sábado, 16 de julio de 2011

Carmen París y amigas

Entre juegos de palabras, fusión y sentimientos


Viernes 15 de julio de 2011. Auditorio Conde Duque. Madrid


Carmen París en una foto de archivo
Carmen París en una foto de archivo
Carmen París baja la escalera del auditorio para sentarse sola ante el piano. Flaca, de pelo ensortijado, vestida con un pantalón descosido y una blusa de colores vivos, mira al público de frente. Con desparpajo saluda y presenta el concierto. Habla y habla contando la esencia de lo que hace, de dónde vino la inspiración para tal tema o que influencia presenta tal otro. Lo hace con simpatía e inteligencia.

Que no le gustan las etiquetas es algo sabido, lo suyo es salirse de los estantes establecidos, así que no es extraño encontrar una mezcla de jota aragonesa con chotis madrileño y ranchera mexicana. Así suena Jotera lo serás tú, como pura rebeldía. Tras ella nos habla de Cuba, del tiempo que pasó allí preparando su tercer disco, de que cuando pensamos que las cosas ocurren por casualidad en realidad lo hacen por pura sincronía, una cosa muy científica. Para hablar de ella y mezclando historias reales que le han ocurrido a ella, o a gente que conoce, surgió Cositas in-solitas, un tema en el que pidió la participación del público para cantar el estribillo.

La verdad es que aunque está sola sobre el escenario, no necesita más, sabe ocupar el espacio con facilidad, como sin proponérselo. Resulta espontánea cuando habla y al cantar su voz lo llena todo, le bastan unas dulces notas al piano para acompañarse a sí misma. A veces ni eso, se levanta y hace un fragemento de la tradicional jota aragonesa La fiera de viva voz y el auditorio rompe en aplausos. Esa jota es el origen de la siguiente canción que interpreta, En mi pecho, donde su entrega sube para contar lo más íntimo.

Sus canciones así interpretadas, con solo sus manos en el piano, suenan a confesión. Algo hay de hipnótico en esa sencillez, quizá una sensación de placidez que flota y va dejando reminiscencias de felicidad en quien la escucha. ¡Puede haber mejor placer que oírla cantar con su preciosa voz y ver como entabla una relación de confianza con el público, jugando con las palabras, charlando, contando, conduciendo la conversación sin guardarse secretos, repasando sus lecturas o lo que una vez le interesó, escuchando sus anécdotas!

Llegan después las dos primeras sorpresas. Hace un tema en inglés llamado de The cry of nightingale, una canción que ha grabado recientemente para un disco en el que diferentes músicos mediterráneos musican los poemas del filósofo turco Fethullah Gülen. El segundo estreno es un homenaje a María Dolores Pradera. Confiesa la artista que hace un tiempo, cuando aún estaba en la Warner, quiso preparar un disco que se llamase de De París a la Pradera y que trabajó algún tiempo en los arreglos de varias canciones que solía interpretar María Dolores Pradera, un proyecto que no llegó a salir publicado pero del que ha rescatado Te solté la rienda.

Cartel del concierto
Cartel del concierto Carmen París, entre nos y otras
Tras los largos aplausos toma la palabra de nuevo. Cuenta que al concierto le ha dado el título de Entre nos y otras para explicar que en esto de la música hay muchas intérpretes que también son creadoras, que componen y escriben, mujeres que toman el escenario y que montan sus espectáculos. No sé si es correcto hablar de una visión femenina de la música, pero es cierto que cantan con otra sensibilidad y que sus voces nos traen timbres, tonalidades y sonidos mucho más amplios. De pronto surge en el aire una complicidad extraordinaria, la de las amigas con las que va a acometer el resto del concierto. Habla de un viaje a Palestina con varios artistas sensibilizados con el conflicto que vive aquel pueblo. Allí conoció a Mercedes Ferrer a la que siempre había admirado. De aquel viaje, de lo vivido, de aquella dureza, de la amistad, surgieron dos temas. Aparece Mercedes Ferrer con su guitarra roja y crema y con ella desgarra las primeras notas de una de aquellas canciones, la que se titula Revelación porque estamos viviendo una época en la que empiezan a caerse muchos velos y vamos a descubrir las mentiras con la que nos han estado engañando. El apocalipsis no es otra cosa que el tiempo de la revelación.

