viernes, 18 de noviembre de 2011

El FicXixón elige Take Shelter para inaugurar su 49 edición

Se abren nueve días intensos llenos de cine de autor

Son tiempos difíciles para mantener un Festival de Cine, ahora que la derecha amenaza con recortes allí donde gobierna, especialmente en el ámbito cultural. Hay que hacer malabares para mantener una forma de entender la cultura, para ofrecer a una ciudadanía un festival ambicioso, arriesgado en muchas de sus apuestas, diferente y aún así llenar las salas. El cine se hace para pensar con él y para disfrutar de él. Así arranca una año más, con el trabajo inmenso e intenso de un buen equipo, el Festival Internacional de Cine de Gijón de 2011.

Sección oficial. Take Shelter, una sociedad de miedos

Cartel de la película Take Shelter
Cartel de la película Take Shelter
Take Shelter es una película del cine independiente que se hace en los Estados Unidos, con la que el Festival Internacional de Cine de Gijón ha elegido abrir su 49 edición.

Curtis (Michael Shanon) es un hombre modélico: enérgico trabajador, amante esposo y padre de una niña que sufre sordera. Por las noches empieza a tener pesadillas atroces en las que llega una tormenta apocalíptica y durante la cual observa comportamientos violentos a su alrededor. ¿Qué son de verdad esas pesadillas?, ¿un presagio?, ¿el camino irreversible de un proceso que conduce hacia la esquizofrenia?

De Curtis vamos sabiendo detalles, antecedentes de una situación familiar de demencia, y con sus pocas palabras descubrimos la soledad que le produjo aquello en el pasado, cuando el tenía solo 10 años. Mientras, la obsesión de su presagio afianza la sensación de locura, de luchar uno solo contra el mundo. Después se empieza a confirmar otro de los síntomas, las alucinaciones. Take Shelter bien podría haberse quedado en una película angustiosa sobre las dudas que crea en una persona el hecho de sentir que se está comenzando el camino de un proceso esquizofrénico, pero da un paso más, con valentía, para hablarnos también de la sociedad, de sus miedos y de cómo han ido llegando para quedarse. Jeff Nichols, su director, pinta con pericia su sociedad, la de los EE.UU., donde la Sanidad la cubre un seguro médico que paga la empresa como un beneficio social y que a la vez hace a los trabajadores más dependientes y solícitos hacia los esfuerzos que pida el patrón, donde los bancos aprietan a la hora de conceder créditos pues no están los tiempos para dispendiar, donde la mujer de Curtis, para ganarse un sobresueldo, cose por encargo y también vende lo que confecciona en un mercadillo, donde la iglesia pone deberes y tira de las orejas a los que se descarrían. En esos márgenes, Take Shelter se muestra como una película sobresaliente. Los miedos personales se han convertido en generales, en defectos de esta sociedad que camina hacia una catástrofe. No es extraño que la locura nos ronde cerca. Ese proceso propio de Curtis llena de angustia y sus pesadillas producen terror, plasmadas con una verosimilitud que sobrecoge, pero es el proceso social que hay detrás, más soterrado, el que desnuda al espectador y le hace sentir indefenso, sobre todo con la profundidad de la voz de Curtis que nos recuerda a un John Wayne vencido. Si ya no se puede confiar en las percepciones propias, la sociedad, llena de fisuras, es incapaz de proteger a nadie, no es extraño que la mirada se vuelva hacia la familia cercana y la confianza se deposita en aquellos a los que se quiere para encontrar la solución a nuestras angustias convertidas en enfermedad.

Llendes. Alvorada Vermelha, la crudeza del trabajo en un mercado

Aún de noche, comienza el trabajo en el Mercado Vermelha de Macao. Durante casi media hora desfilan antes los ojos del espectador la actividad de los puestos, principalmente su preparación. Tedio y repetición, días iguales unos tras otros. Trasladar carne, apretarse el mandil, ponerse los guantes, colocarse el mandil y trabajar. Pequeños rituales que se convierten en costumbre. Sobrecoge ver la rutina diaria, pero más aún como la vida se va escapando. Un ligero corte sobre el cuello de una gallina y lanzarla al cubo para que se desangre. Después otra y repetir el mismo gesto. Sin rictus en la cara, sin sentimiento, porque es la tarea de convertir un animal en comida. Lo mismo el pescadero con sus peces y ver, como aún troceados, estos siguen coleando. La sensibilidad nos pone alerta, nos habla de imágenes que nos hieren, pero no son otra cosa que cotidianidad dentro de un mercado. En realidad no hay violencia sólo crudeza. Darse cuenta de ese matiz es lo que permite seguir con atención la secuencia de imágenes de esta parte documental.

João Rui Guerra da Mata y João Pedro Rodrigues dirigen Alvorada Vermelha, un pequeño documental que consigue hacerse interesante de ver, más profundo y directo de lo que parece tras su comienzo. No tiene diálogos, pero no los necesita, el ser humano trabajando con sus manos se explica sin necesidad de palabras. Lo que sí requeriría una explicación son las pocas imágenes fantásticas que se insertan en él, donde una sirena tal vez funcione como válvula de escape.

