viernes, 20 de abril de 2012

¿Qué nos deparará el Festival de Málaga este año?

El sábado 21 arranca la edición número 15 del Festival de Málaga Cine Español con el estreno de la película de Eduard Cortés The Pelayos

Cartel del 15 Festival de Málaga Cine Español
Cartel del 15 Festival de Málaga Cine Español
Arranca un año más el Festival de Málaga Cine Español. Con ésta cumple ya sus 15 ediciones, un número importante para un festival ya consolidado y que es una de las mejores plataformas de difusión de nuestro cine. Su director ha insistido en que, un año más, el festival pretende seguir siendo fiel a su sentido, el de mostrar una foto fija de la situación del cine español en un momento determinado. Para la selección de este año han visionado 99 películas, de las que 13 competirán en la sección oficial y otras 6 en la sección ZonaZine. Este año se proyectarán dos películas malagueñas.

En la sección oficial, el festival arrancará con la película de Eduard Cortés, The Pelayos, una historia de aventuras con un reparto internacional. Su director explica que para escribir el guion convivieron durante dos semanas con «Los Pelayos», la familia que trató de desbancar los casinos del mundo con un método infalible basado en la imperfección de la ruleta. Cortés añade la importancia que le han dado en la película tanto al guion como al casting. Otra de las grandes películas que suenan fuerte en esta edición es A puerta vacía, de Xavi Puebla. Se trata de un largometraje con un elenco impresionante en el que figura la estrella norteamericana Nick Nolte. Cuenta su director que es una película de ventas y que narra las desventuras de un vendedor en horas bajas, al que da vida Antonio Dechent, y que se enfrenta a su última oportunidad.

Imanol Uribe presentará Miel de naranjas, una historia con trasfondo político que cuenta el viaje iniciático de alguien que pasa de la clandestinidad a implicarse directamente en la lucha antifranquista. En su amplio reparto figuran actores jóvenes y otros ya consagrados como Eduard Fernández, Ángela Molina o Karra Elejalde. Kanimambo es una producción de Luis Miñarro y Sergio Castellote en la que se ha propuesto a tres directores (Adán Aliaga, Carla Subirana y Abdelatif Hwidar) viajar a Mozambique y contar cada uno de ellos independientemente una historia desarrollada en aquel país. Cuenta Miñarro que querían «hibridar» la ficción y el documental para que estos directores emergentes pudieran dar su visión de la realidad mozambiqueña, una país con una sociedad en la que hay muchas carencias, pero que a pesar de ello, sus habitantes tratan de tomarse la vida con felicidad.

Memorias de mis putas tristes es la adaptación de la novela homónima de Gabriel García Márquez que dirige el danés Henning Carlsen. Sus productores Norbert Llarás y Eduardo Balada insistieron en la calidad de la banda sonora y en la del reparto que incluye a las actrices Geraldine Chaplin y Ángela Molina. Por su parte Wilaya es una historia de ficción sobre la realidad del pueblo saharaui dirigida por Pedro Pérez Rosado. Su productor José María Morales señala que no se trata de una aproximación política como sí ocurre con el documental que también se presenta en el festival Sáhara. Hijos de las nubes, pero que ambas producciones nos permiten comprender la vida en los campamentos de refugiados del Sáhara desde dos enfoques que resultan complementarios.

Paco León presentará Carmina o revienta, su ópera prima en la dirección. Explica que es una película insólita y muy especial en la que aúna su profesión con la propia familia. El actor se siente muy orgulloso de su trabajo y señala que se ha sorprendido de lo bien que actúa la gente que no actúa. Paco R. Baños es el director de Alí, una película de una pequeña productora sevillana que con trabajo y esfuerzo ha conseguido terminar un largo. El personaje protagonista de la película es una chica de 18 años que tiene miedo a dos cosas: conducir y enamorarse.

Michael Shannon lleva en brazos a Tova Stewart en una escena de la película Take Shelter
Rueda de Prensa de presentación del Festival de Málaga celebrada el 11 de abril en Madrid (Foto: Lorena, por cortesía del Festival de Málaga)
Els Nens Salvatges/Los niños salvajes es la película con la que compite Patricia Ferreira. En realidad no habla de jóvenes desarraigados, sino de una juventud normal a la que los ojos de los adultos pone esa etiqueta de «salvajes». Su directora señala que se siente muy contenta y satisfecha con el resultado del largometraje. Por su parte, Ana Rodríguez Rosell presenta su primera película, Buscando a Eimish. La describe como una historia de amor que refleja ese instante en que una parte de la pareja quiere dar un paso más y la otra no. Señala que es un viaje interior y exterior y una lucha por lo que de verdad se quiere. También de relaciones, tanto a nivel emocional como sexual, es de lo que trata El sexo de los ángeles, la película de Xavier Villaverde. Cuenta su director que es la historia de una pareja joven en la que la aparición de un nuevo personaje les hace replantearse todo lo que daban por seguro en su relación para buscar la felicidad como pareja.

