jueves, 12 de junio de 2014

Gisela Werler, la atracadora enamorada

Banklady se proyecta en el Festival de Cine Alemán de Madrid

Jueves 12 de junio de 2014. Festival de Cine Alemán de Madrid. Cine Palafox. Madrid

Cartel de la película Banklady
Cartel de la película Banklady
No hay muchas oportunidades de ver cine alemán en España. Nuestras distribuidoras, salvo excepciones, no suelen apostar por un cine diferente al que las majors estadounidenses nos imponen. La cartelera se copa semana tras semana del cine vacío que nos viene de Hollywood, convirtiendo a cualquier otra alternativa en un cine minoritario de salas pequeñas y pocas semanas de proyección. Por eso resulta importante el Festival de Cine Alemán de Madrid que convierte durante estos días al cine Palafox en el expositor del cine que se está haciendo en ese país. Hay otro cine y tiene cabida en nuestras pantallas. Banklady, de Christian Alvart, es una más de las propuestas que nos trae la edición de este año.

La película es un biopic, basado en la historia real de Gisela Werler, la que fuera la primera mujer atracadora de bancos de Alemania. Banklady es una película de género, con mucha acción, rápida y ágil, que mezcla el drama con la comedia. La conjunción de esos elementos funciona, sin embargo Alvart toma otra decisión más, prefiere contarla como una historia de amor y esa elección del director nos desvía de las conclusiones importantes. Al priorizar la relación sentimental como el auténtico motor de este drama, lo que podría ser un buen ejemplo de la liberación sexual de la mujer alemana en los años sesenta no termina de poder leerse en esa dirección, pues sigue situando al hombre en el centro, convertido en el deseo y en el impulsor de las acciones de la mujer. Gisela no llega por decisión propia, sino por pura casualidad y eso la película lo paga.

Hay dos tipos de personas, las que se beben la vida y las que se conforman con verla pasar. Estas segundas no esperan de la vida otra que no cosa que no se rompa, que puedan seguir con la misma rutina porque se han acostumbrado y tienen domesticados los sueños. Gisela pertenece a este grupo. Es una mujer de origen humilde, que siempre ha estado sometida a una estructura familiar machista, autoritaria y opresora. Ha cumplido los treinta. Sigue soltera, sin que se vislumbre un compromiso formal. Mira de reojo los símbolos de la liberación: una barra de labios que resalta la feminidad y que dice que los labios rojos están para besarlos, un paquete de tabaco que acentúa la transgresión de lo prohibido y las portadas de las revistas que representan los sueños de otra vida mejor, en Capri quizá. Ese mundo le está vedado, muy lejos de ella, de ese padre que la desprecia y de esa madre con los nervios rotos y hacia la que sus pasos la encaminan. Y luego la monotonía que supone su trabajo en un fábrica de papeles pintados, manejando la misma máquina a diario. Son las miradas desde ese vacío que es su vida lo mejor de la película, el punto que como espectadores nos subleva y nos empuja. Peter es lo contrario, quiere disfrutar, bailar, divertirse. Y además roba bancos. Cuando los dos se cruzan se produce un choque de trenes.


Trailer del 16 Festival de Cine Alemán de Madrid
Atracar bancos despierta el instinto de Gisela, abriéndole una puerta inesperada a través de la que puede visualizar una capacidad nueva que le permitirá llegar a su verdadero lugar, el de sus sueños. De pronto se siente viva. Con una pistola en la mano, tras su disfraz, robando con dureza, pero sin perder la dulzura y amabilidad femeninas, desarrolla una segunda personalidad que se contrapone a la mujer rutinaria y condicionada que se sentía. Su vida cambia. Ahora tiene objetivos y metas. Se desenvuelve con soltura. Esa bipolaridad que se establece en la protagonista enriquece la película que gana con esas dos Giselas que surgen y se enfrentan sin salir del mismo cuerpo. Por un lado la Gisela fuerte y decidida, por otro la loca enamorada que depende de conseguir a su amor. Y aquí surge la primera astilla molesta que se nos clava, en realidad descubrimos que ninguna de las dos son mujeres es libre. La adrenalina del peligro con la que disfruta los atracos deja de tener sentido en sí misma para ella y este nuevo mundo intrépido se transforma simplemente en el punto de unión con el hombre al que quiere, la forma de retenerlo a su lado y el único camino que le lleva a completar el amor que siente. Banklady se convierte en una película de ilusiones, las que Gisela se ha hecho y su pelea por convertirlas en realidad. Ya no hay una actitud intrépida, sino entregada y conformista. Es una ilusa, y los atracos un decorado, los márgenes que la limitan, el pensamiento inmaterial con el que sostener una relación. La realidad pasa a ser un engranaje circunstancial. El éxito y el fracaso cambian sus roles.

