viernes, 22 de febrero de 2013

Marea ciudadana #23F

Que se escuche la voz de la ciudadanía


Mañana me toca ser marea, por responsabilidad y porque no hay otra forma de entender el concepto de ciudadanía.

Mañana hay que salir a la calle, a la pelea pacífica de la honestidad, para volver atrás los recortes, para que no se venda lo público a los intereses económicos de unos pocos, para que se vayan los corruptos, para que tengamos una verdadera democracia… ¡Hay tantos motivos para no quedarnos callados en casa!

Despidiendo que es gerundio (Fotos: Coque Couto)
Marea ciudadana #23F. Cartel de la convocatoria

Manifiesto: Marea Ciudadana Unida contra los recortes y por una verdadera Democracia

La presión de los mercados financieros, la deuda ilegítima creada por el propio sistema financiero especulativo y las brutales políticas de ajuste dirigidas contra la mayoría de la sociedad, junto con la corrupción y la pérdida de legitimidad de las instituciones, están causando en nuestro país la mayor crisis de la democracia de las últimas décadas.

El creciente desempleo, el ataque a la Sanidad y la Educación públicas, a los derechos laborales y sociales, al medio ambiente, nos ha hecho confluir en las calles, en las mareas ciudadanas, blanca, verde, roja, naranja, amarilla, negra, azul, violeta… defendiendo nuestros derechos.

Una sociedad justa y viable sólo será posible si la ciudadanía se une para defender los derechos sociales por encima de los mercados y la política honesta y la justicia social por encima de los intereses de las élites financieras.

La reforma del artículo 135 de la Constitución española, sin consulta alguna a la ciudadanía, supedita todos los recursos del Estado al pago de esta deuda ilegítima a costa de recortar todos los servicios públicos y de subastar a precio de saldo el patrimonio del Estado. Esta reforma supuso un «golpe de estado financiero», primando el pago de los intereses frente a las obligaciones propias de un Estado Social y de Derecho.

En 1981, tras el golpe militar, la ciudadanía se manifestó masivamente en defensa de la Libertad y la Democracia. Ahora, 32 años después, llamamos a toda la ciudadanía, a todas las mareas, asambleas, organizaciones y colectivos a confluir en una jornada de movilización el próximo 23 de febrero.

Por la Democracia, la Libertad y los Derechos sociales.

No al golpe de estado financiero. No debemos, no pagamos.


Hay alternativas. Hay soluciones:

  • Por la Justicia social y ambiental.
  • Por la Transparencia y la Democracia participativa.
  • En defensa de unos Servicios Públicos y Universales.
  • Por una Auditoria Ciudadana de la Deuda. Contra la Deuda ilegítima.

jueves, 21 de febrero de 2013

Cuando se juntaron un ser humano destructor y un dios que no escucha

El Centro Dramático Nacional pone en escena El malentendido, un texto de Albert Camus


Miércoles 20 de febrero de 2013. Teatro Valle Inclán. Madrid

Cartel de la obra de teatro El malentendido
Cartel de la obra de teatro El malentendido
¿Por qué? Por las preguntas que lanza Camus al ser humano.
Quizá sea Albert Camus uno de los escritores fundamentales que nos dejó el existencialismo del siglo pasado, de los que mejor supo describir ese desasosiego tan doloroso que acompaña al ser humano. Vivió la Segunda Guerra Mundial que convirtió a Europa en un páramo yermo. Sintió a su alrededor la destrucción que había provocado la falta de humanidad de las personas. Las guerras traen lo peor, lo más despreciable de nuestra esencia, sacan afuera los instintos más bajos, los más salvajes. No es fácil sobreponerse a todo esto, pero el escritor tiene un deber con la sociedad en la que vive. Debe retratarla y también está obligado a hacerla pensar, a no dar nada por sentado. El malentendido es fruto de ese compromiso de Camus, a su intención de cumplir con su parte. Utiliza para ello un hecho real que le conmovió profundamente y que leyó en la prensa. A través de esa historia, de lo particular, nos representa lo general, nuestro universo.

