lunes, 21 de noviembre de 2011

La apuesta por el cine lento

Tras el fin de semana, el Festival programa las películas más minoritarias

Al entrar al Jovellanos se escucha la música alta, no es que sea una estrategia para transmitir energía, sino que el Festival Internacional de Cine de Gijón cuenta con un DJ que anima con una sesión la espera antes de las películas. Va creando ambiente, con música instrumental en su mayoría y jugando con los platos, aunque obliga a que las conversaciones entre el público se hagan a voces. No es mala idea.

Sección oficial. Iceberg, historias del otro lado del río Tormes

Cartel de la película Iceberg
Cartel de la película Iceberg
Gabriel Velázquez, antes de la proyección, define su película con tres adjetivos: arriesgada, contemplativa y minimalista. Iceberg nos cuenta tres historias de adolescentes de pocas palabras, que ocurren en Salamanca, pero al otro lado del río Tormes, el que ya no forma parte de la ciudad, el que está escondido detrás. Ese otro lado del río parece más bien un cementerio donde van a vagabundear entre sus chopos las ánimas. Por esas mismas veredas y los espacios deshabitados, van paseando su soledad los protagonistas, cargando con el peso de lo que aún no saben resolver. Cada uno trata de hacer lo que cree que se espera de él, pero los límites los marcan sus propios caracteres, aún no saben lo que son. Apocados unos, valientes otros, desconcertados todos y conformistas en general.

No hay personas mayores que les tutelen y apenas si hay diálogos en Iceberg. Así que el uno frente a los demás se siente más que se cuenta. La violencia como forma de expresión sí que está presente con ese aire rebelde que lleva a destrozar por instinto.

Dos detalles destacables. El primero, la apuesta por la música popular y tradicional, por los sonidos de la flauta (dulzaina) y los golpes de tambor, que tan bien mezclan y contrastan en pantalla con la juventud y las dudas de los adolescentes. La segunda el ambiente creado para contarnos una historia, la que vemos, y sin embargo hacernos sentir otra más, la que va sumergida sin presentarse nunca. Es una película de mirada diferente, en la que una parte del público se marchó antes de finalizar la película y otra la aplaudió con fuerza durante los títulos de crédito.

Esbilla. Trumpet, regresos y perdidas

Trumpet es un cortometraje de Anna Petrus con muy pocas palabras, las que se necesitan tan solo para llamar al perro cuando se escapa. Habla de regresos y de pérdidas, de un pasado que se fue, de objetos amontonados, de abandonar una trompeta y de vagabundear. Buscar entre lo que otros tiran algo que necesitamos es el camino perfecto para perder lo poco que nos queda. Y al final, lo que queda, es no saber si ha servido de algo o simplemente es tiempo perdido.

Esbilla. Amanecidos describe a una generación por sus reacciones en situaciones anodinas

Tal vez la felicidad sea cantar todos juntos una canción de adolescentes en una roulotte camino de una playa infinita. No se sabe como se llega a la felicidad, lo que se comprueba desde el principio es que el camino que lleva hacia ella resulta siempre doloroso. Muchas veces es un sendero estrecho lleno de situaciones insustanciales. Así es Amanecidos, un ejercicio de describir la forma de ser de una generación por sus reacciones en momentos anodinos.

Yonay Boix y Pol Aregall plantean una película para hablar de soledades y también de la incomunicación, pues en el fondo, aunque estemos acompañados, nos comportamos como islas. Por Amanecidos van desfilando los estados de ánimo, que van cambiando en los protagonistas sin que ellos hayan encontrado las palabras para describirlos, pues son sensaciones para las que tienen dificultad a la hora de expresarlas, de contar lo que sienten a los demás.

Se les agradece a los directores que hayan sido breves y que no hayan sentido la necesidad de alargar la película cuando ya lo habían contado todo.

Rellumes. Osmdesát dopisů / Eighty Letters, cine checo

Cartel de la película Osmdesát dopisů / Eighty Letters
Cartel de la película Osmdesát dopisů / Eighty Letters
Osmdesát dopisů / Eighty Letters es una historia del checo Václav Kadrnka, inspirada en su propia infancia y ambientada en la Checoslovaquia comunista de 1987. Se trata de una película muy lenta, narrada desde el punto de vista de un niño que mira y observa. Lo que ocurren son esperas, una tras otra, y subir muchas escaleras para encontrarse siempre de frente con la burocracia, al final de cada largo e interminable pasillo. Nos habla de un padre emigrado en Gran Bretaña y una madre que quiere reunirse con su marido. El propio Václav es el hijo que contempla el papeleo que supone arreglar la situación para que les permitan iniciar el viaje.