O Apóstolo es una película de animación dirigida por Fernando Cortizo. Como curiosidad decir que primero se rodó con actores y a partir de ese trabajo se comenzó a desarrollar la animación, produciendo 2 segundos de película al día. Puntualiza Cortizo que aunque es de género fantástico no se trata de una película para niños. La última película en la sección oficial es también la única comedia. Se trata de La suerte en tus manos, del argentino Daniel Burman. Mariela Besuievsky, su productora, destaca de la película la interpretación de Jorge Drexler para dar vida a su protagonista, un jugador de poker compulsivo que se ríe de sus obsesiones.

Además de la sección oficial de largometrajes, durante la semana que dura el festival habrá oportunidad de ver otras películas, cortometrajes, documentales y videocreaciones. Los largos son mayoritariamente españoles, aunque se incluye una pequeña muestra de películas que pasaron por Montreal y, como otros años, una sección dedicada al cine Latinoamericano que está viendo un importante boom en número y calidad y que está comportándose como un balón de oxígeno para seguir desarrollando nuestro cine.

Al frente del festival se encuentra Carmelo Romero. Unas declaraciones suyas durante la rueda de prensa de presentación del festival en Madrid han resultado bastante polémicas, ya que Romero indicó que en España existen demasiado festivales de cine. El titular ha quedado grabado en la prensa y de poco sirvió que explicara el sentido de sus palabras como reflexión ante esta situación de crisis y recortes que debe llevar a hacer una introspección en los casi 200 festivales para replantearnos el objetivo de cada uno de ellos, para qué sirven, cuánto cuestan y cómo se emplea el dinero. En los festivales se ha gastado mucho dinero público y Romero se pregunta si no habría estado mejor invertido en una política cinematográfica.

En la misma rueda de prensa, el productor Luis Miñarro, también realizó una reflexión personal sobre el estado del cine español, diciendo que a nuestro cine le va a pasar lo que a España, y a España lo que le ocurra a Europa. Vemos que no mandan los políticos, sino que estamos secuestrados por un lobby financiero y de mercado. Desde su productora, este año están abordando proyectos de presupuestos bajos y esperando con los de mayor presupuesto a ver que ocurre en el 2013. Pero el cine no va a desaparecer. José María Morales pidió a la prensa que luche porque el espacio cultural en los medios sea mayor, a las televisiones públicas un mayor apoyo y al ICAA que siga aportando dinero, porque es una forma de promocionar nuestra cultura que recupera la inversión y porque se les ha pedido lo justo, ya que todo el sector está aplicando un principio de solidaridad con la situación del país. Pero también señaló que hay que buscar nuevas vías de financiación, llámense mecenazgo o desgravaciones fiscales. En el mismo sentido, Mariela Besuievsky, explicó que resultaría dramática la falta de inversión pública en el cine, pues durante estos años se ha generado un importante tejido industrial baluarte del desarrollo y del crecimiento del país y que no podemos dejar caer. Tal vez habrá que replantear nuevas formas de producir. La crisis española es enorme, pero muchos países iberoamericanos viven una efervescencia en su filmografía con el respaldo político. Con determinadas políticas, que no cuestan más dinero al ciudadano, se puede seguir haciendo películas.

martes, 10 de abril de 2012

Grupo 7, los que limpian las calles y sus métodos

Alberto Rodríguez dirige una película de género llena de acción

Cartel de la película Grupo 7
Cartel de la película Grupo 7
Grupo 7 es una estupenda película de acción sobre una corrupción torpe, como de andar por casa, de un grupo de policías. No busquen en ella actores estadounidenses, ni un director del otro lado del charco. La dirige el sevillano Alberto Rodríguez y es una película de aquí, de las nuestras; porque el cine español también sabe hacer películas de todos los géneros y además hacerlas muy bien. Grupo 7 es una película redonda que desborda adrenalina desde la primera escena hasta los títulos de crédito, de una fuerza fílmica tremenda y con una fotografía rotunda.

Todo ocurre en una Sevilla pre-Expo, una ciudad a la que llegan grandes inversiones para construir con ellas una nueva fisonomía llena de prosperidad, que debe prepararse para la llegada masiva de turistas de todas las nacionalidades que presumiblemente dejaran mucho dinero y que sueña con convertirse en un foco mundial durante el evento. Pero esa nueva Sevilla choca con otra, con una real que está llena de cloacas sucias por la que se mueve la droga, la prostitución y la delincuencia. Una Sevilla en la que aflora la miseria allá donde pongas los ojos, sin esplendor alguno. Una ciudad que necesita, además del lavado de cara que le proporciona las nuevas construcciones, una verdadera limpieza, porque las cosas no pueden seguir como están si se quieren las divisas del turismo internacional.

La policía está despistada, sin saber dónde ni cuándo ocurren de verdad las cosas. Detienen a los pequeños delincuentes que encuentran y a las pocas horas están otra vez en libertad. Cada día se sienten más desmotivados y lejos de una ciudadanía que les rehuye, que no les cuenta nada, que no les respeta lo más mínimo. Saben que no tienen medios para acabar con todo, así que la nueva consigna recibida es la de limpiar el centro y dejar que la periferia se siga pudriendo, pues hasta ella no van a llegar las luces de la Expo.

