domingo, 11 de marzo de 2012

Daniel Higiénico, la teatralización de la canción

El pianista David Sam acompaña a Daniel Higiénico en su gira por los escenarios con El club de los 6.000 millones


Domingo 11 de marzo de 2012. Sala Clamores. Madrid


Cartel del espectáculo El club de los 6.000 millones
Cartel del espectáculo
El club de los 6.000 millones
El club de los 6.000 millones es la forma íntima, solo con voz y piano, que tiene Daniel Higiénico de presentar en pequeños escenarios su último disco 6.000 millones. Lo primero que hace al salir al escenario es presentar a su pianista, David Sam. Después explica que siempre quiso hacer un disco de crooner, de esos que se tocan en directo en los clubs de jazz y en los garitos que regentan los más mafiosos. Así se disculpa por tener que llevar corbata, diciendo que en esos lugares, el cantante siempre debe salir a escena con ella. Cosas de la corrección.

Abre con la canción que da título al disco, 6.000 millones, no sin antes contar la génesis del tema con gracia. De la vida cotidiana, de verla con otros ojos, van naciendo los temas. Así lo explica, aunque utilice otras palabras. Te regalo un blues surge en la cola de un supermercado, Yo quiero hablar como un argentino del deseo de querer imitar y no poder a sus amigos argentinos y su poder de convicción, El camarero del regreso al curro tras unas vacaciones. ¡Y es que la realidad nos resulta siempre tan cruel en contraposición con la imaginación! Daniel Higiénico no se siente a gusto si no se mete dentro de cada uno de sus personajes, así que se ayuda de los disfraces, del gesto y de la representación dramática. Ese es el plus que aporta, con el que viste su potente voz.

Como es hombre de cuentos, pero al revés, interpreta uno de los temas más aplaudidos: Aquí nadie será azul. Le sigue Deduzco una canción que le pidieron una vez para hacer un disco de homenaje a Edgar Alan Poe y que nunca llegó a ver la luz. La aprovechó y la dramatizó para incorporarla al disco y a sus últimos espectáculos. Para ella se viste con una camisa blanca de enormes chorreras y una larga capa estilo drácula con la que se tapa y oculta. Se apagan las luces para que solamente una luz blanca le enfoque a la cara mientras surge humo en el escenario. Es uno de sus temas emblemáticos y que mejor recibe el público.

David Sam y Daniel Higiénico durante una actuación de su espectáculo El club de los 6.000 millones
David Sam y Daniel Higiénico durante una actuación de su espectáculo El club de los 6.000 millones
Daniel Higiénico tiene cara de niño pillo, de esos que están en todas las salsas, de los que no se conforman y de los que han roto más de un plato. En su rostro destacan sus ojos grandes, la nariz afilada, la perilla enloquecida y su pelo largo y rebelde recogido en una coleta. Antes de casi todas las canciones avisa que la siguiente es diferente, y es verdad, no le gusta repetir, cada tema tiene su propia historia. Hace Estoy acabado y después se viste con una boa de plumas rosas y amarillas, oculta los ojos tras una gafas de feria, para interpretar El contrato. Deja a un lado su último trabajo y recupera dos temas antiguos: La humedad del disco Flipando en colores y Me duele el cuello de tanto mirar las estrellas de El hombre del tiempo. Después se echa un gabán encima y se escuchan sonidos de lluvia para crear el ambiente necesario que necesita El último cigarrillo, a la que sigue la veloz y alocada Nunca es demasiado y luego una canción escrita para su hijo: Sentirte especial donde le pide que cuando crezca piense por sí mismo y no le haga demasiado caso a su padre. Cada uno ha de vivir su vida.

El público está entregado, disfrutando de la música y también del ingenio de Daniel Higiénico, de su exageración y de ese mirar diferente, con cierto humor y mucha ironía que deja un sabor agridulce, en ese estilo tan propio como personal, de llevar lo teatral a lo musical. La de Daniel Higiénico es una espontaneidad muy trabajada. Para que resulte tan natural y encantadora le ha tenido que dedicar horas y esfuerzo. Los detalles están medidos con el fin de hacer perfecta cada representación, cada historia que cuenta.