Llendes. La muerte de Pinochet revivida por cuatro esperpentos

Una escena de la película La muerte de Pinochet
Una escena de la película La muerte de Pinochet
Bettina Perut e Iván Osnovikoff construyen, a su particular manera, el documental La muerte de Pinochet. La primera palabra que me viene al verlo es incómodo, porque presiento que nadie se va a encontrar a gusto ante su proyección, porque no abundan los argumentos, porque en realidad no trata de explicarse sino de moverse entre lo grotesco.

En el momento que fallece Pinochet, Perut y Osnovikoff se van, cámara en mano, al Hospital Militar para captar lo que ocurra. Con la etiqueta de «press» en su solapa filman. Consiguen un buen archivo de imágenes y para darle una forma más artística, pasado el tiempo buscan a cuatro de aquellas personas que aparecen entre lo grabado haciendo bulto, para repasar con ellas las sensaciones de aquel día y recrear lo vivido. Nos encontramos con dos pinochetistas exacerbados, un borracho y un hombre de izquierdas, un poco loco, que recuerda a Allende y compara las dos figuras. Discursos manidos, construidos desde lo visceral, tejidos con mentiras convertidas en axiomas…

Según avanza perdemos la referencia de la palabra por lo estético, o más bien por lo contrario, con esos largos primeros planos (medio ojo, una boca, el principio del bigote…) que muestran fealdad a la vez que nos conducen por lo deforme hacia lo esperpéntico. No es fácil encontrar un punto desde el que desenredar la madeja que supone La muerte de Pinochet. Uno se pregunta si será la burla, el deseo de ridiculizar las posturas de los protagonistas del documental o simplemente el interés de mostrarnos con patetismo unos ideales trasnochados. Sin embargo el documental elige un camino pendiente que conduce hacia el vacío, o como mucho a un pequeño conjunto de estampas.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Sigue siendo poema José María Alfaya

José María Alfaya plantea un concierto reivindicando la poesía escrita por grandes mujeres caribeñas


Sábado 5 de noviembre de 2011. Asociación Cultural Yemayá. Madrid


Cartel de presentación del concierto de José María Alfaya en el Yemayá
Cartel de presentación del concierto de José María Alfaya
José María Alfaya es un luchador, un militante de izquierdas, de las de verdad, las que están más allá de esas socialdemocracias. Si le pides a él que se defina, unos días te dirá que es un cantautor de guardia y otros que cantautor de la tercera edad. Siempre le tenemos de guardia porque está dispuesto a atender cualquier llamada y salir disparado y con urgencia para subirse a un escenario que le necesita, donde sea y a cualquier hora. Pero más aún, está de guardia porque su compromiso político y los tiempos que vivimos, los de ahora y los de antes, le obligan a permanecer alerta. Lo de la tercera edad puede ser, tal vez, porque luce canas y reivindica el derecho a una vejez que siga expresándose públicamente en nuestra sociedad, que participe activamente en ella. Jugador de la palabra, de esos que desnudan lo políticamente correcto para que entendamos el significado de lo que nos escuchamos en los medios –también de lo que se callan-, y lo hace con ironía, reivindicando el uso de la inteligencia y alejándose del mercantilismo.

Cantautor y músico polifacético, José María Alfaya es conocido por su retranca y el sarcasmo político-social de sus canciones, que se condimentan a partes similares con humor y compromiso. Aunque últimamente viene hablando de otras cosas: le ha dado por musicar poemas de grandes mujeres caribeñas, especialmente de Carilda Oliver (Cuba) y Julia de Burgos (Puerto Rico). Explica que el concierto de esta noche así lo ha planteado, cargado de poesía, coraje de mujer y sensualidad. Como todo concierto, tiene sus intenciones y Alfaya comienza declarándolas con el tema de Pedro Mir A capriccio. Arranca acompañándose de su guitarra, con voz fuerte, melodiosa y entonada. Silban sus eses en un acento rico, que mece y arrulla. Elige, con intención, un poema de Julia de Burgos, A José Martí, para seguir. Lo canta Mónica Yebra con su voz impresionante, llena de dulzura, y los oídos se deshacen al escucharla.

José María Alfaya en una foto de archivo
José María Alfaya en una foto de archivo
Es el turno de Canela en rama, un tema que Alfaya ha construido sobre un texto de Valle Inclán. No tiene reparo en parar a medias, pues entre el público, Pepe Tarduchi, su compañero de andanzas musicales, está cantando. Le pide que se acerque al escenario para hacerlo juntos. Parecen dos niños traviesos. Mónica Yebra, que le acompaña esta noche con su voz, interpreta Nada, sobre un poema de Julia de Burgos. La canción resulta una delicia, pues el aire del local se llena, contagiado, de sentimientos y temblores. A dos voces, la de Alfaya y la de Yebra, hacen Dicen que soy, basada en un poema de Carilda Oliver. Siguen Es necesario a veces y Elegía por mi presencia. Regresan después a Julia de Burgos para hacer Oh lentitud del mar. La noche está encendida, con la piel sensible que solo sabe poner la poesía cuando recita el Discurso de Eva de Carilda Oliver, un clamor directo. Vuelve a las canciones con La loba, de Etnairis Rivera.