Joaquín Núñez, Mario Casas, Antonio de la Torre y José Manuel Poga en una escena de la película Grupo 7
Joaquín Núñez, Mario Casas, Antonio de la Torre y José Manuel Poga en una escena de la película Grupo 7
El éxito, como siempre, tiene que ver con los recursos y la eficacia. Los policías del Grupo 7 tiran con lo que tienen a mano, de despistar algo y comprar la información que precisan al crear una red de confidentes aprovechándose de las necesidades de los que son capaces de vender cualquier secreto a cambio de una papelina. No juegan limpio, usan la violencia, las palizas salvajes y el miedo. Y así las redadas y las incautaciones fructifican. Los policías del Grupo 7 viven el éxito y la gloria, sienten a su paso un respeto ganado con sus logros. Y el ego les engorda, cumplido su deseo de convertirse en héroes, de colgarse la medalla más grande, satisfechos con el hecho de que los fines se consiguen a pesar de que los medios pudieran ser dudosas. El brillo les deslumbra tanto que no ven lo malsano del camino emprendido. Ellos no tienen la menor duda moral porque piensan que les pagan para eso, el cómo lo hagan es cosa suya y además nada importa. Sin embargo, ese sistema que han creado no se pude sostener. Las mafias de las drogas se van haciendo más fuertes, lo suficiente como para seguir ganando el mismo dinero a pesar de los alijos aprehendidos y la droga decomisada. Los unos -traficantes- frente a los otros -policías- jugando al mismo juego, a pelear, a devolver los golpes, a mear más lejos, a emplear los mismos métodos y a dejar bien claro la fuerza de cada uno.

Los policías del Grupo 7 no son ángeles salvadores con capacidad para resolver los problemas, ni siquiera lo pueden hacer en sus vidas personales, que han ido saltando por los aires. Así que no debemos justificarles. Utilizan métodos ilegales, son corruptos, aplican la violencia y no tienen escrúpulos porque consideran que su fin es sagrado y que, por tanto, los medios sucios y turbios que usan, en el fondo, están legitimados. Mientras, la ciudad -quienes mandan y los ciudadanos de a pie- mira para otro lado. Les ampara su éxito y esperan que todo siga igual. Piensan que los que están arriba les cubrirán porque en el fondo cumplen con lo que de verdad les han pedido, saben que no quieren que les cuenten lo turbio para no ensuciarse, pero que lo asumen.

Si algo deja claro Grupo 7 es que las soluciones individuales no resuelven el problema. Limpiar las calles de droga, de delincuencia y de prostitución es un trabajo en equipo, donde cada uno de los servicios públicos debe cumplir su función. Primero los Cuerpos de Seguridad que deben detener a quien delinque. Después la Justicia que debe ser aplicada de acuerdo a la ley. El poder Legislativo más tarde, con capacidad para cambiar aquellas leyes que no son justas. El Sistema Penitenciario orientado a la reinserción en la sociedad de los presos una vez cumplida su condena. La Sanidad para atender a los enfermos y a los adictos que deambulan como muertos vivientes entre la mayor miseria buscándose la vida. Y la Educación que debe formar personas, pero que sobre todo tiene la obligación de inculcar valores humanos y sociales. El trabajo del policía no es hacer justicia, ni educar, ni curar, ni reinsertar, ni legislar. Su trabajo es el de detener al delincuente, nada más. Y para ello no sirve extralimitarse, no vale cualquier método aunque produzca resultados rápidos y buenos. Para que se resuelva el problema hay que cambiar lo que está mal sabiendo que se encuentra en lo más profundo. Un trabajo que debe acometer la sociedad entera, remangándose y poniéndose mano a la obra porque no es una obligación de los otros, sino nuestra.

Es esa carga social que tan bien maneja Alberto Rodríguez lo mejor de la película. Uno sale de la sala pensando que le han dejado echar un vistazo durante un rato debajo del felpudo para ver toda la mierda que nuestra sociedad esconde, porque a ella nos hace mirar el director para que tomemos conciencia y para que seamos nosotros quien hagamos el análisis del que sacar nuestras propias conclusiones. La película no establece juicios entre el bien y el mal, se limita a imponer un ritmo endiablado con el que ver cómo pasan las cosas y si sentimos que éstas nos manchan o no. Pero no nos ofrece ninguna servilleta en la que limpiar la sangre que nos salpique ni con la que aliviar la conciencia. Los hechos están ahí, mirándonos de frente y seguro que habrá quien justifique a esos policías y a sus superiores con una sonrisa, diciéndonos que ya somos mayorcitos para despertar del sueño y ver esos atajos subterráneos de los que se sirve el poder para acabar con cualquier elemento que se considere una lacra social. La guerra sucia nunca es justificable, porque iguala a quien la aplica con las personas de quien trata de protegernos, porque diluye las fronteras de lo inmoral y porque nos hace peores a cada uno.

No se puede ver Grupo 7 sin destacar el maravilloso trabajo artístico del equipo técnico y de producción para recrear una Sevilla de finales de los ochenta y principios de los noventa y el espíritu que en ella se vivía entonces. No habría película sin ese ambiente y tampoco existiría sin el maravilloso trabajo de sus actores y actrices. Sus protagonistas destacan, tanto Mario Casas que cumple con acierto y energía en un papel brillante como Antonio de la Torre que borda un personaje angustiado lleno de silencios y contención, sabiendo que no tiene las respuestas y siempre a punto de explotar. Igual ocurre con el resto de secundarios, liderados por los policías José Manuel Poga y Joaquín Núñez, o los geniales trabajos de Julián Villagrán y Estefanía de los Santos.

