domingo, 10 de noviembre de 2013

Las primeras libertades

David Trueba retrata la España de 1966 en Vivir es fácil con los ojos cerrados

Cartel de la película Vivir es fácil con los ojos cerrados
Cartel de la película Vivir es fácil con los ojos cerrados
¿Por qué? Por el retrato de una época con un enfoque distinto.
John Lennon se vino a Almería en 1966 a rodar la película Cómo gané la guerra. Dicen que atravesaba un momento crítico y existencialista, que en sus canciones pedía «ayuda» y que los Beatles se rompían. En Almería compuso Strawberry Fields Forever y los primeros versos de esta canción le sirven a David Trueba para dar título a su película: Vivir es fácil con los ojos cerrados. Que Lennon estuviera en Almería motivó el intrépido viaje del profesor Juan Carrión para conocerle con un firme propósito y esa es la anécdota que inspira el guion de la película. La presencia del beatle en nuestro país es un telón de fondo en la película. David Trueba le utiliza como una bisagra en torno a la cual articular la división en dos de la ciudadanía de la España de entonces y mostrarnos a una juventud oprimida cuya rebeldía no encontraba su cauce en medio de una dictadura. Un viaje ingenuo e imposible es el camino que elige el director para llevarnos hasta ese pasado y que nos consigue hacer sentir como si fuéramos dentro del seat 850 con los propios personajes.

Vivir es fácil con los ojos cerrados, el problema suele darse luego, al abrirlos y toparnos con la realidad. La España de 1966 que retrata David Trueba en su película tenía mucho de soportable con los ojos cerrados del conformismo y de irrespirable a poco que se tuvieran inquietudes. El de entonces, y no sé si en eso se ha cambiado mucho, era un país dicotómico, de aire enrarecido, donde se trataba de dar una imagen de una España aperturista sin perder a la vez el menor ápice del rancio conservadurismo de un estado fascista con mano de hierro. Esa incorporación a «lo moderno» que nos abriera las puertas a Europa se convertía en una prioridad política, pero al régimen le ofendían esos mínimos gestos de progreso, así que todo intento terminaba convertido en otra falsedad. Un ejemplo claro se puede observar con los dos conciertos que dieron en España los Beatles un año antes y el tratamiento que le dio la prensa nacional, o las cargas policiales de los grises en los alrededores y a las horas previas, las detenciones de todo el que les pareciera sospechoso o los uniformes que pueblan cualquier imagen de esos conciertos.

Ese aire cargado en lo ideológico y lo moral lo dibuja magistralmente David Trueba en cuatro pinceladas de su película: un profesor impartiendo la materia de inglés, la comida dominical de la familia de un policía nacional, un internado de monjas para niñas embarazadas y un bar en la Almería más rural. Lo sorprendente es que no lo hace desde la oscuridad, sino llenando de luz y luminosidad esas estampas y el resto de la cinta. Hay una cierta blancura también en el tratamiento, pues no nos habla de la búsqueda de una libertad política, sino individual, blancura que se extiende también hacia una evocación dulcificada y generosa del pasado para hacérselo entrañable al espectador y colocarlo a favor de la historia. No hay, sin embargo, una condescendencia con el público, pues no escatima gestos, ni intenciones y Trueba es claro en su opinión sobre aquellos años. No hay medias tintas, y la película está cargada de guiños políticos antifranquistas imposibles de no ver.


Trailer promocional de la película Vivir es fácil con los ojos cerrados
A pesar de la nostalgia y melancolía con los que se nos presenta Vivir es fácil con los ojos cerrados, hay en la película una visión clara del atraso que arrastraba España y del hambre y la pobreza tan dolorosa con la que se vivía. No abunda en ello su director porque le bastan un par de planos para hundir al espectador en la profunda necesidad que había y que éste ya no pueda mantenerse indiferente. No son las mejores escenas, pero todas hacen agachar la mirada por vergüenza hacia nuestro pasado.