Después hacen juntas Todavía, un tema de Mercedes Ferrer. Sin que abandone el escenario ninguna de las dos mujeres presentan a Cristina Narea. Es Narea la que introduce Agua un tema de su disco. Canta, toca la guitarra y Ferrer y París le hacen los coros. Se siente entre ellas el respeto, la admiración mutua y el amor compartido por lo bien hecho. Saben que de lo colaborativo, sin la presión de la competitividad tan masculina, sale lo mejor, lo que funde en sus voces miles de historias.

Mercedes Ferrer se va, para dejar el escenario a las otras dos mujeres. Hay una compatriota de Narea que les gusta mucho a ambas, se trata de la chilena Violeta Parra, así que juntas hacen una de sus canciones Volver a los diecisiete. Resulta un momento mágico.

Se va Cristina Narea para que llegue Olga Román. París se sienta de nuevo al piano y hacen Savia nueva. Llega después otra invitada, la pianista Marta Sánchez, una estupenda jazzista que en breve se irá a Estados Unidos para continuar con sus estudios. Marta, Olga y Carmen producen otro instante memorable cuando interpretan Me asomo. Se oyen «bravos» entre el público y muchos aplausos.

La anfitriona presenta a la última invitada, la cantante cubana Danays Bautista, una voz excepcional y ya van cinco. Hace uno de sus temas A la insensatez acompañada por Marta Sánchez al piano y por primera vez en la noche sin Carmen París en el escenario. Tras la hermosa canción regresa París al piano y cubana y maña interpretan juntas el bolero Distancia espeluznante.

La aragonesa se queda de nuevo sola, sentada ante el piano, para cerrar el concierto. Lo hace con una canción nueva que ha preparado para su próximo disco y con la que expresa su preocupación por la deriva que está tomando nuestro mundo. La canción se llama Por favor, por amor.

Suena una ovación calurosa y larga que Carmen París comparte con sus invitadas. Un pequeño amago de irse y todas juntas hacen Agua que ha de correr. Después vuelven los recuerdos de aquel viaje a Palestina. Habla de Cisjordania, de un campo de refugiados en Qalandia que suena parecido a Calanda, pueblo de donde son sus orígenes familiares, de como una historia confluye en la otra para que surja Rompiendo la hora. Se cuelga el tambor al cuello y con sus cinco amigas la interpretan para despedirse.

Ha sido una noche sobresaliente en lo musical, llena de fusión, mezcla, mucho arte, pero sobre todo de cariño y humanidad. Un concierto perfecto.

A modo de pequeño anecdotario: Carmen París estudio en el conservatorio de Zaragoza canto, piano, guitarra, violoncello, armonía y solfeo. Estudios que compaginó con la carrera de Filología Inglesa, el trabajo como cantante de la orquesta Jamaica y en la curiosa librería especializada en cine y copas CineMasCopas que comparte con Marta Sanuy.

viernes, 15 de julio de 2011

El amor de Tony, cine de personajes

La directora Alix Delaporte firma una película sobre el amor de los que nunca se enamoran

Cartel de la película El amor de Tony
Cartel de la película El amor de Tony
Cuando me hablan de cine francés siempre me hago una composición: un cine de fotografía cuidada hasta el extremo, con mucho sentimiento contenido y un tanto pausado. Lento no es una adjetivo que vaya con nuestros tiempos donde todo se despacha con suma rapidez, en el cine y en la vida. Sentimientos tampoco, pues nuestras sociedades occidentales se banalizan a marchas forzadas, ya no se busca profundizar pues existe un consenso generalizado en la industria cinematográfica que impone el entretenimiento como meta única. Así que encontrar una película como El amor de Tony en la cartelera supone un cierto oásis, saber que se entra en una sala para ver una historia diferente, un cine profundo de personajes, donde no hay estridencias innecesarias, donde lo que vas a ver, más que un producto industrial, es cine de verdad. No se trata de una película que entre a la primera, sin esfuerzo; te pide tiempo, pero, a cambio, luego se queda en la cabeza, pululando, haciéndote dar vueltas sobre las piezas, recuperando sus imágenes, luces y colores, como si la retina hubiese terminado empapada de ellas, como si tuviera una segunda vida más allá de la pantalla con un cierto efecto contagio.

