miércoles, 25 de junio de 2014

Construyendo comunidades con las manos

La Muestra de Cine de Lavapiés nos enseña el trabajo colectivo y el esfuerzo para sacar adelante diferentes comunidades

Miércoles 25 de junio de 2014. Muestra de Cine de Lavapiés. Librería Traficantes de Sueños. Madrid

Cartel de la película La Madre, una historia de colonialismo industrial
Cartel de la película La Madre, una historia de colonialismo industrial
He ido contando en las anteriores reseñas lo que hace, lo que quiere y cómo se organiza la Muestra de Cine de Lavapiés, pero no he hablado todavía de dónde sale el dinero. La Muestra no tiene ningún tipo de subvención pública, ni participa en su financiación ningún patrocinador privado. El secreto es la austeridad en los gastos, que éstos sean pocos y necesarios. Por eso no se necesitan grandes ingresos, bastan los que se sacan con la venta de camisetas, alquilar los equipos de proyección y sonido y una fiesta al año: el tradicional karaoke.

La Librería Traficantes de Sueños es un espacio que participa todos los años en la Muestra. Un lugar para ver un cine diferente, social y de debate, como es el caso de la sesión de tarde del miércoles. Tres son los documentales que se proyectan en este espacio cultural, tres historias de abandono, de trabajo y de comunidades luchando por cubrir sus necesidades más básicas.

El Colectivo Brumaria está formado por Roberto Salas, Rosa Calvo, Miguel Sánchez y Javier Goytre. Forman un grupo de profesores de secundaria, todos ellos ajenos al mundo audiovisual. Su empeño les ha llevado a ser los autores de La Madre, una historia de colonialismo industrial, un documental que retrata más de un siglo de una comarca cordobesa del Alto Guadiato. Tradicionalmente llevaban una vida rural dedicada a labrar la tierra. A finales del siglo XIX se instaló allí la Societé Minière et Métallurgique de Peñarroya para montar una industria de plomo dulce que llegó a dominar el mercado mundial a principios del siglo XX. Todo cambió. El Cerco Industrial de Peñarroya-Pueblonuevo que construyeron y explotaron nos cuenta una historia de desarrollismo industrial. No nos engañemos, la empresa es francesa y lo que busca en el pueblo cordobés es un beneficio mercantil para sus propios bolsillos. Nada más.

Se traen sus ingenieros franceses y contratan obreros locales. El mundo a dos velocidades, la de las élites y la de los trabajadores. Nada tienen que ver las condiciones de vida de los primeros con la de los segundos. Para separar aún más a los unos de los otros se llegan a levantar dos muros. A pesar de ellos, el mínimo contacto que se establece, lo que se vislumbra por las rendijas, sirve para que un cierto progresismo invada la comarca que adelanta culturalmente a otras poblaciones cercanas. Son buenos tiempos, los del trabajo y el desarrollo. Pero toda prosperidad industrial colonialista significa explotación -laboral y de materias primas- y dependencia total hacia el que ha llegado de fuera. Es la lógica capitalista. Un día la rentabilidad se acaba y el que vino de fuera se va, la madre se convierte en madrastra. Con su huida vemos la devastación que ha dejado, el abandono que sentimos y una nostalgia de un tiempo que terminó. Lo que fue esplendor ahora es una ruina, un patrimonio que se hunde sin políticas locales que ayuden. No hay trabajo, solo paro. La verdadera riqueza escapó. Esa desolación es lo que queda.

Por todos esos estados de ánimo va pasando el documental y las personas que se ponen frente a la cámara. Hay en todo el documental un extenuante trabajo de investigación y documentación que trasciende y se agradece. No hay detalle que no se aborde, no hay asunto que no se intente explicar. Es un documental completo, sin fisuras en su contenido y estructurado por materias, lo que en cierta forma altera la cronología. Los datos son importantes, pero más aún dejar hablar a las personas que lo vivieron, aprender de ellas y dejarse invadir por sus sentimientos.

Cartel de la película La joven tierra
Cartel de la película La joven tierra
Cambiando de documental, decir que me gusta la forma que tiene Ehécatl Cabrera de contar la historia de Araceli García en La joven tierra. Lo hace con tiempo, asentándose en palabras clave: comunidad, compartir, trabajar la tierra, jóvenes, compromiso… De Araceli me gusta esa voz pausada. Habla firme pero con delicadeza, segura de su mensaje, cargada de razones y con una pasión contagiosa. Me gustan las imágenes con las que se cuenta la cotidianidad de su pueblo. Me gusta como va dibujando sensaciones.

