miércoles, 13 de febrero de 2013

Humor que destapa lo más dramático

Paco León se estrena con el falso documental Carmina o revienta


Cartel de la película Carmina o revienta
Cartel de la película Carmina o revienta
¿Por qué? Porque Paco León retrata una realidad a su manera.
Reconozco que he sufrido viendo Carmina o revienta, la sordidez que acompaña a la historia me duele y más sabiendo el poso de realidad que hay bajo ella. Cuenta Paco León que hace años que le rondaba en la cabeza hacer una película con historias de su madre -el «mundo Carmina» que él dice-. Sabía que tenía buen material y que todo estaba a su mano, así que no lo dudó cuando tuvo la oportunidad. Con pocos medios, tirando de la familia y armándose de ingenio arrancó.

Uno, a priori, puede pensar que se va a encontrar con una tontería contada con cierto gracejo, algo sustentado en los tópicos andaluces como el que dice que «más cornás da el hambre», con mucha picaresca y demasiado morro. Pero el que piensa así se equivoca; aunque todo eso está en la cinta, el resultado final lo transciende. Si se quiere decir que es una comedia hay que añadir el adjetivo triste. El mundo que vemos se está cayendo, rodeado por la miseria, y sin embargo en su agotamiento no deja de tener «punch», el que da con fuerza Carmina, una mujer que tira para delante luchando por la supervivencia de toda su familia y sabiendo que solo puede contar consigo misma, que los demás se han borrado de hacer el mínimo esfuerzo, rendidos ya con desesperación a la vida que les tocó. Carmina o revienta es amarga porque nos lleva por la puerta de atrás a contemplar la vida de los que nada tienen, a los que incluso les birlan la comida de la boca.

Contado como un falso documental, Paco León toma distancia. Su mirada no es amable y se ha distanciado como si nada de lo que está mostrando le afectara. No hay pudor en lo que enseña, no esconde lo feo y los vicios están presentes con la misma naturalidad que los vive la familia. Es directo y disparatado al mismo tiempo, una especie de amalgama en la que resulta imposible separar la ficción de la realidad. El director confiesa que todo lo que se cuenta tiene algo de verdad; pero que no ocurrió así, sino de otra manera. Parece que va a ser cierto que la realidad siempre supera a la ficción. Mentiras y verdades se cruzan y se justifican las unas a las otras.

A pesar de todo esto te ríes, como si el lado cutre tuviera maldita gracia. No lo puedes remediar, en medio de lo más dramático se te escapa una sonrisa y eso produce más desasosiego. Es como no querer mirar y levantar un poquito los dedos con los que nos tapamos para arrepentirnos después. El humor es el bálsamo que sirve a la historia para ir destapando un mundo miserable, la manera de soportar las cuestas abajo de la vida.

Brillan las interpretaciones. Sin ellas la película no mantendría la atención del público. Las cosas se pueden contar de muchas maneras, pero la que se elige es la de la espontaneidad y esa especie de improvisación hace que todo fluya natural. Carmen Barrios, María León y Paco Casaus bordan con honestidad su papeles, con ese mirar tranquilo a la cámara y ese verbo que con pocas palabras lo dice todo.

No se puede hablar de Carmina o revienta sin contar lo que ha supuesto de revolución con respecto al modelo tradicional de distribución. La película se estrenó a la vez en salas de cine, internet -a través del canal de filmin- y en DVD -Cameo y el diario El País-. Hubo quien no vio con buenos ojos el camino elegido y se habla de un cierto boicot de las grandes cadenas de salas de proyección que se negaron a programarla. Son tiempos de probaturas y por lo que parece, ésta no ha salido mal.

Si yo tuviera una familia así, lo último que se me ocurriría sería filmarla, por eso me sorprende tanto que Paco León se haya atrevido a hacerlo. Es cierto que, sin poder explicarlo, se les coge algo de cariño, pero es angustiosa la vida y la condición con la que la viven. Casi nada es positivo. Sin embargo, el genio de su director logra hacer una buena película explorando una forma nueva y moderna de contar viejas historias.

