viernes, 14 de enero de 2011

Animal Kingdom sabe a cine criminal clásico

David Michôd debuta con su ópera prima Animal Kingdom, una película que nos muestra cómo el crimen y la delincuencia se desarrollan a nuestro alrededor

Cartel de la película Animal Kingdom
Cartel de la película Animal Kingdom
Siempre se agradece una buena película. Animal Kingdom es de las de este grupo. Un largometraje sobrio, coherente y armado sobre una historia interesante que se va perfilando con crudeza y cargándose de una brutalidad que se respira más allá de la pantalla. Y lo hace sin recrearse en la violencia explícita, con los disparos justos, algo que a la larga resulta muy real y ayuda al espectador a que consiga sentirse parte de la ficción y no una mera persona sentada en la butaca de un cine comiendo palomitas.

Engancha desde los primeros fotogramas, donde David Michôd, su director, va trazando con firmeza cada uno de los pasos que se van a dar en ella. Con personajes bien descritos y mejor desarrollados, habla de una banda de atracadores en Melburne. Todos los miembros pertenecen a la misma familia, así que esos lazos sanguíneos marcan el destino, el estilo de vida, la educación y los valores. Encerrado en un microcosmos, no hay a quién contarle el secreto, así que la tela de araña va creciendo y sumergiendo al protagonista para que le resulte imposible encontrar vías de escape, o lo que es lo mismo: condenándole a la misma vida de miedos que arrastran el resto de los miembros de la familia.

La familia se rige por una jerarquía establecida y desarrollando un instinto familiar de protección entre los fuertes que protegen y los débiles que son protegidos, pues el mundo que hay fuera está construido sobre el principio de la selva, el que augura que sólo el más fuerte sobrevive.

Laura Wheelwright y James Frecheville en una escena de la película Animal Kingdom
Laura Wheelwright y James Frecheville en una escena de la película Animal Kingdom
Los personajes conviven con el crimen y la delincuencia, pero también con el amor o el deseo y se debaten entre dilemas morales que se mueven en un amplio espectro que va desde la lealtad a la traición. Y es que Animal Kingdom es una película compleja, recubierta de muchas capas que la enriquecen a la hora de realizar cualquier interpretación sobre la película. Sus personajes van alternándose con juicio, brillando algunos al principio de la película para luego desaparecer y otros no apareciendo hasta la mitad de la historia. Vamos asistiendo de esta forma a una especie de cadena de relevos, donde unos les pasan el testigo –el foco de la cámara- a otros. Técnicas estas que sirven para mantener la gran intensidad que se persigue durante todo el metraje y que logran que no decaiga.

La película juega sobre el filo de una navaja, pues podía resultar fácil que se convirtiera en una historia que ensalza la criminalidad y que transforma en celebridades a los delincuentes. Pero algo inmoral y reprobable vemos en ellos. Es quizá uno de sus mayores aciertos, el mantenerse alerta con sensatez y no dejarse caer en el triunfalismo ni en el romanticismo que suele acompañar a las gestas de los mafiosos. Para retratar este mundo y adentrarnos en su interior, el director nos lo muestra a través de los ojos de un joven sobrino al que la familia acoge. Él será nuestro guía por ese mundo de descenso, vivirá su crisis en un tiempo en el que la delincuencia ya no tiene ventajas. Sabe que en cualquier momento puede salir mal parado, así que no le queda otra que vivir con esa angustia.

El joven sobrino nos da la perspectiva de quien se siente fuera de lugar. Habla poco. Intenta mantener una vida normal, poniendo de manifiesto de qué forma el crimen y la delincuencia conviven y se filtran dentro de nuestra sociedad, estando siempre presentes entre nosotros, levemente camuflados, casi sin que nos demos cuenta. Su debate moral e interno es el mismo que nos quiere señalar el director y su forma de resolverlo nos enseña que la inteligencia es el principal valor en cualquier terreno. A los gángsters ya no les sirve la fuerza, ni el coraje que se pedía años antes. Son otros tiempos, lo de la destrucción. Sus propios parientes ya han iniciado ese camino de derrumbe. No lo dicen pero todos se van dando cuenta de que sus actividades ilegales van perdiendo lucro, devaluadas y sin la rentabilidad de antes. Malhumorados por tener que vivir una vida escondida, llena de miedo, que difícilmente se puede justificar, que no les compensa. Pero es la única que conocen y delinquir lo único que saben hacer.