Pero no todo es drama y tragedia, más bien al contrario, Vivir es fácil con los ojos cerrados destila un humor fresco que la hace hasta divertida en muchos de sus momentos. Con ese humor se crean complicidades y se marca esa visión nostálgica que no pasa desapercibida para nadie. Es una película optimista, que cree en el ser humano. Trueba no busca grandes héroes con los que contar su película, sino que tira de gente corriente, de personajes ingenuos, tranquilos y sencillos. Son idealistas que están abriendo los ojos, que descubren su desamparo y que quieren salir de su frustración que es la misma que vive el país. Les salva su tozudez que les permite no rendirse nunca y mantener esa postura de apuesta por la justicia y la tolerancia con dignidad.

Hay en toda la película una llamada a vencer el miedo que nos paraliza y tomar lo que nos corresponde, algo que encaja perfectamente con nuestros tiempos. Es imposible salir de la película y no comparar.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Encontrándose a sí misma

Todos queremos lo mejor para ella, la confirmación de la directora Mar Coll

Cartel de la película Todos queremos lo mejor para ella
Cartel de la película Todos queremos lo mejor para ella
¿Por qué? Porque es un cine que toca el corazón y la cabeza.
Mar Coll fue toda una revelación cuando estrenó su primera película, Tres días con la familia, un largometraje que se movía dentro de un asfixiante espacio familiar convertido en una losa de hipocresía y ocultaciones. La joven directora no ha cambiado en estos años, sigue apostando por radiografiar el espectro de la familia y sus relaciones. Quizá, con su nueva película Todos queremos lo mejor para ella ha perdido algo de fuerza con respecto a la primera, pero ha mantenido su elección por el camino intimista de desnudar el alma de sus personajes, de sacar a la vista y ofrecernos lo que hay dentro de ellos cuando emprenden la búsqueda de la libertad personal. Lo suyo es romper la barrera de la intimidad emocional para abrir una ventana con normalidad a todo aquello que se queda de puertas adentro en las familias. Y lo hace con un realismo pasmoso. No hay acción, de la misma forma que ocurre en la vida diaria de la mayoría de las personas normales. ¿Pero dónde está la medida que marca la normalidad de la que no debemos salirnos? La sociedad nos hace como somos y nuestras decisiones personales, por lo general, no lo son tanto porque descubrimos que vienen condicionadas desde fuera, desde nuestro entorno más cercano, empeñado en cuidarnos y sobreprotegernos, en querer lo mejor para nosotros y nosotras. ¿Pero quién establece qué es lo mejor para una persona?, ¿no debería depender de cada individuo?

Romper esa madeja, salir de la parálisis de un mundo encerrado en el hogar para vivir el que hay en el exterior, recuperar las riendas de la propia vida son los temas que aborda Todos queremos lo mejor para ella. Los demás, en especial la familia con su exceso de cuidados, se convierten en obstáculos al construir el modelo que debemos seguir. Si lo asumimos, los resultados terminan siendo el acomodo, la falta de expectativas, la rutina y la pérdida de la capacidad para sentir emociones. Vivir se convierte en un letargo donde descubrimos que la vida ha dejado de merecer la pena vivir, que somos lo que otros nos han dicho que seamos. Cuando caemos es difícil levantarse, pues la caída nos hizo débiles y vulnerables. Sin embargo ese periodo en el que decidir ponernos en pie nos sirve para reflexionar sobre a dónde habíamos llegado, dónde queremos volver y si algo de todo eso merece la pena.

A Mar Coll le gusta construir un cine que viaja con igual fuerza al corazón que a la cabeza. Ella no es una directora que dé respuestas, por eso no dice que las decisiones libres de cada cual sean mejores, ni más satisfactorias que las bienintencionadas de quienes nos rodean. Esa paradoja está viva en la película, pero a pesar de las estupideces que se puedan emprender por iniciativa propia, en el público siempre está latente ese deseo de que no sean otros los que tomen las decisiones por ella. La protagonista, para recuperar su vida recurre a su época de juventud, a retomar los sueños que no pudo realizar, insinuando que toda la etapa de madurez que vino después no sirvió para nada, que estuvo lastrada de una insatisfacción no cumplida. El tiempo pasa y regresar atrás no es posible. Volver a ver a las amistades de entonces, tratar de repetir el camino de la imitación a quienes idealizamos en el pasado para compartir su presente no sirve. La vida no puede ser como antes.

