martes, 27 de enero de 2015

Es el Estado quien nos ha fallado


Ilustración: Jorge Alaminos
Ilustración: Jorge Alaminos
El tratamiento en los medios del atentado terrorista en la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo y del asalto al supermercado judío de París ha sido unánime. Ambos sucesos se han calificado como actos desarrollados por el terrorismo yihadista contra el mundo occidente y la libertad de expresión. Una vez puesto ese sello, no se ha presentado otra reflexión. A su vez el atentado les ha servido a nuestros medios para convertirse en altavoces del Ministerio de Interior español con su pesado discurso del peligro de «los retornados» y la falta de seguridad en las fronteras de muchos países europeos que han llamado «coladeros». Se trata de endurecer las medidas de seguridad, aunque estas limiten nuestras libertades ciudadanas, la de expresión incluida.

Los gobiernos europeos que llevan adelante políticas conservadoras, el nuestro incluido, sacarán rédito de los atentados con nuevas legislaciones más restrictivas porque vivimos una guerra, y en las guerras vale todo. Para que lo creamos basta con que estemos lo suficientemente asustados. Los niveles de alerta en los países de nuestro entorno han subido y eso significa disminuir las garantías judiciales. Los hermanos Kouachi, autores del atentado, y Amedy Coulibaly, el asaltante del supermercado, fueron abatidos a tiros. Después asistimos a lo de Bélgica, donde la policía federal de aquel país también abatió a tiros a dos jóvenes belgas de origen sirio. Fue una acción preventiva (antes de que se cometiera el delito) para evitar un Charlie Hebdo en Bélgica, dicen los mandos policiales.

Todos los medios coinciden y a la vez se equivocan en ese simplismo que ha consistido en asumir como único el componente fundamentalista. Se han negado a profundizar, a escarbar, a ser críticos, a hacer periodismo. No digo que trabajen desde un punto de vista imparcial, pero sí que nos muestren perspectivas alejadas al pensamiento único de quienes nos gobiernan.

Sentimos empatía por quienes son iguales o similares. Cualquiera de los doce franceses que murieron asesinados en la redacción del Charlie Hebdo podríamos haber sido nosotros. Nos parecemos física y culturalmente, compramos los mismos productos en tiendas parejas, fumamos el mismo tabaco, conducimos los mismos coches y hasta nos gustan las mismas bebidas. También los hermanos Kouachi, Amedy Coulibaly y los dos jóvenes de Verviers fueron así. Hijos de la inmigración argelina y siria, pero nacidos en Europa, los tres primeros en Francia o los otros dos en Bélgica. En esos países se han educado y han crecido. No podemos olvidar que son europeos, que su formación como personas ha sido producto de la educación «europea» recibida y que han tenido las oportunidades que nuestra sociedad «europea» les ha permitido.

La realidad es que son europeos de segunda, marginados en barrios periféricos y señalados. Sin una verdadera política de integración, no hay empleos para ellos y el mejor fututo que pueden soñar va de la mano de la delincuencia. Eso es lo que ven cada día, lo que viven, lo que sienten.

Hemos mirado hacia otro lado como sociedad, no hemos presionado a nuestros gobiernos para que realicen una política efectiva de integración, hemos permitido una degradación continua en los sistemas educativos y hemos admitido no pedir responsabilidades a nuestros gobernantes. Es el Estado quien nos ha fallado.

Revista Gurb

lunes, 19 de enero de 2015

Por ser vos quien sois


Ilustración: Juan Ramón Carneros
Ilustración: Juan Ramón Carneros
España es un país atrasado, tan feudalista como inmovilista y en el que por sus huesos circula un tuétano anclado en plena Edad Media. Cuarenta años de dictadura, una transición blanda que no cambió las élites y un bipartidismo adormecedor han sido las herramientas con las que se ha construido este reino inmutable. Desde su sala de máquinas, las mismas personas de entonces y sus descendientes dan órdenes que son caprichos. Nos hemos dejado imponer el pensamiento único y, lo que es peor, siempre pedimos ayuda al lobo del cuento de Caperucita a quien confundimos con la abuelita. Después nos quejamos, nos exaltamos y no hacemos más que desahogarnos. No es que estemos conformes con que todo siga igual, es que hemos venido con las manos atadas.

