domingo, 19 de junio de 2011

Un cuento chino para una vida que es un sinsentido

La tercera película de Sebastián Borensztein llega a España después de haber cosechado un gran éxito en Argentina

Cartel de la película Un cuento chino
Cartel de la película Un cuento chino
A casi todos nos gustan esos personajes cargados de manías, que no siguen las modas, un tanto taciturnos, demasiado meticulosos, huraños incluso. En la vida no los soportamos a nuestro lado, pero en el cine... Nos reímos con sus comportamientos exagerados y les acompañamos porque también sabemos que tienen su corazoncito. En el fondo somos curiosos, así que lo que nos intriga es llegar a conocer qué les ha llevado hasta ese punto, dónde se hicieron diferentes y por qué. Un personaje de este tipo nos permite movernos entre la más divertida comedia y llegar con él al punto más dramático, a ese en el cual nos quedamos a solas con nuestras propias verdades. Son, con certeza, quienes nos hacen mirar dentro y ver la vida, lo absurdo de algunas de nuestras posiciones, desde fuera, desde donde llegan a parecernos grotescas. Son la paja ajena que podemos convertir en viga nuestra. Y nos gustan sobre todo porque sabemos en qué se quedan si les quitamos esas manías. Bajo ellas, en esa piel dura, nos topamos con personas íntegras, necesarias para estos tiempos, porque son los únicos que saben usar la justicia con bondad, la única que vale. Son los equidistantes entre la vida y los demás, los antihéroes que nos dan la verdadera medida de todo.

Así es Roberto, el personaje que interpreta Ricardo Darín en Un cuento chino. Alguien solitario que colecciona muchas cosas, con un comportamiento hostil hacia los demás, que vive dentro de sí, utilizando el pasado como una coraza, que no quiere que nada cambie porque piensa que todo le traerá más dolor. Mejor dejar las cosas como están. Se niega a vivir en nuestro tiempo porque en el fondo «la vida es un gran sinsentido, un absurdo». Recorta noticias imposibles que pega en las hojas de unos grandes cuadernos negros, que guarda como almanaques de la estupidez humana.

El hosco personaje que siempre espera con la mirada fija en su destartalado reloj de mesilla a que marque las 23:00 horas para apagar la luz y empezar a dormir se nos hace entrañable porque según van pasando las escenas, con sus giros, sus comportamientos, su buen corazón sabemos que hay una esperanza, un tiempo mejor que está por venir, diferente, que nos hará felices. Le miramos con otros ojos por lo que intuimos que ocurrirá, con los mismos con los que le ve Mari (Muriel Santa Ana) desde hace tiempo. Compartimos con ella su cariño hacia él y también su descripción: «Sos gruñón, ermitaño, sensible, bueno y además tenéis esa mirada que me mata».

Huang Sheng Huang, Ricardo Darín, Muriel Santa Ana y Iván Romanelli en una escena de la película Un cuento chino
Huang Sheng Huang, Ricardo Darín, Muriel Santa Ana y Iván Romanelli en una escena de la película Un cuento chino
Otro gran acierto resulta de fortalecer a Roberto con la rotundidad de lo innegable y usar esa misma capacidad para cuestionar toda autoridad que no sabe comportarse como tal. Un policía o un funcionario de una embajada son servidores públicos que no se pueden extralimitar convirtiéndose en arbitrarios por el simple hecho de estar al otro lado de una mesa o vestir un uniforme que les proporciona una autoridad que ni es absoluta ni les exime de cumplir la ley, ni tampoco de lo que es a todas luces justo.

Un cuento chino es también una película de convivencia entre culturas diferentes, entre personas, en el fondo, que parecen vivir constantemente en las antípodas. A la vida de Roberto llega por causalidad Jun Quian (Huang Sheng Huang), un chino. Así se encuentran dos personajes que hablan idiomas distintos, pero que antes, y por sus medios, ambos habían ido olvidando lo que es la comunicación. Dos seres que han decidido vivir aislados, cargando con sus tragedias sobre las espaldas. Personajes que necesitan una mirada dulce, pero que niegan cualquier posibilidad de que se produzca con constancia, pues la distancia con los demás es una norma impuesta al levantarse cada día.

