domingo, 10 de febrero de 2013

Haciendo contrapoder

El Frente Cívico Somos Mayoría organiza un acto abierto en Madrid


Domingo 10 de febrero de 2013. Círculo de Bellas Artes. Madrid

Juan Carlos Monedero, Julio Anguita, Pilar García y Víctor Ríos presentando el Frente Cívico Somos Mayoría. (Foto: Toni Gutiérrez)
Juan Carlos Monedero, Julio Anguita, Pilar García y Víctor Ríos presentando el Frente Cívico Somos Mayoría. (Foto: Toni Gutiérrez)
Julio Anguita es el terco ejemplo de un político honesto, con ideas y con programa, de esos pocos que no se doblan ante el poder. Su obstinación se empeña en demostrarnos que es necesario cambiar las cosas. Hay una manera de salir de esta crisis, para ello es preciso abandonar el capitalismo y que las personas -los ciudadanos- estén por encima de los intereses económicos de una minoría. Nadie dice que sea un camino sencillo, pero es el que nos toca por pura conciencia, por deber, por responsabilidad. No es extraño que cada vez que se organiza un acto en el que Anguita interviene la sala reservada se quede pequeña. Así ocurrió con el teatro Fernando de Rojas del Círculo de Bellas Artes en el acto público del Frente Cívico Somos Mayoría, porque mayoría somo los que padecemos y es hora de convertir nuestra indignación en rebeldía.

Dijo Juan Carlos Monedero en su turno de palabra que vivimos un tiempo en el que los canallas están envalentonados y los honrados perplejos, así que tenemos que ser desobedientes y atrevidos. Frente a esa España perpleja pero honesta hay otra a la que se le llena la boca con su españolidad, pero que tiene sus cuentas en Suiza. Después nos advirtió de la manipulación que realizan los medios de comunicación, los supuestos detentadores de la verdad, y nos fue describiendo la situación que tenemos en nuestro país. Esta crisis nos obliga a trabajar para que se mantengan los privilegios de una minoría, para que entre todos paguemos el bienestar de los otros. Habló de la Transición como ese mal acuerdo que sirvió para que España se acostara franquista y se levantara demócrata. Le gustaría que se reconociera como primer paso que entonces no se hizo mucho más de lo que se pudo, porque lo cierto es que seguimos bajo el mismo poder de la mafias territoriales y la iglesia católica. Para salir de aquí, advirtió Monedero, no bastan las ideas, es necesario liderazgos, programas y estructuras. Debemos rebajar la incertidumbre de la ciudadanía para que entienda la alternativa, organizar nuestras convergencias y atrevernos a experimentar con ideas que nos emancipen. Conocemos el modelo que impone el poder, así que hay que lanzar el nuestro, porque nadie puede tomar decisiones por nosotros. Es mucha la tarea, pero Monedero está decidido a hacer su parte.

Víctor Ríos explicó que el Frente Cívico Somos Mayoría quiere estar con las personas, trabajando y luchando por los de abajo y con los de abajo. La aspiración del Frente es que la mayoría social se reconozca como tal para convertirse en un contrapoder ciudadano sin complejos y abierto. Confesó que se sumó a la propuesta al saber que la convocaba Julio Anguita, porque para él es una garantía de honestidad, consistencia y sentido común. Preguntó si queremos vivir o que nos vivan. Si elegimos la repuesta primera está en nuestra mano acabar con este régimen y que no se perpetúe transvestido. No debemos dejar que sean otros los que vengan a cambiarlo para que nada varíe. Ante la situación actual no podemos seguir aislados, tenemos que juntarnos para formarnos, informarnos y actuar. Hay que reflexionar, argumentar para desmontar la demagogia reinante y divulgar las ideas.

Julio Anguita durante su intervención. (Foto: Toni Gutiérrez)
Julio Anguita durante su intervención. (Foto: Toni Gutiérrez)
Julio Anguita dijo que quería hablar de los hechos pequeños, aparentemente insignificantes, pero que forman la red sobre la que se asienta la sociedad. Él y muchos como él que se han unido al Frente Cívico tienen la vida más o menos resuelta, se podrían haber quedado en casa, pero no lo han hecho ni lo van a hacer. Se han costeado sus billetes y se han molestado en ocupar el tiempo de un fin de semana para reunirse pensando en los demás. Ese es un pequeño hecho. Nos encontramos frente al fracaso del régimen de la Transición y a una crisis de civilización. La pregunta fundamental nos la hizo a los que allí estábamos: ¿qué vais a hacer cuando se acabe la euforia del acto y los aplausos hayan pasado, cuando cada uno haya vuelto a su casa, mañana al levantaros? Ese es el verdadero desafío.