Es el verano de 2012, tras unas elecciones presidenciales que huelen a fraude y que saben a descontento. No hace falta que lo cuenta nadie, lo escuchamos en las radios mientras Araceli viaja. Ella es una maestra joven en Puebla y aprovecha las vacaciones para volver a la comunidad indígena a la que pertenece y trabajar con su familia. Su tiempo libre lo emplea en cultivar el campo, es la forma de vivir que conoce, la que le enseñaron y la que reivindica porque se siente totalmente apagada a ella. Ama lo que tienen, lo que les dice su cultura apegada a esa tierra y a una forma de trabajo colectivo y ancestral. Sin cosecha no hay nada que comer. Pero el campo es también algo más que la fuente de alimento para ellos, se trata de una especie de cordón espiritual que une a las personas con la naturaleza, que les hace partícipes de la vida. Siembran descalzos porque en ese contacto con la tierra se sienten libres.

Su pueblo es pobre si hablamos de dinero, pero rico si pensamos en otros valores como el compromiso y la cooperación. El conocimiento es lo que vamos aprendiendo cada día con los demás, como señala Araceli. Seguro que lo aprendió trabajando con sus propias manos junto a su familia, codo con codo con el resto de la comunidad. La pobreza material viene de que el suyo es un pueblo abandonado por las autoridades que se comportan de una manera caciquil y corrupta. Solo visitan la comunidad indígena buscando votos en época de campaña electoral. Cuando llegan hacen promesas que nunca se cumplen y compran el voto. Luego dicen «sabes que te pagué 100 pesos para que votaras por mí. Ahora no me vengas a pedir nada». El olvido dura hasta las siguientes votaciones donde se repite la misma historia.

En algún sitio debe estar la alternativa a la corrupción que gobierna. Ella se ha unido al movimiento #yosoy132 porque ha encontrado convivencia, unión y un compartir desinteresado igual al que vive en su comunidad. Sabe que es una más de ellos, que son iguales: jóvenes que saben a dónde quieren llegar y con qué fin. Con esta juventud ya hay alguien que defiende las comunidades que estaban abandonadas.

Cartel de la película Ladrillo por ladrillo
Cartel de la película Ladrillo por ladrillo
Respecto a Ladrillo por ladrillo, de Irene Durán, Jorge Sequera y Alexis Wursten, decir que es un documental que nos cuenta la historia viva del barrio de Los Pinos, en la periferia de Buenos Aires. Sus vecinos lo construyeron con sus manos, ladrillo a ladrillo, como dice el título. No fue una situación elegida, sino impuesta por la necesidad de disponer de un techo bajo el que vivir. No les quedaba otra solución. Ese el problema cuando se es pobre, que no le importas a nadie. La vida se desarrolla en condiciones de miseria, haciendo dignidad del esfuerzo, compartiendo y conviviendo. Y van llegando más. Y encuentran un rincón donde se añade otra casa. Y el resultado es que terminan hacinados en infraviviendas.

Por lo que respecta a la municipalidad, Los Pinos es un barrio ilegal e insalubre. Ilegal porque han ocupado las tierras sobre las que han edificado y eso significa desalojos en la barriada. Insalubre porque las cloacas las han hecho los vecinos como han podido. La villa se convierte a veces en foco de enfermedades con el desinterés de quienes gobiernan. Les tienen abandonados, sin servicios básicos. No tienen derecho a nada.

Pero esos vecinos y vecinas han luchado. Quieren mantener su casa y que esté mejor el barrio. Juntos han pensado un modelo de reurbanización respetando lo que existe. Esa es su expectativa, lo que le piden al gobierno. Solo sueñan con poder tener una plaza, una escuela… Ese orgullo que les quedan lo explota el documental, convirtiéndose en una pieza de resistencia y esperanza. Simbólicos son los últimos minutos que nos hablan de una felicidad que vendrá.

martes, 24 de junio de 2014

Lo que la sociedad aparta

La Muestra de Cine de Lavapiés nos propone una sesión underground y otra del cine denominado de autor