El mayor acierto de la directora, Alix Delaporte, es el de hacernos sentir el amor de los nunca van a enamorarse y ver que no tiene nada de diferente cuando llega, que siempre se va sentir con la misma fuerza cuando es sincero. Personajes duros, curtidos, que ya no creen que pueda existir para ellos el amor. La vida les agotó, les llenó de heridas y les vació por dentro. Les hizo sentirse incapaces, mutilados en lo sentimental. A Tony (Grégory Gadebois), con un trabajo de pescador, rodeado de días iguales y de la severidad del mar que se le ha contagiado endureciéndole, fue el mar que se tragó a su padre y la imposibilidad de recuperar su cuerpo. A Angèle (Clotilde Hesme) un pasado turbio, tal vez un accidente o un ajuste de una relación trágica, un tiempo aislada y un hijo pequeño que se ha distanciado tanto que ha roto todo comunicación con ella. Ambos piensan que la vida no da para más, que apenas si les quedan ganas de seguir en ella.

El título original en francés es Angèle et Tony, resulta curioso que en España se haya cambiado por El amor de Tony, donde se desequilibra la relación y se opta por dar más peso a los silencios de Tony que el auténtico protagonismo de Angèle. La película habla de ella, del lastre de soledad que arrastra y de como lentamente podrá ir descargándolo. Mujer afilada, de comportamiento difícil, ofensiva en muchos momentos, mostrando siempre una insensibilidad medida. No le salen sus deseos, no le queda otra cosa que pagar las «deudas» que cree tener pendientes. Ha decidido no dar más oportunidades a que las cosas simplemente ocurran.

Grégory Gadebois y Clotilde Hesme en una escena de la película El amor de Tony
Grégory Gadebois y Clotilde Hesme en una escena de la película El amor de Tony
Tony también ha hecho de sus sentimientos una roca. Taciturno en lo emotivo, con un aislamiento elegido, un tanto rudo, tampoco ofrece muchas oportunidades a las mujeres. Pero desde ese aire frío sabe escuchar y ver lo que hay tras la triste mirada de ella. Es capaz de comprenderla y quererla tal y como ella es. Sin pedirle nada, ofreciendo casi sin querer el único bálsamo que a ella puede aliviarla. Tony acepta lo que viene sin reproches, sin querer cambiar la naturaleza de lo que llega.

Ambos necesitan afectos que rompan esas barreras que les mantienen aislados de todo, escapar del vacío pesado que se ha instalado para gobernar sus vidas. Es tiempo de romper la desconfianza, de saltarse las limitaciones impuestas, de superar los estigmas que su historia les ha marcado a fuego, de estirar la mano, tocarse y sentir. Y así, casi sin querer, sin darse cuenta escapan las emociones contenidas y la felicidad está unos centímetros más cerca.

El amor de Tony es una película de pudores e impudores, de lo que pensamos que los demás quieren de nosotros, de aquello que regalamos y de lo que nos resulta imposible dar. Ese entregarnos tiene niveles, lo que a uno le resulta fácil dar para otro es imposible, una diferencia de escalas, de perspectivas. Esa facilidad que tiene Angèle de recurrir al sexo como sustitutivo de lo afectivo no funciona con Tony, que sabe que tras las apariencias Angèle esconde a la mujer que el desea para compartir su vida. En el fondo necesitamos a los otros, por muy huraños en que nos hayamos llegado a convertir.

Delaporte usa el ritmo lento para que veamos la historia principal con todos sus matices, dando tiempo a que los sentimientos de los personajes se construyan. No añade narraciones que desvirtúen el presente. Dosifica la información bastándole unas pocas palabras en un par de conversaciones para darnos los pequeños apuntes del pasado que puedan resultar útiles al espectador para entender a los personajes y sus estados de ánimo. En realidad el pasado queda difuso, intuido, para que no se inmiscuya más de lo preciso, tal como lo maneja Tony, con la misma escasez que él precisa. Le acompaña a su trabajo de dirección una estupenda fotografía, muy sencilla, que embellece el paisaje y nos acerca a los actores y actrices.

