lunes, 13 de febrero de 2012

Blackthorn [Sin destino], amistad en calzoncillos largos

Mateo Gil rueda su western sobre Butch Cassidy en Bolivia

Cartel de la película Blackthorn. Sin destino]
Cartel de la película Blackthorn [Sin destino]
En el mundo del cine, pensar en Butch Cassidy y Sundance Kid es recordar las interpretaciones de Paul Newman y Robert Redford en Dos hombres y un destino. Aquella película terminaba como la versión oficial, cuando un grupo de soldados bolivianos les acribillaba a balazos al sur de Bolivia, en San Vicente. Pero hay muchas leyendas que dicen que escaparon, que aquellos cadáveres pertenecían a otros hombres. Unos cuentan que Butch Cassidy siguió en Bolivia, otros dicen que envejeció en la Patagonia, los hay que aseguran haberle visto de regreso en los Estados Unidos e incluso quien le ha visto en Fracia. En fin, muchas historias… Blackthorn [Sin destino] arranca veinte años después de aquel hecho en San Vicente. Cassidy (Sam Shepard) ahora se hace llamar James Blackthorn. Se ha hecho viejo cuidando caballos en Bolivia y viendo pasar las estaciones desde la ventana de su cabaña. Vive una vida anodina, de gringo retirado, sencilla, pero que, en el fondo, le hace suficientemente feliz.

El western es un género que permite mirar la sociedad desde un prisma más justo. No siempre acertaron, pues la primeras películas del oeste norteamericano no fueron otra que cosa que historias de pioneros, de conquista y de identidad con la que los estadounidenses forjaron su patriotismo. Hubo un tiempo después que nos enseñaban la vida de increíbles forajidos, una vida que fuese cual fuese el camino elegía siempre la libertad, un cierto compromiso con la justicia más allá de lo que señalaran las leyes y que ponía por encima de todo la lealtad y el valor. Después sí, después nos enseñaron la mirada del extranjero, la facilidad con la que el que viene de fuera es capaz de ver en seguida la putrefacción establecida en la sociedad local, así, en este tercer ciclo siempre nos mostraba al forastero que llegaba a la ciudad y ponía orden a tanta corrupción y maldad, aunque la ley también se sentara al lado de los malvados. Las últimas épocas, con el género ya óxidado, nos hablan de envejecidos vaqueros que ahora miran la vida desde su experiencia, no tienen fuerzas para demasiada acción pero sí para mostrarnos, vía comparación, los dos lados, el justo y el injusto. Este es el western que nos propone Mateo Gil, el de una vida gastada sobre los principios éticos y comportamientos elementales que la capitalización y la propiedad nos ha ido haciendo olvidar. Es una película para recuperar la esencia del ser humano, precisamente ahora que la sociedad es conducida por los poderosos hacia sus mayores cotas de inmoralidad.

Y sin embargo, es más rico quien tiene mejores amigos que el que atesora mayores riquezas materiales. Esa es la enseñanza, la vida no es mejor con dinero, sino con principios. La satisfacción se tiene cuando al echar la vista hacia atrás, uno se da cuenta que ha cumplido, tendrá sus reproches, pero la balanza de la conciencia le resulta muy favorable. Esa mirada tiñe el largometraje de una nostalgia dulce que se convierte en uno de sus mayores encantos.

Sam Shepard y Eduardo Noriega en una escena de la película Blackthorn. Sin destino
Sam Shepard y Eduardo Noriega en una escena de la película Blackthorn [Sin destino]
La soledad está presente en la película. Es la forma como Butch Cassidy se ha construido, con las ausencias de las personas a las que se quiere, con los recuerdos, con sus propios métodos de paliar esa sensación de vacío. Y de pronto le surge el pensamiento de que ha hecho un largo recorrido y es hora de descansar, de volver a casa, a las raíces. Es hora de volver a los caminos para regresar. Butch dice que el hombre toma dos decisiones importantes. La primera al irse de casa, la segunda al volver. Lo demás es el intermedio entre esos dos momentos, un espacio neutro que apenas importa por mucho que sea en él donde pasa realmente la vida.

La vejez es un momento extraño, el protagonista se ha cargado de experiencia tras llevar una dura vida de renuncias y soledad. En cierta manera, se regodea de esa existencia suya, apartada y un tanto mística en comunión con la tierra, a la que le ha encontrado el gusto, el de la libertad cuando ya nadie le persigue. De verdad ha encontrado su propia identidad y se conforma. Y sin embargo lo que echa de menos es lo que ya vivió, volver a tener esa chispa en los ojos y desenfundar las pistolas por una causa justa, por el débil y desprotegido frente al poderoso. Han pasado los años por delante, pero no ha perdido el idealismo que tuvo.