Cierto que son culturas diferentes, pero en esa diferencia no está la distancia real entre los personajes, no les servirá de excusa a ninguno de los dos. Su negación a vivir la vida que llega cada mañana con alegría es lo que los une, lo que les hace iguales, a pesar de que no se entiendan. A Sebastián Borensztein, el director, la situación, le permite reírse también de algunas costumbres argentinas. Aunque también sabe ponerse serio al explotar un sentimiento nacional de tristeza hablando de su guerra perdida, batallas desiguales que no sirvieron para nada sino para forjar una herida en quienes lo vivieron. Explicar a un chino Las Malvinas sirve para teñir la cinta de la misma sustancia que lleva Roberto por dentro.

Borensztein teje una historia vital con mucho humor, con tiempo y con excelentes maneras de buen cine. Una historia de coincidencias, con recortes que nos van haciendo cambiar la mirada, de gente que pasa a nuestro lado cada día sin que apenas sepamos nada de ellos.

Además de por el guion, su comicidad y las buenas interpretaciones del elenco, Un cuento chino sobresale en lo estético. Cada detalle está cuidado hasta el extremo. El aire que envuelve la película combina la nostalgia con el humor. En el paladar nos sabe a cine clásico, tanto por sus tomas, su fotografía y la estupenda música que acompaña las secuencias.

Un cuento chino es una película divertida que entretiene.

A modo de pequeño anecdotario: El papel que interpreta Muriel Santa Ana en la película no es extenso, pero sí importante, pues funciona de pegamento invisible que va uniendo aquellas cosas que se rompen. Es una mujer que ha alcanzado buena fama en la televisión argentina donde ha sabido destacar. En paralelo mantiene otra actividad, forma parte de un grupo de música experimental rock-pop teatral junto a otros cinco actores reconocidos de Argentina (Mike Amigorena, Luciano Bonanno, Mariano Torre, Julián Vilar y Víctor Malagrino). El grupo se llama Ambulancia.

sábado, 18 de junio de 2011

Antonio Bartrina y Ariel Hernández se pasan al tango íntimo

Tango jondo supone un proyecto paralelo a Malevaje, un espacio para un tango más crudo y esencial


Jueves 16 de junio de 2011. Colectivo La Latina. Madrid


Cartel del concierto de Tango Jondo (Antonio Bartrina y Ariel Hernández) en el Colectivo La Latina
Cartel del concierto de Antonio Bartrina y Ariel Hernández presentando Tango Jondo
Cuentan Antonio y Ariel que en el 2008, durante la gira con Malevaje, se recorrían España haciendo entrevistas y dando conciertos. Antes de cada uno de ellos, y a modo de presentación, hacían pequeñas actuaciones promocionales, sólo con bandoneón y voz, como dos maestros del flamenco. Aquellos pequeños conciertos anticipo, hoy se han convertido en un disco con entidad propia. Para grabarlo se fueron a Buenos Aires, no podía ser de otra forma, se colocaron bajo un micrófono colgado del techo, a la antigua usanza, y a darle a la esencia del tango que por alguna ventana se coló y quedó impresa en la grabación.

El Colectivo La Latina es un local en el que se refugian muchos artistas que viven por los alrededores del barrio de La Latina, que rondan el rastro y compran en el mercado de la plaza de la Cebada, un lugar castizo lleno de madrileños que han nacido en cualquier sitio y que han terminando en este barrio de esencias.