Nos queda la Justicia. A menudo, como casi todo en esta España azul, la mayoría de las veces va a dos velocidades, hay clases y no es igual para toda la ciudadanía. Sin embargo, el 22 de diciembre de 2014, el juzgado de instrucción número tres de Palma de Mallorca dictó un auto de apertura de juicio oral para que la Audiencia Provincial juzgue a Cristina Federica de Borbón y Grecia como presunta cooperadora en dos delitos fiscales, pudiéndose enfrentar a un máximo de cuatro años de prisión y reclamando a la Infanta el pago de 2,6 millones en responsabilidades civiles. Cuando un juez nos trata de igual manera surgen las divisiones. Los de la marca «buena familia» se quejan y dicen que el juez es injusto porque a la que señala es la hija de un rey, que eso no es igualdad, que hay intereses. Lo más rancio se ofende y grita que todo tiene un límite y que saltárselo es una vergüenza, que nos convierte en un país de pandereta, en un sindiós. «No te quieras comparar a la hija de un rey», insinúan y se quedan tan anchos. Cristina Federica de Borbón y Grecia nos recuerda esa condición de súbditos sin decir palabra, con sus olvidos y «nomeacuerdos», con una indiferencia mamada en la cuna y con esa distancia que hace resonar nuestra condición de plebeyos que nunca pueden exigir cuentas a sus señores. Y la miramos sin percibir el menor rubor por reconocer que pagaba a sus empleados domésticos en negro porque ella hacía como todo el mundo. No le avergüenza confesar que firmaba documentos porque se lo decía su marido, sin hacer preguntas y sin leerlos, como sin querer, como sin saber, con la irresponsabilidad como bandera.

Nos dicen que no hay clases, pero los de rancio abolengo repiten sus mantras: por ser Cristina Federica de Borbón y Grecia no deberá sentarse en un juzgado pues su presencia inmaculada se mancillaría; por ser Infanta de España no deberá tener culpa alguna. Detrás estará toda la estructura del poder para defenderla. Nos dirán que en realidad las ilegalidades fiscales cometidas por ella no son importantes, que el malo era su marido porque se aprovechaba de la posición de su familia política para vivir sin trabajar. Urdangarín fue quien engañó. Lo de ella era solo amor. Cada una de las excepciones que se cometen o cada privilegio que se otorga se hace «por ser vos quien sois».

Esa misma letanía, la de «por ser vos quien sois», que hoy se me ha metido en la cabeza, la recitaba de pequeño a pie juntillas. Lo que tuvo la educación católica y de irrenunciable elección de mi generación es que nos machacaron con las oraciones, el fervor, la sumisión y la resignación. «Por ser vos quien sois» forma parte del acto de contrición y es un texto con el mismo espíritu atrasado en el que también se presentan dos planos desiguales. No quisiera yo meterme en camisa de once varas, ni en teologías, pero releída ahora le encuentro su gracia con respecto al caso. Es más, creo que un par de retoques le puede servir para un discurso de contrición al estilo del de su padre. Cristina no pierdas más el tiempo, baja al portal de tu casa, ponte ante una de las cámaras y repite con cierta cara de arrepentimiento: «por ser YO quien soy, bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido. También me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno (aquí haz el favor de no reírte). Animada con tu divina gracia (la de tu padre, claro, que fue el pionero en este tipo de disculpas), propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta para el perdón de mis pecados». ¡Ves lo fácil que era!