Ese el papel que juega Eduardo Apocada (Eduardo Noriega), es ese desvalido que se ha atrevido a robar a un rico y ahora es perseguido. Su personaje va a desencadenar los recuerdos y hacer despertar al viejo dormido, porque el mundo aún le necesita. La amistad se forja rápido, y pronto. Con las peripecias de la huida, se sienten uña y carne, se hacen amigos de los que comparten un techo en ropa interior, en esos calzoncillos largos de entonces. La amistad se cultiva con lealtad, con tiempo, con ideales compartidos.

Hay otra especie enfrente, la de los enemigos, aquellos que han dedicado su vida a perseguirte, los que han unido su destino a tu fracaso. En este caso es Mackinley (Stephen Rea), el hombre de la Pinkerton que estuvo a punto de cazarle una vez y que sigue obcecado. Ahora es un viejo borracho que malvive en un pueblo boliviano. Esa es la mano que reparte Blackthorn [Sin destino]. El tapete elegido es la naturaleza, agreste y hermosa a partes iguales. La fotografía de la película se recrea en esos paisajes que describen la soledad de los personajes, su rocoso mundo interior, su grandeza, el frío de su vida y los desiertos de sal que deben cruzar para ponerse a salvo. La naturaleza nos explica lo que los personajes callan, es la sabiduría que está por encima de cualquier experiencia.

Y surge el giro espectacular a falta de veinte minutos, como el tahúr que ha guardado su mejor jugada para esa mano en la que las apuestas han subido más. Se descubre que el respeto de los enemigos también es una forma de amistad, que todos guardamos secretos, que los tiempos cambian y que debemos tener cuidado con las causas que elegimos, porque a veces nos equivocamos al suponer en los demás nuestros mismos pensamiento. Hay quien no ha entendido la diferencia, que no sabe nada de la ética de los atracadores, de su justicia. Son esos tipos que abandonan los principios de la justicia por el egoísmo, esos a los que en una película del oeste no les puede esperar nada bueno al final.

Blackthorn [Sin destino] tiene algo que hipnotiza, por un lado las sosegadas interpretaciones de sus protagonistas, por otro la fotografía excepcional de tan bellos paisajes y también la estupenda banda sonora que nos acompaña durante el viaje.

A modo de pequeño anecdotario: Sam Shepard no es solo un actor, tras él hay un escritor y un músico con mucha historia a sus espaldas. Ha pasado varías décadas como batería de distintos grupos de rock, se fue con Bob Dylan en la mítica gira Rolling Thunder Revue, ha tocado el banjo para Patti Smith… Pero es en Blackthorn [Sin destino] la primera vez que canta en el cine. Así, mientras viaja con Eduardo Noriega a lomos de un caballo o una mula, va tocando y entonando temas folk tradicionales: I'm no grave, Wayfaring Stranger, Take your burder to the lord -donde Sephard también se encarga de la guitarra- y Sam hall -canción en la que podemos además escuchar la voz de Eduardo Noriega-. Estos cuatro temas son canciones populares con arreglos de David Gwynn para la película. Hay una quinto tema más, Rosa interpretada por Ignacio Paz. El resto de la música de Blackthorn. Sin destino está compuesta por Lucio Godoy.

Hablando de música y músicos, citar también que Enrique Bunbury figura como productor asociado en los títulos de crédito.

sábado, 11 de febrero de 2012

Declaración de guerra, luchar por la vida

Valérie Donzelli construye una gran película; dura, pero sin concesiones a la compasión

Cartel de la película Declaración de guerra
Cartel de la película Declaración de guerra
Cuando vi Declaración de guerra me quedé impresionado, había visto una película durísima y sin embargo salía con una sonrisa en la cara. No sé como, pero a pesar de todas las desgracias, la historia potenciaba lo bueno que llevamos dentro, esa fuerza que nos alimenta a todos pero que solo tienen unos pocos, aquellos que consiguen no salir derrotados por muy desigual que se plantee el combate. La francesa Valérie Donzelli, una mujer que tiene esa fuerza interior de la que hablaba, logra en La guerre est déclarée una película redonda, tanto por el guion, como por su impecable dirección y la rotunda interpretación que realiza ella misma y su antiguo compañero. Julieta (Valérie Donzelli) y Romeo (Jérémie Elkaϊm) son una pareja compenetrada. Se quieren, se entienden y se divierten. Juntos deben enfrentarse a una prueba demasiado dolorosa, la enfermedad de su hijo Adán, que medirá la resistencia de su amor. Un revés devastador que no solo forja los caracteres de los protagonistas sino que tensa hasta los límites finales su aguante.

