viernes, 8 de julio de 2011

Midnight in Paris, el encanto de París, el encanto del pasado

Un Woody Allen enamorado de París firma una excelente película

Cartel de la película Midnight in Paris
Cartel de la película Midnight in Paris
Aún tengo en la memoria Vicky Cristina Barcelona y me pesa como una piedra; tanto que a priori me hace desconfiar de este nuevo Woody Allen. Sin embargo, tras ver Midnight in Paris me he reconciliado totalmente con su cine. Reconozco que las primeras escenas-estampa me trajeron malos presagios, el recuerdo de un cine que no va más allá de la postal y los tópicos, pero esta vez, el director no se pierde y sabe reconducirlo. En primer lugar con el acierto de haber elegido a Owen Wilson para interpretar al personaje de Gil Pender, un actor que en este papel nos recuerda al propio Woody Allen con todos sus tics, paranoias y complejos, un hombre ingenuo que se abre camino por la vida casi sin querer, simplemente porque es una buena persona.

Me gusta la trama, ese juego entre lo real, lo imaginado y lo pasado. Me encanta ese punto en que el espectador se ve obligado a poner de su parte para acordar y dar por bueno un terreno de juego en el que abunda lo mágico. Divertirse con esta película empieza para quien la ve al aceptar convertirse en cómplice de lo que le vaya ocurriendo a Pender, de aprender a la vez que él. Algo que supone entrar de lleno en el mundo personal que nos propone Allen.

Las palabras que me vienen a la cabeza para catalogar la película son las tan trilladas palabras de «comedia romántica», pero con matices: un tanto a la europea, sobre todo porque abunda en la nostalgia y el no parar de los personajes de interrogarse a sí mismos para comprenderse y poder vivir en la sociedad que les tocó o eligieron. Para describir la película me quedo con un sustantivo, su dulzura que arranca de muchas ingenuidades, de pequeños gestos, de un largo caminar a orillas del Sena cualquier noche. Y la magia con la que se envuelve Midnight in Paris también es necesario citarla, aunque no la desvele.

Owen Wilson, Corey Stoll y Kathy Bates en una escena de la película Midnight in Paris
Owen Wilson, Corey Stoll y Kathy Bates en una escena de la película Midnight in Paris
En el reloj marcan las doce de la noche, las campanadas de una iglesia lo confirman y a la plaza donde espera Pender llega un coche de otro tiempo, salido como de entre la niebla, que se detiene. Alguien se baja para invitarle a subir. No hay mayor aventura que la de decidir apuntarse a lo desconocido, aunque el desconcierto nos haga dudar de si lo que ocurre a nuestro alrededor es realidad o un sueño. En el fondo, ¡qué más da! Lo importante, lo valioso, es cómo te tomas la experiencia.

Después vienen los temblores de si se va a repetir de nuevo, ese nerviosismo de una segunda cita tras una primera apoteósica, la idea de que nada es repetible, el anhelo de que quizá esta vez sea mejor... Incertidumbres a fin de cuentas y un vano intento de racionalizar las sensaciones, de querer aprisionarlas y convertirlas en material tangible. Dudas de pareja, de amor, de estar cuerdo, de cuál es el propio sitio que ocupar, de qué quiere uno para sí mismo... Planteamientos complejos del ser humano que Allen despacha con una maravillosa sencillez. Tal vez la respuesta sea la sinceridad interior, no engañarnos, y después, con las decisiones tomadas, coger el tren que pasa sin hacernos muchas preguntas, disfrutando del viaje.

Pender sueña con lo que vivieron algunos de sus compatriotas, escritores como él y a los que adora, durante los años veinte en París. Idealiza un tiempo que considera el mejor de todos, el que vivió la «Generación Perdida». Seducido por ellos, por su tiempo, por la forma de beberse la vida, por las bellas mujeres de aquel París nocturno y artístico, se va cargado de una nostalgia redonda que le hace emprender la búsqueda de su época dorada en aquel pasado y una huida, por tanto, de este tiempo presente que nada bueno ni humano puede traer. Pero eso es imposible: no hay tiempos mejores sino comparaciones entre unos y otros, realizadas sobre una balanza desigual, que solo recuerda lo buenos momentos del pasado frente a toda la carga del presente. Descubrir esa desviación es la que nos puede permitir asumir el presente y ser felices en el futuro sin lastres.