Revista Gurb

martes, 23 de diciembre de 2014

El acordeonista feliz


Ilustración: Artsenal
Ilustración: Artsenal
Me siento triste en esta hermosa tarde de verano. Nada me va bien desde hace algún tiempo, así que no tengo otra cosa que hacer más que deambular por las calles de Madrid, intentando darle vueltas al remolino que se me ha ido liando en la cabeza, conformándome con despejar esta congoja en ciernes. Llego al Palacio Real esperando confundirme con los turistas que miran de un lado para otro. Sentado sobre el bordillo, un hombre toca un acordeón; discurre su mirada perdida en el firmamento con cada nota que las manos van insuflando al instrumento mientras en la boca dibuja una sonrisa imprecisa y cautivadora. Frente a él presenta un manto arrugado y mal doblado sobre el que algunos viandantes han ido dejado pequeñas monedas. No son muchas, pero al hombre parece no inquietarle su suerte, aparenta resultarle suficiente el sonido vibrante de la música para ser feliz, su disfrute de la vida por el simple hecho de estar allí en aquel momento tocando. Aunque el sol sigue brillando, comienzan a caer unas primeras gotas que al tocar la piel de las personas se evaporan por arte de magia que algunos llaman leyes físicas. No llega al minuto la duración de tan tenue lluvia, como agua de rocío, pero hay quien abrió su paraguas y quien corrió para refugiarse en alguna de las cafeterías que tanto abundan por la zona. El acordeonista, que no se detuvo un instante, sonríe, inmune a la lluvia de antes y a la nueva paleta de colores que se dibuja ahora en el cielo para mostrar el arco iris. Absorto en su quehacer, distraído de lo exterior, empuja con gestos de cabeza cada uno de las notas y golpea con el pie sobre el suelo cada vez que el fuelle se encuentra totalmente estirado como señal para que su mano izquierda comience a recogerlo. La canción llega a su fin y decido proseguir caminando en mi lento paseo. Mientras pienso en el rumbo que tomar, cruzo por delante del hombre para dejarle unos céntimos. No me mira, se entretiene sacando brillo con un paño a las teclas. No he dado dos pasos cuando percibo las primeras notas de «Bella Ciao». Me giro y le veo desde el otro perfil. Es de nuevo su mano izquierda a la que sigo, viéndole pulsar con precisión sobre la botonera de los bajos, saltando de los contrabajos a los acordes mayores. Los dedos suben y bajan y entre su movimiento y el sonido de la música me siento absorto. Miro su rostro y veo esa sonrisa persistente y personal. Me doy cuenta de que le envidio y sé que no tiene sentido, que su vida es más dura que la mía.

Al terminar aplaudo, mientras el resto del mundo me mira extrañado. Con un ligero movimiento de cabeza él me da las gracias para empezar a continuación la ceremonia de la recogida. El acordeonista apoya el instrumento sobre las rodillas para descolgar las correas de sostén, es en ese momento que decide detenerse, descansar y mirar el quehacer de los transeúntes. Su acordeón es de un color dorado, de un peso indefinido porque desde mi distancia parece mucho, pero el hombre lo maneja con demasiada facilidad. Pasa su mano sobre el lomo de la caja del lado del piano y detiene el dedo índice sobre la letra «s» de la palabra «estrella». La vida continúa alrededor con las prisas cotidianas, y sin embargo él sigue embelesado acariciando los motivos geométricos del instrumento mientras pasa el tiempo, tomando aire. Cuando se ha cansado de observar, se asegura de que el fuelle esté recogido del todo para pasarle después la pequeña trabilla de cierre. Lo guarda con delicadeza dentro de la funda y es entonces que lo apoya contra el suelo para recoger su ganancia del manto. Lo cuenta con cierta dificultad, tal vez haciendo sus números de hasta dónde puede alcanzarle con esa cantidad que no parece suficiente para nada. El manto lo esconde dentro de la funda. Después se levanta y emprende su camino. Sin saber muy bien porqué, le sigo.

Pasan cuarenta minutos cuando pienso que tal vez me he equivocado, que aquello no tiene sentido. El paisaje ha cambiado y cruzo calles que desconozco.