La clandestinidad impuesta

Infancia clandestina, de Benjamín Ávila, el largometraje argentino que compite por llevarse el Goya a la mejor película Iberoamericana


Cartel de la película Infancia clandestina
Cartel de la película Infancia clandestina
¿Por qué? Por el reflejo de la clandestinidad y la descripción de cómo afecta al protagonista.
Toda dictadura está cargada de muerte. Combatirla es una obligación moral y organizarse una necesidad. Explicar todo esto a un niño y que lo viva resulta complejo. Los mecanismos de la clandestinidad se pueden interiorizar, e incluso cumplir sus leyes, pero para el adolescente con una pierna en cada mundo no es fácil mantener la dualidad que esta vida de renuncias exige. No puede haber normalidad posible y la infancia se resquebraja sin poder remediarse. Infancia clandestina nos habla de esto, y lo hace desde la voz de Juan-Ernesto, un muchacho de 12 años inmerso en esa clandestinidad de una familia combativa.

Infancia clandestina es la primera película de Benjamín Ávila, que había realizado con anterioridad el documental Nietos sobre las Abuelas de la Plaza de Mayo. Para este debut, el director se ha basado en hechos reales de su propia infancia y ha dedicado la película a su madre que fue detenida y desaparecida en octubre de 1979 en Buenos Aires. El largometraje rinde un sentido homenaje a los montoneros que lucharon activamente contra la dictadura militar del general Videla y es también una añoranza de los seres queridos que la dictadura se llevó por delante.

La infancia es esa época en la que se aprende a vivir, lo que en ella se pierda no se recuperará nunca, quedará como una ausencia. Ser testigo y parte de ese mundo clandestino tiene un precio muy alto. No es solo el peligro, la cercanía de la muerte de la que siempre se siente su aliento. Lo que se deja en el camino es la normalidad de crecer como los demás, con sus mismos juegos, experimentando idénticas sensaciones. El protagonista es un niño que vive siempre alrededor de los altos ideales de unos mayores que quieren acabar con la injusticia de la dictadura sangrienta en su país y que la combaten con ideas y con armas. Esa fuerte politización impone una rígida disciplina que va dejando al margen un tiempo para disfrutar la vida. No hay espacio para otras cosas que no sean convertir cada minuto en un trabajo constante para derrocar el régimen. Su sentido de la normalidad no puede ser el mismo que el de sus compañeros de colegio. A esto hay que añadir otro factor, el de tener que aparentar que todo es normal en su vida, que nada en ella se sale de los cauces.

Los secretos no se pueden compartir con nadie y el silencio de todo lo que se calla pesa como una rueda de molino. Y en frente hay una vida que podría estar llena de alegrías, de cosas que experimentar y compartir, de sentimientos nuevos… Vivir se vuelve una contradicción.

El final se desencadena trepidante y nos llena de inquietudes, de lo que pasa cuando todo acaba, de lo que se queda en la sombra, de la tortura, de los desaparecidos, de los niños robados, de los niños devueltos… Entonces, cuando la película ha terminado y sube el volumen del roquero tema musical que cierra, se produce el último impacto. La música se convierte en un elemento disruptivo de la acción que nos deja noqueados. Los sentimientos dan como un respingo con esa canción, como que nos falta aire para reincorporarnos a la vida después de la historia vista.

Destacable también resulta la fotografía, llena de primeros planos que potencian y apoyan las estupendas interpretaciones. Entre los mayores están Ernesto Alterio, Natalia Oreiro, César Troncoso y Cristina Banegas; pero también brillan los dos jóvenes: Juan Gutiérrez Moreno y Violeta Palukas.

Si bien es cierto que Infancia clandestina tiene muchos aciertos, también lo es que el hecho de retratar la propia experiencia hace que se desenfoque la historia por insistir con reiteración en querer contar un estado de ánimo que queda claro desde el inicio. A veces el director se da un largo paseo y parece que la película deja de caminar hacia algún lugar, como que entonces se estanca sin nada real que decir.