El Frente Cívico Somos Mayoría se ha constituido en torno a siete cartas que marcan las líneas de actuación. Son puntos de vista con los que trabajar, que hay que seguir limando hasta poner a punto. El 98% tenemos problemas, pero no estamos unidos, votamos cosas distintas y tenemos valores diferentes. Esa es la mayoría plural con la que tenemos que trabajar. Cuando conseguimos un éxito de convocatoria creemos que hemos cambiado las cosas, pero en realidad no habremos conseguido nada hasta que la mayoría esté en la calle y no sentados en sus casas. Duele, pero no cambiaremos este país hasta que una parte importante de la base que vota al PP se pase con nosotros. Tendremos que intentar negarnos, que dejar nuestros símbolos y construir juntos la solución con el trabajo duro del día a día. ¿Cómo vamos a conseguir unir a esa mayoría? A través del mal que nos afecta a todos, aquello que nos une. A eso, Anguita lo llama programa, el programa de lo inmediato, de lo concreto, de lo que necesita una intervención urgente. Porque si mañana empezamos a tomar medidas que van creciendo ya veremos como sigue. El Frente Cívico Somos Mayoría ha encontrado diez puntos sencillos. No será difícil que la gente los acepte pues son de sentido común. Cuando estemos de acuerdo habrá que pelear, es decir, tendremos que llevar con persuasión a la gente hacia la política. El primero de esos puntos dice que el salario mínimo deben ser 1.000€, el segundo que ninguna pensión estará por debajo del salario mínimo; para conseguir ambos no hace falta más que una reforma fiscal. A las pequeñas empresas no les llega el crédito; se podría resolver haciendo una Banca Pública. En los 90 se desarticuló la industria y la agricultura, cerramos las fábricas y dejamos de cultivar los campos pensando que íbamos a ser un país de negocios; si de la mano del sector privado no se garantizan las necesidades de la sociedad tendremos que nacionalizar los sectores estratégicos. Esa es la labor didáctica y pedagógica a realizar, la que va desde lo concreto hasta lo abstracto, la de pizarra y tiza. Es necesario tener la paciencia de ir sacando estas ideas por su propio peso, desde los sentimientos, para que cada uno asuma su responsabilidad, que sepa que sabe.

El Frente Cívico no quiere ser un partido político sino un contrapoder. Nos equivocaremos si lo que buscamos es el gobierno. Estamos frente al poder porque es el poder (la banca, las multinacionales, los medios de comunicación, las grandes familias…) el que está detrás del gobierno. El gobierno no es otra cosa que el capataz que cuida los intereses de los poderosos. El poder vive a base de trampear con su propia ley, porque no soporta su legalidad. Si el poder es violencia institucionalizada y legal, nosotros nos convertiremos en la exhibición de una fuerza tranquila, serena y paciente. Hay que ocupar la calle, llamar a las consciencias y construir ese mayoría tan plural con la que enfrentarse al poder: a Botín, a Francisco González, a la banca alemana…

Cartel del acto abierto del Frente Cívico Somos Mayoría
Cartel del acto abierto del Frente Cívico Somos Mayoría
El contrapoder se tiene que plantear en un momento determinado la desobediencia. Pero cuando la mayoría desobedece, la ley está muerta. Subversión, contagio y combate para cambiar, pues aunque el capitalismo está herido de muerte no vamos a esperar que caiga, hay que derrumbarlo y mientras empezar a dar forma al modelo alternativo. Debemos construir y destruir de manera simultánea, creando, en lugar de los muchos «Yo» de hoy, el «Nosotros» como sujeto colectivo que transcienda a la individualidad. El Frente Cívico Somos Mayoría es una organización muy horizontal, pero no del todo porque el poder es vertical. Somos anormales, pero queremos que este país tenga un número inmenso de anormales, que luchan de otra manera por una sociedad para todos.

¿Con qué empezamos a trabajar? Con el cumplimiento de los treinta artículos de los Derechos Humanos y de la carta de la Tierra. Nosotros seremos honestos en la vida cotidiana, sin coartadas. Cada uno hará su parte para unirnos a los demás por el programa, lo concreto, lo inmediato, lo pequeño. Luego llegarán los compromisos. Vendrá la justicia, la democracia, la ética y la cultura como fenómeno dinamizador democrático de la sociedad.

Tras la intervención de Julio Anguita se mostró una animación audiovisual de Juan Hervás que recoge los diez puntos del Frente Cívico Somos Mayoría. A continuación se abrió un turno de palabra en el que el público expuso sus ideas y lanzó preguntas a la mesa. El acto se cerró con un pequeño concierto de Rojo Cancionero, el duo formado por Gabriel Ortega y Salvador Amor.

domingo, 3 de febrero de 2013

Si nos roban el trabajo, nos roban el futuro

Adolfo Dufour Andía firma Nosotros, la película documental sobre un SINTEL presente


Sábado 2 de febrero de 2013. Sala Berlanga. Madrid

Cartel de la película Nosotros
Cartel de la película documental Nosotros
¿Por qué? Porque golpea y duele con el impacto emocional de un pasado convertido en presente y el futuro desesperante que nos aguarda a todos los trabajadores.
Hace tiempo que no me emocionaba tanto en una sala de cine. Nosotros me dejó sin aire, sobrecogido y roto. Es un documental que duele, que golpea y sobre todo que nos enseña el injusto drama de los obreros que sufren las decisiones de quienes todo lo miden con egoísmo y por interés financiero. Esos son los que mandan, los que controlan el sistema, los que roban y matan, los que deciden un futuro de pobreza para sus semejantes. El neoliberalismo lo reduce todo a números: a ganancias, a beneficios, a indignidad. La mano de obra es ya un concepto deshumanizado e incluso prescindible. En la Sala Berlanga, donde se proyectaba el documental, los trabajadores de SINTEL no estaban solos, les acompañaban los de Telemadrid y los de Iberia, empleados a los que también se les está robando su puesto de trabajo y que experimentan hoy en sus carnes el mismo sufrimiento que ellos empezaron a padecer hace ya casi doce años. Nosotros no es una historia del pasado, ni tampoco un caso excepcional e irrepetible. Hoy aquello se ha convertido en el pan nuestro de cada día.

