martes, 23 de diciembre de 2014

El acordeonista feliz


Ilustración: Artsenal
Ilustración: Artsenal
Me siento triste en esta hermosa tarde de verano. Nada me va bien desde hace algún tiempo, así que no tengo otra cosa que hacer más que deambular por las calles de Madrid, intentando darle vueltas al remolino que se me ha ido liando en la cabeza, conformándome con despejar esta congoja en ciernes. Llego al Palacio Real esperando confundirme con los turistas que miran de un lado para otro. Sentado sobre el bordillo, un hombre toca un acordeón; discurre su mirada perdida en el firmamento con cada nota que las manos van insuflando al instrumento mientras en la boca dibuja una sonrisa imprecisa y cautivadora. Frente a él presenta un manto arrugado y mal doblado sobre el que algunos viandantes han ido dejado pequeñas monedas. No son muchas, pero al hombre parece no inquietarle su suerte, aparenta resultarle suficiente el sonido vibrante de la música para ser feliz, su disfrute de la vida por el simple hecho de estar allí en aquel momento tocando. Aunque el sol sigue brillando, comienzan a caer unas primeras gotas que al tocar la piel de las personas se evaporan por arte de magia que algunos llaman leyes físicas. No llega al minuto la duración de tan tenue lluvia, como agua de rocío, pero hay quien abrió su paraguas y quien corrió para refugiarse en alguna de las cafeterías que tanto abundan por la zona. El acordeonista, que no se detuvo un instante, sonríe, inmune a la lluvia de antes y a la nueva paleta de colores que se dibuja ahora en el cielo para mostrar el arco iris. Absorto en su quehacer, distraído de lo exterior, empuja con gestos de cabeza cada uno de las notas y golpea con el pie sobre el suelo cada vez que el fuelle se encuentra totalmente estirado como señal para que su mano izquierda comience a recogerlo. La canción llega a su fin y decido proseguir caminando en mi lento paseo. Mientras pienso en el rumbo que tomar, cruzo por delante del hombre para dejarle unos céntimos. No me mira, se entretiene sacando brillo con un paño a las teclas. No he dado dos pasos cuando percibo las primeras notas de «Bella Ciao». Me giro y le veo desde el otro perfil. Es de nuevo su mano izquierda a la que sigo, viéndole pulsar con precisión sobre la botonera de los bajos, saltando de los contrabajos a los acordes mayores. Los dedos suben y bajan y entre su movimiento y el sonido de la música me siento absorto. Miro su rostro y veo esa sonrisa persistente y personal. Me doy cuenta de que le envidio y sé que no tiene sentido, que su vida es más dura que la mía.

Al terminar aplaudo, mientras el resto del mundo me mira extrañado. Con un ligero movimiento de cabeza él me da las gracias para empezar a continuación la ceremonia de la recogida. El acordeonista apoya el instrumento sobre las rodillas para descolgar las correas de sostén, es en ese momento que decide detenerse, descansar y mirar el quehacer de los transeúntes. Su acordeón es de un color dorado, de un peso indefinido porque desde mi distancia parece mucho, pero el hombre lo maneja con demasiada facilidad. Pasa su mano sobre el lomo de la caja del lado del piano y detiene el dedo índice sobre la letra «s» de la palabra «estrella». La vida continúa alrededor con las prisas cotidianas, y sin embargo él sigue embelesado acariciando los motivos geométricos del instrumento mientras pasa el tiempo, tomando aire. Cuando se ha cansado de observar, se asegura de que el fuelle esté recogido del todo para pasarle después la pequeña trabilla de cierre. Lo guarda con delicadeza dentro de la funda y es entonces que lo apoya contra el suelo para recoger su ganancia del manto. Lo cuenta con cierta dificultad, tal vez haciendo sus números de hasta dónde puede alcanzarle con esa cantidad que no parece suficiente para nada. El manto lo esconde dentro de la funda. Después se levanta y emprende su camino. Sin saber muy bien porqué, le sigo.

Pasan cuarenta minutos cuando pienso que tal vez me he equivocado, que aquello no tiene sentido. El paisaje ha cambiado y cruzo calles que desconozco.