Václav Kadrnka realizó un trabajo introspectivo para recuperar sus sentimientos y emociones que se grabaron en su infancia como una huella que perdura. Apagó los colores con gamas oscuras, buscó la luz de invierno y utilizó los primerísimos planos para evocar ese tiempo a ritmo lento del pasado, como si hubiera querido congelar la memoria. Jugó con sonidos repetitivos y añadió muchos silencios.

Al final una película en la que no pasa nada, llena de detalles, de pasado.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Día de buen cine hecho en francés

La sección oficial presenta dos importantes candidatas al palmarés de esta edición: La guerre est déclarée y Les Géants

Las cinco salas de los cines Centro son el corazón del Festival Internacional de Cine de Gijón, pero el FICXixón tiene más pantallas repartidas por la ciudad, como el teatro Jovellanos, el salón de actos del Antiguo Instituto, el teatro de la Laboral, los Cines Yelmo o el Centro Municipal Integrado de Pumarín. Todas abiertas al público, por las que pasan los autores para encontrarse con los espectadores y con precios bajos al alcance de todos, incluso con algunas películas de entrada libre. Es un festival «sin alfombras rojas», como le gusta decir a su director José Luis Cienfuegos, hecho para la gente.

Sección oficial. La guerre est déclarée, una grandísima película, muy dura y sin concesiones a la compasión

Cartel de la película La guerre est déclarée
Cartel de la película La guerre est déclarée
La francesa Valérie Donzelli consigue en La guerre est déclarée una película redonda, tanto por el texto, como por su impecable dirección y la rotunda interpretación que ella misma realiza. Julieta (Valérie Donzelli) y Romeo (Jérémie Elkaϊm) son una pareja compenetrada. Se quieren, se entienden y se divierten. Juntos deben enfrentarse a una prueba demasiado dolorosa, la enfermedad de su hijo Adán, que medirá la resistencia de su amor. Una prueba devastadora que no solo forja sus caracteres sino que tensa hasta los límites finales el aguante de sus protagonistas.

Es una historia bien contada, con el ritmo que necesita en cada momento, que emociona, directa e impactante, que consigue dejar sin aire al espectador en varias escenas y que bien vale unas lágrimas, pero con una virtud excepcional: que huye en todo momento de la compasión. Es coraje lo que nos muestra, fortaleza, pasos hacia delante y también muchos hundimientos, momentos en que el dolor les vence y agota. El ánimo sube y baja como en una montaña rusa, su paso por los diferentes estadios está subrayado con muchísimo acierto por cada una de las canciones con que se acompañan y que resultan la mejor descripción, una música que expresa perfectamente los matices de cada momento y que nos va llevando con precisión por cada uno de ellos. Hay humor, una cierta crítica a quien considera la vida burguesa como la normal y mucho respeto con las decisiones de los demás. Es una película de izquierdas, hecha sin prejuicios, progresista, valiente y dedicada a la Sanidad pública y a los profesionales que trabajan en ella.

La guerre est déclarée merece conseguir estar dentro del palmarés de esta edición.

Esbilla Asturiana. Memoria de nuestras abuelas, un documental necesario y mejorable

Lucía Herrera y Juan Luis Ruiz firman el documental Memoria de nuestras abuelas. Se trata de un trabajo de entrevistas a distintas mujeres, para darles voz. Busca ser una construcción colectiva de la memoria histórica, exigente con lo que sucedió en este país durante la Guerra Civil y la posterior dictadura fascista y colocando el foco sobre las mujeres.

Si bien tiene emoción escuchar los recuerdos y los puntos de vista sobre la sociedad actual de estas mujeres con voz propia y muchas historias que contar, el documental se encuentra un tanto deslavazado, como si fuese un collage hecho de pinceladas. No hay una estructura que lo sustente en un hilo común, ni siquiera bloques con suficiente entidad que orienten en el objetivo buscado. De algunas entrevistas debería aparecer más material en el resultado final, pues se echa en falta mayor profundidad y formar un contexto que ayude a entender lo contado. Quedarse con una frase brillante no siempre es suficiente para transmitir un mensaje completo. Cada una de estas mujeres tiene una historia que hay que contar de principio a fin.