Cuenta Cayetana Guillén Cuervo, la protagonista e impulsora de este proyecto, que lo abordó como un homenaje a su padre cuando éste aún se encontraba enfermo. Quería llevar al teatro una obra que le conmoviera y que pudiera servir para rendir un cierto homenaje a sus progenitores, Gemma Cuervo y Fernando Guillén. Escogió El malentendido, una obra que ellos habían producido e interpretado en 1969. La estrenaron en Barcelona, en el teatro Poliorama, dirigidos por Adolfo Marsillach y con un reparto en el que también estaban María Luisa Ponte y Alicia Hermida.

Se trata de una historia sencilla, sembrada de símbolos y que busca provocar la reflexión en el espectador sobre su presente. Los diálogos están envenenados, los silencios respiran angustiosos el aire de una era muerta que nos asfixia sin remedio. En la historia, un hombre regresa a su casa después de veinte años. Se fue siendo un adolescente. Como la vida se ha portado bien con él, ahora quiere que el dinero que ha ganado sirva para hacer felices a su familia. Su madre y su hermana, regentan el mismo hostal del que se marchó y que sin embargo ha cambiado. Ellas no le reconocen, él no encuentra las palabras, y entre una cosa y otra surge el malentendido que da nombre a la obra. Lo que va a pasar lo deduce con rapidez el espectador tras las primeras escenas, atando dos cabos evidentes. No hay sorpresa y sí una cierta predestinación, la de un ser humano deshumanizado.

A pesar de esa sencillez, muchos son los temas que están latentes en la representación. El principal es la presencia de una Europa inhóspita convertida en páramo y el anhelo de huir hacia un lugar añorado en el sur, con mar y sol. Pensamos que escapando de nuestras ruinas podemos ser felices, porque la felicidad debe anteponerse a todo. Ese egoísmo es la primera pieza que sirve para socavar nuestra sociedad, para hacer que la ética colectiva se subordine a los intereses propios. Surge así ese «yo tengo derecho» con el que se justifica lo más atroz. Hay un retrato del capitalismo que nos va haciendo inhumanos porque en nuestros días la felicidad solo llega con el dinero y para conseguir éste todo sirve, incluso matar. El capitalismo no tiene valores y si ese es el sistema elegido por nuestra sociedad, nuestra sociedad se irá haciendo inmoral. Lo cierto es que ya nos hemos convertido en ese mundo sin valores del que la moral ha desaparecido.

El ser humano está solo ante la tragedia de esta vida, así que debe enfrentarla por sí mismo, con esa pesadumbre y esa angustia a cuestas. No hay quien nos descargue y por tanto tampoco tenemos a quien echar las culpas. No hay dios y si lo hubiera no sería otra cosa que un silencio cómplice, como esa presencia cumplidora y servicial que hay en la obra, un ser que sabe, pero que no interviene para al final poder señalar con el dedo y que sea nuestra propia conciencia la que nos remuerda. Cuando dios, cualquier dios, habla solo dice sabe decir «no», su monosílabo solo sirve para negar hasta la más mínima piedad. Entonces sabemos que estamos condenados, que lo estábamos desde siempre, que es imposible no vivir arrastrando las cadenas de nuestra condición. El ser humano se encuentra solo, perdido y sin rumbo. Viéndolo así, quizá la locura no sea una mala solución.

El tercero de los temas en los que profundiza El malentendido sirve para completar la descripción de nuestro mundo hostil: solo podemos continuar viviendo si logramos paralizar cualquier sentimiento, es decir dotarnos de medidas de inmunidad ante la crueldad propia del ser humano. Así nos adormecemos, fingimos, hablamos de vaguedades… Esa no profundización a la que tiende nuestra sociedad y que nos convierte en tontos está presente en la obra y hace que no consigamos, como el protagonista, encontrar las palabras que describan la realidad y nuestro interior, que expliquen cómo nos sentimos y hacia dónde vamos irremediablemente.

Nuestro destino, no cabe otro remedio, ha de ser trágico porque somos seres impotentes, incapaces de moverlo. Albert Camus no nos da respuestas, simplemente nos muestra la barbarie de lo que somos para ver si así podemos ser capaces de pararnos a pensar y no repetir los mismos errores cometidos en el pasado.

