lunes, 14 de junio de 2010

Blanca Helga: «Me considero una constructora de pequeños munditos»

Blanca Helga, una artista cargada de sensibilidad


Blanca Helga durante la entrevista
Blanca Helga durante la entrevista
Visito a Blanca Helga en Studio Banana, donde tiene su lugar de trabajo. Delgada, de facciones afiladas, mientras la escucho veo sus manos moverse, explicándolo todo. A primeras se ve que es una artista con una sensibilidad a flor de piel. Se muestra quizá algo nerviosa al principio, pero la conversación va sacando la persona que lleva dentro, una llena de inteligencia, con ganas, muy inquieta y poseedora de un mundo interior plagado de historias.

Javi Álvarez (JA): ¿Quién es Blanca Helga?

Blanca Helga (BH): Una persona creativa, con muchas inquietudes, curiosidad y creo que con sensibilidad artística. En realidad más que sensibilidad es una necesidad de plasmar mis sueños, mis cuentos, mis historias... como si siempre estuviese tratando de dar salida a un chorro de imágenes que me llegan. Normalmente me salen personajes. No es tanto que estén previamente en mi cabeza, siento más como que surgieran de algún lado y a través de mí llegaran al papel. Quizá vengan de mi subconsciente. Tengo una gran necesidad de interpretarlas y llevarlas a la realidad. No sé, como una puerta que conecta con el mundo de la fantasía. También me doy cuenta de que cuanto más trabajo hay más tropel de personajes esperando.

JA: Entonces, ¿qué hay que decir para definirte?

BH: Cuando me piden que defina mi trabajo suelo decir que me considero una constructora de pequeños munditos. También me he descrito como imaginatriz, pero ahora me suena un poco peor. Constructora de munditos, sí.

JA: ¿En qué disciplinas trabajas más cómoda?

BH: Con las que más a gusto me siento y más me motivan son, sobre todo, la ilustración y también el cine animado. Al final es todo un poco lo mismo. Lo que me interesa es juntar la imagen con el lado narrativo. No es como el arte con mayúsculas donde quizá su concepto es más filosófico, sino que a mí me importa mucho la parte de cuento, de narración, de fantasía, de historia.

JA: ¿Cuál es tu formación?

BH: Soy autodidacta. Siempre he dibujado. Estudié un año Diseño. Dos de Cine de Animación. Hice fotografía...

Mariposa amarilla. De la exposición Papeles apropiados en Banana Studio
Mariposa amarilla.
De la exposición Papeles apropiados en Banana Studio
JA: ¿De qué trabajos tuyos me puedes hablar?

BH: La pena es que vas renegando de algunos de ellos, supongo que porque vas evolucionando y aprendiendo. Ahora tengo más cariño a mi faceta de collage y, aunque lo veo un poco más lejano, también a mi corto Historia de un caballito azul. En la parte de cine de animación éste corto es lo que más me representa y en la ilustración todos mis personajes, collages, esculturas bidimesnionales y tridimensionales hechas de papel.

JA: ¿Cómo fue lo de hacer un corto?

BH: Después de muchos estudios variados, que incluyen la carrera de informática, cursé dos años de cine de animación. Historia de un caballito azul surge como si fuera el proyecto fin de carrera. Aunque hacer un corto de animación es un proceso bastante largo y tiene mucho trabajo, lo que supone tener que contar con un equipo, quise hacer esta historia yo sola. Al final busqué un músico que me compusiera la música original. Encontré a Jerry Urazán Razzini que estudiaba música y estaba aprendiendo. Fue una lucha entre los dos para conseguir la música.

Lo mandamos a varios sitios y lo seleccionaron para el Festival de Sant Joan de Alacant y el Dunas de Fuerteventura. En este último nos nominaron a la mejor banda sonora original, al mejor corto muy corto, al mejor cortometraje de animación y al premio del público joven. Al final fue bonito que nos dieran el premio a la mejor música, es una manera de recompensar el trabajo de Jerry. Nos invitaron a ir, nos enseñaron la isla, nos llevaron a varios eventos culturales y nos trataron muy bien, en realidad ese fue el mejor premio.

Después a través de Playtime Audiovisuales, se estrenó en las salas Off Limit de Madrid y NIU de Barcelona. Es otro circuito de exhibición para un corto, buscando sitios alternativos, salas de arte...

JA: Historia de un caballito azul, ¿es tú única animación conocida?

BH: No. Me llamaron para integrar animaciones en un documental de imágenes reales. Fue una experiencia muy curiosa porque se trataba de una tendencia llamada «slowtime» que es un movimiento que reivindica el valor del tiempo lento ante la vida tan estresada y rápida en la que vivimos. No conocía nada de ésto. Frente al «fastfood» la propuesta de esta tendencia es el «slowfood»: cocinar con cariño y dedicándole tiempo. El documental mostraba la restauración de una casona en Granada con métodos árabes muy antiguos. Aquí querían introducir, como contraposición, unas animaciones de la muñeca estresada a la que le pasaba de todo. Se hizo para Documentos TV.

JA: Me hablabas también de que te sientes muy identificada con tus collages, ¿alguna exposición?

BH: El año pasado estuve en cuatro exposiciones colectivas. Aquí, en Studio Banana, tuve una con gente bastante reconocida. Fue una exposición exclusivamente de collage que se tituló Papeles Apropiados. Me hizo ilusión participar en una selección tan bonita con ellos. Otra fue una exposición de muñecos en la sala Mediodía Chica y que se llamo Caucho, telas y otras pieles. También nos dejaron un espacio un fin de semana que montamos y desmontamos nosotros, fue la Exposición Espontánea que organizaba el Colectivo Ja. Expuse en otra colectiva, Dfest en la sala Matadero de Madrid en algo más variado, con fotografías...