En el París de los locos años veinte idealizado por Pender no aparecen franceses, quizá no los hubo, vivieron su momento antes, el que atrajo a los demás al centro de un mundo nuevo. Así que la noche la toman en brazos los españoles (Dalí, Picasso, Belmonte, Buñuel) y los estadounidenses (Cole Porter, Gertrude Stein, los Fitzgerald, T. S. Elliot, Hemingway...), para hacer de París una fiesta continua y un concepto nuevo de lo artístico. El barrio Latino marcó un tiempo y lo idealizó para siempre. La bohemia no volvió a ser lo mismo desde entonces.

París luce precioso por el día, radiante de encanto por la noche, pero es cuando llueve cuando se muestra con mayor delicia. Pasear en compañía bajo la lluvia y mojarse porque ambos se han ensimismado y están a punto de entrar en un estado de ánimo de felicidad superior puede hacerse realidad en cualquier momento. Hasta Carla Bruni se ha dejado seducir y Woody Allen ha contado con ella para un pequeño papel.

Me gustó la tela de araña de la historia y me sentí atrapado en ella. Una tela cómoda y calentita que permite estirar los brazos y buscar la mejor postura, la de un bebé que esboza una sonrisa placentera de satisfacción.

A modo de pequeño anecdotario: Si el París que describe Midnight in Paris está cargado de españoles, también lo están sus títulos de créditos, tanto en producción con el equipo de Mediapro que encabeza Jaume Roures, como en los nombres que van salpicando la parte técnica. Para mi gusto destaca la presencia de la asturiana Sonia Grandes que realiza un estupendo diseño de vestuario.

lunes, 27 de junio de 2011

StradivariaS, tomarse la música con humor

Un espectáculo musical diferente que explora, combina y fusiona


Viernes 24 de junio de 2011. Teatro Alfil. Madrid

Cartel de la obra de teatro StradivariaS
Cartel de la obra de teatro StradivariaS
Triunfar haciendo música es difícil y más aún si la parcela elegida cae dentro del terreno de lo clásico. Formar parte de una gran orquesta sinfónica parece convertirse entonces en la meta que se ve al final de horizonte, el sueño único. También hay pequeñas formaciones tríos, cuartetos, quintetos... donde desarrollan su talento algunos de los más virtuosos y que con mucho tiempo y gran trabajo pueden llegar a lograr un cierto reconocimiento entre un pequeño y selecto público. Colaborar en grabaciones de otros artistas, por supuesto. Y si se puede, dar clases en un conservatorio. Un mundo reducido para quien ama la música, para quien decide explorar más allá de límites y convencionalismos.

StradivariaS tiene algo que ver con esto, pero supone sobre lo dicho una superación, una novedad, un espectáculo musical diferente, algo inesperado. Se trata de un cuarteto de cuerda formado por Irene Rouco (violonchelo), Lila Horovitz (contrabajo), Maite Olmedilla (viola) y Ana Hernández (violín). Todas ellas mujeres y divas capaces de hacer un recital con un repertorio que fusiona la música clásica con la popular. Ellas son cuatro maestras del «cóctel» que mezclan en escena, en la misma copa, lo más clásico con tango, soul, jazz, blues, pop y hasta copla. Pero lo más maravilloso, lo sorprendente, es que la música no la interpretan al uso, sentadas con sus instrumentos y concentradas en la partitura, sino que la combinan con la pantomima en una genial comedia musical. Las cuatro divas virtuosas que hacen música y que a la vez son actrices que conviven y luchan sobre un escenario, llenas de celos, de sensualidad, de deseo y de tan mala leche como buen humor.