Una parte de ese agobio vital tiene un trasfondo social, el de la una burguesía catalana clasista en proceso de reconversión y que también busca su lugar haciéndolo desde el mismo punto de partida inmovilista del que arranca la protagonista como «hija y mujer de». Le bastaría con usar los beneficios de clase, de nacimiento, para resolver su situación. Hay en toda la película una mirada de casta muy cerrada y estancada, donde se ocultan los fracasos como norma, y que sirve de elemento claustrofóbico de la misma manera que la familia. Esa pertenencia a la rancia burguesía y la manera de mirar cuando se forma parte de ella son otros condicionantes igual de pesados en el proceso que emprende la protagonista.


Trailer de Todos queremos lo mejor para ella
Lo que descubrimos es que la libertad es posible, pero que se encuentra condicionada y cuando la ejercemos trae consecuencias. Vemos que el mundo cambia cada día sin remedio y que esa movilidad produce distancias y diferencias. Observamos que no es sencillo ser sinceros, que hay prejuicios, sobreentendidos que preferimos no aclarar, dificultades en la comunicación y divergencias insalvables. Sabemos que en el fondo todos estamos solos porque nos cuesta transmitir las emociones más hondas. Así, vivir se transforma en un formalismo marcado entre límites sociales y las personas se van haciendo más calladas y taciturnas, asumiendo un rol que las sustituye.

Quien destaca es Nara Novas. Su sólida interpretación es el gran sostén de la película. Ella sola consigue la credibilidad y el realismo que el largometraje necesita. Algo le ayuda su contraposición con Valeria Bertuccelli en una especie de duelo interpretativo convertido en juego. El trabajo del resto de los personajes es el de acompañar y sobre todo obligarla a enfrentarse para poder encontrarse a sí misma.

Todos queremos lo mejor para ella es, como la primera de Mar Coll, una película pequeña, intimista, que circula por lo cotidiano, sin aspavientos. Y sin embargo resulta más profunda, más cargada de monotonía y mucho más triste. Esa losa de la hipocresía familiar de su primera película, en cierta forma, está superada en este segundo largometraje para dar paso a la etapa del tedio de una vida aparentemente resuelta pero que solo ha producido insatisfacciones por habernos negado a vivir nuestra propia vida y elegido la que nos traía el destino.

viernes, 8 de noviembre de 2013

El sistema quiere trabajadores que solo coman, duerman y mueran

Come, duerme, muere, la película que Suecia enviará a los Oscar

Cartel de la película Come, duerme, muere
Cartel de la película Come, duerme, muere
¿Por qué? Por la denuncia social.
Sería bueno que nos preguntásemos como afecta esta crisis a los ciudadanos suecos. Lo más probable es pensar que apenas les debe preocupar porque forman parte de un país rico con un estado del bienestar muy consolidado. Al menos, eso nos quieren dar a entender aquí, donde a menudo nos ponen a Suecia como ejemplo del paraíso hacia el que debemos encaminar nuestros pasos. Pero la realidad siempre resulta ser otra. Vivimos en un mundo globalizado que mira mucho los números y muy poco a las personas, ya sea en Somalia, la India, México, la república de Zambia, China, España o Suecia. Lo cierto es que sobramos muchos en ese universo ideal de cifras y competitividad, todos esos que no queremos «adaptarnos» para ser «útiles» al sistema en el grado que el sistema quiere, convirtiéndonos en inadaptados que se van quedando por el camino.