Ilustración realizada para la novela Nada de Carmen Laforet
Andrea recuerda con nostalgia cuando en los veranos se bañaba en el río de su pueblo y se dejaba mecer por la corriente.
Ilustración realizada para la novela Nada de Carmen Laforet
JA: Y también ilustras, ¿verdad?

BH: Pues sí, colaboro con el Ministerio de Educación haciendo libros clásicos. Voy a empezar con ellos otros dos proyectos de ilustración. Se trata de las novelas Los Tres Mosqueteros y Huckleberry Finn. Tengo ganas de ponerme con algún proyecto propio. Uno de mis mayores deseos es llegar a publicar en papel un libro de cuentos infantiles ilustrado, uno que me permita bastante espacio para la creatividad.

JA: ¿Cómo llegas a Studio Banana?

BH: Yo antes trabajaba en casa, lo que me producía agobio. Lo conocí por una amiga, vine y me encantó. Es un lugar que te permite contactar y conocer a personas creativas que trabajan con lenguajes similares. Así que decidí venirme. Llevo un año aquí y estoy muy contenta de la decisión. Desde entonces me siento mejor y además está al lado de mi casa. Es bastante internacional, hay muchos que vienen del extranjero. Es divertido, se hablan muchos idiomas.

JA: ¿Cómo funciona?

BH: Cada persona alquila un espacio. Yo tengo mi mesa, tienes Internet... Pero además hay una intención de que haya interacción entre la gente, lo que propicia que se realicen actividades culturales. Tenemos charlas, recepciones, talleres, exposiciones.... Algunos viernes se hace el Banana Shake, donde se presentan trabajos de compañeros del estudio. Sobre las escaleras de acceso se colocan almohadones y lo convertimos en un anfiteatro. Con una pantalla y un proyector se realizan las presentaciones y luego hacemos una fiesta con lo que hemos traído de casa cada uno. También es un espacio que permite colaboraciones entre la gente del estudio. Los que llevan el estudio son arquitectos.

JA: Estudiaste informática, ¿cuéntame?

BH: Yo creía que me gustaba. Cuando llegó el momento de elegir una carrera, yo era buena en ciencias, me lo pasaba bien programando y me gustaba intentar dibujar con el ordenador que tenía. Así que pensaba que me gustaba. Me parecía una herramienta para crear cosas. Pero la carrera no tenía nada que ver con esa idea. El primer año me dije «todavía no hemos dado informática», el segundo ya me pregunté «qué hago aquí». Por un lado la parte artística siempre había estado conmigo, lo había intentado suplir o alimentar con distintas actividades. En la Facultad de Informática con el grupo de teatro, la revista, dibujar. Siempre he dibujado, desde pequeña. Y una de mis vocaciones de pequeña era ilustrar libros. Lo que no sé es cómo me fui tanto. Cuando elegí informática no había sitio donde estudiar ilustración, entonces no había tantas opciones de formarse en diseño o animación, son carreras más nuevas.

Dragón Rosa del Eyjafjalla
Dragón Rosa del Eyjafjalla
JA: ¿Llegaste a trabajar como informática?

BH: Terminé la carrera y estuve primero como becaria dos años y luego otros dos en una empresa de creación de páginas web y comercio electrónico. Ya había descubierto que no era lo mío, pero trataba de redirigirlo hacia el área de diseño gráfico. De becaria hice un proyecto que realmente era bonito: un multimedia educativo que tenía mucha imagen y en el que pude hacer los dibujos y la animación. También tenía un fin social que me satisfacía y pensé que podía enfocar mi carrera por ahí. En la empresa entré en el departamento de diseño gráfico, pero no tenía formación como diseñadora y entones realmente estaba programando pasarelas de pago con bancos, tiendas. Me parecía estar en un erial.

JA: ¿Desilusionada con aquello?

BH: Simplemente no he estado en el sitio que debía estar. Es un mundo duro, se trabaja mucho, muchas horas, con mucha prisa, con plazos de entrega muy ajustados. Hay que estar renovándose constantemente. Sí, exige mucho. Vi que la evolución del que trabaja ahí acaba siendo dirigir o gestionar algo que realmente no había aprendido.

JA: ¿Cómo surge este cambio de vida tan drástico?

BH: Primero fue ver la realidad y verificar que lo que había estudiado no me satisfacía y que una vez que se aplicaba era todavía peor, porque exigía mucha dedicación. Luego tuve una crisis de salud que me hizo reflexionar que no nos sobra el tiempo. Hay que estar de acuerdo con uno mismo y dedicarse tiempo. Fue un cambio radical, estoy haciendo aquello para lo que siento que valgo, lo que necesito hacer. Lo otro, la informática, era hacer algo que sabía que no era auténtico y no se me iba a dar bien. Podía poner la parte intelectual, pero nunca el corazón. Tuve que luchar contra miedos y me ayudó mucho que me apoyaran, afectiva y económicamente. Este año he hecho un trabajo que me permite tirar un tiempo. Es algo que roza la informática, un trabajo multimedia.

Hay cosas que no han cambiado, sigo trabajando un montón de horas. Empiezo un poco tarde hacia las diez y media o más tarde, pero que me suelo quedar hasta las ocho o las nueve. En estos cuatro años mi vida esta siendo mucho más feliz.

JA: ¿Volverías a hacer un trabajo informático?

BH: No, no como informática pura..... aunque el último trabajo que he realizado han sido los dibujos y animaciones y el diseño del interfaz de un programa educativo multimedia. Pero eso es lo más cerca que quiero estar.