Cayetana Guillén Cuervo y Julieta Serrano en una escena de la obra de teatro El malentendido
Cayetana Guillén Cuervo y Julieta Serrano en una escena de la obra de teatro El malentendido (Foto: David Ruano; por cortesía del CDN)
Dejando a un lado lo filosófico para entrar en lo más tangible de la función destaco algún elemento más. El primero es la distribución del espacio que ha obligado a colocar las butacas del teatro Valle Inclán de otra forma, incluso variando su orientación. El escenario es un largo rectángulo, transversal a una parte de los espectadores, con sonora tarima de madera. Dos bancos, una mesa grande y una especie de atril-aparador, todos ellos de aspecto sólido y también de madera, completan el atrezo. Es difícil de llenar un espacio tan grande y eso sirve para representar la soledad del ser humano, tanto como la distancia entre unos y otros. En las primeras escenas, a propósito, los personajes están muy alejados, no permitiendo contemplar a ambos en un mismo plano, el espectador debe girar la cabeza para ir de uno a otro. Es el primer esfuerzo que se le pide, el segundo es una decisión, que tenga que elegir a quién seguir con sus ojos, qué detalles no perderse mientras sucede la escena.

Otro elemento distorsionador es la música. Una viola y un acordeón suenan en directo como banda sonora. Emiten sonidos agudos, lastimeros, como si fueran quejidos unas veces y otras viento. Son plegarias que nadie escucha, las voces perdidas de la desolación. No es una música agradable, solo inquietud. Para el descanso de los ojos, el sosiego, tenemos los paisajes que aparecen sobre la pantalla del fondo, como esa grabación fija de un río por el que corre el agua, o las olas soñadas llegando a la playa…

Para el final he dejado las interpretaciones. Son intensas, cargadas de pesadumbre y predestinación. Sus parlamentos no pueden resultan extraños, a pesar de ser complejos y estar vestidos de distancia. Después llega la furia y la rabia porque todo se ha hecho añicos. El malentendido requiere mucha fuerza anímica para transitar por los diferentes estadios y sus personajes brillan con la luz que el elenco les da. Julieta Serrano arrastra el cansancio de la madre de una manera sentida. Lara Grube nos muestra el ímpetu de una joven enamorada, pero también sabe lucirse cuando le toca el dolor de cerca. Juan Reguilón inquieta con su presencia silenciosa y con su cruzar rápido, brusco, siempre atareado. Ernesto Arias transmite con soltura un personaje comido por las dudas y por un presente complicado que se le desborda. Y Cayetana Guillén Cuervo marca con el ritmo de sus deseos, con la entonación de su voz, la escena.

viernes, 15 de febrero de 2013

El aburrido cuento de Blancanieves

Blancanieves acapara el mayor número de candidaturas a los premios Goya


Cartel de la película Blancanieves
Cartel de la película Blancanieves
¿Por qué? Porque te vas a aburrir.
Hubiera preferido que Blancanieves me gustase, pero no ocurrió así. Lo que me resultó fue aburrida, tanto que preferí no escribir reseña de ella en aquel momento, dejarla pasar. Los motivos que me obligan a ceder y terminar dedicándole unas líneas son la actualidad de los premios Goya el próximo domingo y esas numerosas apuestas que la dan como clamorosa vencedora. Lo hago un poco a regañadientes conmigo mismo, lo reconozco. No niego que el largometraje tenga algunos buenos valores cinematográficos, faltaría más, ni que cada cual tenga derecho a hacer de su capa un sayo, pero la verdad es que no es para tanto como se ha escrito. Eso que llaman cine con mayúsculas, de modernidad deslumbrante, a menudo no pasa de ser un divertimento snob. Las ínfulas de nueva experiencia sensorial no son más que una etiqueta marketiniana que se utiliza con la intención de vender entradas y de competir en el mismo terreno que otra marca cercana, la del 3D, pero que en realidad es una frase que no significa nada. El cine en sí mismo es esa fábrica de sueños.

