viernes, 19 de septiembre de 2014

El espectáculo de la guerra


Ilustración: Jorge Alaminos
Ilustración: Adrián Palmas
- ¿De qué va a ir el siguiente monográfico de la Revista Gurb? –me preguntó ella.

- De las guerras –respondí y como vi que dudaba añadí los nombres de las más actuales, las que su dolor aún está reciente en nuestras retinas– Gaza, Ucrania…

- Pues ya sabes, cógete un avión.

Su contestación me pilló por sorpresa, sin saber por dónde debía continuar y con la desagradable sensación de haberme quedado desarmado. En realidad había dado con el quid de la cuestión: ¿Qué se yo de guerras que todas las he visto sentado en mi sofá? Podría defenderme contando que he leído mucho sobre el tema, que he escuchado a varios reporteros y reporteras que han trabajado en lugares de conflicto contar sus experiencias y analizar con su conocimiento las raíces que empujaron a esa determinada guerra, que me he informado lo mejor que he podido, que he visto una cantidad ingente de imágenes por la televisión e incluso algunas películas y documentales que nos muestran otras guerras. Podría terminar diciendo que todas las guerras son iguales y que por tanto puedo ser una voz autorizada para hablar del asunto. Pero me callé porque me di cuenta que lo que podía construir era una opinión, pero que carezco de verdadera capacidad informativa. Informar es lo que mi amiga me pedía: ver la realidad y contarla de primera mano. Lo demás no va más allá de conjeturar. No es que diga que esté mal tener opinión y expresarla, pero cuando falta la vivencia, hablamos de otra cosa.

Puse en cuarentena todos mis argumentos. Busqué el punto desde el que abordar el asunto. Di muchas vueltas alrededor. Me pregunté si los medios de comunicación nos informan bien de estos conflictos y si nuestro gobierno tiene interés real en que estemos bien informados. Pensé que lo justo, a menudo, se queda en un segundo plano, detrás de la conveniencia, de lo estratégico, de nuestras amistades. Los políticos que ejercen el poder se vanaglorian de ser buenos amigos de los yanquis y asumir su óptica mundial perjudica sobremanera cualquier imparcialidad en política exterior. Los grandes medios españoles tienen lo suyo también, controlados desde su propiedad por unos intereses económicos y políticos que piensan con exclusividad en su propio beneficio. Difícil panorama para entender y saber.

Contar una guerra exige dinero, tiempo, valor y mucho trabajo de periodistas. Y cada vez hay menos de todo eso. Las imágenes llegan a las televisiones desde agencias internacionales, los comentarios llegan desde la zona segura más allá de la frontera y las explicaciones a menudos son sesgadas y orientadas, incluso, con frecuencia, se infantilizan simplificando en una parte buena con la que ir y otra mala contra la que lanzar nuestra ira. Vemos edificios derruidos, niños que portan subfusiles, hospitales donde ver los estragos de una guerra, víctimas, gritos, horror… Las guerras se han convertido en un espectáculo y ese es el tratamiento que le dan nuestras televisiones. Y la ciudadanía desde el sofá las contempla para olvidarlas con rapidez, indistinguibles unas de otras, lejanas, sin mancharnos. No estará lejos cuando escuchemos con voz de comentarista deportivo:

«El soldado prorruso avanza por el flanco derecho, abandona la trinchera y se lanza directo disparando hacia el enemigo. Un sargento israelí sale del área dispuesto a interceptarle. Le lanza una granada y le derriba en una impactante jugada que termina con una gran explosión. Vemos volar los fragmentos del soldado prorruso. El teniente de los casos azules mira para otro lado, ante los gritos que se escuchan y las protestas internacionales, descuelga su móvil y realiza una llamada al centro de operaciones. Le responden que todo está bien, que el israelí estaba en su derecho de defenderse y que lo ha hecho de forma proporcionada. La guerra sigue, pero un instante, vamos a la publicidad, a escuchar el mensaje de nuestro patrocinador».