Animal Kingdom resulta una ópera prima ambiciosa, sin fisuras, que emociona y sorprende porque se construye sobre un buen suspense. La interpretación de todo el elenco es excelente, resultando en todo momento natural y dotando a todo el film de un gran realismo. Otro de sus mayores valores es la ejecución constante de numerosos giros que, además de mantener el interés, hacen que de pronto todo cambie, se vuelva patas arriba y surja un nuevo periodo de adaptación a la nueva situación que afianza el guión y nos enriquece como espectadores.

De Animal Kingdom se podría decir que sabe a cine criminal clásico, pues se trata de una película contada con un lenguaje cinematográfico y una estructura convencionales, que es capaz de abordar con maestría el tema de las venganzas, a veces directas, de tiro en la nuca, y otras soterradas. Destaca en ella su final sorprendente, de esos que hacen exclamar al espectador porque no se lo esperaba.

No es extraño que se llevara el premio del jurado en el último Sundance y que llegue a nuestra cartelera como uno de los estrenos del año.

A modo de pequeño anecdotario: David Michôd antes de dedicarse a esto de hacer películas, entre los años 2003 y 2006, se ganaba la vida como redactor jefe de Inside Film, una publicación de la industria cinematográfica.

Michôd es un autor que ha ganado un reconocido prestigio gracias a los cortometrajes que ha realizado y los premios que éstos han recibido. Crossbow ganó el Premio al Mejor Cortometraje en el Melbourne International Film y el premio como Mejor Guión en los AFI Awards. Con Netherland Dwarf fue galardonado en el Aspen Shortsfest. En 2009, Solo, el documental que co-dirigió con Jen Peedom, recibió el premio al Mejor Documental hecho en menos de una hora en el AFI.

miércoles, 5 de enero de 2011

No controles... la risa

Borja Cobeaga, director de No controles, define el largometraje como «la jungla de cristal del amor»

Cartel de la película No controles
Cartel de la película No controles
No hay retórica. No controles es una comedia de situación que se basa en los personajes, capaces de hacer el ridículo sin quererlo, tiernos e inocentes, sin maldades. Y ese humor, el de mantener la ingenuidad en este mundo de «vampiros» y competitividad como valor único, funciona por contraposición. No hay más pretensiones, y ahí radica su grandeza: quiere que el espectador se ría, deje todo aquello que le pesa a la puerta del cine y pase el mejor rato posible.

Todos decían que Cobeaga se la jugaba con la nueva película que realizase. Es cierto que existen muchos motivos de tranquilidad: que sus cortometrajes habían circulado de boca en boca, que Pagafantas se convirtió en un éxito de público y crítica… Pero en esto del humor y la comedia hay quien sigue pensando que acertar es pura casualidad. Así que unos y otros esperaban el estreno. Y Cobeaga ganó. Ha vuelto a desarrollar una estupenda comedia donde se escuchan las risas y carcajadas del público de la sala. No sé si el director ha descubierto el secreto milenario de la risa y lo va a seguir explotando, pero seguro que se acabaran las especulaciones. Que Borja Cobeaga y Diego San José se junten para preparar un guión garantiza el buen humor. Son una pareja de escritores compenetrada y talentosa que no se pierden por las ramas. Acidez y verborrea desde donde mirar la realidad.

El acierto de No controles no es fruto del azar, sino del trabajo, del reparto y de que todo el mundo se lo pasa bien en el rodaje. Actores y actrices consiguen ese buen rollo y la diversión se transmite desde el otro lado de la pantalla y se contagia. Asistimos perplejos a una «jungla de cristal del amor», a un salvar el mundo que no es otra cosa que anteponer los sentimientos, que entender la materia de la que estamos hechos.

Mariví Bilbao, Unax Ugalde, Alexandra Jiménez y Ramón Barea en una escena de la película No controles
Mariví Bilbao, Unax Ugalde, Alexandra Jiménez y Ramón Barea en una escena de la película No controles
Una película coral con un reparto excelente, cimentado en tres grandes interpretaciones de sus protagonistas: Unax Ugalde, Alexandra Jiménez y Julián López. Cada uno brilla en su personaje. Unax lo hace con su ternura, mientras que Alexandra borda un papel lleno de lucidez y Julián consigue sobrevivir con su desternillante manejo de las situaciones más absurdas. Juancarlitros, el personaje de Julián, es el típico amigo del que todos huyen, tan bromista como pesado, que de tanto querer agradar termina por estropearlo todo a su alrededor. Y sin embargo, el actor logra convertirlo en entrañable. No están solos, pues se encuentran arropados por un trouppe de excelentes cómicos como Mariam Hernández, Secun de la Rosa, Miguel Ángel Muñoz, Mariví Bilbao y Ramón Barea que consiguen que sus pequeños personajes secundarios tengan también su gloria.