Grupo 7 me sorprendió y me gustó. Es de esas películas necesarias, de las que nos producen cierto dolor, pues son como el espejo que nos enseña en primer plano la sociedad que somos.

A modo de pequeño anecdotario: (Fuente: Notas del director) La idea de Grupo 7 parte de un sumario de un juicio de los ochenta. Un amigo abogado se lo prestó a Rafael Cobos (guionista) y estuvimos leyéndolo. Todo era muy cutre, muy mezquino, muy familiar; un micro-universo de delincuencia tamizado por la pobreza. Todo el mundo que estaba en el ajo tenía un problema de adicción, de adicción a algo: al juego, a las drogas, al dinero, a la vanidad… Decidimos que se podría hacer una gran película en este contexto: los años previos a 1992. Era un momento de boom económico, de derroche, de manos llenas; un país en desarrollo entrando en el primer mundo. ¿Qué hacían mientras tanto los basureros? ¿Qué hacían aquellos a los que les había tocado la tarea más desagradable? Esa era la pregunta. No nos interesaban las grandes historias de corrupción de la época. Era mejor afrontar el problema desde una perspectiva más doméstica. Lo pequeño a veces explica mejor lo grande. Y un tema: todo el mundo mira hacia otro lado cuando «es necesario».

miércoles, 4 de abril de 2012

Take Shelter, una sociedad de miedos

Se estrena en las salas la película de Jeff Nichols que abrió el pasado Festival Internacional de Cine de Gijón

Cartel de la película Take Shelter
Cartel de la película Take Shelter
Hace unos meses, allá por noviembre, empezaba la 49 edición del Festival Internacional de Cine de Gijón, un festival que elegía abrir con una película del cine independiente que se realiza en los Estados Unidos. El largometraje se titulaba Take Shelter y resultó un estupendo preámbulo para una de las mejores ediciones del festival. La película llegaba con buenas críticas tras su participación en otros festivales como Sundance y Cannes. Casi cinco meses después, aquel film se estrena en las salas comerciales. Su director es Jeff Nichols y Take Shelter es su segunda película. Su anterior trabajo, Shotgun Stories, había paseado por festivales y obtenido muy buenas críticas tras su estreno en los cines estadounidenses, llegando a aparecer citada en alguna de las listas de las mejores películas de 2008. La que será su tercera película está en fase de post-producción y llevará por título Mud.

Nichols explica que la ansiedad surge cuando se tiene algo que perder. Esa ansiedad que siente sobre sí una persona es el motor de Take Shelter. El protagonista de la película es Curtis (Michael Shanon), un hombre modélico: enérgico trabajador, amante esposo y padre de una niña que sufre sordera. Por las noches empieza a tener unas pesadillas atroces en las que llega una tormenta apocalíptica y durante la cual observa comportamientos violentos a su alrededor. Sus sueños son el presagio de un desastre, algo que los demás no logran comprender. El silencio de quien le escucha, la palmadita en la espalda seguida de una huida, son las respuestas que siempre recibe de las gentes de su entorno. Sobre esos presagios fundamenta su obsesión, quiere construir un refugio antitormentas donde salvar a los suyos, a su esposa Samantha (Jessica Chastain) y a su hija Hannah (Tova Stewart). Curtis colocará esa misión protectora de su familia por encima de todo, cargando con la ansiedad de ser el único al que le preocupa la tormenta que va a venir y abandonando el resto de responsabilidades. Su comportamiento se hace extraño a la vista de los demás que no pueden entenderlo, preocupa a su mujer y provoca el rechazo de los compañeros de trabajo, vecinos, amigos y familiares.

¿Qué son de verdad esas pesadillas?, ¿un presagio?, ¿el camino irreversible de un proceso que conduce hacia la esquizofrenia? De Curtis vamos sabiendo detalles, antecedentes de una situación familiar de demencia, y con sus pocas palabras descubrimos la soledad que le produjo aquello en el pasado, cuando él tenía solo 10 años. Mientras, la obsesión de su presagio afianza la sensación de locura, de luchar uno solo contra el mundo. Después se empieza a confirmar otro de los síntomas, las alucinaciones. En el fondo toda su vida ha estado temiendo que un día enloqueciese como lo hizo su madre, preguntándose si la genética le habría hecho un hombre enfermo y cuándo se haría patente. En realidad, ¿de qué está protegiendo Curtis a su familia?, ¿de la tormenta?, ¿de sí mismo?

Michael Shannon lleva en brazos a Tova Stewart en una escena de la película Take Shelter
Michael Shannon lleva en brazos a Tova Stewart en una escena de la película Take Shelter
Cuando Curtis, sobrecogido porque sus visiones que bien pudieran ser el augurio de un desastre natural y cansado de las reacciones que producen su comportamiento en los demás, le confía su secreto a Samantha no es consciente de que está sometiendo a prueba la solidez de su matrimonio, que éste puede venirse abajo y dejarle aún más indefenso. Toda relación tiene unos límites. Toda confesión produce un cierto desconcierto en quien la recibe. Pero el silencio, tragárselo uno solo, tampoco conduce a nada, a cometer rarezas, a perjudicarlo todo aún más.

