lunes, 14 de marzo de 2005

De vuelta de Bilbao


GugenheimHe pasado el fin de semana en Bilbao. Me fui a tomar unos «pintxos». Era la primera vez que estaba y me impresionó encontrarme con una ciudad tan grande en la que vivir se hace de una forma sencilla. Donde los paseos se llenan de gente que va y viene, mira y espera, ríe y camina. Es una ciudad moderna y alegre, en construcción -como nos pasa siempre en Madrid-, con sus bares rellenos de saber gastronómico y conversaciones de futbol. Caminar por sus calles y plazas es una delicia, sobre todo si acompaña el sol. No encontré ninguna tensión, no vi por ningún lado esa ciudad crispada y dividida por el plan Ibarretxe y el terrorismo que intentan reflejar en la televisión. Creo que los vascos han encontrado el camino de vivir su vida, como la quieren y como se merecen. No sé si lo ha enseñado la ría, que separaba en dos la ciudad y que hoy en día es un hilo conductor que mezcla y confunde ambos márgenes. Entre una orilla y otra siempre hay un puente que cruzar.

Caminé mucho en dos días para poder respirar el aire de tantos sitios con encanto, para verlo todo. Lo único malo, lo cansado que estoy hoy.

viernes, 11 de marzo de 2005

Habana blues


Cartel de la película Habana BluesAyer tuve la suerte de ver el preestreno de la nueva película de Benito Zambrano. Se titula Habana Blues y cuenta la historia de dos músicos cubanos. En realidad habla de raíces y de las decisiones que tomamos cada día, de lo que elegimos y de lo que dejamos atrás. Nos presenta la isla de Cuba de manera realista -ese es un gran logro-, enseñándonos una Cuba difícil de vivir pero no imposible, con sus valores y toda su humanidad. Vemos diferentes actitudes ante la vida y vemos constantemente a cada uno de los personajes escoger y decidir por sí mismos. Es una película llena de valores, comprometida y de esas que merece la pena ver para no olvidarmos de quienes somos.

La banda sonora también es muy buena, mezcla de gran variedad de estilos: rock, hip hop, heavy... -todo hecho en la isla con músicos de allí-. Hasta aquí no nos había llegado toda esa riqueza, por eso ha sido todo un descubrimiento para mí.

jueves, 10 de marzo de 2005

El estatuto de los trabajadores


Obreros trabajandoPara empezar un aniversario. Hoy se celebra el veinticinco aniversario del Estatuto de los trabajadores. A mí me parecía que lo teníamos desde hace un centenar de años, pero no es así la legislación sobre los derechos y deberes de los trabajadores es aún muy reciente. Debemos recapacitar en estos días sobre quién ha impulsado los avances en la defensa de la clase obrera. La sociedad actual plantea dos modelos a seguir. El primero es una lucha individual del trabajador defendiéndose a sí mismo a través de acuerdos y concesiones directas negociadas con el empresario para el que trabaja (el empresario paternalista defiende que se consigue mucho más por esta vía). El segundo es la asociación dentro de las organizaciones sindicales. El primero se basa en lo magnamidad de nuestra casta empresarial, se consiguen beneficios temporales, según los márgenes que el empresario estime oportuno y hasta que decida cancelarlos; no es equitativo generalmente, suelen ser ventajas que ya recoge el convenio del sector pero que no estaban en uso dentro de la empresa, su aplicación no es continua, por lo que no mejora la lucha sindical, y tiene un pequeño matiz egoista ya que lo que alcance cada uno se venderá como un logro de sus méritos. El segundo se apoya en la capacidad de nuestros dirigentes sindicales. Desde hace años yo aposté por lo segundo, soy afiliado a CC.OO. y me siento muy orgulloso de ello. Cierto que los representantes sindicales no gozan en este momento de buena prensa entre los propios trabajadores y se les cuelgan muchas etiquetas, pero creo que es el único camino útil para mejorar la situación de cada uno de nosotros, tanto individual como colectivamente. Nos restan demasiadas luchas como para tirar la toalla: el pleno empleo, la jornada de treinta y cinco horas, la humanización del trabajo... ¡Queda tanto camino por recorrer!