Otra parte importante del concierto son las charlas animadas de Alfaya con las que presenta los temas y que este cronista se ve incapaz de reproducir pues desvelaría una de los mayores encantos de estos conciertos y que precisan ser vividos en directo. Así, cuando van a hacer La cita rota se deshace en explicaciones sobre la fina ironía de Carilda Oliver en este poema en el que nos cuenta el detalle de una mujer preparándose para una cita que al final no se cumple, y el fino sentido del humor con el que la propia mujer describe ese despecho. A La mañana está de lluvia le sigue el recitado de los versos de Que mueras primero amor.

A José María Alfaya y Mónica Yebra les acompaña en el escenario Quico Aladro, con cajón, palillos y sonidos de percusión. Alfaya comenta que tiene mucho mérito, pues le llama para que venga y no le dice que canciones van a formar el repertorio, así que Aladro se toma los conciertos como si fuesen de jazz improvisado, saltando de sorpresa en sorpresa.

Hacen Dame tu hora perdida de Julia de Burgos , recitan El beso de Carilda Oliver Recitado y siguen cantando otra canción de esta cubana, Me desordeno, que suena dulce y hermosa. De Julia de Burgos y a dos voces, interpretan Voy a hacer un rompeolas, otra canción intensa. Vuelven a Carilda Oliver con Adiós, Lo digo porque lo siento y Sombra seré que no dama para la que Alfaya pide la participación activa del público con un estribillo onomatopéyico y étnico, que resulta tan especial como divertido. Eligen cerrar con Réplica, de Julia de Burgos, por su fuerza y porque condensa esta maravillosa velada musical.

No se pueden ir así, el público reclama más, y con sorpresa Alfaya le pasa la guitarra a Mónica Yebra, quien nos va hacer dos poemas de Julia de Burgos en solitario. El primero es Canción Amarga y el segundo Yo quiero darme a ti, que es la primera vez que lo interpreta en público. El sentimiento que su voz transmite convierte en mágica la noche y un estado hipnótico muy cercano a la felicidad nos embarga a todos.

Tampoco así se pueden ir, ante la insistencia, Alfaya recupera la guitarra y pide a Pepe Tarduchi que vuelva al escenario para que le haga coros con Yebra. Es el momento de Caperucita roja una canción de Alfaya de la época del Campamento de la Esperanza y la Dignidad de los trabajadores de Sintel.

Después lo prometido, como Mónica Yebra estaba de celebración, el público le canto Cumpleaños Feliz con todo su corazón.

A modo de pequeño anecdotario: José María Alfaya nació en Ceuta y estudió en Granada. Mientras estudiaba su carrera de Filosofía y Letras comenzó su actividad sindical y política. Se vio obligado a marchar de cooperante y exiliado a Argelia. En 1975 le llega el indulto que ofrecía la amnistía a cambio de la pérdida de memoria. Aún así decide quedarse en Marruecos como trabajador sociocultural. Regresa a España en 1984 y es uno de los periodos de paro cuando comienza a cantar en bares y otros escenarios. Se declara aficionado a la cienci-ficción y además marxista-darwinista, reclamando la práctica diaria del humor político y creyendo en la inteligencia del pueblo (organizado).

viernes, 4 de noviembre de 2011

Aprisionados en la Melancolía de Lars von Trier

¿Y si la vida se extinguiera de golpe, quién nos recordaría?

Cartel de la película Melancolía
Cartel de la película Melancolía
Lars von Trier es un director polémico, que con su discurso se ha ganado ciertas animadversiones, como así ocurrió en el pasado Festival de Cannes, en la presentación de Melancolía, cuando realizó unas declaraciones en relación al nazismo y por las que posteriormente pidió disculpas. Ese carácter controvertible también se traslada a su cine, donde tampoco existe unanimidad ya que cuenta con grandes seguidores que admiran cada una de sus cintas con auténtica pasión y una mayoría de público que detesta, con la misma fuerza, esas mismas películas. Melancolía no es una excepción. Arranca con un preámbulo, una selección de imágenes estáticas o de muy lento movimiento, tratadas con efectos digitales y con una clara inspiración en ciertos cuadros pictóricos renacentistas. La selección, que bien podría parecer una especie de casting para la foto final del cartel, resume la película en esta especie de trailer que también resulta ser un ballet con la música de Wagner en su obertura de la ópera Tristán e Isolda.

Tras este inicio, Melancolía se divide en dos partes. La primera de ellas nos habla de Justine (Kirsten Dunst) en el día de su boda. Von Trier podría contar la felicidad de una novia disfrutando de esa celebración: sonrisa radiante y felicidad. Así parece, aunque surjan ciertos problemas, como haber elegido una limusina demasiado grande para tomar las curvas de una carretera rural y apartada, un símil que insinúa el tamaño de la decisión de Justine con relación a su forma de ser. Paseando entre los invitados, la boda recuerda el tedio de esas reuniones familiares donde la apariencia, los roles que cada uno juega, se comen a las propias personas que hay bajo ellos. Vemos personajes cargados de excentricidades y poco a poco nos vamos abriendo paso en el teatrillo que el cineasta danés ha construido como una segunda piel para esconder lo que hay detrás. Justine quiere ser normal, se esfuerza por sonreír, en cumplir con el ritual de la boda, pero no lo consigue. Todos le piden que sea feliz, pero la tarea sin hipocresía no resulta factible y con ella de nada le sirve. Se siente vacía, deprimida, vencida por la ansiedad que le atosiga. ¿Y el novio?, ¿tiene lo que quiere?, ¿quiere lo que tiene? De nada sirven sus ojos enamorados y complacientes, de nada sirve seguir una pantomima para anclar lo que está suelto, las soluciones tradicionales no tienen por qué ser válidas para las encrucijadas personales.