Brilla Nadeshda Brennicke en su interpretación de Gisela Werler. Ella sola la sostiene y consigue darle vida, inquietud y corazón. Charly Hübner no se queda atrás con un buen trabajo que sirve de contrapeso, de ese otro mundo y también del cartón-piedra con el que está hecho en realidad.

Christian Alvart, con un par de rodajes en los Estados Unidos, impone a Banklady el estilo de Hollywood, especialmente en el sentido de la simplificación del mensaje. Confieso que, aunque la película tiene elementos que aprecio, no me ha gustado mucho. No son un acierto el tratamiento de la luz, el exceso de primeros planos, las pantallas partidas, el intento de confundir al espectador -sobre todo cuando se hace mal-, las tomas con planos desde demasiados puntos que se van intercalando en la misma secuencia, el amasijo en que se convierte la forma de contarla y la parte cursi con que se empapa toda la cinta. Pero sobre todo no me gusta porque se queda en poco y podría ser mucho más. No da lo que promete. En cierta forma la película encalla. Echo de menos la Banklady que Alvart no nos ha contado, esa otra película que se detiene más en una Gisela inteligente y meticulosa que va preparando cada uno de los atracos, la que todo lo controla, la valiente, la que no tiene límites, la que es libre, la que corta el hipo, la que pone al hombre en su lugar, la apasionada de verdad, la que se convirtió en un icono de la liberación de la mujer.

martes, 10 de junio de 2014

Madurar sabiendo de qué barro estamos hechos

Arranca la 16 edición del Festival de Cine Alemán de Madrid con la proyección de Exit Marrakech

Martes 10 de junio de 2014. Festival de Cine Alemán de Madrid. Cine Palafox. Madrid

Cartel del Festival de Cine Alemán de Madrid
Cartel del Festival de Cine Alemán de Madrid
Se inicia un año más el Festival de Cine Alemán de Madrid. Llega con los calores de un verano ya próximo en fechas. Poco a poco y con paso firme se asienta el festival dentro de la agenda madrileña. Este año suman su edición número dieciséis. El pronóstico, si nos dejamos guiar por la exitosa inauguración de ayer, es bueno. La enorme sala central del Palafox, una de las más grandes que aún sobreviven en la capital, estaba totalmente llena. Había muchas expectativas por ver la nueva película de Caroline Link, directora que ganó el Óscar a la mejor película de habla no inglesa de 2002 por En algún lugar de África. No defraudó.

Link es una mujer de carácter, con las ideas claras, que no duda en acudir a su sentido del humor cuando hace falta. Se pone seria para lo que importa. Sabe escuchar. No rehuye las preguntas, ni se va por las ramas a la hora de responderlas. Defiende sus opiniones con fuerza y experiencia, pero sin dogmatismos. Se nota que controla los detalles. La acompaña en la presentación el actor Samuel Schneider, una joven promesa del cine alemán que protagoniza la nueva película de esta directora, Exit Marrakech, con la que se abre este festival.

Se trata de un gran película, emotiva y poderosa, llena de elementos seductores y también de ideas. El protagonista es un adolescente alemán analítico e inteligente, maduro para su edad, aunque a veces se deje caer con ingenuidad. La vida, a punto de cumplir los diecisiete años, le aburre y poco espera de ella. Sin embargo le falta mucho por aprender. Estas vacaciones veraniegas viaja a Marrakech para pasarlas con su padre, un afamado director de teatro. Apenas si se conocen. Hace mucho que no se han visto. El muchacho ha crecido sin su figura al lado, así que no siente que le pueda querer. Nada les une, representan generaciones diametralmente opuestas.