A la hora y cuarto me siento perdido del todo, podría decir que me encuentro en una de las barriadas del sur de la ciudad, pero ni siquiera sabría decir en cuál de ellas. Debo tomar una determinación, siento que apenas queda ya una hora de luz y aquello ha dejado de tener sentido, me repito. Pero aun así no me decido a dejarlo. Quiero saber el secreto que guarda, ese rasgo de felicidad que he visto en él y que sin embargo me intriga, pues imagino que su vida debe estar en el otro extremo de lo «confortable», llena de estrecheces, agobios y dificultades porque nadie pide dinero en las calles por placer.

Por fortuna para mí, el acordeonista se detiene, enfila hacia el bar que tiene enfrente. No hay otros clientes, así que me apoyo en la barra, un tanto alejado del músico, pero desde donde puedo seguir sus movimientos sin apenas disimular. Pide un bocadillo de tortilla caliente. Yo, un café cargado y sin leche. El camarero entra en la cocina a preparar la tortilla en ese momento. Nos quedamos solos. Sobre la barra mueve sus dedos, como si todavía siguiera tocando y en sus labios se dibujan las palabras que solo pronuncia en su interior. Creo distinguir los versos finales de «Bella Ciao». Siento curiosidad, pero no me atrevo a preguntarle su historia, me conformo con rumiar la mía. Llega el bocadillo envuelto en papel de aluminio y el hombre saca sus monedas, las cuenta despacio, rebusca alguna más y, cuando las encuentra, se las entrega al camarero. Acelero para tomar de un sorbo el café que apenas he probado. Mientras sale yo dejo unas monedas sobre la barra y voy tras él.

Pienso que me quedará una larga caminata, pero lo asumo. Me equivoco, esta vez solo cruzamos hasta la plaza y allí entra en un portal. Me siento en un banco, me quedo pensando, sin ganas de hacer nada, agobiado por la ardua tarea de tener que regresar. Miro hacia la fachada para darme fuerzas. En el primero las ventanas están abiertas. Se ve a una niña sentada en una silla de ruedas escribiendo, me imagino que haciendo sus deberes escolares. Levanta la cabeza y saluda al hombre que yo había estado siguiendo. Le dice algo, tal vez «Hola papá». Él se acerca y la besa. Con ternura le acaricia la melena y le hace preguntas sobre cómo ha pasado ella el día. Son rutinarias, pero aún así se ve que escucha con interés las respuestas. Le da el bocadillo y la muchacha lo desenvuelve con ganas. Se intercambian otro par de frases. Ella arranca el pico del bocadillo y se lo da a su padre, quizá porque no le gusta o quizá porque intuya que no ha comido mucho durante el día. Comen rápido para después seguir hablando. Me doy cuenta de que se ha hecho de noche cuando encienden la luz en la casa. «Es tarde», me imagino que le dice el hombre como una manera de preparar la despedida, de indicarle que el día se acabó y que en el de mañana a ella le tocará volver a clase a estudiar. Supongo que mientras habla pensará en que cuando amanezca a él le tocará volver a poner el mismo empeño, la misma ilusión contagiosa que le mantiene en pie. Le da un beso en la frente y la lleva a la habitación. Debería irme, pero espero sin saber muy bien a qué. El hombre vuelve, enciende la radio. Hablan de política, de los números que empiezan a ser positivos. Decretan que la crisis se ha acabado por la simpleza de que el gobierno así lo ha decidido. Me imagino que el acordeonista piensa que es absurdo lo que escucha, que él debe vivir en otro lugar, que nada de eso que dicen en la radio tiene que ver con su vida. Sabe que está excluido, que ni siquiera cuenta para las estadísticas pues le anotan al margen, en esa economía sumergida que «es el mayor enemigo del país». Para él no habrá mejoría, ni siquiera perspectivas de un empleo de verdad. Le suena vacío lo que escucha.

No dice nada, soy yo quien pone mis palabras en su cabeza. Él ha sacado su acordeón de la funda, lo desmonta y va dejando las piezas sobre la mesa. La radio sigue contando «sus verdades» mientras el acordeonista feliz va limando los pitos.