Alexander Skarsgaard, Kirsten Dunst y Charlotte Gainsbourg en una escena de la película Melancolía
Alexander Skarsgaard, Kirsten Dunst y Charlotte Gainsbourg en una escena de la película Melancolía
La segunda parte comienza un tiempo después con Justine más hundida aún pero poniendo el foco en su hermana Claire (Charlotte Gainsbourg) y en una catástrofe natural que destruirá el mundo. Claire tiene miedo ante esos últimos días de inquietud donde la tragedia no se puede eludir y se encuentra la esencia de cada uno. En la vida hay más sufrimiento que placer, así que se va instalando en el ser humano una sensación existencial de fracaso individual, de melancolía que nos vence a diario y que nos lleva a la desidia, elementos todos presentes en la película y del mundo que retrata Lars von Trier, un mundo que puede acabarse en un instante y que no dejaría ningún poso. Arrastramos el lastre de nuestra soledad, así que Melancolía no nos deja respirar. Se convierte en una película oscura, desoladora, tan densa como esas capas de petróleo vertido sobre el mar, cargada de la suciedad que nos molesta y que preferimos no tocar. Lars von Trier nos habla de sí mismo, de sus periodos depresivos y juega con las desviaciones fílmicas, con pequeños detalles, con caminos imposibles, para narrarlo. Nos pinta un mundo tan tremendo, tan angustiosos, que hasta la razón se suicida.

El cuidado estético tiene un gran peso en la película, dominando sobre el resto de aspectos y produciendo una fotografía embelesadora y a la vez dura, de tonos otoñales e invernales y un uso del azul apagado como señas de identidad. La interpretación es minuciosa, contenida y angustiosa, aguantando a la perfección los primeros planos, tensando los gestos.

Melancolía se recorre a través de sus muchos detalles para explicar toda su filosofía. Nada es azar, todo tiene intención, hasta esa crítica a la vida profesional que se introduce y ocupa los espacios de lo personal y reflejada en ese jefe paternalista que trata de mostrarse como amigo sin dejar de ser el patrón. Son muchos los asuntos apuntados y utilizados en pinceladas pero plasmados en imágenes rotundas, como por ejemplo la metáfora del puente imposible de cruzar para las protagonistas porque existe una fuerza telúrica por encima de ellas, el que Claire terminará cruzando a pie buscando una salvación o alargando una huida inútil para terminar encontrándose al otro lado, una vez traspasado el obstáculo, con lo que no existe, como ese hoyo 19 de un campo de golf. O esa comparación de cómo se comportan los animales a la hora de asumir lo inevitable de la catástrofe y que nos da la medida de lo natural como lo más correcto.

El mundo se para y ya está. Se enciende la luz de la sala y cada espectador debe levantar la losa de la melancolía de Lars von Trier y seguir viviendo, cargando con el peso de su propia añoranza.

A modo de pequeño anecdotario: Penélope Cruz debería haber interpretado el papel de Justine, el propio Lars von Trier reconoce que Melancolía es una película que escribió teniendo en la cabeza a esa actriz, y sobre todo su mirada. No pudo ser, ya que coincidía en fechas con el rodaje de Piratas del Caribe 4 y la madrileña eligió el camino de lo comercial. Al final entró Kirsten Dunst al proyecto para interpretar a Justine con muy buen resultado, pues con este trabajo se llevó el premio a la mejor actriz en Cannes.

sábado, 22 de octubre de 2011

Christina Rosenvinge: fragilidad, dulzura y coraje

Christina Rosenvinge presenta en los escenarios su nuevo disco La joven Dolores con un formato más íntimo


Sábado 22 de octubre de 2011. Sala Galileo Galilei. Madrid


Christina Rosenvinge en una foto de archivo
Christina Rosenvinge en una foto de archivo
Christina Rosenvinge sale al escenario del Galileo Galilei acompañada por Refree (Raül Fernández) y Aurora Aroca, una banda corta, sin percusión, para ofrecer un concierto más íntimo. Toma decidida su guitarra y se planta frente al micrófono, mientras su compañeros se sientan, Refree con una guitarra que va templando y Aurora tras su violonchelo. Christina lleva un vestido negro, ligero y vaporoso, con transparencias, que deja ver una camiseta interior de tirantes. La falda corta, con volantes, las botas altas y un cinturón muy estrecho que se ciñe a su cintura. La tez pálida solo se rompe por unos labios perfilados tenuemente en rojo y porque, a veces, esconde el rostro tras su larga melena rubia.