Entretener es el secreto del éxito. Parece algo sencillo, pero detrás hay demasiadas horas dedicadas a que cada sketch funcione a la perfección. Interpretar con el gesto preciso otra historia paralela a lo que suena en sus instrumentos y fundir ambas haciendo que converjan, que dibujen una sonrisa dulce en la boca del espectador. Hacer divertida la música con la pequeña magia que supone el teatro con la que se envuelve. Lo musical podría ser una excusa, pero en el fondo es la materia principal con la que se ha construido el espectáculo, la que hace que todo sea maravilloso. Sin duda es el talento de las chicas de StradivariaS lo que hace al público sentirse a gusto y le dan el toque redondo a la representación.

Ana Hernández, Irene Rouco, Maite Olmedilla y Lila Horovitz en una escena de la obra StradivariaS
Ana Hernández, Irene Rouco, Maite Olmedilla y Lila Horovitz en una escena de la obra StradivariaS
Schubert, Beethoven y Mozart suenan milimétricos, pero dentro de ellos se cuela, entre sus silencios, otro tipo de arte. Lo mismo con Piazzolla y su tango. Una nota alargada, un orgasmo al ritmo de la música, el éxtasis alcanzado, las rencillas que explotan porque hay quien insinúa que el público la quiere más a ella que a las otras, envidias de artistas y un montón de imprevistos que nos cambian el contexto alterando cualquier orden establecido. Y fusión, mucha fusión en lo que tocan.

Comparten el escenario las cuatro en muchos de los números, cada una en su sitio, con sus diferencias para que el espectador sienta lo individual encauzado dentro de lo colectivo, el todo hecho de partes. Son buenos números, donde el empuje de cada una de ellas suma porque tienen especialidades distintas que todas ponen en común para que el número crezca. También funciona lo individual, y todas tienen su momento reservado donde brillan en solitario, digamos que haciendo su «solo». Así van añadiendo variedad y una espontaneidad que enriquece aún más la actuación.

Además de tocar, también cantan y soplan y silban para acompañar el repertorio, para sorprender con algo novedoso siempre. Se agradece esa inquietud que han tomado como camino. Tienen buenas voces como demuestra Maite Olmedilla interpretando Bésame mucho, voces casi negras que tiñen de soul algunos de los temas. Una hermosa sorpresa es la que ofrece Irene Rouco en la pieza que interpreta con las manos y su silbido. Igual que el trabajo de Lila Horovitz con El día que me quieras. La copla no se libra, con Campanera se luce Ana Hernández, en uno de los números más divertidos e ingeniosos.

Interpretan la música, e interpretan sus personajes dentro del cuarteto. Profundizan en lo gestual, lo descarado. Juegan con la sensualidad tanto como la torpeza. Son fieras en celo, competitivas y a punto de explotar. Mujeres con determinación, llenas de talento, cargadas de coraje y, sobre todo, con una capacidad infinita para contagiar su bendita locura al patio de butacas al que hacen partícipe y con el que incluso juegan en varias ocasiones. Tal vez el escenario se les queda pequeño. Las risas no cesan durante el recital que, a pesar de que el reloj diga otra cosa, se hace muy corto.

Pero tras los aplausos, cuando uno cree que lo ha visto todo, llega lo mejor: los bises se abren interpretando, con un contrabajo y ocho manos sobre él, un tema de Police, Every breath you take. Algo impresionante que demuestra dos cosas: compenetración y buen gusto. Es un broche precioso para cualquier noche.

De StradivariaS puedo decir que es un espectáculo diferente que me ha encantado.

A modo de pequeño anecdotario: StradivariaS participó en la EXPO SHANGAI 2010 celebrada en China. Allí, dentro del Pabellón España, se las pudo ver, desde el 11 de julio al 9 de agosto, realizando dos actuaciones diarias del espectáculo.

sábado, 25 de junio de 2011

El cavernícola, las diferencias entre las «recolectoras» y los «cazadores»

Nancho Novo da vida a un hombre que no reniega de sus orígenes


Miércoles 22 de junio de 2011. Teatro Fígaro. Madrid


Cartel de la obra El cavernícola
Cartel de la obra El cavernícola
A veces uno se hace el remolón, le da pereza ver cierto tipo de obras y los monólogos humorísticos le crean dudas a priori. Esto viene porque no terminaba de decidirme a ir a ver El cavernícola, y eso que Nancho Novo es uno de los actores que más me gustan. He esperado hasta el final de la segunda temporada, casi in extremis, para ir a verla. Mis temores se cayeron en los primeros minutos. Me divertí y también escuché un montón de argumentos que sirven en cierta manera para explicar algunas diferencias entre los universos masculino y femenino, una distancia que parece venir de muy lejos.