Antes de entrar en el análisis de lo visto, quería incluir en esta reseña la sinopsis que ha preparado el equipo de la película, pues muestra el espíritu que impregna todo el documental y lo describe a la perfección: «En el invierno de 2012, un Madrid, denso, geométrico, guía los pasos perdidos de personas conmocionadas por el despido inesperado del trabajo que hasta entonces realizaban. Un rumbo impreciso alienta sus anhelos de superar el conflicto económico y emocional sufrido. El ámbito del desempleo es colectivo, pero el pago de lo acontecido, personal. El azar voltea las letras perdidas en el tiempo y evoca, metafóricamente, itinerarios novelados muchas décadas atrás por Steinbeck. El camino también reverbera ecos más recientes: Siete trabajadores de la Empresa Pública filial de Telefónica Sintel, se suicidaron al poco tiempo de recibir la noticia de su despido. Varios más murieron prematuramente. ¿Los otros? Los otros luchan aún hoy por mantener su autoestima. Han pasado once años desde que el "Campamento de la esperanza" dejase su huella en el centro financiero de Madrid. Tras tantos años, ahora, en el 2012, se celebra el juicio y se desvelan muchas de las claves del entramado financiero político que quebró Sintel. Los trabajadores despedidos de Sintel se vieron abocados a una épica que nunca desearon y superaron obstáculos insospechados. Agradecidos los agasajos y desmentidas las calumnias, todo quedó ya atrás. Desde la dificultad del hoy miran el ayer cuando fueron ensalzados como héroes por los mismos que después les denostaron y ahora les han olvidado, Héroes que ellos no quisieron nunca ser porque sus aspiraciones eran mucho más modestas: volver a ser trabajadores con dignidad, y recuperar para serlo lo que sin ningún sentido ni razón les fue arrebatado. Hoy, todos ellos acometen su presente mirando de soslayo a aquel pasado de conmoción, que cambió su vida e hipotecó su futuro, bien diferente del que entonces podían prever».

Nosotros arranca en una obra parada, detenida por la crisis financiera que atraviesa el sector de la construcción. Ante ella un hombre nos confiesa que allí pasó las últimas horas remuneradas que trabajó. Tras él viene otro. Ambos nos hablan del drama del paro, de su soledad, de que han agotado prestaciones y subsidios y siguen sin encontrar un trabajo. Temen el tiempo que va a venir, y a ciencia cierta no saben que va a ser de ellos y de sus familias. Así está su ánimo, unos días mal y otros peor. Son personas cualificadas que han pasado de los 45 años y a los que el mercado laboral les está cerrando todas las puertas de ganarse dignamente el futuro con su trabajo. La tragedia humana de los trabajadores de SINTEL se repite hoy y se generaliza. Ese es el primer nexo de unión de cualquier espectador con el documental, que no va a ver el pasado, sino a observar el presente, ése que ya conoce, y lo va a hacer buceando en una realidad experimentada por otros que empieza a ver que se le parecen.

SINTEL era un organismo público, subsidiario de Telefónica y con beneficios económicos. De la noche a la mañana se privatizó y se destruyó a través de un plan premeditado que dejó a sus trabajadores desamparados y en una situación administrativa ambigua: sin ser despedidos pero sin trabajo, sin salario y sin posibilidad de cobrar el paro. Nosotros explica, sin sobreentendidos ni dar cosas por supuestas, todo ese proceso y logra hacerlo comprensible, a pesar de su gran complejidad, porque está bien contado y porque tiene la capacidad de hacer preguntas que la inteligencia del espectador resuelve. Uno se pregunta por qué eligieron desmotar SINTEL. Les iba bien, no les faltaba trabajo, ganaban dinero y contaban con una plantilla con mucha experiencia en lo suyo. Pero el sistema capitalista veía en ellos algo diferente, dos enormes pecados: estaban afiliados a sindicatos mayoritariamente y muchos pasaban de los cuarenta años. El modelo laboral actual prefiere obreros entre los treinta y los cuarenta y pocos, gente dócil, que no proteste, que no tenga capacidad de organizarse y que no tenga posibilidad de reclamar sus derechos. Trabajadores callados y tristes que solo sepan cumplir con las obligaciones exigidas.

Cuando me incorporé al mundo laboral, por cada empresa que pasaba siempre se vanagloriaban de lo joven que era la plantilla. Tantas veces me lo dijeron que en uno de esos trabajos, en mi primer día, cuando mi jefe me paseaba por la oficina para presentarme también me lo soltó. Le miré y le pregunté: «Y qué hacéis cuando envejecen, ¿los matáis?» Se rió, pero no respondió. Supongo que lo consideró una ocurrencia y prefirió seguir la presentación como si nada. Adiviné en aquellos principios que alguna vez iba a tener cuarenta y cinco años y que entonces, laboralmente, para las empresas informáticas yo no iba a tener el menor interés. Los que son algo más jóvenes, los que están formando una familia, son más rentables, sobre todo en una economía como la nuestra y dentro de una sociedad que ha preferido la velocidad de un consumismo vacío a la calidad de algo bien hecho. Ganó lo rápido a lo bueno. Nos olvidamos de ser responsables.

Nosotros nos cuenta el presente de aquellos trabajadores de SINTEL, de qué forma cada uno de ellos ha ido rehaciendo su vida y de las profundas secuelas que aquel proceso les ha ido dejando. Obligado por el realismo, la derrota y la impotencia recorren todo el documental. Y eso lo hace tremendamente humano. Son personas las que hablan, las que nos cuentan lo que pasó y recuerdan aquel momento que truncó sus vidas; una decisión ajena, económica e injusta, que no les tuvo en cuenta y que les sacó del mercado laboral. El documental está contado desde el plano más personal e íntimo y sin embargo sirve para dar respuestas a lo colectivo, lo de todos. El paro es una lacra social que viven individualmente demasiadas personas.