Geisha blanca
Geisha blanca
JA: ¿Te ayudan algo las nuevas tecnologías?

BH: Internet, Flickr y Facebook son una gran ayuda. Son herramientas que me permiten contactar con gentes de otras partes del mundo que se dedican a lo mismo y eso me ha dado mucha energía.

JA: ¿Hay alguna relación entre lo que hacías como informática y la vida artística?

BH: Bueno, lo único en común es que el ordenador sigue siendo una herramienta imprescindible en mi trabajo, tanto en la ilustración como en el cine de animación. Pero lo que obtengo es totalmente diferente, está más vivo, y la satisfacción que me produce no tiene ni punto de comparación.

JA: ¿Cuáles son tus nuevos proyectos?

BH: Tengo algunos que llevo en paralelo, pero que no sé en que acabarán. Tengo varias ideas para cuentos que quiero ilustrar e intentar publicar como un álbum ilustrado. Sigo creando más obras personales para ver si puedo intentar una exposición individual. Estoy con una compañera arquitecta que quiere hacer parques infantiles. Buscamos un toque más creativo para los columpios, balancines... Es un proyecto a muy largo plazo y vamos muy lentas. No sé si llegará a buen puerto. Estoy también con otra pequeña cosa que me ha pedido una chica de Inglaterra que quiere hacer una web con dibujos y un tema que va a poner. Ayer entregué el proyecto multimedia y hoy estoy un poquito desconectada, pues necesito siempre un tiempo entre un proyecto y otro.

Así es Blanca Helga, con la cabeza llena de historias que van a ir trasladándose al papel con tiempo y cariño, porque ella es imparable. Nos damos dos besos como viejos amigos, echo un último vistazo al estudio y subo la escalera, blanca como ella, para dejar que vuelva a su trabajo.

sábado, 12 de junio de 2010

Tórtolas, crepúsculo y... telón, precursora de la televisión de hoy

Francisco Nieva dirige su propio texto. Una obra escrita en 1953 y que se estrena por primera vez gracias al trabajo y la ilusión del Centro Dramático Nacional


Viernes 11 de junio de 2010. Teatro Valle Inclán. Madrid


Cartel de la obra Tórtolas, crepúsculo y... telón
Cartel de la obra Tórtolas, crepúsculo y... telón
Tórtolas, crepúsculo y... telón es metateatro, una desvergonzada y extravagante teatralización del propio mundo de la escena que usa el autor para mostrar las contradicciones, el misterio, los límites y la grandeza de aquel. Todo construido para un espectador que tendrá opinión, que se perderá o que tomará el hilo para hacer una interpretación personal de lo simbólico. Nada es real, pero la vida está pintada en cada instante transcurrido. Tórtolas, crepúsculo y... telón sabe un poco a época, a vanguardia, a retorcido barroquismo, a surrealismo irreverente, al desengañado «Teatro de Farsa y Calamidad» que practicó Nieva. Señala el choque de lo moderno contra lo antiguo, el arte de lo concreto frente al de lo difuso donde, de pronto, todo vale. Tal vez se acabaron los tiempos en los que había que actuar, que representar un papel ante el público, ahora basta con vivir frente al espectador e ir interactuando con él, dándole lo que pida aunque éste no lo sepa. Atrás se queda superada la mentira o la verdad del teatro. Abran paso, llega lo moderno.

La modernidad de Tórtolas, crepúsculo y... telón sigue vigente de principio a fin y eso que el texto se escribió hace más de medio siglo. No sé si es porque no hemos cambiado mucho o porque Nieva resulte un visionario. Tal vez sea simplemente porque nuestra generación ha ido retrocediendo, perdiendo su sitio para dejárselo al dinero, para buscar un éxito efímero. ¿Es también el éxito lo que alumbra al teatro?, ¿lo que esperan todos: el autor, la compañía, el empresario, lo técnicos, críticos, el público? ¿Qué saca cada cuál del teatro?

Dice Nieva que al escribir esta obra «intenté dejar de ser un autor -pretendidamente- de vanguardia, para investirme de crítico, más o menos chistoso, del teatro y de mi propio tiempo, lo que, en cierto sentido, vino a ser también un "auto-examen"». Lo hizo a conciencia.

Todo parte de una compañía de teatro que tendrá que vivir sobre el escenario. Están en cuarentena. El teatro donde se alojan es un mundo extraño que se divide en dos partes a priori infranqueables: el escenario -para la compañía- frente al resto del espacio habitado por otros personajes que no son ajenos al mundo del teatro. No hay texto ni representación, pero allí están, observados, con la sensación de mantener una obra.

Manuel de Blas, Carolo Ruiz, Bertoldo Gil, José Lifante, Ángeles Martín, Beatriz Bergamín y Esperanza Roy en una escena la obra Tórtolas, crepúsculo y... telón
Manuel de Blas, Carolo Ruiz, Bertoldo Gil, José Lifante, Ángeles Martín, Beatriz Bergamín y Esperanza Roy en una escena la obra Tórtolas, crepúsculo y... telón
Empiezo por los integrantes de la compañía, los mimbres sobre los que se construye el teatro clásico. Trapezzia (Esperanza Roy), la diva que tal vez haya tenido un pasado esplendoroso. Camila (Ángeles Martín), una mala actriz que hace los papeles de criada. Cayo Marzio (José Lifante), el eterno galán. Opal (Beatriz Bergamín) la desvalida damisela al borde de la muerte. Los hermanos Barrabás (Pablo Baldor y Fernando Gallego), saltimbanquis jóvenes e intrépidos.