Martes 24 de junio de 2014. Muestra de Cine de Lavapiés.
Teatro del barrio y Colegio Público Emilia Pardo Bazán. Madrid

Cartel de la convocatoria de Cine Libre para la 11ª Muestra de Cine de Lavapiés
Cartel de la convocatoria de Cine Libre para la 11ª Muestra de Cine de Lavapiés
Cuando el año empieza, la Muestra de Cine de Lavapiés lanza su convocatoria de Cine Libre. Durante tres meses recibe las auto-producciones de sus autores con la única condición que utilicen licencias de copyleft. De esos trabajos recibidos se seleccionan unos pocos que forman una parte importante de la programación de la Muestra. No hay dotación económica, el premio es proyectarla durante la Muestra. La idea señala, en todo momento, un claro posicionamiento sobre la cultura libre y la proyección de cine gratis en el barrio, haciendo así que el dinero no sea obstáculo ni un elemento diferenciador. La Muestra es simplemente horizontal y quiere ser también, si es posible, un elemento socializador.

La otra parte de la programación se completa a través de una selección de títulos que decide la asamblea de la Muestra. Esa segunda selección se hace en varias fases. Las personas de la organización proponen películas que va a una lista de posibles. Cada persona vota (Sí, No o Depende). Aquellas películas con más de dos votos favorables pasan a la asamblea, donde se discute hasta que se cierra la programación. A veces ese camino se alarga, algunas de las seleccionadas finalmente no se proyectan. Eso es debido a que la Muestra pide siempre autorización a los propietarios para su proyección y alguna vez la distribuidora no da permiso.

Proyectar en una misma edición auto-producciones con copyleft y cine propietario parece una contradicción, pero no es otra cosa que nuestro presente con un modelo emergente y otro que se asfixia.

Tarde en el Teatro del barrio: lo underground

El Teatro del Barrio se une este año como un espacio más de proyección de la Muestra. Le ha tocado una sesión muy particular.

El primer trabajo es Crónicas de una nave loca, de Patricio Carroggio. En febrero de 2013 cuatro argentinos, un francés y un español emprenden un viaje a Colombia en busca del mundo interior del poeta León de Greiff. Podría yo aquí contar muchas cosas del poeta, pero muy pocas del corto. Como mucho me atrevería a catalogarlo con la etiqueta de vídeoarte. En él alguien lee versos del poeta mientras van pasando secuencias que parecen tomadas como recuerdo de unas vacaciones. Los textos son profundos, barrocos y con un cierto carácter filosófico y existencialista. Las imágenes están fuertemente influidas por la publicidad que vemos en la tele.

El polaco Michal Marczak es el responsable de Fuck for Forest, un documental sobre la ONG Fuck for Forest, una especie de comuna neo-hippy que obtiene fondos manteniendo una web porno-erótica y los invierte en causas medioambientales. El documental es confuso, sin un hilo argumental y un tanto torpe a la hora de llevarlo a cabo. Fuck for Forest, la ONG, en realidad es una forma de vida basada en el amor libre y la sexualidad abierta; el porno es una manera de mantenerla. Las causas de apoyo a la naturaleza, en el documental, no cuajan. Incluso dejan de ser bienvenidos para la comunidad indígena que les ha llamado. Aunque quizá ese momento fallido sea su mejor parte, cuando los protagonistas se enfrentan a sí mismos y a sus principios, el instante donde se ve la gran grieta de su vida. Todo se queda en puro desfase, en una pose, en una forma de quemar un presente aburrido. A final, un palestino en la calle lanza una pregunta inquietante que no se responde: «¿Y si fracasas?». Quizá el futuro solo sea eso, una decisión entre el éxito o el fracaso y todo depende del punto de mira que se aplique.