Dice Valérie Donzelli, su directora y protagonista, que para hacer cine necesita partir de su propio ombligo y que luego, enfocando el zoom hacia atrás, logra contar algo más universal. En este caso el hecho de tener un hijo con una grave enfermedad, de esas en las que la vida y la muerte están separadas por una línea muy delgada, es la experiencia propia que toma como punto de inicio. Ella y Jérémie Elkaϊm tuvieron un hijo en la vida real que enfermó gravemente. En ese sentido la película es autobiográfica, pero confiesan que no relatan su historia. Durante la enfermedad de su hijo, Donzelli escribió un diario. Aquellas palabras escritas sirvieron de material de arranque para la película, pero después se alejaron de su realidad para construir la ficción. Cuenta que el objetivo que perseguía era el de deshacerse de todo lo malo para compartir lo bueno, es decir, que su experiencia se pudiera transformar en algo positivo.

En ese afán de universalización que viene después, de llevar el drama personal al interés general, hay un mecanismo simbólico en la elección de los nombres de los personajes. En primer lugar, ellos se llaman Romeo y Julieta, la pareja que representa el amor eterno. Esa transcendencia en la elección de los nombres nos simplifica ahondar en los sentimientos previos, bastan una imágenes cotidianas de felicidad y sus nombres para que entendamos la magnitud del amor entre ellos. Con su hijo ocurre lo mismo, al llamarle Adán, le dan el peso y la importancia universal del primer hombre.

Jérémie Elkaïm y Valérie Donzelli en una escena de la película Declaración de guerra
Jérémie Elkaïm y Valérie Donzelli en una escena de la película Declaración de guerra
Declaración de guerra es una película bien contada, con el ritmo que necesita en cada momento, que emociona, directa e impactante, que consigue dejar sin aire al espectador en varias escenas, que bien vale unas lágrimas y con una virtud excepcional: que huye en todo momento de la compasión. Es coraje lo que nos muestra, fortaleza, pasos hacia delante y también muchos hundimientos, momentos en que el dolor les vence y agota. El ánimo sube y baja como en una montaña rusa, su paso por los diferentes estadios está subrayado con muchísimo acierto por cada una de las canciones con que se acompañan y que resultan la mejor descripción, una música que expresa perfectamente los matices de cada momento y que nos va llevando con precisión por cada uno de ellos. Hay humor, una cierta crítica a quien considera la vida burguesa como la normal y mucho respeto con las decisiones de los demás. Es una película de izquierdas, hecha sin prejuicios, progresista, valiente y dedicada a la Sanidad pública y a los profesionales que trabajan en ella.

Me he preguntado muchas veces por el título de la película, pues no encontraba una relación entre el filme y una guerra en ciernes. Tal vez sea porque en las guerras siempre hay un bando al que le pilla desprevenido, que no está preparado para el ataque del enemigo. La nuestra, quizá, es una generación despreocupada con esos asuntos, poco solidaria con lo que pasa lejos de nosotros y que vive en una burbuja de un occidente rico y próspero. Pero cada día hay batallas que avisan del inicio de una lucha. La que propone la película bien podría ser una de ellas. Cuando surge, a sus protagonistas les toca dejar de lado su vida acomodada y convertirse en pequeños héroes, hacerse, sin querer, responsables.

La vida son pruebas a superar y cada una de ellas va conformando nuestro carácter, el talante con el que vamos a enfrentar lo que vendrá después. Pero esas pruebas llegan sin una causa, simplemente porque tocan. Romeo le pregunta a Julieta por qué tiene que caer enfermo precisamente su hijo, supongo que es la pregunta que se haría cualquier padre en la misma situación. Porque pueden superarlo le responde ella. En ese instante, al tomar conciencia de esa capacidad, se convierte en decisión el hecho de luchar y ya no hablamos de un asunto de mala suerte, ni de injusticia, hablamos de un problema más de la vida a resolver, quizá algo más duro, quizá más difícil que otros asuntos cotidianos. La guerra estalla y pelear va a ser el único sentido de su vida hasta que finalice.

Declaración de guerra fue la película elegida para inaugurar la 50 Semana de la Crítica del pasado Festival de Cannes y fue seleccionada por Francia para competir en los Óscar a la mejor película de habla no inglesa. Después compitió en el Festival Internacional de Gijón, cosechando estupendas críticas y un gran favor del público y jurado. Allí se llevó, ex-aquo con El estudiante, el premio a la mejor película, y además Jérémie Elkaïm fue premiado como mejor actor y Valérie Donzelli como mejor actriz. Participó también en el festival de cine de París donde se alzó con los premios del jurado, público y bloggers.

Se trata de una película reconocida y muy recomendable porque resulta emotiva y conmovedora, pero especialmente por la felicidad contagiosa que transmite mostrando una forma positiva de afrontar los problemas y enfrentarse con la vida. Declaración de guerra es un drama con una perspectiva alegre, que prefiere la celebración al pesimismo y el vacío.