Nos reímos de lo cotidiano, de lo que les pasa a otros pero que nos podía haber ocurrido a nosotros, de aquello con lo que nos identificamos a diario. Son pequeños tics que tenemos controlados, porque sabemos que si los dejamos crecer y convertirse en exagerados nos transformarán en seres patéticos, como los que pueblan el submundo de las películas de Cobeaga. El mecanismo es sencillo, dejar funcionar ese gesto característico que escapa de nuestro control, exagerarlo, pero sin perder ese poso de nosotros mismos, esa humanidad que convierte lo ridículo en tierno, lo que hace que queramos que ganen los buenos.

Y detrás hay un transfondo de soledades, de vacíos que queremos llenar. De asunciones de una realidad contra la que hay que enfrentarse a diario. Esos molinos que nunca son imaginarios, pero que con gigantes invencibles, o enanos morales si queremos, entran mejor.

Todo ocurre en una Nochevieja, cuando por adversidades meteorológicas se suspenden los vuelos de un aeropuerto. El mundo, lo real, se para de golpe, para darnos una oportunidad, pues todo va a ser excepcional, como fuera de un guión, donde podremos o no enmendar los errores.

Lo vasco, como superación, con un tratamiento cómico del que también es posible reírse, es otra de las características del cine de Cobeaga. Se ríe de sí mismo, de lo que representa. Dice el director, y no sé si es como broma pues visto lo visto le veo muy capaz, que ya prepara su siguiente película y que será una comedia sobre el conflicto vasco. Algo muy complicado en palabras de su director, pero que tendrá detalles hilarantes que no desveló.

La risa no perdura, ni siquiera los chistes que una vez nos gustaron nos harán en otra siquiera sonreír. Así que no pierdan la oportunidad; vayan al cine, y ríanse.

A modo de pequeño anecdotario: La película transcurre en una fría noche de invierno, con una gran nevada, capas de hielo... Bueno, pues la realidad es que estas localizaciones se rodaron en pleno mes de julio y con calor en Bilbao y Madrid. Cuenta Cobeaga que tenían 40 grados centígrados con abrigo y que por solidaridad con los actores, el primer día hasta el director se llegó a poner una bufanda que terminó quitándose a los cinco minutos. Al día siguiente se compró unas bermudas.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Todas las canciones hablan de mí: lo que llega tras una ruptura sentimental

Porque uno no se da cuenta del valor de lo que tiene hasta que lo pierde

Cartel de la película Todas las canciones hablan de mí
Cartel de la película
Todas las canciones hablan de mí
De Todas las canciones hablan de mí se podría decir que es una comedia romántica, pero ambas palabras resultan contrarias al sentido real de la película. No es una comedia, pues sus protagonistas son chicos inteligentes que viven sin proezas, con cierta tristeza incluso, apesadumbrados, sin encontrar su verdadero lugar, en proyecto de búsqueda, descartando valores, prototipos y metas que no sienten, camino de una felicidad que se dan cuentan que resulta siempre intangible. No es romántica, pues habla del final de un amor, roto sin querer, sin saber, sin posibilidad de pasar página. Lo romántico se encuentra tal vez entre la melancolía y la nostalgia con las que sobrellevar la ruptura.

Cuenta Jonás Trueba, su director, que la película «apuesta por la vida que vivimos, no por la que supuestamente tendríamos que vivir» y eso, como las canciones, nos la acercan y la hacen próxima, tanto como para identificarse no sólo con la melodía de Todas las canciones hablan de mí sino con las sensaciones por las que van pasando cada uno de sus personajes. Es ante todo una película auto-identificativa, que nos dice que por nuevo que nos parezca un sentimiento otros ya lo sufrieron.