Vuelve al disco Flipando en colores para hacer A veces me pregunto si los peces duermen, otro tema lleno de filosofía de bar, de entre copa y copa. Para el siguiente tema dice que no tiene explicación, se titula Me gustaría ser mujer y también es una historia antigua, en este caso del disco Flipando el doble.

Llega el último tema del concierto, y también del disco que presenta y que ha tocado completo. Dice que quizá no es la más propicia, pues supone acabar con una canción triste, pero es que el título obliga a cerrar con ella: El último vals.

El público le reclama de nuevo para los bises. Hace primero una historia negra, de dibujante de cómic y personaje detectivesco, Freedie Black de su disco Flipando el doble. Termina con La rebelión de los niños que es el tema principal de La rebelión de los niños con problemas emocionales. Es un final que resulta apoteósico; con el solo final de piano, Daniel Higiénico abandona el escenario dejando solo a David Sam, pero se le puede ver por entre las cortinillas entreabiertas y lo que se descubre es que está siguiendo con las manos el ritmo, chasqueando sus dedos y moviendo la cabeza al compás. Regresa saltando y gritando para acabar la canción. Se retuerce la camiseta y pone voz de niño porque la rebelión será mañana, sin falta. Así cierra y entonces, al hacer balance final, se puede decir que las intenciones de crooner que confesó al principio, se le han cumplido. A Daniel Higiénico, le ha salido un concierto con muchos aires de blues, de swing, de sonidos de Nueva Orleans y también de rock & roll.

Rápido, sin tiempo para cambiarse, se baja del escenario y arrastra una bolsa de viaje. Se sienta en una mesa a la salida y va extrayendo los cds para venderlos y firmarlos con cariño. Así es una parte de su vida, de escenario en escenario, haciéndolo todo para ganarse la vida con lo que le gusta, siempre mirando de frente a su público. Daniel Higiénico es una gran artista, dentro y fuera del escenario.

A modo de pequeño anecdotario: Daniel Higiénico, antes de músico tuvo un empleo de mecánico de automóviles. Empezó en solitario, pero muy pronto se hizo acompañar de una banda. Recorrieron los escenarios bajo el nombre de Daniel Higiénico y la Quartet de Baño Band y ganaron en 1992 la X edición del Concurso de Rock de Palma, lo que les permitió grabar ese mismo año su primer disco Doble hoja, a los que seguirían El poder de flipar (1994), Flipando en colores (1996), Flipando el doble (1998), In laif (2000) y Lágrimas de chimpancé (2001) que cierra el ciclo de la banda. La decisión de terminar esta aventura es del propio Daniel Higiénico que quiere profundizar en su vena más teatral. Asiste a un «psico-cursillo» con el actor Leo Bassi y después se pasa dos años recorriendo salas y teatros con su espectáculo Mamá, quiero ser autista, que recoge en un disco con el mismo título.

En 2002 funda su sello Producciones Higiénicas y lo aprovecha para editar su libro de cuentos Personajes y su hígado. Se embarca en su segundo espectáculo teatral Mentiras podridas que le supone una dedicación exclusiva a su faceta interpretativa de tres años. Regresa a la carrera musical con El hombre del tiempo (2004), al que siguen La Rebelión de los niños con problemas emocionales (2007) y Rarezas de Cojones (2007). Explota de nuevo su vena teatral con su tercer espectáculo Palabra de Ornitorrinco. En 2010 edita su último trabajo discográfico 6.000 millones del que prepara dos giras, una con banda y otra más íntima, acompañado por el pianista David Sam, y que llama El club de los 6.000 millones.

viernes, 9 de marzo de 2012

Hoy se estrena De tu ventana a la mía

Paula Ortiz explora el universo femenino en su primer largometraje desde una postura estética diferente y comprometida

La cantante aragonesa Carmen París le pone voz a la canción principal de la estupenda película de Paula Ortiz De tu ventana a la mía, que hoy se estrena. Interpreta el tema Yo vengo a ofrecer mi corazón.

