miércoles, 13 de julio de 2011

El flamenco, la copla y el arte de Poveda

El cantaor ofreció un recital que el público salpicó de olés


Jueves 7 de julio de 2011. Escenario Puerta del Ángel. Madrid


Miguel Poveda en una foto de archivo
Miguel Poveda en una foto de archivo
Avanzado el atardecer, pero aún con luz de día, comenzó el esperado concierto de Miguel Poveda dentro de la programación de Los veranos de la villa. Llegó vistiendo un traje negro con camisa blanca: elegancia, finura y horadez sobre el escenario. Se sentó en la silla de enea frente al micrófono con humildad, extendió los brazos y mostró una sonrisa amplia de placidez. Le acompañaban los de siempre, Juan Gómez «Chicuelo» a la guitarra, Paquito González con las percusiones y a las palmas y compás Juan Carlos Grilo y Luis Peña Fernández «Cantarote». Abrió el concierto con livianas y lo siguió con malagueñas y abandolaos. Siguió por bulerías, como si esta esplendida fiesta flamenca se estuviera acabando. Apareció para acompañarlas la bailadora Laura Rozalén y Poveda se puso en pie para seguir cantando y bailar unos pasos con ella. Sonaron muchos olés, con fuerza y con respeto, encendidas exclamaciones por un arte soberano.

Se le vio más cómodo, menos preocupado, que el año pasado. En este tiempo ha ganado en naturalidad, pues el nivel de su voz es tan alto y perfecto que es difícil mejorarlo mucho más. Aunque es un artista puntilloso, que cuida con mimo cada detalle, se dejó llevar por la magia del propio concierto. Emprendió un viaje por Andalucía: cantiñas, nanas, tangos trianeros, siguirillas y soleares apolás mezclando los estilos de Mairena y Marchena. Repasó bulerías de aquí y de allá, con sus diferencias, para terminar recordando a Miguel Candela y esa esencia suya flamenca y madrileña. Un guiño a esta ciudad que se vuelca con cada uno de sus conciertos.

Colocaba el micro con delicadeza, cantaba con maestría y se entregaba en cada nota de su voz. Parecía a punto de rompérsele el alma en cada momento, desecho del dolor profundo de lo jondo. Y el público le agradeció su coraje y el arte tan grande que atesora y comparte, el lujo de verle actuar, de escucharle cante lo que cante. De fondo luces mezclándose para construir dibujos tamizados como de arena.

Después, un cambio de ropa que le sirvió de pretexto para salir del escenario, para que se iniciara un cambio de aires. Los músicos también se fueron y apareció entonces Joan Albert Amargós para hacer una pieza al piano. Regresó Poveda, chaqueta blanca impecable y bajo ella una camisa negra con brillos azabache y levemente manchada como por lamparones de tinta lechosa. Se arrancó con las primeras coplas, su otro yo de cantaor. Lo primero que hizo fue mezclarlas todas con La radio de mi madre. Luego el apoteósis: Ojos verdes.

Se acordó de Lola Flores y agradeció a su hija Lolita que estuviera entre el público, le dedicó Rocío. Se quejó del frío que hacía, malo para mezclar con el sudor que produce el cantar bajo los focos, el esfuerzo de sacar la voz desde dentro, pero avisó de que nada le iba a parar. Se arrancó con A ciegas, tema que formó parte de la banda sonora de Los abrazos rotos y que dedicó al actor de la película Rubén Ochadiano, también presente entre el público. Hizo un pequeño fragmento de Y sin embargo te quiero. Tampoco se olvidó de interpretar Como las piedras y la emblemática Tres puñales que el público le venía solicitando desde el principio del concierto. La parte de copla se cerraba, pero aún quedaba un último ramillete para su público, para hacerles ponerse otra vez en pie y seguir dando olés.

Tuvo un recuerdo especial para su maestro, el cantaor Enrique Morente que también quiso extender al guitarrista que le acompañó en la última década, Juan «el Habichuela» que se encontraba en la grada. Les dedicó una emotiva versión de La Aurora de Nueva York que remató por bulerías. Los bises fueron para el mítico tema de Camarón La leyenda del tiempo y para cerrar el concierto aprovechó No volveré a ser joven para despedirse por bulerías otra vez.