Take Shelter bien podría haberse quedado en una película angustiosa sobre las dudas que crea en una persona el hecho de sentir que se está comenzando el camino de un proceso esquizofrénico, pero da un paso más, con valentía, para hablarnos también de la sociedad, de sus miedos y de cómo han ido llegando para quedarse. Jeff Nichols pinta con pericia su sociedad, la de los EE.UU., donde la Sanidad la cubre un seguro médico que paga la empresa como un beneficio social y que a la vez hace a los trabajadores más dependientes y solícitos hacia los esfuerzos que pida el patrón; donde los bancos aprietan a la hora de conceder créditos pues no están los tiempos para dispendios; donde se necesita ganarse un sobresueldo para cubrir los gastos como le ocurre a la mujer de Curtis que cose por encargo y también vende lo que confecciona en un mercadillo; donde la iglesia pone deberes y tira de las orejas a los que se descarrían. En esos márgenes, Take Shelter se muestra como una película sobresaliente. Los miedos personales se han convertido en generales, en defectos de esta sociedad que camina hacia una catástrofe. No es extraño que la locura nos ronde cerca. Ese proceso propio de Curtis llena de angustia a quién lo ve y sus pesadillas producen terror al verse plasmadas con una verosimilitud que sobrecoge.

Pero en realidad es el proceso social que hay detrás, más soterrado, el que desnuda al espectador y le hace sentir indefenso, más cuando se escucha la profunda voz de Curtis que nos recuerda a un John Wayne vencido. Si ya no se puede confiar en las percepciones propias, la sociedad, llena de fisuras, es incapaz de proteger a nadie, no es extraño que la mirada se vuelva hacia la familia cercana y la confianza se deposite en aquellos a los que se quiere para encontrar la solución a nuestras angustias convertidas en enfermedad.

La felicidad, que se puede resumir en el hecho de llevar una buena vida, es el objetivo que todos tenemos en la cabeza deseosos de cumplirlo. Trabajamos para lograrlo y cuando se consigue, todo resulta tan frágil que se puede desmoronar en cualquier momento. Podemos perderlo en un instante. Esa reflexión palpita con fuerza en la película y es la que produce el estado de ansiedad que el protagonista contagia a los espectadores.

Excelente el trabajo interpretativo de Michael Shannon que construye un personaje muy complejo y difícil sobre el que reposa el peso de toda la película. Su mirada, el gesto retraído y un tanto taciturno, reflejan su miedo que traspasa la pantalla. Su trabajo está bien acompañado por el de Jessica Chastain y el resto del elenco en el que podemos encontrar caras reconocibles como Kathy Baker.

Take Shelter es una película que va creciendo poco a poco, pero que termina produciendo un impacto en quien la ve.

A modo de pequeño anecdotario: Cuenta Jeff Nichols que cuando empezó a escribir Take Shelter en el verano de 2008, se encontraba a mediados de su primer año de matrimonio. A pesar de estar atravesando un buen momento profesional y personal, el director presentía la acuciante sensación de que en el mundo en general se acercaban tiempos difíciles. Esta ansiedad a la deriva se debía en parte a circunstancias económicas y en parte era simplemente una consecuencia de la edad, pero sobre todo la provocaba el hecho de que por primera vez había cosas en su vida que no quería perder. Todas estas sensaciones se filtraron directamente a los personajes de la película.

martes, 3 de abril de 2012

Los últimos días de Judas Iscariote, el derecho a la justicia

Una obra rompedora y contundente de Stephen Adly Guirgis


Martes 3 de abril de 2012. Matadero - Naves del Español. Madrid

Cartel de la obra de teatro Los últimos días de Judas Iscariote
Cartel de la obra de teatro Los últimos días de Judas Iscariote
El montaje de la obra Los últimos días de Judas Iscariote resulta impactante. Así ocurre con el dinamismo del elenco que les lleva a actuar en cualquier punto de la sala: sobre el escenario, en los pasillos de la tribuna, detrás de los espectadores, en gradas, plataformas, subidos a una columna, boca abajo… Ese romper el tabú de los espacios resulta un tanto desconcertante, obliga al público a girarse constantemente, a sentirse inquieto en su butaca, a no poder verlo todo y a tener que servirse de todos los sentidos para asimilar el teatro. Del propio escenario, que es un gigantesco purgatorio, apenas se utiliza un pequeño rombo, el resto es el vacío de los grandes espacios que solo valen para hacer eco, cruzarlos como desiertos y mostrar nuestra insignificancia y soledad. Sobre el escenario no hay elementos, el atrezzo cae del cielo (un columpio, el paraguas que se ilumina, las luces que descienden solas, un micrófono y hasta el propio Judas Iscariote) o entra por la alejada puerta del fondo. Es un teatro diferente, innovador, que se sirve de otras disciplinas que trae al juego para emplear como altavoces con los que fortalecer la potencia del mensaje. Los últimos días de Judas Iscariote es una obra transgresora en el lenguaje y en las ideas, que no sabe de términos medios y que apuesta siempre por lo más contundente. Es rock & roll y es poesía a la vez.