Gabriela Pichler, nacida en Suecia de padre austriaco y madre bosnia, nos acerca con su ópera prima Come, duerme, muere a esa realidad que ni sospechábamos. Su trabajo le ha valido llevarse los premios de la Academia Sueca de Cine a mejor directora, guion, película e interpretación (para Nermina Lukac en este caso). Además la película ha sido elegida para ser enviada a los Oscar representando a Suecia y ha ganado la Semana de la Crítica en Venecia y el Festival de Cine Europeo de Sevilla 2012. Algo que ni siquiera le ha garantizado una buena distribución en nuestro país.

La protagonista de Come, duerme, muere es una joven sueca de origen balcánico, musulmana y que vive con su padre, afectado por unos dolores de espalda que apenas le permiten trabajar. Así que con el dinero que gana ella subsisten los dos. Es buena en su trabajo, pues tiene una asombrosa rapidez que le permite ser capaz de empaquetar más hojas de rúcula que nadie, algo que debería servirle para mantener su puesto de trabajo en la pequeña fábrica local de envasado de productos vegetales, si alguna vez llegasen al pueblo los tiempos de los recortes. Aunque estamos en Suecia, los despidos llegan. No hay un patrón entre los que son despedidos, no depende de sus edades, ni del sexo, ni siquiera de sus capacidades o el puesto que desempeñan. Se quedan los que cobran menos. Esa es la cruda realidad. La ley de la competitividad, la de la oferta y la demanda aplicada a los puestos de trabajo, dicta que se obtiene un mayor beneficio con la mano de obra que aportan aquellos trabajadores con salarios más bajos, independientemente de su experiencia o su eficiencia. Todos y todas podemos estar en la calle mañana y no hay una garantía de justicia en la decisión.


Trailer promocional de la película Come, duerme, muere
En el pueblo no hay trabajo, ni lugar para la iniciativa. Está muerto laboralmente hablando. Las oportunidades habrá que buscarlas emigrando hacia las ciudades grandes que aún pueden ofrecer trabajos no cualificados o a otros países más ricos. Pero lo curioso es que estamos hablando de Suecia y descubrimos que está igual de carcomida por el neoliberalismo que los pobres países del sur de Europa. Pichler hace una película de denuncia a todo un sistema económico, sin levantar la voz, muy despacio, dando mucho tiempo a reflexionar, a establecer las relaciones, a comparar las situaciones, a ver hacia dónde nos llevan a las clases trabajadoras y las capas populares. El propio título de la cinta nos da una pista, el sistema quiere trabajadores que solo vivan para el trabajo: que coman, que duerman y que mueran, sin otra inquietud. El objetivo es convertirlos en esclavos totalmente dependientes de quien les ofrece un trabajo, tan a su merced que se vean obligados a aceptar cualquier condición para mantenerlo. El neoliberalismo lo degrada todo porque quiere regresar al comienzo de los tiempos de la revolución industrial con relación a la mano de obra.

El modelo que busca el capitalismo es el de la precariedad laboral, el de la incertidumbre, el de los favores sustituyendo a la justicia social. El sistema nos quiere inútiles para vivir, desmemoriados, sin iniciativa y sobre todos doblegados para que seamos trabajadores obedientes, flexibles y con mucha disposición a la movilidad. La experiencia o la eficacia se quedaron por el camino. La vida y el concepto de personas también se perdieron pues no reportan beneficio alguno al empresario que gobierna nuestras vidas.