La rebeldía forma parte de la juventud, un deseo innato de atreverse a experimentar, llenar sus pulmones con un aire nuevo que tiene un olor desconocido, hacerse preguntas y cuestionar cada respuesta. En Marruecos el muchacho se puede perder, los carteles se escriben con otro alfabeto, es un paisaje diferente y nada le ata. Se deja llevar por el paisaje lleno de contrastes y siempre hermoso, de postal, intentando adentrarse en lo verdadero, en lo esencial de otra cultura. Se enamora. Luego viene una «bofetada» tras otra.

Cartel de la película Exit Marrakech
Cartel de la película Exit Marrakech
Exit Marrakech es una «road movie» de paisajes y de aprendizaje. Como toda película de carretera, emprende un viaje exterior, en este caso por Marruecos, y otro interior de lucha personal. El trayecto físico suele ser la excusa que nos permite iniciar el otro viaje, el más vital. Así, mientras se mezclan los sentimientos, nos vamos desentrañando para construir y formar la personalidad futura. Ese camino de aprendizaje que nuestro protagonista inicia es también una respuesta contestataria fruto del aburrimiento, signo de nuestra sociedad, que se ha apoderado de nuestra juventud diluyéndola. El aburrimiento hace imposible que puedan dibujar objetivos o proyectos de vida porque les ha robado toda ilusión, haciéndoles tan sumisos como predecibles, acostumbrándoles a la rutina en la que previsiblemente se convertirá su futuro. Y contra ese aburrimiento se rebelan, pero no tienen armas con las que vencerlo que vayan más allá de la satisfacción instantánea que produce el consumismo. Una generación no avanza, no se comprende a sí misma, no sabe quién es, si no logra entender a la generación de sus padres, saber de dónde vienen y qué se dejaron en el camino. No nacemos por generación espontánea, somos la continuidad de unas raíces, un eslabón más. Esa es quizá la enseñanza que envuelve la película.

Exit Marrakech está bien construido sobre una estructura que va dejando reposar el tiempo antes de pasar al siguiente estadio. Me gusta porque su directora sabe romper el drama y la tensión con humor. No se deja amargar por esas «bofetadas» de las que hablaba y obliga a su protagonista a asimilarlas, a sentirlas como necesarias para ser más fuerte, para conocerse mejor. Sí que es cierto que hay un optimismo en Caroline Link y que lo quiere transmitir en la película.

Exit Marrakech muestra una opinión abierta del mundo, sin juzgarlo y apostando a la vez por la identidad y el mestizaje, que no son elementos contradictorios aunque pudieran parecerlo. Tenemos que saber lo que somos y, si queremos mejorar, también ser lo suficientemente inteligentes como para dejarnos impregnar de otras culturas en ese proceso continuo de construcción en la que el ser humano está siempre metido. El punto de vista es el de un europeo con dinero en el bolsillo, pero que es capaz de salirse de lo turístico para buscar lo intrínseco y encontrarse en los márgenes. Se agradece el retrato realista de la sociedad marroquí, de las problemáticas en las que viven y de sus gentes afables y con cierta tolerancia hacia las costumbres invasoras del extranjero. No hay aquí inseguridad en quien llega, ni el miedo ancestral al diferente con el que el cine estadounidense estereotipa a las comunidades árabes.

lunes, 9 de junio de 2014

Lo que ocultamos en el Sótano

Juan Codina y Víctor Clavijo representan Sótano, una obra de Josep Maria Benet i Jornet que dirige Israel Elejalde