En realidad no habla de los últimos días de Judas Iscariote como promete el título, sino del juicio a Judas. La obra se plantea como una vista oral por la que van pasando los testigos; personajes históricos de aquella época, pero también posteriores. Personajes a través de los cuales desmonta tres cosas: los hechos, la Historia y a los propios personajes al obligarnos a ver cada una de sus contradicciones. Por allí desfilan la madre de Judas, el apóstol Simón, Teresa de Calcuta, María Magdalena, Poncio Pilatos, Jesucristo, Freud, Satán… La obra se completa con un juez extravagante en el vestir de su uniforme y autoritario en las palabras, un fiscal quisquilloso que juega con los términos, una abogada defensora que todo lo racionaliza, Santa Mónica rogando a Dios y algunas escenas de la vida de Judas que se van recreando con los testimonios de los testigos.

El autor de la obra es Stephen Adly Guirgis, estadounidense de madre irlando-americana y padre egipcio, que representa un nuevo teatro, como de laboratorio, que preconiza una interpretación total de los actores y un texto efectista. A sus espectáculos prefiere llamarlos shows. No es ésta la primera obra en la que acude al tema de la religión. Aunque en esta caso no sea el asunto principal, sí forma parte del contexto y la realidad de la que parte. La cuestión sobre la existencia de Dios flota en aire, pero no es importante para el hombre que debe encargarse de resolver sus propios enigmas, construirse primero como persona. Pero, ¿a imagen y semejanza de qué? De sus propias preguntas. Un dios justo no permitiría el dolor que sufre Judas tras su traición, ni le condenaría por la desesperanza de un instante que le dominó. Si Judas sigue en el purgatorio, pendiente de juicio, habrá que preguntar sobre esa figura de Dios que o bien no es todopoderoso, o bien es solo un ser vengativo que ajusta cuentas y se olvida del amor al prójimo.

El amor y sus aledaños, aquello que lo hace fuerte o débil, es el tema principal de Los últimos días de Judas Iscariote, un amor que se sustenta en el libre albedrío, en la culpa y en la redención. Somos responsables de los actos propios que cometemos, con independencia de la posibilidad de condena o perdón. No hay por tanto buenos, ni malos, solo la verdad que busca el ser humano. La verdad es arte como dice la camiseta que viste Jesús hacia el final de la representación. A veces las respuestas nacen de la espiritualidad, otras de la reflexión. La que nos propone Stephen Adly Guirgis dinamita las bases de nuestra cultura proponiendo la figura de Judas Iscariote como el símbolo que cuestiona las inamovibles ideas establecidas que alguien nos dijo que no se podían cambiar. Las causas perdidas nos dan humanidad, nos obligan a ponernos en la piel de otro a quien se ultraja, sentir empatía por el diferente, por el culpable. En el fondo defender una causa perdida es un desahogo que nos descubre como personas, permitiéndonos escarbar en lo más profundo de nosotros mismos, entre los traumas latentes que encerramos y para los que no hemos encontrado respuesta.

María Morales y Alberto Berzal en una escena de la obra Los últimos días de Judas Iscariote
María Morales y Alberto Berzal en una escena de la obra Los últimos días de Judas Iscariote
Cada personaje que se sube al estrado representa las dos caras de una misma moneda, el testimonio que puede condenar o el que puede salvar, y cada testigo se enfrenta a esa dualidad, porque las cosas ya no son blancas, ni negras, sino que tienen matices de gris. Cuando hay posibilidades entre el sí y el no, cuando hay puntos medios, caminos por construir, es cuando surge la riqueza del pensamiento, el desafío a la inteligencia que debe argumentar, que debe convencer y que debe elegir.

El lenguaje es el arma principal de la obra, un lenguaje directo y sin concesiones a lo políticamente correcto, donde los santos dan el «coñazo» a Dios. Un lenguaje milimétrico en su precisión, como cuando utiliza «fanático» con el apóstol Simón, uno de los mejores y más actuales discursos del espectáculo. Un lenguaje en todas sus formas, como el sonido de una guitarra eléctrica dentro de la función. Todo sirve a la realización de un acto teatral. Así Los últimos días de Judas Iscariote utilizan el drama y la comedia simultáneamente, sin distinción, porque ambos elementos le permiten progresar y tomar nuevos puntos de vista que han evolucionado con el tiempo, pues de aquello que ocurrió en Judea han pasado casi dos mil años. También la incorporación de otras disciplinas audiovisuales a la obra y la colaboración de Luis Bermejo y Gustavo Salmerón la enriquecen; así ocurre en el caso de esas dos pequeñas pausas al juicio en las que vemos los testimonios en vídeo de San Pedro (Peter), San Mateo y Santo Tomás y que se convierten en las mejores piezas humorísticas de la obra, tanto que provocan auténticas carcajadas en el espectador.

Su estructura en tramos independientes, similar a una vista oral, es otro de los factores que fortalece la obra, pues permite un tratamiento particular de diferentes temas secundarios a la vez que se profundiza en lo general.