Un fotograma de la película documental Nosotros
Un fotograma de la película documental Nosotros
El caso de los hombres y mujeres de SINTEL nos habla de lucha y de solidaridad, la que sirve para mantener la dignidad, para poder mirarse cada mañana al espejo y ser conscientes de que no tienen, a esa cara que ven enfrente, motivo para hacerle un reproche. No pudieron ganar. Les traicionaron. Les abandonaron. Y siguen en pie, peleando por su dignidad, contando como les robaron su puesto de trabajo. Nosotros es un drama que sirve para enseñarnos las orejas del lobo, para que sepamos que está ahí y que va a seguir dándonos zarpazos asesinos. Por eso SINTEL es en estos días actualidad.

La actualidad de ese pasado convertido en presente y el futuro desesperante que nos aguarda a todos los trabajadores deben herir al espectador, generarle un estado de shock que le obligue a despertar, a tomar conciencia y a rebelarse. No podemos seguir soportando gobiernos títeres de un poder financiero e inhumano, no debemos seguir consintiendo los caprichos de esos políticos que han demostrado haber doblado las rodillas ante las grandes multinacionales y que obedientes están vendiendo lo público para dejarnos desnudos en la calle.

No me extraña que Nosotros ganase el Primer Premio al mejor largometraje documental en la pasada SEMINCI. Tampoco que cuando leyeron ese premio en el palmarés se escucharan aplausos unánimes.

domingo, 27 de enero de 2013

Dos huérfanas con barba

Miguel Albaladejo se pasa al teatro con Las huérfanas


Domingo 27 de enero de 2013. La casa de la portera. Madrid

Cartel de la obra de teatro Las huérfanas
Cartel de la obra de teatro Las huérfanas
¿Por qué? Divertida, buen texto y excelente intrepretación.
José Martret y Jorge Calvo tienen barba. Con ella, y con un tremendo alarde interpretativo, dan vida a las dos huérfanas en un gran duelo de actores. La barba no resta feminidad y se olvida en unos pocos minutos, pues ambos están tan dentro de sus personajes que el espectador termina viendo a las dos mujeres con naturalidad, con sus rasgos propios, los del alma de cada una de ellas. Son las peculiaridades de cada personaje las que se quedan en el recuerdo, porque todos tenemos nuestras propias rarezas.

Las huérfanas es la primera incursión teatral del conocido guionista y director de cine Miguel Albaladejo. El texto que ha escrito se presenta en tres actos, destacando por su profundidad y por el buen desarrollo de los dos contundentes personajes. Es una especie de teatro íntimo, de lo que ocurre fuera de foco cuando nadie mira, de esas conversaciones que acaban a gritos y con aspavientos, de reproches que hacen daño pues las verdades siempre tienen un lado afilado que daña a quien más nos quiere. Cada acto se desarrolla en un nuevo espacio, acercando al espectador a lugares tan impropios como la cama de una niña en su primera noche en el orfelinato, el camerino de un teatro de pueblo después de la función y la habitación de un hospital durante una convalecencia. Cada uno de los tres decorados nos enseña las diferentes tesituras que recorren toda amistad en cada una de las etapas de la vida: infancia, madurez y vejez.

Marta (Jorge Calvo) y Lucía (José Martret) se conocen en el orfanato del auxilio social. Son dos niñas solas y abandonadas en la oscura España franquista de los años 40. Que allí estén no fue voluntad de sus madres, represaliadas políticas ambas. Ahora están tuteladas por la monjas y es en este tenebroso universo donde les ha tocado crecer. No es extraño que la una busque a la otra, que juntas sean más fuertes que por separado, que se necesiten para crecer. La amistad se forja en tiempo de infancia, lo que viene después no deja de ser una forma de administrar esa relación. Entonces, siendo niñas, Marta nos muestra una inocencia dudosa, la de quien ha crecido deprisa, comunicándose con sombras y huyendo del resto de las compañeras con las que no puede hablar de las presencias que la visitan. Lucía no es una niña inocente, a pesar de sus pocos años no le queda ingenuidad; su infancia ya está rota de antes y llena de culpas.

El tiempo se interrumpe y cuando comenzamos el segundo acto las niñas son mujeres en descenso. La madurez, ese instante en el que ya se han dejado atrás los mejores años, les ha marcado el cuerpo con las cicatrices de la vida. Han perdido tantas veces que están derrotadas. Ni las amaron, ni las quisieron. Solo se tienen a ellas y casi ya ni se soportan. Al desnudarse en el camerino, tras una función que otra vez ha resultado bochornosa, vemos la decadencia insoportable. El interior y el exterior de los personajes se ha cruzado en un punto sin retorno, sin gloria, sin esperanza. Buscan quizá un alivio, un vicio que les permita mirar para otro lado o que les haga un poco más soportable una vida que ya nunca será como les hubiera gustado que fuera. Surgen los reproches y una callada y amarga aceptación. Es una parte llena de intensidad donde hasta el aire se condensa.