Hay un camino de búsqueda de la felicidad emprendido por su protagonista, Ramiro Lastra (Oriol Vila), que quiere llegar a conclusiones con su propia experiencia. Algo le pesa, le lastra, y es una amargura de darle vueltas a todo y no atrapar lo bueno que nos rodea, dejar escapar el instante por un concepto abstracto superior que se ha construido. ¿Qué es la felicidad?, ¿cómo la reconoceré cuando llegue?, ¿dónde se puede encontrar la felicidad que a uno le toca?, ¿qué se queda en el camino de esa búsqueda? Las respuestas se encuentran en las canciones, en nosotros mismos que reflejamos y somos reflejo de sus estribillos.

Oriol Vila y Bárbara Lennie en una escena de la película Todas las canciones hablan de mí
Oriol Vila y Bárbara Lennie en una escena de la película Todas las canciones hablan de mí
Sin querer uno se pone melancólico, o filosófico que viene a ser lo mismo, cada vez que quiere hablar de la película. No hay tal opción, es algo que se puede llevar a un terreno más simple, más intuitivo –caminos por los que se desenvuelve a la perfección la película-, para contar las historias de jóvenes que apenas han dejado atrás la adolescencia y la primera juventud, pero que se han visto obligados a empezar a asumir las responsabilidades de una madurez pesada sobre la que les han enseñado que cada acto tiene su consecuencia. Surge el drama de ser joven y se muestra la incapacidad frustrante de admitir lo imposible de poder abarcarlo todo. Lo cercano nos asusta y ponemos distancia por medio, hablamos de aquello que desconocemos con fascinación, magnificamos lo inconcreto porque nos rendimos a lo material que lleva pegado cada día, a la posibilidad de que todo lo que queda siga siendo igual. No sabemos si queremos rutina o emociones.

Trueba recurre a su propia voz en off durante el largometraje en varios momentos, lo que permite completar la mirada parcial de los personajes. De la misma forma, las canciones que suenan durante la película nos hablan de lo que los protagonistas callan, y con ellas nos expresan la otra mitad de la escena. Es la banda sonara un pilar cargado de intenciones sobre el que se construye la película. Suenan Franco Battiato, Bola de Nieve, Bill Evans, Aroah… pero es Nacho Vegas con su canción Crujidos quien nos da la pieza clave, la que explica de pies a cabeza la historia y además la califica como algo que en realidad no es una tragedia ni un drama, más bien algo a superar.

Siguiendo con los aciertos, la estructura narrativa de la historia, en su vaivén entre lo complejo y lo más sencillo resulta perfecta. Además se construye utilizando recursos de la Literatura. Hay muchos libros en esta película donde lo literario se presenta de forma fluida, ordenada y sabiamente fragmentada, acompañando a la perfección la historia. Sobre esta estructura Jonás Trueba imprime su ritmo, que resulta personal, novedoso y cinematográfico para adentrarnos en lo íntimo de sus personajes, los cuales han sido trazados con firmeza y constancia. Así vemos la mirada de Ramiro (Oriol Vila) que desnuda todo su interior; o la templanza de Andrea (Bárbara Lennie) tan confundida como él pero que parece tenerlo todo más claro, como si caminara un paso por delante. Asistimos a sus discusiones, en las que nunca se levanta la voz, en las que realmente no se muestra nada roto, que se van cargando las contradicciones a arrastrar. Y el reparto lo asume y lo interpreta con naturalidad, con la justa medida de las cosas que hacen el guiso sabroso. No en vano dice Jonás Trueba que «una película vale lo que luce el trabajo de sus intérpretes».

Por si fuera poco, la película recorre las mismas calles por las que camino a diario, a través de mi propia geografía recorro esos puntos propios que me anclan a la ciudad, a lo cotidiano de mi vida y a lo universal de tantas otras. Hay, también, un amor profundo por los libros que comparto con Todas las canciones hablan de mí. Su protagonista tiene un caminar rápido, como de quien llega tarde a una cita en un lugar que aún queda lejos. Un andar con autoimpuesta e innecesaria prisa que, al igual que le pasa a muchos madrileños, he ido perfeccionando durante años, pero que visto en la pantalla me causa una amplia sonrisa. Incluso suelo llevar en invierno un abrigo tres cuartos, no como el del protagonista pero que tiene similitudes. Porque hay una timidez latente, como de cierta vergüenza, de fracasos e insatisfacciones, y aún así resulta optimista.