A modo de pequeño anecdotario: Valérie Donzelli no quería rodar en un plató porque buscaba conseguir más realismo, el que le daba el ambiente real de un auténtico hospital. Así que, con mucha antelación, se puso en contacto con los que conocía por la enfermedad de su hijo y les explicó la película que quería hacer. Le dijeron que sí. En el Instituto Gustave Roussy planificó bien cada día de rodaje buscando siempre los sitios con más luz. En el hospital Necker, sin embargo, el plan de rodaje se hacía el mismo día dependiendo de las urgencias que tuvieran.

Tampoco quería figurantes, sentía que necesitaba sanitarios de verdad, así que el personal del hospital está compuesto por una mezcla de actores y de médicos y enfermeras reales. Un ejemplo es el caso de la Doctora Kalifa, interpretada por una médica auténtica, algo que también pidieron al profesor Sainte-Rose para que se interpretara a sí mismo, declinó la invitación, pero a cambio les dejó su bata, su despacho y a su secretaria.

Buscando pasar lo más desapercibidos posible y con mucha discreción, optaron por rodar la película con una cámara fotográfica Canon que graba vídeo y con luz natural. Solo los planos del final de la película se han rodado en 35 mm porque Valérie Donzelli quería hacerlos a cámara lenta.

También, para ocasionar los menores problemas por el rodaje, el equipo era un grupo muy reducido, de menos de diez personas, así que cada uno hacía varias funciones. Llegaron a acuñar el término «técnico navaja suiza» para ello.

jueves, 9 de febrero de 2012

El teatro, último refugio de la sátira política y social

Juan Margallo y Petra Martínez funden el monólogo de Franca Rame y Darío Fo La madre pasota con su propia experiencia teatral.


Jueves 9 de febrero de 2012. Teatro Arenal. Madrid


Cartel de la obra La madre pasota y Cosas nuestras de nosotros mismos
Cartel de la obra La madre pasota y Cosas nuestras de nosotros mismos
Cuando se apagan las luces, el escenario nos muestra un reclinatorio de enea con un cojín rojo y un confesionario del que asoma un bonete apoyado en uno de sus extremos. Irrumpe violentamente una mujer a la que alguien debe perseguir, y en esa iglesia decide confesarse. No lo hace por sentirse culpable, más bien para entretener la espera y exorcizar sus demonios interiores. No habla de sus pecados, que no lo son, sino de su difícil vida de mujer, obrera y madre. De su narración vamos viendo la transformación en hippie de una abnegada militante comunista a la que le «salió» un hijo con ideas radicales de extrema izquierda.

Con humor irreverente, haciendo una sátira de la realidad, vemos desgranada la sociedad comprometida con el ser humano y la revolución. Y aparece el primer contraste, es una mujer que trabaja fuera de casa, que junto con su marido siente un compromiso político que les obliga a luchar en cédulas clandestinas; pero que ahora que tiene un trabajo remunerado no se ha podido deshacer del otro, del que está sin remunerar, del de ama de casa. Habla de la igualdad, de los derechos y de malcriar pasando por alto en casa lo que se defiende fuera, pero sobre todo habla de liberarse y encontrar el propio camino de cada uno. Que vivimos en mundo lleno de hipocresía ya lo sabíamos, sin embargo eso no es obstáculo para ser sinceros, ni para confiar en una nueva sociedad que se involucre en las causas justas.

El llamamiento se realiza desde las filas de la ironía, de la bella sutileza de tomarse con humor cualquier situación. De esta fina ironía no se escapa la política, la lucha desde las organizaciones de izquierda, la iglesia, las manifestaciones, las comunas hippies, los símbolos, el concepto superlativo de madre… ni la vida misma. Desde esa sátira que provoca risas cuando nos reconocemos en lo que se cuenta, vamos riéndonos de nosotros mismos, dejando así oxigenar nuestras ideas, tomándolas por un rato con simpatía, despojándolas de la seriedad de cada día.

Juan Margallo y Petra Matínez en una escena de La madre pasota y Cosas nuestras de nosotros mismos
Juan Margallo y Petra Matínez en una escena de La madre pasota y Cosas nuestras de nosotros mismos
Petra Martínez se luce, se nota que La madre pasota, un monólogo breve de Franca Rame y Darío Fo, le va como anillo al dedo por su vis cómica y por ser una mujer con un fuerte compromiso político. Uno siente que ella se divierte en escena haciendo que su personaje vaya desplegando una historia que recibe el público con rotundas carcajadas.

Cuando el monólogo acaba, entra en escena Juan Margallo, su pareja cómica y vital, para, tirando del hilo de La madre pasota, empezar a contarnos sus historias sobre el teatro, una parodia tierna apoyada en una vida que los dos actores han edificado sobre los escenarios. Es la segunda parte del espectáculo, la que se titula Cosas nuestras de nosotros mismos. Descubrimos con los primeros diálogos que nos encontrábamos en un ensayo en el que Petra era la actriz y que ahora aparece Juan, un director de escena que tiene sueños increíbles para hacer el montaje más perfecto, innovador y exitoso de la obra. Sueños que la realidad lleva a tierra porque son imposibles y con los que se hace una crítica tanto a los festivales de teatro clásico como a los más vanguardistas.