Se trata de una buena película que ya comenté en La Isla Inexistente con motivo de su nominación a los premios Goya.

De tu ventana a la mía, las cargas de las mujeres


De tu ventana a la mía resulta un canto a la experiencia femenina. Se trata de tres cuentos de tres mujeres en tres momentos distintos del siglo XX, en etapas diferentes de la vida y en medio siempre de paisajes desolados. Son historias de amor truncado, y por tanto llenas de angustia, que juntas conforman una especie de caleidoscopio de un universo femenino retraído del siglo pasado. Mujeres que un día se dijeron a sí mismas que podían con todo, y trocaron su fragilidad en una fuerza sobrecogedora. Habla de los deseos y las imaginaciones de muchas otras mujeres que alguna vez levantaron la mirada y se atrevieron a soñar más allá de sus ventanas.

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jueves, 8 de marzo de 2012

Grooming y el escalofrío de lo anormal

El Teatro de la Abadía pone en escena esta obra sobre el ciberacoso sexual a menores que interpretan Antonio de la Torre y Nausicaa Bonnín


Jueves 8 de marzo de 2012. Teatro de la Abadía. Madrid

Cartel de la obra de teatro Grooming
Cartel de la obra de teatro Grooming
Grooming transcurre en un sucio parque, con una papelera a rebosar y un contenedor de basura al fondo. El primer plano lo ocupan un banco, tras el cual se eleva una farola que ilumina la escena, y un columpio. Detrás de ellos, una larga escalera metálica y negra por la que se entra y se sale de este parque-pozo. El inicio es un tanto onírico, vemos una chica joven que dormita en el banco, mientras entre la niebla, cruza el escenario un gran conejo vestido con traje y corbata. Más que un arranque es una declaración de intenciones y un guiño a Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, a la fantasía y a las vías de escape para una sociedad enferma. El conejo se va, la niña también, las luces se apagan y así termina este epílogo que apenas ha durado unos cortos segundos. Cuando la luz se enciende de nuevo en la sala se puede ver a un hombre que ocupa el banco, sentado y esperando. Por las escaleras desciende la chica. La niebla se ha ido. Pero la realidad es aún más sucia, más culpable y se va a pegar a la piel del espectador.

El término inglés grooming se utiliza para describir el acoso sexual a menores a través de internet. Se trata de un proceso por el que un adulto entra en comunicación con un menor, normalmente haciéndose pasar por otro niño o niña, e intenta establecer una amistad con la que va obteniendo datos personales y de contacto del menor. Después vienen las tácticas de seducción y provocación para conseguir que el menor envíe imágenes propias con contenido pornográfico que incluyan tanto desnudos como grabaciones de actos de naturaleza sexual explícita. Una vez obtenidas esas imágenes o vídeos, el acosador comienza a chantajear a las víctimas, bien para lograr más material pornográfico o bien para realizar un encuentro físico donde poder abusar sexualmente del menor. Esta es la tétrica realidad sobre la que se asienta la obra de teatro.

La realidad dramática la mantienen sus dos personajes y los diálogos que van estableciendo en esa cita que han concertado en el parque. El hombre tiene dos caras. Por un lado se muestra amable, una persona a la que le gusta contar historias; por el otro se deja llevar por accesos de violencia. Es un cinéfilo al que le encantan las películas de Alfred Hitchcock y que fantasea con la dualidad que representan los diferentes personajes de su filmografía, los que representan a Hitchcock tal y como es y los que suponen la imagen que el director desearía ser. A él le ocurre algo parecido en su dicotomía diaria. Ella es una adolescente que parece sumisa, pero en realidad es un personaje de doble filo capaz de dar un vuelco a lo esperado y plantear otra historia de hace mirar al espectador la situación desde un nuevo punto de vista tan inquietante como el anterior. Cuando ella cambia su registro, devuelve el golpe y todo tiembla.