Después de dos hora y cuarto de pasión, a las 00:15 acabó el concierto. No sé cómo pero la magia de Poveda consiguió lo imposible, pasar la barrera infranqueable de las doce de la noche que impone cada año la burocracia absurda de Los Veranos de la Villa.

A modo de pequeño anecdotario: Antes de con el flamenco, su afición al cante empezó de muy pequeño grabando de forma casera las coplas y los cantes que escuchaba con su madre en la radio y a las que rindió homenaje en el disco Tierra de calma con un conjunto de coplerías que tituló La radio de mi madre. Su siguiente hito lo cumplió con 15 años, cuando se subió por primera vez a un escenario, el de la Peña flamenca de Nuestra Señora de la Esperanza en Badalona, experiencia que iría repitiendo los fines de semana en otras peñas y concursos de aficionados. Al volver del servicio militar empezó a cantar en las barcelonesas Ramblas, en el tablao El Cordobés, donde estuvo casi un año. Quiso probar mejor suerte y se presentó al 33 Festival Nacional del Cante de las Minas de La Unión (Murcia), en 1993. Le seleccionaron y se llevó la Lámpara minera y otros tres premios en las modalidades de La Cartagenera, La Malagueña y La Soleá, sólo le faltó uno para alzarse con todos los premios de cante. A pesar del éxito, no grabó su primer disco hasta 1995, se trató de Viento del este y le acompañaron Moraíto, Pepe Habichuela y Julián "El Califa", contando además con la colaboración de José Soto «Sorderita».

martes, 12 de julio de 2011

Lila Downs, combativa y comprometida

La cantante mexicana ofreció un concierto dinámico, de mucha fusión, mestizaje y unas profundas raíces indígenas


Miércoles 6 de julio de 2011. Escenario Puerta del Ángel. Madrid


Lila Downs en una foto de archivo
Lila Downs en una foto de archivo
Muchos somos los que vemos que Lila Downs es la principal heredera musical de Chavela Vargas, aunque las dos sean irrepetibles. Sus raíces en el folclore popular de los pueblos indígenas méxicanos, su compromiso político y social, son elementos que comparten estas dos grandes mujeres. Su forma de cantar e interpretar desde las entrañas, con el corazón en la mano, también. Son dos de las mejores voces que han pisado un escenario, de las que más consiguen emocionar al público.

Los conciertos de Lila Downs siempre resultan especiales, siempre diferentes. Ya se preocupa ella y sus músicos, dirigidos por Paul Cohen, de evolucionar y versionar los temas, de lucir una nueva tonalidad en cada actuación, algo nuevo, una pequeña sorpresa, un espacio que se va abriendo. Le acompaña una sección de vientos con saxo, trompeta y trombón, una acordeonista, un percusionista, un guitarrista y un bajista, cada cual proveniente de un lugar distinto. Pura mezcla explosiva sobre el escenario donde ella es la mecha. Sus cuarenta y dos años no son ningún obstáculo para que derroche energía y movimiento durante toda la noche en la que no para de bailar y contagiar al público en ningún momento.

Abrió su concierto con El relámpago, tema al que siguió Agua de rosas para espantar la tristeza y alejarla de nosotros con su voz dulce, como de conjuro. Con el público ya entregado sonó uno de sus temas más melódicos: Yo envidio el viento.

Cartel anunciador de Los veranos de la villa
Cartel anunciador de Los veranos de la villa
Siguiendo por el mismo camino, pero más reivindicativa, llegó The Border / La línea, para hablar de un lugar en México que representa muchos más lugares, muchas fronteras que trazan una línea entre dos mundos vecinos a los que convierte, a su vez, en infinitamente alejados. Justicia es uno de sus temas más emblemáticos, cargado de un compromiso verdadero con un mundo nuevo más igualitario, hecho por las personas para las personas. Su puño en alto mientras canta este tema y la fuerza de su voz crean un profundo sentimiento de solidaridad entre el público. No es solo su estribillo pegadizo, son las ganas de pedir una verdadera justicia, de construirla entre todos y empezar allí mismo.