Hay una apuesta personal de Ávila en toda la película que ya llama la atención desde el primer instante, es la decisión de narrar todas las escenas de violencia física y muerte a través de dibujos e ilustraciones que sustituyen la interpretación de los actores. Es una forma sutil de indicarnos de qué forma y cómo quedan grabadas en la cabeza del muchacho todas esas muertes. Son imborrables, van formando parte de su universo futuro. Son dolor y miedo mezclándose.

martes, 12 de febrero de 2013

¿Por qué desaparece un cadáver?

Oriol Paulo compite con El cuerpo por el Goya al mejor director novel


Cartel de la película El cuerpo
Cartel de la película El cuerpo
¿Por qué? Porque es un buen thriller.
Con El cuerpo, Oriol Paulo debuta en la dirección de un largo. Aunque ya tenía cierta experiencia dirigiendo -un corto, un mediometraje y una película para televisión-, su carrera cinematográfica la había desempeñado sobre todo como guionista, destacando especialmente por el guion de Los ojos de Julia.

El cuerpo solo tiene una nominación en estos premios Goya, la de dirección novel para Oriol. Quizá se merecía alguna otra más, pues se trata de una digna película de género, bien hecha y mejor rematada. La intriga se mantiene y tras cada pieza que se coloca surge otra que parece tener peor encaje con las anteriores, que vuelve tirante el puzzle hasta que se le encuentra su lugar exacto. Ese desconcierto programado que se crea en el espectador como un estado de ánimo inducido es un elemento peligroso sobre el que jugar, sin embargo, la película lo controla y lo convierte en su punto fuerte. Ese control que existe entre lo que los personajes saben y lo que el espectador descubre está milimétricamente inmerso hasta en la propia sinópsis: «El vigilante nocturno de un depósito de cadáveres es atropellado tras abandonar su puesto de trabajo en estado de pánico. Cuando la policía se presenta para investigar, descubre que el cadáver de una mujer recién fallecida ha desaparecido de la morgue. Sin ninguna pista que aclare el extraño suceso, el Inspector Jaime Peña recurre a Álex Ulloa, el viudo de la mujer desaparecida. Juntos, durante el transcurso de una noche intensa, intentarán descubrir la verdad sobre las misteriosas causas de la muerte de la mujer y la desaparición de su cuerpo…»

Cuando se pierde el control de una situación preparada y ésta se vuelve adversa, cuando las dudas nos van rodeando hasta hacerse insoportable la presión, la condición humana se resquebraja. Confesar hasta el último secreto se convierte en una posibilidad que nos puede parecer plausible. Pero esa confesión ni calma ni alivia. Las cosas no son ni la sombra de lo que parecen, porque hay otro que ahora tiene los hilos y está tirando de ellos. Ni siquiera los secretos contados disminuyen la incertidumbre de lo desconocido, de esa trama angulosa que nos intranquiliza. Con ese material está construido El cuerpo a través de dos elementos: un guion si fisuras y una interpretación que aumenta la inquietud.

Nadie nos cae bien. En ningún personaje encontramos rasgos que nos hagan confiar ciegamente en él. Mayka Villaverde (Belén Rueda) es egoísta y mala porque tiene el mundo a sus pies obedeciéndole. El inspector Peña (José Coronado) resulta inquietante con su caracterización inocente y ridúcula y sus explosiones de carácter, además llega con un pasado confuso. Álex Ulloa (Hugo Silva) tampoco tiene un comportamiento que pueda gustar, ya que es el siervo que quiere convertirse en amo. Carla Miller (Aura Garrido), a pesar de sus hermosos ojos, tampoco es clara.

Precisamente, de esa desconfianza en los personajes porque cada cual esconde algo surge la necesidad del espectador por descubrir todo el entramado que hay detrás. La primera pregunta que se hace es quién ha robado el cadáver, pero el interrogante correcto, el que se debería hacer para desentrañar el misterio, es por qué desaparece el cadáver. ¿Para qué todo esto?, ¿cuál es el propósito que hay detrás?