Para terminar una noticia, se ha presentado la lista de las cinco novelas aspirantes al premio de la Fundación José Manuel Lara Hernández. Este galardón lo concede la alianza de once grandes editoriales literarias españolas. A este premio cada una de las editoriales presenta un total de tres novelas que considera las más importantes del año. En esta edición los finalistas son: 2066, de Roberto Bolaño (Anagrama); Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez (Mondadori); Castillos de cartón, de Almudena Grandes (Tusquets); Al morir don Quijote, de Andrés Trapiello (Destino) y La mosca soldado, de Marcio Veloz (Siruela)

miércoles, 9 de marzo de 2005

«Malentendido»


Oktubre 2003Hoy me he puesto con los deberes para el taller literario. Esta quincena tenemos que trabajar sobre «un malentendido». He empezado a tejer la historia de un boxeador que llegó a campeón del mundo, pero que no le dieron el título. En realidad no hubo ningún malentendido, sino que su apodo es «Malentendido». He mezclado demasiado. He descrito una historia trágica de la guerra que marca la infancia del protagonista y la rabia que le motiva a boxear. He contado la facilidad con la que vence en todos los combates. He presentado a la hija del entrenador como punto de inflexión para la revancha del pasado. Le ha dado felicidad con ella y le he vuelto a golpear para que de nuevo pierda todo lo que tiene.

Escribiendo todo esto me han venido muchas dudas sobre la historia, qué necesita y qué le sobra. ¿De verdad necesito que le hayan negado el título mundial? ¿Por qué se lo han negado -no encuentro una historia coherente-? ¿Por qué tengo que conseguir que sea feliz por un instante? ¿No es mejor un ambiente sordido durante todo el tiempo? Mañana le daré otra vuelta.

Anoche terminé La sustancia interior de Lorenzo Silva. Es una novela muy simbólica, llena de posibles lecturas y que es sencillo interpretar en ellas situaciones personales de cada uno.

martes, 8 de marzo de 2005

El panadero de mi pueblo


Hace dos semanas a estas horas estaba en un taller literario impartido por Luis Landero en la Casa Encendida. Nos propuso un tema para que comprobáramos que se puede escribir de cualquier asunto; de todos tenemos algo que decir. Nos dictó sólo una regla, que deberíamos comenzar el relato diciendo «el panadero de mi barrio».

Me resulta muy difícil escribir sobre mí mismo y «el panadero de mi pueblo» me trae a cuestas en sus cestos de pan mi infancia. Voy a intentar dibujar la historia. Nací en un pueblecito de la Ribera del Órbigo en León dónde viví hasta los tres años. Compartíamos casa con mis abuelos maternos. Mi nacimiento me había convertido en el primer nieto por ambas partes, lo que estableció un vínculo muy fuerte, especialmente con mi abuelo Elías (el padre de mi madre). Cuando cumplí tres años cambiamos de ciudad varias veces hasta que nos establecimos finalmente en León capital. Mis cuatro abuelos se quedaron en Carrizo.

Furgoneta citroên 2CVEl panadero de mi pueblo, el señor Antón, venía en su furgoneta citroên dos caballos a la capital dos veces por semana a vender su pan: los miércoles y los sábados. También pasaba por nuestra casa ya que nosotros le comprabamos a él nuestro pan.

Cuando cumplí seis o siete años Antón pasó a desempeñar un papel muy importante e ilusionante en mi vida que se repetiría hasta los doce o trece años. Muchos sábados, cuando llegaba la primavera, venía con él mi abuelo Elías. Recuerdo esos sábados en que Antón tocaba el timbre, gritaba «el panadero» y yo bajaba corriendo las escaleras, empujando a mi madre incluso, para ver si había venido mi abuelo. Si estaba significaba que había venido por mí para llevarme al pueblo. Todos hacíamos un poco el paripé, mi abuelo le decía «siento haber venido sin avisarte, pero me gustaría llevarme a Javi el fin de semana». Mi madre en principio se negaba, para que yo rogase un poco y al final cedía y me iba con ellos. Si todavía tenía colegio mis padres irían el domingo a recogerme, si por el contrario, estaba de vacaciones esas estancias solían prolongarse durante varias semanas y algunos años incluso todo el verano.

Recuerdo esos viajes en que yo me sentaba atrás, entre todo el pan, e íbamos recorriendo el resto de la ruta; de cómo abría la puerta de atrás y Antón me pedía hogazas o barras de pan que yo iba escogiendo y entregándole. «Una barra de pan que esté muy cocida» y me iba al cesto y buscaba la que mejor cumplía el requisito. Las señoras me hacían mimos y carantoñas, mientras mi abuelo me miraba y yo me reía. Creo que en aquellos momentos los ojos de mi abuelo me hacían sentirme importante y querido; me decían que yo podía ser feliz y llegar a donde quisiera.

Recuerdo también la amistad que se tenían ambos; aquellas mañanas en que íbamos los dos a verle hacer el pan. Recuerdo el olor de la harina, mis manos jugando con la masa como si fuera plastilina y sus voces, charlando siempre de política.