Con la entrada al concierto te regalan un disco -vinilo- de Malevaje, Va cayendo gente al baile, título que suena premonitorio para un concierto. Se trata de un disco descatalogado del que hace unos días Bartrina encontró un centenar de ellos en un maletero en casa de su madre. Es que él es así, tan canalla como atento con su público, al que se entrega en cada concierto, pues es la música y la posibilidad de seguir cantando lo que a buen seguro le hace feliz. Esa alegría y buen humor se transmite desde el momento que pisa el escenario, comenzando a fluir una comunicación cómplice entre artista y público.

Sube primero Ariel, con una cerveza en la mano, se sienta y estira el bandoneón. Llega después Bartrina, vestido con un traje negro, con corbata fina de tonos rojos, como para un bautizo. Se sienta y se arrancan con los primeros compases del concierto. A penas van unas notas y a Bartrina le suena el móvil. Risas. Es artista viejo, más de un cuarto de siglo paseando sus canciones, así que de todo incidente sabe sacar partido, convertirlo en una anécdota. Se muestra locuaz, bromea. Pero sobre todo canta y lo hace con sentimiento, con fuerza, con el coraje que un tango precisa, desde una voz timbrada.

Antonio Bartrina y Ariel Hernández presentando Tango Jondo
Antonio Bartrina y Ariel Hernández presentando Tango Jondo
La pose también es importante, supone una declaración de intenciones. Los dos artistas sentados, como en un tablao flamenco donde hay un cantaor y otro que toca. Las piernas abiertas, las manos sobre los muslos. Parece que se van a arrancar con un quejido, y en el fondo así es. Un quejido bien templado de tango.

Hernández y Bartrina van haciendo un repertorio clásico y también temas de Malevaje, solo con la voz y el bandoneón; algo diferente, más íntimo, cercano y quizá más esencial. Bartrina lo describió muy bien: «Tango solo, crudo, que va hacia adentro, muy íntimo, muy intenso, tal y como a mí me gusta realmente». Un tango de raíces, sentido, para cantar en lugares pequeños donde la proximidad termina uniendo al público con la música, donde se va a escuchar con embeleso la profundidad de unas vidas e historias desgarradas que no ocurrieron tan lejos de nosotros.

Entre canción y canción, Bartrina saluda a los amigos, habla con el público, dedica canciones y también abre un turno de peticiones. Se gritan títulos a veces, otras estrofas de las canciones pues los títulos se quedan cortos para tanta poesía. Deseos que luego se van cumpliendo sobre el escenario. No le importa cantar a capela si hace falta, ni mirar de frente. Así va desgranando Cambalache, Garufa, Che bandoneón, Arroz Blanco, Esta noche me emborracho, Si soy así, Madame Ivonne, Margot, Confesión, Tinta roja...

Me gustó María, no sé porqué pero me llegó más adentro. A veces pasa que en un concierto, de pronto, una canción que has oído mil veces antes y a la que no habías prestado mayor atención cobra un brillo especial, de momento único.

Pasaron más cosas, como que con Cambalache se atrevieran a hacer una pequeña -y divertida- fusión hip-hopera o que pidieran a Marcelo, bailarín que les acompaña en los conciertos de Malevaje, taconear.

Dice Bartrina que sólo hay dos tipos de tangos, los que hablan de mujeres y los que hablan de bares. Con ambos va repasando canciones que son vidas contadas en una minutos y al final cuando todo se acaba, entre aplausos y agradecimientos, uno se da cuenta que ha asistido a una experiencia imborrable.

A modo de pequeño anecdotario: Tango Jondo es un disco con nueve tangos clásicos más un tema propio que los dos artistas grabaron con Malevaje dedicado a Alfredo Di Stéfano. En este último tema, y para este disco, participó Puro Tango, un grupo de amigos de allá, que pusieron sus guitarras y su voz a disposición de Antonio Bartrina y Ariel Hernández en este homenaje al mítico jugador.

domingo, 12 de junio de 2011

Incendies. Una historia de horror, una historia de amor

El director canadiense Denis Villeneuve firma la excepcional adaptación al cine de Incendies, la obra teatral de Wajdi Mouawad