Lo que vemos, el trasfondo de esta parte, es que las Artes Escénicas en España son frágiles y su subsistencia no va más allá de lo que el ingenio discurre. El futuro se complica, todo son problemas, montajes arriesgados, improvisaciones, montajes sintéticos, nombres que llevan firmando esos montajes décadas, jóvenes que quieren salir a flote con otras ideas, revisiones y vejez. Pero, el verdadero teatro ¿dónde queda entonces?

Petra Martínez y Juan Margallo buscan ese espacio haciendo que sus anécdotas, tamizadas por su teatro, sirvan de hilo conductor, que sus años de escena se conviertan en recuerdos con los que medir la vida, que sus desvelos nos los tomemos con humor. Bromean con las ausencias, acentuando la certeza de que se van quedando solos, pues los compañeros de viaje se han ido bajando ya del tren de la vida. Hacen chistes del pasado, nos muestran nuestras manías de sociedad mimada y consumista, nos enseñan que el mundo no ha cambiado en lo esencial y, por encima de todo, nos hacen reflexionar sobre el estado de la humanidad simplemente enfocándola desde su punto de vista, el de la experiencia y el compromiso. Es el suyo un teatro juguetón de la palabra.

Cuando el espectáculo termina, y ya después de los aplausos, los dos actores se sientan ante el público, pues tienen la bonita costumbre de quedarse un poco más charlando y contando las anécdotas de la profesión. Es un momento mágico, una especie de regalo que nos hace bien a todos por igual, al que lo entrega y a quien lo recibe.

Cuando parece que se van definitivamente, Petra Martínez se acerca más al borde del escenario, para estar más cerca del público y con un gesto de confidencia nos da su opinión sobre nuestro sistema económico. Algo que ha prometido seguir haciendo siempre que tengan más de siete espectadores.

A modo de pequeño anecdotario: Uroc Teatro, la compañía fundada por Petra Martínez y Juan Margallo en 1985 ha recibido recientemente la Medalla de Oro de las Bellas Artes.

Petra y Juan se conocieron en el Teatro Estudio Madrileño (T.E.M.) en 1966, mientras se formaban con William Layton. Se subieron a un escenario y no han vuelto a bajarse desde entonces. Formaron parte de grupos míticos de la escena independiente como Tábano, El Búho y El Gayo Vallecano, grupos todos con un gran empuje revolucionario que utilizaban el ingenio para escapar de la censura. En 1970, resultó sonada la creación colectiva (entre el teatro de Tábano y la música del grupo de Moncho Alpuente Las madres del cordero) de Castañuela 70. Se trataba de un espectáculo irreverente, políticamente incorrecto para aquellos años; una obra satírica que desde la clandestinidad traía aires de libertad. No duró mucho a pesar de que habían superado la censura y el teatro estaba lleno en sus dos funciones diarias. La policía se tuvo que inventar unos desórdenes públicos para terminar cancelando el espectáculo. Castañuela 70 se convirtió en un icono de la Transición. En 2006, se realizó un corto documental sobre aquella experiencia que se tituló Castañuela 70, el teatro prohibido y que dirigían Manuel Calvo y Olga Margallo.

miércoles, 8 de febrero de 2012

La voz dormida, contar nuestra historia sin silencios

Benito Zambrano firma la adaptación de la novela de Dulce Chacón para que no nos olvidemos de nuestra historia

Cartel de la película La voz dormida
Cartel de la película La voz dormida
Lo cierto es las películas españolas que hablan de la postguerra no superan el 2% de nuestra filmografía en los últimos años. Sin embargo siempre escucho a alguien que se queja diciendo que se hacen demasiados largometrajes sobre este tema. ¿Es que no podemos hacer películas de la postguerra? ¿Es que no debemos contar la historia de lo que pasó? ¿Por qué hay que callarse? Las películas como La voz dormida son pocas y nos hacen mucha falta para conocer todo lo que verdad ocurrió. Dice Zambrano, su director, que se debería realizar una película por cada hombre y mujer que lucharon por defender la República -no lo olvidemos, era el gobierno legítimo de España y había sido elegido democráticamente por sus ciudadanos-. No es fácil mirar hacia atrás y contar una historia de aquel tiempo; para el director, la novela de Dulce Chacón, le descubrió una puerta al pasado.

La voz dormida recuerda y homenajea a los que pelearon por un mundo mejor, pero sobre todo nos enseña que debemos seguir luchando por lo que es nuestro: las libertades y la sociedad que vislumbró la II República. Y debemos seguir haciéndolo hoy porque la Democracia que tenemos está siendo vaciada de contenido. No podemos olvidar ni dejar que la impunidad nos gane la mano. Estamos obligados a repasar nuestra historia, la dura e injustificada represión franquista, y hacerlo sin contemplaciones, hablando claro.