Miércoles 4 de junio de 2014. La pensión de las pulgas. Madrid

Cartel de la obra de teatro Sótano
Cartel de la obra de teatro Sótano
¿Por qué? Por la forma cautivadora de ir revelando la trama.
Es difícil hablar del Sótano porque lo que vemos es el juego de esconder la verdad, el de ir desentrañándola tirando del hilo, el de obligar a contar al otro lo que le falta por decir. La obra está construida de una forma robusta, a la manera de una partida de ajedrez dialéctica que enfrenta a dos personajes que quizá no sean lo que aparentan. Con cada movimiento se van sacando a la luz las verdades, pero éstas son un premio que cada participante debe ganar con su esfuerzo, sin que el contrario le haya regalado nada. Cada jugada nos abre una perspectiva sobre la que va avanzando la trama. La apertura, sin embargo, la ha hecho el autor, Josep Maria Benet i Jornet, con el gesto taimado de hacernos escuchar antes de que nada empiece y como si tal cosa el tema Sufre como yo que interpreta Albert Plá en su versión musicada del poema de José María Fonollosa. Esa es la canción de fondo que se detiene cuando arranca el encuentro entre dos desconocidos, dos personas que no se han visto con anterioridad.

Decía antes que la obra es una especie de partida de ajedrez dialéctica que enfrenta a dos personajes que quizá no sean lo que aparentan. A primera vista resultan dos personas corrientes: una está un tanto nerviosa, tratando de explicar la situación excepcional que le ha alterado, sacando de dentro hacia afuera todo ese nerviosismo, y a la otra, más sosegada, le toca ser la tranquilizadora. Hay por tanto una apariencia de normalidad que el paso de la conversación va a romper de una forma contundente. Porque, desengañémonos, nadie es normal. La normalidad es una máscara con la que cada uno esconde su propio sótano hecho con las malas decisiones de nuestros peores momentos, ese rincón oscuro e inconfesable de lo que somos y callamos, aterrados de compartirlo, angustiados de que los demás lo conozcan porque nos ha corrompido. Por esos recovecos del alma se mueve con asombroso manejo el texto de Sótano.

Los seres humanos nos hacemos daño. Es ley de vida. Ocurre por el simple hecho de relacionarnos. Una decisión propia termina afectando a los demás más de lo que quisiéramos. A algunos los arrastramos camino de nuestra misma deriva. Nos sentimos responsables cuando ya no tiene remedio. A menudo la culpa nos muerde por dentro. Hay quien necesita que le juzguen y para ello siente la necesidad de justificarse. El dolor es el precio que uno siempre está dispuesto a pagar para expiar una culpa, por conseguir dejar atrás todo lo atroz que ha cometido, para limpiar de su conciencia los «cadáveres» que ha dejado. ¿Puede un dolor cruel hacerse necesario, tanto incluso como para convertirse en el único alivio? Reflexionar sobre los mecanismos del dolor en el ser humano es quizá la propuesta central que el autor traslada al espectador a través de una trama que va tejiendo muy despacio, con pulso, para llevarnos a un lugar espeluznante de la mano y soltarnos allí porque ya somos mayores para tomar nuestras decisiones.

Víctor Clavijo y Juan Codina, protagonistas de Sótano
Víctor Clavijo y Juan Codina, protagonistas de Sótano
La obra toca al público, va impregnando a quienes observan de un miedo psicológico propio de la violencia irracional; un miedo que va tomando forma, pesando y haciéndose desagradable por consentido, por vergonzoso y por vergonzante; un miedo que se pega a la piel, que molesta y del que no puede desprenderse. De pronto, el sótano que no vemos y que imaginamos nos asfixia porque tiene un aire enrarecido que sin embargo reconocemos. Sótano es una balanza entre víctima y verdugo a la que tenemos que mirar con atención porque a menudo no se distinguen los unos de otros, porque los papeles se intercambian dependiendo del momento, de los demás, de la fuerza que nos queda, de unos sentimientos que nos dominan…

Ese temor lo transmite el texto usando la amabilidad y con la más absoluta normalidad. Víctor Clavijo y Juan Codina, con sus redondas interpretaciones, son los encargados de llevar ese miedo hasta la frontera de lo aterrador. Los dos juegan a esconder, a disfrazar. A Codina le toca el papel de no hacer nada, de dejar hablar, de llamar a las cosas por su verdadero nombre, de dar cuerda, de transformar en repulsiva tanta amabilidad. Lo resuelve con sobresaliente, de una manera efectiva, sin el menor aspaviento, recayendo en sus controladoras manos hacernos sentir angustia. A Clavijo le toca el papel atormentado de quien no ha asimilado su lugar, el que siempre está a punto de estallar, el que nunca encuentra el mismo cauce que los demás. Lo hace con verdadera solvencia.