Fuera llueve, es una noche plomiza. Ese tiempo inclemente es el único posible para dibujarnos el estado de ánimo en el que confluyen los personajes. En esas noches de lluvia es cuando todos nos entretenemos mirando por la ventana, fabulando mientras las gotas resbalan inexorables tras el cristal. Dentro, sin embargo, están los culpables, las consecuencias y el ajustar las cuentas. Esa tensión insoportable con la que apretar para saber la verdad. El proceso de construir esa explicación se va pegando a la película, respirando su aire y jugando bazas nuevas. Por eso sorprende que ésta sea una primera película pues está hecha con asombrosa madurez.

7 cajas, el despertar del cine paraguayo

Los directores Juan Carlos Maneglia y Tana Schémbori firman una película redonda que compite por llevarse el Goya a la mejor película Iberoamericana


Cartel de la película 7 cajas
Cartel de la película 7 cajas
¿Por qué? Porque es un cine distinto, ingenioso, que conecta con el espectador.
Para mí, aunque no ha conseguido estrenar en España aún, 7 cajas es la película del año. LLega de Paraguay, un país en el que se realizan muy pocas producciones al año y por tanto con escasos canales de distribución, así que no debe resultarles sencillo exportar su filmografía. Tal vez su candidatura a mejor película iberoamericana en los premios Goya siva para ello y pueda abrirle la puerta a un merecido estreno en las salas comerciales de nuestro país y de toda América Latina. En Paraguay se ha convertido en todo un éxito, llegando a superar en taquilla la recaudación que allí hizo Titanic. En Reino Unido e Irlanda también tienen firmado su estreno inmediato. Su camino desde su finalización ha sido largo y ha llevado a la película por festivales de todo el mundo: San Sebastián, Palm Spring, Mar de Plata, el Círculo Polar Ártico… Su paso por estos lugares ha sido más bien modesto en cuanto a premios, pero positivo en cuanto a sensaciones. De San Sebastián, por ejemplo, se llevó el premio del jurado joven. Sin embargo en todos estos festivales ha funcionado el boca a boca que ha hecho que la película no haya pasado desapercibida.

Juan Carlos Maneglia y Tana Schémbori, sus directores, tienen a sus espaldas un largo recorrido de realización en cortometrajes y series para televisión, pero 7 cajas es su primer largometraje. La financiación para su proyecto la han conseguido a través del programa Cine en Construcción. Han aprovechado cuidadosamente el dinero y han construido una película muy dinámica, que sabe administrar la tensión y de gran impacto visual. La han realizado sin concesiones, con honestidad y con maestría, desde una mirada nueva. Todo transcurre en le Mercado 4 de la ciudad de Asunción, un día cualquiera, donde un muchacho se gana la vida arrastrando una carretilla. Sobre ella va transportando las mercancías de unos clientes que no abundan. No hace preguntas, solo lleva los paquetes donde le dicen. Un día de inspección policial, en una de las tiendas le encargan que se ocupe de transportar siete cajas sin saber lo que contienen.

7 cajas es una película ingeniosa, contada con sentido del humor y con un guion soberbiamente administrado para mantener la atención del espectador en cada momento. Una película de género pero que resulta novedosa por su gran acierto de mantenerse integrada en una idiosincrasia que no pierde sus raíces pero que no tiene nada de irreal para un espectador globalizado, ni en lo exagerado, ni en la vida difícil que a cada uno de los personajes les ha tocado llevar. Es realista y es dura porque nos muestra el pobre valor de la vida frente al importe que hay que pagar por conseguir un nuevo celular.

Los protagonistas son personas con pocos recursos económicos, marginados de la sociedad. Pero el mundo tiene dos caras, frente a ellos y aprovechándose de su miseria monetaria están los otros, los de la pobreza moral, mafiosos corruptos y vividores a los que, con sus trapicheos, les cae siempre el dinero llovido del cielo. Son los que conocen como funciona el sistema, al menos los que lo tienen suficientemente comprado. En 7 cajas lo que hay delante son las diferencias sociales y una profunda mirada hacia las carencias de los que menos tienen, de los que están abocados a ganarse la vida desde pequeños entre la misera, los que no tienen pasado, ni presente, ni futuro. Pero para los que nada tienen, la sociedad de consumo también les ha fabricado los mismos sueños y las mismas necesidades. Para Víctor, el protagonista, conseguir un celular o tener sus cinco segundos de gloria saliendo en la televisión son su máxima aspiración, y por ambas se sacrifica. Nada más espera de la vida.