A la hora y cuarto me siento perdido del todo, podría decir que me encuentro en una de las barriadas del sur de la ciudad, pero ni siquiera sabría decir en cuál de ellas. Debo tomar una determinación, siento que apenas queda ya una hora de luz y aquello ha dejado de tener sentido, me repito. Pero aun así no me decido a dejarlo. Quiero saber el secreto que guarda, ese rasgo de felicidad que he visto en él y que sin embargo me intriga, pues imagino que su vida debe estar en el otro extremo de lo «confortable», llena de estrecheces, agobios y dificultades porque nadie pide dinero en las calles por placer.

Por fortuna para mí, el acordeonista se detiene, enfila hacia el bar que tiene enfrente. No hay otros clientes, así que me apoyo en la barra, un tanto alejado del músico, pero desde donde puedo seguir sus movimientos sin apenas disimular. Pide un bocadillo de tortilla caliente. Yo, un café cargado y sin leche. El camarero entra en la cocina a preparar la tortilla en ese momento. Nos quedamos solos. Sobre la barra mueve sus dedos, como si todavía siguiera tocando y en sus labios se dibujan las palabras que solo pronuncia en su interior. Creo distinguir los versos finales de «Bella Ciao». Siento curiosidad, pero no me atrevo a preguntarle su historia, me conformo con rumiar la mía. Llega el bocadillo envuelto en papel de aluminio y el hombre saca sus monedas, las cuenta despacio, rebusca alguna más y, cuando las encuentra, se las entrega al camarero. Acelero para tomar de un sorbo el café que apenas he probado. Mientras sale yo dejo unas monedas sobre la barra y voy tras él.

Pienso que me quedará una larga caminata, pero lo asumo. Me equivoco, esta vez solo cruzamos hasta la plaza y allí entra en un portal. Me siento en un banco, me quedo pensando, sin ganas de hacer nada, agobiado por la ardua tarea de tener que regresar. Miro hacia la fachada para darme fuerzas. En el primero las ventanas están abiertas. Se ve a una niña sentada en una silla de ruedas escribiendo, me imagino que haciendo sus deberes escolares. Levanta la cabeza y saluda al hombre que yo había estado siguiendo. Le dice algo, tal vez «Hola papá». Él se acerca y la besa. Con ternura le acaricia la melena y le hace preguntas sobre cómo ha pasado ella el día. Son rutinarias, pero aún así se ve que escucha con interés las respuestas. Le da el bocadillo y la muchacha lo desenvuelve con ganas. Se intercambian otro par de frases. Ella arranca el pico del bocadillo y se lo da a su padre, quizá porque no le gusta o quizá porque intuya que no ha comido mucho durante el día. Comen rápido para después seguir hablando. Me doy cuenta de que se ha hecho de noche cuando encienden la luz en la casa. «Es tarde», me imagino que le dice el hombre como una manera de preparar la despedida, de indicarle que el día se acabó y que en el de mañana a ella le tocará volver a clase a estudiar. Supongo que mientras habla pensará en que cuando amanezca a él le tocará volver a poner el mismo empeño, la misma ilusión contagiosa que le mantiene en pie. Le da un beso en la frente y la lleva a la habitación. Debería irme, pero espero sin saber muy bien a qué. El hombre vuelve, enciende la radio. Hablan de política, de los números que empiezan a ser positivos. Decretan que la crisis se ha acabado por la simpleza de que el gobierno así lo ha decidido. Me imagino que el acordeonista piensa que es absurdo lo que escucha, que él debe vivir en otro lugar, que nada de eso que dicen en la radio tiene que ver con su vida. Sabe que está excluido, que ni siquiera cuenta para las estadísticas pues le anotan al margen, en esa economía sumergida que «es el mayor enemigo del país». Para él no habrá mejoría, ni siquiera perspectivas de un empleo de verdad. Le suena vacío lo que escucha.

No dice nada, soy yo quien pone mis palabras en su cabeza. Él ha sacado su acordeón de la funda, lo desmonta y va dejando las piezas sobre la mesa. La radio sigue contando «sus verdades» mientras el acordeonista feliz va limando los pitos.

Me voy, le dejo con su dignidad a la que ningún sufrimiento le ha hecho mella. Le miro con nostalgia pensando en esa felicidad que no entiendo.