La obra juega con los tópicos, pero tiene mucha psicología que le permite profundizar un nivel más y no quedarse en la superficie. Juega con situaciones que todos hemos vivido y nos ofrece la posibilidad de cambiar de perspectiva, verlas con mirada cómplice y sin rencores desde el otro lado. En realidad no hay equidad, se parte desde una bandera blanca en la trinchera de los hombres -un símbolo que permite el acercamiento entre «enemigos», que rompe las distancias-. Triunfa el enfoque femenino como escala de medida, una visión a la que se atribuye mayor emotividad, complejidad, inteligencia, afectividad y sociabilidad. Así lo va contando un hombre parlanchín, directo y dicharachero, que sabe ver los aciertos y reconocer los errores, alguien que se gana el respeto de ellas y la admiración de ellos. A Nancho Novo, a su personaje en realidad, le toca defender la especie masculina, o más bien explicarla describiendo los sentimientos que hay ocultos tras su parquedad, desgranando lo instintivo, lo primitivo. Su monólogo va creando a ritmo pausado un punto de confluencia desconocido, un lugar de entendimiento extraño, de compresión que no tiene sexo. Un empate en el último minuto que se pacta como armisticio.

Ellas son «recolectoras», se fijan en los detalles y han nacido para cooperar. Ése es el prisma desde el que miran al mundo para entenderlo. Ellos son «cazadores», se marcan un objetivo y hacia él se dirigen sin pestañear. Lo suyo es negociar, pero la verdad es que no lo hacen nada bien, tal vez porque son incapaces de recolectar suficiente información, de imaginar lo que falta o porque se conforman con estar, con un gesto, un bufido, una broma, una colleja, un apelativo «cariñoso», con una conversación de silencios, con asentir.

Los hombres no explicitan sus sentimientos, no tienen costumbre, no han aprendido a hacerlo. No saben de carreteras secundarias que les lleven al objetivo. La punta de su lanza es su guía infalible, la que al final de la jornada habrá conseguido la presa y le permitirá ver la tele como descanso. Dejar pasar frente a ella el tiempo, sin pensar, sin distracciones. Una aspiración sencilla que permite cargar las pilas, que no se agoten, para otra nueva jornada.

Nancho Novo en una escena de El cavernícola
Nancho Novo en una escena de El cavernícola
El cavernícola está cargada de tolerancia, empatía y raíces, pero sobre todo de buen rollo y de sanas intenciones. No se asienta sobre una cátedra, pero enseña con el método de los buenos maestros, haciendo amena la lección, contando ejemplos con los que tragar la teoría más dura. Así Nancho Novo va desgranando un monólogo que controla de principio a fin. Con su presencia llena todo el escenario aunque esté sólo en él durante más de hora y media; ayudándose con un decorado sencillo que incluye un sillón de piedra, una televisión de piedra, dos grandes murales rupestres (sobre piedra) y algo de atrezzo: una lanza, una toalla, una almohada, calzoncillos de ritual... No necesita más. Excelente interpretación la suya, tanto en lo serio como en las caricaturas.

La obra funciona muy bien, pues sabe arroparse con buenas estrategias. La primera creando un lugar común, una broma propia de la función a la que se regresa varias veces y que permite componer una cierta complicidad con el público. La segunda de ellas es utilizar la personalización, las historias se hacen más directas cuando se habla en primera persona, y aquí Nancho Novo se sale: su vida se mezcla con la del cavernícola al enlazar el texto con sus propias experiencias. Gran acierto es el personaje de Iria que le permite personificar también la relación, convertir una mujer teórica en una persona humana de la que incluso hemos visto unas imágenes al principio.