Israel Elejalde dirige la obra. La conoce en profundidad, no en vano él había interpretado uno de los dos personajes de la obra con anterioridad, cuando en 2009 la paseó con Ramón Langa de compañero por los teatros de nuestro país.

viernes, 6 de junio de 2014

Volver a la vida

Todos están muertos, la ópera prima de Beatriz Sanchís

Cartel de la película Todos están muertos
Cartel de la película Todos están muertos
¿Por qué? Porque te engancha lentamente.
Todos están muertos es una estupenda película, existencialista, pequeña, sin pretensiones y que, como el buen vino, va entrando poco a poco, atrapándote sin remedio en su universo. Todos están muertos habla de una familia destruida y de intentar o no un proceso de reconstrucción personal. La pregunta es si resulta posible una vuelta a la vida desde el vacío en que ésta se ha convertido, de si le importa a alguien o si sirve para algo. Habla de soledades, de deudas, de deberes, de responsabilidades, de silencios, de angustias, de una felicidad imposible, de unas ganas que se perdieron. Lupe fue una estrella del poprock de los 80, pero de ella no queda nada. Se quebró un día. Se puso la bata y las zapatillas, comenzó a hacer tartas siempre de manzana y dejó de salir de casa, incapaz de poner un pie en el exterior. Madrid se ha vuelto fea y ella ha claudicado, vencida por su agorafobia. Nunca tuvo una vida fácil y terminó dejándose derrotar por tanta adversidad, abandonando toda responsabilidad. Su madre la suplió, ocupó esa responsabilidad desatendida y la convirtió en dependiente. Su hijo es ya un adolescente que ha crecido en ese panorama, abocado hacia una falta de sociabilidad, y que ahora quiere respuestas que le permitan entender el por qué de su mundo.

El espacio en el que cohabitan los personajes es un ambiente opresivo, de familia atormentada, e irrespirable. Su universo cerrado tiene que tambalearse. La única manera de que ocurra es que sean fuerzas del exterior de la casa las que irrumpan para que los personajes puedan confrontar sus problemas. Si se hace bien, tal vez se dé la posibilidad de que se abran las ventanas para que corra otro aire nuevo. Quizá aún se pueda por fin establecer una comunicación entre ellos a través de la que anudar los lazos familiares deshechos.

En Todos están muertos perviven los elementos sobrenaturales con la realidad, algo que podría lastrar la verosimilitud de la película. Sin embargo esos elementos están tratados con tanta naturalidad que se terminan integrando completamente hasta no parecer extraños. Son una excepción a la normalidad integrada en el folclore, como esa día de los muertos que celebran los mexicanos y que supone una puerta de comunicación entre los dos lados. La creencia o no en fantasmas no es importante para lo que la película quiere contar. Que un muerto tome cuerpo es una estrategia para ir desvelando los secretos que se esconden en lo más profundo del corazón y la cabeza, la forma inteligente que decide la directora Beatriz Sanchís para que el espectador entienda el interior de sus personajes de carne y hueso y el camino a través del que empatizar con esa mujer que está destruida por dentro y que se muestra ajena al presente. La presencia de la muerte también funciona como un símil para decirnos que hay muertos de verdad y otros sepultados en vida por su pasado, cargando con culpas que les atormentan.


Trailer promocional de la película Todos están muertos
Parte de la fuerza de la película radica en conseguir que el espectador se identifique con los personajes, algo difícil que requiere una gran habilidad para construir desde los pequeños detalles. No es fácil comprender la cabeza de una persona que sufre de agorafobia, ni volver a sentirse un adolescente cargado de problemas y al que ni siquiera su madre muestra el más mínimo afecto. Todos están muertos es una «película cebolla», llena de capas, que va enriqueciéndose cada vez que profundizamos en ellas. Ese es quizá su secreto, esa capacidad de sorprender al ir adentrándonos en la trama para descubrir el pasado, su conexión con el presente y valorar si puede darse un camino que permita a los personajes salir adelante de otra forma.