Revista Gurb

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Una conversación de mus entre la grande y la chica


Ilustración: Artsenal
Ilustración: Artsenal
–Mus

–No hay mus, porque no me da la gana.

–Ya estamos, cortándolo todo. ¡Que no nos dejas ni respirar!

–A grande, paso.

–Que lo diga mi compañero.

–Envido.

–Dos más.

–Se ve.

–Y de lo de Pablo Iglesias, ¿qué me dices?

–Que ni tanto, ni tan calvo.

–Explícate un poco más, Marcos.

–Ni es dios, ni el diablo. ¡Qué ya se verá! Parece «colorao» y eso me gusta. Pero que esto cambie si saca algo está por ver.

–Venga, venga. Dice el «coletas» que su referente es Chávez. Así que si gana, aquí se monta una Venezuela. Te lo digo yo. Y todos a ser pobres. A pegarnos cuatro tiros.

–No simplifiques, Juan. Lo de Venezuela es una revolución del pueblo, el motor de cambio de una nueva Latinoamérica que está poniendo punto final a un modelo oligarca de opresión. Se han liberado del capitalismo yanqui y lo están haciendo con un nuevo modelo, más social, de igual a igual.

–Una dictadura, o no lees la prensa, eso es lo que es.

–Pero qué dices, si votan más que nosotros.

–Ya, pero todo amañado.

–Pues a mí, a quien me recuerda es a Felipe González. Tan guapetón, con tanta labia, y con un mensaje fortísimo de cambio. ¡A ver quién no le vota!

–¡Hombre, Lucas, con el carisma del «Marianito», este no tiene nada que hacer!

–No sé, me da a mí que nos vamos a llevar la misma decepción que con Felipe. El poder económico lo tiene todo atado y bien atado. Aquí siguen mandando los de la «camisa vieja», como entonces.

–Pensé que lo decías por lo del marketing y la televisión, no por lo de prestidigitador.

–¿Os habéis fijado la caña que le dan ahora en la prensa?

–A mí ese rasgar de vestiduras al que estamos asistiendo, donde se nos advierte que con «Pablito» viene un infierno en el que arderemos todos y todas, me encanta. Me parece un buen síntoma. Hay muchas caretas en los partidos que tendrán que empezar a quitarse, porque las grietas del bipartidismo demuestran que el edificio de la alternancia entre la derecha y la socialdemocracia no va a sostenerse ya más.

–Mira, en eso de que necesitamos construir un edificio nuevo estoy de acuerdo contigo. No sé si pondremos ladrillos que vienen de Venezuela o estará planificando un edificio ilusionante pero irreal, como el que se negó a hacer Felipe González.

–Y tú, Mateo, ¿no tienes opinión? No has dicho nada.

–No hay perspectiva suficiente, así que todo se queda en estimaciones, sueños, ilusiones… Iglesias tiene un pasado, ha militado, nos ha enseñado su conciencia política a través de la televisión, es combativo, con punch, profesor de universidad, habla bien…

–Vamos, que te tiene enamorado.

–No tanto, pero frente al panorama que tenemos prefiero darle un margen de confianza y una oportunidad. Reconozco que me ha alegrado su irrupción, y la de Podemos, en el escenario de la «gran política» porque supone un cambio, un empezar a subir esa escalera por la que Rajoy lleva toda la legislatura obligándonos a descender, y eso, en estos momentos, me parece bastante. Los cambios son lentos, lo sé, y se tardará en ver los resultados. Lo que creo es que Pablo Iglesias no es Hugo Chávez, ni Felipe González, y ya se encargará él de hacer su propio camino con tiempo. No sé si traerá un cambio o no, y si se produce tampoco sé si será pequeño o grande, pero de momento me da unas esperanzas que ya creía haber perdido.

–¡Buah! ¡Ya se nos puso sentimental! Habrá que seguir con la partida. A chica, órdago.

–Jugador de chica, perdedor de mus.