Y la última, la más sorprendente para un hombre, la que deja boquiabiertos a los espectadores masculinos, hacer gala de un don divino que le permite adivinar en vivo y en directo las respuestas de las mujeres. Algo que pensábamos imposible para toda la especie y que en el fondo es el artilugio que permite el acercamiento y la comprensión entre los dos sexos, pues prueba lo que parecía imposible. En el fondo basta un poco de interés y deseo de ponernos en la piel del otro.

Me reí. Recibí un nuevo argumentario. Y lo mejor de todo, que me fui con la idea de haber entendido el mensaje.

A modo de pequeño anecdotario: El nombre completo de Nancho Novo ya puede sonar de por sí como una curiosidad: Venancio Manuel Jesús Novo Cid-Fuentes. Estudió medicina en Santiago de Compostela, pero después de cinco años en la carrera se fue a Madrid para incorporarse a la Escuela de Arte Dramático y Danza. Además de su faceta de actor tiene un grupo de rock llamado Nancho Novo y Los castigados sin postre en el que es compositor, cantante y guitarrista.

La obra también tiene sus curiosidades. Escrita por Rob Becker, se estrenó en San Francisco el año 1991 con el título de Defendiendo al cavernícola. Tardó tres años en terminar de escribirla, tiempo que empleó su autor en documentarse sobre antropología, prehistoria, psicología y mitología. Se trata del monólogo que durante más tiempo se ha representado en Broadway. Un éxito que ha cruzado fronteras, en Islandia el 75% de la población ha visto la obra.

jueves, 23 de junio de 2011

Humor, experimentación y regreso a la infancia

Muchos aplausos en una noche veraniega de estrenos de la PNR


Martes 21 de junio de 2011. Cine Estudio del Círculo de Bellas Artes. Madrid

Cartel del cortometraje Rött Hår | Svart
Cartel del cortometraje Rött Hår | Svart
La Plataforma de Nuevos Realizadores presentó su última noche de estreno antes del festival que celebrarán en el mes de septiembre. Amanda Guadamillas, presentadora oficial de estas noches de estrenos, tenía un papel un tanto más complicado que otros días, pues también participaba como actriz en uno de los cortometrajes que se proyectaban. La mesa que se abre tras finalizar las proyecciones y en la que intervienen los directores, anoche se hizo más familiar, como entre amigos, pues Amanda desveló las relaciones y coincidencia que se compartían entre los equipos técnicos y artísticos de los cinco cortos estrenados. Noche de sinergias que sin duda se concretarán en nuevas participaciones de unos con otros, en un cine con deseo de crecer.

El primero de los cortometrajes presentado fue Paseo Nocturno de Marcos Chanca. Se trata de una pieza muy breve, de dos minutos, para explotar una idea sencilla. Habla de los miedos de una mujer al cruzar un parque, de la diversión de un hombre en tensar una cuerda. No sé si quiere reírse de los miedos o hacer una burla de quienes los sienten. Si no comparto el acierto del guion, sí que encuentro interesante algo de su rodaje. Las tomas se realizaron de noche, y para ello se aprovechó la luz de las farolas, así que los planos van pensados para que las acciones, lo que transcurre en cada uno de ellos, ocurriera bajo cada una de las farolas del camino. Tiene mérito encontrar los planos adecuados para cada farola. Comenta su director que aunque el guion estaba bastante cerrado probó una noche en el escenario natural con los actores para ver qué funcionaba y que no y tomó en cuenta lo que éstos le sugirieron.