Las interpretaciones asientan la película. Clotilde Hesme ofrece belleza y a la vez una inquietud permanente de quien se siente perdida, de quien se ha olvidado de sí misma. A Grégory Gadebois ya hay quien le está poniendo la etiqueta del nuevo Depardieu. También hay presencia española ya que aparece Lola Dueñas con un pequeño papel de anfitriona -en cierta manera-, de mujer que ha pasado antes por las mismas puertas. Ella es la mirada comprensiva, la mano que se apoya en el hombro para indicarle a la protagonista que no está sola.

El amor de Tony es cine de festivales. Pasó por Venecia y por la Mostra de Valencia donde obtuvo el Premio de la Crítica, galardón que añande el Premio Michel D'Ornano 2010 a la Mejor Ópera Prima del Cine Francés. Y ahora tenemos la oportunidad de verla en las salas; son las ventajas del verano, que entre tanto cine lúdico siempre se cuela alguna buena película.

A modo de pequeño anecdotario: La directora Alix Delaporte comenzó su carrera como periodista en la agencia Capa donde preparaba perfiles de los invitados en la noticias de M6 de Sutio Gabriel y en el programa de Michael Druker. De allí paso a Canal Plus Francia para realizar el mismo trabajo con los invitados del show Nulle Part Ailleurs, labor que compaginó con los estudios en el taller de guion de la Escuela Superior de Imagen y Sonido de la Fémis. Con el mundial de futbol de 1998 se encargó de preparar los perfiles de los jugadores para Canal Plus. Conoció a Zidane y primero le convirtió en un habitual de Canalsat y después realizó un DVD sobre su carrera. En 2003 había escrito el guion de un cortometraje Le piège y Roschdy Zem le dijo que actuaría en su corto si le conseguía una camiseta de Zidane. En 2006 realizó su segundo cortometraje: Comme on freine dans una descente (¿Cómo frenar cuando vas cuesta abajo?) en el que intervino Clotilde Hesme, la protagonista de El amor de Tony, primer largo de la directora.

jueves, 14 de julio de 2011

Rubén Blades y la «salsa dura»

El incansable cantante panameño ofreció a su público un concierto que superó las dos horas y media


Martes 12 de julio de 2011. Escenario Puerta del Ángel. Madrid


Rubén Blades en una foto de archivo
Rubén Blades en una foto de archivo
Media hora antes de lo habitual en la programación de los Veranos de la Villa y con puntualidad de reloj, pues Rubén Blades sabe de sobra que la organización le ha puesto hora de cierre al concierto y no quiere perder el tiempo, salen los músicos. Sobre el escenario la orquesta panameña de Roberto Delgado, doce instrumentinstas experimentados a los que para esta gira se ha unido como artista invitado el mágico trombón de Jimmy Bosch, un artista neoyorquino de la música afrocubana. El micrófono en el centro. De él cuelgan dos maracas unidas por un cuerda que llevan por única decoración la bandera panameña. Abren los músicos el concierto con La rosa de los vientos. Tras las primeras notas aparece Blades vestido de negro de pies a cabeza y abrigado pues la tarde se ha vuelto fría. Zapatillas de suela cóncava para cuidar la espalda, chubasquero negro que le proteja del viento molesto que se ha subido al escenario y un coqueto sombrero. Carga con una mochila de cuero al hombro como quien acaba de llegar de un viaje. La abandona sobre las tablas, bebe miel y coge el micrófono veloz para cantar los primeros versos de la noche: «Cada uno lleva encima la marca de su tiempo / cada uno lleva encima la huella de su sueño / ¿Quién dijo que la risa de tanta alma joven tiene que emigrar? / ¿o que la llamarada de los sueños nobles ya no alumbra más? / ¿quién dijo que nos ganó el olvido? que nos venció el "jamás"? / ¿quién dice que hay caminos imposibles de encontrar? / ¿Quién dice que perdimos, si entre las angustias sigue Panamá? / ¿Quién cree que no hay manera de dar a su historia un mejor final? / Sigamos respirando, también por los demás, / porque la causa es buena, no me canso de tratar».

Rubén Blades es un gran artista que ha compuesto e interpretado canciones memorables, símbolos de un tiempo y emblemas de una América con mucho futuro. Su música, esa salsa social, y sus letras, comprometidas con la vida y sus problemas, van de la mano por el mundo convertidas en la banda sonora de una generación fiel que ha crecido con él, que buscaba entender el convulso mundo que les tocó vivir para intentar mejorarlo un poquito. Un público que pide que le cuenten con inteligencia las historias de la gente corriente.