Noche en el cole: el cine de autor

Cartel de la película La Caza
Cartel de la película La Caza
Cuando oscurece, le toca el turno a La caza, de Thomas Vinterberg. La verdad es que tras la decepción de la tarde, la película me salva el día. Es lenta, opresiva, dura, pero tiene ángel. Sabe conectar. El danés Vinterberg nos arma un thriller psicológico de falsos culpables y falsos inocentes que retrata la hipócrita sociabilidad de nuestro tiempo y la desconexión con quienes viven a nuestro lado, auténticos desconocidos. Hace años Europa enfermó, en los países más ricos surgió también lo más depravado. Surgieron las dudas y el miedo al otro. La Caza es la película de la desconfianza y la vergüenza como seres humanos y como sociedad. La maldad es un cáncer que corrompe y contra la que a menudo es imposible luchar. No hay defensa contra el juicio de la opinión pública y además da lo mismo la verdad. A Lucas, un cuidador del parvulario, le acusan de haber abusado de una niña. Es falso. La película no juega a engañar al espectador sino a narrar el infierno en que se convierte la vida de Lucas, siempre en el punto de mira, como la presa a ser cazada. En el pueblo pequeño en el que vive y trabajo nadie le da una oportunidad para que pueda defenderse o explicarse. No le escuchan, y sin embargo le han condenado. También, en ese camino, le han quitado la dignidad. Incluso cuando su inocencia es manifiesta, entre sus vecinos no se levanta el castigo ni termina el acoso. Persisten incapaces de asumir una equivocación, seguros de que algo malo esconde.

La Caza es una película de detalles, de instantes, de miradas, de golpes, de intenciones, de humanidad. Transcurre en un lugar frío, entre almas heladas, dentro de una comunidad protestante que carece de la menor caridad cristiana. Esa falta de piedad humana que muestra la comunidad resulta asfixiante, sobre todo cuando van despuntando gestos de maldad que van tensando la situación. Sale a la luz una rabia subterránea que desemboca en una venganza incontrolable. Lucas se siente impotente y se va tiñendo de tristeza, marcado por un malentendido que creció lleno de veneno.

De su final se podría hablar largo y tendido, pues da pié a muchas interpretaciones y significa para cada espectador un posicionamiento sobre la culpabilidad y la sociedad. Sin duda es otro síntoma de que no es una película que deje indiferente. Si algo destaca por encima de todo, eso es la maravillosa actuación de su protagonista, Mads Mikkelsen. En sus silencios, en su contención, en sus miradas, en su miedo y en ese intentar mantener una dignidad robada se sostiene la película. No me puedo resistir a cerrar la crónica sin añadir una curiosidad, Mikkelsen participó hace unos cuantos años en una película española: Torremolinos 73.

lunes, 23 de junio de 2014

Construyendo desde lo pequeño, desde el inconformismo

La Muestra de Cine de Lavapiés nos trae un cine configurado por su entorno

Lunes 23 de junio de 2014. Muestra de Cine de Lavapiés.
Librería Enclave de Libros y Colegio Público Emilia Pardo Bazán. Madrid


Cortinilla de la 11ª Muestra de Cine de Lavapiés
Once años lleva la Muestra de Cine de Lavapiés con su cine callejero y gratuito. Lo suyo es una apuesta por una cultura constructiva y multicultural, donde se recojan otras formas de pensar y de vivir, compartiendo realidades que puede parecer lejanas pero que se encuentran a la vuelta de la esquina. Su ideario pasa por convertir la cultura en un eje político y social, hecha entre todos y todas, con conciencia, participativa, debatida, sin exclusiones, autofinanciada y sobre todo independiente. Lavapiés es un barrio que está vivo, donde la calle es cultura. La Muestra mantiene ese mismo espíritu y lo amplifica convertida en un canal de difusión para un cine que hace pensar. Son diez días para celebrar el cine y disfrutarlo en compañía, en una especie de comunión colectiva, con dos sesiones diarias. La de la tarde se realiza en lugares del barrio que apoyan la idea de la Muestra y por la noche se proyecta al aire libre. Todas las sesiones son gratuitas.

Tarde en Enclave de libros: Coloquio «Cine desde abajo»

Uno de esos espacios que no falta a la cita anual con la Muestra es la librería Enclave de libros, allí empieza la tarde.