Es una película muy personal, y sin embargo me gusta sobre todo porque me siento identificado con ella, por lo explicado antes y también por sentirme como uno de tantos chicos tristes que sienten que todas las canciones hablan de ellos, porque les cuentan sobre las ilusiones que tuvieron y les ratifica en aquellas pocas batallas que una vez ganaron. Sensaciones por la que pasamos todos.

A modo de pequeño anecdotario: Jonás Trueba ha trabajado de guionista para películas como Más pena que Gloria, Vete de mí y El baile de la Victoria. Entre una y otra ha podido dirigir el cortometraje Cero en conciencia, preparar una obra de teatro Pienso a menudo en ti, editar libros de cine para Plot Ediciones y escribir un blog de cine llamado El viento sopla donde quiere en el diario elmundo.es.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Facebook deshabilita el perfil de Fiesta PCE

Cartel de la Fiesta PCE 2010
Cartel de la Fiesta PCE 2010
En la tarde del día 2 de diciembre, desapareció el perfil de Fiesta PCE en Facebook. No hubo aviso previo ni ninguna explicación posterior, simplemente al intentar acceder aparecía un mensaje indicando que dicho perfil se encontraba deshabilitado. Facebook ponía así, de forma unilateral, el punto final de más de un año de trabajo informativo para difundir la Fiesta del PCE entre sus simpatizantes. Año y medio manteniendo una actividad social con cinco mil amigos del perfil y otros tantos de la página asociada a dicho perfil que nos permitió seguir creciendo cuando alcanzamos el tope de amistades que permite el sistema y que también ha desaparecido. Diecinueve meses informando, añadiendo las crónicas, subiendo las fotografías. Quinientos cincuenta días con nuestro carácter festivo, sin ofender, intercambiando opiniones, siendo un puente entre comunistas.

Se ha intentado recuperar el perfil a través del formulario y enviando correos electrónicos a los diferentes departamentos de la empresa sin obtener ninguna respuesta, ni explicación. Su muro de silencio se convierte en un comportamiento despótico que produce un sentimiento de indefensión. Se puede entender que Facebook es una empresa privada, que presta un servicio gratuito y que además puede variar las condiciones de dicho servicio cuando considere oportuno. La Fiesta del PCE es una reunión festiva anual de los militantes y simpatizantes del partido político español PCE, un partido democrático que concurre a las elecciones nacionales dentro de la coalición IU y que tiene representación parlamentaria. La Fiesta del PCE no es una persona física pero ya lleva 33 años celebrándose cada mes de septiembre y en ese tiempo ha ido haciendo amigos en la vida como las personas reales. Creo que son motivos suficientes como para permitir la existencia virtual de la Fiesta del PCE en una red social.

El perfil deshabilitado de la Fiesta del PCE es un aviso de nuestras limitaciones como usuarios. Se hace necesaria una reflexión sobre el uso de las redes sociales cuando éstas dependen de una empresa que busca un beneficio concreto y que por tanto condiciona y manipula el sentido de la herramienta para hacerlo coincidente con sus intereses.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Neds: Cuando los jóvenes ya no tienen futuro

Da lo mismo la inteligencia, las calles marcan el destino

Cartel de la película Neds
Cartel de la película Neds
Neds es una película fatalista, de las que avisa sobre que estos tiempos no permiten esperanzas para nuestros jóvenes si no hay intervenciones sociales que resuelvan las raíces del problema. El entorno funciona como condicionante de la realidad y es imposible escapar de él. Da lo mismo los esfuerzos que se realicen.

Neds es un film valiente y directo, que nos habla de un niño John McGill (Conor McCarron) con una prometedora infancia: premios en el colegio como mejor alumno, monaguillo… Su hermano es otra cosa, un delincuente juvenil que ya no vive en casa, un hogar que se va haciendo siniestro y en el que presentimos situaciones difíciles. Todo cambia cuando John tiene que pasar al instituto, entonces se convierte en víctima del acoso de los mayores por ser novato y empollón y además le colocan en una clase de segundo nivel porque aún se acuerdan de su hermano. No importa, lucha y se supera, pero ha entrado en una espiral de la que no va a salir tras pedir ayuda a su hermano y entrar a formar parte de una nueva pandilla. A partir de aquí se convierte en un verdugo que utiliza la violencia como único camino y lentamente va apartando su inteligencia. Alcanza un punto de no retorno, su nueva realidad deja de gustarle, le asusta incluso, pues sabe perfectamente a donde le conducirá, los problemas de su casa no parecen tener solución y ya no es el tiempo de simular que no le afectan. Pero no es posible volver, el camino elegido no permite marcha atrás.