Abre el concierto con dos temas de su disco Tu labio superior. Primero La distancia adecuada con el que rompió el hielo y después Negro cinturón. Con el sonido ya afinado, es el momento de Tu sombra un tema de su nuevo disco, La joven Dolores, que hoy presenta. Se oyen aplausos entre un público joven y heterogéneo. Su música recoge lo más pop, con muchas influencias del rock más canalla. Pero también es una búsqueda interior de un sonido diferente, de sabor intenso y cargado de matices que hacen sencillo lo más complejo. Sus historias narradas en voz alta, con singularidad, consiguen sonar siempre de tal forma que producen una mezcla de sensaciones, un remolino. Lo suyo, donde más se lucen, son las letras con voz propia, cargadas de mujeres de su generación que han roto moldes, desgarradas, y que han ido dejando demasiadas cosas por el camino.

Refree se sienta al piano, con su mirada miope que esconde tras la gafas, con su barba larga y desaliñada por pura casualidad, como si fuera un chico que carga con un saco de timidez. Chistina canta en inglés As the wind blows, un tema de su disco Frozen pool.

Cuenta que para navidades se publicará Un caso sin resolver. Se trata de una caja con toda su discografía en cuatro Cd`s y un DVD. También traerá novedades, ya que ha grabado cinco canciones en formato acústico con Refree y Aurora. Son dos versiones de su época de Christina y los Subterráneos, de cuando el disco Que me parta un rayo, otra versión de un tema de La joven Dolores y dos más que no están en ninguno de sus discos y de las que hablará luego. Hace uno de esos cinco temas: Alguien que cuide de mí, una canción de tiene veinte años, comenta. Después de decirlo se asusta por el tiempo que ha pasado y se le escapa un «joder». El público corea el tema de principio a fin, sin duda una de sus mejores canciones. Le sigue otro tema del mismo disco Mil pedazos, otra de las canciones más aplaudidas. Aquel pop que hacía en los 90 mantiene aún toda su fuerza.

Otro de los temas que estará en Un caso sin resolver es una versión que hace Christina de la canción de Refree El sud, del disco Els invertebrats. Un hermoso poema cargado de sensibilidad. Christina aparca su guitarra y nos habla del catalán como lengua que todos deberíamos aprender, porque sin saberlo nos estamos perdiendo grandes letras, como la de este tema que canta en catalán.

Aurora Aroca, Refree y Chistina Rosenvinge durante la prueba de sonido previa al concierto
Aurora Aroca, Refree y Chistina Rosenvinge durante la prueba de sonido previa al concierto
Tras este momento cargado de belleza e intimidad, Refree y Christina toman de nuevo sus guitarras y regresan al presente, al disco de la La joven Dolores para hacer Weekend. Al terminar alguien le grita «guapa» y ella responde que mejor que la llamen guapa, prefieren que le lleve el desayuno a la cama, y nos da más pistas: un croissant y un zumo a las diez. Con ese preámbulo hace Anoche (El puñal y la memoria), del disco Tu labio superior. Su voz melosa y dulce, a veces da sensación de fragilidad, pero sabe subir con fuerza, mostrar todo el carácter que tiene. Se va sintiendo cómoda en el escenario y habla un poco más. Refree regresa al piano y ella se sienta sobre él para hacer el siguiente tema a cuatro manos. Pero antes decide desmigarlo, cuenta al público que hace algún tiempo fue a un psiquiatra. Le cobró 200€ -no escatima detalles- y le dijo que no necesitaba tomar ninguna pastilla, pero que de todas formas le iba a dar algo. Escribió la receta y se la extendió. Sin leerla la llevó a la farmacia, pero la farmacéutica se rió y le dijo que de eso no tenían allí. Lo que el médico le había prescrito era «un hombre formal». Así surge esta canción, Un hombre muy formal, que no aparece en el disco La joven Dolores, pero que es un bonus track del mismo para itunes.

Después se queda sola al piano pues Refree regresa a la guitarra, para desgranar otro tema de La joven Dolores: Eva enamorada. Salta de nuevo al pasado, para cantar Tú por mí. Cuenta antes que hace veinte años vivía en el barrio de Tetúan, en una casa compartida con mucha gente y a la que ellos llamaban «la pensión internacional». Tenían un mexicano que cocinaba, una inglesa que trabajaba en el Templo del Gato y mucha más gente. Un día, la inglesa, se enamoró de un hombre y desapareció. Cuando la volvieron a ver, trabajaba en la calle de la Ballesta. Mientras tanto, en ese tiempo en el que la habían perdido de vista, le escribió esta canción. Christina es capaz de contar lo más íntimo, como sin querer, pero directamente. Así, de su propia vida, de quienes la rodean, se van nutriendo sus canciones. Cuando termina el tema nos da la nota de esperanza a la angustia que surgió tras conocer el origen que inspiró la canción. Nos dice que, al final, Sara, la inglesa, acabó muy bien, con un montón de animales y un marido.

Mi vida bajo el agua, otro tema del disco La joven Dolores, suena de maravilla, por algo lo eligió como primer single. Le siguen sonidos con cierta psicodelia, recuperados del disco Continental 62 y agudizados por el cello que tiembla, por la voz que sube en Christina y por unas notas más tétricas que escarba en su piano al final de Tok tok.

Faltaba por hablar de la última versión que formará parte de Un caso sin resolver, ahora lo desvela, se trata del Allelujah de Leonard Cohen. Dice que quiere felicitar al maestro y que también lo hace por «molestarle» de lejos, porque sabe que le «irrita» la existencia de tantas versiones que hay ya del Allelujah. Con él se cierra el concierto.