Tras esta primera canción bromeó con el tiempo que teníamos en Madrid, mucho frío para un panameño, dijo, tanto que le había hecho presentarse vestido como para hacer un concierto de tangos. Contó que con eso de que esta semana iba a ser su cumpleaños, en el hotel le habían dejado un regalo, algo que aún no había tenido tiempo de ver lo que era. Lo llevaba en la mochila, dijo. Mientras se volvió para cogerlo el público le cantó el cumpleaños feliz. Leyó una nota y después extrajo una bolsa de plástico, dentro de ella una toalla y al desenvolverla apareció el trofeo que la selección de fútbol del estado español ganó en Sudáfrica el año pasado. No hay que preocuparse, al terminar el concierto seguro que la devuelve porque reconoció que aquel equipo de fútbol hizo muy felices a muchos en América. Después dejó a Roberto Delgado presentar a cada uno de los músicos para así dedicarse en cuerpo y alma al concierto. Siempre ganando tiempo, pues sabe que pasa volando y que se le quedarán fuera muchas canciones que le gustaría interpretar. Saludó a Diego «el Cigala» entre el público y también lo haría más tarde con un amigo de Panamá con el que su mirada se encontró durante la actuación.

Rubén Blades en una foto de archivo
Rubén Blades en una foto de archivo
Al «Cigala» le pidió que escuchase la letra de la siguiente canción: Las calles. No esperó más para caldear el ambiente, sonó Decisiones, una canción que estuvo prohibida en Panamá por atentar contra la moral y las buenas costumbres del pueblo panameño, en tiempos de la dictadura. Lo cierto es que él no podía cantarla entonces, pero aún así se oía en los transistores de los panameños a todas horas por cada una de sus calles.

Muy emotiva resultó Plaza Herrera, un tema escrito después de encontrar una foto de cuando era un bebé en aquel lugar. Lo utiliza para recordar su barrio, en el que nació y en el que sigue viviendo en la actualidad. Señaló que «no hay riqueza en este mundo que pueda comprar lo que se vive, lo que se aprende en un barrio de Panamá», insistiendo en que la educación es un proceso que no termina jamás, todos los días se aprende algo. Sin duda el tema educativo es un asunto que le preocupa porque no se puede nunca dejar de estudiar. Él mismo, para el próximo año, tiene pensado matricularse en Columbia para obtener su doctorado en Derecho. Contó que su primer diploma universitario lo había vivido como una reválida familiar, sus padres no pudieron estudiar, y, como muchos de su generación, se habían sacrificado para que sus hijos pudieran tenerlo mucho más fácil en la vida.

Quiso hablar de drogas y recuperó Caína. La noche tenía más sorpresas, con las notas de Plantación adentro apareció en escena Jerry González, trompetista universal, que realizó un magistral duelo enfrentándose al trombón del otro invitado: Jimmy Bosch. La parte de raíces más latinoamericanas llegó con temas como Todos vuelven y María Lionza que le sirvió para alabar las tierras y culturas de Perú y Venezuela. Recordó a Facundo Cabral, un buen cantante y mejor amigo, al que acaban de asesinar.

Casanguero es una canción antigua, pero que hacía por primera vez sobre un escenario. Muchos de los asistentes no habían nacido cuando la grabó, algunos protestaron y Rubén Blades mirando a una jovencita le dijo que «yo tengo ropa más vieja que tú, pero no tan bonita». Tiene tiempo para el público, charlar con gracia con ellos, contar anécdotas, ponerse emotivo si toca y soltar de vez en cuando una de sus perlas: «Hay gente en el mundo tan pobre que solo tiene dinero». Un buen pretexto para hacer los temas Las cuentas del alma y Maestra vida.

Volvió la emoción cuando contó la historia familiar que hay tras Amor y control. También cuando hablo de un trabajo que tuvo en el correo del sello discográfico de Fania y sus estrellas, y de aquel día que uno de los cantantes llegó tarde y le pidieron a él que cantara Juan Pachanga en la grabación del disco. Suena mejor la música cuando te cuentan las historias que van con ellas, cuando uno entiende además lo que significan para el artista. Sonó Buscando Guayaba con toda la fuerza de la salsa de una orquesta potente.