El gran valor de Come, duerme, muere es el de humanizar los deshumanizado, obligando a mirar hacia las personas, a lo que son y en lo que se van convirtiendo.

jueves, 7 de noviembre de 2013

La vida como una sucesión de hechos intrascendentes

El tiempo de Plácido Meana es el primer largometraje de ficción de Kike Narcea

Cartel de la película El tiempo de Plácido Meana
Cartel de la película El tiempo de Plácido Meana
¿Por qué? Porque hay un cine diferente e imprevisible.
Cada día es más difícil estrenar una película en este país. El tiempo de Plácido Meana lo hizo al comienzo del verano, en dos salas, una de Madrid y otra en el Ferrol. Aguantó como pudo y desapareció. Apenas hay oportunidades para el cine pequeño, el que no tiene una gran distribuidora detrás. Les tocó salir a buscar los espectadores ya que no cuentan con esas gigantescas campañas de marketing que emplea la gran industria cinematográfica de los Estados Unidos. Aquí muy pocos cineastas se lo pueden permitir. Bastante complicado resulta conseguir una sala en la que estrenar. Es una pena que mucho de nuestro cine no llegue a proyectarse o que lo haga durante tan poco tiempo porque somos los espectadores quienes estamos perdiendo con esta situación.

El tiempo de Plácido Meana es de esas películas que merecía haberse visto mucho más. Kike Narcea ha hecho una buena comedia, un tanto disparatada y algo flipada, pero tan llena de ingenio como de dificultad para catalogarla. La película tiene un punto de naturalidad, por encima de la ingenuidad, que enamora. Y es que la vida no es otra cosa que una sucesión de hechos intrascendentes, y la mayoría de las veces, además, insatisfactorios. Asumir esa máxima y emplearla como materia prima para un largometraje es algo arriesgado. Sin embargo le sale bien, el espectador se entrega de primeras, venciendo todas sus reservas, y comienza a compartir el viaje de los protagonistas de la historia, unos personajes pasados que sin embargo no han perdido la capacidad de absorber lo que ocurre a su alrededor sin «despeinarse», por muy loco que sea lo que les cae encima. Ese aguante engancha.

La película es una gran mezcla en la que cabe de todo: un corto, un documental, el monólogo sobre Don Pinpón, una disertación en una librería de cómics alrededor de un personaje de la Guerra de las galaxias, contar un acoso, las charlas de café entre la camarera y una mujer cartero… Cada una de estas piezas encaja. Es cierto que podría haber ido por otros caminos, detenerse en otros instantes, pero la historia está al servicio del universo que se crea y para conformarlo de manera tan irreverente hay que dejar «trotar» con libertad a sus habitantes. Fuman, charlan, ven la tele, nos dan sus puntos de vista, su filosofía… y todo desde otra forma de contar, con otro ritmo.

Me gusta de El tiempo de Plácido Meana que está contado con historias convergentes, cotidianas y familiares. Algo que, en el fondo, nos permite entender las excentricidades y dejar lugar para que siempre se pueda resolver cada situación desde el lado más inesperado y de la manera más imprevisible. El espectador viaja de sorpresa en sorpresa, lejos de lo trillado, engañado por la magia de un buen contador de anécdotas.


Trailer de El tiempo de Plácido Meana
Su mensaje de la película es muy claro: quizá no deberíamos tomarnos las vida tan en serio. Su guion es tanto alucinado, con momentos que rozan lo absurdo y bastante friquismo. Y sin embargo sus diálogos entran bien, son directos y dicen lo que quieren decir sin la menor ambigüedad. Narcea juega a dar tiempo al tiempo, a construir con imágenes su mundo sin prisa. Cuando lo tiene, lo carga con acierto de crítica, de buen cine y de homenajes. La estructura crece por sí sola, dejando atrás la anécdota con la que arranca todo la historia. Son los personajes, los actores y actrices que hay tras ellos, quienes la asientan con solidez, cada uno haciendo su parte, enfocando hacia donde está la vida como único argumento. Lo demás son «macguffins».

El tiempo de Plácido Meana no deja títere con cabeza. Por reírse, la película llega a criticarse a sí misma, algo de agradecer y que denota una buena chispa de humor ácido. Sabe también huir de tópicos y si decide abordarlos lo hace poniendo la cámara en otro lugar, para que sintamos la diferencia.