Para los bises, Aurora abandona por primera vez el vilonchelo para sentarse al piano. Viste de oscuro, con ropa amplia y cómoda, como buscando un cierto anonimato. Refree toma la guitarra y Christina, con las manos libres, coge el micrófono y comienza las primera notas de No lloro por ti, un tema del disco Verano fatal, el que hizo en el 2007 a medias y compartido con Nacho Vegas. Al terminar recupera la guitarra y nos vuelve a contar una pequeña historia personal. Hace algún tiempo salió con un chico que solo le puso una condición: le pidió que nunca le escribiera una canción. Después hace Jorge y yo, un tema nostálgico desde el que recupera su infancia y que forma parte de su último disco.

Se va de nuevo, pero el público la reclama y no tardan en regresar guitarra en mano, como Refree, y con Aurora de nuevo al violonchelo. Hacen Nadie como tú, de Tu labio superior. Y termina con un tema estupendo, de aires entre mitológicos y oníricos: La Canción del eco que es el que abre su último disco La joven Dolores. Así cierra un ciclo, terminando el concierto tal y como empieza el disco.

A modo de pequeño anecdotario: La historia de Christina Rosenvinge en el mundo de la música es muy larga. Ya formaba parte de la movida de los 80 con Ella y Los Neumáticos, formación de la que era cantante y compositora. Luego con Álex de la Nuez forma el grupo Magia Blanca, una banda que se va reduciendo hasta quedar convertida en el dúo Álex & Christina. Alcanzan un gran éxito en 1987 con su tema ¡Chas! y aparezco a tu lado. En 1988 representan a España en el festival de la OTI con la canción Dulce maldición, quedando décimos, empatados con Costa Rica. Sacarían un segundo disco más antes de cerrar el dúo.

En 1992 reaparece con el nombre de Christina y Los Subterráneos y grabará uno de sus discos más míticos Que me parta un rayo, al que siguen otros dos álbumes más. Después viene su etapa en solitario, aunque en el año 2007 sacó un disco con Nacho Vegas que llamaron Verano Fatal, siete temas firmados e interpretados por ambos.

jueves, 20 de octubre de 2011

La mano invisible aborda el mundo del trabajo con precisión

Isaac Rosa utiliza la ficción para desgranar los mecanismos del trabajo y la alienación de los trabajadores


Portada de la novela La mano invisible
Portada de la novela La mano invisible
Isaac Rosa se ganó un merecido prestigio dentro del mundo literario tras publicar su segunda novela, El vano ayer; un libro impactante, tanto por su contenido como por la estructura con la que el autor envolvió la novela. Su presencia, entonces, trajo un aire limpio, nuevo, de un escritor comprometido con la sociedad que ejerce su profesión con una militancia activa desde la izquierda y que habla sin tapujos. Seguramente le obsesiona el mundo el trabajo, no en vano su columna diaria en Público se llama Trabajar Cansa. Con su nueva novela, La mano invisible encuentra un terreno que siempre ha estado ahí, a nuestro lado, sin que se haya explotado casi nunca en la literatura. Isaac Rosa pone el foco sobre los trabajadores en los que no solemos reparar y nos da una oportunidad de observarlos mientras están trabajando. Vemos el deterioro del mundo laboral y a la vez de los que trabajan, su sufrimiento. No nos engañemos, la belleza del trabajo no existe. En La mano invisible no hay trabajadores felices, todos encaran sus jornadas laborales con tristeza.

Vivimos un tiempo donde triunfan los mercados sobre las personas, en el que los libros de «autoayuda» y «management» se han puesto de moda, donde el capitalismo feroz se ha convertido en el único sistema posible y en el que se sigue soñando con el falso sueño americano que «trae progreso y riqueza a quien se esfuerza». La mano invisible no les gustará a esos que aclaman la mercantilización de la vida, los que miran el trabajo como beneficio, los que buscan medrar a costa de los demás, los que piensan como quieren los empresarios que piensen. No, no es una novela para ellos, porque no aprecian que les digan las verdades con profunda sinceridad.

Isaac Rosa nos presenta a un grupo de trabajadores que aceptan que les miren mientras trabajan, que desconocen para qué sirve lo que hacen, que no saben quiénes son sus jefes, que creen participar en un experimento social. Con maestría nos va describiendo a cada uno de ellos, inseparable del trabajo que realiza, casi sin rostro, como personajes anónimos que representan una profesión. Nos cuentan sus pensamientos mientras va transcurriendo sus jornadas y lo hacen a la vez que va pasando una historia que les afecta a todos, que nos afecta a todos. Cuando vemos trabajar desde fuera lo hacemos como si contempláramos a una orquesta interpretando una sinfonía, desde dentro es otra cosa.

Lo primero son esos pensamientos que surgen mientras ejecutamos un trabajo mecánico, los que nos sirven para ocupar la mente, los que nos permiten no preguntarnos por lo que estamos haciendo y seguir adelante, los que nos hacen soportable lo repetitivo, lo monótono del trabajo. Son las cadenas de montaje las que nos deshumanizan, las que proponen una planificación y una mecanización por encima de las personas que se utilizan como piezas, las que alejan al ser humano del resultado de su trabajo. Van surgiendo miles de pensamientos, uno tras otros que nos acercan a cada trabajador, pues piensan como cualquiera de nosotros, con las mismas ideas.