Sección oficial. Les Géants, chicos abandonados a su suerte, chicos sin esperanza

Cartel de la película Les Géants
Cartel de la película Les Géants
Bouli Lanners, director belga, presenta en la Sección Oficial su película Les Géants, una película con dos hermanos adolescentes de protagonistas. Tienen 15 y 13 años y se creen ya gigantes, que pueden con todo. Se hace evidente desde el principio que su madre les ha abandonado allí, en el pueblo de su familia y sin ningún adulto que se haga responsable de ellos. A los dos hermanos se les une un tercer adolescente más, un chico que sufre maltrato físico. Juntos tratan de sobrevivir, intentando vivir una vida sin mayores, como de fiesta permanente, sin normas. No es que quieran elegir ese camino, como todo niño preferirían tener a su alrededor el cariño de una familia y a quien les fuese marcando lo que hacer.

Sin familia, solos van desparramando y sin querer todo se va complicando. El mundo les enseña que cada decisión trae consecuencias y que ellos no estaban preparados para tomarlas. Todo se desploma a su alrededor, se les acaba el dinero, les timan en todos los negocios que emprenden… Lo único que les queda es la sensación de grupo, la protección que unos se dan a otros.

Les Géants es una película que hace pensar y que nos muestra hacia dónde lleva la despreocupación de unos padres sin responsabilidad. Duele ver el camino sin esperanza que toman unos muchachos abandonados.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Mil historias, mil formas de contarlas

Tomboy recibe calurosos aplausos del público

Cartel del 49 FICXixón
Cartel del 49 FICXixón
La ciudad de Gijón se siente orgullosa de su Festival Internacional de Cine y no hay en ella un solo rincón en sus calles, escaparate o lugar donde colgar un cartel que no se engalane presumido con él. Es obra, como los ocho anteriores, del diseñador gijonés Marco Recuero. Es innegable su encanto, no sé si por la luz amarillenta de la fotografía, los dos ojos que miran con curiosidad, la línea marcada y recta de un flequillo perfecto, las pestañas con rimel, los poros tapados con maquillaje, por los labios delicados o por el conjunto de la expresión que logra el rostro, tal vez de una joven espectadora ante una pantalla de cine.

Sección oficial. The Future, más «arte» que «cine»

The Future, de la directora y artista Miranda July, arranca con el monólogo de un gato. Son las reflexiones, las explicaciones de los huecos que las imágenes de la película van a dejar. Al principio resulta original introducir un personaje con el que desentrañar la historia que nos va a contar. Jason (Hamihs Linklater) y Sophie (Miranda July) son una pareja a punto de cumplir los treinta y cinco; viven cómodamente, con cierta pereza, pero son felices, se ríen y disfrutan de la vida. Sienten que se hacen mayores, que el futuro se les hace presente y piensan que con la edad les debe llegar la obligación de tomar responsabilidades, de dejar ya de posponer la siguiente etapa en la que deberían estar inmersos. Mirando hacia atrás perciben que no han vivido la vida que soñaron, se sienten incompletos, y en ese repaso se bloquean tratando de reinventarse. Jason se busca mostrándose atento a las señales que vienen de fuera, como si necesitase un guía externo para vivir, y Sophie toma el camino clásico de familia tradicional, algo que resulta inexplicable en la película. La pareja salta en pedazos sin haber sido capaces de entender que su relación, tras cuatro años, aún estaba comenzando.

Buena fotografía e ingenio son las armas con las que despega, y en los primeros minutos la forma de narrar, las imágenes del principio y la historia van atrapando al espectador que encuentra puntos de contacto, similitudes y complicidades con los personajes. Luego se va cargando de cierto nihilismo con el que expresar la vaciedad de la vida moderna tan dependiente de Internet. Después viene el declive: la división del tiempo en dos líneas paralelas, el surrealismo… Incluso los monólogos del gato empiezan a resultar cansinos. Pero es el diálogo de Jason (Hamihs Linklater) con la luna su mayor déficit, pues muestra a las claras que la directora ha elegido contar los sentimientos de sus personajes directamente con palabras, insegura de si ha podido o no transmitir todo lo que quería con las imágenes que ha ido construyendo en la película. Es el punto en que el espectador se despega totalmente de la película y pierde la mayor parte de la curiosidad, pues The Future se precipita por otro camino, el de lo artístico, lo simbólico y la dosis de ciencia-ficción, elementos todos que empañan los resultados, cayendo sobre la película como una losa y haciendo que la segunda mitad de la película se emborrone y tire por tierra el excelente trabajo de la primera parte.