Revista Gurb

lunes, 24 de noviembre de 2014

La justicia y John Wayne


Ilustración: Artsenal
Ilustración: Artsenal
Cuando me hablan de justicia siempre imagino a John Wayne subido a un caballo. Alguien le cuenta la injusticia que le toca. Wayne le mira con esa expresión de quien está de vuelta de todo y que te hace sentir un poco estúpido. Masca una hierba y escucha con paciencia para al final soltar su discurso, decir lo que moralmente es correcto y enseñar esa línea tan clara que él ve entre el bien y el mal. Habla con palabras escritas en mayúscula, pero sin levantar el tono.

John Wayne interpreta a ese extranjero que llega a un pueblo del oeste abrasado por sus corruptelas, desequilibrado y básicamente injusto. De un vistazo sabe dónde están todos los problemas que desde dentro son imposibles de resolver. Ésa es la primera ley de la justicia: la distancia. Debemos juzgar con esa mirada del que viene de fuera, del que está de paso, del que no se va a quedar. Esa distancia nos permite reconocer lo correcto, porque lo correcto lo es siempre, lo encontremos en nuestra casa o en la ópera de Melbourne. Lo que nos pasa a menudo es que con lo cercano somos más tolerantes. Terminar disculpando al vecino es una tendencia habitual. En esos pueblos parecen todos unos cobardes, incapaces de levantarse ante la injusticia. Eso pasa cuando la justicia se sustituye por la costumbre y las costumbres las dicta el poderoso.

John Wayne es un pistolero solitario. A su personaje habitual no se le conocen mujer, ni hijos. Esa es la segunda ley: la igualdad. Como no hay lazos afectivos, las decisiones se aplican igual para unos que para otros. A todos se les juzgará por los mismos patrones, sin favoritismos y con la misma distancia.

Como el pistolero viene de fuera no suele tener intereses en el propio pueblo. Me refiero a que sus decisiones no le van a hacer ni más rico ni más pobre. Enfrentarse al cacique para que devuelva los grandes pastos a sus legítimos dueños es de justicia y no busca el beneficio propio. A esto lo podíamos llamar imparcialidad.

Decía que se enfrenta al cacique. Eso lo hace porque tiene fuerza, porque la propia justicia puede recuperar el cauce de un río si se lo propone. No hay otra firmeza mayor que la justicia cayendo a peso. Solo así se podría levantar la mano contra los que se vanaglorian de su impunidad, detenerlos, juzgarlos y encarcelarlos.

Hay otro tema que me gusta en las películas del oeste: la empatía del pistolero hacia los débiles. Enternece ver cómo el hombre bregado en mil batallas, que ha perdido la confianza en el ser humano, de pronto es capaz de dejar su frialdad y ponerse del lado de la víctima. Se trata de saber lo que siente el otro, de entenderlo. Ese conocimiento le permite posicionarse del lado de lo que es justo y ser ecuánime.

Ahora toca transitar el camino en que Wayne se desvía. Si nos da por pensar un poco, lo que vemos es que el personaje resulta ser un justiciero. Tiene coraje y un arma. Son sus balas las que dictan sentencia. No hace verdadera justicia, sino que se la toma por su mano. De niños es fácil confundirnos, pensar que necesitamos justicieros en lugar de justicia. De mayores, no se sostiene. Sabemos que la potencia de la justicia está en el cumplimiento de las leyes y que nuestra sociedad será más justa si sus leyes lo son. En nuestra mano como sociedad está tomar las decisiones correctas, responsabilizarnos de nuestras leyes y cambiar aquellas que moralmente no son sostenibles. Legislar no tiene fin, cada día hay nuevos comportamientos, métodos de delincuencia, explotación e injusticia.

Y sí, nuestro país tiene un atraso en la justicia y en la legislación. Sobre todo porque no es capaz de mostrar que todos somos iguales, porque unos pesan más que otros y porque a los delitos de los poderosos no se les aplica la misma dureza que al resto de ciudadanos medios.

Revista Gurb

martes, 18 de noviembre de 2014

¡Moncloa, dígame!