La novela va pasando y nos percatamos de la necesidad que tienen los personajes de aprovechar el tiempo, un tiempo escaso, pues las obligaciones profesionales merman la vida privada. Por si fuera poco, vemos que cada vez se respetan menos los derechos de los trabajadores, que se les ataca constantemente y que ellos no son capaces de ponerse de acuerdo para encontrar un remedio, descubren que el compañerismo es fingido, que les falta un sentimiento de clase que les una y que todo aquello del sindicalismo se quedó atrás, abandonado sin sentido. «La sociedad es así», asumen sin apenas pelear, «siempre habrá otro que esté peor y quiera hacer mi trabajo en unas condiciones aún más ínfimas». Pasan los trabajos precarios, los trabajadores que sirven para hacer cualquier cosa, lo intercambiable de unos y otros. Somos sustituibles. Así que nos dejamos apretar constantemente para producir más. La mano invisible se va convirtiendo según avanza en una apología de la explotación y a la vez en la conciencia del obrero para que éste pueda percibir la verdadera magnitud de su situación, la injusticia que conlleva.

Narra muchas historias, cada perfil -cada profesión- le sirve al autor para destapar más problemáticas. Por ejemplo que cuando se dejan los estudios, los caminos se empequeñecen, las oportunidades son escasas y se elige la única alternativa: los peores trabajos, esos que nos hacen sentir vergüenza porque sentimos que los demás los desprecian. En esos casos se empieza por lo que se conoce, ayudando a algún familiar en su trabajo, continuando la saga sin remedio para sumar una nueva generación. Pronto se asume la falta de cualificación y se pierden la perspectiva de un trabajo mejor, sin que nuestra vergüenza por ello descienda nunca.

También están los vocacionales, esos que dicen disfrutar con lo que hacen y que lo seguirían haciendo aunque no les pagasen. Quienes tienen sueños de nuevos emprendedores y serán capaces de explotar a sus compañeros con tal de prosperar ellos. Esos que siempre se muestran dispuestos a aprovecharse de la bondad de los demás con el fin de ascender ellos. Hay obreros que se hacen autónomos y comienzan una vida de sacrificios. Es humano sentirse tentado por el dinero, querer vivir sin trabajar, darle la vuelta a la humillación y aspirar a estar en el lugar del otro, pensar que todo valdrá para conseguirlo, en ser capaz de perder los escrúpulos y aguantar a los clientes para conseguir sus migas, pensar en el esfuerzo por encima de los horarios y ofenderse con una juventud que está en otra cosa, pensando egoístamente en sí mismos, que no quieren ser aprendices. Engañarse en el fondo, entrado en una espiral de consumismo y pensando que ese es el único camino por el que llegar a la felicidad. Estar dispuesto, a poco que se tenga, a pagar para que otros limpien la mierda de uno mismo. Y así aceptamos los despidos, nos volvemos más cobardes, estamos dispuestos a pisar al de más abajo, nos hacemos serviles y tragamos con todo. Hemos convertido el dinero en el centro de todo, y asumimos que trabajamos por dinero, para tener todo eso de más.

Isaac Rosa en una foto de archivo
Isaac Rosa en una foto de archivo realizada por Marta Velasco
Desengañémonos, no hacer un trabajo manual, no implica pasar a otro nivel, ni ser más independiente, ni dejar de estar dominado por los medios de producción. Supone la misma explotación con idéntica carga pesada. Si vendemos nos adiestran para mentir, para fijar una sonrisa en nuestra cara y aprovecharnos de las debilidades del que está delante, aunque sea con engaños. A estar al servicio del marketing y las técnicas de venta también lo llamamos trabajar.

Ocurre con los informáticos, esos bichos raros que nadie sabe lo que hacen pero que se asume la necesidad de tenerlos en plantilla. La tecnología se utiliza como elemento de control y también como herramienta para elevar la capacidad de producción. Con ella se acabó con el trabajo tal y como lo conocían nuestros padres, tal vez ellos pensarían que lo que hacemos ahora es simular que trabajamos. Los informáticos se entregan a un trabajo intelectual que absorbe, que muchas veces les hace ir más allá de él, buscando un perfeccionamiento en todo lo que desarrollan. Parece una labor entretenida que permite aportar un cierto componente subjetivo, incluso para añadir también lo que piensan que querrá quien les ha pedido el trabajo sin apenas haber detallado lo que necesita. Siempre pensamos que la tecnología permite el sueño de pasar del garaje al parque tecnológico más lustroso, al no va más, que cada uno de ellos terminará enriqueciéndose con la idea de una aplicación que todos necesitábamos más que el comer sin saberlo. Y así se van desnudando de su condición de trabajador, sintiéndose príncipes llamados a gobernar un nuevo mundo, y entonces, por esta idea mítica, asumen trabajar en una oficina moderna, agradable que van convirtiendo en su casa, en la que producirán nuevas ideas en jornadas infinitas, descartando cualquier modelo y patrón de trabajo. Sin darse cuenta, un día se percatan de que llevan años en lo que lo único que han hecho ha sido pensar en los problemas profesionales pendientes y en cómo encontrar la solución. Han gastado cada hora de los días y de las noches en ello. Sin embargo no es cierto que sean los elegidos de la nueva economía, los asalariados privilegiados que desarrollan su pasión y afición como un trabajo. El informático es un obrero más, uno que no desconecta nunca, que arrastra por su profesión un agotamiento físico y mental.

