueves, 8 de noviembre de 2012

Teatro de lo cotidiano que engancha

En la librería La Buena Vida se estrena Días como estos (Capítulo 1) un nuevo formato de teatro: el Teatro en Serie


Viernes 2 de noviembre de 2012. Librería La Buena Vida - Café del libro. Madrid

Cartel de la obra de teatro en serie Días como estos (Capítulo 1)
Cartel de la obra de teatro en serie Días como estos (Capítulo 1)
La vida moderna nos separa de la realidad al encerrarnos en una serie de dispositivos que nos descargan de cualquier obligación con ella. Son maquinitas a las que sí que prestamos atención, las mismas que, sin embargo, nos van convirtiendo en una especie de nosotros mismos pero en virtual, es decir algo más descafeinados y construidos como marcas en lugar de como personas. Si a eso añadimos que tendemos a vivir la vida como espectadores, poniendo un me gusta de vez en cuando como única interacción en ella, la realidad se termina alejando. Hemos perdido toda capacidad de intervención y ahora medimos nuestra sociabilidad según el número de amigos con el que cuenta nuestro perfil en una red social. ¿Qué por qué cuento todo esto antes de hablar de una obra de teatro? Porque, en la vida moderna, ya no miramos directamente hacia lo cotidiano. No es que no nos interese, lo que pasa es que lo que ocurre a nuestro alrededor lo vemos y seguimos a través de la televisión, ayudados por la interpretación de alguien que le pone más morbo del que hay. Recibimos lo que ha sido seleccionado para nosotros y asistimos a una verdad alterada, fabricada desde el prisma con el que los medios quieren enfocarlo. Sin querer hemos ido perdiendo nuestro punto de vista, nos hemos quedado sin lo más cercano. Ya no sabemos los problemas de nuestro carnicero, ni si su hijo ha terminado aquellos estudios que inició cuando nos hicimos clientes. No es que no nos importe, es que nos hemos acostumbrado a seguir solo la vida de los personajes de las comedias de situación. Nos llenan más. A los de Teatro en Serie se les ha ocurrido que si funciona en televisión, por qué no lo va hacer en el teatro. Su idea es simple: representar obras por capítulos. Han arrancado con Días como estos. Y la verdad es que su experimento interesa y engancha. Primero nos permite asistir a la vida en directo. No es la misma que nos prometen en Gran Hermano, sino la de personajes cercanos con los que encontrar semejanzas, de los que comprendemos su forma de ser porque en el fondo no dista demasiado de la nuestra. No son seres especiales, no quieren destacar. Son personas corrientes que tratan de ser felices en el mundo que les ha tocado, que se hacen preguntas a sí mismas y se relacionan con los demás; son tímidas, inocentes…, sienten y padecen.

Acierta de lleno su autor y director, Luis López de Arriba, al tocar lo cotidiano, lo sencillo, las historias de cualquiera, y lo hace sin complicaciones, con la fuerza de lo narrado y con la proximidad de quien vendrá a escucharlo. Con eso basta y le funciona bien. Quizá los personajes sean arquetipos, pero no por ello dejamos de percibirlos como llenos de humanidad.

La función se representa en un lugar poco convencional, la librería La Buena Vida, sin una separación entre escenario y público que se mezcla con los actores. El equipo que ideó el concepto también está atinado a la hora de colocar al espectador de tal forma que pueda convertirse en una especie de público espía que tiene acceso a lo que pensamos que normalmente no es visible. Algo que resulta divertido.

Los actores se van situando entre los demás, en las sillas de madera. Después entra uno de ellos que se sitúa en su marca, de pie. Carraspea y dice un tímido «bueno» con el que arrancar. El personaje comienza a contarnos un instante de su vida, a decirnos que él no es librero, que el librero era su padre. Mientras lo va haciendo me pregunto cómo nos ven los actores de la función, ¿como una parte del decorado?, ¿como público? ¿En qué les cambia a la hora de actuar el hecho de que nosotros estemos allí en medio? No lo sé, pero veo que no les afecta a su concentración, más bien al contrario, produce como una especie de humo de la euforia del que los actores respiran. Ellos olvidarán al instante que estamos allí, pero nosotros no podremos dejar de hacerlo.

Fran Calvo, Inma Gamarra, Carlos Chamorro e Inma Isla en una escena de la obra Días como estos (Capítulo 1)
Fran Calvo, Inma Gamarra, Carlos Chamorro e Inma Isla en una escena de la obra Días como estos (Capítulo 1)
Este primer capítulo es un preámbulo en el que se nos presentan a los personajes, aquellos retazos pasados -en modo flashback- de su vida que los han ido uniendo para convertirles en un grupo y promesas que se irán trazando. Son amigos y eso basta para que la obra nos traiga a la memoria la serie Friends en la que se ha cambiado como punto social el café Central Perk por una librería. Los personajes, sus costumbres y sus situaciones están bien tramados y despiertan curiosidad por saber hasta donde pueden llegar. Todos necesitan un cambio que por separado ninguno es capaz de dar. Les vemos mirando pasar trenes que son oportunidades perdidas, de esas que no volverán, y sabemos que un día se subirán al vagón después de oír el silbato, arrebatados por el impulso de vivir. Sin querer empezamos a hacer el camino con ellos.

La pieza está interpretada por Carlos Chamorro, Inma Isla, Fran Calvo e Inma Gamarra, a los que se les une Toni González para dar vida al resto de personajes, esos que se cruzan un instante con los personajes. Todos hacen un buen trabajo y logran que esas vidas, un tanto grises, sean interesantes para seguir. El cebo está bien echado.

Resulta curiosa la evolución del teatro, donde una serie de espectáculos han huido de las salas tradicionales para atreverse a explorar nuevos espacios. Es un nuevo teatro donde su mayor interés es la cercanía entre quienes interpretan y quienes lo ven, donde ambos compartan escenario y de esta forma se rompe cualquier barrera entre los unos y los otros. No es que el público se sienta actor, pero si interioriza una sensación de estar participando, una experiencia que le resulta novedosa. Este teatro ha acertado yendo a buscar su público a los lugares cotidianos por los que todos pasamos, se ha ido a bares, pisos, librerías… sitios comunes, pequeños y próximos. Su propuesta ha tenido éxito pues ha encontrado espectadores hambrientos de un teatro diferente, más informal y más cercano.

El cambio de espacio y el hacer un teatro para pocos espectadores por función obligan a innovar en los formatos, a que surja una heterodoxia diferente y a nuevas miradas hacia las profesiones del teatro que se abordan desde una nueva posición no convencional. Las normas tradicionales no valen pues se mezclan tanto artes como géneros. Lo único que sirve es conmover al espectador, como siempre. Sus creadores hablan de un teatro de inmersión, donde lo sensorial pasa a formar parte de la obra y donde la escenografía es el propio lugar. El teatro tiene la obligación de acercarnos a la realidad, de que podamos sentirla, aunque sea poniéndonos en la piel de otros que a veces son como nosotros.

A modo de pequeño anecdotario: Cuenta Raquel Blanco en el Magazine de Cultura Contemporánea Jot Down que la idea de la serie se le ocurrió al actor Fran Calvo porque es comprador habitual de la librería de viejo madrileña La Celestina. Fran comenta que habla a menudo con Vicente, el librero real, porque está fascinado con su oficio y la forma que tiene de trabajar. El ambiente que allí se respira es mágico y pensó que bien podía servir para trasladarlo a una historia que aunara libros y teatro. Lo demás fue trabajo de ir buscando piezas e ir encontrándolas.