Cambió de tercio con Los pollos, uno de sus temas más divertidos donde Downs danza como un pollo, moviendo sus alas. Es una danza de aviso, que nos dice a todos, pollos y personas, donde vamos a terminar. El público corea y palmea con ganas ese momento que es regreso a otro tiempo y otro lugar, a una infancia recordada, o un instante en que casi todo era más puro y familiar, al menos mucho más inocente.

Comalito es uno de los temas que verán la luz en su próximo disco Pecados y Milagros y que estrenaba en el concierto, una canción comprometida que dedicó a las mujeres trabajadoras de México, las que en sus manos se puede tocar la dureza de la vida que han llevado, pues están surcadas de cada una de sus angustias y superaciones. Del mismo disco también presentó un poco más tarde un segundo tema, Mescalito, una canción que ha dedicado a la bebida de mescal, «veneno que saca el ángel o el demonio». Con una botella en la mano derramó un círculo sobre el escenario y tras un leve sorbo se arrancó para interpretar el tema acunando la botella en su regazo.

El repertorio de Lila Downs mezcla temas propios con clásicos de sus tierras mexicanas, especialmente de Oaxaca. Tenía preparado hacer La martiniana con Martirio, pero una afonía de ésta no le permitió participar, por lo que le dedicó este bonito tema durante el concierto. También intepretó Cucurrucucu paloma, Cucaracha y Paloma negra de la que contó que cuando ella empezaba, siendo apenas una niña, cantando en las bodas siempre le pedían esta canción.

Así el concierto fue llegando a su fin. Sonó la Cumbia del mole, después todo el sentimiento de La llorona en la que Lila Downs se cubrió el pelo con una tela blanca. Sin duda se convirtió en un momento en que el corazón de los presentes se agitó como si estuviese encerrado dentro en un puño. Naila y Arenita azul dieron fin a la actuación entre aplausos entregados y cariñosos que le decían a la artista «vuelve pronto».

Cierto que se quedaron muchas de sus canciones fuera de la actuación. Lástima, pero ese es el problema de ir teniendo un repertorio tan largo y estupendo.

A modo de pequeño anecdotario: Lila Downs está de estreno. En octubre tendremos entre las manos su próximo álbum que llevará por título Pecados y Milagros. ¿De dónde viene la idea? A su hijo pequeño le considera el milagro, mientras que el contrapunto, los pecados de estos tiempos modernos, son la corrupción y la violencia. Añade que para el título del disco se inspiró en la pintura de corte novohispano de Alfredo Vilchis, sobre frustraciones y pecados de hoy en día.

También se espera que en el otoño de este año se produzca el estreno, en Washington primero y luego en el neoyorkino Broadway, del musical Como Agua para Chocolate basado en la novela de Laura Esquivel y para el que Lila Downs y su compañero Paul Cohen han preparado los temas musicales.

viernes, 8 de julio de 2011

Midnight in Paris, el encanto de París, el encanto del pasado

Un Woody Allen enamorado de París firma una excelente película

Cartel de la película Midnight in Paris
Cartel de la película Midnight in Paris
Aún tengo en la memoria Vicky Cristina Barcelona y me pesa como una piedra; tanto que a priori me hace desconfiar de este nuevo Woody Allen. Sin embargo, tras ver Midnight in Paris me he reconciliado totalmente con su cine. Reconozco que las primeras escenas-estampa me trajeron malos presagios, el recuerdo de un cine que no va más allá de la postal y los tópicos, pero esta vez, el director no se pierde y sabe reconducirlo. En primer lugar con el acierto de haber elegido a Owen Wilson para interpretar al personaje de Gil Pender, un actor que en este papel nos recuerda al propio Woody Allen con todos sus tics, paranoias y complejos, un hombre ingenuo que se abre camino por la vida casi sin querer, simplemente porque es una buena persona.

Me gusta la trama, ese juego entre lo real, lo imaginado y lo pasado. Me encanta ese punto en que el espectador se ve obligado a poner de su parte para acordar y dar por bueno un terreno de juego en el que abunda lo mágico. Divertirse con esta película empieza para quien la ve al aceptar convertirse en cómplice de lo que le vaya ocurriendo a Pender, de aprender a la vez que él. Algo que supone entrar de lleno en el mundo personal que nos propone Allen.