Blancanieves no me conmueve, por mucho silencio, fotografía en blanco y negro y musicalidad de que se la rodee. No lo hacen tampoco esa mirada triste de huérfana que mantiene Macarena García, ni la redención del atormentado padre-torero que interpreta Daniel Giménez Cacho, ni la madre salerosa de Inma Cuesta, ni la abuela sentida de Ángela Molina, ni el pelele con el que le toca bailar a Pere Ponce, ni siquiera la mala-malísima que hace Maribel Verdú. Quiero explicarme para que se me entienda. Verdú aquí destila maldad por los cuatro costados, su trabajo en la película es soberbio y nada malo se puede decir de él, hace una gran intepretación. Al resto del equipo artístico le ocurre lo mismo; todas las interpretaciones son maravillosas, es cierto, pero están encajadas en el contexto de la película y por tanto impregnadas de la falsedad y la manipulación. Caminan para enseñarnos un ejemplo ético, así que se colocan a un lado o a otro de la línea, sin grises, como puros arquetipos.

Que en el mundo conviven buenos y malos ya se sabe, que los malos son muy malos y los que sufren son los inocentes también. El amor por dinero y los braguetazos tampoco resultan novedosos. Sí, de tópicos se alimenta esta Blancanieves de Pablo Berger. El director llena de españolidad andaluza el cuento de los hermanos Grimm, la huerfanita que con esfuerzo, tesón y genes se convierte en una gran mujer torera.

Supongo que hay mucha metáfora debajo de esta mirada al sur. Por un lado tenemos el retrato de esa España en blanco y negro que bien podía ser la de Franco aunque la película esté ambientada en los años 20. Una España de pobreza para muchos, de rosario, fe y sangre, pero que no pierde la alegría en unas pocas celebraciones. Una España pasada que recuerda a este presente en crisis económica y moral. Una España taurina que se ríe de los que trabajan porque son enanos. Una España de envidias y de trepas. Una España tutelada por una madrastra mala. Puestos a interpretar la imaginación es libre, basta unas pocas imágenes y que el espectador hile, que vea lo que quiere ver.

Para eso, para que se pueda no decir y sugerir, la estética está muy cuidada y se ha mimado la plasticidad con esos fotogramas que dan pie a reminiscencias oníricas y unos primeros planos para que los gestos sustituyan a las palabras. Hay un cierto toque gótico en la fotografía y un homenaje al cine mudo y en blanco y negro. Uno se puede detener a mirar una imagen y encontrar el parecido con nuestro cine más clásico. En realidad sirve para traernos recuerdos que rememoran la niñez de los que crecimos en el babyboom. A mí por ejemplo, cuando Blancanieves viajaba en el carromato y miraba por el pequeño ventanuco, me acordaba de las películas de Rocío Durcal, algunas de ellas también haciendo de huérfana y saliendo adelante sin perder la sonrisa ni la inocencia.

Pero la película es un cuento y por tanto tiene un final feliz y una moraleja. Los buenos triunfan por el mérito de su trabajo porque el esfuerzo es redentor. Es decir, no debemos preocuparnos de los malos que viven sin sudar porque tarde o temprano les llegará su condena. Y ni una cosa, ni la otra son ciertas en esta España real. No lo son y pocas veces lo han sido.

jueves, 14 de febrero de 2013

Evelyn, el tráfico de mujeres y su proceso psicológico

Isabel de Ocampo es la única mujer en la carrera por el Goya a mejor dirección novel


Cartel de la película Evelyn
Cartel de la película Evelyn
¿Por qué? Por la sensibilidad con la que se cuenta una historia atroz.
Isabel de Ocampo, después de mucho tiempo en el cortometraje, se ha pasado al largo. Cuando oí hablar de Evelyn por primera vez y leí su argumento, pensé en Miente, uno de sus cortos. Me pareció que trataba de llevar la misma historia a una película para poder narrarla con mayor amplitud, profundizando con más tiempo en lo que quería contar para que el mensaje quedase más claro. Es cierto que el tema es el mismo, pero ahora el tratamiento es diferente y por lo tanto ambas historias divergen y apenas si tiene ya puntos de contacto. En el corto se habla de las redes de tratas de blancas de Europa del Este; cuenta la directora que cuando tomaron la primera decisión, la de convertir a su protagonista en una mujer latinoamericana para evitar el doble idioma constante en la cinta y su consiguiente subtitulado, todo cambio. Con los primeros trabajos de investigación se dieron cuenta que el comportamiento de unas redes y otras es diametralmente distinto.