Michael Glawogger. Haiku, trabajamos por dinero para gastar

Haiku es un pequeño cortometraje de Michael Glawogger, cineasta al que el Festival rinde homenaje este año al proyectar su última película en la sección oficial y dedicarle una retrospectiva de su obra. El corto destaca por su fuerza, ya que en tres minutos logra transmitir la dureza y monotonía del trabajo. Lo hace con la repetición de algunas imágenes y de la frase «dinero para la compra», pero sobre todo con el ritmo acompasado de los sonidos de una acería que funcionan como potente corazón de Haiku.

Michael Glawogger. Workingman’s Death, el esfuerzo de ganarse un jornal

Una escena de la película Workingman’s Death
Una escena de la película Workingman’s Death
En Europa se cierran las acerías para convertirse en museos de ocio y entretenimiento. Uno de estos casos es el de Düsseldorf donde han transformado una de ellas en un lugar turístico donde al caer la noche se proyecta un espectáculo de luces. En Europa buscamos trabajos cómodos, de despacho, alejados de lo manual y hay que irse a otros países para mostrar que las condiciones de los trabajadores no han mejorado mucho. Para ello, Michael Glawogger, visita cinco lugares del planeta desde los que mostrarnos esta aplastante realidad. Elige una mina en Ucrania, cargadores de azufre en Indonesia, un supermercado de carne en Nigeria, un desguace de barcos en Pakistan y una fábrica siderúrgica en China.

Son trabajos extenuantes realizados en las peores condiciones y casi siempre de forma ilegal, de dureza extrema que consiguen hacernos sentir que arrancamos las vetas de carbón con nuestras propias uñas, haciéndonos arrastrar por sus angostas galerías, sintiendo la claustrofobia, transportando pesadas cargas sobre nuestras espaldas mientras los turistas nos fotografían, desollando entre barro la carne de centenares de vacas cada día. Workingman’s Death es un documental convertido en un reflejo de la injusticia global de este mundo, donde vemos hombres –nunca aparecen mujeres- trabajando o hablando de su trabajo, describiendo su día a día con normalidad, nunca les parece que hagan nada extraordinario, simplemente están ganándose su pequeño jornal. A veces lo hacen en entornos naturales de gran belleza, pero ni siquiera lo perciben, pues el esfuerzo que requieren sus tareas convierte en invisible para ellos esos paisajes.

Rellumes. Tomboy: Laure quiere ser Michael

Cartel de la película Tomboy
Cartel de la película Tomboy
La directora francesa Céline Sciamma firma una gran película que el festival proyecta en la sección Rellumes. Nos habla de identidades sexuales en formación, de descubrimientos que se afianzan y que se muestran aunque aún no haya capacidad de verbalizarlos en esa etapa de la infancia, de decisiones y de juegos. Laure quiere ser Michael y aprovecha que su familia se muda a un nuevo domicilio para presentarse así a la pandilla de críos del edificio. A todo problema siempre hay una solución por rocambolesca que parezca, pues seguir adelante es mejor que pararse a descubrir el engaño. En toda acción queda un resquicio, un pequeño riesgo de ser descubierta, y eso genera adrenalina a los dos lados de la pantalla. Vivir es eso.

El engaño no puede durar, tiene fecha de caducidad: el final del verano, lo que genera una curiosidad por ver de qué forma se resolverá la situación. Se hace sin resquicios, con naturalidad, pero de forma rotunda. Las últimas escenas se plasman precisas, no permitiendo lugar para los equívocos, sabemos que no ha sido un juego, sino que hay una determinación en su protagonista, que no tiene confusiones ni dudas y que sabe lo que siente.

Tomboy es una delicada película, hecha con mucha sensibilidad, bien construida, estupendamente filmada y con un guion sólido que el público agradeció con sonoros aplausos a su finalización.

viernes, 18 de noviembre de 2011

El FicXixón elige Take Shelter para inaugurar su 49 edición

Se abren nueve días intensos llenos de cine de autor

Son tiempos difíciles para mantener un Festival de Cine, ahora que la derecha amenaza con recortes allí donde gobierna, especialmente en el ámbito cultural. Hay que hacer malabares para mantener una forma de entender la cultura, para ofrecer a una ciudadanía un festival ambicioso, arriesgado en muchas de sus apuestas, diferente y aún así llenar las salas. El cine se hace para pensar con él y para disfrutar de él. Así arranca una año más, con el trabajo inmenso e intenso de un buen equipo, el Festival Internacional de Cine de Gijón de 2011.