Uno sabe que la suerte nunca se pone del lado de los pobres, así que toda la película el espectador rumia en solitario un final trágico que confía que no llegue. Necesita ponerse del lado del protagonista, el desprotegido, deseando que toda la aventura le salga bien, le anima y le perdona esa cierta inconsciencia con la que va bordeando lo ilegal. A uno le gustaría que Víctor corriese más aún con su carretilla y lograse escapar esta noche del desastre que se le avecina para que mañana empezara otra vida diferente sin peligros, pero no cree que pueda ocurrir. La película sabe jugar en esa cuerda floja con la curiosidad, con esas expectativas y con un doble rasero entre la realidad y lo deseable. Y lo hace sin defraudar.

El Mercado 4 es un microcosmos en el que cabe representar toda una sociedad que cada día sale a ganarse su pan en jornadas infinitas que van desde antes de que amanezca hasta mucho después de haber oscurecido. La honestidad con la que se ha retratado ha hecho que todos los que forman parte de ese Mercado 4 se consideren parte de 7 cajas. El Mercado 4 también es el lugar desde el que se organiza la venta de los dvds piratas de las películas. Sin embargo, en sus puestos han colocado el cartel: «No tenemos la película 7 cajas, ni la vamos a tener». Supongo que ese aviso explica mejor que nada el perfecto retrato que ha hecho el largometraje del lugar y su ambiente, hasta tal punto que quienes allí viven y trabajan han llegado a sentirse plenamente identificados. 

Celso Franco en una escena de la película 7 cajas
Celso Franco en una escena de la película 7 cajas
No solo la buena opinión de quien es retratado nos sirve de balanza con la que pesar la película. También se mide la calidad de una cinta por los inconvenientes que el espectador debe superar. Los subtítulos son uno de esos elementos. Si una película consigue que el público salga feliz después de obligarle a estar leyendo lo que dicen los personajes y que además confiese que no le ha importado, es porque la película es buena. 7 cajas tiene unos pocos diálogos en castellano, pero casi toda ella está hablada en jopará, un idioma local a medio camino entre el guaraní y el castellano. No importa que sea así, la película lo necesita, pues en ese idioma se establecen los códigos, las estructuras y el nivel al que pertenecen los personajes. Es por tanto consustancial al film y el idioma forma parte indisoluble con la historia. En el fondo esa dificultad se va haciendo un placer al poder escuchar otra musicalidad diferente de la nuestra. De la misma forma participa la música, muy tenue, pero perceptible, que va usándose como otra forma de contar y anticipar.

7 cajas es una película emocionante en la que al final, cuando uno termina de verla, lo único que le sale hacer es aplaudir con fuerza.

No me resisto a cerrar esta reseña sin contar una anécdota de ella. A Juan Carlos Maneglia, después de llevar escribiendo el guion cuatro años, se lo robaron. Lo había dejado en el coche y alguien se lo sustrajo con el auto. La noticia tuvo cierta repercusión y llegó hasta el penal de la ciudad. Varias noches recibió llamadas desde allí que le pedían un rescate por recuperarlo. No lo consiguió y le tocó volver a ponerse a reescribirlo de nuevo.

lunes, 11 de febrero de 2013

Cine pequeño que sin embargo es muy grande

Repaso a los cuatro cortometrajes de ficción nominados a la 27 edición de los Premios Goya y de alguna otra categoría


Aquel no era yo, La boda, Ojos que no ven y Voice over son los cuatro cortometrajes de ficción que ha elegido la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España para competir por el Goya.