Revista Gurb

sábado, 6 de septiembre de 2014

Acostumbrados a perder

Pau Miró escribe y dirige Jugadores, una historia de cuatro hombres en estado de shock


Viernes 22 de agosto de 2014. Teatro Palacio Valdés. Avilés. Asturias

Cartel de la obra de teatro Jugadores
Cartel de la obra de teatro Jugadores
¿Por qué? Por el placer de arañarle una partida a la vida
Jugadores es una comedia negra hecha de vidas anodinas. Por tanto no presenta mucha sustancia. Y sin embargo, a poco que se escarba, uno se tropieza con un buen trasfondo de nuestra pobre realidad. El gris de las vidas rotas de los personajes hace tiempo que les situó en un absoluto conformismo con el que admitir su fracaso. Nada esperan, ni siquiera ese golpe de suerte imposible en el que también han dejado de confiar. Se han acostumbrado a perder, a que todo vaya rodando cuesta abajo. Ya no tienen capacidad de reacción ni de sorpresa. El tiempo lo resolverá todo o los problemas se quedarán como están. Y mientras pasan los días a ver si llega esa solución, los cuatro personajes se limitan a encajar los golpes intentado descomponer su vida lo menos posible. Son un barbero, un enterrador, un actor y un profesor de matemáticas. Cuatro hombres que dejaron atrás los cincuenta hace algunos años y que no entienden el presente; se quedaron desfasados y ahora se ahogan sin intentar al menos bracear. El dinero se fue; ya solo ven el agujero que dejó y las deudas que hay que pagar. Ese vacío es todo lo que les queda. Han tocado fondo y hasta las situaciones humillantes a las que llegan parecen haberlas aceptado.

No es cuestión de mala suerte, de que nos haya caído encima una mano de malos naipes, se trata de una racha eterna que nos consume. Jugadores pinta un momento que nos retrata como sociedad y nos vemos reflejados porque conocemos esas mismas sensaciones. No lo puedo evitar, a mí todo esto me sabe a años de derrota sin el menor triunfo, a pensamiento único, a personas engañadas y estafadas, a país golpeado y doblegado, a ciudadanía en estado de shock… Ese runrún que oigo y veo en el texto de la obra me suena igual que la crisis que padecemos y sus consecuencias en el estado de ánimo de las personas. Una crisis que parece que nos ha dejado exhaustos, sin fuerzas y debilitados para ejercer cualquier tipo de rebeldía, para enfrentar nuevas decisiones.

Jugadores no habla de cambiar el sistema, sino de asumirlo y tejer cada cual sus propias soluciones, aunque estén fuera de la legalidad. No es la sociedad la que debe garantizar el bienestar de la ciudadanía a través de sus leyes. Ese es quizá el punto débil de la función, que su solución no va más allá de ser un parche temporal y personal, que nos sigue tocando seguir sufriendo y conformándonos, contentos de estar sentados ante la mesa cuando se vuelva a repartir el mazo de cartas en una nueva partida de póquer.

Nos queda el humor como válvula de escape y lo absurdo, terrenos por los que la obra transita sin dejar de tener los pies sobre el suelo. Te ríes encerrado en cuatro tragedias, en cuatro formas de ver la vida siempre en gris.


Trailer promocional de la obra de teatro Jugadores
El escenario de la obra es una cocina vieja, algo destartalada y en cierta manera abandonada porque ha perdido su función original. Ya no se cocina en ella. Como mucho se prepara algún café y se sirven abundantes vasos de ginebra. El decorado encaja bien dentro del mensaje y sirve al espectador para que desde el primer vistazo sepa dónde se encuentra y lo que puede esperar. No hay triunfo, todo lo que hay delante es pura derrota y fracaso. A Jesús Castejón, Luis Bermejo, Ginés García Millán y Miguel Rellán les toca sostener a estos cuatro personajes acostumbrados a perder y les obliga a lidiar con la apatía en la que se han instalado sus vidas y de la que necesitan salir. Lo hacen con solvencia, resaltando cada uno sus contrastes con el resto, sus matices, sus diferencias, sin dejar de formar un grupo. Todos tienen su «solo», ese instante en el que cada cual explica su pequeña historia de la que no se ha podido despegar.