Otra buena parte de su secreto está en la banda sonora y esa vuelta a la música de los ochenta. Con lo que suena se establecen vínculos y complicidades. Con esa música se construye el pasado y la certeza de unos recuerdos compartidos, a los que hay querencia porque mantienen una conexión llena de nostalgias. La música es como esa habitación de ensayo que se había sellado escondiéndola tras un electrodomésticos y que vuelve a abrirse avanzada la película. En esa habitación descubrimos que se apila desordenadamente lo que fuimos y que guarda aquello que sentimos antes y que aún no hemos podido abandonar. La música rompe el silencio, hace que las conversaciones se produzcan, nos conduce con dulzura y nos permite hablar de lo que duele sin ahogarnos.

Soberbio es el manejo del ritmo y la historia que realiza Beatriz Sanchís y tremenda la interpretación de Elena Anaya que elabora un personaje memorable y muy difícil de dar vida y sostener. Ella lo hace con sencillez, como si construir ese universo interior tan atormentado fuera lo más simple del mundo. Sabias son también las elecciones de los actores con los que se ella va enfrentándose a lo largo de la película en sus diferentes duelos: Cristian Bernal, Nahuel Pérez Biscayart y sobre todo Patrick Criado quien desde la timidez saca toda la pasión para sostener una mirada demoledora, como un desgarro de guitarra que no se va apartar. El reparto principal lo completa Angélica Aragón, esa madre invencible que les cobija a todos.

lunes, 12 de mayo de 2014

Un hombre solo, armado de sinceridad

Miguel del Arco firma una excelente adaptación de Molière en Misántropo


Jueves 8 de mayo de 2014. Teatro Español. Madrid

Cartel de la obra de teatro Misántropo
Cartel de la obra de teatro Misántropo
¿Por qué? Porque se trata de una adaptación sublime.
En cierta manera, cuando me senté en mi butaca para ver Misántropo, pensaba echar una mirada nostálgica al pasado, a un Molière que aprecié en mi adolescencia con más amor que a Shakespeare y del que luego me fui alejando. Bastaron unos minutos para saber que me había equivocado en ambas cosas, tanto en lo que iba a ver en el escenario como en haberme alejado del maestro. Miguel del Arco ha ido mucho más allá del original, hilando una obra maestra, que pasada por su mano, resulta estremecedora y sublime a la vez. No solo ha limpiado el polvo de casi cuatrocientos años, sino que ha salido con ahínco a buscar en nuestro presente a los personajes de Molière. Les encontró y les ha dado una nueva carne. Han crecido, han vivido y siguen siendo ellos, con la misma esencia que llevan dentro. Son tan reales que hasta nos los podríamos cruzar en la calle o en ese callejón donde se va abandonando toda la mierda de nuestra sociedad.

Resulta una satisfacción ver que Alcestes, Filinto, Celimena, Oronte, Arsinoé, Clitandro y Elianta siguen vivos; saber que no se quedaron anclados en 1666, que han crecido al ritmo de los tiempos y que conviven con nosotros en 2014. Los que aún no son clase alta se han convertido en mandos intermedios venidos a más que creen que controlan empresas, que ostentan el poder político, que son artistas emergentes o que dirigen los «mercados» hacia su propio beneficio. Son la clase alta que observa y la media que busca trepar en el tablero de juego donde la vanidad y la adulación se emplean como armas. Filinto y Elianta se casaron como era de esperar. Él se ha hecho más cínico y ella aún mantiene la llama de un amor no correspondido. Alcestes sigue estando solo, incapaz de entender esta sociedad estúpida cuyos valores no comparte. Confía en la justicia y en la sinceridad, pero ya no en el ser humano que se ha vuelto inmoral. Aún hoy sigue siendo el inadaptado, el raro, el que tendrá que emprender el exilio hacia el desierto. Y lo más curioso es que lo que dijo Molière por la boca de todos ellos sigue vigente. Su retrato de una sociedad que se rige por la doble moral, donde es más importante parecer que ser, sigue siendo actual.