La casa de la portera
La casa de la portera
Nadie sabe como salieron de aquel pueblo cuando llega el tercer acto. Marta y Lucía se han convertido en dos ancianas. Marta está convaleciente en el hospital porque su enfermedad a vuelto. No quiere pasar la noche sola. La vejez es el tiempo de repasar las cuentas de la vida, pero esta vez con pausa, quitándole la importancia que le dimos a lo que no la tiene, de hacer como que nos dolió menos. Hay una cierta dulzura en recordar lo bueno y desterrar los posos rancios. Ya no es tiempo de reproches, es el momento de extender la mano y dar consuelo, por pura amistad. La sinceridad ya no rebosa odio.

Las huérfanas, a pesar de la dureza dramática, está escrita con humor, aunque a veces destile acidez, y sobre todo con una ternura que funcionan como elemento de cohesión. Marta se hace simpática a los ojos del espectador desde el primer instante. Lucía es como es, pero también termina haciéndose entrañable. La una no podría existir sin la otra y ambas nos llevan por el camino de una amistad que dura toda la vida, con su «toma y daca».

Si el texto es estupendo, no lo es menos la maravillosa interpretación de los dos actores. Calvo llevando a Marta desde una contención sosegada de tozuda paciencia y Martret convirtiendo a Lucía en un torbellino de sentimientos que restallan constantemente. Ninguno de los dos hace nada por marcar una feminidad en su personaje más allá de atiplar la voz y sin embargo la sensación es que el espectador está viendo comportarse a dos auténticas mujeres.

La decoración de la Casa de la Portera también ayuda a entrar con rapidez en el texto y proporciona ese ambiente sobrenatural que necesitan los espíritus que vagan por la obra. En el fondo, algo de fantasmas tienen también las dos protagonistas en ese arrastrar de cadenas en que han convertido su vida y cuando ya se han ido parece aún que se han quedado pegadas a las paredes, al papel pintado, a las lámparas, al pasado que vuelve. Así cuando se enciende la luz después de los aplausos, cuando Calvo y Martret se han ido a quitarse el maquillaje y a descansar, Marta y Lucía siguen moviéndose intangibles entre los espectadores que ya se han puesto en pie y caminan al ropero a recoger sus abrigos. Y al cerrarse las puertas, ya en la calle, las dos huérfanas siguen susurrando su historia.

sábado, 26 de enero de 2013

Tramas y subtramas que confluyen en una librería

Luis López de Arriba continúa su teatro en serie con el segundo capítulo de Días como estos


Sábado 26 de enero de 2013. Librería La Buena Vida - Café del libro. Madrid

¿Por qué? Por ver hecha teatro la vida cotidiana.
Cartel de la obra de teatro en serie Días como estos (Capítulo 2)
Cartel de la obra de teatro en serie Días como estos (Capítulo 2)
Hace dos meses hablaba de Días como estos (Capítulo 1). Decía que me parecía una novedad teatral que reflejaba ese deseo que ha surgido recientemente en Madrid por dar con nuevos espacios que sustituyan a los teatros e incluso a las salas alternativas. No sé si ocurre por el deseo de acercarse al espectador en un ambiente más cercano a éste o si es al revés, que haya sido el mundo del teatro quien ha tenido que salir a la «caza y captura» del propio «cliente». Contar historias se ha hecho siempre; ir dónde está quien quiere escucharlas, también. Una librería es un buen lugar para ello.

Por otro lado, lo moderno, el «postureo» de la capital que llaman otros, hace que sea necesario estar reiventándolo todo cada seis meses. Nada perdura y los esquemas se vuelven viejos en poco tiempo, a velocidad de vértigo, el mismo que impone una sociedad enferma de prisa. No sé cuántas aventuras sobrevivirán, quizá no sean demasiadas las que al final terminen logrando la estabilidad que les garantice una continuidad o tengan la capacidad de seguir innovando siempre. Pero hay algunas que lo están haciendo con cabeza y corazón. La apuesta de la Librería la Buena Vida y de Teatro en serie, me parece una de ellas. Ya tienen Días como estos (Capítulo 2).

Este segundo capítulo no viene con grandes variaciones en la fórmula porque funciona y gusta. Explotan lo cotidiano. No apuestan por historias trepidantes, sino que lo hacen por personajes con los que nos cruzamos a diario y que llevan vidas alejadas de lo emocionante; personas llenas de humanidad, reflexivas unas y otras auténticos torbellinos pasionales. Y en juego, lo que hay en medio, el enorme tablero en el que desenvolverse buscando la felicidad. Es una tarea difícil para la que nunca estamos preparados, en la que siempre nos entran dudas, así que a todos nos interesa. Aprendemos con los personajes y de sus situaciones. Les comparamos con nosotros mismos, nos preguntamos lo que hubiésemos hecho si… Por un momento descansamos de nuestros aburridos problemas y nos dejamos llevar porque estamos tan cerca de los intérpretes que casi es como si nos estuviera ocurriendo a nosotros mismos, a todos a la vez.

Nacho Rubio en una escena de la obra de teatro en serie Días como estos (Capítulo 2)
Nacho Rubio en una escena de la obra de teatro en serie Días como estos (Capítulo 2) con todo el elenco
Soterrado, bajo esos metros de cotidianidad, encuentro que subyace una crítica a la sociedad actual y una cierta mirada nostálgica hacia lo que estamos empezando a perder. Hay una cultura, una forma de entender el mundo de los libros, que se va. Somos una sociedad consumista, devoradora de novedades rápidas, monetizada y guiada por las grandes multinacionales y sus listas de ventas. Algo que nos empacha, que nos cambia, pero que no acertamos a apartar. Progresamos con la tecnología y contrariamente eso nos va haciendo más primarios, menos evolucionados, abandonando nuestras inquietudes más intelectuales. El resultado: pensamos cada vez menos, nos vamos limitando a repetir patrones.