Cartel de la película Dinosaurios en 3D
Cartel de la película Dinosaurios en 3D
En Dinosaurios en 3D, de Juan Beiro, no hay ni dinosaurios, ni 3D. El título es una metáfora porque su documental cuenta una nueva historia de extinción en un mundo de progreso. Las salas de cine en Madrid, y en el resto de España, están desapareciendo, convertidas en comercios o en edificios abandonados. En ellas queda atrapado un aire fantasmagórico que recoge muchos sueños del pasado. Beiro va revisando los cines que cerraron, buscando en los edificios que los albergaron los restos que han dejado. Esos rastros son un rótulo, la ventanilla de una taquilla, el espacio rectangular de una gran pantalla, la lámpara pomposa… Con esos recuerdos va construyendo un espacio de melancolía, el estado hipnótico de lo que fue y ya no será. Ese viaje de detalles, de tiempo detenido, de polvo en suspensión, conduce al espectador a una reflexión. Mirando lo que ha desparecido no podemos dejar de preguntarnos cómo es que no hicimos caso a las señales. Esas salas que van pasando por la pantalla no volverán a abrirse, ni se apagarán las luces en ellas para proyectar más ilusiones. Es un hecho inevitable y asumido. Pero, ¿vamos a dejar que se extingan nuestros cines? Si queremos seguir viendo película en grandes salas nos va a tocar quitarnos la modorra de encima y hacer algo.

Buscando lo pequeño, de Jesús López Alarcón, nos lleva al pueblo de Ascaso donde, bajo las estrellas del Pirineo aragonés, se celebra la muestra de cine más pequeña del mundo. La suya es una Muestra comprometida con el entorno y con el cine hecho con mimo, que quiere recuperar un pueblo a través de la cultura y salvar un concepto antagónico con la vida urbanita. Alarcón, con su corto-documental, nos cuenta cómo es y nos ofrece pinceladas tentadoras de esos días de la muestra de Ascaso. Pero su valor fundamental es que se empapa de ella para transmitir con su trabajo los sentimientos que produce participar: el sosiego, la importancia de lo pequeño para nuestra felicidad y la satisfacción de hacer las cosas bien y a su ritmo.

Cierra la sesión el documental de Luis Román Alcaide titulado Alianait: Art in the Arctic. Esta vez no es un festival de cine, sino uno musical, el Alianait, que se celebra en Iqaluit, una ciudad remota del ártico canadiense. Los inuit comparten su cultura y reciben la de otros lugares para entender el mundo, para encontrar las similitudes y las raíces comunes del ser humano. El Alianait es un viaje interior que trata de acercar cultura y personas, de que unas se empapen de las otras para crecer juntas. Román nos lleva a la tierra de las más duras noches y los inviernos más fríos, donde los suicidios son algo común, y nos muestra una felicidad sencilla, la de compartir con sus semejantes.

¿Qué tienen en común estos tres trabajos para que la Muestra haya decidido proyectarlos en la misma sesión? Sobre todo el hacernos mirar hacia lo pequeño, a los detalles que se nos pasan desapercibidos cada día y que sin embargo encierran nuestra esencia. Son tres viajes para encontrarnos a nosotros mismos, son tres formas similares de entender la cultura. De eso se habló en el coloquio tras la proyección. También se debatió de la crisis del cine, de las causas, de las soluciones y del amor pasional e incondicional por ver una buena película con la gente que siente lo mismo. Aprendimos que no estamos solos y que se puede seguir caminando y cambiando pequeñas cosas poco a poco.

Noche en el cole: Animación y Cine en la periferia

Cartel de la película El ruido del mundo
Cartel de la película El ruido del mundo
Con la noche llega la segunda sesión. Se abre con el corto El ruido del mundo de Coke Riobóo, un trabajo que aúna música y animación. Es un corto con intenciones, la de hacernos mirar hacia aquellos que no queremos ver, esos ruidos molestos del mundo global que habitamos. No podemos rechazarlos, ni tampoco resolverlos individualmente. Si los escuchamos nos desquician. Si no les prestamos atención nos deshumanizamos. La propuesta del director es construir con ellos una sinfonía de la desgracia en la que el ser humano está convirtiendo este mundo; una sinfonía a través de la que podamos despertar. El ruido del mundo es una llamada a la acción usando el arte. No podemos conformarnos.

El segundo de los trabajos presentados esta noche tiene mucho que ver con el anterior. Lo realiza Sergio Catá y se llama El domador de ruidos. En el corto escuchamos a Coke Riobóo contar el proceso que le llevó a encerrarse tres años para acabar El ruido del mundo. Nos sirve para entender mucho mejor el corto, la técnica de animación de plastilina sobre pantalla de luz con la que está realizado y a su director, una persona peculiar que siente la necesidad por encima de todo de contar historias para expresarse.