Antonio de la Torre y Nausicaa Bonnín en una escena de la obra Grooming
Antonio de la Torre y Nausicaa Bonnín en una escena de la obra Grooming
Grooming nos muestra personajes amorales para hablarnos de la soledad del ser humano y de su fragilidad dentro de las sociedades modernas. Son personas que se han perdido en su camino de madurez, que juegan a la mentira para suplir una vida de verdad que no les gusta, que quieren establecer vínculos que les permitan confiar en el otro y descargar sus tensiones en un oído que les escuche. Lo normal y lo anormal apenas si se separa por una difusa línea. Es el tiempo de las identidades fingidas para manipular a los otros y conseguir que satisfagan los propios deseos más oscuros, los enfermizos, los depravados, los que no deberían tenerse. La obra no los justifica, pero si plantea que están presentes entre los comportamientos de nuestra sociedad y que todos vivimos en un mundo sórdido, aunque no queramos mirarlo.

Bajo la piel de Grooming se esconde la necesidad vital de establecer una comunicación con los demás, aunque sea sobre los pilares de la mentira, intentando que quien escuche sea comprensivo con las dos o tres historias que se le quiere contar. Una comunicación que con frecuencia se pervierte al entrar en juego una moral corrompida y el deseo superlativo de escapar de la realidad más cercana, de ser otros con una vida mejor, más ideal. Se construyen mentiras liberadoras para seguir soportando este mundo. Cuenta su autor que la premisa sobre la que construyó la obra se resume en una frase: «la gente no miente por gusto».

Pero también explora otros lugares en ese viaje interior que emprenden los dos personajes para mostrarnos su perversión y los mecanismos que les permiten asumir y soportar lo inexplicable. Habla de sus parafilias desde el punto de vista del que las sufre como enfermedad que le ha vencido, de su incapacidad para quitarse de encima la suciedad, la áspera capa de roña que les ensucia todo lo que emprenden en su vida. Personas que son el resultado de unas vidas insatisfechas, llenas de decepción, que han encontrado como única vía de escape la violencia que se ejerce e impone contra el otro.

Son papeles difíciles los que les toca representar a Antonio de la Torre y a Nausicaa Bonnín, pero que encaran con dos fabulosas interpretaciones. De la Torre sujeta a su baboso personaje con esos coletazos de violencia que lo disparan y nos muestran sus dos mundos. Bonnín defiende a su personaje con una distancia y frialdad sobrecogedores que termina convirtiéndose en una fuerza insospechada. Ambos han salido victoriosos después de correr el riesgo de hacer latir a dos personajes complejos y desagradables. Les dirige José Luis Gómez que se encarga de introducirnos en un mundo turbio y desangelado, al que posiblemente el espectador no querría haberse aproximado. Un mundo dramático bien ideado por el joven autor Paco Bezerra que se acerca al teatro con una nueva voz.

Grooming incorpora novedades a la dramaturgia trayendo los nuevos lenguajes de la sociedad, incorporando los chats, su vocabulario y las grabaciones con una webcam, como es el caso de la espeluznante escena de flashback en la que se recrea todo el proceso de grooming entre el adulto y la menor. En ella vemos una pantalla de chat sobre la que se muestran los diálogos que a la vez van recitando los dos actores sentados en el banco, sin mirarse, con la vista al frente. Una escena que resulta heladora, como la atmósfera inquietante del parque, o los ruidos que se van escuchando. La escenografía es sencilla, pero tremendamente efectiva para ayudar al espectador a que se sobrecoja con lo que ocurre sobre ella.

Grooming es una obra con mucha fuerza dramática donde casi nada es lo que parecía ser porque siempre puede convertirse en algo todavía peor. Es necesario destacar la forma de mantener el interés del público con esos giros sobre la relación verdugo-víctima establecida.