Cartel de la película Incendies
Cartel de la película Incendies
Incendies empieza muy despacio, entrando de puntillas, como si no quisiera anticipar nada, dándonos tiempo a los espectadores a ir situándonos sobradamente. Los personajes van apareciendo para contar la historia de Nawal Marwan, una mujer que ha muerto y de la que en realidad nadie conoce su pasado. En su testamento deja dos sobres cargados de incógnitas que abrirán en sus dos hijos la suficiente curiosidad como para iniciar el camino que les lleve a conocer la historia de su madre y con ella la de sus propias raíces. Una historia que ella calló toda su vida, atormentada por lo vivido. Una historia que nadie está preparado para escuchar: trágica, dramática, cargada de horror.

Es difícil verbalizar un relato así, tampoco deber ser fácil convertirla en un texto literario, ni hacer de él una obra de teatro o llevarlo a un guion cinematográfico. Surge el problema de las medidas, de los excesos, del ritmo adecuado, de la dosificación. Tal vez haya que inventar un nuevo lenguaje que se muestre a flor de piel para ello. Así lo hizo Wajdi Mouawad para llevar las historias que le atormentaban a los escenarios teatrales, creando un nuevo concepto a través del que lograr contarlas. Entre esas obras está Incendies, que ahora Denis Villeneuve, con gran acierto, ha adaptado para el cine.

La vida está llena de demasiadas cosas. Algunas veces de casualidades con las que uno se tropieza. De decisiones que nos definen tanto como nos marcan. De juegos de lógica imposibles donde puede ocurrir que uno más uno también sea uno y no dos. De sentido común y de sin sentidos. De tragedias y de pequeños momentos de felicidad. De dolor y de amor por algo perdido. De causas infinitamente injustas que en un tiempo se pueden tomar como irrenunciables. Pero sobre todo de búsquedas. Los hijos de Nawal Marwan regresan a un país que nunca conocieron, del que su madre huyó, para unir ahora las piezas de su propio rompecabezas. No se cita el nombre de aquel país, se ha creado para la película una geografía imaginaria que bien pueda representar cualquier lugar en conflicto de Oriente Medio. Y mientras indagan en el pasado los ojos se les llenan de guerras que producen muertos y fracturas en el alma imposibles de recomponer. Son las vidas destrozadas de muchas gentes las que van viendo pasar, en las que se van involucrando, pues forman parte de su propia historia, heridas lejanas que ahora sienten sobre su piel. Llega un momento para descubrir la verdad y ese es el camino que toma Incendies.

Lubna Azabal y Mélissa Désormeaux-Poulin en una escena de la película Incendies
Lubna Azabal y Mélissa Désormeaux-Poulin en una escena de la película Incendies
Hay quien dice que siempre hay cosas que es mejor no saber por el bien de nuestra felicidad, cargas demasiado pesadas para nuestros hombros. Tal vez desconocerlas nos sirva para evitarnos un dolor momentáneo, para tener una sensación irreal construida sobre una percepción incompleta que nos permita sentirnos más cómodos. A la larga, eso que no queremos saber, nos llena de silencios y nos hace esclavos de ellos. Vemos entonces que a nuestra vida se le han abierto profundas grietas por la que se nos escapa lo más valioso, la vida misma. El dolor tiene paciencia y sabe esperarnos.

Todos somos herencia, por un lado de nuestros padres, por otro de la cultura que ellos recibieron y nos transmiten. No podemos construirnos alejados de nuestras raíces, de lo que nuestros antepasados forjaron o destruyeron. Cultura e historia nos anclan, se convierten en «nuestra circunstancia». Cuando la historia es cruel, está teñida de sangre entre hermanos, de violencia, es cuando más imprescindible resulta recuperarla. El daño que nos hacemos los seres humanos entre nosotros debe ser un espejo de horror en el que las siguientes generaciones han de mirarse para aprender y no repetirlo, para que no haya más señores de la guerra, niños soldados, francotiradores apostados con un rifle que nos tienen en su punto de mira, cárceles donde se tortura, muertes impunes, prejuicios, religiones que piden sangre, venganzas, ira, odio... No puede haber indiferencia posible hacia nada de lo contado en Incendies.