Ilustración: Artsenal
Ilustración: Artsenal
–¿Es ahí la casa del presidente del Gobierno del Reino de España?… ¿Se puede poner?… De parte de Pedro… Sí, me conoce, hemos coincidido en unas cuantas reuniones y hasta hemos comido juntos alguna que otra vez. Yo también me dedico a la política… Pues dígale que tiene una llamada, que es muy importante… Sí, para mí lo es, y para él también, seguro… Un asunto de estado, cuéntele… Sí espero…

(diez minutos después, con siete canciones tarareadas y un gin tonic premium a medias)

–Mariano, ¿no te acuerdas de mí?… ¡No!, ¡pues anda que no habremos jugado juntos al tabú con la Merkel, el Matteo y el Françoise! Ahora no podemos decir recortes, tampoco crisis, ni paro. ¡Anda que no nos reíamos ni nada!… ¿Qué no caes?… Soy Pedro Passos Coelho… Sí, precisamente como el escritor de «El alquimista»… No, no, no soy familia suya… ¿Qué no te suena mi nombre entonces?… No, el acento que tengo no es de Murcia, es portugués… Uso gafas y me peino con raya a la izquierda… ¿Ni aun así?… Mariano, soy el primer ministro de Portugal… ¿Ya me ubicas entonces aunque sea ligeramente? ¡Menos mal!… Te llamaba para una cosilla… A lo mejor te da la risa y todo. A mí la primera vez que me lo contaron mis asesores me chocó un poco, ya te aviso… Verás es que aquí nos hemos cansado de ser independientes. Eso de tener un país está muy bien, pero luego tienes que gobernarlo, que tomar decisiones, que hacer cosas, ¿qué te voy a contar que no sepas?… Eso, que es muy cansado y que como no hay dinero para tantos países, a los asesores se les ha ocurrido que la República de Portugal ingrese en el Reino de España… Como una autonomía más, eso sí tiene que ser con rango de Comunidad Histórica… ¿A ti qué te parece?… Entonces lo ves bien. Me alegro… Sí, sí, nos estamos apoyando en que venimos de un tronco común y en aquello de que en un tiempo pasado fuimos un único país… No, no, lo de pedir perdón por habernos separado en su momento no lo vamos a hacer… Sí, estamos dispuestos a admitir a vuestro Felipe como soberano… Bueno, yo no usaría eso de «una, grande y libre» en la televisión para explicarlo… Para eslóganes ya tendremos tiempo… Lo del reparto, si te parece, lo decidimos luego, ahora hay que centrarnos en dar los primeros pasos… Sí, lo primero será dar una rueda de prensa conjunta… No, no, en directo, nada de plasmas… Vale, nosotros te escribimos lo que tienes que decir… De acuerdo, sin paréntesis, ni citas, ni nada de eso… Sí, eso ya lo tenemos pensado: vamos a hacer una consulta soberanista… Sí, sí, dejar que el pueblo vote… Sí, sí, queremos tener a la ciudadanía en cuenta, que se exprese… Que sí, que no lo podemos arreglar al margen de la gente… Ya, que vosotros lo del referéndum en España no lo veis… Que no lo recoge la Constitución… Que tenéis que preguntarlo al Constitucional y que se puede hacer muy largo el asunto… ¿Se os ha ocurrido reformar la Constitución?… No, no, tan sagrada no es, que ya os pusisteis de acuerdo con lo del artículo 135… No, no tenemos prisa, somos de esos que piensan que a camino largo paso corto… ¿Me estás dando largas?, ¿pero si hace un momento me has dicho que te entusiasmaba la idea?… Ya, que te viene a la cabeza Gibraltar… No, pero esto es otra cosa… Ya sé que es algo de lío lo de unirnos, pero es una buena idea para los dos… Ya, que lo de tener que preguntar a la gente te da sarpullido… Que prefieres no hacer nada y que las cosas se arreglen solas… De acuerdo, pues lo dejamos así, cada uno con su país… Venga, otro abrazo para ti y un beso para tu mujer.

(A la memoria de Miguel Gila y que me perdone por la torpeza de tratar de sacar punta al tema de la consulta soberanista a su manera)

Revista Gurb

sábado, 15 de noviembre de 2014

El Festival de Cine Europeo de Sevilla cierra su edición número 11

Noveno día en el SEFF

Sábado 15 de noviembre de 2014. Festival de Cine Europeo de Sevilla. Sevilla

Se acabó esta edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla. El ambiente del último día siempre es raro, como de despedida, de hacer las cosas por última vez de lo que fue una rutina. Si nos quedamos con los números fríos, para realizar estas crónicas, atrás se han quedado más de 41 horas de cine repartidas en 23 sesiones. Ha habido de todo, pero la sensación es la de haber visto muy buen cine. Cada una de las películas ha dejado su poso, ha hecho su trabajo. Ahora lo que queda es la necesidad de seguir viendo más cine, de que haya personas que nos cuenten nuevas historias.