Cartel del cortometraje Aquel no era yo
Cartel del cortometraje Aquel no era yo
Esteban Crespo se ha marcado toda una película en el corto Aquel no era yo. Trata de una guerra en un país africano y de unos niños en medio de ella que se han visto convertidos en soldados. Dos españoles viajan hasta allí colaborando con una O.N.G. y se encuentran de frente con ese mundo en el que los niños han perdido la posibilidad de desarrollarse como seres humanos. Las leyes de la guerra contrastan con lo que serían sus actividades a esa corta edad. No tienen valores morales por encima de disparar, mentir, matar o seguir viviendo a cualquier precio. Han perdido la infancia para ser admitidos en un grupo rocoso que les da la protección familiar que los niños no tienen. En ellos, la dureza de la guerra se hace costumbre, su violencia algo natural. En eso se ha convertido su vida. Muchos mueren, los que sobreviven cargan con las secuelas tanto físicas como morales. El corto podría haberse detenido en aquello que pasó, sin embargo se adentra valiente en contarnos el presente y enseñarnos cómo uno de aquellos niños afronta su vida ahora, después de todo aquel horror, sin poder dejarlo nunca del todo atrás, cargando siempre con él.

Esta división en dos partes del corto, aunque vayan entremezclándose, hace que el corto presente un comportamiento desigual. La primera, la que narra el pasado de guerra, está construida sobre la acción trepidante, sobre el nervio de una pistola sobre una sien, sobre del dedo inconsciente sobre el gatillo y sobre la fuerza de las imágenes de un combate en el interior de una pequeña población. No le faltan medios y Crespo sabe aprovecharlos para que veamos el horror en directo y en los rostros de sus protagonistas, unos espantados y otros impasibles. La segunda parte, la que llama a nuestra conciencia, es de planos más desdibujados. En ella nos lleva a una conferencia en un salón de actos. Las palabras van dibujando los sentimientos en las caras de quienes escuchan. Es esa revelación y el cómo la aceptemos la que marcará el éxito de este trabajo.

En mi opinión es un corto potente, con mucho significado y rotundo en el mensaje.

Cartel del cortometraje La boda
Cartel del cortometraje La boda
La boda, de Marina Seresesky, nos cuenta una pequeña anécdota. Y sin embargo el corto resulta una maravillosa historia de grandes mujeres, tan llenas de fuerza como acostumbradas a cargar con las dificultades que llegan. Su protagonista es una cubana que vive en Madrid y que trabaja en la limpieza, como muchas otras inmigrantes. No es fácil mantener el curro, ni que el salario tan corto llegue para todo el mes, y menos que se pueda estirar un poquito para alguna ocasión que merece una celebración especial. La vida que soñó no se cumple en este falso paraíso del capitalismo en el que todo son obstáculos colocados tan altos que son imposibles de saltar. Pero ni ella ni sus compañeras se quejan, siguen adelante. Es la amistad el vínculo que mantiene su fortaleza indisoluble y la solidaridad entre estas mujeres trabajadoras el último atisbo de esperanza. Excelentes interpretaciones de un gran reparto y muchos sentimientos saliendo a flor de piel. A Yailene Sierra le basta una mirada triste para contarnos las dificultades de todas las vidas de quienes se fueron de su país para prosperar y no encontraron otra cosa que los peores trabajos. La boda nos revuelve en el asiento ante las pequeñas injusticias con las que se envuelve el día a día. Nos hace sentir por un ratito mejores personas.

Es un corto de mujeres, muy directo y lleno de una superación constante. Esa fuerza lo hace especial.

Cartel del cortometraje Ojos que no ven
Cartel del cortometraje Ojos que no ven
Natalia Mateo con Ojos que no ven nos dice eso que ya sabemos, que en todas las familias se cuentan demasiadas mentiras piadosas y que la realidad se pospone para otro momento mejor. Ojos que no ven es un corto de lo que callamos por no molestar, por tener hoy la fiesta en paz, porque no es el momento más oportuno. Callan con esa coartada y colaboran unos con las mentiras de otros y así la cobardía de cada uno se oculta y pasa desapercibida una vez más. No ocurre nada, mañana lo contamos todo y ya está. Lo malo es cuando mañana también se aplaza y el engaño se convierte en hábito y surge un nudo dentro con tanto secreto que nos ahoga, que no nos deja respirar y que nos impide contar esa verdad que la verdad es que nos duele.