También destaca la maravillosa interpretación de todo el elenco, en una obra complicada y donde varios actores dan vida a más de un personaje. Todos brillan con luz propia dejándose la piel en un texto que sienten hasta la extenuación, pero en mi opinión sobresalen María Morales, Inma Cuevas, Alfonso Bergara y Luis Rallo.

El único pero que como espectador puedo poner a Los últimos días de Judas Iscariote es su excesiva duración, sus dos horas y diez minutos. Cada minuto debe servir para algo que lo justifique y en algunas ocasiones, se hace pesado; quizá porque la idea ya está sembrada y el discurso resulte redundante en ciertos casos. Los parlamentos de algunos personajes se recrean mientras que los de otros nos dejan con el sabor de la miel en la boca, deseando que hubieran seguido otro instante.

El teatro, como la vida, es mezcla, una confusa amalgama de culturas que producen preguntas y esperan respuestas. No deja de ser una enriquecedora actividad moral, política, intelectual y social. En eso Los últimos días de Judas Iscariote se puede considerar modélica.

A modo de pequeño anecdotario: Los últimos días de Judas Iscariote es una obra del autor estadounidense Stephen Adly Guirgis que se estrenó en The Public Theatre de Nueva York en 2005, con el actor Philip Seymour Hoffman como director. A Londres llegó al Almeida Theatre en 2008, esta vez dirigida por el británico Rupert Goold. En España es Adán Black quien se encarga de traducir, montar y dirigir la obra.

lunes, 2 de abril de 2012

Almanya: bienvenido a Alemania; pedimos trabajadores, vinieron personas

La directora alemana de origen turco, Yasemin Samdereli, nos cuenta desde el presente una historia de la inmigración que reconstruyó Alemania

Cartel de la película Almanya: bienvenido a Alemania
Cartel de la película Almanya: bienvenido a Alemania
Cuando seleccionaba las fotos para acompañar esta crítica de Almanya: bienvenido a Alemania me di cuenta de que una gran mayoría de ellas mostraban a gente feliz, con una amplia sonrisa en la boca. Las dos que se utilizan en el cartel son un claro ejemplo: familias reunidas y alegres. Observé que incluso en las más serias, aún podía encontrar la mueca de alguna sonrisa en alguien que posa risueño para ese instante. El tiempo acaba siendo un tamiz que da tonos sepias a los recuerdos, endulzándolos y borrando de la foto aquello que nos dolió pero que hoy pensamos que no fue para tanto porque no llegó a matarnos. Lo dulce sobrevive, lo amargo se termina endulcorando sin querer para que les sepa mejor a las personas que queremos. Así son las historias que la película cuenta, a través de un hilo por el que seguir el rastro de una familia turca que emigró a Alemania y de las dos siguiente generaciones cuyos lazos con Turquía van desapareciendo fagocitados por su vida cotidiana y occidental.

La directora alemana de origen turco, Yasemin Samdereli, nos habla desde el presente de una historia sobre los hombres y mujeres que acudieron en los sesenta a la llamada del gobierno alemán, necesitado de una mano de obra barata inmigrante para potenciar el auge industrial de los años de su milagro económico. Nos lo cuenta como nieta de aquellos que llegaron desde Turquía. No fueron los primeros, tras la Segunda Guerra Mundial, varias empresas alemanas empezaron a solicitar al gobierno que permitiera la llegada de trabajadores extranjeros, ya que con su población no cubría todos los puestos necesarios. El gobierno comienza una política de Gastarbeiter (trabajadores huéspedes o invitados) que a mediados de los cincuenta trajo obreros italianos a las fábricas alemanas a través de acuerdos entre los dos países. A éstos les siguieron españoles y griegos. En 1961, Alemania y Turquía firman un tratado para permitir la llegada de mano de obra procedente de Turquía. La mayoría de estos inmigrantes llegaron a Alemania Federal en trenes especiales que cruzaban Grecia y que suponían un largo viaje de 50 horas. En una docena de años, más de dos millones seiscientos mil turcos solicitaron un trabajo en Alemania y se sometieron a los exámenes de aptitud profesional, salud, forma física, lectura y escritura que les permitieron incorporarse al mercado laboral alemán; la mayoría se asentó en el valle del Ruhr. Después llegó el reagrupamiento familiar, la bodas y las nuevas generaciones que fueron naciendo. Ya van por la cuarta. Pero no es de esto, de lo político, de lo que habla Almanya: bienvenido a Alemania, sino de una familia concreta, una que se parece a cualquier otra que partió de aquello para crear una nueva identidad lejos de su país, una decisión propia tomada por una pareja pero que también afectaba a sus descendientes.

La historia se puede explicar con la frase de Max Frisch: «pedimos trabajadores, vinieron personas». Desde ahí, desde un punto de vista humano que potencia lo personal y muestra lo positivo de la experiencia, aborda la historia Yasemin Samdereli. Luego se apoya en sus anécdotas cercanas y familiares que le sirven para narrar la aventura de una forma amable. El guion lo escribe a medias con su hermana Nesrin Samdereli y las dos comentan que hace tiempo que descubrieron que sus amigos se divertían mucho cuando ellas contaban su infancia. El humor se asienta en la visión diferente marcada por la distancia que imponen un cultura distinta y unas costumbres alejadas que chocan con las conocidas y que hacen poner etiquetas de raro a lo que se terminará asumiendo como habitual. Lo humorístico también surge de las escenas retrospectivas del pasado al reinterpretarse impregnadas por el presente.