Las palabras que me vienen a la cabeza para catalogar la película son las tan trilladas palabras de «comedia romántica», pero con matices: un tanto a la europea, sobre todo porque abunda en la nostalgia y el no parar de los personajes de interrogarse a sí mismos para comprenderse y poder vivir en la sociedad que les tocó o eligieron. Para describir la película me quedo con un sustantivo, su dulzura que arranca de muchas ingenuidades, de pequeños gestos, de un largo caminar a orillas del Sena cualquier noche. Y la magia con la que se envuelve Midnight in Paris también es necesario citarla, aunque no la desvele.

Owen Wilson, Corey Stoll y Kathy Bates en una escena de la película Midnight in Paris
Owen Wilson, Corey Stoll y Kathy Bates en una escena de la película Midnight in Paris
En el reloj marcan las doce de la noche, las campanadas de una iglesia lo confirman y a la plaza donde espera Pender llega un coche de otro tiempo, salido como de entre la niebla, que se detiene. Alguien se baja para invitarle a subir. No hay mayor aventura que la de decidir apuntarse a lo desconocido, aunque el desconcierto nos haga dudar de si lo que ocurre a nuestro alrededor es realidad o un sueño. En el fondo, ¡qué más da! Lo importante, lo valioso, es cómo te tomas la experiencia.

Después vienen los temblores de si se va a repetir de nuevo, ese nerviosismo de una segunda cita tras una primera apoteósica, la idea de que nada es repetible, el anhelo de que quizá esta vez sea mejor... Incertidumbres a fin de cuentas y un vano intento de racionalizar las sensaciones, de querer aprisionarlas y convertirlas en material tangible. Dudas de pareja, de amor, de estar cuerdo, de cuál es el propio sitio que ocupar, de qué quiere uno para sí mismo... Planteamientos complejos del ser humano que Allen despacha con una maravillosa sencillez. Tal vez la respuesta sea la sinceridad interior, no engañarnos, y después, con las decisiones tomadas, coger el tren que pasa sin hacernos muchas preguntas, disfrutando del viaje.

Pender sueña con lo que vivieron algunos de sus compatriotas, escritores como él y a los que adora, durante los años veinte en París. Idealiza un tiempo que considera el mejor de todos, el que vivió la «Generación Perdida». Seducido por ellos, por su tiempo, por la forma de beberse la vida, por las bellas mujeres de aquel París nocturno y artístico, se va cargado de una nostalgia redonda que le hace emprender la búsqueda de su época dorada en aquel pasado y una huida, por tanto, de este tiempo presente que nada bueno ni humano puede traer. Pero eso es imposible: no hay tiempos mejores sino comparaciones entre unos y otros, realizadas sobre una balanza desigual, que solo recuerda lo buenos momentos del pasado frente a toda la carga del presente. Descubrir esa desviación es la que nos puede permitir asumir el presente y ser felices en el futuro sin lastres.

En el París de los locos años veinte idealizado por Pender no aparecen franceses, quizá no los hubo, vivieron su momento antes, el que atrajo a los demás al centro de un mundo nuevo. Así que la noche la toman en brazos los españoles (Dalí, Picasso, Belmonte, Buñuel) y los estadounidenses (Cole Porter, Gertrude Stein, los Fitzgerald, T. S. Elliot, Hemingway...), para hacer de París una fiesta continua y un concepto nuevo de lo artístico. El barrio Latino marcó un tiempo y lo idealizó para siempre. La bohemia no volvió a ser lo mismo desde entonces.

París luce precioso por el día, radiante de encanto por la noche, pero es cuando llueve cuando se muestra con mayor delicia. Pasear en compañía bajo la lluvia y mojarse porque ambos se han ensimismado y están a punto de entrar en un estado de ánimo de felicidad superior puede hacerse realidad en cualquier momento. Hasta Carla Bruni se ha dejado seducir y Woody Allen ha contado con ella para un pequeño papel.