No se olvidó de cantar Ojos de perro azul de aquel disco, Agua de luna, en el que versionó algunos relatos de Gabriel García Márquez. Ni de Pedro Navaja, la canción que siempre tiene que tocar en todos sus conciertos y que sin duda refleja el deseo de las personas de escuchar a los buenos narradores contando historias, por tristes y trágicas que resulten.

Llegó el momento de Patria y El padre Antonio y el monaguillo Andrés, el único bis que la organización le permitió hacer después de más de dos horas y media de concierto y que dedicó a Facundo Cabral «Facundo, matan a la gente, pero no matan a la vida». Después, los técnicos fueron recogiendo el escenario, pero el público no se quería ir, permanecía en pie esperando un imposible. Al final nos marchamos alegres, en familia, tarareando alguna de las canciones escuchadas, la que cada cual prefería.

A modo de pequeño anecdotario: Rubén Blades además de músico, cantante y actor tiene una licenciatura en leyes por la Universidad de Harvard. En el 2004 dejó el mundo del espectáculo para dedicarse a la política. Formó parte del gobierno de Martín Torrijos en Panamá y ocupó el ministerio de Turismo desde 2004 a 2009. Después de aquella experiencia regresó a la música, a un público que seguía esperándole, pues «la salsa inteligente» que él defiende sigue teniendo un espacio común dentro del mapa latinoamericano. Cumple 63 años esta semana, pero ha vuelto con muchos planes, habla de grabar cuatro álbumes con la orquesta de Roberto Delgado, de publicar sus poemas en un libro, de doctorarse en leyes por la universidad neoyorquina de Columbia e incluso de un papel en una película musical.

miércoles, 13 de julio de 2011

El flamenco, la copla y el arte de Poveda

El cantaor ofreció un recital que el público salpicó de olés


Jueves 7 de julio de 2011. Escenario Puerta del Ángel. Madrid


Miguel Poveda en una foto de archivo
Miguel Poveda en una foto de archivo
Avanzado el atardecer, pero aún con luz de día, comenzó el esperado concierto de Miguel Poveda dentro de la programación de Los veranos de la villa. Llegó vistiendo un traje negro con camisa blanca: elegancia, finura y horadez sobre el escenario. Se sentó en la silla de enea frente al micrófono con humildad, extendió los brazos y mostró una sonrisa amplia de placidez. Le acompañaban los de siempre, Juan Gómez «Chicuelo» a la guitarra, Paquito González con las percusiones y a las palmas y compás Juan Carlos Grilo y Luis Peña Fernández «Cantarote». Abrió el concierto con livianas y lo siguió con malagueñas y abandolaos. Siguió por bulerías, como si esta esplendida fiesta flamenca se estuviera acabando. Apareció para acompañarlas la bailadora Laura Rozalén y Poveda se puso en pie para seguir cantando y bailar unos pasos con ella. Sonaron muchos olés, con fuerza y con respeto, encendidas exclamaciones por un arte soberano.

Se le vio más cómodo, menos preocupado, que el año pasado. En este tiempo ha ganado en naturalidad, pues el nivel de su voz es tan alto y perfecto que es difícil mejorarlo mucho más. Aunque es un artista puntilloso, que cuida con mimo cada detalle, se dejó llevar por la magia del propio concierto. Emprendió un viaje por Andalucía: cantiñas, nanas, tangos trianeros, siguirillas y soleares apolás mezclando los estilos de Mairena y Marchena. Repasó bulerías de aquí y de allá, con sus diferencias, para terminar recordando a Miguel Candela y esa esencia suya flamenca y madrileña. Un guiño a esta ciudad que se vuelca con cada uno de sus conciertos.

Colocaba el micro con delicadeza, cantaba con maestría y se entregaba en cada nota de su voz. Parecía a punto de rompérsele el alma en cada momento, desecho del dolor profundo de lo jondo. Y el público le agradeció su coraje y el arte tan grande que atesora y comparte, el lujo de verle actuar, de escucharle cante lo que cante. De fondo luces mezclándose para construir dibujos tamizados como de arena.