Entre los otros, los que viven allí, se encuentra el enigmático Senedian (Manuel de Blas). Es el portero, pero representa el propio teatro o incluso el tiempo retorcido que todo lo sabe, que todo lo mira, el pasado hecho presente que espera el futuro leyendo la prensa. Le acompañan dos frailes armenios polivalentes (Carolo Ruiz y Bertoldo Gil) que lo mismo sirven para mover el atrezzo como fantasmas que para echar una carta.

Pero el teatro no es solo cosa de actores, un acomodador y los invisibles ayudantes de escena, hay mucha más farándula a su alrededor. Nieva trae todo lo lateral a través de los palcos y desde ellos se comienza la dialéctica, el examen que tendrá que pasar el teatro. Con este mecanismo dota de dinamismo a la obra. Son estos palcos algo que a la vez forma parte del teatro pero que su interior se prolonga con las casas de quienes son sus dueños. Cada cual hace del suyo lo que quiere, como el profesor universitario que lo ha abandonado para convertirlo en una carbonera y representar así su huida espantada del camino burdo hacia el que se conduce el teatro: una crítica a que el teatro no atrae a los intelectuales que no le ven ninguna inteligencia.

Desde los palcos llegan otras críticas, como la de Zemira (Jeannine Mestre) una actriz coetánea de Trapezzio que propone un teatro nuevo, de provocación, de performance continua y novedad extenuante. O la del empresario teatral ya cansado que lo usa de comedor, para ver algo mientra cena y en el que sólo veremos a la criada Loredana (Isabel Ayúcar), ella es el pueblo que se entretiene, que no espera nada de la función, pero que se queda por ver que pasa o se va. O las viejas (Cristina y Marisa Zapata) que espían tras un palco tapiado al que han abierto una celosía desde la que espiar sin ser vistas, que aplauden como recompensa a lo que les gusta. O los nuevos ricos, Ramadea y Ramadeo (Trinidad Iglesias y Carlos Velasco), convertidos en mecenas que quieren someter a un teatro que no entienden y que su dinero es despreciado por el orgullo de los actores. O el último, el de más arriba, el que se llena de polvo y telarañas como la cultura, en el que habitan los personajes fallidos o los argumentos que se abandonan porque no son teatro, buenas o malas ideas caídas en desuso. Desde los palcos surge el diálogo entre el teatro y los que están sobre la escena, se habla de lo que el espectador espera que hagan los actores.

Tórtolas, crepúsculo y... telón es un teatro de la palabra, donde la elocuencia de los personajes suple toda acción y presenta la reflexión que el espectador deberá continuar más tarde. Cargada de mensajes para definir al teatro como una bella mentira enfocada a decir la verdad y señalando que, al estilo de Valle Inclán, debe ser un espejo que ofrezca una imagen deformada de la vida, distorsionando lo natural.

La mirada de Nieva señala un teatro clásico anquilosado, ruinoso, que se resquebraja y puesto en cuarentena, tal vez por haberse convertido en pura repetición incapaz de asumir las novedades. Y frente a él sitúa a los demás, que desde el escenario se ven como agentes patógenos. El público se entromete en el teatro y quiere ser parte de él. Los críticos teatrales -corrompidos por el modernismo- son escasos pero inexplicablemente decisivos a la hora de marcar tendencias, a pesar de escribir en periódicos que nadie lee. Los directores usan látigo con los intérpretes pues son los únicos que saben con exactitud lo que la obra significa; el éxito siempre será gracias a ellos y el fracaso a los pobres intérpretes que no dan nunca la talla que se les pide. Y los actores y actrices no son otra cosa que puro orgullo y vanidad. Esa parece ser la conclusión a extraer, al menos una de ellas.

La función es como la vida en directo y me admiro entonces de Nieva como precursor de nuestro televisión actual. Los palcos están en nuestras casas y desde ellos miramos un aparato que nos enseña la vida maquillada en directo. La compañía se encuentra encerrada en un lugar del que no puede salir para que los demás les miren desenvolverse, fingiendo ser otro personaje, el que creen que toca, el que les puede hacer ganar el concurso. Los frailes armenios son invisibles y me parecen por instante que fueran los micrófonos y las cámaras, los técnicos que están detrás de los espejos tras de los que se esconde el entramado de un plató escondido que todo lo graba y emite. Veo intepretar un reality como Gran hermano. Me encuentro mirando otro programa como Callejeros que pasea su cámara por los espacios más degradados, buscando las miserias. ¿Cómo sabía Nieve hacia dónde demonios se dirige la televisión?

Tórtolas, crepúsculo y... telón muestra un experimento para renovar el mundo del teatro, una revolución si se quiere, un punto en que los personajes son desconocidos frente a espectadores famosos. El dramaturgo debe rendirse a las modas, porque todo resulta pasajero, nada dura, te vas de gira y al volver lo moderno ha cambiado. Y sin embargo sólo hay un argumento, la vida misma sobre el escenario. Y ahora sabemos, con el estado de nuestra televisión, que hay peligros de desviación por este arriesgado camino; que otros vendrán y se adueñarán para conducir lo moderno pervirtiendo la propia idea.

José Lifante, Esperanza Roy, Ángeles Martín, Beatriz Bergamín, Pablo Baldor y Fernando Gallego en una escena la obra Tórtolas, crepúsculo y... telón
José Lifante, Esperanza Roy, Ángeles Martín, Beatriz Bergamín, Pablo Baldor y Fernando Gallego en una escena la obra Tórtolas, crepúsculo y... telón
Sin embargo se hace larga la probatura, el final se diluye o se improvisa, o no importa que es lo mismo y a la vez la manera de despreciarlo. Tuve entonces la angustiosa sensación de quedarme allí encerrado para siempre viendo una obra que no termina. Me vi de pronto formando parte de la función en el papel de espectador y sin poder salir nunca más de ella.