El texto y la dirección son de Pau Miró, quien ya había conseguido llevar la obra con otro elenco a los teatros catalanes en 2011. Els jugadors tuvo cierto recorrido en Cataluña, lo que le sirvió para ser traducida al italiano, representarse en los escenarios de aquel país bajo el título Jucatùre y reconocerse su éxito con el Premio Ubu 2013 a la mejor novedad extranjera. Ahora, con una versión en castellano y un nuevo reparto recorrerá los teatros españoles. Su estreno tuvo lugar el 22 de agosto en el avilesino teatro Palacio Valdés con un lleno absoluto.

La producción ha dedicado la obra al actor Álex Angulo, que formó parte del elenco, pero que falleció en un accidente de tráfico antes de que la obra pudiera ser estrenada.

La República Cultural

lunes, 1 de septiembre de 2014

…Pero mi primo supongo que sabrá…


Viñeta: LaRataGris
Viñeta: LaRataGris
Dicen Cambio Climático y lo primero que me viene a la cabeza es a Don Mariano Rajoy, ese hombre parco en opiniones y despreocupado desconocedor de casi todo que hoy nos gobierna. Me acuerdo de él porque ya le preguntaron sobre este tema hace algún tiempo, para ser exactos el 22 de octubre de 2007, en Palma de Mallorca, tras una conferencia que allí impartía Al Gore. Rajoy aún no era presidente y se estaba trabajando ese asunto de ser el líder indiscutible de la oposición, así que aunque hablar con la prensa le molestaba lo mismo sin embargo se encontraba con la obligación de tener que disimularlo más que ahora. Eran aquellos tiempos en los que si Zapatero decía blanco, él respondía negro; y si el del PSOE elegía blanco y negro a la vez, Rajoy contestaba lo contrario. Recuerdo con una media sonrisa de perplejidad su respuesta de entonces porque nos habló de un primo suyo, catedrático de Física en la Universidad de Sevilla. Rajoy dijo: “Yo sé poco de este asunto, pero mi primo supongo que sabrá. Y entonces dijo: He traído aquí a diez de los más importantes científicos del mundo y ninguno me ha garantizado el tiempo que hará mañana en Sevilla. ¿Cómo alguien puede decir lo que va a pasar en el mundo dentro de 300 años?”. Después se quedó tan ancho, como siempre.

Mariano es un hombre muy conservador al que no le gustan los cambios, salvo los que supongan un retroceso a un pasado glorioso con el que aún debe soñar. No lo digo porque me lo haya contado, pero lo intuyo por su forma de comportarse. Es una persona fría, que no tiene nada que decir y al que no le gusta hacer, le basta con dejar pasar el tiempo. Aplica concienzudamente una filosofía de si no lo miras no está ahí, que a primera vista parece estúpida, pero que a él le funciona de maravilla. Sus enemigos políticos han ido cayendo uno detrás de otro, le bastó con sentarse a esperar. Terminó ganando unas elecciones y gobernando un país por el mismo proceder de aguantar más que el resto, convencido con que le bastaba quedarse esperando a que los demás se desgastaran.

De sus ideas poco se puede decir. Ninguna de las medidas que aplican los ministros de su gobierno parece dirigida por él, ni siquiera que las indicase o las empujase. Pocas veces da la cara y cuando lo hace suele leer de corrido y mal. Si no lee y tiene que hablar en directo sin papeles, hace muecas, y sus guiños delatan sus mentiras. Solo se siente cómodo hablando de cuestiones de Perogrullo y apoyándose en falsas muletillas como «todos los españoles saben…». No es una persona profunda y sin embargo parece imposible saber lo que piensa o si al menos lo hace.