Una escena de la película Almanya: bienvenido a Alemania
Una escena de la película Almanya: bienvenido a Alemania
Esa forma de contar, un poco exagerada y llena de humor, es una de las mayores virtudes de la película. Su estilo lleva al espectador con delicadeza, para, con pequeñas pinceladas, hacer que se enfrente a lo dramático que se muestra al fondo, aquello sobre lo que podíamos pensar que se ha pasado de puntillas, pero que impregna toda la película. Esas sombras nos hablan de una extraña sensación de no ser de ningún sitio que se van formando los emigrantes y sobre todo sus siguientes generaciones. Hacerse alemanes, que al menos lo diga un papel, en el fondo va mermando una tradición originaria de la que la distancia y el tiempo hacen que se vaya desvinculando de la vida familiar, que, por otro lado, va adquiriendo las costumbres del país anfitrión como propias. Esa construcción de una identidad que recoja las raíces familiares, pero también las de la cultura en la que se recibe la educación, es la línea sobre la que se va desplazando Almanya: bienvenido a Alemania. Toda integración supone un cierto desarraigo, una renuncia, una pérdida de identidad y una distancia difícil de salvar entre lo propio y lo adquirido. La inmersión lingüística, que bien podría interpretarse como el fin de los problemas de comunicación, también juega a la contra a la hora de mantener la costumbres del país de origen.

La película ataca ese signo de nuestros tiempos, de sociedades multiculturales que se van uniformando, haciendo que esa variedad desaparezca o se transforme en monotonía porque a muchos les da miedo lo diferente. Aplaude la mezcla, el intercambio y la tolerancia. Es el respeto el valor que potencia para que el trato sea de igual a igual entre todos, sin diferencias, pues aquellos emigrantes vinieron a ganarse la vida honradamente y prosperar a la vez que los locales, con un esfuerzo realizado por todos: alemanes, italianos, españoles, griegos, turcos…

Hacia la mitad del largometraje, se empieza a escuchar una queja: el hecho de que las instituciones no hayan agradecido el trabajo que aquellos emigrantes realizaron para el enriquecimiento de Alemania y que no les hayan dedicado ni siquiera unas pocas palabras que muestren un cierto grado de agradecimiento. Olvidarse de esa falta de reconocimiento hiere los sentimientos de los nietos y bisnietos que reclaman ahora esa memoria y esas felicitaciones postergadas que les corresponden a una generación silenciosa y trabajadora sobre la que ya pesan los años.

La historia del pasado en la película no la cuenta el abuelo, sino la nieta, a la que otro miembro de la familia se la narró antes, igual que hará el niño que ahora la escucha con la siguiente generación. Es una forma de aprender la tradición y de mantenerla para los que vengan después, pero también de incorporar una visión nueva sobre unas palabras que la arena del tiempo va convirtiendo en planas. Contada así tal vez pierda los sentimientos originales porque se van actualizando desde una nueva perspectiva, pero no hay que despreciar la ayuda a la unión familiar que supone seguir relatando aquellas historias, a que cada uno se pueda sentir parte de un todo más amplio, de unas raíces que describen la forma de ser. El concepto de familia es muy importante en la cultura oriental, sirve de apoyo ante cualquier dificultad, de comprensión y de la ayuda más efectiva. Es por tanto un pilar fundamental que marca las señas de identidad y que mantiene el arraigo, que va dejando regresar a los fantasmas de los ancestros para intervenir como pegamento y recuerdo.

Se hace imposible no comparar Almanya: bienvenido a Alemania con la película española de Carlos Iglesias Un franco, 14 pesetas, donde también se cuenta la historia de gentes que tuvieron que emigrar a otros países para ganarse el pan. La emigración económica, el trasfondo político y el desarraigo están tratados con mayor profundidad en la película española, que tampoco descuida el sentido del humor y las anécdotas que surgen de la diferencia cultural. Mientras que Almanya: bienvenido a Alemania, utiliza un tono más benévolo, de una nostalgia más dulce, y aparenta ser más liviana.

Almanya: bienvenido a Alemania es una película coral, con interpretaciones muy naturales, que aprovecha la potencia de las anécdotas y en la que abundan los elementos de comedia. El largometraje ha sido rodado y montado con amabilidad hacia el espectador para que éste pueda viajar con facilidad al pasado y al presente de dos países, uno poderoso y el otro hambriento, señalados como dos polos que aún siguen manteniendo las mismas distancias. Es el espectador el que deberá sacar sus propias conclusiones.

A modo de pequeño anecdotario: Las hermanas Samdereli, Yasemin y Nesrin, han escrito a medias el guion de Almanya: bienvenido a Alemania. Dicen que llegaron a realizar cincuenta versiones antes de darlo por concluido. Cuando cuentan su forma de trabajo explican que era bastante autónoma. Primero se reunían para hablar de las secuencias dentro de las escenas, y luego cada una escribía la escena que le tocaba. Se volvían a juntar luego y trabajaban juntas sobre lo escrito.