Mientras sigamos sin decidir el modelo de cine en España, desojando esa margarita del patrocinio, el número de películas realizadas ha bajado. Parece que ese modelo político que la derecha nos quiere traer solo podrá llevarnos a dos tipos de películas; unas con abundante financiación privada, amparada por el dinero que van a desgravar las grandes empresas y el capital circulante que van a crear entre sus compañías subsidiarias, y el otras de bajísimo presupuesto. Para ese cine emergente que ahora se llama de «low cost», hecho con pocos medios, con mucho ingenio y con la ayuda de quienes forman el equipo volcados en conseguir llevar adelante su película, El tiempo de Plácido Meana tiene mucho que contarles.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Una España atrasada que prefiere cerrar la puerta al progreso

Galdós, en Doña Perfecta, se preguntaba por qué falló el proyecto liberal que quería modernizar España a finales del XIX


Miércoles 6 de noviembre de 2013. Centro Dramático Nacional. Teatro María Guerrero. Madrid

Cartel de la obra de teatro Doña Perfecta
Cartel de la obra de teatro Doña Perfecta
¿Por qué? Porque recuperando el pasado nos topamos con nuestro presente más doloroso
Ernesto Caballero, por segundo año consecutivo y con acierto, vuelve a traer Doña Perfecta a las tablas del Centro Dramático Nacional. Él mismo se ha encargado de realizar la versión desde la novela de Benito Pérez Galdós para volcar toda la rabia y la impotencia que la historia encierran. ¿Que existen segundas intenciones? Seguro, pero no hay nada malo en recuperar un drama que nos muestra una metáfora sencilla sobre el rancio atraso de la España que acabó con el liberalismo en 1875 y que muy posiblemente nos traerá a la mente comparaciones con el doloroso presente que nos toca vivir y asistir al asesinato del estado del bienestar con vileza e impunidad.

Galdós no entendía el camino que emprendía la España de su tiempo, se revelaba y defendía unas ideas progresistas a las que la derecha, el clero, un costumbrismo reaccionario y la casta conservadora que atesoraba las tierras y los medios económicos del país se oponían con firmeza. Se prefirió cerrar la puerta al progreso con tal de que nada cambiase, de que no se colasen los vientos del progreso que pudieran traer libertad, justicia e igualdad. Ya se encarga de dictar la «Santa Madre Iglesia» los preceptos morales que deben regir nuestro comportamiento con suficiencia y señalar lo indecoroso, lo que no se puede permitir bajo ningún concepto, lo que no es de españoles de bien. Cada vez que nuestro país quiere empezar a progresar siempre hay quienes se empecinan en que todo siga igual de atrasado.

Doña Perfecta es el enfrentamiento de lo nuevo contra lo viejo. El progreso viene de frente, quizá un poco impetuoso y arrogante, con la razón de sus ideas como única bandera. El estandarte que levanta el conservadurismo es un simple «siempre ha sido así». No lo agitan, solo lo mantienen visible colgado de sus balcones mientras se esconden bajo las faldas de una sotana, en la casa de la cacique del pueblo, en la cabeza de quien no tiene ideas de futuro y solo siente apego a una tierra y a una estirpe incuestionable de terratenientes e industriales de la que se asume esclavo porque siempre ha visto como favor personal lo que no es otra cosa que unas migajas de justicia y humanidad. El poder oscuro se ejerce con férrea mano y subterránea, sin dar la cara. Pero golpea con fuerza, sin miramientos ni ética, pues está acostumbrado a ganar. Y se regodea al explicar que la victoria bien vale el camino de trampas, que el fin justifica los medios porque santifica su moral y aniquila a quienes perdieron.