Narrado en tono de comedia y con un reparto excepcional que encabeza la veterana actriz Asunción Balaguer, el corto nos va llevando con sonrisas que lentamente se van haciendo grotescas hasta convertirse en una mueca amarga que deja al descubierto todo el drama, la mentira y el ocultamiento. Cada uno cede y ese ceder le pone en una situación que a cada instante resulta más humillante.

Bien dosificado y con esos villancicos de fondo que piden la benevolencia del espectador, Natalia Mateo desnuda con ironía el entramado de una familia tipo y, entre risas, nos muestra las carencias que toda relación familiar cobija.

Cartel del cortometraje Voice Over
Cartel del cortometraje Voice over
Voice over, de Martin Rosete, quizá tenga el guion más original de los cuatro. Lo firma Luiso Berdejo, un chico que hace unos años, después de hacer unos cuantos cortometrajes aquí, se fue a Hollywwod a trabajar. Voice over tiene mucho de juego, o de manipulación si se prefiere. Una voz en off y en francés, la del actor Féodor Atkine, nos va llevando por tres historias que se parecen. Su tono es el que va induciendo al espectador a sacar conclusiones, a equivocarse, a rebobinar para volver atrás… La voz va jugando con el público. Los tres personajes los interpreta el actor Jonathan Mellor, con el peso dramático justo de quien se está jugando la vida, de quien ve la muerte al final de una pequeña cuenta atrás. Los tres son hombres metidos en situaciones límites, en épocas distintas. Pero quizá cada historia tenga otra forma de ser vista.

Si el guion es original y estupenda la interpretación, tampoco se queda atrás la tercera pata: una espectacular fotografía con la que se recrean las tras atmósferas llenas de colores fuertes, terrosos y asfixiantes, marinos y vibrantes, de noche de luna llena y muerte. El corto es un derroche visual que sabe a algo nuevo y diferente.

Cartel del cortometraje El vendedor de humo
Cartel del cortometraje El vendedor de humo
Otros cortos que compiten en otras secciones:

Dos de los cortos que se enfrentan por el Goya de animación son El vendedor de humo de Jaime Maestro y La mano de Nefertiti de Guillermo García Carsí.

El vendedor de humo es un trabajo de animación que nos cuenta con trazos seguros la historia de alguien que vive de que los demás le compren una ilusión. El problema es que la vende como realidad. El vendedor llega con su carromato a la plaza de un pueblo. No le hacen mucho caso. Pasa el tiempo, pero no pierde su paciencia. De pronto surge una oportunidad. Los demás miran y se les va contagiando una necesidad que no tenían. Todos tienen sueños, deseos de mejorar, de que la imagen de sus enseres cotidianos sea algo más bonita y están dispuestos a pagar por ese embellecimiento pensando que será para siempre, o al menos duradero. Y la realidad es que las mentiras tienen siempre una vida muy corta, que se esfuman cuando cambia el viento. Nuestros tiempos son así. ¡Qué nadie se atreva a pedir responsabilidades!, la culpa es nuestra por habernos dejado engañar y haber comprado humo solamente.

La mano de Nefertiti es un corto que utiliza algunos de los personajes secundarios de Tadeo Jones, no en vano es de la misma productora. Técnicamente el corto es estupendo, pero el argumento es más bien frío y tontorrón. Se trata más bien de un ejercicio práctico o una prueba de animación, con una pequeña historia sin la menor importancia y sobre la que poder explotar esos personajes, como una secuela.

A mejor corto documental está nominado El violinista de Auschwitz de Carlos Hernando, una historia sobre el holocausto del pueblo judío en las cámaras de gas de los centros de exterminio nazi. Hernando entrevista a un superviviente de Auschwitz que nos va narrando lo que allí vivió. Lo que cuenta, por mucho que lo sepamos, es espeluznante. El corto levanta al espectador por el relato en primera persona y por ese acento sefardí del protagonista.