Sin embargo no se habla de culpa, ni de perdón. Son palabras que se han quedado fuera del vocabulario de Incendies. De lo que habla es de la resistencia de las personas ante circunstancias adversas, de que teñir una vida de odio no sirve más que para deformar la realidad y que además no nos producirá ninguna satisfacción. El camino correcto es elegir dejar atrás la revancha, pues nada bueno nos va a traer, ninguna satisfacción, ninguna reparación al pasado.

Reconozco como espectador que se tarda en entrar en la película, que las primeras vueltas de los personajes no anticipan la historia y que parecen no llevar a ningún lugar que sea medianamente interesante. La película va tomando de esta manera su ritmo, la distancia desde la que quiere que sea vista. Y de golpe se entra en ella, tomando el último resuello y sumergiéndose para ser llevado en volandas por la aterradora historia. Cuando engancha lo hace con una fuerza sobrehumana, suena un click en la cabeza y llega el momento de rendirse, de dejarse llevar por una gran película.

Incendies podría ser un melodrama espantoso, pero huye de ello. Hay escenas de gran dureza, filmadas con gran realismo, de una forma directa y cruda. Pero no hay ninguna recreación: el mensaje está siempre a nuestro lado, esperando que lo desentrañemos. Y eso, a la larga, le produce una mayor intensidad. Nos hace estar allí, sentir sobre nuestra piel todo lo que les ocurre a los personajes sin apartar los ojos, con consciencia.

Me quedo con su gran fuerza dramática y el ritmo con el que está construida la película, algo que la hace grande, irrepetible, convertida en una experiencia vital necesaria.

A modo de pequeño anecdotario: La película Incendies es una adaptación de la obra teatral del mismo título de Wajdi Mouawad, escritor libanés que ha sabido renovar el mundo de la escena. Mouawad vivió en Beirut durante su infancia, entre sus recuerdos cuenta que desde lo alto de un edificio, al comienzo de la guerra civil libanesa, vio cómo un autobús con refugiados palestinos fue acribillado por las balas de las milicias cristianas. Sus padres salieron del país dejando atrás la guerra y lo trasladaron a París donde la familia vivió los seis años siguientes. De allí se vieron obligados a irse, trasladándose a Montreal. «En el exilio, tuve que buscarme algo con lo que recrear el espacio de felicidad de mi infancia, algo que volviera a ponerme en relación con la naturaleza». El teatro le sirvió para rellenar ese espacio.

jueves, 9 de junio de 2011

Esquizofrenia, teatro de emociones

La Simpañía presenta un arriesgado montaje para meternos dentro del cerebro de un esquizofrénico


Domingo 5 de junio de 2011. La escalera de Jacob. Madrid


Cartel de la obra Esquizofrenia
Cartel de la obra Esquizofrenia
Dicen que una cuarta parte de la población mundial se enfrentará en algún momento de su vida a esta enfermedad. Una enfermedad que produce rechazo y que estigmatiza a quien la padece. Eva Redondo, actriz, autora y co-directora de Esquizofrenia, se ha documentado trabajando con enfermos que padecen esta enfermedad para contarnos con valentía la historia de dos esquizofrénicos. Además ha tenido la capacidad de mostrárnoslo desde el propio punto de vista de los enfermos, logrando explicarnos cómo entienden el mundo y cómo cambian sus relaciones con los familiares y con la sociedad una vez que se les diagnostica la enfermedad.

Esquizofrenia no es una obra inocua, de esas que disfrazan los problemas para pintar una sociedad feliz. No va en busca de lo positivo pues trata de construirnos una instantánea fiel y dolorosa. Se adentra certera hacia los sentimientos. El miedo que sienten los personajes, su angustia sobrehumana y la soledad que su enfermedad les producen, se trasladan al espectador que los va digiriendo y haciendo suyos, creando lentamente un proceso de empatía con el que sufre, castigado por su enfermedad. Vemos sobre el escenario levantarse la culpa que les pesa, una rabia profunda incontrolable que les deshace, una impotencia que les atosiga y una marginación como seres sociales que les convierte en excluidos, tal como si no existieran.