Sección oficial. Take Shelter, una sociedad de miedos

Cartel de la película Take Shelter
Cartel de la película Take Shelter
Take Shelter es una película del cine independiente que se hace en los Estados Unidos, con la que el Festival Internacional de Cine de Gijón ha elegido abrir su 49 edición.

Curtis (Michael Shanon) es un hombre modélico: enérgico trabajador, amante esposo y padre de una niña que sufre sordera. Por las noches empieza a tener pesadillas atroces en las que llega una tormenta apocalíptica y durante la cual observa comportamientos violentos a su alrededor. ¿Qué son de verdad esas pesadillas?, ¿un presagio?, ¿el camino irreversible de un proceso que conduce hacia la esquizofrenia?

De Curtis vamos sabiendo detalles, antecedentes de una situación familiar de demencia, y con sus pocas palabras descubrimos la soledad que le produjo aquello en el pasado, cuando el tenía solo 10 años. Mientras, la obsesión de su presagio afianza la sensación de locura, de luchar uno solo contra el mundo. Después se empieza a confirmar otro de los síntomas, las alucinaciones. Take Shelter bien podría haberse quedado en una película angustiosa sobre las dudas que crea en una persona el hecho de sentir que se está comenzando el camino de un proceso esquizofrénico, pero da un paso más, con valentía, para hablarnos también de la sociedad, de sus miedos y de cómo han ido llegando para quedarse. Jeff Nichols, su director, pinta con pericia su sociedad, la de los EE.UU., donde la Sanidad la cubre un seguro médico que paga la empresa como un beneficio social y que a la vez hace a los trabajadores más dependientes y solícitos hacia los esfuerzos que pida el patrón, donde los bancos aprietan a la hora de conceder créditos pues no están los tiempos para dispendiar, donde la mujer de Curtis, para ganarse un sobresueldo, cose por encargo y también vende lo que confecciona en un mercadillo, donde la iglesia pone deberes y tira de las orejas a los que se descarrían. En esos márgenes, Take Shelter se muestra como una película sobresaliente. Los miedos personales se han convertido en generales, en defectos de esta sociedad que camina hacia una catástrofe. No es extraño que la locura nos ronde cerca. Ese proceso propio de Curtis llena de angustia y sus pesadillas producen terror, plasmadas con una verosimilitud que sobrecoge, pero es el proceso social que hay detrás, más soterrado, el que desnuda al espectador y le hace sentir indefenso, sobre todo con la profundidad de la voz de Curtis que nos recuerda a un John Wayne vencido. Si ya no se puede confiar en las percepciones propias, la sociedad, llena de fisuras, es incapaz de proteger a nadie, no es extraño que la mirada se vuelva hacia la familia cercana y la confianza se deposita en aquellos a los que se quiere para encontrar la solución a nuestras angustias convertidas en enfermedad.

Llendes. Alvorada Vermelha, la crudeza del trabajo en un mercado

Aún de noche, comienza el trabajo en el Mercado Vermelha de Macao. Durante casi media hora desfilan antes los ojos del espectador la actividad de los puestos, principalmente su preparación. Tedio y repetición, días iguales unos tras otros. Trasladar carne, apretarse el mandil, ponerse los guantes, colocarse el mandil y trabajar. Pequeños rituales que se convierten en costumbre. Sobrecoge ver la rutina diaria, pero más aún como la vida se va escapando. Un ligero corte sobre el cuello de una gallina y lanzarla al cubo para que se desangre. Después otra y repetir el mismo gesto. Sin rictus en la cara, sin sentimiento, porque es la tarea de convertir un animal en comida. Lo mismo el pescadero con sus peces y ver, como aún troceados, estos siguen coleando. La sensibilidad nos pone alerta, nos habla de imágenes que nos hieren, pero no son otra cosa que cotidianidad dentro de un mercado. En realidad no hay violencia sólo crudeza. Darse cuenta de ese matiz es lo que permite seguir con atención la secuencia de imágenes de esta parte documental.

