viernes, 3 de noviembre de 2006

Al Yazira

Tal como la película «El odio» me reactivó hace ya dos meses, esta mañana he vuelto a sentir el chispazo. En las noticias de la mañana, esas que escucho mientras desayuno, dice la presentadora que la cadena de televisión Al Yazira (o Al-Jazeera usando la representación más anglosajona) va a emitir en inglés. Hasta aquí nada anormal, siento el mismo respeto que me produce la lucha del mundo árabe contra el Goliat en que se presenta occidente. La noticia, tras la entradilla, sigue con un vídeo en el que se dice que Al Yazira (الجزيرة نت) significa «la isla» en árabe.

La isla en árabe

Ahora entiendo mucho mejor a esta cadena, siempre capitana del enfrentamiento contra el poder de los medios de comunicación imperialistas de los Estados Unidos y sus seguidores. Comprendo la lucha diaria por contar su historia, la de otras civilizaciones, aisladas, asfixiadas y sometidas desde la globalización que nos gobierna. Es una emisora que informa con el sesgo de su cultura, tan válida y tan equivocada como todas las demás, y que no se ha rendido a las pretensiones de que lo bueno es lo occidental, a que lo justo son las democracias capitalistas, a que todo se reduce a un gran mercado –bazar o zoco- donde cada uno de los valores es suplantado por la tiranía del dinero y las necesidades económicas de los que más tienen. Las amenazas e intervenciones no han podido cerrarles la boca. Las balas tampoco.

Mensaje en una botellaNo quiero ser utópico y supongo que, como todos los medios, mentirá y falseará la realidad, para reajustarla o adaptarla a su visión o intereses. Desde aquí, desde mi acomodado sillón en esta isla inexistente, me quedo con la metáfora que mejor entiendo por próxima: la del discurso político lanzado al mar dentro de una botella y emitido desde una isla con la esperanza de que, como tantos mensajes de los náufragos, llegue a una playa, que quienes lo encuentren entiendan su código –por eso tal vez emitan ahora en inglés- y que puedan fletar un barco que les rescate. Toda isla es un grito, el de la última esperanza que nos queda mientras ese aliento final nos aguante la fuerza para seguir rebelándonos.

viernes, 1 de septiembre de 2006

El odio

Cartel de El OdioHace unos días vi la película «El Odio». Tenía ganas de verla desde cuando asistí al taller literario con Belén Gopegui. Nos puso un fragmento para motivarnos a escribir con conciencia, para que nos preguntáramos cuál es el propósito por el que escribimos. Es la escena en la que un hombre cuenta una historia para poder salir de un cuarto de baño en el que tres jóvenes franceses (segunda generación de inmigrantes) de orígenes diversos (judío, árabe y africano) hablan de vengarse matando a un policía. Cuando el hombre se va dejando allí a los muchachos estos se preguntan: «¿por qué nos ha contado esta historia?». Al ver la película completa me pareció buena la explicación que mayoritariamente dimos en el curso, la de que simplemente quería salir vivo, pero también se me ocurrió otra. Toda la película se puede resumir en una metáfora que se cuenta varias veces: «un hombre se está cayendo desde una azotea y mientras va pasando por cada piso se va repitiendo a sí mismo POR AHORA TODA VA BIEN. El problema no es la caída, es el aterrizaje, porque toda caída termina en el suelo. De eso, el hombre que va cayendo, no se va dando cuenta».

Protagonistas de El Odio

La película no propone soluciones, nos muestra la «caída» limpiamente, sin trampas, desde el punto de vista de los que están cayendo. Han visto todos los problemas (desigualdad, marginalidad, sexismo, falta de oportunidades, violencia, inmigración sin adaptación...), pero no atisban soluciones; están dentro de la espiral que les va destruyendo, con el conocimiento de que no hay salida. Les queda la violencia, el trapicheo, el esfuerzo físico, las fiestas, la venganza, el odio… pero no como una solución, sino como una válvula de escape. En este punto entra en juego la historia del viejo. ¿Por qué nos habrá contado esta historia? Para despertarnos, para escapar, para reforzar el hilo argumental del hombre cayendo... Muchas soluciones, pero de lo que estoy seguro es de que no la contó para solucionar los problemas; cada generación debe resolver los suyos, los de todos.

El viejo cuanta lo siguiente: «Un grupo de deportados van en tren camino de Siberia. En una parada del tren uno de ellos aprovecha para cagar, pero se va lejos porque es muy vergonzoso. El tren arranca y el hombre echa a correr para alcanzarlo. El narrador le alarga el brazo para ayudarle a subir, pero al que corre, cada vez que intenta alcanzar el brazo, se le caen los pantalones, por lo que vuelve a pararse para subírselos y vuelve a correr. Los chicos le preguntan qué pasó y el viejo les responde que al final, su amigo, se murió de frío. Parece que cualquier decisión estaba condenada».