A modo de pequeño anecdotario: Paco Bezerra es el autor de la obra. Se trata de un dramaturgo joven, nacido en 1978, pero que sin embargo ya tiene a sus espaldas varios premios. Con su obra Dentro de la tierra ganó el Premio Nacional de Teatro Calderón de la Barca 2007 y Premio Nacional de Literatura Dramática de 2009, y todo ello sin haber estrenado. También es autor de Viaje a Tindspunkt (Premio Barahona de Soto a la mejor obra de autor andaluz en 2004) y Ventaquemada, una obra de 2003 que tuvo una lectura dramatizada en Milán, en octubre de 2008.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Los descendientes: la familia, la tierra, la historia y la herencia

Alexander Payne dirige a George Clooney sobre el paisaje de Hawái

Cartel de la película Los descendientes
Cartel de la película Los descendientes
Lo que convierte a Los descendientes en una película especial es la profunda humanidad de su protagonista Matt King (George Clooney), un hombre que de repente se tiene que enfrentar a una de las peores noticias posibles: el accidente de su mujer que la deja postrada en coma, un estado del que no va a salir. Él, un abogado pusilánime que se define como padre suplente, debe enfrentarse a su vida, mirarla con una mirada nueva y diferente. Le toca colocar las piedras de sus prioridades y debe hacerlo de tal forma que se pueda quedar satisfecho, para poder sentirse la persona que le gustaría ser en lugar de aquella en la que se ha convertido. Matt King es un hombre imperfecto, lleno de limitaciones, que agitado por una situación complicada se ve obligado a despertar y buscar su sitio en el mundo de ahí afuera. Un despertar violento que le deja desnudo con sus torpezas y sus contradicciones. No se comporta como un héroe, aunque tampoco lo haga como un antihéroe; sin embargo sus sentimientos, las emociones y las sorpresas que se va encontrando son válidas para enseñarnos a vivir. De pronto, Matt King, asume las riendas de su vida para tomar las decisiones más difíciles de su vida y descubrimos de qué forma siente el amor y la paternidad. Entonces, nos toca mirarle con otros ojos, entender lo que pensábamos un comportamiento absurdo y reírnos con él de las situaciones que terminamos aceptando con el mismo humor que nos propone.

Los descendientes es una película dulce que explora la química familiar entre un padre despreocupado y sus dos hijas desafiantes que le echan en cara esa falta de implicación en sus vidas y su ausencia a la hora de tomar decisiones conjuntas que afectan a todos. Se muestran incomprendidas y rabiosas, pero a la vez no pueden dejar a un lado la ternura y el amor que sienten por él. Las personas más complicadas con las que nos toca lidiar son siempre las que más cerca tenemos, las que nos importan de verdad. Es la mirada de ellas hacia los cambios que experimenta Matt King la brújula que guiará los sentimientos del espectador hacia el protagonista, los gestos de las dos niñas los que servirán para aprobar los comportamientos del padre. Para terminar de describir la familia, falta un personaje más: Sid (Nick Krause), un añadido, el amigo de la hija adolescente Alexandra (Shailene Woodley), alguien que es incapaz de hacer nada al derechas, que es ajeno, pero que funciona como excelente contrapeso en cada situación y que termina haciéndose querer por todos.

Ante el accidente de su esposa, el protagonista se sitúa en la buena dirección para reconstruir tanto su vida como su familia. Un accidente que le obliga a ajustar cuentas con su propia relación, pero que le permite también despedirse del pasado y construir su futuro. Desconectar a su mujer de las máquinas que la mantiene artificialmente con vida le obliga a confesarle a ella, ya inerte, cómo se siente, desvelar las emociones tanto tiempo contenidas que terminan desbordándole. Desconectar a su mujer para terminar ese coma irreversible le obliga a tener que enfrentarse a esa muerte para contárselo a las personas cercanas y que así puedan despedirse de ella. Al final, lo que descubre inesperadamente, el camino derivado y absurdo por el que pretende dejarse llevar, es el que le conducirá hacia quien de verdad quiere ser.