Es un montaje arriesgado por lo directo, porque llama con fuerza al espectador al querer pintar un mundo para el que muchas veces las palabras no logran construirlo en su conjunto. Esquizofrenia transita por caminos diferentes, buscando lo sensorial, pero que no se pierde porque tiene claro su objetivo. El espectador encuentra historias lineales de los personajes que la obra va tejiendo y contando sobre una narrativa convencional.

El elenco: Begoña S. Somolinos, Estela Aguilar, Silvia Maya, Eva Redondo, Jorge Fuentes y Jonathan Rod
El elenco de la obra Esquizofrenia: Begoña S. Somolinos, Estela Aguilar, Silvia Maya, Eva Redondo, Jorge Fuentes y Jonathan Rod
La historia se abre con dos personajes jugando a un juego extraño. Según pasan los minutos va apareciendo la angustia, el aviso a quien observa de que algo raro les pasa a esos personajes. No son los suyos comportamientos que solamos llamar normales. La obra, a partir de aquí va mostrando puntas de hilo desde las que desenvolver la maraña. Lo hace con los textos y su lenguaje, pero aún con más fuerza, si cabe, con el uso de las luces que aparecen y desparecen, como flashes que ralentizan y detienen el movimiento de los actores, para alargar una sensación pesarosa de desazón. Igual ocurre con los sonidos llenos de fuertes golpes un tanto caóticos que nos aceleran, de estridencias y chirridos que van creando el ambiente de la escena, que nos acercan a la locura. Y finalmente la acertada simbología de los colores que simplifica un mundo en el que solo existen el blanco, el amarillo que va salpicando en detalles las ropas y el negro de las capuchas que visten las sombras sin rostro que van acompañando la esquizofrenia. Es difícil hacer sentir la esquizofrenia a quien no la padece, explicar síntomas que no soportamos y que quien los sufre es incapaz de verbalizarlos. De ahí la importancia de crear una atmósfera que nos acerque a lo que se va a narrar. Durante la representación, Esquizofrenia logró sumergirme en un duro desasosiego que permitió compartir los sentimientos que hay bajo toda persona, sana o enferma. Salí de la función sorprendido y encantado, a pesar de la dureza que percibí, de la tensión de tener la enfermedad ante mis ojos, pues como decía antes, la obra no escatima ni ahorra la cruda realidad.

Me gusta la sencillez de un escenario en el que los objetos se vuelven polifacéticos, donde la propia enfermedad se hace presente, en el que vemos a los enfermos torturándose por dentro y queriendo escapar de una vida que se les va cargando de estigmas; a los cuidadores atentos o descuidados por una rutina que sirve de distancia; a los familiares incapaces de asumir los cambios; y a la propia sociedad, a la que curiosamente se ha representado en el texto con dos abogados rectos y serios.

De las enfermedades se huye. Así lo hace la sociedad, distante, temiendo por un contagio, mirando desde lejos, sin acercarse, sin involucrarse. Las que tienen que ver con la locura nos asustan más, que duda cabe, porque nos deshumanizan, nos llevan por pendientes que nos atemorizan. La muerte ronda toda enfermedad, como una solución para quien se deja vencer persuadido de haber perdido el enfrentamiento, sólo y sin apoyo. Pero la lucha en estos casos es más atroz, por incomprendida, porque incluso puede haber quien deje escapar un suspiro de alivio.