Alfonso Díaz y Luis Ángel Pérez presentaron Rött Hår|Svart (Pelirrojo|Negro) una historia divertida, inquietante y genial, con mucho humor, pero que también sabe dejar poso. En escasos tres minutos los dos directores desarrollan una inteligente narración en la que también destaca una gran interpretación de su protagonista Daniel Pérez Prada. Rött Hår|Svart funciona estupendamente como una metáfora sobre la identidad de una persona. Un corto ingenioso, ocurrente, sorpresivo y de mucha calidad que dará que hablar y tendrá un gran recorrido. Alfonso Díaz describe la historia como un corto falso documental sueco sobre un pelirrojo negro. Hay que irse lejos para salirse de los tópicos del cine. Su intención fue siempre trabajar sobre un conflicto: la capacidad de identificación de una persona cuando unas pruebas dicen que su raza es otra diferente a la que ha venido ejerciendo durante años, tener que amoldarse a una vida nueva de golpe. Cuenta Luis Ángel Pérez que trataban de hacer algo entretenido, que querían jugar con el lenguaje, sobre esa línea que lo que es verdad, de lo que es mentira, pero haciéndolo con humor y bonito. Para la voz en off que narra el falso documental pusieron anuncios y encontraron a Ingrid García Jonnson, de padre sevillano y madre sueca. Grabándola encontraron algo especial, supieron que tenían corto, que aquellas ideas alocadas se podían asentar en una buena historia. Con los actores trabajaron especialmente en marcar la línea de realidad y poco más, pues son profesionales y saben cuál es su trabajo.

Cartel del cortometraje Ensayo de actores
Cartel del cortometraje Ensayo de actores
Imago 313 de Alf Moraleja y Villarino VJ es una pieza experimental sobre la evolución del homo sapiens hacia el homo audiovisualis, una reflexión propia y personal de Alf Moraleja que se hace difícil de clasificar. Se trata de una apuesta estética, jugando con la proyección de imágenes sobre una pared y sobre el cuerpo desnudo de una mujer. Somos una cultura en la que nos vamos constuyendo a través de lo que vemos. En Imago 313, por un lado las imágenes repasan el reciente siglo XX, deteniéndose en grandes hitos de la historia militar, violenta y de conquista. Por el otro extremo juguetea a enseñar sobre la piel los procesos que se producen en el interior del organismo. El cine experimental basa buena parte de su sentido en las sensaciones, en los contrastes, en lo estético. ¿Qué transmite? Reconozco haberme quedado con dos impresiones. Tras las primeras imágenes sentí lo frágil del ser humano ante el peso de la historia, me ví amenazado con repetir un pasado idiota. Luego me llegó la angustia de quitarse uno mismo sus propias escamas, esas que se han pegado a la piel y nos estorban pues nos hacen ser otros distintos. Alf Moraleja explicó que Imago 313 es algo que tenía en la cabeza y que en una historia de ficción no podía haber contado. Sobre el trabajo con Anabel Mira, aunque no fuera una actriz profesional, explica que resultó fluido, espontáneo y natural. A ella no le supuso ningún problema el hecho de estar desnuda.

Jesús Monroy presentó Ensayo de Actores, un corto de sobresaliente que engancha desde sus títulos de crédito, con unos estupendos y teatralizados dibujos sobre la historia sagrada que funcionan como prólogo. La glamurosa vida de los actores y el mágico mundo de los ensayos son dos cosas que a la mayoría de los mortales les seduce. Pero en el fondo no es otra cosa que trabajo, horas de ensayo y esfuerzo. No es que Jesús pretenda desmitificar nada con este corto, ni que nos quiera aclarar como es la realidad, sino que simplemente se lo toma con humor y nos hace pasar un rato divertido viendo a un grupo de actores en una mañana cualquiera de ensayo. Cuenta Jesús Monroy que la idea se le ocurrió en una cata de vinos blancos y viendo unos vídeos con amigos. Ensayo de Actores está grabado con un único plano secuencia porque consideró que era la mejor manera para contar la historia, «suele ser algo agradecido tanto para quien actúa como para el espectador». Fijó una especie de coreografía de movimientos y sobre ella dejó trabajar y fluir a los trece actores que participan. Esa fluidez se contagia al ritmo de la película y es uno de sus encantos. Terminó explicando que el corto es un homenaje a Manolo Summers y a los actores que trabajaban con él, porque le encanta su cine, «me trae recuerdos de la infancia». Señala que aunque su cine se vio mucho en un determinado momento, no cree que se le haya reconocido lo suficiente. Confiesa que el corto es una adaptación muy libre del arranque de una de sus películas: La biblia en pasta.