No compartí las risas del público en el punto que ellos la hacían, no tengo ese resorte que hace reírse a las personas sólo por escuchar la palabra sindicato, o polivalente. Sí que lo hice con la propuesta del teatro difuso de Zemira donde lo absurdo gana sólo por el hecho de ser novedoso.

Tórtolas, crepúsculo y... telón es una obra coral como las que se proponen en el «Teatro Furioso» del que Nieva es creador y exponente. Se ha elegido un buen elenco, muy acertado, sobre el que destaca Manuel de Blas con un papel complicado y grotesco.

La escenografía, en este caso del pintor José Hernández, resulta impresionante, especialmente por el diseño de los palcos y por los asombrosos telones empleados. Tampoco se puede olvidad el excelente trabajo de vestuario y caracterización realizado por Rosa García Andújar. Sin duda entre los dos han dado vida al mundo fantástico de Francisco Nieva.

A modo de pequeño anecdotario: Tórtolas, crepúsculo y... telón fue escrita por Francisco Nieva en 1953, se publicó en 1972 y se estrenó en mayo de 2010. Sabido es que Nieva no pudo estrenar ninguna de sus obras durante la dictadura. En los últimos tiempos de Franco, cuenta Nieva, que esta obra fue dos veces finalista del Premio Lope de Vega, y que en la segunda ocasión no se lo concedieron porque una llamada del Pardo, concretamente de Doña Carmen, abogaba por un miembro de la familia de Calvo Sotelo que había escrito un drama político y reflexivo sobre Mussolini. Aquello era una orden, así que Tórtolas, crepúsculo y... telón sólo terminó publicándose por la Editorial Escelicer, con algunas críticas favorables y con escaso eco en la profesión.

jueves, 10 de junio de 2010

El retrato de Dorian Gray, la belleza que todo lo puede

Oliver Parker resucita la obra de Oscar Wilde con el único propósito de presentarla sobre una nueva estética romanticista


Cartel de la película El retrato de Dorian Gray
Cartel de la película El retrato de Dorian Gray
La película El retrato de Dorian Gray se mantiene en pie por el rostro de su protagonista Ben Barnes: una cara inocente, joven y bella que esconde un misterio atrayente. Nadie se le resiste, lo mismo las mujeres que los hombres, porque el mundo es suyo, se le ha rendido a los pies desde que se ha presentado en sociedad. Dorian Gray (Ben Barnes) regresa a su Londres natal, ahora que su aristocrático abuelo -toda la familia que le quedaba- ha muerto, para recibir su acaudalada fortuna. El pintor Basil Hallward (Ben Chaplin) se ve fascinado por él y se ofrece para pintarle un cuadro. Lord Henry Wottom (Colin Firth) le toma por su aprendiz para introducirle en el fastuoso mundo del placer. Las mujeres, una detrás de otra, revolotean atraídas a su alrededor. No debió ser fácil encontrar la cara que consiguiese representar todo eso.

Cuando uno va a ver una nueva versión, lo primero que se pregunta es por lo novedoso que pueda aportar, vamos que justifique el hecho de rodarla otra vez. Volver a hacer un clásico sin nada nuevo es una absoluta estupidez. Éste se ha adaptado a los tiempos que vivimos, a esa moda donde triunfan las sagas de vampiros y su ambiente entre lo lúgubre, lo tenebroso y lo lujurioso, pero en las que hay luz del día, lo que ha dotado a la película de una luminosidad y oscuridad de ese mismo estilo. Se ha empujado esa estética de un romanticismo atemporal. Y poco más. Bueno sí, una excelente interpretación de Colin Firth que articula la inteligencia y la maldad de la película en la primera parte, un trabajo que abandona en la segunda mitad para dejar más espacio a un torturado Ben Barnes que no llega a ser creíble del todo. Inquieta Ben Chaplin incapaz de salir de un papel encorsetado, entre asustadizo y fascinado.

El retrato de Dorian Gray se sostiene en tres pilares: Belleza, dinero y deseo. Belleza y juventud como único valor moral es la propuesta que presenta. Algo que a nuestros y nuestras adolescentes interesa. Es pues una pura apuesta comercial, dirigida a un público concreto. La película es banal, sin apenas despertar dudas, esperando el momento para soltar la moraleja final en una escena de destrucción. El mal produce una fealdad horripilante, aunque no se vea de un primer vistazo. Y el bien, ¿qué produce? Pues la verdad es que no se sabe.

Colin Firth y Ben Barnes en una escena la película El retrato de Dorian Gray
Colin Firth y Ben Barnes en una escena la película El retrato de Dorian Gray
El dinero no es problema pues la película habla de una vida resuelta por las rentas de la buena fortuna familiar, sin responsabilidades y ganada sin esfuerzo ni trabajo; que además es eterna. Demasiado tiempo libre para pensar, para adentrarse en mundos de placer.

El deseo y el disfrute personal y egoísta es el motor, la manera de cambiar dinero por placer, como en el principio básico del consumo en el mundo capitalista. Aquí no ha límites, si miramos la crisis actual y su origen vemos que fuera, en el mundo de verdad tampoco. Los trabajadores pagamos los vicios caros de los que pueden tenerlos, y les perdonamos, y ponemos la otra mejilla, y agachamos la cabeza para empujar de nuevo la pala de nuestro trabajo para que todo marche. Es así y se asume, por eso la película se queda en el otro lado, en el de los que mandan y se aburren, los ociosos. Los otros, los que apenas salen, son considerados como lacayos y sólo sirven para ser usados.