Shailene Woodley y George Clooney en una escena de la película Los descendientes
Shailene Woodley y George Clooney en una escena de la película Los descendientes
A través de este retrato del hombre que inicia la búsqueda interior de su propio yo, la película se va adentrando en el tema principal. Cada persona está hecha de demasiadas cosas pero para que pueda sentirse completa debe encontrar los principios sobre los que apoyar su vida; los que nos propone la película son la familia, la tierra, la historia y la herencia. Sobre esos cuatro conceptos Matt King va a resolver su puzzle y situarse en el lugar del mundo que le corresponde.

La tierra, la historia y la herencia se mezclan en un fideicomiso que agrupa a los King, una familia de primos que han ido evolucionando cada uno por su lado, con distancia pero sin perder los lazos. El fideicomiso es la propiedad de unas tierras que les vienen desde sus antepasados, cuando se mezcló la realeza hawaiana con los misioneros norteamericanos que llegaban a las islas. Es una tierra hermosa, en un paraje impresionante, con una bahía de aguas cristalinas. La naturaleza pura y esa extraña conexión que se enraíza con los orígenes de uno mismo, suponen un enfoque nuevo que cambia la perspectiva. Matt King se sitúa en el punto desde el que puede entender el significado de ser un descendiente de ancestros hawaianos y, a la vez, le permite preguntarse lo que para él significan sus propios descendientes. Ese encuentro con las raíces de su genealogía le hace tomar conciencia sobre la desconexión creciente con la tierra de la que es dueño. Recuperar esos vínculos le sirve también para establecer una ligadura con su historia, entre su pasado y el futuro de los suyos.

Ese aire hawaiano, de ritmo lento, pausado y reflexivo, está fuertemente impregnado en la película. Alexander Payne, el director, se ha preocupado de reflejar toda una estructura social característica de la vida de Hawái en el largometraje, siendo fiel a su realidad y con un deseo de mostrar el sentido de pertenencia de los habitantes de las islas con el lugar en el que viven. Es mágico ese proceso de intensificar lo específico de un lugar que puede parecernos muy distante y local para transmitir un mensaje que resulta universal. Este ambiente está perfectamente desarrollado y plasmado en los Los descendientes, siendo ésto uno de los mayores encantos de esta película.

Los descendientes está cargada de matices, de colores, de paisajes extensos, de playas de arena fina, de luminosidad y de nubes que se reflejan en los estados de ánimo. Estados que muestran cada etapa de un proceso de duelo, con su preparación, sus momentos difíciles y su desenlace. Es un mundo lleno de dualidades que los personajes deben resolver. Ninguno de ellos tiene totalmente la razón y ninguno está completamente equivocado, así es la vida.

Para que Clooney pueda brillar tal y como lo hace en Los descendientes no hay que olvidar otros tres elementos fundamentales. En primer lugar la novela de Kaui Hart Hemmings del mismo título y en la que se inspira la película, que sin duda marca el ritmo y la profundidad. Otro es el maravilloso trabajo de dirección de Alexander Payne, director entre otras películas de Entre copas, que dota al film de una personalidad única. Y finalmente las interpretaciones del resto del elenco artístico que le arropan espléndidamente y se encargan de ir añadiendo los diferentes matices a la historia.

Los descendientes es una película muy interesante que se ve con facilidad y que cuenta pocas cosas pero desde muy dentro. Es de esas que parecen surgir inspiradas en un momento entrañable, como el de una familia tomando helado juntos en el sofá y cubiertos todos con la misma manta.