La principal ambición de Días como estos, sin embargo, es la de la continuidad: forjar una historia -una serie de ellas- que siga enganchando al público; crear una gama de personajes que logren hacerse entrañables al espectador y que pida nuevos capítulos; desplegar ese abanico de días comunes con los que cualquiera empatice.

Hay dos cambios en el reparto. Ahora, a Carlos Chamorro le ha sustituido Nacho Rubio y Miguel Uribe ocupa el lugar que dejó Toni González para dar vida a todos los «personajes accidentales». La obra no se resiente. Es cierto que Rubio encara a Martín, el papel protagonista, de forma diferente a como lo hacía Chamorro, que tiene un poco menos de nervio pero eso le viene bien al carácter del personaje.

Días como estos es una obra con hombres y mujeres llenos de dudas, de quienes prefieren no nadar y guardar la ropa. La trama central, un amor entre posible e imposible que consume a Martín (Nacho Rubio) y Ana (Inma Isla), avanza con titubeos, aunque lo haga sobre todo en el plano intelectual. Luis López de Arriba, su autor, no quema los cartuchos de esa relación y se esmera en que siga latente para, a través de ella, dejar que brille todo el texto. En ese sentido, el autor ha hecho un trabajo excelente y no se ha quedado en recuperar lo que ha visto que mejor funcionó. La ventaja de una serie por entregas está en la propia evolución que tiene cada uno de los capítulos, en saber sacar partido de las esperas y en que los personajes vayan creciendo y mejorando con cada nuevo reto.

Este segundo capítulo sigue sabiendo a fresco, no ha perdido el encanto de la novedad. No podía cerrar esta reseña si destacar un momento, el de la divertida crítica literaria que hace Elena (Inma Gamarra) de El Quijote.

jueves, 3 de enero de 2013

«Analizar la historia en términos de buenos y malos oculta la realidad y evita el debate»

Charla con el escritor Alejandro M. Gallo


Alejandro M. Gallo (Foto: Toni Gutiérrez)
Alejandro M. Gallo (Foto: Toni Gutiérrez)
El escritor Alejandro M. Gallo acaba de publicar Morir bajo dos banderas, la gran novela de los republicanos españoles combatientes. En ella hay un recorrido por los distintos frentes militares mundiales tras la Guerra Civil y en todos ellos hay compatriotas luchando.

Javi Álvarez: ¿Fue realmente así o ha utilizado la ficción para completar el mapa?

Alejandro Gallo: No es necesario recurrir a la ficción; la realidad, con sus hechos, es muy tiránica. Vaya usted hasta Narvik (Noruega), a un pequeño cementerio francés con 118 tumbas de legionarios y leerá con asombro los nombres sobre ellas: Manuel Ferrer, Clemente Blesa, Aniceto Carrillo, Roberto Fortunato… Recorra los 80 cementerios –con 4000 muertos- que tiene la I División Ligera de la Francia Libre distribuidos por el norte de África, Sicilia, en Italia hasta Roma, o en Provenza hasta Estrasburgo. Le ocurrirá lo mismo que en Narvik. Si no le es suficiente, acérquese a la puerta de Orleans, en París, y escrute bien el monumento al mariscal Leclerc y a la II División Blindada. Lea los nombres de sus caídos desde Normandía al Nido del Águila. Le ocurrirá lo mismo que en Narvik: Miguel Campos, Constantino Pujol, Antonio Cariño, Ramón David… Si aún atesora alguna duda, visite pueblos del Mediodía francés y compruebe que los nombres de algunas de sus calles están dedicados a los republicanos españoles que combatieron en la Resistencia y los liberaron de los nazis. O suba a Normandía y viste Écouché, contemplará en la entrada del pueblo una fotografía de sus libertadores –los soldados españoles de La Nueve- junto al Sherman que quedó destruido en la batalla. O tómese la molestia de repasar el nombre de todos los soldados que recibieron la Cruz de Guerra o la Medalla al Mérito Militar francesa, la Orden de Liberación, la Orden de Lenin, el Estrella de Plata o el Corazón Púrpura norteamericanos… y comprobará que algunos de esos nombres eran de la diáspora española. ¿Quiere más pruebas? Pues visite el Memorial al mariscal Leclerc. Allí encontrará el periódico Libération de la Resistencia parisina el mismo día que entró La Nueve en París. ¿Quién está en la foto con los líderes franceses de la Resistencia? Pues el teniente Amado Granell, de Burriana (Castellón), el primero que entró en París con sus indómitos compañeros a bordo del blindado «Los Cosacos». Hablando de periódicos, busque en The New York Times las crónicas de guerra de Charles C. Wertenbaker. «…Arribamos (se refiere a los reporteros extranjeros) a los arrabales de París, siempre precedidos por los republicanos españoles, aclamados con un indescriptible delirio por la población…: Sus tanques llevan pintados nombres tan sugestivos como Ebro, Guadalajara, Brunete…», leerá con asombro. Y así podríamos seguir en todos los frentes y en todas las batallas. No hubo ficciones, todo fue tan real como la puñetera sangre de los caminos. Lo que ocurrió es que a Franco no le interesaba difundir que el exilio republicano combatía codo con codo con los Aliados. Él sólo reconocía a su División Azul. Por otra parte, el chovinismo galo también lo ocultó. Lea usted ¿Arde París?, de Larry Collins y Dominique Lapierre, la novela y película de culto de aquella epopeya. Comprobará que no existe ninguna referencia a los republicanos españoles que entraron los primeros en París. Eso sí es pura ficción, peor aún: enmascaramiento de la realidad. Ahí está la gran vergüenza: nosotros siempre fuimos generosos con las Brigadas Internacionales que ayudaron a la II República. Les dedicamos calles, monumentos, les organizamos homenajes y los hemos tenido siempre presentes en nuestros corazones. Sin embargo, para el chovinismo galo, la ayuda con las armas y los muertos del exilio español fue ocultada después de que De Gaulle reconociera el régimen de Franco. Como dice Evelyn Mesquida: «Francia también ha de revisar su memoria histórica».