No hay trabajador que no se haya sentido espiado alguna vez, que no sienta que debe recuperar algo de lo que entrega con su trabajo y quiera llevarse unos bolígrafos de la oficina, que no acepte que le den un móvil de empresa desde el que podrá hacer llamadas personales como un mejora en su estatus laboral, que no convierta su mesa en una extensión de su casa -con fotos de sus hijos y demás personalizaciones-, que deseche coger una copia de las llaves de la oficina para cuando tenga que seguir trabajando fuera de horario, que no termine alargando sus jornadas, que no invente una justificación cuando no quiere aceptar un trabajo extra al que se siente injustamente obligado. Vivimos los falsos gestos de confianza en el trabajo con orgullo. Nos engañamos con una camaradería imaginada, que en realidad esconde una competencia atroz entre los empleados que termina funcionando como una presión grupal, la misma que nos convierte en gregarios dispuestos a hacer más horas porque los demás también se quedan, por el qué dirán. Y hacemos tantas que asumimos debilitar la vida personal siempre en aras de la profesional. A cambio nos retribuyen con compensaciones arbitrarias e individuales, que nos dicen que no todos somos iguales, que nosotros somos mejores. Compensaciones que recibimos a modo de premio y no nos damos cuenta que aceptarlas supone socavar lo colectivo. Nos sumamos a participar en esos engranajes creados desde la dirección en prejuicio del obrero y no protestamos por las rotaciones de personal, se caen los débiles. Nos mentimos con falsas oportunidades y nos cargamos con deudas psicológicas hacia el patrón porque se muestra paternalista con sus empleados. No somos capaces de cruzarnos de brazos y exigir que no haya esfuerzos por encima de lo imprescindible, que se cumplan los horarios estipulados en los contratos sin sobrepasarse un solo minuto de más, ser escrupulosos con el trabajo por el que se nos paga. Despreciar un ascenso o no aceptar los falsos beneficios de forma individual nos hace sospechosos. Esos planteamientos podrían ser las primeras grietas en la fábrica pero solo los vemos como causa de despido. A cambio queremos tener ambición, no conformarnos con el trabajo que tenemos, y así asumimos la presión por llegar más arriba. Si todos quisiéramos ser tropa en lugar de oficialidad no calaría tanto ese espíritu de la cultura de empresa que hace al empleado defenderla como algo propio. No percibimos las relaciones de poder en el trabajo, entre el que cobra y el que paga, como el sistema perverso que es, simplemente lo asumimos como algo natural. ¡Ah, si nos atreviésemos a dejar de participar en el juego del mando y la obediencia!

Hay una dignidad del trabajo que viene aprendida de la propia familia, un orgullo de hacer bien el trabajo por pura decencia. Vendrá la escuela después, donde desde pequeño se nos domará a los futuros trabajadores para someternos al modo de producción de los dueños del trabajo. Se condenará la ociosidad como un vicio malvado y en los malos tiempos se entenderá que el patrón, el dueño, el empresario, dejarán de cubrir las bajas y asumiremos el trabajo de los demás como una bendición porque seguimos en plantilla. Haremos como que no sentimos la dureza del trabajo y no nos preguntaremos ¿por qué son necesarias ocho, nueve o diez horas diarias de trabajo para vivir de él?, ¿por qué tanta desproporción para lo que obtenemos a cambio? Si encontramos respuestas nos vendrán nuevas preguntas ¿De qué va todo esto?, ¿para qué lo hacemos?, ¿quién está verdaderamente detrás? ¿Los sabemos?, ¿queremos saberlo?

La mano invisible es una gran novela, que además nos despierta, nos hace plantearnos con dolor el mundo del trabajo y nos sirve de preámbulo para que cada uno escriba el siguiente capítulo, el suyo propio, pues todos tenemos nuestra historia del trabajo, todos sabemos los pensamientos que nos pasan cada día por la cabeza mientras trabajamos.

A modo de pequeño anecdotario: El término de La mano invisible lo acuñó por primera vez el filósofo político escocés Adam Smith en Teoría de los sentimientos morales (1759) y lo volvió a utilizar en La riqueza de las naciones (1776). Lo empleaba, en términos económicos, como una metáfora a través de la que expresar la capacidad autorreguladora del mercado libre, capacidad en la que la ideología liberal coloca uno de sus fundamentos. La teoría parte del egoísmo psicológico del ser humano que le lleva a elegir siempre en cualquier situación el mayor beneficio para sí mismo, un egoísmo que si generalizamos, es decir lo colocamos en un mundo donde todos buscamos lo mejor, y además le unimos la competencia como sistema para evitar los desmanes, entonces los liberales dicen que lo mejor para uno produce lo mejor para todos. Sus teorías hablan de este egoísmo racional como un término positivo. La mano invisible no es otra cosa que este proceso explicado y que, según los economistas liberales, conduce a una configuración social de bienestar general. Esa mano invisible es la que compensa las acciones y regula las conformaciones sociales, es, en el fondo y según ellos, una garantía de justicia social de la actividad económica.