A modo de pequeño anecdotario: Entre los papeles secundarios aparece el actor Beau Bridges que interpreta al primo Hugh King. Beau aceptó participar en la película sobre todo por poder coincidir con el director Alexander Payne y con el actor protagonista George Clooney, pero también porque, en cierta manera, se encuentra unido con Hawái en lo que considera una conexión personal y apasionada. Es así que es un lugar que visita con frecuencia desde niño, además estudió en la Universidad de Hawái. Es pues su segundo hogar.

domingo, 4 de marzo de 2012

¡Hola cariño!, pillados in fraganti

La compañía La Tirana Malas Artes reestrena ¡Hola cariño! con un nuevo montaje


Domingo 4 de marzo de 2012. La Tiara Malas Artes. Madrid

Cartel de la obra de teatro ¡Hola cariño!
Cartel de la obra de teatro ¡Hola cariño!
Para que exista el teatro solo se necesitan los dos lados: el de quien lo lleva a cabo y el de quien lo recibe. La compañía La Tirana Malas Artes está ahí, dispuesta detrás de un cortinón rojo, con su obra lista y los nervios instintivos que surgen antes de cada representación. El público que va entrando se reparte, unos se suben a la grada, otros se sientan en sillas colocadas sobre el propio escenario, porque la compañía sabe que el suyo es un teatro cercano, donde si el espectador estira el brazo puede tocar con los dedos ese aire mágico que se viene subiendo a las tablas desde los tiempos de los griegos.

Cuando las luces se apagan, Joaquín Ángel Fernández, uno de los dos autores de ¡Hola cariño!, presenta la obra. Lo hace con mucha gracia, explicando primero las actividades que realizan desde La Tirana Malas Artes y continuando luego sin desvelar detalles de la trama, sólo pidiendo al público que no se asuste demasiado con la primera escena. El otro de los autores, César Mantecón, aparecerá luego, pues también participa como actor. En las compañías pequeñas, sobre todo en tiempos de crisis, todos hacen de todo, lo mismo sirven para un roto que para un descosido. Se trata de trabajar, de hacer obras y de representarlas para el público, eso es lo que les produce satisfacción.

Es un teatro de guerrilla el que practica La Tirana Malas Artes, uno que se defiende con muy pocos elementos. A ellos les basta con una cama en el centro del escenario y un pequeño aparador de tres cajones que sostiene una lámpara para construir su escenografía, que coincide con la de un dormitorio cualquiera o la de todos. Algo de atrezzo para encender la comedia: un crucifijo, un cable, un periódico, alguna mochila, un disfraz y poco más. El teatro está en la palabra, en las interpretaciones y en que las intenciones lleguen al público.

En esa habitación surgirán seis escenas diferentes, con siete parejas dispares en las que uno de ellos va a a darse de bruces con la infidelidad de «su otra mitad de naranja». Nadie reacciona igual, lo hacen de formas diferentes, pues no se suele estar preparado de antemano para estas situaciones. Se descubre así cómo somos por dentro. Reaccionamos ante lo imprevisto y cada una de nuestras reacciones nos delata: lo pausado, lo violento, lo irracional, lo positivo, lo callado, lo culpable y lo canalla. El pillado y el compañero de cama al que se le pilla in fraganti nos dan sus puntos de vista y nos muestran cada una de las posibles estrategias personales para sobreponerse a la sorpresa de descubrir que el otro no es tal como pensábamos y la forma de aguantar o hacer crack. De pronto surge la distancia con quien más cerca sentíamos, una distancia que hace mella y que rompe los esquemas tradicionales de una relación. Cuando salta por los aires somos más nosotros y quizá nos gustemos menos. ¡Hola cariño! llega en cada una de estas historias a ese punto para asumirlo y profundizar en la herida que genera.