Cartel de la película La Plaga
Cartel de la película La Plaga
Si el día anterior la Muestra había traído un trozo de Euskal Herria, esta noche ha hecho lo mismo con Catalunya. Se proyecta La Plaga, una sensacional película de Neus Ballús que este año ha competido por el Goya a dirección novel y ha sido la triunfadora de los Premios Gaudí del cine catalán (mejor película, directora, guion y montaje). Ballús nos plantea la película en el extrarradio de una gran ciudad como Barcelona, ese punto límite e intermedio donde se termina la periferia de las grandes ciudades, pero que aún mantiene una entidad diferenciadora, propia y rural. Es curioso ver cómo desde la sencillez y lo local consigue hacer explotar un sinfín de emociones en el espectador.

Es una película hecha con mimo, ladrillo a ladrillo, que sabe explotar con maestría la frontera que existe entre la ficción y la realidad. Lo que nos pone enfrente sabe a verdad porque lo es y además no tiene ninguna trampa. Nos cuenta las vidas cruzadas de unos personajes que comparten el mismo terruño y la forma natural en que esas vidas van tejiendo una red de subsistencia. Son distintos, piensan diferente, pero todos son un ejemplo de la incertidumbre de los tiempos que vivimos, de como el capitalismo y sus crisis van rompiendo las vidas de las personas, dejando víctimas. Sí, La plaga habla de la crisis sin nombrarla y lo hace de forma metafórica. Pero su sombra no deja nunca de estar presente, atenazándonos en forma de plaga de la mosca blanca que destruye nuestra cosecha, que hace inútil nuestro trabajo y que nos arruina. La crisis nos atonta, dejándonos sin capacidad de reacción. Surge esa sensación de fin de ciclo, de vacío que nos consume, y empieza una espera de la que no sabemos salir, que nos consume. Sabemos que nos hundimos y también que estamos perdiendo nuestra identidad. Nos toca superar la soledad y la incertidumbre y para ello habrá que arrimar el hombro; pero vamos a hacerlo entre nosotros y nosotras, desde abajo, cimentando la comunidad, sirviendo las unas de protección a los otros, cuidándonos y protegiéndonos. La plaga nos dice que aún nos queda capacidad para la rebeldía, que podemos pensar de otra forma, dar sentido a nuestro futuro.

No hay actores profesionales, así que los personajes se interpretan a sí mismos. La directora, ha filmado sus vidas como si fuera una ficción. Le ha costado cinco años que ha empleado en entenderlos, trabajar con ellos y sobre todo provocarlos para sacar esa chispa que destaca en toda la cinta. La atmósfera que crean los personajes, su autenticidad y ese todo inclusivo que forman, es la que desnuda al espectador, lo que le obliga a sentir y compartir. Es una vuelta a dar valor a lo importante, a una inocencia que sin embargo ofrece múltiples lecturas. La Plaga es un hermoso aprendizaje de una lucha emprendida para salvar lo poco que nos queda, lo nuestro.

domingo, 22 de junio de 2014

Nuestras amistades

La Muestra de Cine de Lavapiés nos acerca el conflicto de Euskal Herria

Domingo 22 de junio de 2014. Muestra de Cine de Lavapiés. Colegio Público Emilia Pardo Bazán. Madrid

Cartel de la 11ª Muestra de Cine de Lavapiés
Cartel de la 11ª Muestra de Cine de Lavapiés
Madrid en verano se convierte en el pequeño pueblo que un día fue. A esa tradición de regreso a los orígenes contribuyen la mayoría de las fiestas que se celebran por los barrios más castizos. La Muestra de Cine de Lavapiés es uno de esos elementos que construyen barrio y conectan con el verdadero concepto popular, porque la cultura sirve para hacerse preguntas y empoderar a la ciudadanía. A eso de las diez y veinte de la noche, cuando la luz se está yendo del todo, comienza la proyección. Es el patio de un colegio público, el Emilia Pardo Bazán, y está lleno de personas que se han juntado para ver un corto y un documental. Sentados en sillas de plástico, unos comiendo pipas, otros mirando embelesados la pantalla, pero todos bajo un cielo raro para Madrid, pues hoy muestra las estrellas que casi nunca deja ver.