¿Qué tiene que ver todo esto con el cambio el climático? Muy sencillo, no solo está variando nuestra climatología y nuestro entorno ecológico. Las personas también hemos mutado de naturaleza, solo así me explico que un ser como Mariano Rajoy pueda haber llegado a ser el presidente de un país. No sé cómo se lo explicaría a Gurb. Quizá me encogería de brazos y con cierto titubeo diría que ha tenido que ser porque nos ha dejado de importar todo, lo fundamental y lo más vano también. Nos da igual porque nos hemos convertido en seres indolentes, sin empatía y carentes ya de la menor posibilidad de rebelión.

Tengo una buena noticia. Decía que Rajoy gana porque espera, sin hacer nada más. Pero no es invencible, hay un caso en el que tiempo irá contra él, esa norma de Aznar de no gobernar más de ocho años. Rajoy tiene fecha de caducidad y se irá.

La única pena es que quizá tengamos que aguantarle otra legislatura más.

Revista Gurb

viernes, 29 de agosto de 2014

El más bondadoso, el mejor


Ilustración: Jorge Alaminos
Ilustración: Jorge Alaminos
No hay nada que eche más de menos que el mar enfurecido visto desde una barandilla del paseo, su golpear inquieto sin pautas establecidas, rompiendo contra un acantilado, usando toda su fuerza. Del mar me gusta su sonido, sobre todo en esos días en los que más ruge. Ahora que el que miro es un mar calmado, sin ninguna bravura, me da tiempo a releer la prensa y a ver una foto del Papa Francisco acompañando un titular de los suyos, de los que acostumbra a construir con un mensaje transformador que contagia esperanza. Lo leo y me alegro, como si no fuera solo una intención y ya estuviera todo hecho.

Pero lo pienso un poco más, recuerdo también el titular de la semana pasada, y el de la anterior y otro más… Me doy cuenta de que el tiempo pasa y la Iglesia no termina de decidirse a comenzar a aplicar esos cambios prometidos, que todo se queda en un enunciado voluntarioso y que nada se ha movido. Me molesta ese «marketing» que llamo de «decir sin hacer» que se gasta el papa Francisco porque es como el de un mar manso, encerrado en una botella.

De mis amistades aprecio las conversaciones que mantenemos, ese buscar un punto impreciso donde no cabe el equilibrio de las medias tintas. Reconozco que jugamos con la misma violencia del mar, a arriesgar el tipo y a llevarnos por delante a los demás con nuestras historias. Mirando a los ojos al retrato del Papa no pude evitar recordar una de esas conversaciones. Me confesó una de mis amigas que cuando era una niña, en su pueblo, había un cura muy bueno, tanto que pensaba que quizá era el mejor del mundo. Contaba que se preocupaba por los demás, que lo que ahorraba en calefacción, pasando frío por su cuenta, lo usaba para ayudar a las familias que lo necesitaban. Me explicaba que se preocupó de los jóvenes para que se educaran y fueran inquietos, que no dieran nada por sentado y metieran siempre los dedos dentro de las llagas.

Me decía que aquel fue un cura que practicó con el ejemplo. Mi amiga se alegraba por su suerte, pero en el fondo sentía una cierta tristeza. Contaba ella que de niña pensaba que la bondad era el mayor mérito de una persona y suponía que la Iglesia se regía por los mismos principios que predicaba. Creía entonces que el mundo funcionaba correctamente, que a cada cual se le medía siempre por sus méritos y llegaba tan arriba como sus capacidades le permitían. Así que estaba segura de que cuando creciera no iban a poder contar con el cura, pues en pocos años ya no estaría en la parroquia porque se lo habrían llevado a Roma, a ocupar el lugar que le correspondía, el de Papa.

Lo cierto es que no ocurrió nada de aquello. Aquel hombre se murió diez años después siendo el párroco de la misma iglesia, sin haber subido un solo peldaño más en el escalafón eclesiástico. La niña creció y se topó con la realidad descubriendo que la meritocracia, por mucho sentido común que la sustente, no es algo que se aplique con frecuencia.