[Las nueva olas. «We come as friends». Hubert Sauper. Francia y Austria] Sacar un beneficio

Cartel del largometraje We come as friends
Cartel del largometraje We come as friends
Desde que salió la programación del SEFF, tenía marcada «We come as friends» como una prioridad para ver. Sentía verdadera curiosidad por la nueva película de Hubert Sauper, pues su inolvidable «La pesadilla de Darwin» es uno de los mejores documentales que he visto nunca. Reconocida la admiración por Sauper ahora tengo que confesar que he salido de la película algo decepcionado por el efecto que me produce. No sé si es porque se me escapan ideas, pero he tenido la sensación de que el director se ha conformado con darnos una visión a través de un collage troceado con pequeñas historias. Esas pinceladas deben servirnos para tomar conciencia y reflexionar.

Sudán del Sur se convirtió hace unos pocos años en el último país del mundo tras independizarse de Sudán. Le tocó empezar su historia, tomar sus decisiones y prosperar. Sauper se pregunta si lo hará con buen pie y sobre todo de dónde parte y a quién le interesa esta nueva situación. Sí, «We come as friends» es una historia de intereses. Sauper viaja en avión minúsculo y va retratando aquello con lo que se encuentra al aterrizar. El documental está lleno de extrañeza para enfrentar al espectador con los sentimientos. No hay colonialismo bueno, el hombre blanco que llega como amigo es siempre un explotador, alguien que busca sacar su beneficio. Allí están los chinos capitalistas sacando petróleo; las empresas occidentales desactivando minas antipersonas o construyendo centrales eléctricas o invirtiendo porque la tierra es gratis y la mano de obra muy barata; los misioneros texanos empeñados en civilizar a los sudaneses con biblias solares y con una necesidad imperiosa de vestir la desnudez… Es un tema de prioridades que nunca son las de los africanos, sino que vienen determinadas por un beneficio económico y que sirven para enriquecer a una pequeña casta de la población. Imponer nuestra democracia, decir que todo está solucionado porque podemos votar, porque decidimos entre todos, es la mentira que servirá para seguir expoliando las riquezas de cualquier país. Vemos muchos fundamentalistas religiosos, pero todos son occidentales. Entendemos que hay un negocio armamentístico que busca hacer crónicos los conflictos. Sabemos que las fronteras surgieron porque alguien dibujó en su momento con un dedo sobre el mapa sin haber pisado ni conocido el continente africano. Asistimos a convenciones de emprendedores que son personas a los que no les quedan escrúpulos. No es esclavitud lo que se ve, pero lo parece.

¡Qué estúpido es el ser humano que siempre piensa que sus ideas son las correctas y que los demás siempre se equivocan! ¡Qué egoísta al tratar de uniformar la moral y el pensamiento de los demás a los propios! ¡Qué vergüenza promover nuestro sistema como única posibilidad y supeditar y colonizar lo «atrasado»! ¡Qué ladrones somos con la disculpa de imponer el progreso!

[Selección EFA. «El capital humano». Paolo Virzì. Italia] El cine que le gusta al público

Cartel del largometraje El capital humano
Cartel del largometraje El capital humano
«El capital humano» es una película entretenida. Quizá sea una de las más convencionales que se ha proyectado en esta edición, al menos de las que yo he visto. Algo muy necesario en todo festival. El cine tiene que hablar de ideas, pero debe saber también tocar tierra, hacernos mirar a nuestro presente y contárnoslo. En el caso de la película de Paolo Virzì su realismo es social. Estamos divididos en clases, las altas mandan. Se cruzan, pero desde arriba no se ve lo que hay abajo y desde abajo todo queda lejos. Quizá en la juventud no hay tantas diferencias, pero al final cada mundo sigue sus reglas y tiene marcadas sus posibilidades. Las diferencias surgen desde pequeños, los problemas que nos atañen son diferentes y sus respuestas no se pueden medir con las mismas unidades. Esa diferencia entre clases no es discutible.