El Regalo de Irlanda Tambascio es una historia de niñez. Con tomas de mucho detalle, orientada a la propia imagen, que juega muy bien con la estética y los colores, pero cuyo guion flaquea enredándose un tanto con las sensaciones y ralentizando la poca acción. Cuenta su directora que la semilla de esta historia es autobiográfica y sobre ella ha ido mezclando sus propios recuerdos con otras narraciones de infancia que ha ido escuchando. El Regalo es una anécdota infantil contada desde el punto de vista de una niña, de un momento del que partirá la forma de entender el mundo en el futuro de una persona, ese punto en el que se pasa de la inocencia a empezar a aprender las reglas de los mayores. Irlanda señala que tiene un punto surrealista y mágico, el mismo con el que la infancia lo tiñe todo. Es un corto que busca lo plástico y lo visual, en cierta manera porque su autora dibuja, aunque para esta obra no se ha encargado de las pequeñas escenas de animación que hay en ella. Sí son suyos los dibujos de los títulos de crédito que resultan muy originales. Añade que necesita tener una imagen previa sobre la que construir cada plano. Trabajar con niños es difícil. Hizo castings en colegios y al principio muy bien, pero en el segundo ensayo se distraían; así que optó por acudir a una agencia donde encontró a Priscilla Delgado, una niña conocida de la televisión con mucho desparpajo. Desde entonces todo resultó más sencillo.

A modo de pequeño anecdotario: Solo voy a contar algunas de las coincidencias entre los cinco cortos que se presentaban esa noche. Si empezamos por Paseo Nocturno decir que se presentó a un festival al que también acudía Rött Hår | Svart; uno de sus directores, Alfonso Díaz, llevaba además otro trabajo al mismo festival en el que participaba como actor Jesús Monroy; Jesús Monroy traía a esta noche de estrenos su nuevo cortometraje como director, Ensayo de Actores, cortometraje en el que la foto fija la firma Alf Moraleja, que es codirector de Imago 313. Falta por unir al puzzle El regalo, resulta que en dicho corto actúa Teresa Soria Ruano, que también es protagonista de Rött Hår | Svart.

lunes, 20 de junio de 2011

Jugadores de billar, jugamos como vivimos

José Avello retrata con maestría la cerrada sociedad ovetense


Portada de la novela Jugadores de billar
Portada de la novela Jugadores de billar
Jugadores de billar se publicó en 2001. Se trata de una novela densa, de 633 páginas, uno de esos libros que da pereza sacar de casa. Sin embargo se lee con voracidad, con deseo. Alrededor de la mesa de billar, tres hombres que hace años dejaron atrás la juventud y un omnisciente cuarto jugador convertido en narrador -que da fe de lo que ocurre y que indaga buscando desentrañar los motivos-, despliegan la vida. Es un juego, pero con la estrategia de cada tacada van desvelando la forma de comportarse en la realidad. Hay quien es cauteloso, quien resulta metódico y quien se comporta con arrogancia. La vida son carambolas, cada uno las planifica o deja de hacerlo como quiere o sabe. La vida se contagia de la forma de jugar, de los tiempos muertos de espera y de la conversación que se fabrica para entretenerlos. La mesa es una metáfora de lo que ocurre dentro de la ciudad, con sus márgenes fuera de los cuales las bolas no corren. El billar no se hace aburrido, pues se queda en anécdota dentro de la novela, un punto de confluencia de lo «mejor» de una sociedad enquistada por la falta de un viento nuevo.

La ciudad de Oviedo, al igual que en La Regenta, es un personaje más que el lector siente con su aire pesado, su sociedad cerrada, su ambiente un tanto opresor a la vez que conservador, dónde parece que todo lo que tenía que ocurrir en ella ya pasó hace mucho tiempo y el reloj se detuvo. Del tiempo sólo quedan en la memoria las campanadas que van sonando con las horas, el mismo rutinario sonido que se repite durante toda la vida.