El largometraje cuenta el viaje a España desde un pueblito peruano de Evelyn, una muchacha que piensa que viene a trabajar de camarera al lado de su prima, una joven madre que ya lleva un tiempo aquí ganando dinero. Pero la realidad con la que se encuentra es otra: ha venido engañada y ahora está secuestrada para ejercer la prostitución en un club de carretera. Su voluntad, poco a poco, va siendo vencida en ese proceso concienzudo que ejercen las mafias para convertir a una chica normal en una esclava sexual. Asistimos horrorizados a un juego psicológico y emocional de doma entre el proxeneta y la mujer. Engaños, deudas, chantajes, encierros, desgaste y el ejemplo que dan las otras chicas sumisas forman parte de ese lavado de cerebro que pretende transformar la rebeldía inicial en una aceptación y sometimiento a la voluntad de su nuevo amo. El impacto para el espectador es ir recorriendo ese mismo camino.

Ocampo, que forma parte de CIMA, la asociación de mujeres cineastas y de medios audiovisuales, defiende que las mujeres tienen otra forma de abordar el cine. Su mirada en Evelyn así lo señala. Nada hay de glamuroso en un prostíbulo, recorrer sus pasillos o entrar en las habitaciones resulta desagradable, imposible que se pueda tener la menor sensación de felicidad en su interior. Todo en él es sordidez, música alta, violencia, machismo y dinero sucio. Lo que corresponde a un negocio ilegal que mueve enormes cantidades de dinero, ni más ni menos. Esa mirada diferente está también en la sensibilidad con la que la directora es capaz de contar una historia tan atroz, una forma de poner la cámara que lleva al espectador a sentirse allí dentro, sufriendo con esa mujer indefensa y pudiendo vivir por un rato la misma cárcel que ellas viven todos los días.

Ellas son mujeres explotadas como mercancía. Algunas vienen de países en los que una mujer no tienen ningún valor. Han escapado de aquello para volver a encontrarse sin oportunidades siendo putas en un país rico. Esa puerta trasera, ese estercolero de las sociedades avanzadas, se oculta bajo llave y se le da un giro perverso, las perseguidas, las criminalizadas, son esas mujeres forzadas a ejercer la prostitución. La película indaga sobre quién puede ayudarlas, y la respuesta es que nadie puede hacerlo. Quizá una palabra, un gesto tierno de quien lo ve a diario, o una esperanza que nunca se convierte en realidad porque solo va a traer problemas. Hay un apartar la vista hacia otro lado general, un no querer saber, un desentenderse que Evelyn nos señala.

La culpabilidad está presente en todo la película de una forma dolorosa. En primer lugar porque los responsables de la situación no se sienten así, juegan a que dan oportunidades, a que lo que ofrecen es una vida mejor y el favor de conseguir dinero rápido, a que todo es pasajero y necesario. En segundo lugar porque quien asume esa culpa, quien la siente totalmente suya, es la muchacha. Quizá esa verdad es la que más duela al espectador, la que le produzca una punzada de vergüenza, la que le haga revolverse incómodo en el asiento sin saber donde meterse. La culpabilidad de un inocente siempre es una injusticia que conmueve.

Es de destacar la interpretación de Adolfo Fernández en el papel del proxeneta, un tipo repelente que el actor sabe bordar. Es firme y manipulador, de esos que te miran a la cara y te dicen con inocencia algo así como «no me eches la culpa, yo también fui un buen tipo, pero ahora me toca estar en el otro lado y tengo que cuidar el negocio». No se me pude olvidar sus miradas de odio, sus gestos violentos y la contención del último instante que supone perdonar la vida, que le deban una. Le veo con ese recriminar constante a las chicas insistiendo en que tienen el «oficio más fácil del mundo» y que lo único que tienen que hacer es «chupar y follar». Repulsivo es la palabra que me viene a la boca; repulsivo pero veraz.