Para que todo funcione tiene que existir un maestro. Lord Henry Wottom es el encargado de corromper al hombre para convertirlo en seductor. Ese camino que emprende Dorian Gray de dejarse corromper, de seducir y de convertirse en corruptor es la esencia de esta versión. Las dudas quedan en segundo plano, menos detalladas, menos importantes, más diluidas. Mantiene el criterio de usar el cuadro como un espejo a través de la que ver el alma, pero lo esconde y tapa, no suele mirarlo directamente, se encuentra ahí para atormentarlo, para convertirse en un secreto. ¿Cuál es el precio de hacer cosas monstruosas por puro placer? Pues apenas importa si el único que paga las consecuencias es un retrato.

Superar al maestro y el tiempo producen soledad, y una pequeña reflexión para criticar lo que se había aplaudido antes. Se enseña a desear sin limites, pero se exigen cuando afecta a lo familiar. Es la hipocresía de siempre, la de aplicar las restricciones a los otros y las ventajas para nosotros. Una especie de moraleja que nos previene de lo esencialmente malo, de lo desbordado por ilimitado, porque algún día nos afectará directamente y seremos víctimas. El retrato de Dorian Gray es la lucha de lo eterno e inmutable frente a lo efímero. Lo que dura siempre termina hastiando, pues lo humano tienen principio y fin y sin una cosa y la otra se convierte simplemente en inhumano, feo en el argot de la película.

Si algo consigue Oliver Parker en esta película es hacer destacar la fotografía como vehículo para trasladar la fuerza de las palabras a la imagen. Lo que se dice en la película queda en un susurro frente a lo que se muestra. El lado más criticable, por contra, los dos personajes femeninos que interpretan Rachel Hurd-Wood y Rebecca Hall, mera comparsa que trata de ser equidistante con dos tipos de mujer muy estereotipados. La primera representa la chica inocente, la enamoradiza o romántica que espera la llegada de príncipe azul. La segunda es inquieta, activista y sufragista, pero también se subyuga al hombre dejándose seducir, perdiendo su identidad por la de su pareja y asumiendo en segundo plano.

Recojo ahora los adjetivos que he ido utilizando para describir la película: banal, capitalista, clasista y machista. Bueno, seguro que hay mucha gente a la que le gusta este cine.

A modo de pequeño anecdotario: La película presenta muchos exteriores y eso siempre resulta difícil cuando se trata de una película de época. Para rodar la estación de ferrocarril de King’s Cross se recurrió a Smithfields; para las fastuosas fiestas se utilizan las ricas residencias de Witanhurst en el londinense barrio de Highgate Hill y al Basildon Park de Berkshire; para el antro de perdición que es el Casino de Venise se acudió a un lugar cercano a Leicester Square: el Café de París; para el fumadero de opio del East End se empleó el Crocker’s Folly de St John’s Wood. También aparecen la antigua Real Escuela Naval de Greenwich, Wilton’s Music Hall en el East End, Bell Yard cerca de los Tribunales Reales de Justicia, Carlton Terrace y la Academia Británica, el Cementerio de Highgate, el edificio de la Royal Exchange de la City (antigua Bolsa de Londres) y el ayuntamiento de Chiswick.

La mansión Witanhurst es un edificio protegido que se construyó al llamado estilo Reina Ana. Es la segunda mayor residencia privada de Londres, después del Palacio de Buckingham. Posee 25 dormitorios, un gran salón de baile, ocho cuartos de baño y ocho recibidores. Actualmente es propiedad de la mujer más rica de Rusia que la adquirió recientemente por 50 millones de libras esterlinas.

miércoles, 9 de junio de 2010

Francisco Nieva, un teatro de caminos arriesgados

El Centro Dramático Nacional realiza un encuentro de Francisco Nieva con el público


Miércoles 9 de junio de 2010. Teatro Valle Inclán. Madrid


Francisco Nieva y Gerardo Vera durante el Encuentro realizado en el Teatro Valle Inclán
Francisco Nieva y Gerardo Vera durante el Encuentro realizado en el Teatro Valle Inclán
Gerardo Vera, director del CDN, acompañó al escenógrafo y dramaturgo en una charla amena y fluida. Recordó aquellos tiempos de modernismo donde los decorados de Nieva se empezaban a aplaudir. Es cierto que la escenografía fue un paso para entrar en otra esfera dentro del teatro, la de autor.

Nieva acudió a sus recuerdos para contar que de pequeño le regalaron el Teatro completo de Shakespeare y La Celestina diciéndole que eso era lo que tenía que leer. Pero a él lo que le gustaba era Arniches. Siempre quiso escribir chistes como los suyos. El tiempo ha pasado, Nieva ha acumulado experiencia, pero sigue pensando que Arniches es un gran autor, un erudito que recogió el habla de Madrid y la retorció. Acertó de tal forma que en los barrios se terminó hablando a la manera de sus personajes.

Entre sus muchas anécdotas habló de cuando llegó a Francia. Se señaló como un pueblerino de Valdepeñas que había pasado por Madrid y que tuvo la suerte de caer de pronto donde estaba la gente magnífica que se dedicaba a hacer la cultura. De su etapa alemana comenta la rigidez extrema por la que se regían. Entraban a ensayar a las ocho de la mañana y estaban todo el día, trabajaban en el teatro como un obrero industrial en la fábrica. Entró en la Ópera Cómica de Berlín a las órdenes de Felsenstein.