JA: Leyendo la novela uno siente un emotivo homenaje a los republicanos que siguieron luchando por la libertad y contra todos los fascismos. También se observa el deseo de escribir un pedazo de nuestra historia sobre el que etapa tras etapa se ha ido echando tierra y aún se mantiene oculto. Encuentro además una especie de justicia poética. Pero realmente, ¿qué le llevó a escribirla y para quién la ha escrito?

AG: La respuesta la encontrará en el propio narrador de la novela. Ese narrador en segunda persona me permitía cumplir ese doble objetivo: en primer lugar, contar todo con cercanía hacia su gesta; en segundo lugar, hacerlo como si se estableciera un diálogo entre nosotros y ellos. Es decir, quería que el lector conociera esa parte de la historia tan desconocida para el gran público, pero al mismo tiempo quería que ellos (los vivos y los familiares de los muertos) conocieran realmente lo que significó su gran epopeya. Mire, cuando usted habla con los vivos, normalmente terminan sus conversaciones con un «Recuerde: no fui un héroe», cuando su pecho lleno de medallas contradice esa afirmación. Eran modestos y creían que lo que hacían era lo que había que hacer. Se sentían soldados de la libertad o, como los denominó Raymond Dronne, cruzados por la libertad. Ni más ni menos. Somos otros los que los rebautizamos como irrepetibles.

JA: ¿No teme que el grosor tan considerable de la novela y la cantidad de pasajes bélicos puedan asustar el público objetivo de la novela?

AG: ¿Asustar? Asusta el hambre, el desempleo, la crisis, las guerras, la falta de alternativa a un sistema socioeconómico que nos lleva a la barbarie… Eso sí da miedo. El grosor de una novela, de cualquier obra literaria, no debe asustar, debe impulsarnos a atrevernos con ella. Además, la novela agotó su primera edición en la primera semana a la venta. En estos momentos que usted y yo hablamos, en las librerías de España se encuentra la segunda edición o, a lo mejor, ya la tercera. Eso es una prueba (siempre la tiranía de las pruebas) de que no asustó a nadie, al contrario.

Portada de la novela Morir bajo dos banderas
Portada de la novela Morir bajo dos banderas
JA: ¿Qué método de investigación ha seguido para documentarse?

AG: Tomé como libros de cabecera La Nueve, de Evelyn Mesquida, La última gesta de Secundino Serrano, Los olvidados de Antonio Vilanova, Los republicanos españoles en la II Guerra Mundial de Eduardo Pons Prades y salí a recorrer los mismos caminos que nuestros paisanos, buscando sus tumbas y el testimonio de los vivos (Manuel Fernández Arias, soldado de la II División Blindada y al que va dedicada la novela, se nos fue el año pasado sin verla publicada). Incluso interrogué a los soldados latinoamericanos que combatieron junto a ellos, principalmente argentinos. Recuerdo con especial cariño a Michel Iriart (Buenos Aires, 1920), que sus recuerdos me permitieron reconstruir la gesta desde Alsacia y la bolsa de Colmar hasta el Nido del Águila.

JA: ¿En qué podemos ayudar para que nuestros libros de Historia incorporen todas las gestas de esos soldados republicanos que combatieron el fascismo y que tuvieron un papel principal en muchos de los pasajes de la Segunda Guerra Mundial?

AG: Dicen los neopositivistas que «si algo es nombrado, es que existe». Luego debemos de tenerlos siempre presentes en nuestras conversaciones y textos. En resumen: Nombrarlos siempre.

JA: La familia Ardura va vertebrando todos esos acontecimientos haciendo una función de guías, pero también para canalizar las emociones del lector. ¿Cuánto pesa el sentimiento cuando se escribe de héroes desconocidos?

AG: Sobre héroes desconocidos y de cualquier otro tema hay que escribir como defendía Friedrich Nietzsche: «con sangre». «Con las tripas», como dijeron otros pensadores. No hacerlo así, significa que tu obra es una cosa plana dedicada al mercado y que tú no eres un escritor de raza, sino un sujeto que rellena páginas bajo aquel epígrafe: «… como las paga el vulgo, es justo hablarle en necio para darle gusto», que diría el insigne Lope de Vega.

JA: Hay una historia que me sobrecoge especialmente porque da esperanza a quien ya no le queda. Le hablo de la leyenda del soldado de las chocolatinas, ¿qué me puede contar de ella?

AG: Es mi particular versión de la obra Esperando a Godot de Samuel Beckert aplicada a aquellos momentos convulsos y dramáticos, y que recorre la novela Morir bajo dos banderas. Es más, en un principio pensé titularla así: El soldado de las chocolatinas.