Alberto Piedrabuena y Ludmila Trachta en una escena de la obra ¡Hola cariño!
Alberto Piedrabuena y Ludmila Trachta en una escena de la obra
¡Hola cariño!
Son historias en el límite que, sin embargo, no dejan de perder su humanidad. Quizá la mejor vía de escape sea la de tomárselo con humor. Así va ocurriendo que, a la hora de resolver la situación, la comedia va ganando a la tragedia, para hacerla más suave o tan disparatada como posible. Según avanza, los personajes se empiezan a mezclar porque se encuentran en distintas historias, el que una vez fue amante ahora es marido, y encontramos en ello la complejidad de la vida, donde una persona ejerce siempre más de un rol. El espectador establece un nuevo juego donde tendrá que ajustar aquello que pensaba que él conocía y los personajes no. La vida, como el teatro, es una revisión constante donde debemos replantearnos lo que creemos conocer.

A mi modo de ver, en ¡Hola cariño! destacan cuatro grandes virtudes: texto, música, interpretación y cercanía.

El texto es bueno, con capacidad para ir mucho más allá de las seis escenas y dotar a la obra de un carácter conjunto y complementario que unifica el sentido y a la vez ofrece posibilidades diferentes a una misma situación dramática. Sabe explorar y dar vueltas, medir el ritmo, adentrarse en lo trágico, ser versátil en las reacciones y explotar también lo cómico. El texto potencia que el hecho de descubrir a la pareja siendo infiel es algo imprevisto y que se puede tomar de demasiadas formas. En estas situaciones siempre se establece un diálogo, un interés sincero de encontrar las causas para saber dónde esta el problema, después se abre el ciclo de las culpabilidades que precede al de las decisiones. Es pues la palabra el principal arma, para defender la realidad o para tergiversarla, para cambiar o para que todo siga igual.

La música podría parecer secundaria, sin embargo es mucho más que ese elemento que simplemente supone la pausa precisa entre dos escenas, la que rompe el silencio y nos ameniza la preparación del siguiente cuadro. En esos momentos suenan Lucha Reyes, Ana Gabriel, La Lupe, María Dolores Pradera, Alejandro Fernández, Chavela Vargas o La Quinta Estación para transmitir fuerza y decisión. Son temas bien elegidos y casi todos interpretados por voces femeninas.

El equipo de la obra ¡Hola cariño!
El equipo de la obra ¡Hola cariño! al completo
Sobre el escenario se desenvuelven catorce personas, un elenco amplio y que no suele ser fácil de manejar. La gran ventaja de ser tan numerosos y de que la obra sea tan coral, es que permite que los papeles sean cortos y que cada cual dé lo mejor que tiene en esa pequeña oportunidad. Todos se desenvuelven bien y logran buenos trabajos, pero me parecen sobresalientes la sobriedad con la que Cary Rodríguez contiene la tragedia de su personaje, lo disparatados y divertidos que resultan Aránzazu Tello y Jesús Garrobo en los suyos, el descaro con el que interpreta Rebeca Lloret un personaje lleno de coraje que se encara con la vida y quien se le ponga enfrente y la perplejidad con la que viste César Mantecón a su personaje.

Es curiosa esa cercanía que produce al espectador esa sensación de estar sobre el escenario y dedicarse a observar lo que allí transcurre. La proximidad establece lazos y complicidades, pero también implica romper la distancia que dan las butacas de un teatro para darse de bruces con los secretos de la farsa y acercarse a lo íntimo, los imprevistos y hasta los mínimos gestos de quienes actúan, pues en el fondo esa cercanía es una lupa que todo lo agranda y señala. Para actores y actrices el hecho de tener espectadores en 360º supone un nuevo reto que les obliga a realizar un teatro circular que de visibilidad a su interpretación desde cualquier punto. No es fácil, pero superan bien la prueba.

En resumen, ¡Hola cariño! es una obra muy divertida, que juega y explora el mundo de las relaciones traicionadas, una comedia que entretiene y con la que te ríes, pero que no por ello deja de tener profundidad en lo que cuenta.

A modo de pequeño anecdotario: La Tirana Malas Artes es una Asociación Cultural sin ánimo de lucro que se ha instalado en plena Malasaña, en la calle Santa Lucía 10. El suyo es un pequeño espacio en el que cabe casi todo: teatro, cine, música, exposiciones, cuentacuentos, cursos…