Empezó en el cine como ayudante de Enrique Alarcón que entre otras cosas había hecho la escenografía de Viridiana. Y hablando de ésto, pero sin saber muy bien por qué, cuenta que Rodero era primo suyo. El actor era por entonces la estrella de la familia. Muy buen actor, serio, con mucho gancho pero sin ningún sentido del humor. Su vida particular era muy trágica y Nieva no va a desvelarla.

Francisco Nieva y Gerardo Vera durante el Encuentro realizado en el Teatro Valle Inclán
Francisco Nieva y Gerardo Vera durante el Encuentro realizado en el Teatro Valle Inclán
Después se acuerda de Amparo Rivelles y una obra de Casona. Va saltando de una historia a otra y se detiene para hablar de Pepe Struch, un director al que le llevaba sus obras para representar y en el que confiaba tanto que le había dado permiso para cortar por donde creyera conveniente.

Recuerda con Vera 1964, cuando regresó a España y montó su estudio en la calle Nazaret. Lo decoró con su escenografía teatral. Son años en los que trabaja con José Luis Alonso y Adolfo Marsillach. Para este último prepara la escenografía de Pigmalion que se representará en el teatro Goya. No puso puertas, eran mentales, lo que fue una gran ruptura para los actores acostumbrados a entrar en escena abriendo una puerta. Entonces se les sacaba mucho partido y cuenta para explicarlo una anécdota que le narraba su madre tras haber visto a Passo en una obra: ella estaba muy gorda y además quería entrar muy despacio, así que entre una cosa y otra aquella mujer no terminaba de cruzar la puerta de entrada.

Vera comenta que los actores de entonces eran de otro planeta o de una raza especial, construidos sobre los escenarios con trabajo diario. Había un espíritu de generación que ahora no sigue. Cuenta de la obra de Nieva que ahora se representa en el Valle Inclán, Tórtolas, crepúsculo y... telón, que recupera aquel espíritu. Dice Vera que, con José Luis Alonso, Nieva se reiventó. Cuenta que en aquellos tiempos de entonces un estreno teatral era un acontecimiento, que todos iban a él como a recibir el maná, pues el teatro tenía una fuerza transformadora que se ha ido perdiendo.

Puntualiza Nieva: «Sí, pero luego venía Carrero Blanco a ver la función y la suspendía». Eran los tiempos que por orden gubernativa quedaban suspendidas todas las representaciones de una obra hasta nuevo aviso.

Francisco Nieva y Gerardo Vera durante el Encuentro realizado en el Teatro Valle Inclán
Francisco Nieva y Gerardo Vera durante el Encuentro realizado en el Teatro Valle Inclán
Dice Nieva que cuando trabajó con Gordon Craig, éste tenía una teoría: «el figurín no tiene que ser de una época, las épocas son siempre inventadas». Su reflexión define sus trabajos. Después dice de sí mismo que es presumido porque es muy inocente y cuando alguien dice algo que le halaga se lo agradece.

Sigue hablando de un día, después de un mal ensayo, al salir, que vieron en una televisión a unos hombres andando por la luna. Despacio, muy despacio, a cámara lenta y que copiaron aquellos gestos. Todo el mundo los copió. Nieva confiesa que absorbía como una esponja. «En teatro hay que repetir lo bueno. Una persona inventa lo bueno, pero luego lo desarrollan muchas. Yo he copiado mucho». A veces hay motivos artísticos sacados de un cuadro que pone en su escenografía para lograr que el espectador los sienta, pensamientos en la puesta de escena para transmitir una cierta emoción. Vera matiza que el artista copia de una manera inconsciente, de lo que ha visto, de lo que ha aprendido, de lo que fluye en su cabeza, porque los creadores van uniendo tendencias, noticias, materiales... En realidad las cosas están inspiradas, luego el artista las envuelve y las hace suyas.

Vera dice que era una época donde viajaban mucho, trabajaban mucho y se arriesgaban mucho. Una época en la que el teatro español entró en la modernidad de la mano de Francisco Nieva. Después vuelve sobre los actores y habla de tiempos en que se buscaba la dificultad del intérprete, hasta niveles en los que incluso peligraba su integridad física. Nieva recuerda que el peligro merodeaba alrededor del teatro con la censura y que sin embargo se tomaban siempre caminos arriesgados. Vera habla de que entonces te la jugabas con la censura. Recuerda la histórica huelga de cómicos, cuando la doble función, un tiempo en que la profesión estaba muy unida. Entonces se consiguieron mejoras.

Mirando a Nieva le dice «Tú siempre has sido un hombre de izquierdas» y hablan de Carrillo y del PCE. Así se les va el tiempo, tienen que comenzar a preparar la función que vendrá detrás: Tórtolas, crepúsculo y... telón.

viernes, 4 de junio de 2010

Mamut, cuando las necesidades materiales están cubiertas

El sueco Lukas Moodysson realiza un ambicioso proyecto para contar que todo está relacionado


Cartel de la película Mamut
Cartel de la película Mamut
Dice Lukas Moodysson: «Una mujer filipina que trabaja como niñera en casa de una familia neoyorquina compra un balón de baloncesto en Estados Unidos fabricado en Filipinas. Mete el balón en una caja y se lo manda a su hijo, que se quedó en Filipinas. Del mismo modo que rebota un balón en una cancha, nuestros deseos rebotan de un lado a otro del mundo, flotando en la soledad y el espacio». Con estas tres frases el director intenta explicar qué le movió a preparar el proyecto de su película Mamut. El largometraje está cargado de símbolos, de pequeñas frases, de gestos, que hablan de una sociedad cansada y de otra sometida. Pretende establecer una crítica a la cultura del éxito occidental donde el trabajo ocupa tanto tiempo que no permite a los padres cuidar a sus hijos. Y del otro lado, la necesidad de dinero para cuidar y alimentar a los niños hace necesario los procesos migratorios que permitan ganar ese pan, un camino que supone distancia y un cierto abandono. Los sentimientos siempre tendrán oportunidad para echar de menos lo que falta pues son inconformistas con lo que tienen.