Después, un cambio de ropa que le sirvió de pretexto para salir del escenario, para que se iniciara un cambio de aires. Los músicos también se fueron y apareció entonces Joan Albert Amargós para hacer una pieza al piano. Regresó Poveda, chaqueta blanca impecable y bajo ella una camisa negra con brillos azabache y levemente manchada como por lamparones de tinta lechosa. Se arrancó con las primeras coplas, su otro yo de cantaor. Lo primero que hizo fue mezclarlas todas con La radio de mi madre. Luego el apoteósis: Ojos verdes.

Se acordó de Lola Flores y agradeció a su hija Lolita que estuviera entre el público, le dedicó Rocío. Se quejó del frío que hacía, malo para mezclar con el sudor que produce el cantar bajo los focos, el esfuerzo de sacar la voz desde dentro, pero avisó de que nada le iba a parar. Se arrancó con A ciegas, tema que formó parte de la banda sonora de Los abrazos rotos y que dedicó al actor de la película Rubén Ochadiano, también presente entre el público. Hizo un pequeño fragmento de Y sin embargo te quiero. Tampoco se olvidó de interpretar Como las piedras y la emblemática Tres puñales que el público le venía solicitando desde el principio del concierto. La parte de copla se cerraba, pero aún quedaba un último ramillete para su público, para hacerles ponerse otra vez en pie y seguir dando olés.

Tuvo un recuerdo especial para su maestro, el cantaor Enrique Morente que también quiso extender al guitarrista que le acompañó en la última década, Juan «el Habichuela» que se encontraba en la grada. Les dedicó una emotiva versión de La Aurora de Nueva York que remató por bulerías. Los bises fueron para el mítico tema de Camarón La leyenda del tiempo y para cerrar el concierto aprovechó No volveré a ser joven para despedirse por bulerías otra vez.

Después de dos hora y cuarto de pasión, a las 00:15 acabó el concierto. No sé cómo pero la magia de Poveda consiguió lo imposible, pasar la barrera infranqueable de las doce de la noche que impone cada año la burocracia absurda de Los Veranos de la Villa.

A modo de pequeño anecdotario: Antes de con el flamenco, su afición al cante empezó de muy pequeño grabando de forma casera las coplas y los cantes que escuchaba con su madre en la radio y a las que rindió homenaje en el disco Tierra de calma con un conjunto de coplerías que tituló La radio de mi madre. Su siguiente hito lo cumplió con 15 años, cuando se subió por primera vez a un escenario, el de la Peña flamenca de Nuestra Señora de la Esperanza en Badalona, experiencia que iría repitiendo los fines de semana en otras peñas y concursos de aficionados. Al volver del servicio militar empezó a cantar en las barcelonesas Ramblas, en el tablao El Cordobés, donde estuvo casi un año. Quiso probar mejor suerte y se presentó al 33 Festival Nacional del Cante de las Minas de La Unión (Murcia), en 1993. Le seleccionaron y se llevó la Lámpara minera y otros tres premios en las modalidades de La Cartagenera, La Malagueña y La Soleá, sólo le faltó uno para alzarse con todos los premios de cante. A pesar del éxito, no grabó su primer disco hasta 1995, se trató de Viento del este y le acompañaron Moraíto, Pepe Habichuela y Julián "El Califa", contando además con la colaboración de José Soto «Sorderita».

martes, 12 de julio de 2011

Lila Downs, combativa y comprometida

La cantante mexicana ofreció un concierto dinámico, de mucha fusión, mestizaje y unas profundas raíces indígenas


Miércoles 6 de julio de 2011. Escenario Puerta del Ángel. Madrid


Lila Downs en una foto de archivo
Lila Downs en una foto de archivo
Muchos somos los que vemos que Lila Downs es la principal heredera musical de Chavela Vargas, aunque las dos sean irrepetibles. Sus raíces en el folclore popular de los pueblos indígenas méxicanos, su compromiso político y social, son elementos que comparten estas dos grandes mujeres. Su forma de cantar e interpretar desde las entrañas, con el corazón en la mano, también. Son dos de las mejores voces que han pisado un escenario, de las que más consiguen emocionar al público.