JA: Tengo curiosidad, cuando discuto con amigos sobre los motivos por los que los republicanos españoles se enrolaron en las divisiones alidadas, siempre hay uno que me dice «lo hicieron para salir de los campos de refugiados». ¿Cuáles fueron los verdaderos motivos?

AG: A su amigo no le falta razón si hablamos del periodo que va desde el 1 de abril de 1939 a mayo 1940. Al cruzar la frontera, el gabinete de Daladier les ofreció a los exiliados españoles: Compañías de Trabajadores Extranjeros, la Legión Extranjera o los Batallones de Marcha, los campos de refugiados o el regreso a España. En esos meses, podemos decir que todos los que se enrolaron en las fuerzas militares francesas lo hicieron como escapatoria a los campos de refugiados (creo que lo dejo bastante claro en Morir bajo dos banderas). Pero la situación cambió radicalmente a partir del 18 de junio de 1940 con el llamamiento de De Gaulle por las ondas de la BBC a formar la Francia Libre contra el invasor nazi y el gobierno de Vichy. A partir de ahí, el exilio español asumió la II Guerra Mundial como una continuación de la Guerra Civil española. Por poner varios ejemplos: la unidad militar Spanish Company Number One se creó en Inglaterra exclusivamente con españoles del exilio y en ese país no había campos de refugiados, el Corp Franc d´Afrique –la mitad eran republicanos españoles- para combatir a Rommel se crea después del desembarco aliado en el norte de África y la liberación de los campos. La II División Blindada se crea en mayo de 1943 con gran número de voluntarios españoles. Toda la participación española en las brigadas del Maquis francés eran exiliados que trabajaban como mano de obra barata en las minas y fábricas del sur de Francia. Y así sucesivamente. Creo que las palabras de Raymond Dronne sobre los soldados republicanos españoles son muy acertadas: «Se habían enrolado con nosotros (la Francia Libre), habían abrazado nuestra causa espontanea y voluntariamente, porque era la causa de la libertad…» Lo que verdaderamente provocó confusión al exilio español de filiación comunista y a muchos combatientes por la libertad de los países ocupados por la Alemania nazi fue el pacto germano-soviético entre Ribbentrop y Mólotov, que hasta la invasión alemana del territorio de la URSS –en junio de 1941- no supieron a qué carta jugar ni dónde estaba el enemigo real.

Alejandro M. Gallo en una foto de archivo
Alejandro M. Gallo en una foto de archivo
JA: Tras leer la novela, no me puedo quitar de encima una sensación de traición. ¿No sentía lo mismo al escribirla?

AG: La historia del exilio español es una cadena de felonías, que comienza con la principal: la traición de Franco a la legalidad republicana.

JA: ¿Qué hubiese pasado si al terminar la Segunda Guerra Mundial los tanques aliados hubieran continuado hasta Madrid?

AG: Si me lo permite, prefiero soñar con que el desembarco aliado en Normandía o Provenza se hubiese producido por las playas de Almería, desde el norte de África, como en un principio se había dibujado en los planos de los estados mayores de los Aliados.

JA: ¿Qué le dicen a Alejandro Gallo sustantivos como memoria, reparación y justicia?

AG: Que debería dejar de ser sustantivos comunes y convertirse en propios. Así sólo admitirían que los escribiésemos con mayúsculas: Memoria, Justicia, Reparación…

JA: Usted suele decir que le gusta escribir historias de víctimas y verdugos, ¿Morir bajo dos banderas también lo es?

AG: Lo que ocurre es que siempre que surge el debate sobre la Guerra Civil española, alguien lo cierra con un «en todos los bandos hubo buenos y malos». O esa otra fórmula más reciente: «Todos eran unos hijos de puta». Eso me envenena, pues es una forma de ocultar la realidad, es pura ideología enmascaradora. Imaginemos un campo de exterminio nazi, con la Gestapo y la Waffen-SS custodiándolo. Dentro, miles de hombres y mujeres que de un momento a otro van a ir camino de los hornos crematorios. Podemos decir: ¿En todos los bandos hubo buenos y malos? ¿Todos eran unos…? Pues no. Cuando analizamos esos momentos históricos hay que hablar siempre de víctimas y verdugos. Fue una época en la que hasta la teología cristiana se cuestionó la existencia de Dios, si es que permitía esa barbarie. En resumen: analizar la historia en términos de buenos y malos oculta la realidad y evita el debate.

JA: Me consta que durante el camino de esta novela ha tenido posibilidades de explorar editoriales más grandes, sin embargo al final se quedó con Rey Lear, una editorial más modesta con la que ya había publicado. ¿Siente que acertó en esta elección?

AG: Totalmente. La edición en Rey Lear ha sido de equipo: Miguel Navia con una portada de museo; Jesús Egido en el diseño y cuidado de la edición; Pepa Rebollo en las pruebas… Y el resultado ahí está: primera edición agotada en los siete primeros días de su puesta a la venta.

JA: ¿Cómo está en estos momentos de crisis el panorama editorial y literario en nuestro país?

AG: Pues como todo lo demás: por los estercoleros.

JA: ¿Y después de Morir bajo dos banderas qué toca?

AG: La primera edición se agotó antes de comenzar con la promoción. Ahora toca las presentaciones en las librerías de toda España. Cuando termine la promoción de Morir bajo dos banderas, posiblemente retome una novela inconclusa sobre una operación en 1948 de la guerrilla antifranquista asturiana y leonesa con el objetivo de matar a Franco el día de la inauguración de la térmica de Ponferrada.