Unos minutos antes, a viva voz y en esos últimos instantes del día solar, Aitor Merino y Ainhoa Andraka han presentado su película, la que ha creado tanta expectación esta noche: Asier eta biok. Los hermanos Merino, Aitor y Amaia, son los directores y Ainoha su productora. Ninguno de los dos quiere hablar mucho, son rápidos para que empecemos a verla lo antes posible. Ya habrá tiempo de debatir al final.

La sesión de la noche se inicia con la proyección de la cortinilla de la Muestra, una pequeña delicia para abrir boca. Le sigue el cortometraje titulado Frank, el trabajo final de un taller de vídeo impartido por la productora Apablo Nicasso en La Fàbrica de Somnis de Vic. Es un buen ejemplo de esas películas que juegan sobre ese borde que queda entre la realidad y la ficción, usando la estética del documental para narrar una historia inventada. En un blanco y negro donde aún se ha permitido algún rojo, con primeros planos, a través de retazos de entrevistas, varias personas describen a Frank y según avanza la narración vemos que algo no cuadra, que lo que nos dicen no coincide. La vida son apreciaciones, interpretaciones que hacemos. Usamos muchos elementos para valorar. Somos subjetivos, lo que permite que lo que yo adore otro lo desestime. Cuentan sus autores que es un retrato, pero sobre todo un ejercicio de manipulación audiovisual en positivo.

Cartel de la película Asier eta biok
Cartel de la película Asier eta biok
Cuando se proyecta Asier eta biok ya nadie mira al cielo. Es una película que capta rápidamente al espectador, jugando un poco con la nostalgia, la juventud y el humor. A mí la película me gustó. Creo que está hecha con mucha inteligencia y construida para llevarnos con suavidad a un terreno del que no es fácil hablar. Asier Aranguren y Aitor Merino crecieron juntos convertidos en dos amigos inseparables durante la adolescencia. Aitor se vino a Madrid para ser actor y Asier se quedó en Pamplona, haciéndose insumiso y luchando desde los grupos antimilitaristas de principios de los 90. Aitor Merino hace nuevos amigos en Madrid que nada tienen con ver con lo eskaldún, y le resulta difícil explicar el conflicto de Esukal Herria. Más incomprensión aún despierta el hecho de que tenga un amigo en ETA al que quiere muchísimo. Con ese pretexto, el de hacerse entender por sus amigos de Madrid, y aprovechando la salida de Asier de la cárcel de París tras cumplir su condena, decide rodar un documental con Asier como protagonista.

Los Merino no justifican a ETA, ni los atentados, ni la violencia como solución a nada. Se ve claramente la distancia que hay. Pero también son capaces de mostrarnos que una persona, o muchas, pueden llegar a esa conclusión del uso de la violencia de una forma racional. No se ampara en el debate simplista de un conflicto entre «buenos» y «malos», sino que busca las aristas, aquello a lo que los medios españoles no quieren llegar. Se trata de debatir, de hablar, de pensar, de dialogar… Todo eso hace que podamos acercarnos al conflicto de Esukal Herria desde una perspectiva más real y sobre todo menos contaminada por la versión oficial de nuestros políticos.

El documental es honesto. En el proceso de construirlo, Aitor Merino fue consciente de que las imágenes grabadas no contaban el Asier idílico que el buscaba mostrar. La película que pensó al principio no podía estar allí y se desvanecía. La realidad gana. Asier eta biok cobró vida para dejar hablar. Algo que se ve claramente en el montaje donde se diferencian dos partes. En la primera, de contextualizacón, el propio Merino tiene el papel de protagonista para contar su idea de Asier y su visión de él. La segunda, por el contrario, es más directa, tiene planos más largos donde vamos viendo expresarse a Asier con sus propias palabras. Quizá Asier no salga favorecido. Su posición y el documental le colocan siempre en un lugar de difícil equilibrio y muchas veces imposible de compartir.


Trailer de la película Asier eta biok
Asier eta biok habla de las fronteras, las territoriales y también las morales. Las físicas definen la «tierra donde se habla el euskera». Ese es el significado literal de Euskal Herria y el conflicto por resolver. La segunda es una frontera moral de Aitor Merino, una línea entre defender la independencia y matar. La admisión de la violencia es el elemento que separa a los dos amigos. No es justificable quien pasa esa línea. Asier reconoce públicamente ser miembro de ETA. No ha participado en ningún atentado. Pero la coherencia con sus ideas le lleva a asumir como propias las acciones de ETA, incluso aquellas con las que no comulga. Reconoce la violencia como método, pero señala que ahora han decidido otra vía diferente, la de la paz y asumir un reto política desde el que cambiar la situación.