Un infierno insospechado

Después de Lucía, de Michel Franco, el largometraje mexicano que compite por llevarse el Goya a la mejor película Iberoamericana


Cartel de la película Después de Lucía
Cartel de la película Después de Lucía
¿Por qué? Por el nudo en la garganta que produce.
Si exceptuamos Juan de los muertos, las películas que compiten este año por el Goya a la mejor película iberoamericana tienen un punto en común: los jóvenes son los protagonistas. Son los mundos de la infancia y la adolescencia, con toda su complejidad, lo que retratan. La candidata de México tampoco es una excepción. Después de Lucía es una historia de dolor, pérdidas y bullying que ganó el premio de la sección Una cierta mirada en Cannes, obtuvo una Mención Especial en San Sebastián y su país la envió a competir a los Óscars aunque finalmente no pasara el corte.

Después de Lucía es cine directo y de denuncia, del que ata un nudo en la garganta. Algo que uno no se espera, pues está rodada con la técnica de cámara testigo, lo que supone inicialmente un cierto distanciamiento del espectador hacia la historia, como si la estuviese contemplando desde lejos y con cierta desgana. Parte de un enigma: un hombre que recupera arreglado su coche del taller, que circula unos kilómetros y que se baja de él para dejarlo abandonado con las llaves puestas y ocupando un carril del tráfico. Después un cambio de ciudad, un restaurante nuevo para el padre y otro instituto para la hija. Encontrar una pandilla de niños bien como ella y en la que encaje no le va a resultar difícil pues se ve que es una muchacha decidida. Cuando la película entra en esos derroteros uno piensa que ya está toda la carne en el asador. Y sin embargo todo acaba de empezar. Sorprende especialmente cuando pensamos que se va a introducir en un camino trillado y en realidad lo que hace es girar para mostrarnos una cara no sospechada. El ser humano es una fuente inagotable de comportamientos inesperados.

Hay momentos que ponen la piel de gallina como el egoísmo de los más jóvenes y también la crueldad con la que unos adolescentes tratan a otros. Observamos intranquilos lo fácil que resulta hacer daño. Vemos una docilidad de los que se sienten derrotados que nos duele. De pronto nos hacemos frágiles a la misma velocidad que padre e hija y se instaura en nosotros una sensación molesta de que una historia similar a la que estamos viendo nos puede pasar a todos. Ese es el mayor poder de la película de Michel Franco que consigue alterarnos, sacarnos de ese espacio de comodidad en el que nos hemos instalado y hacernos sentir un poco de frío en el corazón.

Hay en la película un mensaje que nos dice que no siempre podemos evitar los golpes que sufren las personas a las que queremos y también que nos puede ocurrir a cualquiera. Es un aviso a quienes bajan la guardia. Tras una mala situación nos puede surgir una depresión, que todo se reblandezca y miremos nuestro alrededor desde otra perspectiva. Se empieza un camino donde las responsabilidades dejan de asumirse, se rebaja el nivel de las normas establecidas y se va dejando de dar importancia a casi todo sobre lo que nos habíamos basado hasta ahora. La educación es una tarea diaria que no permite descuidos, ni excusas, ni mirar hacia otro lado. Padres y docentes nunca están exentos, bajo ninguna circunstancia, para ser eximidos de su labor. Es así que no se puede pedir a los adolescentes que asuman el papel de los mayores cuando éstos pierden su fuerza. Tampoco sirven los padres-amigos, pues el control se diluye.

Que una muchacha se deje ir es algo que ocurre, está en pleno proceso de formación y hay asuntos que no parecen tan peligrosos como pintan los adultos que se pasan la vida colocando etiquetas de peligro. A veces no sucede nada y la vida sigue con la misma normalidad, pero en otras se cumple el aviso. Basta el mínimo detalle -una diferencia, algo de envida, una interpretación sesgada…- y todo estalla. Demasiados elementos para tenerlos controlados siempre.

Es cierto que todo estaba delante de los ojos y no lo vimos. Después de Lucía hace una crítica velada a esa sociedad con prisas que se ha quedado ciega en lo más importante; una película tan dura como necesaria.