Me gustó la tela de araña de la historia y me sentí atrapado en ella. Una tela cómoda y calentita que permite estirar los brazos y buscar la mejor postura, la de un bebé que esboza una sonrisa placentera de satisfacción.

A modo de pequeño anecdotario: Si el París que describe Midnight in Paris está cargado de españoles, también lo están sus títulos de créditos, tanto en producción con el equipo de Mediapro que encabeza Jaume Roures, como en los nombres que van salpicando la parte técnica. Para mi gusto destaca la presencia de la asturiana Sonia Grandes que realiza un estupendo diseño de vestuario.

lunes, 27 de junio de 2011

StradivariaS, tomarse la música con humor

Un espectáculo musical diferente que explora, combina y fusiona


Viernes 24 de junio de 2011. Teatro Alfil. Madrid

Cartel de la obra de teatro StradivariaS
Cartel de la obra de teatro StradivariaS
Triunfar haciendo música es difícil y más aún si la parcela elegida cae dentro del terreno de lo clásico. Formar parte de una gran orquesta sinfónica parece convertirse entonces en la meta que se ve al final de horizonte, el sueño único. También hay pequeñas formaciones tríos, cuartetos, quintetos... donde desarrollan su talento algunos de los más virtuosos y que con mucho tiempo y gran trabajo pueden llegar a lograr un cierto reconocimiento entre un pequeño y selecto público. Colaborar en grabaciones de otros artistas, por supuesto. Y si se puede, dar clases en un conservatorio. Un mundo reducido para quien ama la música, para quien decide explorar más allá de límites y convencionalismos.

StradivariaS tiene algo que ver con esto, pero supone sobre lo dicho una superación, una novedad, un espectáculo musical diferente, algo inesperado. Se trata de un cuarteto de cuerda formado por Irene Rouco (violonchelo), Lila Horovitz (contrabajo), Maite Olmedilla (viola) y Ana Hernández (violín). Todas ellas mujeres y divas capaces de hacer un recital con un repertorio que fusiona la música clásica con la popular. Ellas son cuatro maestras del «cóctel» que mezclan en escena, en la misma copa, lo más clásico con tango, soul, jazz, blues, pop y hasta copla. Pero lo más maravilloso, lo sorprendente, es que la música no la interpretan al uso, sentadas con sus instrumentos y concentradas en la partitura, sino que la combinan con la pantomima en una genial comedia musical. Las cuatro divas virtuosas que hacen música y que a la vez son actrices que conviven y luchan sobre un escenario, llenas de celos, de sensualidad, de deseo y de tan mala leche como buen humor.

Entretener es el secreto del éxito. Parece algo sencillo, pero detrás hay demasiadas horas dedicadas a que cada sketch funcione a la perfección. Interpretar con el gesto preciso otra historia paralela a lo que suena en sus instrumentos y fundir ambas haciendo que converjan, que dibujen una sonrisa dulce en la boca del espectador. Hacer divertida la música con la pequeña magia que supone el teatro con la que se envuelve. Lo musical podría ser una excusa, pero en el fondo es la materia principal con la que se ha construido el espectáculo, la que hace que todo sea maravilloso. Sin duda es el talento de las chicas de StradivariaS lo que hace al público sentirse a gusto y le dan el toque redondo a la representación.

Ana Hernández, Irene Rouco, Maite Olmedilla y Lila Horovitz en una escena de la obra StradivariaS
Ana Hernández, Irene Rouco, Maite Olmedilla y Lila Horovitz en una escena de la obra StradivariaS
Schubert, Beethoven y Mozart suenan milimétricos, pero dentro de ellos se cuela, entre sus silencios, otro tipo de arte. Lo mismo con Piazzolla y su tango. Una nota alargada, un orgasmo al ritmo de la música, el éxtasis alcanzado, las rencillas que explotan porque hay quien insinúa que el público la quiere más a ella que a las otras, envidias de artistas y un montón de imprevistos que nos cambian el contexto alterando cualquier orden establecido. Y fusión, mucha fusión en lo que tocan.