João Rui Guerra da Mata y João Pedro Rodrigues dirigen Alvorada Vermelha, un pequeño documental que consigue hacerse interesante de ver, más profundo y directo de lo que parece tras su comienzo. No tiene diálogos, pero no los necesita, el ser humano trabajando con sus manos se explica sin necesidad de palabras. Lo que sí requeriría una explicación son las pocas imágenes fantásticas que se insertan en él, donde una sirena tal vez funcione como válvula de escape.

Llendes. La muerte de Pinochet revivida por cuatro esperpentos

Una escena de la película La muerte de Pinochet
Una escena de la película La muerte de Pinochet
Bettina Perut e Iván Osnovikoff construyen, a su particular manera, el documental La muerte de Pinochet. La primera palabra que me viene al verlo es incómodo, porque presiento que nadie se va a encontrar a gusto ante su proyección, porque no abundan los argumentos, porque en realidad no trata de explicarse sino de moverse entre lo grotesco.

En el momento que fallece Pinochet, Perut y Osnovikoff se van, cámara en mano, al Hospital Militar para captar lo que ocurra. Con la etiqueta de «press» en su solapa filman. Consiguen un buen archivo de imágenes y para darle una forma más artística, pasado el tiempo buscan a cuatro de aquellas personas que aparecen entre lo grabado haciendo bulto, para repasar con ellas las sensaciones de aquel día y recrear lo vivido. Nos encontramos con dos pinochetistas exacerbados, un borracho y un hombre de izquierdas, un poco loco, que recuerda a Allende y compara las dos figuras. Discursos manidos, construidos desde lo visceral, tejidos con mentiras convertidas en axiomas…

Según avanza perdemos la referencia de la palabra por lo estético, o más bien por lo contrario, con esos largos primeros planos (medio ojo, una boca, el principio del bigote…) que muestran fealdad a la vez que nos conducen por lo deforme hacia lo esperpéntico. No es fácil encontrar un punto desde el que desenredar la madeja que supone La muerte de Pinochet. Uno se pregunta si será la burla, el deseo de ridiculizar las posturas de los protagonistas del documental o simplemente el interés de mostrarnos con patetismo unos ideales trasnochados. Sin embargo el documental elige un camino pendiente que conduce hacia el vacío, o como mucho a un pequeño conjunto de estampas.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Sigue siendo poema José María Alfaya

José María Alfaya plantea un concierto reivindicando la poesía escrita por grandes mujeres caribeñas


Sábado 5 de noviembre de 2011. Asociación Cultural Yemayá. Madrid


Cartel de presentación del concierto de José María Alfaya en el Yemayá
Cartel de presentación del concierto de José María Alfaya
José María Alfaya es un luchador, un militante de izquierdas, de las de verdad, las que están más allá de esas socialdemocracias. Si le pides a él que se defina, unos días te dirá que es un cantautor de guardia y otros que cantautor de la tercera edad. Siempre le tenemos de guardia porque está dispuesto a atender cualquier llamada y salir disparado y con urgencia para subirse a un escenario que le necesita, donde sea y a cualquier hora. Pero más aún, está de guardia porque su compromiso político y los tiempos que vivimos, los de ahora y los de antes, le obligan a permanecer alerta. Lo de la tercera edad puede ser, tal vez, porque luce canas y reivindica el derecho a una vejez que siga expresándose públicamente en nuestra sociedad, que participe activamente en ella. Jugador de la palabra, de esos que desnudan lo políticamente correcto para que entendamos el significado de lo que nos escuchamos en los medios –también de lo que se callan-, y lo hace con ironía, reivindicando el uso de la inteligencia y alejándose del mercantilismo.

Cantautor y músico polifacético, José María Alfaya es conocido por su retranca y el sarcasmo político-social de sus canciones, que se condimentan a partes similares con humor y compromiso. Aunque últimamente viene hablando de otras cosas: le ha dado por musicar poemas de grandes mujeres caribeñas, especialmente de Carilda Oliver (Cuba) y Julia de Burgos (Puerto Rico). Explica que el concierto de esta noche así lo ha planteado, cargado de poesía, coraje de mujer y sensualidad. Como todo concierto, tiene sus intenciones y Alfaya comienza declarándolas con el tema de Pedro Mir A capriccio. Arranca acompañándose de su guitarra, con voz fuerte, melodiosa y entonada. Silban sus eses en un acento rico, que mece y arrulla. Elige, con intención, un poema de Julia de Burgos, A José Martí, para seguir. Lo canta Mónica Yebra con su voz impresionante, llena de dulzura, y los oídos se deshacen al escucharla.