Asier eta biok no se ha podido ver en muchos cines, los exhibidores del circuito comercial no han querido distribuirla y en Madrid, por ejemplo, solo se ha proyectado en el Artistic Metropol. En realidad todas esas puertas cerradas están fortaleciendo la película, mitificándola y despertando mayor interés en una minoría que quiere estar bien informada para formarse sus propias conclusiones. Los Merino y su productora persisten, insisten en que se vea, en crear debate, en abrir grietas en el pensamiento único, en hablar con el público. Así ocurre, tras la película llueven las preguntas, las opiniones, las interpretaciones…

Se hizo tarde y un vecino salió a su ventana para decirnos amablemente que mañana tenía que madrugar. Se quitó la megafonía, pero aún había muchas preguntas más para Aitor y Ainhoa, a las que en voz baja fueron dando respuesta. Después tocó recoger entre los vecinos y vecinas, barrer y guardarlo todo, porque al día siguiente el cine en la calle empezará de nuevo.

viernes, 13 de junio de 2014

El cine alemán y el humor

El Festival de Cine Alemán de Madrid estrena la taquillera Fack ju Göhte

Viernes 13 de junio de 2014. Festival de Cine Alemán de Madrid. Cine Palafox. Madrid

Cartel de la película Fack ju Göhte
Cartel de la película Fack ju Göhte
El Festival de Cine Alemán de Madrid no solo sirve como una pantalla para el cine germánico, también ayuda a derribar estereotipos. El tópico es que los alemanes tienen la cabeza cuadrada y están faltos del mínimo sentido del humor. La realidad es que en Alemania conviven muchas culturas y que saben reírse de casi todo. Su comedias funcionan y además son totalmente exportables desde hace muchos años. Este es el caso de la película de Bora Dagtekin que el festival ha seleccionado: Fack ju Göhte. Se trata de una comedia gamberra que allí han visto siete millones de espectadores.

Viendo Fack ju Göhte te ríes y te diviertes. Así que el film seguramente cumple sus objetivos. También deja una poca de moralina sobre el sistema educativo, los alumnos conflictivos y el poder que tiene el profesorado para ayudar a que las personas de la siguiente generación tengan más oportunidades, corregir para que puedan disfrutar de lo que nosotros no tuvimos. Para ellos señala que la voluntad es más importante que el mero conocimiento. Y así, hasta el más gamberro, si sabes conectar con él, cae rendido. Solo hace falta que dejemos en casa el egoísmo, que nos preocupemos de quien más necesitas y que seamos felices con ello, pues nada hay mejor que la satisfacción por ver que formamos personas que van a mejorar el mundo. Todos y todas merecen una oportunidad y el sistema educativo debe esforzarse en dicho sentido.

Sin embargo, no pude quitarme de encima la sensación de que ya había visto esta película muchas veces. El cine estadounidense ha repetido el mismo patrón hasta la saciedad. Fack ju Göhte copia y explota el modelo, con algunas aportaciones propias. La primera de ellas es dulcificarla con un humor más europeo, con cierto cinismo, y haciendo un espejo con la realidad, enseñando el otro lado, el que no es literario. «¿Tú no querías ser camello? Pues esto es un yonqui pasando el mono». Y nos reímos de ver como un adolescente se topa con la realidad, igual que nos habíamos reído por la ocurrencia de elegir una profesión ilegal porque significa tener dinero rápido y fácil. La segunda de las aportaciones que ofrece la película es la de hacer una mezcla con la comedia romántica. Colocar dos polos opuestos que se atraen, porque los extremos siempre están equivocados y la verdad se haya en el punto medio. Eso es lo que dicen los medios de comunicación, el mensaje con el que nos bombardean y por aquí la película también cumple. El limón y el agua, si se les añade azúcar, producen limonada. Y la última de estas aportaciones es la sencillez. Fack ju Göhte nada tiene que ver con la sofistificación hacia la que han evolucionado estas comedias gamberras los yanquis, repletas de medios, efectos especiales. Aquí todo es más sencillo, más simple, más directo.

Lo dicho: diversión, pero nada nuevo. Hasta el final es el que esperas.