El largometraje es el recorrido de John hasta convertirse en un joven No Educado y Delincuente (NED). Este viaje que emprende el chico, intentando encontrar su lugar desesperadamente, nos sitúa en el Glasgow deprimido de los años 70 y sus suburbios. Son problemas que siguen vigentes, que se han desarrollado con mayor virulencia y que seguirán afectando a los jóvenes.

Conor McCarron en una escena de la película Neds
Conor McCarron en una escena de la película Neds
¿Entre que pueden elegir? Formarse bajo el estigma de pertenecer al suburbio, donde la fuerza siempre prevalece sobre la cabeza, o dejarse arrastrar para sobrevivir. No resulta difícil decantarse entre la vida que representa su hermano, ampararse en la seguridad que le ofrece su apellido, ganarse el respeto de sus amigos a golpes, la facilidad para acercarse a las chicas que ahora le hacen caso… La violencia es una forma de escape, un camino emprendido que permite desahogar al protagonista todo aquello de su entorno que le va carcomiendo, una forma de ganar reconocimiento y respeto. A la larga no tiene futuro y John lo intuye desde el principio, sabe que cada paso que da le hunde un poco más en la cloaca, le aleja de una vida con futuro.

Punto fuerte es el personaje del padre de John, débil, alcohólico y maltratador, que ofrece las imágenes más crudas de la película. Sin duda señala el condicionante que arrastra el chico, su desesperanza en la vida, su imposibilidad de escalar en la pirámide social, pues le dice tanto de dónde viene como hasta dónde le van a dejar llegar. Su padre son los límites que cierran toda posibilidad.

La escuela tampoco es una solución, en ella vemos excelentes profesores, pero que unos ya se han rendido y otros, los que aún tienen ilusión por cambiar las cosas, la van a perder pronto. Lo que queda al fondo, es el barracón de los desperdicios, la clase abandonada donde van los irrecuperables para que no molesten al resto, dándoles por perdidos, encerrándoles allí para malgastar su tiempo.

No hay compasión en Neds, sin salidas fáciles, la película duele porque habla de la impotencia de los seres humanos. Ese, sin duda, es el valor que la convierte en una gran película.

Destacan dos interpretaciones. Sobre todo, la del adolescente Conor McCarron que sostiene la historia, que contiene toda la emoción y que permite cada uno de los estallidos en mil pedazos en que se convierte su vida cada vez que toma una decisión equivocada. Y la de Peter Mullan que se deja más que la piel en su trabajo interpretativo.

Neds compitió en la Sección oficial Festival de cine de San Sebastián 2010 y se convirtió en la ganadora al llevarse la Concha de oro a mejor película y Conor McCarron la Concha de plata a mejor actor.

Me gustó la película sobre todo por atreverse a enfrentar al espectador con una realidad que no ha cambiado en cuarenta años, que es dura, pero por la que no se hace nada para cambiarla. Un largometraje con buen ritmo y acción, hecho para no dejar indiferente a nadie.

A modo de pequeño anecdotario: Peter Mullan no sólo es el director y guionista de Neds sino que aprovechando su experiencia de actor se reserva el papel del padre atormentado y borracho en la película. Comenta Mullan que dicho personaje tiene cierta relación con su propio padre, pero que el real aún era peor que éste. Su hermano temía que la interpretación le pudiese afectar psicológicamente, así que pensó en ofrecerle el papel a Brendan Gleeson. Pero al final, por pura economía, se decidió a hacerlo el mismo.

Como director ha realizado tres cortometrajes: -Close (Premio Marc Samuelson 1993 a la Mejor Película), Good Day for the Bad Guys y Fridge (ganador del BAFTA Escocés)- y dos largos - Orphans (Premios ISVEMA, Pierrot y de la Crítica en el Festival de Venecia 1998, Mejor Película en el Festival de París 1998) y Las hermanas de la Magdalena (León de Oro en el Festival de Venecia 2002; Premio Descubrimiento en el Festival de Toronto 2002 y Premio Media en el Festival de Cannes 2003)-.