Lo cuento porque me encanta el tema de las decisiones y los puntos de no retorno. La historia del hombre habla de las decisiones que se toman y las que se dejan por tomar. La película, de los que se conforman con ver la caída, de los que se caen y de los que se mueren en el intento; de los que cambian y de los que no; de los que lo entienden y de los que no se enteran de nada; de los que hablan y de los que no escuchan, de los que repiten modelos pasados, porque de momento «todo va bien» y son incapaces de presentir el «aterrizaje».

martes, 27 de junio de 2006

Javi Álvarez

Fecha de última actualización: 07/08/2009

JaviMi nombre es Javier Álvarez Castellanos. Nací en un pueblo llamado Carrizo de la Ribera, que queda en la provincia de León (España), a la orilla del río Órbigo. Esto que cuento ocurrió un 23 de abril de 1968. Mi primera marca: soy un hombre de ribera más que de mar o de montaña; de escuchar el río desde la orilla, lanzando piedras de vez en cuando.

Mi segunda marca: recibí una educación católica de colegio de curas -o de hermanos maristas, que viene a ser lo mismo- hasta que pude evitarlo. Pensé que había pasado por ella sin pagar factura. Pequé de ingenuidad. Ahora soy agnóstico.

En la frente tengo otra señal, pero esta es física: creía que sabía volar y salté desde el mármol de la cocina. Pronto aprendí que los sueños, sueños son.

Pensé que las máquinas eran un reto y la informática la perfección: decir exactamente cómo quiero que se hagan las cosas. Completé los estudios superiores de informática en la Universidad Politécnica de Madrid. De esta época universitaria recuerdo cada una de las ruedas de molino que fui moviendo. No todo fue sacrificio y dolor, colaboré en diversas actividades de diferentes asociaciones; la más grata: mi participación en la fundación y dirección de la revista «Coleópteros y otros virus».

Aprendí muchas cosas, a tener razón casi tantas veces como a equivocarme, a pelear sin sacar las manos de los bolsillos. Encontré buenos amigos y la parte de mí que me faltaba. Me gané una profesión, unas veces divertida, las más aburrida, que me permite ganarme la vida y me roba el tiempo.

JaviNo he perdido el Norte, siempre intentando ser un hombre coherente, que acepta de dónde viene; un obrero que cree que lo honesto es ser de izquierdas, mirando con esperanza los procesos socialistas de América Latina, soñando con la tercera república para este país que establezca una igualdad de facto. No se le presenta fácil al género humano subsistir con dignidad dentro de este entramado capitalista forjado en el siglo XX y que continúa oprimiéndolo en el XXI; así que toca pelear por los ideales, enseñando los dientes y la rabia.

Y en esto de la literatura, poca cosa. Todos los reconocimientos -los tres que figuran a continuación- fueron en la Facultad de Informática. Me mencionaron como mejor guión del primer premio del concurso de guiones convocado por la Asociación Socio Cultural en 1992 -no podía ganar, me presenté fuera de concurso-. Me dieron el primer Premio Voces de Primavera en la modalidad de Poesía en 1995. Finalmente, también me galardonaron con el primer Premio Voces de Primavera en la modalidad de Cuento en 1997.

JaviDespués, empezaron los talleres literarios de escritura creativa. Allá por el 2003, en La Casa Encendida, recibí el primero. Lo impartía una gran escritora: Belén Gopegui. En el 2005 volví al mismo escenario, esta vez para aprender del maestro Luis Landero. En el 2007 me cambié al Hotel Kafka, por ver si me aprovechaba el ambiente de la La metamorfosis y volví a ser alumno por partida doble, la primera con Vanessa Herrero y la segunda con Mateo de Paz.

Lo último que hice fue en el Círculo de Bellas Artes, el 2009. Se trató de un curso de guiones llamado «Palabras que crean imágenes» que impartió la directora y guionista Inés París.

Con lo de las críticas culturales colaboro en el diario laRepúblicaCultural y también he publicado alguna reseña en Rebelión.org. Realizo crónicas de actos políticos que se ven publicadas en laRepública.es, el el web del P.C.E.... Me enorgullezco de haber firmado varios artículos para Mundo Obrero.

domingo, 26 de marzo de 2006

Democracia



Nota: Cuando estudiaba en la Facultad de Informática participé en la revista que hacíamos los alumnos y que se llamaba Coleópteros y Otros virus. Colaboré en muchas cosas. Di vida a algunos personajes que me sirvieron para hacer un poquito de opinión desde otro punto de vista. Sin duda eran tiempos de juegos, de encontrar mi propia mirada y de hacer experimentos con ella. El artículo que hoy recojo en este blog se escribió en octubre de 1993, se publicó en el número 15 de dicha revista y supuso la última aparición de Ly.