Me voy, le dejo con su dignidad a la que ningún sufrimiento le ha hecho mella. Le miro con nostalgia pensando en esa felicidad que no entiendo.

Revista Gurb

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Una conversación de mus entre la grande y la chica


Ilustración: Artsenal
Ilustración: Artsenal
–Mus

–No hay mus, porque no me da la gana.

–Ya estamos, cortándolo todo. ¡Que no nos dejas ni respirar!

–A grande, paso.

–Que lo diga mi compañero.

–Envido.

–Dos más.

–Se ve.

–Y de lo de Pablo Iglesias, ¿qué me dices?

–Que ni tanto, ni tan calvo.

–Explícate un poco más, Marcos.

–Ni es dios, ni el diablo. ¡Qué ya se verá! Parece «colorao» y eso me gusta. Pero que esto cambie si saca algo está por ver.

–Venga, venga. Dice el «coletas» que su referente es Chávez. Así que si gana, aquí se monta una Venezuela. Te lo digo yo. Y todos a ser pobres. A pegarnos cuatro tiros.

–No simplifiques, Juan. Lo de Venezuela es una revolución del pueblo, el motor de cambio de una nueva Latinoamérica que está poniendo punto final a un modelo oligarca de opresión. Se han liberado del capitalismo yanqui y lo están haciendo con un nuevo modelo, más social, de igual a igual.

–Una dictadura, o no lees la prensa, eso es lo que es.

–Pero qué dices, si votan más que nosotros.

–Ya, pero todo amañado.

–Pues a mí, a quien me recuerda es a Felipe González. Tan guapetón, con tanta labia, y con un mensaje fortísimo de cambio. ¡A ver quién no le vota!

–¡Hombre, Lucas, con el carisma del «Marianito», este no tiene nada que hacer!

–No sé, me da a mí que nos vamos a llevar la misma decepción que con Felipe. El poder económico lo tiene todo atado y bien atado. Aquí siguen mandando los de la «camisa vieja», como entonces.

–Pensé que lo decías por lo del marketing y la televisión, no por lo de prestidigitador.

–¿Os habéis fijado la caña que le dan ahora en la prensa?

–A mí ese rasgar de vestiduras al que estamos asistiendo, donde se nos advierte que con «Pablito» viene un infierno en el que arderemos todos y todas, me encanta. Me parece un buen síntoma. Hay muchas caretas en los partidos que tendrán que empezar a quitarse, porque las grietas del bipartidismo demuestran que el edificio de la alternancia entre la derecha y la socialdemocracia no va a sostenerse ya más.

–Mira, en eso de que necesitamos construir un edificio nuevo estoy de acuerdo contigo. No sé si pondremos ladrillos que vienen de Venezuela o estará planificando un edificio ilusionante pero irreal, como el que se negó a hacer Felipe González.

–Y tú, Mateo, ¿no tienes opinión? No has dicho nada.

–No hay perspectiva suficiente, así que todo se queda en estimaciones, sueños, ilusiones… Iglesias tiene un pasado, ha militado, nos ha enseñado su conciencia política a través de la televisión, es combativo, con punch, profesor de universidad, habla bien…

–Vamos, que te tiene enamorado.

–No tanto, pero frente al panorama que tenemos prefiero darle un margen de confianza y una oportunidad. Reconozco que me ha alegrado su irrupción, y la de Podemos, en el escenario de la «gran política» porque supone un cambio, un empezar a subir esa escalera por la que Rajoy lleva toda la legislatura obligándonos a descender, y eso, en estos momentos, me parece bastante. Los cambios son lentos, lo sé, y se tardará en ver los resultados. Lo que creo es que Pablo Iglesias no es Hugo Chávez, ni Felipe González, y ya se encargará él de hacer su propio camino con tiempo. No sé si traerá un cambio o no, y si se produce tampoco sé si será pequeño o grande, pero de momento me da unas esperanzas que ya creía haber perdido.

–¡Buah! ¡Ya se nos puso sentimental! Habrá que seguir con la partida. A chica, órdago.

–Jugador de chica, perdedor de mus.