Misántropo supone una denuncia social sobre la sociedad que hemos construido, de consumo rápido, fatua, mentirosa… ¿Dónde está el valor de las personas?, ¿en el poder que alcanzan?, ¿en los métodos que utilizan?, ¿en lo que tienen?, ¿en lo que pueden comprar?, ¿en lo que deciden? Miguel del Arco nos lleva a la parte trasera de una discoteca, ese callejón sucio al que se saca la basura, el mismo lugar donde la sociedad esconde sus mayores defectos. Y así nos hace sentir que lo que impera, lo que hay dentro de la fiesta a la que el espectador no está invitado, es la hipocresía y la corrupción. No hay esperanza. Se hace palpable que sin verdad no hay decencia posible. Frente a esa situación hay un hombre solo, defendiendo la sinceridad, armado con su palabra. Si no quieres escuchar la verdad, si solo buscas el halago que te satisfaga, no le preguntes a Alcestes. Él es el único que no se ha dejado vencer por lo políticamente correcto.

En ese punto es donde sobresale este Misántropo, en la lucha de Alcestes, incapaz de entender por qué los demás no son igual de francos que él. De esa incomprensión mutua nace su misantropía, lo que le aparta de esta sociedad que no puede compartir. Ése es su drama, el que le lleva a estar hastiado, insatisfecho y arrastrando un profundo malestar. Esa falta de sinceridad se ha extendido haciéndose fuerte en cualquier relación humana: amistad, amor… Alcestes se ha quedado solo y aún así quiere quedarse. Es de esos que prefiere aplicar la lógica para encontrar las soluciones, que hace lo que le dicta la razón y al que le asusta que lo que triunfa esté siempre en el otro extremo, sostenido por la mentira, la vanidad y los intereses caprichosos y maledicentes de los poderosos.


Teaser promocional de la obra de teatro Misántropo
Alcestes es el hombre decente, en sus manos, en su forma de ser, está la salvación para el género humano. Pero su camino de sinceridad es un suicido en este momento. Seguimos viviendo en un mundo hipócrita y cortés dentro del que no tiene cabida una sociedad en la que las personas siempre dijeran la verdad. Parece que no estamos preparados para soportarlo, que aún somos niños a los que hay que defender siempre de la realidad. Entre elegir un camino o el otro queda tomar la desviación del cinismo, pero igual que no existen misántropos felices tampoco hay cínicos dichosos. Como la paradoja no tiene solución ahora, me gusta ese final de derrota que se propone porque abre con una pequeña puerta a que dentro de otros cuatrocientos años alguien vuelva a desempolvar a Alcestes, vea que no se ha rendido y que ha llegado su tiempo.

Si en Misántropo el texto es el centro, no por ello se ha descuidado ninguno los elementos que construyen un espectáculo teatral. Todos suman en un trabajo multidisciplinar que refuerza el mensaje con coherencia. Hay un uso acertado y comedido de la multimedia. La escenografía es efectiva. Se incorporan dos temas musicales que profundizan aún más el componente artístico de la representación, sobre todo el segundo de ellos, Quédate quieto, que interpreta Asier Etxeandia. Destaca una coreografía minuciosa que articula una hermosa plasticidad y rige cada uno de los movimientos de los personajes, de sus gestos, de su sentido. Y brilla el extraordinario elenco de Kamikaze Producciones: Israel Elejalde, Raúl Prieto, Bárbara Lennie, Cristóbal Suárez, Manuela Paso, José Luis Martínez y Miriam Montilla. Cada uno de ellos aprovecha su tiempo para dejar su impronta, su maestría, y construir a la vez una función coral. Los actores y actrices se encargan de marcar la velocidad, la urgencia y la tensión de un combate permanente que trata de dejar sin pulso a sus adversarios y sin aliento al espectador, incapaz de separarse de lo que ocurre en el escenario.

Uno siente, se rebela y aplaude porque percibe el trabajo bien hecho que sabe llegar al corazón y a la cabeza. Misántropo me impresionó. No necesito decir nada más, solo lanzar el consejo de que lo que hay que hacer es ir al teatro a ver la obra.