El capital humano, lo que podría valer lo que hacemos, es un término que utilizan los seguros para calcular indemnizaciones en accidentes, y por tanto es en realidad un intangible, el resultado de aplicar una forma matemática a nuestra vida. Nos dice lo que potencialmente valemos teniendo en cuenta nuestra educación, el trabajo que desempeñamos, la familia que tenemos… El capital humano es un término frío. Alrededor de esa idea construye Virzì una gran película, un thriller con intriga, bien estructurada, creíble y con un excelente guion que los actores y actrices bordan con sus interpretaciones.

Las sorpresas están medidas en la cinta ya que para mantener el interés es importante que la trama avance de forma gradual. Ayuda a ello esa estructura por partes y personajes, que va parcelando la historia desde una perspectiva diferente. Es la forma de poder colocarnos en distintos ambientes sin ser extraños en ninguno, de comparar y de ir entendiendo que las tragedias siempre se ceban con el más débil.

[Gala de Clausura] El arte de no hacer pesada una gala de entrega de premios

Instantáneas de la Gala de Clausura: (arriba) Ruben Óstlund y Fernand Melgar (medio) Foto de familia de los premiados en el SEFF (abajo) Maria Alexandra Lungu y Antonio de la Torre
Instantáneas de la Gala de Clausura:
(arriba) Ruben Óstlund y Fernand Melgar
(medio) Foto de familia de los premiados en el SEFF
(abajo) Maria Alexandra Lungu y Antonio de la Torre

Se está haciendo costumbre en muchos festivales que quién presenta la gala de Inauguración se encargue también de la de Clausura. Así le ha ocurrido a Antonio de la Torre. En una gala austera, el actor mezcló humor con seriedad, castellano con la autotraducción al inglés. Pero sobre se fijó un objetivo: entregar 17 premios con agilidad. Para ello explicó el protocolo y aconsejó al público «no aplaudir más de la cuenta». El objetivo lo cumplió, algo a lo que también ayudaron los escuetos discursos de los ganadores. Todos ellos breves pero sentidos. Emotivo resultó Ángel Santos («Las altas presiones») hablando de todas esas pelis que se quedan en los cajones sin ver la luz. El SEFF ayuda a que eso no pase. Exultante estaba Ruben Óstlund («Turist») con su Giraldillo de oro. Feliz y radiante la jovencita Maria Alexandra Lungu («Le Meraviglie») y también su directora Alice Rohrwacher.

Uno de los protagonistas de la gala ha sido Fernand Melgar, ese suizo que habla castellano con perfecto acento andaluz. Su cine es revolucionario, de golpe duro, seco y directo. Le gusta retratar el maltrato a los derechos humanos por parte de las sociedades más opulentas de occidente. Por eso recibía esta noche el premio Rosario Valpuesta, reconocida defensora de los más vulnerables. Al recoger el premio se acordó de su abuelo, Juan Melgar, al que no conoció, pero que en los años treinta tuvo que huir de España porque defendía la libertad y aquí no había sitio para él. Fernand Melgar subió de nuevo, esta vez para recoger el segundo premio de la sección Las Nuevas Olas y en esta ocasión dio las gracias por su valor al director del festival, José Luis Cienfuegos, al que conoció hace unos años en Gijón. Añadió que Gijón ha perdido mucho, tanto como ha ganado Sevilla. Asturias estuvo muy presente en la gala, y no solo por la opinión de Melgar, sino porque dos directores de aquella comunidad se llevaban sendos premios. Ramón Lluis Bande («Equí y n’otru tiempu») agradeció el premio Resistencias al mimo con el que festival está cuidando una película que se sabe frágil. Por su parte Marcos Merino («Remine») recordó la lucha obrera de los mineros recalcando su ejemplo y el sentido de necesidad de su espíritu combativo en nuestro presente.

Hubo tiempo para cantar un «cumpleaños feliz» o para el disparatado número musical de Música Prepost (Fran Torres y Pablo Peña) cantando «I trusted you». Son tiempos para aprender idiomas, para autoimponernos confianza, para el drama y el pesimismo. Pero no son tiempos para dejarnos vencer.

La República Cultural