La minuciosidad con la que se plasma ese ambiente provinciano y elitista es sin duda uno de los principales valores de la novela. La otra gran virtud, el excelente dominio del lenguaje. Jugadores de billar es una novela estupendamente bien escrita, como pocas, de las que da gusto leer. Las páginas se van pasado con sumo placer ante tan magnífica prosa, donde la historia va surgiendo entre las palabras y fundiéndose con ellas.

El autor se mueve en una geografía que se va haciendo cercana, donde el lector puede unirse a los personajes y caminar tras ellos por las calles, escuchando de soslayo las conversaciones cotidianas y los más oscuros secretos. Al leer Jugadores de billar tengo la sensación de moverme entre gentes de las que voy conociendo hasta cómo respiran, a los que puedo sentir latir a pesar de la enorme distancia social y vital que nos separan. ¿Quién no ha oído historias de señoritos que tienen la vida resuelta? ¿Quién no sabe lo que pesa un apellido en una ciudad pequeña?

José Avelló en una foto de archivo
José Avelló en una foto de archivo
Son personajes contradictorios, acostumbrados a otro tipo de responsabilidades, llenos de una complejidad que con diferentes luces va produciendo distintos matices. En ellos confluye el pasado y el presente, pues la novela habla de la maldad en tiempos pasados que sigue flotando en éstos, de enfrentar la generación de los padres frente a la de los hijos que tanto han odiado la forma de comportarse de sus progenitores. Pero en el fondo casi todo se repite como sin querer, pues nadie rehuye de las ventajas sobre las que acondiciona su vida holgada. Nada puede cambiar. Los menos favorecidos se buscan la vida alrededor de ellos, entre sus negocios y con sus asuntos. Y así todos van pasando para retratar esta sociedad entumecida.

Es cierto que hay pasajes un tanto desmesurados, que ocurren circunstancias increíbles que no decrecen sino que se acrecientan cada vez más disparadas. Pero al final forman parte de una historia imposible que se va haciendo verosímil de tanto insistir sobre ella. Avello acude al humor con frecuencia tanto como a la caricatura, algo que se agradece en la lectura.

Otro factor importante en Jugadores de billar es lo libidinoso, la recreación de historias que incluyen el sexo como parte de otro juego, como forma de relacionarse o dominar o entregarse o simplemente compartir. Sin ellas el libro sería otra cosa, perdería peso, en el fondo nos hacen entender el mundo recreado por el autor, son el origen de todos los desvelos y la solución a lanzarse hacia delante para cambiar lo que se tiene por un futuro diferente y desconocido, donde no todo parezca ya escrito.

El último de los elementos que utiliza Avello en la novela es la intriga. Va salpicando la historia con pequeños asuntillos que van despertando nuestra curiosidad. De pronto queremos saber por qué ocurrieron las cosas que nos han traído a este presente, las que han marcado el carácter de los personajes, las que determinan sus relaciones. A veces creemos adelantarnos y saber qué camino vendrá luego, pero siempre nos quedamos cortos.

La sensación con la que me he quedado tras finalizar la lectura de Jugadores de billar es que he pasado un tiempo aprendiendo a vivir y a contar. Avelló escribe con una maestría envidiable, siendo capaz de contar los sentimientos que la vida produce con el lenguaje más próximo a ellos, para transmitir esas sensaciones que alguna vez yo también quise escribir.

A modo de pequeño anecdotario: José Avello fue finalista del premio Nadal en 1933 con la novela La subversión de Beti García. Es licenciado en Derecho y profesor titular emérito de Sociología de la Cultura en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. En la década de los setenta publicó cuentos y relatos en revistas literarias y codirigió la revista de literatura Estaciones.

Con su segunda novela Jugadores de billar, obtuvo en 2002 el «Villa de Madrid» de narrativa y el «Premio de la Crítica de Asturias». Según las malas lenguas, la novela se ha construido desde el materialismo filosófico de Gustavo Bueno, de quien Avelló fue alumno. También se afirma que el personaje de Floro Santerbás está inspirado en el asturiano José Ignacio Gracia Noriega (narrador, ensayista, articulista, gastrónomo, crítico literario y cinematográfico, autor de libros de viajes, y cronista oficial de Llanes).