España
España
Estaba yo en una clase de Compiladores -sí, tengo asignaturas de quinto; siento decepcionar a tantas hermosas mujeres que confundían mi persona con la de un dulce adolescente- cuando me surgieron ciertas dudas sobre la democracia. Ya sé que un aula no es el lugar más apropiado para esta clase de reflexiones, pero allí me pilló.

Todo surge de manera accidental: un profesor pregunta cuántas personas piensan que esto es cierto y luego pregunta cuántas personas creen que esto es falso («esto» es la contestación a un problema de Compiladores). Anota los «votos» en el encerado. Son mayoría -por cierto, aplastante los que han «votado» cierto (cuarenta frente a tres)-.

Es así como veo la democracia. ¿Os dais cuenta de que aunque la mayoría piense que es cierto no tiene porqué serlo? Es decir, la mayoría no garantiza la realidad -o la veracidad-.

He de reconocer que en dicho ejemplo la mayoría acertó. Dicha actitud -eso de votar- se repitió otras dos veces. En todas la mayoría tuvo la razón. Pero, ¿qué hubiese pasado si la misma pregunta se le hubiese realizado al conjunto de los bedeles de la Facultad?, o ¿si a los citados alumnos un eminente biólogo les hubiese preguntado sobre un problema de genética? Según las leyes de la probabilidad, ante la desinformación en ambos supuestos, la posibilidad de equivocarse es la misma que la de acertar.

Si estas hipótesis las trasladamos al campo de la política, el panorama ha de ser catastrofista. Acabo de decir que el voto desinformado es un factor de riesgo, o lo que es lo mismo, que si no se entiende de política es mejor no votar -quien dice política dice economía, si vamos a una teoría más simplista-. Repito, el voto universal es una estupidez. Esta afirmación debería llevarme a la horca.

Realmente dicha clase demostró seguir esa teoría (un total de cuarenta y tres votos frente a otras sesenta personas que se callaron). No es difícil adivinar mi siguiente afirmación: la mayoría es abstencionista. Pero, dejando de lado a estas personas no participativas y volviendo a la clase de Compiladores, lo cierto es que ese compendio de expertos participativos no se equivocó. El problema es que no todos estuvieron de acuerdo.

Ly

lunes, 13 de marzo de 2006

Todo puede ser



Nota: Cuando estudiaba en la Facultad de Informática participé en la revista que hacíamos los alumnos y que se llamaba Coleópteros y Otros virus. Colaboré en muchas cosas, incluso en dar vida a algún personaje con el que me atreví a hacer opinión desde otro punto de vista. Ly fue el primer seudónimo que utilicé. El artículo que hoy recojo en este blog, fue escrito en marzo de 1993 y publicado en el número 14 de dicha revista.

Las dos caras
Las dos caras
«¿Cómo pasar las horas si no es inventando la vida?». Con esa frase oí pensar por primera vez a Santi Fonte, mientras señalaba con el dedo a un muchacho llamado Manuel. Manuel es un ser extraño que circula por la Facultad dando saltos (toma aire, se impulsa y avanza); jamás le veréis caminar normalmente.

Más tarde me encontré con Margarita. Aún no ha superado su problema: sigue caminando con su brazo izquierdo en alto, apuntando con el dedo índice al cielo. Santi la mira y piensa, en voz alta, «¿será cierto eso de que señalamos lo que queremos y no tenemos?».

Lo que le ocurre a Santi es que se hace muchas preguntas, pero no sabe responderse, supongo que hay veces en las que le gustaría entablar una conversación, pero el pobre es tan tímido que no se atreve a intercambiar una palabra con otra persona que no sea él mismo. «¿Y si me acerco a alguien con intención de iniciar un diálogo y esa persona tiene mal carácter y me insulta?». Todo puede ser, Santi.

Manuel tiene miedo a ser normal, a que un día vaya por la calle y la gente no diga: «Mira, por ahí va Manuel». Lo de Margarita es peor, dice que su madre es una bruja que conoce muchos conjuros y que un día se enfadó con ella porque cogió uno de los libros prohibidos que su progenitora guardaba en lo más alto de la estantería y la hechizó. Ya veis, todo puede ser.

Ly