Leo (Gael García Bernal ) y Ellen (Michelle Williams) son una pareja neoyorquina en la cúspide del éxito. Tienen una hija de ocho años, Jackie (Sophie Nyweide), que pasa la mayoría del tiempo con Gloria (Marifé Necesito), la niñera filipina. Gloria ha dejado a sus hijos en Filipinas al cuidado de su madre. El mayor de ellos busca cualquier trabajo para conseguir dinero con el fin de que su madre regrese lo antes posible. Leo hace un viaje de negocios a Tailandia. Ellen se angustia viendo que no es capaz de cuidar de su hija y llegándose a cuestionar si de verdad le importa y hasta dónde. Cada personaje toma su camino, pero en realidad da lo mismo la opción elegida: la pareja neoyorquina no se siente realizada porque delegan el cuidado de su hija; a la niñera le duele la ausencia de sus hijos; la prostituta tailandesa tampoco ha acertado en cada una de sus decisiones. Da lo mismo la elección tomada, siempre será un error, pero con cierto cinismo el director viene a decirnos al final que si al menos tienes dinero todo te resultará más fácil.

Mundos de pobreza y de placer que se cruzan, en los que unos gastan tiempo y otros dinero, donde unos trabajan para que los demás se diviertan. Leo parece confundir un descanso, una ruptura en el pesado quehacer diario de su trabajo, con la necesidad de disfrutar de la vida. Ante sus ojos pasan las ilusiones que tenía de joven y en sus manos ve dónde ha llegado. Posee más de lo que soñó para cumplir sus deseos, pero se siente insatisfecho. Incapaz de transformar nada, simplemente se infantiliza.

Gael García Bernal en una escena de la película Mamut
Gael García Bernal en una escena de la película Mamut
Ellen es cirujana y se entrega en cuerpo y alma a la medicina. Nada puede estar por encima de salvar vidas, pero a veces está tan alejada de la de su niña... ¿Quién está educando a su hija en verdad? Más sencillo aún: ¿por qué a la niña le gusta que Gloria le enseñe a hablar en tagalo?, ¿con quién pasa su tiempo? Sin darse cuenta ha desatendido el papel de madre. Pero Gloria, que ha tomado esa responsabilidad con la familia neoyorquina, tampoco ejerce con sus hijos, a miles de kilómetros. Todos comparten la misma insatisfacción, pero ¿es el nuestro un mundo de descontentos o de insaciables?

Mammoth es la marca de la pluma más cara del mercado, cuyo precio es de 3.000 dólares y que, por tanto, representa el éxito profesional. Es la misma paradoja que nos atosiga y no encuentra solución en las sociedades capitalistas, la de enfrentar trabajo a ocio que nos lleva a pensar que si se trabaja no queda tiempo y si se tiene tiempo se siente que se pierde porque no se hace nada. Así es normal que la película se pase dando vueltas alrededor por el simple hecho de tener gasolina.

En Occidente se tiende a confundir placer con despilfarro en una búsqueda por lo novedoso suponiendo que cumplirá nuestras expectativas y cubrirá un hueco que no se sabe de qué llenar. Lo material para suplir a lo abstracto que se nota que falta pero que no se sabe describir. Por esos derroteros la película se alarga sin explicarse. Y es que los sentimientos se han quedado tras el muro y la máscara construida por hombres y mujeres educados en el primer mundo para que el triunfo sea el único valor. Aquí la película se hace muy fría, muy distante, desapasionada incluso.

Moodysson trata entonces de recuperar sentimientos volcando su cámara hacia el tercer mundo y cae en lo tópico porque en realidad, las muertes en un quirófano o en las calles son igual de dolorosas y nos dejan a todos igual de impotentes.

En esa búsqueda de la felicidad imposible que Mamut establece, también habla de una maternidad sobreprotectora, donde los niños suponen un lastre para la vida de sus padres, un condicionante que les obliga a tomar otros rumbos (geográficos y profesionales) por el bien y la garantía de un mejor futuro para esa nueva generación que hipoteca la de la anterior. Un precio pagado que desgasta y hace inútil toda esperanza.

Cuenta Lukas Moodysson para explicar Mamut que «La película habla de las familias, de los padres y de los hijos, de cómo nos comportamos con nuestros hijos y con los hijos de los demás, de cómo todos los que habitamos este planeta estamos conectados, nos guste o no. Y de cómo nos necesitamos». A mí no me ha dejado buen sabor de boca, tal vez sea demasiado comercial o cínica en su pequeño mensaje. Es una película que habla de lo que echamos de menos cuando estamos hastiados de todo lo que tenemos pero que se muestra conformista y no revuelve el estómago.

A modo de pequeño anecdotario: El director Lukas Moodysson nació en la localidad sueca de Malmö, una ciudad que se ha hecho conocida por las novelas policíacas de Henning Mankell. Comenzó con la poesía y publicó su primera colección de versos a los 17 años. Más versos y una novela para luego estudiar Dirección en el Instituto de Arte Dramático de Estocolmo. Es una persona puntillosa de la que se dice que para esta película llegó a hacer 23 versiones del guión. Su productor, Lars Jönsson, añade que además invirtió mucho más tiempo en los pequeños detalles que en grandes cambios.