El mérito y la bondad no sirven para dirigir la Iglesia. Pero los tiempos están cambiando, ahora que se habla de transparencia, seguro que estarán pensando en un nuevo mecanismo para poner en práctica y acercar la forma de gobernar su institución a la ciudadanía. Será un procedimiento que la ventile y traiga aires de democracia a su seno. No sé, a lo mejor ya están ellos dándole vueltas a unas primarias abiertas.

Revista Gurb

martes, 5 de agosto de 2014

Llega la mitomanía de Cervantes


Ilustración: Artsenal
Ilustración: Artsenal
Ahora que la economía sigue por los suelos y se mantiene nuestro empecinamiento en desarrollar el proceso de transformación que nos llevará a convertirnos exclusivamente en un «país de vacaciones», a una noticia como la de buscar con afán los huesos de Cervantes en un céntrico convento madrileño solo puedo encontrarle una lectura economicista, sobre todo porque en esta aventura ha invertido el dinero de sus ciudadanos el ayuntamiento de Madrid, gobernado por un partido al que todo lo cultural suele darle sarpullido. Pero es que no están los tiempos como para andar comprando nuevas esculturas, ni construyendo edificios simbólicos que alberguen museos. Tampoco llegamos para añadir un nuevo monumento con el que tentar a los visitantes que repiten, esa nueva muesca en un mapa que permita señalar algo que el año anterior no era posible. La realidad se ha hecho ahorrativa, así que toca escudriñar un poquito a ver a qué somos capaces de colgarle un cartel de «visitable» a la vez que situamos una hermosa taquilla delante. Los huesos del autor de El Quijote pueden bien cumplir ese objetivo, ¡quién no ha soñado nunca con mirar la tumba de un escritor universal a ver si por ósmosis le vienen pensamientos profundos o simplemente soltarle un igualitario «no somos nadie, tú aquí muerto y yo en paro»!

Tampoco somos imaginativos en la idea, simplemente copiamos modelos. William Shakespeare está enterrado en la Holy Trinity Church de Stratford-upon-Avon, la misma iglesia en la que fue bautizado. Al menos hace unos años, la entrada era gratuita, pero se aconsejaba una donación de la que se indica expresamente la cantidad en varios avisos. Los números dicen que la villa natal del escritor británico recibe un cuarto de millón de visitantes al año y que su tumba está dentro de los diez mausoleos más visitados del mundo. Shakespeare muerto se ha convertido en un negocio, en eso que ahora se ha dado en nombrar como «marca». Así que no estamos hablando de la historia de la literatura, de nuestro pasado de esplendor, de lo que fuimos y sobre todo de los que construimos con nuestras palabras. Hablamos de pura mitomanía.

Tendremos tazas, camisetas… Nos haremos «selfies» frente a sus restos y sobre todo pasaremos por taquilla. El marketing de la industria literaria también sabrá aprovechar el momento y estará cavilando. No tengo la menor duda de que tendremos nuevas ediciones de sus obras.

Todos ganamos. Pero la fiesta se ha estropeado, la venerable tumba de Cervantes no estará lista para este año porque, cuando se trabaja dentro de un edificio catalogado como Bien de Interés Cultural, los permisos se alargan y los plazos son siempre inciertos. No es más que un retraso, un poco de tiempo ganado para terminar de dar forma a la idea, cerrar un plan de negocio, mejorar la imagen e ir creando las expectativas necesarias y la parafernalia en la que nuestras administraciones públicas participarán para cubrir el cupo de sus presupuestos en cultura.

Yo, sin embargo, soy más de pedir que el dinero público se invierta en cultura viva, de la que me hace pensar, de la que se construye día a día con nuestra realidad para ser el mejor antídoto contra ese pensamiento único que tratan de imbuirnos desde el poder. Quiero que se dé la oportunidad de elegir nuestro futuro, que tengamos opciones más allá de ser los que ponemos las copas en los chiringuitos a los turistas.

Revista Gurb