La voz dormida es una película republicana, hecha para difundir la libertad y la justicia, y también una historia de sacrificios que nos debe doler como sociedad. Unos sobrevivieron a duras penas, marcados de por vida. Muchos se quedaron por el camino, víctimas de una guerra primero y de un franquismo sangriento y asesino después, que planificó el exterminio de quienes no pensaban como ellos. Tras la Guerra Civil vino el genocidio, la muerte, las cárceles, la tortura, la persecución, los robos de niños, el adoctrinamiento… un genocidio sistemático que se atreve a narrar La voz dormida. Lo describe en su entidad y lo detalla en las personas que lo ejercieron, en las que lo sufrieron y en las que perecieron bajo sus manos fusilados una noche cualquiera ante la tapia de un cementerio. Zambrano nos obliga a mirar de frente nuestra historia y lo hace desde la voz de una muchacha inocente, que cree en las personas y que no puede entender el ensañamiento contra los que defienden sus ideas políticas. El franquismo fue sinrazón y barbarie.

La voz dormida me gusta sobre todo porque en ella no hay concesiones a la derecha. No niega que hubiera desmanes en los dos bandos, pero señala con el dedo a quiénes originaron la guerra y su posterior sangría, nos dice quienes fueron los que se aplicaron con afán destructivo para construir una nueva España que dejaba fuera (en las cárceles, en las cunetas, en las tapias de los cementerios…) a los que defendieron el régimen democrático y social de la República. Ellos son los culpables y todavía no han pagado por sus crímenes, nuestra sociedad ha sido incapaz de condenarles.

Marc Clotet y María León en una escena de la película La voz dormida
Marc Clotet y María León en una escena de la película La voz dormida
Las dos Españas se muestran separadas. A un lado, una Iglesia mortificadora, de monjas y curas de látigo, que piensan que la verdad es única y la atesoran ellos por la gracia de su «dios padre y señor todopoderos», seres que se sienten facultados para castigar a quien se equivoca no opinando igual. Del mismo ramo, los militares, que salen menos, pero que tienen formadas las mismas opiniones pues tampoco creen que los rojos tengan defensa alguna, su ideología misma les condena. Frente a ellos, las mujeres que retrata La voz dormida no son culpables, no hicieron nada malo, quisieron una educación pública, una cultura que llegase a todo el mundo y la libertad para pensar por sí mismas, ¿qué crimen se le puede achacar a una maestra cuyo único delito fue apuntarse a un sindicato socialista que además era legal?

Esa es la sociedad que se encuentra Pepita (María León), con la guerra acabada, al llegar a Madrid para estar cerca de su hermana Tensi (Inma Cuesta) que cumple condena en un penal de mujeres. Pepita es bondadosa, cree que se puede vivir en esta España azul, piensa que quedan márgenes para la justicia. Ella los explora sin prejuicios, busca pero constantemente se le niega hasta la menor repuesta y sus ojos, que se van llenando de lágrimas, no pierden nunca su brillo, esa esperanza que la mantiene siempre en pie. Lo hace con dignidad, aunque tenga que suplicar, y así va comenzando a construir una ideología propia, con los golpes que esta vida le va dando. Son los otros los que, desde una posición de fuerza, se hacen indignos. En toda comparación gana ella. En la interpretativa también. Lo hace con naturalidad, con sus ojos, con un hablar atropellado, con lágrimas, con la fragilidad de la desnudez ante la tortura, con su luto, con unas pequeñas confesiones, con su mirar de frente, con los sentimientos a flor de piel y con toda la inocencia del mundo. Es sin duda, la de María León una de las mejores interpretaciones de este año que ya fue recompensada en el Festival de Cine de San Sebastián y podría serlo también en los Goya.

Inma Cuesta, la otra protagonista, borda su papel de presidiaria fuerte pero llena de ternura, de mirada alta porque no hizo nada malo, de principios inquebrantables, de carácter y de razón. Igual de acertado está el resto del reparto, donde los fascistas, las carceleras, las monjas… los papeles más duros y despiadados los interpretan actores y actrices importantes y con peso en nuestra filmografía, para así darles dimensión y que de verdad se vea la crueldad de estos personajes. No eran falangistas de chiste porque sus manos se encargaron de matar a mucha gente, tanta como para no tomárnoslos en serio.

La derecha ha dicho que la película no resulta verosímil, y en cierta manera es verdad, aunque no en el sentido que lo dicen ellos. La historia la dulcificó un poco en su novela Dulce Chacón, pues, tras entrevistarse con muchas personas, descubrió que la realidad resultaba aún muchísimo más cruel y difícil de creer. Zambrano tampoco ha querido recrearse en las imágenes más duras, pero les ha dado el contexto en el que se desarrollaron, y ese contexto ya resulta bastante repugnante de por sí.