No es fácil interpretar personajes que han perdido el control, que viven en una frontera con una realidad intangible. Me sorprendieron los excelentes trabajos de todo el elenco, que hicieron presentes tanto a la propia locura y sus enfermos, como a los cuerdos. Del primer grupo me quedo con la sonrisa perversa de Begoña S. Somolinos, esquizofrenia pura o con el personaje atormentado que encarna Jonathan Rod por su capacidad de acercarnos la enfermedad o con la dulce bailarina que intepreta Estela Aguilar, capaz de transmitirnos un mundo interior complejo y aislado con unos pocos gestos, con sus impulsos. De los cuerdos me encanta la soltura, profundidad y distancia con las que Eva Redondo teje sus personajes, la frialdad numérica y el temor a la enfermedad que tan bien plasma Jorge Fuentes o la cotidianidad y el embelesamiento con los que construye los suyos Silvia Maya.

Es una obra que se disfruta, a pesar de que se sufre viéndola, pues ha logrado meternos dentro del cerebro de un esquizofrénico. Con Esquizofrenia, el espectador recupera la necesidad de ir al teatro a sentir emociones, a pasar por estados de ánimo semejantes a los de un esquizofrénico. Teatro de emociones que nos ayuda a comprender el mundo.

A modo de pequeño anecdotario: El grupo de teatro La Simpañía nació en 2006. Sus componentes se conocieron en la Fundación Shakespeare y poco después decidieron seguir el aprendizaje uniéndolo a la práctica. Debutaron con Menú del día y más tarde estrenaron la también comedia Misterio en Crimetown y otras dos gracias, premiada en el Festival de Pequeño Teatro de la Ciudad de Valencia. Predatoria, su tercer montaje, es un drama, con abundante humor negro. Hace año y medio se incorporó a La Simpañía la actriz Eva Redondo, quien se ha encargado de escribir el texto, dirigir y actuar en su cuarta obra Esquizofrenia. De la formación original permanecen Íñigo Cavia y Jorge Fuentes.

sábado, 4 de junio de 2011

El viento en un violín, hijos que no saben asentar la cabeza

El viento en un violín es la nueva producción teatral de Claudio Tolcachir y su compañía de teatro alternativo argentino Timbre 4


Martes 30 de mayo de 2011. Matadero - Naves del Español. Madrid

Cartel de la obra de teatro El viento en un violín
Cartel de la obra de teatro El viento en un violín
La sinopsis de El viento en un violín es tan reveladora como escueta: «Mujeres que se aman, buscando desesperadamente un hijo. Madres con hijos, desesperadas por asegurarles la felicidad. Hijos desorientados, desesperados por encontrar su lugar. Historias de seres ricos y pobres buscándose la vida. Y el amor que lo atraviesa todo, que todo lo permite, lo bueno y lo malo. El amor de pensar la vida de otra forma y aceptarla tal vez, en nombre del amor».

Ser madres es un deseo, un impulso, de Lena y Celeste, las dos protagonistas de El viento en un violín; una echa de menos algo que perdió, la otra necesita un cambio porque siente que le falta no sabe qué, pero es consciente que precisa cordura, que se acaben sus cambios de humor. Darío está en tratamiento con un psicoanalista, pues según su madre no termina de arrancar, de ser un bicho raro que se va quedando atrás. Los tres son personas con ausencias, que juegan en la vida con cartas marcadas. Con las viejas fórmulas de la clase social a la que pertenecen, distantes, porque es aquello que han aprendido. Lo demás hay que deducirlo, o lo que es lo mismo, vivirlo.

Las historias más cotidianas, las que ocurren a diario, de la mano de Claudio Tolcachir cambian el rumbo, como si les cortara el plástico que las envuelve con el filo de una navaja y así nos permitiera ver un interior sin deformaciones, lo humano que hay dentro de cada personaje y sus formas de relacionarse. El autor y director las araña, las estruja, las retuerce y las exprime. No inventa nada que no tengamos al alcance de nuestras manos, que no podamos leer a diario en la prensa. Pero no se queda en ese punto del periodismo actual, en el de la anécdota, sino que profundiza para desarmarnos, para ver que lo más absurdo no está tan alejado de nuestros comportamientos, pues lo absurdo no es inhumano. Lo inhumano resulta ser otra cosa que también va pasando ante nuestros ojos. Es cierto que no somos como los personajes de El viento en un violín, pero todos podríamos serlo. El teatro de Tolcachir es un teatro humanizado que nos cuenta historias que no se pueden ver sin tomar aire, sin acercarse hasta casi tocarlas. Un teatro que hace saltar chispas.