José María Alfaya en una foto de archivo
José María Alfaya en una foto de archivo
Es el turno de Canela en rama, un tema que Alfaya ha construido sobre un texto de Valle Inclán. No tiene reparo en parar a medias, pues entre el público, Pepe Tarduchi, su compañero de andanzas musicales, está cantando. Le pide que se acerque al escenario para hacerlo juntos. Parecen dos niños traviesos. Mónica Yebra, que le acompaña esta noche con su voz, interpreta Nada, sobre un poema de Julia de Burgos. La canción resulta una delicia, pues el aire del local se llena, contagiado, de sentimientos y temblores. A dos voces, la de Alfaya y la de Yebra, hacen Dicen que soy, basada en un poema de Carilda Oliver. Siguen Es necesario a veces y Elegía por mi presencia. Regresan después a Julia de Burgos para hacer Oh lentitud del mar. La noche está encendida, con la piel sensible que solo sabe poner la poesía cuando recita el Discurso de Eva de Carilda Oliver, un clamor directo. Vuelve a las canciones con La loba, de Etnairis Rivera.

Otra parte importante del concierto son las charlas animadas de Alfaya con las que presenta los temas y que este cronista se ve incapaz de reproducir pues desvelaría una de los mayores encantos de estos conciertos y que precisan ser vividos en directo. Así, cuando van a hacer La cita rota se deshace en explicaciones sobre la fina ironía de Carilda Oliver en este poema en el que nos cuenta el detalle de una mujer preparándose para una cita que al final no se cumple, y el fino sentido del humor con el que la propia mujer describe ese despecho. A La mañana está de lluvia le sigue el recitado de los versos de Que mueras primero amor.

A José María Alfaya y Mónica Yebra les acompaña en el escenario Quico Aladro, con cajón, palillos y sonidos de percusión. Alfaya comenta que tiene mucho mérito, pues le llama para que venga y no le dice que canciones van a formar el repertorio, así que Aladro se toma los conciertos como si fuesen de jazz improvisado, saltando de sorpresa en sorpresa.

Hacen Dame tu hora perdida de Julia de Burgos , recitan El beso de Carilda Oliver Recitado y siguen cantando otra canción de esta cubana, Me desordeno, que suena dulce y hermosa. De Julia de Burgos y a dos voces, interpretan Voy a hacer un rompeolas, otra canción intensa. Vuelven a Carilda Oliver con Adiós, Lo digo porque lo siento y Sombra seré que no dama para la que Alfaya pide la participación activa del público con un estribillo onomatopéyico y étnico, que resulta tan especial como divertido. Eligen cerrar con Réplica, de Julia de Burgos, por su fuerza y porque condensa esta maravillosa velada musical.

No se pueden ir así, el público reclama más, y con sorpresa Alfaya le pasa la guitarra a Mónica Yebra, quien nos va hacer dos poemas de Julia de Burgos en solitario. El primero es Canción Amarga y el segundo Yo quiero darme a ti, que es la primera vez que lo interpreta en público. El sentimiento que su voz transmite convierte en mágica la noche y un estado hipnótico muy cercano a la felicidad nos embarga a todos.

Tampoco así se pueden ir, ante la insistencia, Alfaya recupera la guitarra y pide a Pepe Tarduchi que vuelva al escenario para que le haga coros con Yebra. Es el momento de Caperucita roja una canción de Alfaya de la época del Campamento de la Esperanza y la Dignidad de los trabajadores de Sintel.

Después lo prometido, como Mónica Yebra estaba de celebración, el público le canto Cumpleaños Feliz con todo su corazón.

A modo de pequeño anecdotario: José María Alfaya nació en Ceuta y estudió en Granada. Mientras estudiaba su carrera de Filosofía y Letras comenzó su actividad sindical y política. Se vio obligado a marchar de cooperante y exiliado a Argelia. En 1975 le llega el indulto que ofrecía la amnistía a cambio de la pérdida de memoria. Aún así decide quedarse en Marruecos como trabajador sociocultural. Regresa a España en 1984 y es uno de los periodos de paro cuando comienza a cantar en bares y otros escenarios. Se declara aficionado a la cienci-ficción y además marxista-darwinista, reclamando la práctica diaria del humor político y creyendo en la inteligencia del pueblo (organizado).