Benito Zambrano es un trabajador meticuloso del cine que apenas se prodiga. Lo suyo es construir verdaderas obras maestras, pero para ello necesita tiempo y mucho esfuerzo. Pone el alma al servicio de lo que emprende, pues hacer cine para él es un asunto propio de compromiso con el mundo. La voz dormida es un largometraje para el que se necesita un equipo comprometido que se entregue y apueste por la verdad. Así fue y eso transciende de la pantalla y se siente su aliento en la butaca.

La voz dormida me gusta porque es una gran película que está llena de sentimientos y que nos habla de verdad sobre la memoria, de la gente que sufrió y de cómo unos pocos aterraron y secuestraron el futuro de un país. Me sobrecoge el primer fusilamiento en la tapia de la cárcel y el levantarse de las presas, puño en alto, para entonar La Internacional. Me sobrecoge el último ajusticiamiento, el de la propia Tensi y su grito de «Viva la República» antes de que suene la bala asesina. Me sobrecogen las torturas. Me sobrecogen la crueldad y el desprecio de quien manda.

A modo de pequeño anecdotario: ¿De dónde le surge la idea a Benito Zambrano para querer llevar al cine La voz dormida, la novela de Dulce Chacón? Él mismo lo ha contado varias veces. Mientras preparaba el guion de Habana Blues, una amiga le habló de la novela. La curiosidad le pudo y comenzó a leer las primeras páginas en las que descubrió que estaba ante un libro extraordinario. No quiso que interfiriera con el guion que escribía, así que la aparcó hasta que una noche, desvelado por el trabajo con el texto de Habana Blues, cogió de nuevo el libro. Se enamoró de la novela, «cada párrafo me llenaban de emoción, cada página la veía llena de imágenes cinematográficas. Muy pocas veces me había pasado algo igual. Nunca, hasta esa noche, me había planteado hacer la adaptación de una novela».

A la mañana siguiente localizó por teléfono a Dulce Chacón. Ella hablaba encantada de Solas, Zambrano de La voz dormida. Hicieron un pacto de colaboración y quedaron en verse la próxima vez que el director viajase a Madrid. Cuando al fin ocurrió, la escritora ya estaba en el hospital, le estaban haciendo algunas pruebas y aún no sabía lo que tenía. Cuenta Zambrano que Dulce Chacón le recibió con una hermosa sonrisa y una disculpa por el lugar de la cita.

Días después le dieron la mala noticia, tenía un cáncer de páncreas en estado muy avanzado. A petición del marido, volvió al hospital a visitarla y ella le recibió con la misma sonrisa del primer día. Estuvieron hablando de cómo veían la adaptación de la novela, hasta que el dolor y la morfina le hicieron perder a la escritora el conocimiento durante unos minutos. Quedaron en volver a verse, en trabajar juntos el guion si el cáncer se lo permitía. Eso nunca fue posible. Dulce Chacón murió un mes más tarde. Zambrano no pude despedirse de ella porque estaba en Cuba preparando Habana Blues.

Cuenta que aquella cálida sonrisa, la del segundo día, la que ella le regaló aún a pesar de saber que se estaba muriendo, le hizo sentir que tenía que hacer la película de su novela, por él y por Dulce Chacón.

martes, 7 de febrero de 2012

Marcos Ana, la voz humana de la solidaridad

El poeta Marcos Ana presenta en el Círculo de Bellas Artes su libro Poemas de la prisión y la vida


Martes 7 de febrero de 2012. Círculo de Bellas Artes. Madrid

Marcos Ana durante la presentación
Marcos Ana durante la presentación
Marcos Ana llegó pronto y como no le gusta estar mano sobre mano, antes de empezar la presentación ya estaba firmando ejemplares de su libro Poemas de la prisión y la vida. Pronto se formó una larga cola que llegó lejos, incluso más allá de la hora prevista para el inicio. Cuando pasaban veinte minutos, Osman Vega, el editor del libro, pidió a los que aún aguardaban que esperasen al final para no retrasar más el acto.

Fue una noche de anécdotas y de cariño, de gestos tanto como de palabras. Contó Osman que el día anterior, aparcando el coche le preguntó a su acompañante si le había llegado la invitación para esta presentación. «¿La de Marcos Ana?». «Sí, la de Marcos Ana». La conversación la escuchó un operario de la ORA y les dijo que qué envidia porque ellos le conocían personalmente. Siguieron hablando y el hombre les explicó que le admiraba, Marcos Ana siempre había sido para él un ejemplo de solidaridad y de lucha. Incluso ahora en el presente.