Comparten el escenario las cuatro en muchos de los números, cada una en su sitio, con sus diferencias para que el espectador sienta lo individual encauzado dentro de lo colectivo, el todo hecho de partes. Son buenos números, donde el empuje de cada una de ellas suma porque tienen especialidades distintas que todas ponen en común para que el número crezca. También funciona lo individual, y todas tienen su momento reservado donde brillan en solitario, digamos que haciendo su «solo». Así van añadiendo variedad y una espontaneidad que enriquece aún más la actuación.

Además de tocar, también cantan y soplan y silban para acompañar el repertorio, para sorprender con algo novedoso siempre. Se agradece esa inquietud que han tomado como camino. Tienen buenas voces como demuestra Maite Olmedilla interpretando Bésame mucho, voces casi negras que tiñen de soul algunos de los temas. Una hermosa sorpresa es la que ofrece Irene Rouco en la pieza que interpreta con las manos y su silbido. Igual que el trabajo de Lila Horovitz con El día que me quieras. La copla no se libra, con Campanera se luce Ana Hernández, en uno de los números más divertidos e ingeniosos.

Interpretan la música, e interpretan sus personajes dentro del cuarteto. Profundizan en lo gestual, lo descarado. Juegan con la sensualidad tanto como la torpeza. Son fieras en celo, competitivas y a punto de explotar. Mujeres con determinación, llenas de talento, cargadas de coraje y, sobre todo, con una capacidad infinita para contagiar su bendita locura al patio de butacas al que hacen partícipe y con el que incluso juegan en varias ocasiones. Tal vez el escenario se les queda pequeño. Las risas no cesan durante el recital que, a pesar de que el reloj diga otra cosa, se hace muy corto.

Pero tras los aplausos, cuando uno cree que lo ha visto todo, llega lo mejor: los bises se abren interpretando, con un contrabajo y ocho manos sobre él, un tema de Police, Every breath you take. Algo impresionante que demuestra dos cosas: compenetración y buen gusto. Es un broche precioso para cualquier noche.

De StradivariaS puedo decir que es un espectáculo diferente que me ha encantado.

A modo de pequeño anecdotario: StradivariaS participó en la EXPO SHANGAI 2010 celebrada en China. Allí, dentro del Pabellón España, se las pudo ver, desde el 11 de julio al 9 de agosto, realizando dos actuaciones diarias del espectáculo.

sábado, 25 de junio de 2011

El cavernícola, las diferencias entre las «recolectoras» y los «cazadores»

Nancho Novo da vida a un hombre que no reniega de sus orígenes


Miércoles 22 de junio de 2011. Teatro Fígaro. Madrid


Cartel de la obra El cavernícola
Cartel de la obra El cavernícola
A veces uno se hace el remolón, le da pereza ver cierto tipo de obras y los monólogos humorísticos le crean dudas a priori. Esto viene porque no terminaba de decidirme a ir a ver El cavernícola, y eso que Nancho Novo es uno de los actores que más me gustan. He esperado hasta el final de la segunda temporada, casi in extremis, para ir a verla. Mis temores se cayeron en los primeros minutos. Me divertí y también escuché un montón de argumentos que sirven en cierta manera para explicar algunas diferencias entre los universos masculino y femenino, una distancia que parece venir de muy lejos.

La obra juega con los tópicos, pero tiene mucha psicología que le permite profundizar un nivel más y no quedarse en la superficie. Juega con situaciones que todos hemos vivido y nos ofrece la posibilidad de cambiar de perspectiva, verlas con mirada cómplice y sin rencores desde el otro lado. En realidad no hay equidad, se parte desde una bandera blanca en la trinchera de los hombres -un símbolo que permite el acercamiento entre «enemigos», que rompe las distancias-. Triunfa el enfoque femenino como escala de medida, una visión a la que se atribuye mayor emotividad, complejidad, inteligencia, afectividad y sociabilidad. Así lo va contando un hombre parlanchín, directo y dicharachero, que sabe ver los aciertos y reconocer los errores, alguien que se gana el respeto de ellas y la admiración de ellos. A Nancho Novo, a su personaje en realidad, le toca defender la especie masculina, o más bien explicarla describiendo los sentimientos que hay ocultos tras su parquedad, desgranando lo instintivo, lo primitivo. Su monólogo va creando a ritmo pausado un punto de confluencia desconocido, un lugar de entendimiento extraño, de compresión que no tiene sexo. Un empate en el último minuto que se pacta como armisticio.