Revista Gurb

lunes, 24 de noviembre de 2014

La justicia y John Wayne


Ilustración: Artsenal
Ilustración: Artsenal
Cuando me hablan de justicia siempre imagino a John Wayne subido a un caballo. Alguien le cuenta la injusticia que le toca. Wayne le mira con esa expresión de quien está de vuelta de todo y que te hace sentir un poco estúpido. Masca una hierba y escucha con paciencia para al final soltar su discurso, decir lo que moralmente es correcto y enseñar esa línea tan clara que él ve entre el bien y el mal. Habla con palabras escritas en mayúscula, pero sin levantar el tono.

John Wayne interpreta a ese extranjero que llega a un pueblo del oeste abrasado por sus corruptelas, desequilibrado y básicamente injusto. De un vistazo sabe dónde están todos los problemas que desde dentro son imposibles de resolver. Ésa es la primera ley de la justicia: la distancia. Debemos juzgar con esa mirada del que viene de fuera, del que está de paso, del que no se va a quedar. Esa distancia nos permite reconocer lo correcto, porque lo correcto lo es siempre, lo encontremos en nuestra casa o en la ópera de Melbourne. Lo que nos pasa a menudo es que con lo cercano somos más tolerantes. Terminar disculpando al vecino es una tendencia habitual. En esos pueblos parecen todos unos cobardes, incapaces de levantarse ante la injusticia. Eso pasa cuando la justicia se sustituye por la costumbre y las costumbres las dicta el poderoso.

John Wayne es un pistolero solitario. A su personaje habitual no se le conocen mujer, ni hijos. Esa es la segunda ley: la igualdad. Como no hay lazos afectivos, las decisiones se aplican igual para unos que para otros. A todos se les juzgará por los mismos patrones, sin favoritismos y con la misma distancia.

Como el pistolero viene de fuera no suele tener intereses en el propio pueblo. Me refiero a que sus decisiones no le van a hacer ni más rico ni más pobre. Enfrentarse al cacique para que devuelva los grandes pastos a sus legítimos dueños es de justicia y no busca el beneficio propio. A esto lo podíamos llamar imparcialidad.

Decía que se enfrenta al cacique. Eso lo hace porque tiene fuerza, porque la propia justicia puede recuperar el cauce de un río si se lo propone. No hay otra firmeza mayor que la justicia cayendo a peso. Solo así se podría levantar la mano contra los que se vanaglorian de su impunidad, detenerlos, juzgarlos y encarcelarlos.

Hay otro tema que me gusta en las películas del oeste: la empatía del pistolero hacia los débiles. Enternece ver cómo el hombre bregado en mil batallas, que ha perdido la confianza en el ser humano, de pronto es capaz de dejar su frialdad y ponerse del lado de la víctima. Se trata de saber lo que siente el otro, de entenderlo. Ese conocimiento le permite posicionarse del lado de lo que es justo y ser ecuánime.

Ahora toca transitar el camino en que Wayne se desvía. Si nos da por pensar un poco, lo que vemos es que el personaje resulta ser un justiciero. Tiene coraje y un arma. Son sus balas las que dictan sentencia. No hace verdadera justicia, sino que se la toma por su mano. De niños es fácil confundirnos, pensar que necesitamos justicieros en lugar de justicia. De mayores, no se sostiene. Sabemos que la potencia de la justicia está en el cumplimiento de las leyes y que nuestra sociedad será más justa si sus leyes lo son. En nuestra mano como sociedad está tomar las decisiones correctas, responsabilizarnos de nuestras leyes y cambiar aquellas que moralmente no son sostenibles. Legislar no tiene fin, cada día hay nuevos comportamientos, métodos de delincuencia, explotación e injusticia.

Y sí, nuestro país tiene un atraso en la justicia y en la legislación. Sobre todo porque no es capaz de mostrar que todos somos iguales, porque unos pesan más que otros y porque a los delitos de los poderosos no se les aplica la misma dureza que al resto de ciudadanos medios.

Revista Gurb