Vídeo promocional de la obra de teatro Doña Perfecta en el CDN
Duelen las burlas a la inteligencia y el retraso de la España triunfadora, la que defiende la tradición anquilosada, el conservadurismo y una garantía de «lo correcto» asegurada por las «buenas y sanas costumbres» por las que vela la iglesia retrógrada de púlpito y penitencia impuesta con sacrificio. Gana la hipocresía, lo subterráneo que no se puede mostrar por espantoso, el agua estancada y podrida que seguimos respirando hasta que un día nos ahoga y nos mata. Esa sinrazón hace más amarga la derrota, la convierte en injusta de una forma crónica y carga de complejos a quien la sufre. La impotencia lleva al ser humano por los caminos de la violencia, intentado sobreponer a los argumentos la fuerza bruta. Así le ocurre sobre el escenario al protagonista, a ese joven prometedor, cuando se da cuenta de que el discurso de la razón no sirve en nuestra sociedad. Llega la ira destemplada que la derechona siempre busca despertar para hacer que el fiel de la balanza marque el mismo peso a los argumentos de un lado y del otro. Pero no es así, no valen igual. La fe es una creencia básicamente injustificada que se salta los principios de la razón. El costumbrismo no es otra cosa que inmovilismo, un deseo de permanecer sin avanzar a costa de quien sea.

Siempre hemos tenido jóvenes bien formados, con ideas y capacidades; pero nunca no se les permite participar en la construcción del Estado. ¡Son demasiado jóvenes, aún no saben lo que es la vida, ya crecerán!, oímos decir a nada que peguemos el oído. Y su futuro se escapa como el agua entre los dedos, sin remedio. Se cansan, se van y no vuelven. Y al que se queda defendiendo en lo que cree lo hunden. No importa, dirán algunos de esos que siempre ganan, los que forman parte del dogma, la cerrazón y la terquedad, los mismos que aprietan para que nada de lo «suyo» se les escurra, los que cogen lo de los demás en el momento que los otros se descuidan.

Sobre el escenario no estaban Rajoy, ni Rubalcaba, ni Rouco Varela, pero yo les veía allí, con sus tejemajes para desbaratar nuestro futuro por perpetuar el beneficio de los suyos. Han cambiado sus caras, pero siguen siendo las manos que hay tras ellos las que nos gobiernan y nos condenan a ser un país recortado, de ciudadanos sin derechos. Viene a decir uno de los personajes que «En mi juventud, yo, lo mismo que mis hermanos y padre, padecía lamentable propensión a las más absurdas manías; pero aquí me tiene usted tan pasmosamente curado de ellas, que no conozco la existencia de tal enfermedad sino cuando la veo en los demás». Suena a ironía, a la misma clarividencia que se aplica a sí mismo nuestro presidente del gobierno. Quizá es algo que llevan de serie los fanáticos, quizá es sobre lo que nos quería prevenir Galdós.

Una escena de la obra de teatro Doña Perfecta
Una escena de la obra de teatro Doña Perfecta
Si me cautivó la historia, gran parte de la «culpa» la tienen las soberbias interpretaciones del elenco. José Luis Alcobendas borda sus dos papeles, que aún siendo secundarios no pasan desapercibidos, especialmente el de Don Cayetano, ese hombre que parece no querer nunca entrar en polémicas, ese ciudadano que hoy representaría la mayoría silenciosa a la que siempre se acoge el PP. Lola Casamayor da fuerza a la todopoderosa Doña Perfecta dejando que salgan por sus poros toda la maldad y la hipocresía que la consumen. Casamayor brilla especialmente en las escenas de enfrentamiento directo e indirecto con su sobrino. Roberto Enriquez ilusiona con una interpretación espléndida del joven progresista destinado a comerse el mundo, jugando siempre con la voz y sobre todo con la expresividad de su mirada. Pero si alguien destaca sobre todos es Alberto Jiménez dando vida al Penitenciario, ese oscuro clérigo que echa chispas por los ojos y que el actor modula a la perfección en uno de sus mejores trabajos. Es el personaje que interpreta un ser repulsivo y envenenado, y sin embargo me pasé la función deseando que estuviera siempre en escena.

La Doña Perfecta que ha montado Ernesto Caballerno no es el pasado rancio, es el presente que nos imponen los mismos de entonces, los que no se han movido y no quieren que los demás lo hagamos. Es un aviso.