La parte de las palabras la inició Rogelio Blanco de una forma profusa, alargando el verso del poeta y recordando a tantos autores que también pasaron por la cárcel o se inspiraron en el cautiverio para escribir sus obras. Entre citas y comparaciones, cuenta que siempre ha habido por parte del poder un cierto deseo de encarcelar la poesía. Los cautivos son «como plantas frágiles que siempre se pueden cortar», pero siguiendo con el mismo símil, Blanco explicó que también tienen una raíces fuertes y soterradas que les permiten aguantar cuando las situaciones resultan más adversas. Miguel Hernández describió a los que sufren cautiverio como «habitantes perdidos en la sombra, pero llenos de luz». Esa fuerza interior, esa resistencia inquebrantable, anidó en Marcos Ana que sigue en su continua defensa de la libertad y la democracia. Los poemas que ha escrito para este libro son versos que arrancan de la memoria, cargados de esperas, desasosiegos y anhelos.

Portada del libro de Marcos Ana Poemas de la prisión y la vida
Portada del libro de Marcos Ana Poemas de la prisión y la vida
Después leyeron sus versos Juan Diego Botto y dos actrices jóvenes, Lucía Álvarez y Sandra Navarro. Cada cual recitó a su manera, diferentes todos, pero llenos de un sentimiento embriagador que se contagió al público, que erizó la piel. Si alguien se hubiera fijado en cada uno de ellos, hubiera visto un brillo especial en los ojos, una gratitud inmensa hacia Marcos Ana y su humanidad. Juan Diego Botto le lanzó un beso desde el atril y cerro el puño en alto. Lucía, emocionada, le dio las gracias por mantener la dignidad. Sandra, susurrando pero marcando cada letra con los labios, dijo un sentido «gracias, Marcos». Subió Marcos al atril para leer un poema con Sandra y fue un momento en el que al poeta se le vio reírse mientras los dos se organizaban.

Alondra Badano también leyó, pero antes tuvo un instante para explicar como habían llegado los poemas de Marcos Ana a sus manos. Cuando el poeta salió de la cárcel, al año siguiente, le organizaron un viaje por América Latina. El primer país al que llegó fue Uruguay. No querían que se alojara en un frío hotel, así que decidieron que se quedara en casa de los Badano. Alondra era una niña, a la que Marcos hacía rabiar metiéndose con su nariz, le decía «chica, si llovieran gafas, tú te harías millonaria». Un día se enfadó más que los otros y se encerró en su habitación. Marcos intentó hacerla salir, pero ella no le hacía caso. Como compensación, se le ocurrió ir metiéndole sus poemas por debajo de la puerta.

El momento más especial de la noche vino de la mano de Luis Pastor y Lourdes Guerra. Prometieron una sorpresa y cumplieron dos. La primera, que han musicado el poema de Marcos Sueño de libertad. Lourdes y Luis lo cantan a dos voces, acompañados por la guitarra. Les vi mirar a Marcos y sonreír, y mientras les escuchaba observaba en sus rostros que la felicidad debía ser eso, cantarle a un amigo al que se quiere mucho. Le tiraron besos al acabar la canción.

Pero no terminan ahí, lo que abandonaron es la guitarra y sin ella comenzaron con el segundo regalo. A golpe en pecho y a capela, Lourdes y Luis, cantaron Mariposa de noviembre dedicándosela a Marcos, porque sabían que es una canción que le gusta mucho. Marcos, desde la mesa canturreaba. Lo que se vivió con esta canción en la sala del Círculo de Bellas Artes fue un instante único, cargado de tanta magia como poesía.

Finalmente Marcos Ana tomó la palabra. Su discurso fue sencillo, contó que si bien vivió encarcelado toda su juventud, se consideraba un privilegiado. Al salir en libertad le estaba esperando la gente para recorrer el mundo. Sin embargo aquella libertad no era completa, sentía que no podía serlo mientras quedasen compañeros suyos en las cárceles. Lo que debía hacer era convertirse en el altavoz que explicara el drama de los presos políticos españoles. Se siente apesadumbrado e incómodo cuando el protagonismo recae sobre él, así que lo comparte siempre con los hombres que lucharon por traer la libertad para España, quiere darles voz y visibilidad. Dijo que había hecho en la vida lo que quería hacer, que llevó la vida noble de revolucionario y pagó su precio con 23 años de prisión. Está hecho de solidaridad, esa palabra que sigue siendo en nuestro mundo la más necesaria. A cambio de la solidaridad que recibió y recibe, su vida estará siempre dedicada a luchar por la libertad. «Vivir para los demás es la mejor manera de vivir para uno mismo», señaló.

Recitó un poema más, esta vez de memoria, para ir acabando, que dijo que esto se había hecho un poco largo. Miré el reloj y sí, había pasado el tiempo, pero de una manera tan dulce que parecía mentira. Al terminar el acto, lejos de las luces, vi a Marcos Ana fundirse en un abrazo con Luis Pastor. Una estampa que bien se podría titular la fraternidad, el cariño y la humanidad de dos personas imprescindibles.