Lautaro Perotti y Tamara Kiper en una escena de la obra El viento en un violín
Lautaro Perotti y Tamara Kiper en una escena de la obra El viento en un violín
En la obra uno puede ver el polvo más indecoroso que se pueda imaginar. Lo sórdido se mezcla con lo hilarante hasta hacerse indivisible. Hay, también, verdades crueles. Tolcachir las pone en boca de personajes que se comportan como locos y los demás las reímos. Lo cierto es que nuestra educación -ese proceso de socialización- no es otra cosa que una mordaza que nos calla. El que lo tiene todo perdido, el que no ve el mundo en toda su realidad, el tonto, el enfermo, serán quienes nos griten lo más obvio. Y nos reímos. Pero queda flotando la tragedia que se va conformando. Las incapacidades del personaje que habla se rompen y se convierte, a la hora de expresarse, en alguien mucho más capaz que los demás.

Es un teatro de las vueltas que va dando la vida para ir construyendo sus soluciones; un teatro que supera lo preconcebido, sin prejuicios, directo y fresco. Un teatro de preguntas: ¿Está acaso todo tan pautado como para que la vida se pueda seguir con un simple manual?, ¿somos diversos?, ¿impredecibles? Y cada escena con la que avanza rompe un prejuicio y nos hace más sabios. Lo cierto es que la vida deja tantos hilos colgando que presta su tiempo y espacio para filosofar.

Me gusta El viento en un violín porque te hace dar vueltas en la cabeza, porque te obliga a plantearte conclusiones. No es un teatro que pasa, es como esos cafés densos que dejan posos en la taza y cuyo sabor perdura en el paladar mucho más que otros. Y sin embargo es un teatro sin pretensiones, modesto, con un decorado cotidiano, a medio hacer para que el espectador reconstruya el resto, ponga las paredes de su propia casa, sus muebles.

Tamara Kiper e Inda Lavalle en una escena de la obra El viento en un violín
Tamara Kiper e Inda Lavalle en una escena de la obra El viento en un violín
El viento en un violín habla de dos mundos que se mueven a velocidades distintas, pero en ambos, las madres sienten que van perdiendo a sus hijos, que son incapaces de resolver los problemas que la vida les va planteando. Lo cierto es que el drama queda abierto, como si se hubiera cerrado por casualidad o si no quisiese terminar. Quizá simplemente porque debe continuar en otro espacio.

Sorprendentes los actores. Lautaro Perotti consigue adentrarse en su personaje y hacernos creer lo más fantástico con sus gestos, sus miradas y una interpretación perfecta. De la misma forma Inda Lavalle y Tamar Kiper nos dibujan una relación difícil con la naturalidad que precisa. Mientras que Araceli Dvoskin, con su personaje, asienta la historia en la realidad, la ata a la tierra con la fuerza de su trabajo. Miriam Odorico, con un papel pequeño, consigue mostrarse de lo más expresiva, haciendo que las situaciones exploten. Gonzalo Ruiz cierra el cuadro, ofreciendo la cara de una derrota cargada de triste amargor. Difícilmente se podría haber encontrado un elenco mejor para esta obra.

Al terminar, no podría ser de otra forma, un éxito tremendo: los aplausos no cesaban.

A modo de pequeño anecdotario: El viento en un violín se estrenó en el Festival d’Automne de París en noviembre de 2010. Su estreno en España se produjo dentro de la Temporada Alta de Girona, desde donde ha viajado a Madrid para formar parte de la programación del Festival de Otoño en Primavera de este año.