Ellas son «recolectoras», se fijan en los detalles y han nacido para cooperar. Ése es el prisma desde el que miran al mundo para entenderlo. Ellos son «cazadores», se marcan un objetivo y hacia él se dirigen sin pestañear. Lo suyo es negociar, pero la verdad es que no lo hacen nada bien, tal vez porque son incapaces de recolectar suficiente información, de imaginar lo que falta o porque se conforman con estar, con un gesto, un bufido, una broma, una colleja, un apelativo «cariñoso», con una conversación de silencios, con asentir.

Los hombres no explicitan sus sentimientos, no tienen costumbre, no han aprendido a hacerlo. No saben de carreteras secundarias que les lleven al objetivo. La punta de su lanza es su guía infalible, la que al final de la jornada habrá conseguido la presa y le permitirá ver la tele como descanso. Dejar pasar frente a ella el tiempo, sin pensar, sin distracciones. Una aspiración sencilla que permite cargar las pilas, que no se agoten, para otra nueva jornada.

Nancho Novo en una escena de El cavernícola
Nancho Novo en una escena de El cavernícola
El cavernícola está cargada de tolerancia, empatía y raíces, pero sobre todo de buen rollo y de sanas intenciones. No se asienta sobre una cátedra, pero enseña con el método de los buenos maestros, haciendo amena la lección, contando ejemplos con los que tragar la teoría más dura. Así Nancho Novo va desgranando un monólogo que controla de principio a fin. Con su presencia llena todo el escenario aunque esté sólo en él durante más de hora y media; ayudándose con un decorado sencillo que incluye un sillón de piedra, una televisión de piedra, dos grandes murales rupestres (sobre piedra) y algo de atrezzo: una lanza, una toalla, una almohada, calzoncillos de ritual... No necesita más. Excelente interpretación la suya, tanto en lo serio como en las caricaturas.

La obra funciona muy bien, pues sabe arroparse con buenas estrategias. La primera creando un lugar común, una broma propia de la función a la que se regresa varias veces y que permite componer una cierta complicidad con el público. La segunda de ellas es utilizar la personalización, las historias se hacen más directas cuando se habla en primera persona, y aquí Nancho Novo se sale: su vida se mezcla con la del cavernícola al enlazar el texto con sus propias experiencias. Gran acierto es el personaje de Iria que le permite personificar también la relación, convertir una mujer teórica en una persona humana de la que incluso hemos visto unas imágenes al principio.

Y la última, la más sorprendente para un hombre, la que deja boquiabiertos a los espectadores masculinos, hacer gala de un don divino que le permite adivinar en vivo y en directo las respuestas de las mujeres. Algo que pensábamos imposible para toda la especie y que en el fondo es el artilugio que permite el acercamiento y la comprensión entre los dos sexos, pues prueba lo que parecía imposible. En el fondo basta un poco de interés y deseo de ponernos en la piel del otro.

Me reí. Recibí un nuevo argumentario. Y lo mejor de todo, que me fui con la idea de haber entendido el mensaje.

A modo de pequeño anecdotario: El nombre completo de Nancho Novo ya puede sonar de por sí como una curiosidad: Venancio Manuel Jesús Novo Cid-Fuentes. Estudió medicina en Santiago de Compostela, pero después de cinco años en la carrera se fue a Madrid para incorporarse a la Escuela de Arte Dramático y Danza. Además de su faceta de actor tiene un grupo de rock llamado Nancho Novo y Los castigados sin postre en el que es compositor, cantante y guitarrista.

La obra también tiene sus curiosidades. Escrita por Rob Becker, se estrenó en San Francisco el año 1991 con el título de Defendiendo al cavernícola. Tardó tres años en terminar de escribirla, tiempo que empleó su autor en documentarse sobre antropología, prehistoria, psicología y mitología. Se trata del monólogo que durante más tiempo se ha representado en Broadway. Un éxito que ha cruzado fronteras, en Islandia el 75% de la población ha visto la obra.