Los conciertos de Lila Downs siempre resultan especiales, siempre diferentes. Ya se preocupa ella y sus músicos, dirigidos por Paul Cohen, de evolucionar y versionar los temas, de lucir una nueva tonalidad en cada actuación, algo nuevo, una pequeña sorpresa, un espacio que se va abriendo. Le acompaña una sección de vientos con saxo, trompeta y trombón, una acordeonista, un percusionista, un guitarrista y un bajista, cada cual proveniente de un lugar distinto. Pura mezcla explosiva sobre el escenario donde ella es la mecha. Sus cuarenta y dos años no son ningún obstáculo para que derroche energía y movimiento durante toda la noche en la que no para de bailar y contagiar al público en ningún momento.

Abrió su concierto con El relámpago, tema al que siguió Agua de rosas para espantar la tristeza y alejarla de nosotros con su voz dulce, como de conjuro. Con el público ya entregado sonó uno de sus temas más melódicos: Yo envidio el viento.

Cartel anunciador de Los veranos de la villa
Cartel anunciador de Los veranos de la villa
Siguiendo por el mismo camino, pero más reivindicativa, llegó The Border / La línea, para hablar de un lugar en México que representa muchos más lugares, muchas fronteras que trazan una línea entre dos mundos vecinos a los que convierte, a su vez, en infinitamente alejados. Justicia es uno de sus temas más emblemáticos, cargado de un compromiso verdadero con un mundo nuevo más igualitario, hecho por las personas para las personas. Su puño en alto mientras canta este tema y la fuerza de su voz crean un profundo sentimiento de solidaridad entre el público. No es solo su estribillo pegadizo, son las ganas de pedir una verdadera justicia, de construirla entre todos y empezar allí mismo.

Cambió de tercio con Los pollos, uno de sus temas más divertidos donde Downs danza como un pollo, moviendo sus alas. Es una danza de aviso, que nos dice a todos, pollos y personas, donde vamos a terminar. El público corea y palmea con ganas ese momento que es regreso a otro tiempo y otro lugar, a una infancia recordada, o un instante en que casi todo era más puro y familiar, al menos mucho más inocente.

Comalito es uno de los temas que verán la luz en su próximo disco Pecados y Milagros y que estrenaba en el concierto, una canción comprometida que dedicó a las mujeres trabajadoras de México, las que en sus manos se puede tocar la dureza de la vida que han llevado, pues están surcadas de cada una de sus angustias y superaciones. Del mismo disco también presentó un poco más tarde un segundo tema, Mescalito, una canción que ha dedicado a la bebida de mescal, «veneno que saca el ángel o el demonio». Con una botella en la mano derramó un círculo sobre el escenario y tras un leve sorbo se arrancó para interpretar el tema acunando la botella en su regazo.

El repertorio de Lila Downs mezcla temas propios con clásicos de sus tierras mexicanas, especialmente de Oaxaca. Tenía preparado hacer La martiniana con Martirio, pero una afonía de ésta no le permitió participar, por lo que le dedicó este bonito tema durante el concierto. También intepretó Cucurrucucu paloma, Cucaracha y Paloma negra de la que contó que cuando ella empezaba, siendo apenas una niña, cantando en las bodas siempre le pedían esta canción.

Así el concierto fue llegando a su fin. Sonó la Cumbia del mole, después todo el sentimiento de La llorona en la que Lila Downs se cubrió el pelo con una tela blanca. Sin duda se convirtió en un momento en que el corazón de los presentes se agitó como si estuviese encerrado dentro en un puño. Naila y Arenita azul dieron fin a la actuación entre aplausos entregados y cariñosos que le decían a la artista «vuelve pronto».

Cierto que se quedaron muchas de sus canciones fuera de la actuación. Lástima, pero ese es el problema de ir teniendo un repertorio tan largo y estupendo.

A modo de pequeño anecdotario: Lila Downs está de estreno. En octubre tendremos entre las manos su próximo álbum que llevará por título Pecados y Milagros. ¿De dónde viene la idea? A su hijo pequeño le considera el milagro, mientras que el contrapunto, los pecados de estos tiempos modernos, son la corrupción y la violencia. Añade que para el título del disco se inspiró en la pintura de corte novohispano de Alfredo Vilchis, sobre frustraciones y pecados de hoy en día.

También se espera que en el otoño de este año se produzca el estreno, en Washington primero y luego en el neoyorkino Broadway, del musical Como Agua para Chocolate basado en la novela de Laura Esquivel y para el que Lila Downs y su compañero Paul Cohen han preparado los temas musicales.